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Maestros en la iglesia del Nuevo Testamento

06/11/2017

Obviamente, la función principal de un maestro consiste en enseñar; un maestro es literalmente (según la palabra original) un “enseñador”.
Pero no debemos pensar que eso significa simplemente “transmitir información”. Un maestro en el sentido del Nuevo Testamento no se distingue especialmente por tener una gran cantidad de conocimientos, ni por ser un buen orador, ni por tener una buena metodología y didáctica. Todo eso son capacidades humanas, naturales, que pueden ayudar en la enseñanza, pero que no requieren de ningún don específico del Espíritu Santo. Un maestro con el don espiritual correspondiente, se distingue en que su enseñanza tiene una calidad espiritual. Más allá de la mera transmisión de conocimientos, su enseñanza toca el espíritu de los oyentes (o lectores) y los pone en contacto con las verdades espirituales, eternas, de Dios.
Además, es una cualidad de todo buen maestro que hace entender a sus alumnos. Y si se trata de un maestro espiritual, entonces su enseñanza producirá no solamente un entendimiento intelectual, pero más aun un entendimiento espiritual.

Jesús mismo dio a Sus discípulos una demostración de lo que es enseñanza espiritual, cuando en el camino a Emaús “les interpretaba todos los pasajes de las Escrituras acerca de él mismo” (Lucas 24:27). Más tarde, los discípulos describieron así el efecto de aquella enseñanza: “¿No estaba nuestro corazón ardiendo en nosotros cuando nos hablaba en el camino, y cuando nos abrió las escrituras?” (v.32) – Un poco más tarde, Jesús resucitado tuvo una conversación similar con otro grupo de discípulos: “Entonces abrió la mente de ellos para que entendiesen las escrituras.” (v.45). La enseñanza espiritual abre la mente, pero al mismo tiempo hace arder el corazón. ¿Existe esta clase de enseñanza en tu congregación?

La enseñanza de Jesús no se limitaba a palabras. Jesús enseñaba también con su propio ejemplo: no afanándose por comida o vestido; durmiendo confiadamente en medio de la tormenta; sanando enfermos y expulsando demonios; lavando los pies de los discípulos; y más que todo con Su sufrimiento paciente, Su muerte en la cruz, y Su resurrección.
En Marcos 1:27 tenemos un testimonio notable acerca del efecto de la enseñanza de Jesús: “Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Que nueva enseñanza es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus impuros, y le obedecen?”

Desde el punto de vista del Nuevo Testamento, tenemos que preguntarnos ante mucho de lo que pasa por “enseñanza” en las iglesias y en los seminarios teológicos: ¿Realmente merece el nombre de “enseñanza”?

Como en el caso de las otras funciones mencionadas, también los maestros deben ser examinados por la iglesia en conjunto, según los mismos criterios. El Nuevo Testamento contiene muchas advertencias contra falsos maestros. Puede ser que esta función sea la más fácil de imitar por un enemigo del evangelio, porque cualquiera puede enseñar si solamente sabe hablar y ha adquirido un poco de conocimientos. Para eso ni siquiera es necesario haber nacido de nuevo. (Aun muchos autores de libros teológicos y profesores de seminarios no han nacido de nuevo.) Por eso es tan importante que la iglesia aprenda a distinguir entre la enseñanza natural, carnal, que sucede con capacidades puramente humanas en “sabiduría terrenal” (Santiago 3:15-16), y la auténtica enseñanza espiritual que es un don del Espíritu Santo. A menudo la iglesia se deja engañar por la mera erudición de un maestro, por su “apariencia de temor a Dios” (2 Timoteo 3:5), y por su capacidad de “hacer cosquillas a los oídos” de sus oyentes, hablándoles según sus propios deseos (2 Timoteo 4:3). Tanto más necesidad hay que la iglesia sepa aplicar criterios espirituales a los maestros.

Santiago advierte también: “No se vuelvan muchos maestros, mis hermanos, sabiendo que seremos juzgados con mayor severidad.” (Santiago 3:1). Un maestro tiene una gran responsabilidad, porque influencia a muchas personas con sus palabras. La proliferación de muchos maestros ha hecho daño a la iglesia; no solamente por enseñanzas manifiestamente falsas, sino también porque algunos sectores de la iglesia empezaron a pensar que la erudición y el conocimiento intelectual eran más importantes que la vida cristiana y la fidelidad al Señor. Así, la Reforma luterana dio un énfasis exagerado a la enseñanza y a los estudios teológicos; y en consecuencia degeneró después de poco tiempo a una “ortodoxia muerta”. O sea, se enseñaba todavía “correctamente”, pero la gente vivía vidas pecaminosas y desobedientes a Dios. Lo mismo está sucediendo actualmente en diversas congregaciones evangélicas.

Probablemente el ejemplo más informativo de un maestro en el Nuevo Testamento lo tenemos en Apolos. Aunque él no es llamado “maestro” explícitamente, pero dice que él era “poderoso en las Escrituras”, y que “con espíritu ardiente hablaba y enseñaba exactamente acerca del Señor” (Hechos 18:24-25). Aquí tenemos en pocas palabras algunas de las cualidades de una enseñanza espiritual: Es basada en las Escrituras; es “exacta”; pero al mismo tiempo “con espíritu ardiente”.
Es interesante que Apolos ya desde el inicio mostraba estas cualidades, “aunque había entendido solamente el bautismo de Juan” – o sea, aun cuando sus conocimientos estaban todavía lejos de ser completos. “Y cuando Aquila y Priscila lo escucharon, lo acogieron y le expusieron más exactamente el camino de Dios.” (v.26) Así que Apolos también era enseñable. Sus capacidades de maestro no le impidieron recibir humildemente la enseñanza de otros maestros que sabían más que él.
Un poco más tarde dice de él: “… enérgicamente refutaba [completamente] a los judíos, y mostraba públicamente por las Escrituras que Jesús era el Cristo.” (v.28) Aquí vemos que la función del maestro no consiste únicamente en enseñar y fortalecer a los cristianos. Un maestro puede también tener una función “hacia afuera”, en la apologética (la defensa argumentativa de la fe). Donde falta esta función, aun los mismos cristianos entran en el peligro de ser desviados por falsas enseñanzas que existen en su alrededor; y entonces estas falsas enseñanzas empiezan a difundirse aun dentro de las iglesias.
En 1 Corintios, Pablo usa el ejemplo de Apolos para explicar a lo largo de dos capítulos (3 y 4) la relación entre apóstol y maestro. Quizás lo más importante allí es que no existe ninguna rivalidad entre los dos. Cada uno tiene su propia función asignada por Dios, los dos se complementan, y ninguno envidia la función del otro: “Entonces ¿quién es Pablo? ¿y quién es Apolos? – Siervos por quienes ustedes llegaron a creer; y cada uno [sirve] como le dio el Señor. (…) Porque somos colaboradores de Dios; ustedes son el campo de Dios, el edificio de Dios.” (1 Corintios 3:5.9) – Además dice más específicamente: “Yo planté, Apolos regó, pero Dios hacía crecer.” (1 Corintios 3:6) O sea, el apóstol hace el comienzo, el trabajo pionero, hasta que la iglesia esté bien establecida. Más tarde entra el maestro para seguir afirmando y alimentando la congregación. O como dice en otra comparación un poco más tarde: El apóstol asegura que la iglesia tenga el fundamento correcto (Jesús), el maestro edifica encima. (1 Corintios 3:10-11) Ambas funciones son importantes y tienen su lugar: tanto el “plantar” como el “regar”; tanto el “colocar el fundamento” como el “edificar encima”.

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