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Evangelistas en la iglesia del Nuevo Testamento

05/10/2017

Durante la mayor parte de la historia de la iglesia, la palabra “evangelista” se usaba exclusivamente para los autores de los cuatro Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan). Todavía en los tiempos de Juan Wesley (siglo 18) se desató una gran controversia cuando él se llamaba a sí mismo un “evangelista”. Pero desde entonces la mayoría de las denominaciones llegaron a reconocer que la función del evangelista sigue vigente para la iglesia actual.

Un ejemplo de un evangelista en el Nuevo Testamento es “Felipe el evangelista” (Hechos 21:8). Obviamente no se trata del apóstol Felipe, sino de aquel Felipe que es mencionado en Hechos 6:5 como uno de “los siete”, y cuya historia se relata en Hechos 8. Al final de Hechos 8, Felipe “pasaba por todo lugar y evangelizaba todas las ciudades hasta llegar a Cesarea.” Y allí se encontraba todavía cuando Pablo lo visitó en Hechos 21.
La obra de Felipe en Samaria (Hechos 8:5-12) tiene mucha similitud con la obra de los apóstoles en Pentecostés y después. Un evangelista es usado por Dios para anunciar el evangelio de manera convincente, de manera que sucede convicción del pecado, arrepentimiento, y fe en Jesús el Cristo. – A continuación vemos como Felipe se dejó usar por Dios también en la evangelización individual, explicando al oficial etíope el significado de las Escrituras (Hechos 8:26-39).

Otro personaje del Nuevo Testamento que fue llamado “evangelista”, era Timoteo (2 Timoteo 4:5).

Un verdadero evangelista pone siempre a Cristo en el centro de su mensaje y de su práctica. Un verdadero evangelista no es un agente de publicidad contratado para ganar más miembros para una determinada organización. Un verdadero evangelista es enviado por Dios para decir a la gente que se reconcilien con Dios (2 Corintios 5:20). Su deseo más profundo es que el Espíritu Santo obre en las personas para convicción del pecado, de justicia y de juicio, para llevarlos al arrepentimiento, a la entrega al Señor, a la fe, y al nuevo nacimiento. El evangelista verdadero desea ver a la gente convertidos en súbditos del Rey y ciudadanos de Su reino, no en miembros de una organización religiosa en este mundo.

Una de las funciones más críticas de un evangelista (y bastante olvidada hoy en día) consiste en que debe confrontar con el evangelio no solamente a “los de afuera”, sino también a los miembros de las congregaciones cristianas. A medida que una congregación crece, crece también la proporción de sus miembros que “tienen el nombre de que viven, pero están muertos” (Apocalipsis 3:1). Ellos son difíciles de evangelizar. Los “de afuera” por lo menos están conscientes de que no son cristianos. Pero los “de adentro” viven en la ilusión de que ya son cristianos, que ya son salvos, y pueden reaccionar de manera muy agresiva cuando alguien les dice que todavía les hace falta nacer de nuevo. Eso fue la razón por qué muchos predicadores de avivamiento fueron atacados y perseguidos por los líderes de sus propias congregaciones y denominaciones: Fue el llamado de aquellos predicadores, decir a los cristianos de nombre que estaban espiritualmente muertos.

¿Tu congregación o denominación conoce y reconoce el ministerio de verdaderos evangelistas? ¿Tu congregación da la bienvenida a evangelistas que llaman al arrepentimiento también a los que están “dentro”?

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Funciones de capacitación en la iglesia del Nuevo Testamento según Efesios 4:11

13/07/2017

Efesios 4:11 menciona cinco “dones” o “funciones” en un contexto particular: Los cinco sirven “para perfección de los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la madurez de la plenitud de Cristo; …” (Efesios 4:12-16)

Los mencionamos aquí aparte, porque el alcance de estas cinco funciones va más allá de la simple “edificación mutua” en las relaciones de “unos a otros”. Los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros son responsables de capacitar a los otros miembros del cuerpo para que éstos puedan realizar un “ministerio” o “servicio” para la edificación del cuerpo. Por eso podríamos llamarlos “funciones de capacitación”.

El verso 11 dice literalmente: “Y él mismo dio a unos, apóstoles … (etc.)”. O sea, el “don” que Dios da a Su iglesia (v.8) no es “el apostolado”, sino el apóstol mismo como persona; no “la profecía”, sino el profeta mismo como persona; etc. Esto sugiere que este verso habla de personas que ejercen estas funciones a tiempo completo, como su ocupación u “oficio” principal. También indica que estas personas ya no son propiedad de sí mismos; están ahora a disposición de la iglesia para servirle como un “regalo” de Dios para ella. O sea, ¡su función no es dominar sobre la iglesia o gobernarla!

Deseo enfatizar una vez más que “Dios dio” estos dones. No está en el poder de los hombres, “colocar” a apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, o maestros. Nadie puede “elegir” a un apóstol, “ordenar” o “constituir” a un pastor (hablando de pastores en el sentido del Nuevo Testamento), “crear el oficio” de un evangelista, “encargar” a alguien con la función de maestro, etc. Tampoco puede alguien adquirir las capacidades correspondientes por medios humanos: Nadie se convierte en profeta o en pastor por “estudiar una carrera”, por “aprender del profeta fulano o del pastor zutano”, por graduarse de un “instituto bíblico” o “seminario teológico” o algo así. Las Escrituras son muy claras en que Dios es el único que puede “dar” una de estas funciones a alguien. La iglesia, o sea el pueblo de Dios, solamente puede reconocer si Dios ha dado a alguien una de estas funciones. Y si una congregación no reconoce a estas personas, y “ordena” o “constituye” en su lugar a otras personas para que cumplan funciones como estas, entonces la congregación se estropea espiritualmente.

Al estudiar las personas que en el Nuevo Testamento ejercieron alguna de estas funciones, encontramos en casi todos los casos que se trataba de “obreros itinerantes” que iban de iglesia en iglesia y abarcaban un amplio espacio geográfico. Podemos concluir que las personas que ejercían estas funciones a tiempo completo eran relativamente pocas, y que ellos no eran los líderes de las iglesias locales. (La gran mayoría de los ancianos locales deben haber tenido un oficio normal, y ejercieron sus funciones de ancianos en su tiempo libre.)

Muchas congregaciones actuales han remplazado estas cinco funciones por una sola, la de un “pastor” o “predicador” que intenta cumplir las cinco funciones juntas (y a veces todas las cinco tan solo con “predicar”…). Esto no está en el sentido de la palabra de Dios:
– Dios quiere que en el “cuerpo de Cristo” haya una diversidad de dones y funciones que se complementan mutuamente. Las reuniones de los cristianos no deben ser dominadas por una sola persona; y el liderazgo y “ministerio” de una iglesia no debe estar concentrado en una sola persona. Una sola persona no puede cumplir a cabalidad las cinco funciones. Cada siervo de Dios necesita el complemento de otros siervos que tienen los dones que él mismo no tiene.
– Cuando las reuniones consisten en una “prédica”, el predicador es el único que “ministra” activamente; todos los otros miembros del cuerpo están pasivos. Pero la finalidad de estas funciones es que todos los santos hagan “la obra del servicio”, y que sean capacitados o “perfeccionados” para hacerlo.

Así por ejemplo un evangelista es no solamente alguien que evangeliza. Aun más importante es que él capacite a los miembros y ancianos de las iglesias locales, con su ejemplo y con sus consejos, para que ellos mismos evangelicen. – De la misma manera, un pastor en el sentido del Efesios 4:11 no es alguien que “pastorea” (ni mucho menos “lidera”) una iglesia local. Es alguien que capacita a los miembros y ancianos de las iglesias locales, con su ejemplo y con sus consejos, para que ellos mismos se “pastoreen” unos a otros. – Un maestro no solamente enseña: capacita a los miembros y ancianos de las iglesias locales a estudiar y entender las Escrituras por sí mismos, para que puedan enseñarse unos a otros. – Y de manera similar podemos entender también la función de un apóstol y de un profeta como “capacitadores”.

Mencionamos estas funciones en el contexto de la iglesia como “familia de Dios”, porque hemos visto que en la iglesia del Nuevo Testamento, todo liderazgo es “familiar”. Las funciones de capacitación no son una excepción. La autoridad y la integridad de las personas que ejercen una de estas funciones, debe demostrarse primeramente en su propia familia; y después en la “familia de familias”, la comunión local de los cristianos.
Cuando alguien empieza a asumir responsabilidades mayores en la familia de Dios, el peligro es mayor que empiece a olvidar su responsabilidad más importante: su propia familia. Alguien que ejerce una de las funciones de capacitación, debe ser especialmente vigilante para no descuidar a su esposa y sus hijos. Si descuida a su familia, socava la base de su propia autoridad espiritual.

Cada siervo de Dios que cree ser llamado a ejercer una de estas funciones, debería hacerse las siguientes preguntas:
¿Cuál es realmente la función a la que Dios me ha llamado? ¿Soy un apóstol, profeta, evangelista, pastor, o maestro?
¿Quiénes son los siervos de Dios con otras funciones que Él quiere que yo colabore con ellos y que ellos complementen lo que me falta a mí?
¿Cómo puedo ejercer mi función de tal manera que los otros miembros del cuerpo sean capacitados para que ellos cumplan su función de edificarse unos a otros?