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Maestros en la iglesia del Nuevo Testamento

06/11/2017

Obviamente, la función principal de un maestro consiste en enseñar; un maestro es literalmente (según la palabra original) un “enseñador”.
Pero no debemos pensar que eso significa simplemente “transmitir información”. Un maestro en el sentido del Nuevo Testamento no se distingue especialmente por tener una gran cantidad de conocimientos, ni por ser un buen orador, ni por tener una buena metodología y didáctica. Todo eso son capacidades humanas, naturales, que pueden ayudar en la enseñanza, pero que no requieren de ningún don específico del Espíritu Santo. Un maestro con el don espiritual correspondiente, se distingue en que su enseñanza tiene una calidad espiritual. Más allá de la mera transmisión de conocimientos, su enseñanza toca el espíritu de los oyentes (o lectores) y los pone en contacto con las verdades espirituales, eternas, de Dios.
Además, es una cualidad de todo buen maestro que hace entender a sus alumnos. Y si se trata de un maestro espiritual, entonces su enseñanza producirá no solamente un entendimiento intelectual, pero más aun un entendimiento espiritual.

Jesús mismo dio a Sus discípulos una demostración de lo que es enseñanza espiritual, cuando en el camino a Emaús “les interpretaba todos los pasajes de las Escrituras acerca de él mismo” (Lucas 24:27). Más tarde, los discípulos describieron así el efecto de aquella enseñanza: “¿No estaba nuestro corazón ardiendo en nosotros cuando nos hablaba en el camino, y cuando nos abrió las escrituras?” (v.32) – Un poco más tarde, Jesús resucitado tuvo una conversación similar con otro grupo de discípulos: “Entonces abrió la mente de ellos para que entendiesen las escrituras.” (v.45). La enseñanza espiritual abre la mente, pero al mismo tiempo hace arder el corazón. ¿Existe esta clase de enseñanza en tu congregación?

La enseñanza de Jesús no se limitaba a palabras. Jesús enseñaba también con su propio ejemplo: no afanándose por comida o vestido; durmiendo confiadamente en medio de la tormenta; sanando enfermos y expulsando demonios; lavando los pies de los discípulos; y más que todo con Su sufrimiento paciente, Su muerte en la cruz, y Su resurrección.
En Marcos 1:27 tenemos un testimonio notable acerca del efecto de la enseñanza de Jesús: “Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Que nueva enseñanza es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus impuros, y le obedecen?”

Desde el punto de vista del Nuevo Testamento, tenemos que preguntarnos ante mucho de lo que pasa por “enseñanza” en las iglesias y en los seminarios teológicos: ¿Realmente merece el nombre de “enseñanza”?

Como en el caso de las otras funciones mencionadas, también los maestros deben ser examinados por la iglesia en conjunto, según los mismos criterios. El Nuevo Testamento contiene muchas advertencias contra falsos maestros. Puede ser que esta función sea la más fácil de imitar por un enemigo del evangelio, porque cualquiera puede enseñar si solamente sabe hablar y ha adquirido un poco de conocimientos. Para eso ni siquiera es necesario haber nacido de nuevo. (Aun muchos autores de libros teológicos y profesores de seminarios no han nacido de nuevo.) Por eso es tan importante que la iglesia aprenda a distinguir entre la enseñanza natural, carnal, que sucede con capacidades puramente humanas en “sabiduría terrenal” (Santiago 3:15-16), y la auténtica enseñanza espiritual que es un don del Espíritu Santo. A menudo la iglesia se deja engañar por la mera erudición de un maestro, por su “apariencia de temor a Dios” (2 Timoteo 3:5), y por su capacidad de “hacer cosquillas a los oídos” de sus oyentes, hablándoles según sus propios deseos (2 Timoteo 4:3). Tanto más necesidad hay que la iglesia sepa aplicar criterios espirituales a los maestros.

Santiago advierte también: “No se vuelvan muchos maestros, mis hermanos, sabiendo que seremos juzgados con mayor severidad.” (Santiago 3:1). Un maestro tiene una gran responsabilidad, porque influencia a muchas personas con sus palabras. La proliferación de muchos maestros ha hecho daño a la iglesia; no solamente por enseñanzas manifiestamente falsas, sino también porque algunos sectores de la iglesia empezaron a pensar que la erudición y el conocimiento intelectual eran más importantes que la vida cristiana y la fidelidad al Señor. Así, la Reforma luterana dio un énfasis exagerado a la enseñanza y a los estudios teológicos; y en consecuencia degeneró después de poco tiempo a una “ortodoxia muerta”. O sea, se enseñaba todavía “correctamente”, pero la gente vivía vidas pecaminosas y desobedientes a Dios. Lo mismo está sucediendo actualmente en diversas congregaciones evangélicas.

Probablemente el ejemplo más informativo de un maestro en el Nuevo Testamento lo tenemos en Apolos. Aunque él no es llamado “maestro” explícitamente, pero dice que él era “poderoso en las Escrituras”, y que “con espíritu ardiente hablaba y enseñaba exactamente acerca del Señor” (Hechos 18:24-25). Aquí tenemos en pocas palabras algunas de las cualidades de una enseñanza espiritual: Es basada en las Escrituras; es “exacta”; pero al mismo tiempo “con espíritu ardiente”.
Es interesante que Apolos ya desde el inicio mostraba estas cualidades, “aunque había entendido solamente el bautismo de Juan” – o sea, aun cuando sus conocimientos estaban todavía lejos de ser completos. “Y cuando Aquila y Priscila lo escucharon, lo acogieron y le expusieron más exactamente el camino de Dios.” (v.26) Así que Apolos también era enseñable. Sus capacidades de maestro no le impidieron recibir humildemente la enseñanza de otros maestros que sabían más que él.
Un poco más tarde dice de él: “… enérgicamente refutaba [completamente] a los judíos, y mostraba públicamente por las Escrituras que Jesús era el Cristo.” (v.28) Aquí vemos que la función del maestro no consiste únicamente en enseñar y fortalecer a los cristianos. Un maestro puede también tener una función “hacia afuera”, en la apologética (la defensa argumentativa de la fe). Donde falta esta función, aun los mismos cristianos entran en el peligro de ser desviados por falsas enseñanzas que existen en su alrededor; y entonces estas falsas enseñanzas empiezan a difundirse aun dentro de las iglesias.
En 1 Corintios, Pablo usa el ejemplo de Apolos para explicar a lo largo de dos capítulos (3 y 4) la relación entre apóstol y maestro. Quizás lo más importante allí es que no existe ninguna rivalidad entre los dos. Cada uno tiene su propia función asignada por Dios, los dos se complementan, y ninguno envidia la función del otro: “Entonces ¿quién es Pablo? ¿y quién es Apolos? – Siervos por quienes ustedes llegaron a creer; y cada uno [sirve] como le dio el Señor. (…) Porque somos colaboradores de Dios; ustedes son el campo de Dios, el edificio de Dios.” (1 Corintios 3:5.9) – Además dice más específicamente: “Yo planté, Apolos regó, pero Dios hacía crecer.” (1 Corintios 3:6) O sea, el apóstol hace el comienzo, el trabajo pionero, hasta que la iglesia esté bien establecida. Más tarde entra el maestro para seguir afirmando y alimentando la congregación. O como dice en otra comparación un poco más tarde: El apóstol asegura que la iglesia tenga el fundamento correcto (Jesús), el maestro edifica encima. (1 Corintios 3:10-11) Ambas funciones son importantes y tienen su lugar: tanto el “plantar” como el “regar”; tanto el “colocar el fundamento” como el “edificar encima”.

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Funciones de capacitación en la iglesia del Nuevo Testamento según Efesios 4:11

13/07/2017

Efesios 4:11 menciona cinco “dones” o “funciones” en un contexto particular: Los cinco sirven “para perfección de los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la madurez de la plenitud de Cristo; …” (Efesios 4:12-16)

Los mencionamos aquí aparte, porque el alcance de estas cinco funciones va más allá de la simple “edificación mutua” en las relaciones de “unos a otros”. Los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros son responsables de capacitar a los otros miembros del cuerpo para que éstos puedan realizar un “ministerio” o “servicio” para la edificación del cuerpo. Por eso podríamos llamarlos “funciones de capacitación”.

El verso 11 dice literalmente: “Y él mismo dio a unos, apóstoles … (etc.)”. O sea, el “don” que Dios da a Su iglesia (v.8) no es “el apostolado”, sino el apóstol mismo como persona; no “la profecía”, sino el profeta mismo como persona; etc. Esto sugiere que este verso habla de personas que ejercen estas funciones a tiempo completo, como su ocupación u “oficio” principal. También indica que estas personas ya no son propiedad de sí mismos; están ahora a disposición de la iglesia para servirle como un “regalo” de Dios para ella. O sea, ¡su función no es dominar sobre la iglesia o gobernarla!

Deseo enfatizar una vez más que “Dios dio” estos dones. No está en el poder de los hombres, “colocar” a apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, o maestros. Nadie puede “elegir” a un apóstol, “ordenar” o “constituir” a un pastor (hablando de pastores en el sentido del Nuevo Testamento), “crear el oficio” de un evangelista, “encargar” a alguien con la función de maestro, etc. Tampoco puede alguien adquirir las capacidades correspondientes por medios humanos: Nadie se convierte en profeta o en pastor por “estudiar una carrera”, por “aprender del profeta fulano o del pastor zutano”, por graduarse de un “instituto bíblico” o “seminario teológico” o algo así. Las Escrituras son muy claras en que Dios es el único que puede “dar” una de estas funciones a alguien. La iglesia, o sea el pueblo de Dios, solamente puede reconocer si Dios ha dado a alguien una de estas funciones. Y si una congregación no reconoce a estas personas, y “ordena” o “constituye” en su lugar a otras personas para que cumplan funciones como estas, entonces la congregación se estropea espiritualmente.

Al estudiar las personas que en el Nuevo Testamento ejercieron alguna de estas funciones, encontramos en casi todos los casos que se trataba de “obreros itinerantes” que iban de iglesia en iglesia y abarcaban un amplio espacio geográfico. Podemos concluir que las personas que ejercían estas funciones a tiempo completo eran relativamente pocas, y que ellos no eran los líderes de las iglesias locales. (La gran mayoría de los ancianos locales deben haber tenido un oficio normal, y ejercieron sus funciones de ancianos en su tiempo libre.)

Muchas congregaciones actuales han remplazado estas cinco funciones por una sola, la de un “pastor” o “predicador” que intenta cumplir las cinco funciones juntas (y a veces todas las cinco tan solo con “predicar”…). Esto no está en el sentido de la palabra de Dios:
– Dios quiere que en el “cuerpo de Cristo” haya una diversidad de dones y funciones que se complementan mutuamente. Las reuniones de los cristianos no deben ser dominadas por una sola persona; y el liderazgo y “ministerio” de una iglesia no debe estar concentrado en una sola persona. Una sola persona no puede cumplir a cabalidad las cinco funciones. Cada siervo de Dios necesita el complemento de otros siervos que tienen los dones que él mismo no tiene.
– Cuando las reuniones consisten en una “prédica”, el predicador es el único que “ministra” activamente; todos los otros miembros del cuerpo están pasivos. Pero la finalidad de estas funciones es que todos los santos hagan “la obra del servicio”, y que sean capacitados o “perfeccionados” para hacerlo.

Así por ejemplo un evangelista es no solamente alguien que evangeliza. Aun más importante es que él capacite a los miembros y ancianos de las iglesias locales, con su ejemplo y con sus consejos, para que ellos mismos evangelicen. – De la misma manera, un pastor en el sentido del Efesios 4:11 no es alguien que “pastorea” (ni mucho menos “lidera”) una iglesia local. Es alguien que capacita a los miembros y ancianos de las iglesias locales, con su ejemplo y con sus consejos, para que ellos mismos se “pastoreen” unos a otros. – Un maestro no solamente enseña: capacita a los miembros y ancianos de las iglesias locales a estudiar y entender las Escrituras por sí mismos, para que puedan enseñarse unos a otros. – Y de manera similar podemos entender también la función de un apóstol y de un profeta como “capacitadores”.

Mencionamos estas funciones en el contexto de la iglesia como “familia de Dios”, porque hemos visto que en la iglesia del Nuevo Testamento, todo liderazgo es “familiar”. Las funciones de capacitación no son una excepción. La autoridad y la integridad de las personas que ejercen una de estas funciones, debe demostrarse primeramente en su propia familia; y después en la “familia de familias”, la comunión local de los cristianos.
Cuando alguien empieza a asumir responsabilidades mayores en la familia de Dios, el peligro es mayor que empiece a olvidar su responsabilidad más importante: su propia familia. Alguien que ejerce una de las funciones de capacitación, debe ser especialmente vigilante para no descuidar a su esposa y sus hijos. Si descuida a su familia, socava la base de su propia autoridad espiritual.

Cada siervo de Dios que cree ser llamado a ejercer una de estas funciones, debería hacerse las siguientes preguntas:
¿Cuál es realmente la función a la que Dios me ha llamado? ¿Soy un apóstol, profeta, evangelista, pastor, o maestro?
¿Quiénes son los siervos de Dios con otras funciones que Él quiere que yo colabore con ellos y que ellos complementen lo que me falta a mí?
¿Cómo puedo ejercer mi función de tal manera que los otros miembros del cuerpo sean capacitados para que ellos cumplan su función de edificarse unos a otros?

La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 23

17/12/2015

En una serie de reflexiones anteriores hemos examinado las palabras del Señor en Mateo 18 acerca de la iglesia. Deseo ahora pasar a otro pasaje bíblico:

“Pero ustedes no se hagan llamar ‘Rabí’; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo; y todos ustedes son hermanos. Y no llamen vuestro padre a nadie sobre la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Tampoco se hagan llamar maestros, porque uno es vuestro maestro, el Cristo. Pero el mayor de ustedes sea vuestro siervo. Y cualquiera que se eleva a sí mismo será humillado, y cualquiera que se humilla a sí mismo será elevado.” (Mateo 23:8-12)

¡Vale la pena leer el capítulo entero, porque es uno de los que casi nunca se predican en las iglesias actuales!

Aunque en este pasaje no aparece la palabra “iglesia”, nos dice unas cosas esenciales acerca de las relaciones entre sus miembros.

La iglesia del Nuevo Testamento no es una jerarquía.

“Todos ustedes son hermanos.” Con estas palabras (y considerando el contexto), Jesús puso a todos Sus seguidores al mismo nivel. No debía haber entre ellos “maestros” por encima de “alumnos”, ni “padres” por encima de “hijos”. Hay uno solo que “gobierna” en la iglesia: Jesucristo mismo.

No podemos interpretar este pasaje de una manera tan estrecha, como si Jesús prohibiera solamente el uso de los tres títulos “Rabí”, “padre” y “maestro”. ¿Acaso hacemos mejor si remplazamos estas palabras por “reverendo”, “pastor”, o quizás “profesor” o “doctor”? Leamos el contexto. Jesús se opone aquí a todo trato especial que se da a alguna persona por ocupar un “rango superior”. Como ejemplo menciona a los escribas (teólogos, rabinos) de su tiempo: “…y aman los asientos de honor en las cenas y en las sinagogas, y los saludos en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí.” (v.6-7) Las paralelas Marcos 12:38 y Lucas 20:46 mencionan además que “les gusta andar en trajes buenos”. Todo eso son los atributos típicos de una persona que ocupa cierta posición dentro de un orden jerárquico, y que podemos observar de la misma manera en los líderes de muchas congregaciones contemporáneas:

  • Usan una manera particular de vestirse.
  • Son saludados con respeto excepcional.
  • Se hacen llamar con un título especial.
  • Ocupan lugares y asientos especiales en ciertos eventos.

Según las palabras de Jesús, ¡nada de eso tiene lugar en la iglesia del Nuevo Testamento!

Siempre es bueno verificar en un pasaje bíblico, a quién se dirige. Mateo 23:1: “Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos (los futuros apóstoles), diciendo: …” O sea, Jesús se dirigió tanto a Sus apóstoles como a la “gente común”. Con eso queda bien claro que según la intención de Jesús, tampoco debía existir alguna distinción jerárquica entre los apóstoles y los “cristianos comunes”.

¡Y ellos cumplieron con eso! Si leemos el libro de Hechos y las cartas apostólicas, nunca encontramos que alguien haya usado la palabra “apóstol” como un título especial al dirigirse a un apóstol. Nunca leemos que los apóstoles se hayan distinguido por una vestimenta especial o por ocupar asientos especiales, ni que hayan reclamado o recibido algún otro privilegio especial por parte de los otros cristianos.

Es cierto que los apóstoles cumplieron con una función especial en la iglesia. Tenemos que entender que cada cristiano tiene su “función” particular dentro del “cuerpo de Cristo”. (Vea Romanos 12:3-8, 1 Corintios 12:4-31.) Pero esta diversidad de funciones no establece ningún orden jerárquico. (La distinción entre “función” y “posición jerárquica” es difícil de entender en nuestros tiempos donde estamos acostumbrados a que toda institución funcione de manera jerárquica. Volveremos a este punto en futuras reflexiones, Dios mediante.) Y ellos gozaban del respeto particular de toda la congregación – pero no por ocupar una “posición jerárquica”, sino por su madurez espiritual, su cercanía a Jesús, y su calidad particular de testigos de la resurrección.

Las tendencias hacia una organización jerárquica de las iglesias comenzaron poco a poco en el segundo siglo, después de la muerte de los apóstoles, y en cumplimiento de la advertencia de Pablo en Hechos 20:29-32. Pero estas tendencias no podían imponerse con fuerza mientras la iglesia era una minoría sin poder en el mundo. El gran cambio llegó recién trescientos años depués de los inicios de la iglesia, en los tiempos de los emperadores Constantino y Teodosio. Constantino dio el primer paso con reconocer oficialmente el cristianismo como una “religión lícita” en el Imperio Romano. Con eso terminaron las persecuciones, y Constantino se ganó la simpatía de muchos cristianos. Entonces él se atrevió a interferir en las decisiones internas de la iglesia: Fue Constantino quien convocó el famoso concilio de Nicea en 325, y fue él quien presionó a los presentes a firmar el Credo de Nicea.

Hoy en día, muchos historiadores celebran este concilio como una victoria de la doctrina bíblica sobre la falsa enseñanza del arrianismo. Pero esta cuestión doctrinal le importaba muy poco a Constantino. Su interés estaba en mantener la unidad del reino, y para este fin tuvo que lograr que uno de los partidos en la controversia dominase completamente sobre el otro. Así usurpó una función eclesiástica que no le correspondía. (Y de hecho, el Credo de Nicea fue una “victoria” pasajera. Poco después, el arrianismo ganó más fuerza que nunca antes.)
Pero Constantino no es el único a culpar en este asunto. Podemos preguntarnos por qué los líderes de la iglesia no se pusieron a resolver la disputa ellos mismos; por qué permitieron a Constantino juzgar sobre asuntos internos de la iglesia. ¿Será que la iglesia de ese tiempo ya había perdido su discernimiento espiritual? ¿y que también allí ya no se encontraba “ningún sabio que pueda juzgar entre sus hermanos”?

Sea como sea, fue allí donde comenzó la estatización de la iglesia. Teodosio completó este proceso con declarar el cristianismo la religión estatal y obligatoria de Imperio Romano. Podemos imaginarnos fácilmente las consecuencias de esta ley. ¡Las iglesias se llenaron de falsos cristianos!
En aquella misma época, la iglesia fue reorganizada según el modelo de la administración del gobierno secular. O sea, la iglesia asumió la misma estructura jerárquica y las mismas divisiones territoriales que los emperadores romanos usaban para administrar el imperio. Este cambio ya no preocupaba a muchos, puesto que la iglesia ya se había acostumbrado a mezclarse con el estado secular; y de todos modos los verdaderos cristianos eran para ese entonces una pequeña minoría dentro de la iglesia. Fue así como, históricamente, la iglesia cristiana se convirtió en la iglesia romana.

Entonces, esta estructura jerárquica que vemos en la iglesia católica romana, y que la mayoría de las iglesias evangélicas han adoptado con pocas modificaciones, no se basa en el Nuevo Testamento. Es una herencia del gobierno secular del Imperio Romano.

Por qué no funcionó… el programa de capacitación para maestros de Escuela Dominical

30/01/2010

En la web de “Hijos del Altísimo” añadí el siguiente comentario al material de capacitación para maestros de Escuela Dominical:

Desde hace varios años respondo a las personas que se interesan en la “Capacitación para maestros de Escuela Dominical” que sí, pueden usar este programa, pero está en necesidad urgente de revisión, y que lo haría cuando tenga tiempo para hacerlo. Hasta hoy, el tiempo no llegó y el material sigue sin revisar. Es que el trabajo que hago volvió a comenzar desde cero, y si el primer programa necesitó diez años para llegar a la madurez y ser utilizable, el segundo no necesitará menos … faltan todavía unos siete años por lo menos. Entonces, tengan paciencia, la versión revisada no llegará tan pronto.

Pero por lo menos pienso que estoy ahora en condiciones para poder responder a la pregunta: ¿Por qué el primer programa no funcionó, y por qué necesita ser revisado? – Describiré abiertamente mis experiencias, y deseo que cada persona interesada considere primero estos pensamientos, antes de usar este material.

La mayor parte del tiempo, yo juntaba a colaboradores de Escuela Dominical para enseñarles este material (o sea, el primer curso) y para observar las clases que enseñaban y darles sugerencias para mejorar. Al parecer, aprendían y estaban motivados. Pero para cuando llegaba el tiempo para enseñarles el segundo curso, o sea, medio año o un año más tarde, encontré siempre que la mayoría de los participantes ya no trabajaban en la Escuela Dominical. De vez en cuando tuve la oportunidad de hablar con algunos de ellos y preguntarles qué había pasado. La mayoría se había desanimado porque no recibieron ninguna clase de apoyo de parte del liderazgo de su iglesia: no había fondos para la Escuela Dominical, no se tomaban en cuenta las opiniones de los maestros, y algunos incluso dijeron que los líderes obstaculizaban directamente su trabajo. – Algunos otros habían sido trasladados por sus líderes a ministerios “más importantes” (grupo de alabanza, grupo de jóvenes, etc.), y entonces ya no tenían tiempo para enseñar a los niños.

Decidí entonces trabajar por el lado del liderazgo de las iglesias. Hice una encuesta en las iglesias de mi ciudad – con el resultado de que la mayoría de los pastores no financian ni capacitan a los maestros de Escuela Dominical, ni se comunican con ellos. Invité a los pastores de mi ciudad a un seminario sobre la responsabilidad del pastor en cuanto a los niños. Sorprendentemente, asistió un buen número de ellos. Los confronté con los resultados de la encuesta, y les mostré la importancia del ministerio con niños para el crecimiento de la iglesia. Esto parecía convencer por lo menos a algunos de ellos. Pero extrañamente, después de este seminario recibí considerablemente menos invitaciones de parte de las iglesias de la ciudad. No sé si esto era relacionado con lo que dije en el seminario, pero es el hecho.

Llegué a trabajar en otra zona y decidí asegurarme de la colaboración de los líderes desde el principio, antes de siquiera comenzar una capacitación. Así nacieron los requisitos que se mencionan en la introducción del Curso 1, y la “Carta abierta a los líderes de las iglesias”. Los líderes tenían que comprometerse con los requisitos, firmándolos antes de comenzar la capacitación. Así me aseguré de que los líderes y pastores tomaran interés desde el principio, y que asistieran por lo menos a la primera y la última reunión del curso, donde se hablaba de asuntos importantes relacionados con el liderazgo de la iglesia.

Desafortunadamente, muchos líderes no cumplían con estos requisitos. Con frecuencia recibí comunicaciones enojadas de pastores y ancianos: “¿Por qué nuestros maestros no han recibido constancia de su capacitación?” – Y cada vez tuve que decirles: “Es usted quien no ha cumplido. Usted no ha asistido a las reuniones con las que se comprometió con su firma. Por tanto, su iglesia no ha cumplido con los requisitos y no pueden recibir ninguna constancia.” – Otros líderes asistían, pero con mala gana y sin tomar interés, de manera que su asistencia no servía para nada.

Hoy entiendo mejor por qué esto no funcionó. Hubo dos problemas importantes:

1. Obligar a personas con requisitos, es aplicar la ley en vez del Evangelio. (Vea “95 tesis sobre el estado de las iglesias evangélicas”, No.29-33.) Si un pastor o líder no está interesado en los niños de su congregación, no va a cambiar esta actitud solamente porque un capacitador lo obliga a asistir a una reunión. Estos pastores y líderes tienen un problema con la actitud de su corazón. Si fueran verdaderos siervos de Dios, entonces por sí mismos se interesarían en el bienestar de sus colaboradores y de los niños, y no hubiera necesidad de imponerles ningún requisito. Si no son siervos de Dios, entonces solamente un milagro de Dios puede convertirlos. Sí, lo digo directamente: Muchos pastores y líderes de iglesias no son siervos de Dios ni conocen a Dios. (Saben hablar mucho de El, pero no le conocen personalmente.) Solo por eso tuve que llegar al extremo de tener que hablarles con el lenguaje de la ley en vez del lenguaje del Evangelio. La ley es para los inconversos, y solamente una verdadera conversión podría cambiar el corazón de estos pastores y líderes.

2. Yo había acomodado mi programa de capacitación al sistema actual de las iglesias, que son controladas por un “pastor”, se organizan según denominaciones, y apartan a los niños en una Escuela Dominical. Nada de esto es bíblico. (Más sobre este tema en diversos artículos de la sección “Avivamiento y Reforma de la iglesia”.)
Algunos de estos puntos están mencionados en la Lección 3.5. “La iglesia y la unidad de la familia”. Pero casi nadie llega alguna vez a estudiar el Curso 3. Pienso que en una versión revisada, ésta será la primera y principal lección – mientras todos los requisitos y organigramas e “institucionalismos” se irían a la basura. ¡La enseñanza de los niños pertenece en primer lugar a los PADRES!
Mi pensamiento en el pasado era: Tengo que acomodar mi trabajo a la realidad de las iglesias tales como son ahora, y tratar de hacer lo mejor de ello. Pero llegué a entender que los principios de Dios NUNCA se pueden acomodar a un sistema o una organización que se ha apartado de principios bíblicos fundamentales.
En otras palabras: Nunca fue la intención de Dios que un “pastor” controle la enseñanza de niños en la iglesia. Por tanto, los intentos de trabajar con los pastores para mejorar la enseñanza de los niños, NO PUEDEN funcionar. – Nunca fue la intención de Dios que los niños sean educados en un lugar apartado llamado “Escuela Dominical”. Por tanto, los intentos de capacitar y organizar y mejorar las Escuelas Dominicales, NO PUEDEN funcionar.

Bueno, quizás pueden “funcionar” en el sentido de producir una “institución un poco mejor”, una que se vea buena hacia afuera, una que use métodos profesionales, una que crezca en números, etc. Pero no funcionan en el sentido de PRODUCIR FRUTO ESPIRITUAL. Para producir fruto espiritual tenemos que aplicar principios espirituales, y esto no funciona en organizaciones que desde un principio violan ciertos principios espirituales importantes.

Ahora, hablando de fruto espiritual, tengo que mencionar un punto más, y éste es aun más importante que todo lo que dije hasta ahora.

En el pasado no me interesé mucho en la evangelización. Por un lado, porque no es mi don particular, y por el otro lado, porque asumí que las iglesias ya estaban haciendo esto y que los miembros de las iglesias ya eran convertidos. ¡Cuán equivocado era yo! Tuve que presenciar un gran número de escándalos, delitos y hechos horrendos dentro de organizaciones evangélicas, hasta que por fin empecé a preguntarme si éstos eran realmente cristianos nacidos de nuevo. Y cuando empecé a preguntarlos – miembros de iglesias, maestros de Escuela Dominical, estudiantes de institutos bíblicos -, descubrí que solamente una pequeña minoría de ellos pudo testificar de un nacimiento espiritual. Solo una pequeña minoría de ellos pudo testificar de haber sido convencido alguno vez de su pecado (Juan 16:8), de haberse arrepentido y de haber recibido una vida nueva en Jesús. Sí, habían dicho su “oración de entrega” – pero obviamente sin experimentar el cambio sobrenatural que Dios obra en el corazón de una persona que se convierte de verdad.

¡Colaboradores inconversos no pueden hacer la obra de Dios!

Esta es la razón principal por qué las capacitaciones no funcionaban. En vez de “capacitar obreros”, yo debería haberlos evangelizado primero. No debería haber aceptado ciegamente el testimonio de ellos y de sus líderes, de que se habían “convertido”. Debía haberles hablado acerca del Nuevo Nacimiento como un Juan Wesley, quien dijo a los miembros de las iglesias evangélicas de su tiempo: “¡Ustedes – exactamente ustedes – necesitan nacer de nuevo!” Y después debía haberme limitado a trabajar con aquellos que mostraban evidencia de un nuevo nacimiento en sus vidas.
Pero, hoy como entonces, las iglesias no toleran esto. No permiten cuestionar la salvación de alguien que dijo correctamente su oración de entrega. Ni mucho menos de alguien que es “miembro bautizado” de una iglesia. Por esta razón también, el programa de capacitación no podía funcionar dentro de las iglesias existentes.

En el material actual, en la Lección 1.7. (“Evangelizar a los niños”) añadí una pequeña Nota de Edición, señalando el estudio aparte “El camino de la persona en quien Dios obra para salvación”. Pero este tema debería tratarse todavía con mucho más detalle y claridad, aun antes de empezar con cualquier “capacitación”.

Si Ud. pertenece a una de las iglesias institucionalizadas, tradicionales de estos tiempos, podrá ver esta capacitación como algo útil. La dejo todavía aquí en la web, en su forma no revisada. Pero si Ud. anhela ver verdaderos frutos espirituales, seguramente se dará cuenta de las limitaciones de este programa. Necesitaríamos iglesias fundamentadas en conversiones genuinas, y centradas en las familias (no en “pastores” ni en instituciones y organigramas); y entonces nos capacitaríamos como verdaderos padres de familias, ya no como “maestros de Escuela Dominical”. Pero con mi transfondo institucional, a mí mismo me falta todavía experiencia en este camino.

Sobre la preparación para el ministerio (95 tesis Parte 9)

02/06/2009

Esta es la continuación de las “95 tesis sobre el estado de las iglesias evangélicas”.
74. La formación de un verdadero siervo del Señor sucede en la presencia de Dios mismo; el verdadero siervo del Señor aprende más de Dios mismo que de personas humanas (Juan 6:45, 14:26, Gál.1:15-16, 1 Juan 2:27).
La preparación más importante para el ministerio es estar mucho tiempo con el Señor. (Marcos 3:14, Hechos 4:13)75. La formación de un verdadero siervo del Señor sucede también por medio del ejemplo de otros verdaderos siervos del Señor, y por medio del ministerio práctico. (1 Cor.11:1, 1 Tes.1:6-7, 2 Tim.3:10-11)

76. Los grados y títulos académicos son una motivación equivocada de prepararse para el ministerio.
Los estudiantes que con esta motivación se “preparan”, adquieren solo conocimientos teóricos, y el conocimiento envanece (1 Cor. 8:1b).

77. Un buen número de estudiantes en los institutos bíblicos hoy no han nacido de nuevo, ni mucho menos tienen un llamado al ministerio.
En consecuencia, aun de los pastores y ministros no podemos estar seguros si realmente han nacido de nuevo.

78. Aquellos cristianos que realmente tienen un llamado al ministerio, a menudo no encajan en los institutos bíblicos actuales.
Pueden no ser inclinados hacia el estudio intelectual, y por tanto tendrán dificultad de cumplir con los requisitos académicos.
Pueden ser personas innovadores, y por tanto no encajarán en un entorno rígido y reglamentado.
Pueden sufrir mucha incomprensión de parte de sus profesores y compañeros que no comparten su celo por el Señor.
Pueden percibir que el ambiente de un instituto bíblico no es sano espiritualmente, y por tanto no consideran ser preparados allí.

79. La formación de un verdadero siervo del Señor debe empezar a temprana edad (1 Sam.1:24-28, Prov.22:6, 2 Tim.3:14-15).

80. Las iglesias evangélicas hoy, en general, descuidan el ministerio con niños y descartan completamente el potencial de los niños para el ministerio. De esta manera, las iglesias están echando a perder a casi todos sus líderes futuros, y se quedan con líderes mediocres.

81. La formación de un verdadero siervo del Señor no sucede según moldes humanistas, ni con un entrenamiento en formas exteriores.
Las iglesias evangélicas y sus instituciones educativas hoy, en general, siguen la idea humanista de que la educación mejora al hombre. (Los antiguos filósofos griegos ya tenían esta idea, y el apóstol Pablo los refuta decididamente, Rom.1:21-24, 1 Cor.1:18-31) Bíblicamente, lo único que mejora al hombre es el nuevo nacimiento y la obra del Espíritu Santo en el cristiano (Rom.8:7-14, 2 Cor.3:18, Fil.2:12-13, 3:7-11).

82. Los institutos bíblicos existentes, en general, no preparan a sus estudiantes para el ministerio espiritual. En lugar de ello, los preparan para el funcionamiento “correcto” de organizaciones humanas, y les enseñan métodos humanos.

83. Muchos “maestros” cristianos no buscan a Dios ellos mismos; solo copian enseñanzas de otros maestros. Entonces enseñan cosas que no tienen autoridad verdadera de enseñar, porque sus enseñanzas no son una realidad en su propia vida.
No siguen la regla de Pablo quien “no osaría hablar sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí” (Rom.15:18). Estos maestros no son maestros verdaderos. Por tanto, tenemos en las iglesias mucha predicación y enseñanza que es “doctrinalmente correcta”, pero espiritualmente muerta, y por tanto no da fruto.