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Apóstoles en la iglesia del Nuevo Testamento – Parte 2

31/07/2017

En la reflexión anterior hemos visto que aparte de los doce apóstoles originales, existían en el Nuevo Testamento apóstoles en un sentido más amplio. Se levanta entonces la pregunta si en la iglesia actual debe todavía existir la función del apóstol. En mi opinión, esta es una pregunta abierta que no se puede responder de manera concluyente desde la Biblia. Existen argumentos fuertes para ambas posiciones. Examinaré entonces para ambas posiciones, cuáles serían las consecuencias para una iglesia que se compromete con el patrón del Nuevo Testamento, a) asumiendo que el apostolado es para todos los tiempos, y b) asumiendo que el apostolado era solamente para la iglesia de la primera generación.

a) Si el apostolado es para todos los tiempos:

En este caso, de todos modos se puede tratar solamente de “apóstoles en un sentido más amplio”. La función de los doce apóstoles originales fue única. Esto significa que:
– Nadie en la iglesia actual puede atribuirse el privilegio de enseñar o mandar sobre toda la iglesia universal, o de alguna otra manera ejercer la autoridad que tenían los doce apóstoles originales.
– Nadie en la iglesia actual puede atribuirse la autoridad de añadir algo a las Escrituras inspiradas y autoritativas del Nuevo Testamento, o de pretender que sus propias enseñanzas tengan la misma autoridad como el Nuevo Testamento.

¿En qué consistiría entonces una función apostólica en la actualidad?
– La misión pionera en lugares donde el evangelio es desconocido, cuando sucede por el llamado directo de Dios a uno o varios de Sus siervos. En este sentido podemos decir que pioneros como Guillermo Carey y sus primeros compañeros en la India, o Hudson Taylor en China, ejercieron una función apostólica. Ambos no solamente tuvieron que entrar en territorios nuevos sin ninguna ayuda humana, sino que también tuvieron que sostener una lucha dura para defender su llamado misionero ante las iglesias establecidas en su país de origen.
– Pioneros de avivamiento que llegan a ser reconocidos como autoridades por una multitud de iglesias locales, sea como sus fundadores, o sea porque demostraron una cercanía al Señor mucho mayor que los líderes humanamente establecidos en las iglesias. En este sentido podemos decir que líderes como Menno Simons, Juan Wesley, el conde de Zinzendorf, o William Booth, ejercieron una función apostólica.

Sin embargo, ninguno de los mencionados reclamaba durante su vida el título de “apóstol” para sí mismo, y eso con buena razón. Si alguien hoy en día se llama “apóstol” a sí mismo, da lugar a muchos malentendidos. Por tanto, aun si pueden existir funciones apostólicas en la iglesia actual, me parece prudente no usar el título de “apóstol”.

Veremos en una reflexión posterior los criterios que debería cumplir alguien que pretende ejercer una función apostólica.

b) Si el apostolado no es para hoy:

Muchas denominaciones y congregaciones actuales enseñan que la función apostólica ya no existe en nuestros días. Pero muchas de estas denominaciones han establecido estructuras y cargos que en la práctica ejercen una función apostólica: Tienen juntas directivas regionales, nacionales o incluso internacionales, que exigen que los líderes de las congregaciones locales se sujeten a sus decisiones. Esto equivale a presumir de una autoridad apostólica; porque en el Nuevo Testamento no existe ninguna autoridad terrenal por encima de las iglesias locales, excepto el apostolado.

Es cierto que algunas otras funciones en la iglesia pueden tener un alcance regional o más allá, como veremos a continuación (profetas, evangelistas y maestros). Pero estas funciones no ejercen autoridad sobre las congregaciones locales. Entonces, si un grupo cristiano afirma que el apostolado ya no existe en nuestros tiempos, necesariamente tiene que afirmar también la independencia de cada iglesia local. Toda otra posición sería contradictoria en sí misma.

Esto significa que todos estos “gobiernos” regionales, nacionales e internacionales de las diversas denominaciones son antibíblicos. En esta situación existen solamente dos alternativas coherentes con los principios del Nuevo Testamento:

1. Se reconoce que tales estructuras de gobierno eclesiástico significan de hecho ejercer un “apostolado”. Entonces se destituyen todos los líderes regionales, nacionales e internacionales que no cumplen con los criterios de tener un llamado apostólico, y se buscan nuevos líderes que demuestren las señales de tener un tal llamado. En este proceso se debe tomar en cuenta que ni un líder particular, ni una asamblea en un proceso “democrático” puede otorgar funciones apostólicas. Eso lo puede hacer solamente Dios mismo en Su soberanía. Entonces, una tal transición no se podría lograr con medidas meramente administrativas. Si una denominación o un grupo de congregaciones considerase seriamente un tal proceso, todos sus miembros se verán obligados a humillarse ante Dios y buscarle muy seriamente, hasta que Él pueda obrar una renovación personal y espiritual profunda de su liderazgo entero.

ó 2. Se decide ser más consecuente en la posición de que el apostolado ya no existe en los tiempos actuales; lo cual significaría la abolición de todos los liderazgos regionales, nacionales e internacionales. En consecuencia, a cada congregación local se le concede la independencia completa. Eso implica la libertad de cuestionar su “identidad denominacional”, y de enfatizar la comunión con cristianos verdaderos de otras denominaciones en su propia ciudad, más que la comunión con congregaciones de la misma denominación en otras ciudades. Pero eso requiere también que cada congregación se comprometa mucho más que antes a someterse bajo las Sagradas Escrituras y particularmente bajo la “enseñanza de los apóstoles” escrita en el Nuevo Testamento, porque de otro modo no tendría ningún medio de corrección contra enseñanzas y prácticas falsas que podrían ser introducidas por líderes locales o por maestros itinerantes.
(Generalmente se cree que los gobiernos denominacionales puedan funcionar como tales medios de corrección. Pero eso es una ilusión. Los gobiernos denominacionales aseguran solamente la conformidad de las congregaciones locales con el mismo gobierno denominacional; pero no las protegen contra las desviaciones que se originan desde este gobierno denominacional. Por eso, la gran mayoría de las denominaciones evangélicas se están actualmente moviendo hacia una apostasía que es incentivada por los mismos líderes nacionales e internacionales de las denominaciones y de las “alianzas evangélicas” y “consejos de iglesias”.)

Estoy consciente de que en la práctica, probablemente ninguna denominación existente considerará seriamente hacer los cambios radicales requeridos por cualquiera de las dos alternativas. Temerán que cualquiera de los dos caminos terminará con la disolución completa de su gran ídolo, o sea, de su estructura denominacional. Y puede que este temor sea justificado.

Pero veámoslo desde un lado positivo: Ocuparse seriamente con la pregunta del apostolado, podría desencadenar un regreso a la situación del Nuevo Testamento donde no existían denominaciones. Esta pregunta – sin importar en cuál sentido se decide – tiene el potencial de abrir los ojos de los cristianos para el hecho de que sus estructuras denominacionales no son bíblicas. Propongo entonces que cada miembro de una iglesia institucional haga las siguientes preguntas a sí mismo, a sus hermanos, y a los líderes de su denominación:

¿Creemos que el apostolado existe todavía hoy en día?

– En caso que sí: ¿Por qué permitimos que las posiciones importantes de liderazgo en nuestra denominación sean ocupadas por personas que no muestran señales de tener un llamado apostólico? – ¿Y por qué no estudiamos la Biblia a fondo para descubrir cómo se puede reconocer a un apóstol verdadero?

– En caso que no: ¿Por qué seguimos permitiendo que nuestras congregaciones locales se encuentren bajo la autoridad de liderazgos regionales y nacionales? – Si el Nuevo Testamento es la única fuente de enseñanza apostólica, ¿por qué permitimos que las enseñanzas de nuestros pastores y maestros, y los reglamentos y estatutos de nuestra denominación, tengan en la práctica un peso mayor que las palabras del Nuevo Testamento?

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La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 18 (Parte 2)

21/11/2015

La asamblea cristiana actúa en consenso.

El Señor promete que los “dos o tres” reunidos en Su nombre, si “armonicen” para pedir cualquier cosa, lo recibirán de Su Padre. A primera vista, esto parece contradecir la experiencia: Muchas peticiones que se hacen en reuniones de oración “en mutuo acuerdo”, no se cumplen. Pero sabemos que el Señor no miente, y que El cumple todas Sus promesas. Entonces, algo debe estar mal con nuestra experiencia; o con nuestra forma de interpretar las palabras del Señor.

¿De verdad habrá querido decir el Señor que dos o tres cristianos podrían ponerse de acuerdo para pedir del Padre cualquier cosa – riquezas, fama, quizás hasta la muerte de sus enemigos -, y el Padre les daría todo eso? – No creo que eso sea consistente con el carácter del Señor. El no hizo promesas para alentar deseos egoístas en Sus discípulos. Y como ya mencioné, sabemos que en la experiencia real la promesa no se cumple de esta manera. Mas bien pienso que debemos entender las palabras “ponerse de acuerdo” o “armonizar” de otra manera.

La palabra griega original es “symfonéo”, “sonar juntos”. De allí se deriva nuestra palabra “sinfonía”. ¿Qué o quién hace que los instrumentos “suenen juntos”, armonicen, en una sinfonía? No es el instrumento que por sí solo tocaría o decidiría qué tocar. Tampoco es el músico individual quien decide. Ni siquiera se trata de un “acuerdo” entre algunos músicos individuales. Cada músico tiene delante de sí escrita la parte de la partitura que le corresponde tocar. Y la orquesta tiene un conductor quien señala a cada uno cuándo y cómo debe tocar. Entonces no se trata de que se junten unos músicos y decidan entre sí qué quieren tocar. Se trata de que toquen según la misma partitura, y según las señales del conductor.

Aplicando esta imagen a la iglesia: La partitura es la revelación escrita de Dios, y el conductor es el Señor mismo. Solamente si cada “músico” (cristiano) adhiere a la palabra escrita de Dios, y obedece las señales del Señor, resulta una “sinfonía”. Si cada uno sigue sus propios deseos, no hay sinfonía. Pero si alguno de los músicos quiere asumir el rol del conductor, ordenando a los demás cuándo y cómo deben tocar, tampoco hay sinfonía. El problema en muchas congregaciones y denominaciones contemporáneas es que sus líderes quieren conducir la orquesta, y se enseñorean de los demás. Así no se llega a la clase de “acuerdo” que el Señor describe aquí. El Señor habla en nuestro pasaje de un consenso espiritual que surge cuando cada miembro está en contacto con Dios, hace Su voluntad y sigue Su dirección. Donde esto se cumple, hay unanimidad, porque todos reconocerán juntos la voluntad de Dios.

Así, la iglesia del Nuevo Testamento es capaz de hacer decisiones por consenso espiritual. Este consenso no surge del dictado de un líder, ni de una votación por mayoría, ni de un “compromiso diplomático” entre distintas opiniones. Surge de la obediencia de cada miembro hacia la dirección de Dios. Cuando se llega a este consenso espiritual, todos los presentes reciben una gran certeza de que están en la voluntad de Dios. Por tanto, pueden también pedir al Padre con la certeza de que El responderá, porque saben que la petición es de acuerdo a Su voluntad. (Vea 1 Juan 5:14-15.) El capítulo Hechos 15 relata como la primera iglesia pudo resolver una disputa en armonía, porque todos se sometieron a la dirección del Espíritu Santo.

Muchas congregaciones contemporáneas ni siquiera se pueden imaginar lo que es este consenso, porque nunca lo experimentaron. Están acostumbradas a que todas las decisiones se hagan por medios humanos: Decisiones unilaterales de parte del liderazgo que se imponen bajo presión; o votaciones por mayoría; o interminables discusiones para “convencer” a los que se oponen y manipularlos para que al fin se pueda dar una ilusión de unanimidad. O incluso la manipulación mediante informaciones falsas, amenazas, promesas de ventajas financieras o puestos de honor, etc. Donde observamos estas cosas, podemos saber que ésta no es la iglesia del Nuevo Testamento.

La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 18

17/11/2015

Con este artículo estoy comenzando una serie de reflexiones acerca de la iglesia del Nuevo Testamento. Deseo señalar lo que dice la palabra de Dios, y algunas consecuencias y aplicaciones que resultan de ello para la situación actual. Existen muchas congregaciones que llevan el nombre de “iglesia”, pero pocas que verdaderamente dan prioridad a lo que dice la palabra de Dios. En una iglesia del Nuevo Testamento, la palabra del Señor vale más que las tradiciones de una denominación o de sus líderes.

Comenzaré con Mateo 18:15-20; uno de los muy pocos pasajes, donde el Señor Jesús mismo habla de la “iglesia”:

“Si tu hermano peca contra ti, anda, amonéstale entre tú y él solo. Si te escucha, ganaste a tu hermano. Y si no escucha, lleva contigo a uno o dos otros, para que ‘por la boca de dos o tres testigos sea confirmado todo asunto.’ Y si no los quiere escuchar, dilo a la asamblea (iglesia); y si tampoco quiere escuchar a la asamblea (iglesia), te sea como un no judío y un cobrador de tributos.
Ciertamente, les digo: Lo que ustedes atan sobre la tierra será atado en el cielo, y lo que ustedes sueltan sobre la tierra será soltado en el cielo. Otra vez les digo, ciertamente: Si dos de ustedes armonizan sobre la tierra acerca de todo asunto que pidan, les sucederá de parte de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos hacia mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”

En este pasaje encontramos unos criterios acerca de la iglesia del Nuevo Testamento. Los podemos ver en una luz más clara cuando enumeramos los dichos esenciales del Señor en este pasaje, y los comparamos con lo que el Señor no dijo.

“Dos o tres” son suficientes para constituir “iglesia”.

O sea, para ser iglesia no es necesario constituirse como una institución, ni tener un liderazgo formal, ni tener un número mínimo de miembros. El Señor no menciona nada de esto; eso no tiene que ver si queremos distinguir si un grupo determinado de personas es una iglesia en el sentido del Nuevo Testamento. “Dos o tres reunidos” son suficientes.
Sin embargo, si en una ciudad hay otros cristianos verdaderos aparte de estos “dos o tres”, entonces tenemos que preguntar acerca de su relación con ellos. De esta pregunta nos ocuparemos en otra oportunidad, Dios mediante.

Con tal que sea en el nombre del Señor.

Este punto, por el otro lado, sí es esencial. Para que un grupo o una reunión sea “iglesia” en el sentido del Nuevo Testamento, su reunión tiene que ser en el nombre del Señor Jesucristo. Esto significa, en particular, que un grupo que se reúne en su propio nombre, no es iglesia del Nuevo Testamento. Existe un sinnúmero de grupos, instituciones y congregaciones que declaran ser “iglesia”, pero se reúnen en el nombre de su propia organización. Quizás declaran en sus reuniones que la reunión es “en el nombre de Jesucristo”; pero en su práctica demuestran que dan mayor importancia a su propia organización: Trabajan, enseñan y evangelizan para ganar a más miembros para su propia organización. Cuando uno los pregunta: “¿A qué iglesia perteneces?”, se identifican con el nombre de su propia organización. Y por lo general no admiten corrección de parte de un cristiano que no lleva el nombre de su misma organización. Esto puede suceder desde las instituciones más poderosas (como p.ej. la iglesia católica romana), hasta los grupitos independientes más pequeños. Donde se observan estos indicios, no se cumple un criterio importante de la iglesia del Nuevo Testamento.

Este no es asunto de un “rótulo exterior”. Existen grupos que se llaman “Iglesia de Jesucristo”, pero al conocerlos de cerca, uno se da cuenta de que con este nombre se refieren exclusivamente a su propia organización. Es la actitud que decide si un grupo se reúne en el nombre de Cristo, no el rótulo exterior.

Es significativo que prácticamente todos los verdaderos avivamientos espirituales en la historia de la iglesia comenzaron sin nombre propio y sin pretensiones denominacionales. Fue solamente su entorno – y mayormente sus enemigos – quienes les pusieron sobrenombres como “anabaptistas”, “cuáqueros”, “metodistas”, “pentecostales”, etc. En algún momento posterior, estos grupos de cristianos avivados comenzaron a aceptar estos sobrenombres como suyos, y a identificarse con estos nombres. Y normalmente esto señalaba el fin del avivamiento y el comienzo de la apostasía, al querer ser “como todas las otras naciones (denominaciones)”.

Una dificultad que tenemos para entender esto aquí en América Latina, es que muy pocas de las denominaciones existentes aquí han surgido de un avivamiento espiritual genuino. Casi todas las denominaciones aquí tienen sus raíces en congregaciones fundadas por misioneros extranjeros, enviados por congregaciones que a su vez ya se encontraban en la etapa del denominacionalismo, donde ya estaban brotando las semillas de la corrupción y de la apostasía. Así, los misioneros metodistas fundaron congregaciones metodistas, los misioneros bautistas fundaron congregaciones bautistas, los misioneros pentecostales fundaron congregaciones pentecostales, etc. – todas según el modelo de congregaciones en su país de origen que ya habían perdido su fuego de avivamiento inicial, y estaban comenzando a estancarse en sus propias tradiciones denominacionales. Importaron sus divisiones denominacionales, y sus formalismos eclesiásticos.

Esta espiritualidad importada y ya medio estancada, no tuvo el poder de cambiar la mentalidad esencialmente católica-romana de sus convertidos: una mentalidad sacerdotalista que busca acercarse a Dios mediante un “hombre especial” (el sacerdote o pastor) y mediante ritos exteriores colectivos y formalistas, pero que no busca relacionarse personalmente con Dios, ni examina su propia vida a la luz de Su palabra, ni asume responsabilidad espiritual por su propia familia y hogar. Por tanto, las iglesias evangélicas latinoamericanas siguen teniendo en el fondo una mentalidad católica. Esto significa que grandes partes de América Latina nunca en su historia vieron una manifestación real de la iglesia del Nuevo Testamento – a diferencia de regiones de avivamientos presentes o pasados como Corea, China, Norteamérica, grandes partes de Europa, y otras.

Esto presenta una dificultad mayor para entender los relatos bíblicos correspondientes. Sin embargo, “viviente y eficaz es la palabra de Dios, y más cortante que toda espada de dos filos, y penetra hasta partir alma y espíritu, articulaciones y tuétanos; y es capaz de juzgar reflexiones y pensamientos del corazón.” (Hebreos 4:12) Esta palabra “viviente y eficaz” (inclusive sus descripciones de la iglesia cristiana) puede ser experimentada por cada uno que esté dispuesto a dejar de un lado sus tradiciones denominacionales cuando lee la Biblia, y que busque a Dios sinceramente para ser enseñado por Su Espíritu Santo.

¿Fidelidad a la apostasía? – o: Negando la legitimidad de la Reforma

13/10/2012

En muchos círculos evangélicos se ha establecido un concepto de “fidelidad a la denominación”. Fui confrontado con esta idea bastante temprano en mi carrera evangélica. Después de concluir una formación misionera con una sociedad misionera interdenominacional, pedí a los líderes de la iglesia donde me congregaba en aquel entonces, que me permitieran trabajar con esta sociedad. Su respuesta fue: “Podemos enviarte como misionero, pero no con esta sociedad, porque nuestra denominación ya tiene su propia sociedad misionera.” – O sea: “Si quieres servir al Señor, tienes que quedarte dentro de nuestro cajón.”

La misma dificultad enfrentan cristianos que son miembros de alguna iglesia evangélica, y desean irse a una iglesia de otra denominación. Las razones por irse pueden ser perfectamente razonables, tales como: la otra iglesia queda mucho más cerca de donde viven; o están por casarse con alguien de la otra iglesia; o tienen amistades mucho más significativas en la otra iglesia que en su iglesia actual. Pero aun así, a menudo sus líderes les dicen: “Pero tú has sido bautizado aquí, tienes que ser fiel al lugar donde naciste espiritualmente.” (Como si en lo natural también fuera prohibido salir de la ciudad donde una nació…) – “Pero la otra denominación tiene puntos de vista doctrinales diferentes de nosotros, te van a confundir.” (Lo mismo podría decir la otra denominación de “nosotros”…) – O incluso: “¡Eres un ingrato! Tantos años te hemos cuidado, te hemos alimentado espiritualmente, y ahora que por fin podrías devolvernos algo de lo que hemos invertido en tí, colaborando en nuestra iglesia, ¡ahora te vas a otra iglesia!” (El egoísmo de los líderes se revela claramente en esta argumentación… ¿Acaso la iglesia es un negocio donde los líderes “invierten” en “sus” miembros para obtener una ganancia?)

En la teoría, quizás muchos de estos líderes reconocerán que no existen denominaciones en la iglesia del Nuevo Testamento, y que la otra iglesia es igualmente cristiana como la de ellos; quizás dirán que “todas las denominaciones son expresiones de la única iglesia cristiana”. Pero entre teoría y práctica hay un gran abismo. En la práctica se creen dueños de los miembros, y recurren a ideas sentimentales, nada bíblicas, de que “este es tu hogar espiritual, acá perteneces, no puedes irte así no más…” – Ellos olvidan que un cristiano es propiedad de Jesucristo, no de una iglesia o denominación. (Vea también: “¿Quién está hablando de robar ovejas?”)

Aun más grave se vuelve la situación cuando una iglesia o denominación empieza a apostatar de la Palabra de Dios (lo que es demasiado común hoy en día). En este caso, la “fidelidad a la denominación” obliga a los miembros a seguir en esta apostasía, y a recibir enseñanzas y órdenes de líderes que ni creen ni obedecen a lo que dice la Palabra de Dios. Si alguien señala los errores, le pueden decir: “Pero esta es la iglesia del Señor Jesucristo, y el Señor ama a su iglesia a pesar de sus errores, entonces tú tienes que amarla también. Por fin, no vas a encontrar en ningún lugar una iglesia perfecta.” – Esto suena muy espiritual, pero no lo es. El apóstol Pablo no llama “pastores” a los líderes que desobedecen al Señor Jesús o que tratan a los miembros como su propiedad; los llama “lobos” y “hombres que hablan cosas perversas” (Hechos 20:29-30). Y el Señor no llama “iglesia” a los que le sirven de apariencia solamente; los llama “cizaña” y “sinagoga de satanás” (Mateo 13:24-43, Apoc.2:9, 3:9). “Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas” (Apoc.18:4).

Ahora, este argumento de “amar a la iglesia a pesar de sus errores”, suena casi igual a lo que una vez me escribió un apologista católico romano. (Lo cito de la memoria porque ya no tengo la carta original.) El me escribió más o menos así: “La iglesia (católica) es la iglesia del Señor y es santa; entonces tenemos que creer que ella es santa y sin mancha, aun si vemos en ella muchos errores y muchos pecados cometidos por sus líderes, pero aun así la iglesia es santa porque el Señor lo dijo así.” (Podría también haber añadido que según la doctrina católica romana, la iglesia en su conjunto es infalible.) – Da mucho que pensar, que los líderes evangélicos usan los mismos argumentos como los defensores del catolicismo.

Ahora, aquí entramos en un asunto que forma la esencia misma de la Reforma: ¿Tuvieron los reformadores el derecho de llamar “apóstata” a su propia iglesia? ¿No debían ellos también haber permanecido fieles a su “iglesia madre”?

Las iglesias evangélicas se consideran herederos de la Reforma. No se cansan de afirmar que “nosotros no somos idólatras como los católicos”. Un evangélico que diría que la Reforma fue un error o que fue una rebelión ilegítima, estaría negando su propia identidad como evangélico. Y sin embargo, ¡esto es lo que los evangélicos están haciendo con su concepto de “fidelidad a la denominación”!

Veamos. Si fuera pecado para un evangélico actual, salirse de su denominación o fundar una nueva denominación con miembros de su congregación actual, entonces también hubiera sido pecado para Martín Lutero, oponerse a su iglesia (la católica romana) y permitir que se establezca una nueva iglesia (la reformada) con miembros que anteriormente eran católicos. Si un evangélico debe “sumisión” a su pastor, aunque el pastor esté equivocado, entonces Martín Lutero hubiera debido la misma sumisión al papa. Cualquier evangélico que defiende estas ideas de “fidelidad a la denominación” y de “sumisión bajo el pastor”, está negando la legitimidad de la Reforma. En consecuencia, está cortando el árbol sobre el cual él mismo está sentado.

El principio clave de la Reforma es que la Palabra de Dios es la máxima autoridad sobre la iglesia, por encima de todo liderazgo humano y de toda tradición eclesiástica. Fue sobre esta base que Lutero se opuso a su propia iglesia. Y es sobre esta misma base que también hoy tenemos que oponernos a los líderes que ponen sus propias prácticas, tradiciones y teologías – o aun su propia autoridad como líder – por encima de la Palabra de Dios.

– “Pero esto no es lo mismo”, protestarán algunos. “La iglesia católica se ha apartado de la verdad de Dios, pero nuestra iglesia evangélica está fundamentada sobre la Palabra de Dios.” – ¿Realmente? ¿Por qué entonces no permiten que un miembro común, basado en la Palabra de Dios, reprenda a un pastor que está equivocado? ¿Por qué entonces llaman “rebelde” y “divisivo” a un hermano que se atreve a obedecer a Dios antes que a los hombres? ¿Y por qué pactan con el movimiento ecuménico y con Roma? (Vea “Pacto entre la Alianza Evangélica, el ecumenismo y el Vaticano”.)

– “Pero nuestra declaración de fe es bíblica”, podrán decir. ¿Y qué? He visto a más de un líder evangélico traicionar su propia declaración de fe, con sus palabras y con sus hechos. La declaración de fe de la iglesia católica romana (el Credo Apostólico) también es bíblica; no contiene nada a lo que un evangélico podría objetar desde la Biblia. Esto no impidió que esta iglesia introdujera a lo largo del tiempo las prácticas más antibíblicas, extraviadas y abominables. Lo mismo en las iglesias evangélicas con sus declaraciones de fe bíblicas. Estos pedazos de papel no pueden impedir que las iglesias se alejen cada vez más de las palabras de su Señor. (Vea “95 tesis sobre el estado de las iglesias evangélicas” para una comparación entre el Nuevo Testamento y la situación general de las iglesias evangélicas actuales.)

Efectivamente, las iglesias que surgieron de la Reforma, están hoy ellas mismas en la necesidad desesperada de una nueva Reforma. Al negar esta necesidad, están al mismo tiempo negando la Reforma de la cual ellas mismas surgieron. Con lo que dan una muestra más, de que están efectivamente en la misma situación como la iglesia católica antes de la Reforma. Esta situación irónica se ha repetido varias veces en la historia de la iglesia: Cuanto más necesidad tiene una iglesia de ser reformada, más se esfuerza por demostrar lo contrario: que “somos la iglesia verdadera”, que “tenemos la doctrina sana”, que “los que se oponen a nuestro liderazgo son rebeldes”. Cuando observamos esto en una iglesia, sabemos que esta iglesia ya están más allá del punto donde podría todavía ser reformada. Una tal iglesia tiene que ser desechada, y el verdadero pueblo de Dios tiene que volver a encontrarse y reunirse de una forma más bíblica. Ya es tiempo que el remanente del pueblo de Dios escuche nuevamente el llamado: “Salid de ella, pueblo mío…”

Sobre algunos aspectos del funcionamiento de la iglesia (95 tesis Parte 5)

02/06/2009

Esta es la continuación de las “95 tesis sobre el estado de las iglesias evangélicas”.
36. En las reuniones de la iglesia del Nuevo Testamento, “cada uno tiene” algo para edificar a sus hermanos (1 Cor.14:26).
En las iglesias evangélicas de hoy, en cambio, la mayoría es pasiva en las reuniones y no tiene ni la iniciativa ni la posibilidad de contribuir algo. Incluso en aquellas iglesias que enfatizan la obra del Espíritu, se enfatizan solo unos pocos de los dones espirituales, y se da poca o ninguna oportunidad al creyente promedio de realmente ejercerlos.
37. En la iglesia del Nuevo Testamento había “sencillez del corazón” (Hech.2:46) y transparencia (1 Juan 1:6-7), apoyo mutuo (Hech.2:32) y amor no fingido (1 Pedro 1:22).
En las iglesias evangélicas de hoy, en general, no hay esta comunión verdadera entre creyentes; en cambio parece más importante mantener la apariencia exterior y el “status”.

38. Las iglesias evangélicas de hoy, en general, tienen una tendencia de dividirse más y más en denominaciones y facciones diferentes. La causa más profunda de estas divisiones, en la mayoría de los casos, es que “el amor se enfría” (Mat.24:12), y que no se trata con el pecado en la manera correcta, bíblica.
Esta tendencia divisionista y denominacionalista está también relacionada con la falta de comunión verdadera entre creyentes.

39. En la iglesia del Nuevo Testamento, los cristianos confesaban sus pecados unos a otros (Stgo. 5:16).
En las iglesias evangélicas de hoy, en general, o no se confiesan los pecados en absoluto, o existe una estructura vertical como en la iglesia católica, donde todos confiesan al pastor pero el pastor no confiesa a nadie (excepto a su líder superior); y el pastor aconseja a todos pero nadie puede aconsejar al pastor. Por tanto, particularmente los líderes no son transparentes y no rinden cuentas ante la congregación, y no hay una comunión verdadera, profunda entre hermanos.

40. La iglesia del Nuevo Testamento invertía sus finanzas en la ayuda a los hermanos necesitados, y en el apoyo a los predicadores a tiempo completo. (Hechos 2:45, 4:34-35, 1 Cor.9:14, 2 Cor.8:14-15, Gál.2:10, Gál.6:6, Ef.4:28)
En otras palabras, todas sus inversiones eran en personas, no en cosas materiales (puesto que las cosas materiales perecen, pero las personas son eternas). Especialmente no invertían nada en construcciones o locales de reunión, porque se reunían en lugares públicos y en sus propias casas.

41. Las iglesias evangélicas de hoy, en general, se imponen a sí mismas una carga muy pesada de finanzas, fuerzas y tiempo, por causa de sus obras de construcción. Entonces estos recursos le hacen falta a la verdadera obra del Señor.

42. Los cristianos del Nuevo Testamento abrían sus casas para visitas y reuniones, y para maestros itinerantes; eran conocidos por su hospitalidad. (Hechos 2:46, 5:42, Rom.16:23, 1 Cor.16:19, Col.4:15, Flm.2, Heb.13:2, 1 Pedro 4:9, 3 Juan 5-10)
Muchos miembros de las iglesias evangélicas hoy no tienen la confianza de abrir sus casas a otros hermanos, ni de ir a la casa de un hermano. Esto señala una falta de hospitalidad, y una falta de comunión y confianza verdadera entre hermanos.

43. Ninguna organización humana es idéntica con “la iglesia”, y ninguna persona humana puede llamarse “cabeza de iglesia”. La iglesia es del Señor y de nadie más.
Por tanto, es en contra de la Palabra de Dios si un pastor, una congregación local, o una denominación, se atribuye algún derecho exclusivo sobre las personas que se congregan con ellos (“mi iglesia”, “mis ovejas”). La conversión, entrega y lealtad de un cristiano es hacia Cristo, no hacia una denominación o un líder humano (1 Cor. 1:12-17, 3:4-9, 1 Pedro 5:3).
Las organizaciones humanas son imperfectas, siempre introducen cierto grado de error, y siempre contienen a cierto número de miembros no nacidos de nuevo.

44. El problema del denominacionalismo no se soluciona con simplemente salir de las denominaciones existentes, porque así solo se crean nuevas denominaciones que a su vez están en competencia con las existentes. – Tampoco se soluciona con quedarse “sin iglesia”, porque el cristiano necesita la unión y comunión con los demás miembros del cuerpo de Cristo. – Solo se solucionará cuando la iglesia vuelva a vivir la vida cristiana del Nuevo Testamento.