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La iglesia como “familia de Dios” – Parte 1

26/01/2017

En las reflexiones anteriores hemos examinado la descripción de la iglesia del Nuevo Testamento como “cuerpo de Cristo”, y hemos analizado el funcionamiento interno de este cuerpo. Ahora pasaremos a otra descripción igualmente importante: la iglesia es la familia de Dios.

La estructura de la iglesia del Nuevo Testamento se basa en las familias.

La iglesia se llama “la familia de Dios” (Efesios 2:19) o “familia de la fe” (Gálatas 6:10). Un poco más adelante en la misma carta, Pablo explica la razón de ser de la familia: “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesús el Cristo, según quien es nombrada toda familia (lit. paternidad) en los cielos y en la tierra.” (Efesios 3:14-15) La familia – o más exactamente la paternidad – terrenal es entonces una imagen y un reflejo de la paternidad que ejerce Dios Padre. La familia no es simplemente una forma de convivencia de la sociedad humana. Es una institución divina con el propósito explícito de reflejar la paternidad de Dios en la tierra.
Y eso mismo es también uno de los propósitos más importantes de la iglesia. Avanzando un poco más en la carta a los efesios, vemos que Pablo habla también de la iglesia en términos de la familia y del matrimonio: “…porque el esposo es cabeza de la esposa, como también el Cristo es cabeza de la asamblea, y él es Salvador del cuerpo. … Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y será adherido a su esposa, y los dos se volverán una sola carne. Este secreto es grande, pero yo digo [que se refiere] a Cristo y a la iglesia.” (Efesios 5:23.31-32)

Por eso, la estructura de la iglesia del Nuevo Testamento es básicamente la estructura de una familia; no de una organización o institución. En su núcleo está la familia natural, la cual refleja la paternidad de Dios. Y si las relaciones interpersonales en la iglesia funcionan como relaciones familiares, la iglesia entera refleja la paternidad de Dios. La paternidad de Dios es perfecta, justa, fiel, amorosa, compasiva, comprensiva, sincera, transparente, y siempre para el bien de los hijos.

Ya la antigua Israel, el pueblo de Dios del Antiguo Pacto, fue estructurado y organizado enteramente por familias, linajes y tribus. En el Nuevo Testamento hay pocos pasajes que hablan explícitamente de una estructura familiar. Por eso es fácil pasar por alto este hecho. Pero la primera iglesia estaba todavía completamente inmersa en la cultura judía. Por eso, la estructura familiar es como un telón de fondo que está presente en todos los relatos acerca de la iglesia, aún donde no se la menciona explícitamente.

Esto comienza con la metáfora que el Señor Jesús utiliza para describir el comienzo de una vida cristiana: “… les dio autoridad de volverse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; quienes son engendrados no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:12-13) – “El que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” (Juan 3:3). Una verdadera vida cristiana comienza con un nuevo nacimiento. La persona que nace de nuevo, se convierte en un “hijo de Dios”. Así como un bebé nace en una familia (no en una fábrica, ni en una escuela), así también un nuevo cristiano nace en una familia espiritual, no en una “institución”.
Pablo no usa la expresión de “nacer de nuevo”, pero en su lugar usa la expresión de la “adopción” como hijos de Dios (Romanos 8:14-16, Gálatas 4:3-7).

Después encontramos los indicios de esta estructura familiar en todos los pasajes que testifican que la primera iglesia se reunía en las casas. En los idiomas bíblicos, el hebreo y el griego, la palabra “casa” es equivalente a “familia”.
Con esto coincide que en varias oportunidades leemos de familias enteras que entregaron sus vidas al Señor:
Cornelio con “sus parientes y amigos más cercanos” (Hechos 10:24.44),
Lidia “y su familia” (Hechos 16:15),
el carcelero de Filipos “con todos los suyos” (Hechos 16:33),
“la casa de Aristóbulo” y “los de la casa de Narciso” (Romanos 16:10-11),
“la familia de Estéfanas” (1 Corintios 16:15).

Encontramos también pasajes en las cartas de los apóstoles que se dirigen a esposos y esposas, padres e hijos, amos y esclavos. (Efesios 5:21-6:9, Colosenses 3:18-4:1, 1 Juan 2:12-14.) De allí podemos concluir que las familias estaban unidas en las reuniones; no se formaban grupos de jóvenes o niños aparte, ni de varones o mujeres aparte. La primera iglesia era realmente una “familia de familias”. No era un grupo de personas individuales sacadas de sus familias al azar y juntadas para formar una “institución”. La iglesia del Nuevo Testamento mantiene y fortalece la unidad de la familia. No separa a los miembros de la familia los unos de los otros en sus reuniones y eventos. No hace exigencias que requieren que los padres o madres dejen solos a sus esposos(as) o hijos; no educa a los niños en instituciones aparte y separados de sus padres; no interfiere en los asuntos internos de las familias sin que se haya pedido su ayuda. La entera estructura de la iglesia del Nuevo Testamento es familiar, no institucional.

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Pedro como columna de la iglesia (2)

24/03/2016

En la reflexión anterior acerca de Mateo 16:16-19 hemos visto algunos puntos en la vida de Pedro que lo calificaron para ser más adelante una de las “columnas de la iglesia” (Gálatas 2:9): Una profunda convicción de su propia pecaminosidad, y en consecuencia una conversión a Cristo, y una renuncia radical a todo lo que estaba asociado con su vida antigua.

La convicción del pecado debe llevar al arrepentimiento, la conversión, y la fe que salva. Todo esto son aspectos de lo que el Nuevo Testamento llama “nacer de nuevo”. Cuando una persona nace de nuevo, Jesús vive en esta persona por Su Espíritu Santo. (Vea Gálatas 2:20, Efesios 3:16-17) Este nuevo nacimiento y esta salvación es posible gracias a que Jesús derramó Su sangre para redimirnos.
Con esto ya debería ser claro que no era posible “nacer de nuevo” en el sentido del Nuevo Testamento, antes que Jesús hubiera muerto y resucitado. Así también Pedro se había dado cuenta de que era un pecador; pero todavía no había experimentado esta transformación radical que es el nuevo nacimiento. Mientras él caminaba con Jesús en la tierra, él actuaba todavía en sus fuerzas humanas que no pueden cumplir la justicia de Dios. (Vea Romanos 8:3-8.) Por eso pudo en un momento ser sensible a la revelación de Dios, pero en el siguiente momento seguir los razonamientos de satanás. (Mateo 16:16-23). Por eso pudo en un momento juntar toda su fe y valentía para caminar sobre el agua, pero en el siguiente momento dudar y hundirse. (Mateo 14:28-31). Por eso pudo en un momento prometer a Jesús que iba a ir hasta la muerte con él, pero en el siguiente momento negarle tres veces.
Es muy significativo lo que Jesús le dijo cuando anunció de antemano la negación de Pedro: “…y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.” (Lucas 22:32) – La palabra que la versión Reina-Valera traduce como “vuelto”, es la misma que significa “convertirse”. Una mejor traducción sería: “…y tú, una vez convertido, afirma a tus hermanos.”
Antes de poder convertirse de verdad, Pedro tuvo que experimentar que él en su debilidad pudo incluso negar a su Señor. Toda su confianza en su propia “fe” tuvo que venirse abajo. Su verdadera conversión comenzó cuando Jesús, resucitado, le dio una nueva oportunidad de decir “Te amo”. (Juan 21:15-19) Y su nuevo nacimiento se completó recién en el día de Pentecostés cuando vino el Espíritu Santo.

Antes de Pentecostés, los apóstoles (inclusive Pedro) estaban temerosos y tímidos. Se reunían tras puertas cerradas por miedo a los enemigos de Jesús (Juan 20:19). Pero cuando vino el Espíritu Santo sobre ellos, hablaron en público con toda valentía. Y este fue el efecto del discurso de Pedro:
“Al escucharlo, sus corazones fueron traspasados [con dolor], y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ‘¿Qué haremos, varones hermanos?’ ” (Hechos 2:37)

En este momento se cumplieron las palabras del Señor: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (Mateo 16:19 – note que poco después, Jesús dio esta misma promesa a todos Sus discípulos, Mateo 18:18.) – Pedro usó las “llaves” que el Señor le había dado, para abrir el reino de los cielos ante sus oyentes; y tres mil de ellos, respondiendo con arrepentimiento y fe, entraron. (Hechos 2:38-41). Y este fue el comienzo de la primera iglesia.

Aquí se repite en sus oyentes la misma experiencia que Pedro había hecho antes: La convicción del pecado, el quebrantamiento ante Dios, la conciencia de que no hay manera de salvarse por medios humanos. Y después del arrepentimiento, la experiencia de la gracia maravillosa del Señor, y el nuevo nacimiento por el Espíritu Santo. Es por eso que Pedro está entre las “columnas” de la iglesia. Él personifica de manera ejemplar el camino que Dios sigue con cada persona que Él elige, llama y salva. Él pudo guiar a los nuevos discípulos por este camino, porque él mismo lo había recorrido antes. Pedro no representa una institución, ni una posición jerárquica. Pedro testifica del Salvador y del camino de la salvación. Cada uno de nosotros necesita “morir con Cristo” y “resucitar con Cristo” (Romanos 6:4-8, vea también 1 Pedro 1:3. 23). Allí es donde tenemos que buscar el fundamento de la iglesia.

Con esto ya hemos llegado al umbral de la historia de la iglesia primitiva, que examinaremos en unas reflexiones posteriores. Solamente deseo añadir un comentario adicional a Mateo 16:

Con toda esta preocupación por Pedro podríamos olvidar fácilmente que él no es el personaje principal de este pasaje. La conversación comenzó con la pregunta de Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que SOY YO?” (v.15) – La intención de Jesús no era hablar de quién era Pedro, sino de QUIÉN ERA ÉL MISMO. Y así no debemos pasar por alto que también en el versículo 18, Jesús dice: “(YO) edificaré MI iglesia”. La iglesia no es de Pedro; la iglesia es de Jesucristo y de nadie más. Así también dice Pablo acerca de la edificación de la iglesia: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.” (1 Cor.3:11) Y el mismo Pedro, en sus cartas, no pretende ser dueño ni fundamento de la iglesia. Al contrario, él aclara que Jesús es la “piedra principal” de la iglesia: “Acercándoos a él (se refiere a “el Señor” en el verso anterior), piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.” (1 Pedro 2:4-5)
– Entonces ningún hombre puede atribuirse algún derecho de propiedad sobre la iglesia, ni siquiera sobre el más humilde de sus miembros. Todo en la iglesia debe señalar hacia Cristo, no hacia algún hombre. Una iglesia que tiene por “cabeza” a alguien más que Jesucristo, o que enseña a sus miembros a rendir cuentas a algún líder antes que a Cristo, no es la iglesia del Nuevo Testamento.