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La iglesia como “familia de Dios” – Parte 5

08/03/2017

La sumisión en el Nuevo Testamento

Examinaremos ahora el concepto más “jerárquico” que existe en el Nuevo Testamento: la “sumisión” o “sujeción”. El verbo griego correspondiente, “hypotássomai”, está relacionado con una palabra que significa “orden”. Su significado literal es entonces “colocarse en el orden correcto debajo de alguien”.

Al examinar los pasajes del Nuevo Testamento donde aparece esta palabra, notamos primeramente que Dios es el único que activamente “somete” o “sujeta” a alguien o algo. Nunca dice que algún hombre debe someter a otro o exigir sumisión de otro. Este es un principio importante: La sumisión en el sentido del Nuevo Testamento es algo que uno hace por sí mismo. No es algo que uno podría exigir de los demás. – En otras palabras: Hay varios pasajes del Nuevo Testamento que dicen a ciertas personas que deben someterse a otras personas. Pero nunca dice a estas otras personas que deben exigir sumisión de las primeras.
Así notamos también que los apóstoles dicen en varias oportunidades a los miembros de la familia de Dios que se sometan a ciertas personas; pero ningún apóstol o líder en el Nuevo Testamento dijo alguna vez: “Sométanse a mí”.

Ahora, entre todos los pasajes que hablan de “sumisión” entre personas humanas, encontramos uno solo que se refiere al ámbito de la iglesia propiamente dicho: “Ustedes conocen el hogar de Estefanás, que son el primer fruto de Acaia, y se colocaron a sí mismos al servicio para los santos; que también ustedes se sometan a los tales, y a todo aquel que colabora y trabaja duro.” (1 Corintios 16:15-16)
Llama la atención que este pasaje no habla de ninguna posición de liderazgo específico (como si dijera “Sométanse a los ancianos”, o “Sométanse a los apóstoles”). En cambio, habla de una manera muy general de “todo aquel que (voluntariamente) colabora y trabaja duro”. O sea, no existe ningún círculo fijo de personas en la iglesia que de por sí mismos tuvieran derecho a que los demás se sujeten a ellos. Pablo recomienda con nombre a Estefanás, pero lo deja al criterio de los miembros de la iglesia, determinar quiénes son los otros que “colaboran y trabajan duro”. Obviamente, este dicho está en línea con lo que dijo Jesús, de que “el mayor de ustedes sea su siervo” (Mateo 23:12). También está en línea con lo que dijimos en las reflexiones anteriores, que el ancianato no se define por elección “democrática” ni por nombramiento “desde arriba”, sino por medio del reconocimiento de parte de la congregación.

Este hecho es aun más llamativo cuando consideramos que existen otros ámbitos donde el Nuevo Testamento sí establece unas estructuras claras de “sumisión”: en cuanto al gobierno del estado, y aun más notablemente en cuanto a la familia. A todos les dice que se sujeten al gobierno (Romanos 13:1.5, Tito 3:1, 1 Pedro 2:13). (Aunque esta sujeción tiene sus límites cuando se trata de los mandamientos de Dios; pero no hay lugar aquí para entrar en este tema.) – Aun más claras y detalladas son las palabras que establecen una “estructura de sumisión” en el hogar:

– Las esposas deben someterse a sus esposos. (Efesios 5:22, Colosenses 3:18, Tito 2:5 (las ancianas), 1 Pedro 3:1.5). – Hay además dos pasajes donde dice que las mujeres deben estar en sumisión, sin especificar a quién (1 Corintios 14:34, 1 Timoteo 2:11). Pero ante el trasfondo tan claro de la estructura del matrimonio, podemos con bastante seguridad asumir que también estos pasajes se refieren a la sumisión hacia sus propios esposos (y no hacia cualquiera).

– Los hijos deben someterse a sus padres. Esto está implícito en Lucas 2:51 y 1 Timoteo 3:4.

– Los siervos deben someterse a sus amos. (Tito 2:9, 1 Pedro 2:18) Esta es también una relación familiar, ya que los siervos y esclavos se consideraban parte del hogar del amo.

– Los (más) jóvenes deben someterse a los (más) ancianos. (1 Pedro 5:5). Algunos piensan que aquí se trata de una relación “eclesiástica”, ya que los versículos anteriores hablan de los ancianos de la iglesia. Pero al usar la palabra “los (más) jóvenes”, Pedro aclara que la verdadera razón por someterse no es la “posición de liderazgo” de los ancianos, sino la diferencia en edad (y por tanto en experiencia y sabiduría). Aun donde se trata de los ancianos de la iglesia, el trasfondo de este principio es el uso común en la familia extendida. Por tanto, este versículo pertenece a la categoria de las relaciones familiares (que se prolongan en la iglesia), y no de las relaciones “institucionales”.

Lo mismo observamos cuando examinamos el uso de la palabra griega “hypakoúo” (obedecer). La gran mayoría de estos pasajes hablan de la obediencia hacia Dios y Su palabra. Los demás se refieren todos a las relaciones dentro del hogar:

– Sara obedecía a su esposo Abraham (1 Pedro 3:6).

– Los niños deben obedecer a sus padres (Efesios 6:1, Colosenses 3:20).

– Los siervos deben obedecer a sus amos (Efesios 6:5, Colosenses 3:22).

No existe ningún pasaje del Nuevo Testamento donde la palabra “hypakoúo” se usaría para describir la obediencia hacia líderes de la iglesia.

Algunos citan Hebreos 13:17 para decir que allí se exige obediencia hacia los “pastores”. Desafortunadamente, varias versiones de la Biblia (entre ellas la Reina-Valera) apoyan esta idea porque traducen este versículo de manera inexacta e incorrecta. En el original griego, este versículo no contiene la palabra “hypotássomai” ni la palabra “hypakoúo”. En su lugar tiene dos otras palabras con un significado mucho menos fuerte: “peíthomai”, que significa “dejarse convencer” (voluntariamente), y “hypeíko”, que significa “ceder”. – En el original, Hebreos 13:17 tampoco contiene la palabra “poimén” (pastor). En su lugar dice “haegoúmenoi”, lo que significa “líderes” o “guías” en un sentido muy amplio (y en el plural), sin especificar ninguna posición o “cargo” en particular. Una traducción más exacta sería: “Déjense convencer por vuestros guías y cedan, porque ellos velan en beneficio de las almas de ustedes …”

El Nuevo Testamento usa entonces bastante espacio para detallar el “orden correcto” dentro del cual cada uno debe colocarse, en lo que se refiere a las relaciones en el hogar; pero no dice casi nada acerca de una similar “estructura de sumisión” en la iglesia. Es realmente sorprendente que en las muchas congregaciones que enfatizan la “sumisión hacia los líderes”, ¡nadie se haya percatado de eso!

Encontramos además, en el mismo contexto de los pasajes citados, dos versículos que dicen “Sométanse unos a otros” (Efesios 5:21, 1 Pedro 5:5). Entonces, las “estructuras de sumisión” que hemos visto ahora no son absolutas; estas estructuras deben estar integradas en un ambiente de respeto y sumisión mutua.

Sacamos entonces las siguientes conclusiones:

La sumisión en la iglesia del Señor no debe entenderse como expresión de una estructura jerárquica y artificial, como en las instituciones del estado. En la iglesia, en cambio, la sumisión es una consecuencia natural de las relaciones familiares que existen en los hogares y en las familias extendidas. Bíblicamente, la familia y el hogar tienen una “estructura de sumisión” mucho más fuerte y más importante que la iglesia. Es desde estas estructuras familiares que surge de manera natural el ancianato de la iglesia, y el respeto y la sumisión que se brinda voluntariamente a los ancianos como a padres sabios y maduros en el Señor. Las personas que son dignas de recibir esta sumisión, se distinguen no por un “cargo” o una “posición” definida, sino por haberse colocado voluntariamente “al servicio de los santos” (1 Corintios 16:15-16), y por haber recibido como tales el reconocimiento de la congregación. Todo esto está envuelto en la sumisión mutua, que se aplica a todos los miembros de la familia de Dios sin importar su función en la iglesia.

A la luz de la enseñanza del Nuevo Testamento, se debe desconfiar de cada líder eclesiástico que exige sumisión hacia él mismo; sobre todo cuando esta sumisión interfiere con la sumisión en las relaciones familiares ordenadas por Dios entre esposo y esposa, o entre padres e hijos.

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La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 23

17/12/2015

En una serie de reflexiones anteriores hemos examinado las palabras del Señor en Mateo 18 acerca de la iglesia. Deseo ahora pasar a otro pasaje bíblico:

“Pero ustedes no se hagan llamar ‘Rabí’; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo; y todos ustedes son hermanos. Y no llamen vuestro padre a nadie sobre la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Tampoco se hagan llamar maestros, porque uno es vuestro maestro, el Cristo. Pero el mayor de ustedes sea vuestro siervo. Y cualquiera que se eleva a sí mismo será humillado, y cualquiera que se humilla a sí mismo será elevado.” (Mateo 23:8-12)

¡Vale la pena leer el capítulo entero, porque es uno de los que casi nunca se predican en las iglesias actuales!

Aunque en este pasaje no aparece la palabra “iglesia”, nos dice unas cosas esenciales acerca de las relaciones entre sus miembros.

La iglesia del Nuevo Testamento no es una jerarquía.

“Todos ustedes son hermanos.” Con estas palabras (y considerando el contexto), Jesús puso a todos Sus seguidores al mismo nivel. No debía haber entre ellos “maestros” por encima de “alumnos”, ni “padres” por encima de “hijos”. Hay uno solo que “gobierna” en la iglesia: Jesucristo mismo.

No podemos interpretar este pasaje de una manera tan estrecha, como si Jesús prohibiera solamente el uso de los tres títulos “Rabí”, “padre” y “maestro”. ¿Acaso hacemos mejor si remplazamos estas palabras por “reverendo”, “pastor”, o quizás “profesor” o “doctor”? Leamos el contexto. Jesús se opone aquí a todo trato especial que se da a alguna persona por ocupar un “rango superior”. Como ejemplo menciona a los escribas (teólogos, rabinos) de su tiempo: “…y aman los asientos de honor en las cenas y en las sinagogas, y los saludos en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí.” (v.6-7) Las paralelas Marcos 12:38 y Lucas 20:46 mencionan además que “les gusta andar en trajes buenos”. Todo eso son los atributos típicos de una persona que ocupa cierta posición dentro de un orden jerárquico, y que podemos observar de la misma manera en los líderes de muchas congregaciones contemporáneas:

  • Usan una manera particular de vestirse.
  • Son saludados con respeto excepcional.
  • Se hacen llamar con un título especial.
  • Ocupan lugares y asientos especiales en ciertos eventos.

Según las palabras de Jesús, ¡nada de eso tiene lugar en la iglesia del Nuevo Testamento!

Siempre es bueno verificar en un pasaje bíblico, a quién se dirige. Mateo 23:1: “Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos (los futuros apóstoles), diciendo: …” O sea, Jesús se dirigió tanto a Sus apóstoles como a la “gente común”. Con eso queda bien claro que según la intención de Jesús, tampoco debía existir alguna distinción jerárquica entre los apóstoles y los “cristianos comunes”.

¡Y ellos cumplieron con eso! Si leemos el libro de Hechos y las cartas apostólicas, nunca encontramos que alguien haya usado la palabra “apóstol” como un título especial al dirigirse a un apóstol. Nunca leemos que los apóstoles se hayan distinguido por una vestimenta especial o por ocupar asientos especiales, ni que hayan reclamado o recibido algún otro privilegio especial por parte de los otros cristianos.

Es cierto que los apóstoles cumplieron con una función especial en la iglesia. Tenemos que entender que cada cristiano tiene su “función” particular dentro del “cuerpo de Cristo”. (Vea Romanos 12:3-8, 1 Corintios 12:4-31.) Pero esta diversidad de funciones no establece ningún orden jerárquico. (La distinción entre “función” y “posición jerárquica” es difícil de entender en nuestros tiempos donde estamos acostumbrados a que toda institución funcione de manera jerárquica. Volveremos a este punto en futuras reflexiones, Dios mediante.) Y ellos gozaban del respeto particular de toda la congregación – pero no por ocupar una “posición jerárquica”, sino por su madurez espiritual, su cercanía a Jesús, y su calidad particular de testigos de la resurrección.

Las tendencias hacia una organización jerárquica de las iglesias comenzaron poco a poco en el segundo siglo, después de la muerte de los apóstoles, y en cumplimiento de la advertencia de Pablo en Hechos 20:29-32. Pero estas tendencias no podían imponerse con fuerza mientras la iglesia era una minoría sin poder en el mundo. El gran cambio llegó recién trescientos años depués de los inicios de la iglesia, en los tiempos de los emperadores Constantino y Teodosio. Constantino dio el primer paso con reconocer oficialmente el cristianismo como una “religión lícita” en el Imperio Romano. Con eso terminaron las persecuciones, y Constantino se ganó la simpatía de muchos cristianos. Entonces él se atrevió a interferir en las decisiones internas de la iglesia: Fue Constantino quien convocó el famoso concilio de Nicea en 325, y fue él quien presionó a los presentes a firmar el Credo de Nicea.

Hoy en día, muchos historiadores celebran este concilio como una victoria de la doctrina bíblica sobre la falsa enseñanza del arrianismo. Pero esta cuestión doctrinal le importaba muy poco a Constantino. Su interés estaba en mantener la unidad del reino, y para este fin tuvo que lograr que uno de los partidos en la controversia dominase completamente sobre el otro. Así usurpó una función eclesiástica que no le correspondía. (Y de hecho, el Credo de Nicea fue una “victoria” pasajera. Poco después, el arrianismo ganó más fuerza que nunca antes.)
Pero Constantino no es el único a culpar en este asunto. Podemos preguntarnos por qué los líderes de la iglesia no se pusieron a resolver la disputa ellos mismos; por qué permitieron a Constantino juzgar sobre asuntos internos de la iglesia. ¿Será que la iglesia de ese tiempo ya había perdido su discernimiento espiritual? ¿y que también allí ya no se encontraba “ningún sabio que pueda juzgar entre sus hermanos”?

Sea como sea, fue allí donde comenzó la estatización de la iglesia. Teodosio completó este proceso con declarar el cristianismo la religión estatal y obligatoria de Imperio Romano. Podemos imaginarnos fácilmente las consecuencias de esta ley. ¡Las iglesias se llenaron de falsos cristianos!
En aquella misma época, la iglesia fue reorganizada según el modelo de la administración del gobierno secular. O sea, la iglesia asumió la misma estructura jerárquica y las mismas divisiones territoriales que los emperadores romanos usaban para administrar el imperio. Este cambio ya no preocupaba a muchos, puesto que la iglesia ya se había acostumbrado a mezclarse con el estado secular; y de todos modos los verdaderos cristianos eran para ese entonces una pequeña minoría dentro de la iglesia. Fue así como, históricamente, la iglesia cristiana se convirtió en la iglesia romana.

Entonces, esta estructura jerárquica que vemos en la iglesia católica romana, y que la mayoría de las iglesias evangélicas han adoptado con pocas modificaciones, no se basa en el Nuevo Testamento. Es una herencia del gobierno secular del Imperio Romano.