Archive for the ‘La iglesia del Nuevo Testamento: Reflexiones bíblicas’ Category

Maestros en la iglesia del Nuevo Testamento

06/11/2017

Obviamente, la función principal de un maestro consiste en enseñar; un maestro es literalmente (según la palabra original) un “enseñador”.
Pero no debemos pensar que eso significa simplemente “transmitir información”. Un maestro en el sentido del Nuevo Testamento no se distingue especialmente por tener una gran cantidad de conocimientos, ni por ser un buen orador, ni por tener una buena metodología y didáctica. Todo eso son capacidades humanas, naturales, que pueden ayudar en la enseñanza, pero que no requieren de ningún don específico del Espíritu Santo. Un maestro con el don espiritual correspondiente, se distingue en que su enseñanza tiene una calidad espiritual. Más allá de la mera transmisión de conocimientos, su enseñanza toca el espíritu de los oyentes (o lectores) y los pone en contacto con las verdades espirituales, eternas, de Dios.
Además, es una cualidad de todo buen maestro que hace entender a sus alumnos. Y si se trata de un maestro espiritual, entonces su enseñanza producirá no solamente un entendimiento intelectual, pero más aun un entendimiento espiritual.

Jesús mismo dio a Sus discípulos una demostración de lo que es enseñanza espiritual, cuando en el camino a Emaús “les interpretaba todos los pasajes de las Escrituras acerca de él mismo” (Lucas 24:27). Más tarde, los discípulos describieron así el efecto de aquella enseñanza: “¿No estaba nuestro corazón ardiendo en nosotros cuando nos hablaba en el camino, y cuando nos abrió las escrituras?” (v.32) – Un poco más tarde, Jesús resucitado tuvo una conversación similar con otro grupo de discípulos: “Entonces abrió la mente de ellos para que entendiesen las escrituras.” (v.45). La enseñanza espiritual abre la mente, pero al mismo tiempo hace arder el corazón. ¿Existe esta clase de enseñanza en tu congregación?

La enseñanza de Jesús no se limitaba a palabras. Jesús enseñaba también con su propio ejemplo: no afanándose por comida o vestido; durmiendo confiadamente en medio de la tormenta; sanando enfermos y expulsando demonios; lavando los pies de los discípulos; y más que todo con Su sufrimiento paciente, Su muerte en la cruz, y Su resurrección.
En Marcos 1:27 tenemos un testimonio notable acerca del efecto de la enseñanza de Jesús: “Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Que nueva enseñanza es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus impuros, y le obedecen?”

Desde el punto de vista del Nuevo Testamento, tenemos que preguntarnos ante mucho de lo que pasa por “enseñanza” en las iglesias y en los seminarios teológicos: ¿Realmente merece el nombre de “enseñanza”?

Como en el caso de las otras funciones mencionadas, también los maestros deben ser examinados por la iglesia en conjunto, según los mismos criterios. El Nuevo Testamento contiene muchas advertencias contra falsos maestros. Puede ser que esta función sea la más fácil de imitar por un enemigo del evangelio, porque cualquiera puede enseñar si solamente sabe hablar y ha adquirido un poco de conocimientos. Para eso ni siquiera es necesario haber nacido de nuevo. (Aun muchos autores de libros teológicos y profesores de seminarios no han nacido de nuevo.) Por eso es tan importante que la iglesia aprenda a distinguir entre la enseñanza natural, carnal, que sucede con capacidades puramente humanas en “sabiduría terrenal” (Santiago 3:15-16), y la auténtica enseñanza espiritual que es un don del Espíritu Santo. A menudo la iglesia se deja engañar por la mera erudición de un maestro, por su “apariencia de temor a Dios” (2 Timoteo 3:5), y por su capacidad de “hacer cosquillas a los oídos” de sus oyentes, hablándoles según sus propios deseos (2 Timoteo 4:3). Tanto más necesidad hay que la iglesia sepa aplicar criterios espirituales a los maestros.

Santiago advierte también: “No se vuelvan muchos maestros, mis hermanos, sabiendo que seremos juzgados con mayor severidad.” (Santiago 3:1). Un maestro tiene una gran responsabilidad, porque influencia a muchas personas con sus palabras. La proliferación de muchos maestros ha hecho daño a la iglesia; no solamente por enseñanzas manifiestamente falsas, sino también porque algunos sectores de la iglesia empezaron a pensar que la erudición y el conocimiento intelectual eran más importantes que la vida cristiana y la fidelidad al Señor. Así, la Reforma luterana dio un énfasis exagerado a la enseñanza y a los estudios teológicos; y en consecuencia degeneró después de poco tiempo a una “ortodoxia muerta”. O sea, se enseñaba todavía “correctamente”, pero la gente vivía vidas pecaminosas y desobedientes a Dios. Lo mismo está sucediendo actualmente en diversas congregaciones evangélicas.

Probablemente el ejemplo más informativo de un maestro en el Nuevo Testamento lo tenemos en Apolos. Aunque él no es llamado “maestro” explícitamente, pero dice que él era “poderoso en las Escrituras”, y que “con espíritu ardiente hablaba y enseñaba exactamente acerca del Señor” (Hechos 18:24-25). Aquí tenemos en pocas palabras algunas de las cualidades de una enseñanza espiritual: Es basada en las Escrituras; es “exacta”; pero al mismo tiempo “con espíritu ardiente”.
Es interesante que Apolos ya desde el inicio mostraba estas cualidades, “aunque había entendido solamente el bautismo de Juan” – o sea, aun cuando sus conocimientos estaban todavía lejos de ser completos. “Y cuando Aquila y Priscila lo escucharon, lo acogieron y le expusieron más exactamente el camino de Dios.” (v.26) Así que Apolos también era enseñable. Sus capacidades de maestro no le impidieron recibir humildemente la enseñanza de otros maestros que sabían más que él.
Un poco más tarde dice de él: “… enérgicamente refutaba [completamente] a los judíos, y mostraba públicamente por las Escrituras que Jesús era el Cristo.” (v.28) Aquí vemos que la función del maestro no consiste únicamente en enseñar y fortalecer a los cristianos. Un maestro puede también tener una función “hacia afuera”, en la apologética (la defensa argumentativa de la fe). Donde falta esta función, aun los mismos cristianos entran en el peligro de ser desviados por falsas enseñanzas que existen en su alrededor; y entonces estas falsas enseñanzas empiezan a difundirse aun dentro de las iglesias.
En 1 Corintios, Pablo usa el ejemplo de Apolos para explicar a lo largo de dos capítulos (3 y 4) la relación entre apóstol y maestro. Quizás lo más importante allí es que no existe ninguna rivalidad entre los dos. Cada uno tiene su propia función asignada por Dios, los dos se complementan, y ninguno envidia la función del otro: “Entonces ¿quién es Pablo? ¿y quién es Apolos? – Siervos por quienes ustedes llegaron a creer; y cada uno [sirve] como le dio el Señor. (…) Porque somos colaboradores de Dios; ustedes son el campo de Dios, el edificio de Dios.” (1 Corintios 3:5.9) – Además dice más específicamente: “Yo planté, Apolos regó, pero Dios hacía crecer.” (1 Corintios 3:6) O sea, el apóstol hace el comienzo, el trabajo pionero, hasta que la iglesia esté bien establecida. Más tarde entra el maestro para seguir afirmando y alimentando la congregación. O como dice en otra comparación un poco más tarde: El apóstol asegura que la iglesia tenga el fundamento correcto (Jesús), el maestro edifica encima. (1 Corintios 3:10-11) Ambas funciones son importantes y tienen su lugar: tanto el “plantar” como el “regar”; tanto el “colocar el fundamento” como el “edificar encima”.

Anuncios

Pastores en la iglesia del Nuevo Testamento

12/10/2017

En la actualidad, la gran mayoría de líderes de congregaciones locales se hacen llamar “pastores”. Esto es realmente extraño, considerando que ésta es la función menos mencionada en todo el Nuevo Testamento. El sustantivo “pastor(es)”, refiriéndose a una función en la iglesia, aparece únicamente en Efesios 4:11. (La versión Reina-Valera traduce además erróneamente “pastores” en Hebreos 13:7, 17, y 24. Pero la palabra original allí no es “pastores”, sino “guías”, “líderes”.) – Además existen todavía tres pasajes donde el verbo “pastorear” se refiere a una función en la iglesia: Juan 21:16 (Pedro), Hechos 20:28 (los ancianos), y 1 Pedro 5:2 (también los ancianos). Ya hablamos de estos pasajes en una reflexión acerca de las funciones de los ancianos. Allí vimos que según 1 Pedro 5:1-2, también Pedro vio esta función en conexión con el ancianato.

Tenemos entonces unas cuantas referencias del Nuevo Testamento al “pastorear” como una función de los ancianos de la iglesia local. Pero ¡no existe ninguna mención de un “pastorado” a tiempo completo y que iría más allá de las funciones de un anciano local! Y mientras podemos encontrar en el Nuevo Testamento a varias personas que explícitamente fueron llamados “apóstoles”, “profetas”, “evangelistas”, y “maestros”, no encontramos a nadie que hubiera sido llamado “pastor” (excepto el mismo Señor Jesucristo). Entonces, casi todo lo que las congregaciones actuales enseñan y practican en cuanto al “pastorado”, se basa en realidad sobre pasajes bíblicos que hablan de otras funciones o posiciones (por ejemplo ancianos) – o aun peor: sobre suposiciones que ni siquiera están en el Nuevo Testamento.

Este hecho – valga la redundancia – anula la estructura de liderazgo de la mayoría de las congregaciones actuales. Estas estructuras actuales son uno de los mayores obstáculos que impide a las congregaciones actuales volver a lo que era la iglesia del Nuevo Testamento.

Entonces, si de verdad existe una función de “pastorado” más allá de la función de los ancianos locales, lo único que podríamos decir acerca de esta función se basaría en conjeturas. Por analogía con las otras cuatro funciones mencionadas en Efesios 4 (apóstoles, profetas, evangelistas y maestros), podemos asumir que se trataría también de una función itinerante, abarcando una región geográfica más amplia, con el propósito de “capacitar” a los miembros de las iglesias, y particularmente a los ancianos, para “pastorearse” unos a otros, animando, consolando, aconsejando, y fortaleciendo en la fe.

Si quisiéramos buscar a un personaje del Nuevo Testamento a quien se aplicaría esta descripción, el único que se me ocurre es Bernabé. Desde su primera aparición en el libro de Hechos, él lleva este sobrenombre que significa “Hijo de ánimo” o “Hijo de consolación”. Además se testifica allí de su generosidad excepcional (Hechos 4:36-37). Bernabé era entonces conocido como alguien que animaba y consolaba a los demás.
La siguiente vez que leemos de Bernabé, él era el único que tenía suficiente confianza en el recién convertido Saulo para acercarse a él y para introducirlo a la iglesia en Jerusalén, cuando todos los otros discípulos todavía desconfiaban de él (Hechos 9:26-28). Sin este gesto valiente de Bernabé, ¡Pablo no hubiera encontrado entrada en la iglesia cristiana!
Al parecer, Bernabé era también el único que se dio cuenta del llamado apostólico sobre la vida de Pablo. Porque muchos años después, cuando por fin Pablo comenzó a ejercer una función en la iglesia y a acercarse a la concretización de su llamado, eso fue otra vez gracias a Bernabé, quien había viajado a Tarso para buscar a Pablo y para traerlo a Antioquía (Hechos 11:25).
Al inicio del primer viaje misionero, Bernabé era obviamente el líder. En los capítulos 11 y 13 de Hechos, se le menciona en primer lugar: “Bernabé y Saulo” (Hechos 11:30, 13:2.7). Después, en el versículo 43 del capítulo 13 ocurre un cambio: ahora dice “Pablo y Bernabé”. O sea, Saulo cambió de nombre, y además pasó al primer lugar. Esto se puede explicar solamente con que Bernabé pasó voluntariamente al segundo lugar, reconociendo la autoridad espiritual que Dios había dado a Pablo. Y podemos estar bastante seguros de que fue Bernabé mismo quien había dado a Saulo su nuevo nombre, de manera similar como Jesús había cambiado el nombre de Simón a “Pedro”. – Bernabé demostró entonces esta clase de humildad en el “pastoreo” que Pedro encomienda a todos los ancianos: “Pastoreen el rebaño de Dios (…) no como enseñoreándose de los asignados, sino siendo ejemplos del rebaño.” (1 Pedro 5:2-3)

Antes de emprender el segundo viaje misionero, sucedió entre Pablo y Bernabé “una irritación de manera que se apartaron uno del otro”. La razón fue que Bernabé quiso llevar con ellos a Juan Marcos; pero Pablo desconfiaba de él, porque él los había abandonado durante el primer viaje, por causas que la historia no menciona. Entonces Pablo se negó a llevar a Juan Marcos. El asunto terminó con que Bernabé y Pablo se separaron. Y Bernabé demostró nuevamente su corazón pastoral, acogiendo y animando al que había salido de la disputa como el más herido: Juan Marcos. (Hechos 15:37-40). No fue para menos: Este Juan Marcos es conocido como el autor del Evangelio según Marcos. Una vez más, Bernabé reconoció y animó el potencial espiritual de una persona que había sido rechazada por los demás. Si esto no es un gran ejemplo de “pastoreo” en el sentido del Nuevo Testamento, entonces no hay otro. Bernabé cumplió con lo que el profeta Ezequiel describe como los deberes de un buen pastor:
“Libraré (a las ovejas) de todos los lugares en que fueron esparcidas el día del nublado y de la oscuridad. (…) En buenos pastos las apacentaré (…) Yo buscaré la perdida, y volveré la extraviada, y ligaré la perniquebrada, y fortaleceré la enferma.” (Ezequiel 34:12-16).

¿Qué concepto de “pastoreo” tiene tu congregación?

Evangelistas en la iglesia del Nuevo Testamento

05/10/2017

Durante la mayor parte de la historia de la iglesia, la palabra “evangelista” se usaba exclusivamente para los autores de los cuatro Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan). Todavía en los tiempos de Juan Wesley (siglo 18) se desató una gran controversia cuando él se llamaba a sí mismo un “evangelista”. Pero desde entonces la mayoría de las denominaciones llegaron a reconocer que la función del evangelista sigue vigente para la iglesia actual.

Un ejemplo de un evangelista en el Nuevo Testamento es “Felipe el evangelista” (Hechos 21:8). Obviamente no se trata del apóstol Felipe, sino de aquel Felipe que es mencionado en Hechos 6:5 como uno de “los siete”, y cuya historia se relata en Hechos 8. Al final de Hechos 8, Felipe “pasaba por todo lugar y evangelizaba todas las ciudades hasta llegar a Cesarea.” Y allí se encontraba todavía cuando Pablo lo visitó en Hechos 21.
La obra de Felipe en Samaria (Hechos 8:5-12) tiene mucha similitud con la obra de los apóstoles en Pentecostés y después. Un evangelista es usado por Dios para anunciar el evangelio de manera convincente, de manera que sucede convicción del pecado, arrepentimiento, y fe en Jesús el Cristo. – A continuación vemos como Felipe se dejó usar por Dios también en la evangelización individual, explicando al oficial etíope el significado de las Escrituras (Hechos 8:26-39).

Otro personaje del Nuevo Testamento que fue llamado “evangelista”, era Timoteo (2 Timoteo 4:5).

Un verdadero evangelista pone siempre a Cristo en el centro de su mensaje y de su práctica. Un verdadero evangelista no es un agente de publicidad contratado para ganar más miembros para una determinada organización. Un verdadero evangelista es enviado por Dios para decir a la gente que se reconcilien con Dios (2 Corintios 5:20). Su deseo más profundo es que el Espíritu Santo obre en las personas para convicción del pecado, de justicia y de juicio, para llevarlos al arrepentimiento, a la entrega al Señor, a la fe, y al nuevo nacimiento. El evangelista verdadero desea ver a la gente convertidos en súbditos del Rey y ciudadanos de Su reino, no en miembros de una organización religiosa en este mundo.

Una de las funciones más críticas de un evangelista (y bastante olvidada hoy en día) consiste en que debe confrontar con el evangelio no solamente a “los de afuera”, sino también a los miembros de las congregaciones cristianas. A medida que una congregación crece, crece también la proporción de sus miembros que “tienen el nombre de que viven, pero están muertos” (Apocalipsis 3:1). Ellos son difíciles de evangelizar. Los “de afuera” por lo menos están conscientes de que no son cristianos. Pero los “de adentro” viven en la ilusión de que ya son cristianos, que ya son salvos, y pueden reaccionar de manera muy agresiva cuando alguien les dice que todavía les hace falta nacer de nuevo. Eso fue la razón por qué muchos predicadores de avivamiento fueron atacados y perseguidos por los líderes de sus propias congregaciones y denominaciones: Fue el llamado de aquellos predicadores, decir a los cristianos de nombre que estaban espiritualmente muertos.

¿Tu congregación o denominación conoce y reconoce el ministerio de verdaderos evangelistas? ¿Tu congregación da la bienvenida a evangelistas que llaman al arrepentimiento también a los que están “dentro”?

Profetas en la iglesia del Nuevo Testamento

12/09/2017

La palabra “profetizar” significa desde su origen etimológico: “decir hacia adelante”, o también “decir de antemano”. De ahí, un profeta tiene dos funciones:
1. Anunciar lo que está escondido y traerlo a la luz (vea Mateo 10:26-27). Así un profeta puede revelar cosas escondidas de Dios (Su carácter, Sus propósitos, Su manera de actuar …). Pero también puede revelar los pensamientos, intenciones y pecados ocultos de los hombres.
2. Anunciar eventos futuros según la voluntad de Dios. Este es el significado más común de “profetizar”; pero como hemos visto, no es el único.

La función de los profetas en el Nuevo Testamento no es exactamente la misma como en el Antiguo Testamento. En el orden del Antiguo Testamento, Dios encargó a profetas con anunciar y escribir Su revelación autoritativa para el pueblo; o sea, escribir los libros de la Biblia bajo la inspiración del Espíritu Santo. En el Nuevo Testamento, esta responsabilidad pasó a los apóstoles. Ninguno de los profetas mencionados explícitamente en el Nuevo Testamento escribió un libro de la Biblia. Ellos tenían simplemente la función de animar, exhortar y advertir a los hermanos con lo que Dios les revelaba. (Vea Hechos 15:32: “Y Judas y Silas eran también profetas, y así animaron y afirmaron a los hermanos con muchas palabras.”)
Además es una función importante de la profecía, traer a la luz “las cosas escondidas del corazón” (1 Corintios 14:24-25). La profecía puede obrar convicción en un incrédulo que accidentalmente entra a una reunión de los cristianos.
Aunque los profetas del orden del Nuevo Testamento no tienen el mismo peso como en el Antiguo Testamento, su función sigue siendo importante. Aunque no están puestos para revelar verdades eternas y autoritativas de la fe, pero sí tienen la función de anunciar en situaciones específicas lo que el Señor quiere decir a una persona o iglesia en particular. Así, la profecía es una de las pocas funciones en la iglesia que concretiza lo que es el gran privilegio del Nuevo Pacto: tener acceso directo a Dios, estar en comunión con Él y conocer Su corazón.

Muchos teólogos cesacionistas opinan que el don de la profecía era solamente para el tiempo de los primeros apóstoles. (Otros dicen que en la actualidad la “profecía” consiste simplemente en la exposición de las verdades bíblicas, pero ya no en la revelación sobrenatural de asuntos ocultos. Pero en este caso, profecía sería equivalente a enseñanza, y así no tendría sentido usar la palabra “profecía”.) Pero el libro “Didajé”, escrito en el segundo siglo, contiene instrucciones acerca de la recepción de apóstoles y profetas itinerantes. Esta es una prueba de que la función de profeta continuaba durante el segundo siglo, y que la iglesia de aquel tiempo no era cesacionista.

Las profecías tienen que ser examinadas.

Así como los apóstoles, también los profetas y sus dichos deben ser examinados por la iglesia en conjunto. Si la profecía es un don tan importante para la iglesia, el diablo hará muchos esfuerzos para desprestigiarlo y falsificarlo. Por eso dice Pablo: “Profetas hablen dos o tres, y los demás distingan.” (1 Corintios 14:29) Y: “No apaguen al Espíritu; no desprecien profecías; pero prueben todo [si se puede aprobar], retengan lo bueno, absténganse de toda apariencia maligna.” (1 Tesalonicenses 5:19-22)
La iglesia raras veces logró mantener un equilibrio sano entre “no despreciar profecías” y “probar (examinar) todo”. Durante largos tiempos, la función de la profecía era prácticamente desconocida en las iglesias. En la actualidad, la profecía está nuevamente de moda (por lo menos en ciertos círculos), pero eso ha producido a la vez una avalancha de falsos profetas y falsas profecías, y una admiración crédula de todo lo que se hace pasar por “profético”.

Para examinar a un profeta, se aplican los mismos criterios como para apóstoles: ¿Es su “fruto” y su carácter de acuerdo a la imagen de Cristo? ¿Y es su mensaje conforme a las Sagradas Escrituras?

Un criterio importante encontramos en varios pasajes del Antiguo Testamento: Un profeta verdadero no teme confrontar al pueblo con verdades incómodas. Un falso profeta, en cambio, dirá “Paz, paz” donde no hay paz. (Jeremías 6:13-14, 8:10-11, Ezequiel 13:1-16). Un falso profeta dice lo que el pueblo quiere escuchar (Jeremías 23:16-17), y les profetiza mayormente cosas positivas, para que se sientan “edificados”, pero en un sentido carnal. Un profeta verdadero anuncia fielmente lo que el Señor le encargó, y eso incluye a menudo reprensiones, anuncios del juicio, y un llamado al arrepentimiento.
Así también en el Nuevo Testamento, cuando Juan recibió las palabras proféticas a las siete iglesias en las cartas en Apocalipsis 2 y 3, tuvo que llamar al arrepentimiento a cinco de las siete iglesias. También en el orden del Nuevo Testamento, el juicio comienza con la casa de Dios (1 Pedro 4:17); y los profetas son los encargados de advertir a la iglesia.
No que el verdadero profeta sea alguien que se deleita en ofender y escandalizar a la gente. Al contrario, a menudo es él mismo quien más sufre cuando tiene que hablar de la ira de Dios. El lamento de Jeremías expresa probablemente los sentimientos de todo profeta verdadero: “Porque desde que hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra del Señor me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre: pero fue en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos, trabajé por sufrirlo, y no pude.” (Jeremías 20:8-9) – En más de una oportunidad, cuando Dios anunciaba a Moisés que iba a destruir el pueblo, Moisés se puso a orar e interceder por el pueblo hasta que Dios se decidió por un juicio menos severo (Éxodo 32:9-14, Números 14:11-20). – También Samuel, después de que tuvo que reprender duramente a Saúl, lloró por él hasta que Dios le dijo que deje de llorar y que vaya a ungir a David (1 Samuel 15:35, 16:1).
Pero los oyentes raras veces ven este sufrimiento secreto de los profetas. Solamente ven sus palabras duras, y entonces – si no están dispuestos a arrepentirse – comienzan a odiar a los profetas. Por eso, aun en las iglesias que se llaman cristianas, a menudo los verdaderos profetas son perseguidos, y la gente sigue a los falsos profetas. Con razón advirtió Jesús a los discípulos:
“Muy felices son ustedes cuando los hombres les odian y cuando los separan y ultrajan y desechan vuestro nombre como algo malo por causa del Hijo del hombre. Alégrense en aquel día y brinquen, porque miren, tendrán un gran sueldo en el cielo. Porque así hacían los antepasados de ellos a los profetas. (…) ¡Ay, cuando todos los hombres les dicen bien!; porque así mismo hacían los antepasados de ellos a los falsos profetas.” (Lucas 6:22-23.26)

¿Tu congregación tiene un concepto bíblico acerca de la profecía? ¿Está dispuesta a ser reprendida por un profeta verdadero? ¿Y es capaz de discernir a un profeta falso?

Apóstoles en la iglesia del Nuevo Testamento – Parte 3

18/08/2017

En la reflexión anterior hemos examinado la pregunta de si pueden existir funciones apostólicas en la iglesia actual. Hemos señalado las consecuencias que tendría cada una de las respuestas posibles, la afirmativa y la negativa.

Ahora, para aquellos que responden en el sentido afirmativo, deseo examinar algunos criterios bíblicos para el reconocimiento y el ejercicio de una función apostólica, por si existiera en nuestros días:

Un apóstol tiene su llamado inmediatamente de Dios.

Sólo Dios puede “comisionar” a un apóstol. Ninguna institución, ningún líder, ni siquiera otro apóstol, puede conferir a alguien un llamado apostólico. En consecuencia, un verdadero apóstol no puede representar los intereses de ninguna institución o persona – ni tampoco los suyos propios, por supuesto. Solamente puede representar los intereses de Dios mismo. No hará compromisos con la voluntad de ningún líder y con ninguna tradición eclesiástica, ni siquiera con la suya propia. De todas las funciones en el cuerpo de Cristo, al apóstol se aplica en el sentido más completo que él es propiedad de Dios con todo lo que es y tiene.

Un apóstol no es un líder autoritario.

Eso ya está claro desde las palabras de Jesús acerca del liderazgo en general (Mateo 20:25-28, 23:12, Lucas 22:25-27, Juan 13:13-15.) Pero el contraste es aun más fuerte cuando consideramos lo que Pablo escribe específicamente acerca del apostolado:

“Porque me parece que Dios nos puso a nosotros los comisionados como últimos, como entregados a muerte, porque nos volvimos un espectáculo para el mundo y los ángeles y los hombres. Nosotros somos tontos por causa del Cristo, y ustedes sensatos en el Cristo. Nosotros somos débiles, y ustedes fuertes. Ustedes son gloriosos, y nosotros despreciados. Y hasta la hora presente tenemos hambre y sed y estamos sin ropa y somos golpeados y no tenemos donde quedarnos, y trabajamos duro con nuestras propias manos. Mientras somos insultados, bendecimos; mientras somos perseguidos, lo soportamos; mientras somos difamados, animamos; como desechos del mundo nos hemos vuelto, la basura de todos.” (1 Corintios 4:9-13)

“¿Son siervos del Cristo? Como demente hablo, yo más: en trabajos duros más abundantemente, en golpes más, en cárceles más abundantemente, en muertes muchas veces. Por los judíos recibí cinco veces cuarenta [azotes] menos uno; tres veces fui golpeado con vara, una vez apedreado, tres veces naufragué, una noche y un día he pasado en la profundidad [del mar]; en caminatas muchas veces, en peligros por ríos, en peligros por asaltantes, en peligros desde [mi] pueblo, en peligros desde las naciones, en peligros en la ciudad, en peligros en el desierto, en peligros en el mar, en peligros entre falsos hermanos …” (2 Corintios 11:23-26)

Si “el mayor de ustedes sea vuestro siervo”, y si la función más importante en la iglesia es el apostolado, entonces de los apóstoles se espera sin duda la mayor humillación y la mayor disposición al servicio y al sufrimiento. Los historiadores antiguos relatan que once de los doce apóstoles originales sufrieron la muerte de mártires. El que no demuestra esta humildad y esta disposición de sufrir, no es un apóstol según el Nuevo Testamento.

La iglesia debe examinar a los apóstoles, si son verdaderos.

Algunas congregaciones desean tener apóstoles porque quieren librarse de la carga de ejercer discernimiento ellos mismos. Desean tener un líder al que pueden seguir sin dudar o cuestionar; y en eso son semejantes a los antiguos israelitas que desearon tener un rey (1 Samuel 8:4-20). Pero el Nuevo Testamento es claro en que los cristianos (¡todos los cristianos!) deben examinar a todo líder y toda enseñanza, inclusive a los apóstoles.
Pablo reprende duramente a los corintios porque no examinaron a los “apóstoles en exceso” que llegaron a ellos:

“Porque si alguien viene y anuncia a otro Jesús al cual no hemos anunciado, o reciben a un espíritu diferente al cual no aceptaron [al inicio], bien lo soportaban. (…) Porque los tales son falsos comisionados, trabajadores estafadores, que se disimulan como comisionados del Cristo. Y no es asombroso; porque el mismo satanás se disimula como un ángel de luz. Entonces no es nada grande si también sus siervos se disimulan como siervos de justicia. El fin de ellos será según sus actos. ” (2 Corintios 11:4. 13-15)

El Señor elogia a la iglesia de Éfeso porque

“no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos” (Apocalipsis 2:2).

Entonces, donde alguien pretende ejercer una función apostólica, la iglesia en conjunto debe examinar:
su persona y carácter, si es un verdadero seguidor del Señor. “Desde sus frutos los reconocerán” (Mateo 7:20). En particular, cada apóstol debe cumplir también los criterios de 1 Timoteo 3 para ancianos; y por supuesto que debe cumplir los criterios para todo miembro de la iglesia, según 1 Corintios 5:11, 6:9-10, Apocalipsis 21:8, y otros.
– su enseñanza, si es conforme a las Escrituras. Pablo escribe a los gálatas que no debían recibirle ni siquiera a él mismo, en el caso de que él anunciase un evangelio diferente del que recibieron en el inicio (Gálatas 1:8-9).

Si un líder reclama una autoridad incuestionable, y no permite que los “miembros comunes” de la iglesia lo examinen o critiquen a base de las Escrituras, no es ningún líder cristiano genuino.

“Las señales del apóstol”

“Pero las señales del comisionado produje entre ustedes en toda perseverancia, en señales y milagros y poderes.” (2 Corintios 12:12) – Un apóstol demuestra señales de que Dios mismo lo comisionó. En el caso de los doce apóstoles originales y de Pablo, estas señales consistían mayormente en milagros y sanidades sobrenaturales. En los apóstoles en un sentido más amplio, eso no necesariamente tiene que ser el caso; por ejemplo de Bernabé o de Timoteo no se reportan milagros sobrenaturales. Pero Bernabé demostró una generosidad inusual en consecuencia de su cercanía al Señor (Hechos 4:36-37). – Entre los pioneros misioneros y de avivamiento anteriormente mencionados, según mi conocimiento no se reportaron milagros sobrenaturales en el ministerio de Guillermo Carey, ni de Hudson Taylor. Pero ambos demostraron una disposición extraordinaria para soportar sufrimientos, enfermedades, aislamiento, incomprensión, necesidades materiales, y otras muchas dificultades. Carey logró ademas la hazaña extraordinaria de traducir la Biblia a no menos de cuarenta y cuatro diferentes idiomas asiáticos. – En el ministerio de Zinzendorf resalta un día particular cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre los hermanos reunidos con él, provenientes de varias denominaciones diferentes, con el resultado de que se reconciliaron entre sí y “fueron reunidos en un amor ardiente hacia el Salvador y unos a otros”.
Entonces, Dios puede confirmar Su llamado de muchas y diversas maneras, no siempre mediante milagros; pero en la vida de alguien “comisionado por el Señor” siempre se observará algo fuera de lo común, algo que se puede explicar solamente con el toque de Dios sobre la vida de esa persona.

La función apostólica no puede limitarse a una sola denominación.

Esto es una consecuencia lógica del hecho de que la función apostólica trasciende la iglesia local. El Nuevo Testamento no dice mucho acerca del problema de las denominaciones; este problema ocurrió únicamente en Corinto. Pero leemos allí que Pablo se dirige a “la asamblea de Dios que está en Corinto” (1 Cor.1:2) como si las diferentes facciones no existieran. Él exhorta a todas ellas por igual, en la expectativa de que todas ellas aceptarían su autoridad. Un apóstol (como todas las “funciones de capacitación” mencionadas en Efesios 4:11) está puesto “para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12); entonces si en algún lugar el cuerpo de Cristo está dividido en varias denominaciones, un apóstol no puede dirigirse solamente a una de ellas.

Es un caso distinto si una denominación (o sus líderes) rechaza un ministerio apostólico por el simple hecho de que este ministerio no se somete a sus estructuras denominacionales particulares. Eso, por supuesto, no es culpa del apóstol. La función apostólica por definición tiene que desarrollarse independientemente de las estructuras denominacionales. Pero por esa misma razón, si alguien pretende ejercer una función apostólica y al mismo tiempo se identifica fuertemente con una denominación particular, habrá que dudar del llamado apostólico de esa persona.

Apóstoles en la iglesia del Nuevo Testamento – Parte 2

31/07/2017

En la reflexión anterior hemos visto que aparte de los doce apóstoles originales, existían en el Nuevo Testamento apóstoles en un sentido más amplio. Se levanta entonces la pregunta si en la iglesia actual debe todavía existir la función del apóstol. En mi opinión, esta es una pregunta abierta que no se puede responder de manera concluyente desde la Biblia. Existen argumentos fuertes para ambas posiciones. Examinaré entonces para ambas posiciones, cuáles serían las consecuencias para una iglesia que se compromete con el patrón del Nuevo Testamento, a) asumiendo que el apostolado es para todos los tiempos, y b) asumiendo que el apostolado era solamente para la iglesia de la primera generación.

a) Si el apostolado es para todos los tiempos:

En este caso, de todos modos se puede tratar solamente de “apóstoles en un sentido más amplio”. La función de los doce apóstoles originales fue única. Esto significa que:
– Nadie en la iglesia actual puede atribuirse el privilegio de enseñar o mandar sobre toda la iglesia universal, o de alguna otra manera ejercer la autoridad que tenían los doce apóstoles originales.
– Nadie en la iglesia actual puede atribuirse la autoridad de añadir algo a las Escrituras inspiradas y autoritativas del Nuevo Testamento, o de pretender que sus propias enseñanzas tengan la misma autoridad como el Nuevo Testamento.

¿En qué consistiría entonces una función apostólica en la actualidad?
– La misión pionera en lugares donde el evangelio es desconocido, cuando sucede por el llamado directo de Dios a uno o varios de Sus siervos. En este sentido podemos decir que pioneros como Guillermo Carey y sus primeros compañeros en la India, o Hudson Taylor en China, ejercieron una función apostólica. Ambos no solamente tuvieron que entrar en territorios nuevos sin ninguna ayuda humana, sino que también tuvieron que sostener una lucha dura para defender su llamado misionero ante las iglesias establecidas en su país de origen.
– Pioneros de avivamiento que llegan a ser reconocidos como autoridades por una multitud de iglesias locales, sea como sus fundadores, o sea porque demostraron una cercanía al Señor mucho mayor que los líderes humanamente establecidos en las iglesias. En este sentido podemos decir que líderes como Menno Simons, Juan Wesley, el conde de Zinzendorf, o William Booth, ejercieron una función apostólica.

Sin embargo, ninguno de los mencionados reclamaba durante su vida el título de “apóstol” para sí mismo, y eso con buena razón. Si alguien hoy en día se llama “apóstol” a sí mismo, da lugar a muchos malentendidos. Por tanto, aun si pueden existir funciones apostólicas en la iglesia actual, me parece prudente no usar el título de “apóstol”.

Veremos en una reflexión posterior los criterios que debería cumplir alguien que pretende ejercer una función apostólica.

b) Si el apostolado no es para hoy:

Muchas denominaciones y congregaciones actuales enseñan que la función apostólica ya no existe en nuestros días. Pero muchas de estas denominaciones han establecido estructuras y cargos que en la práctica ejercen una función apostólica: Tienen juntas directivas regionales, nacionales o incluso internacionales, que exigen que los líderes de las congregaciones locales se sujeten a sus decisiones. Esto equivale a presumir de una autoridad apostólica; porque en el Nuevo Testamento no existe ninguna autoridad terrenal por encima de las iglesias locales, excepto el apostolado.

Es cierto que algunas otras funciones en la iglesia pueden tener un alcance regional o más allá, como veremos a continuación (profetas, evangelistas y maestros). Pero estas funciones no ejercen autoridad sobre las congregaciones locales. Entonces, si un grupo cristiano afirma que el apostolado ya no existe en nuestros tiempos, necesariamente tiene que afirmar también la independencia de cada iglesia local. Toda otra posición sería contradictoria en sí misma.

Esto significa que todos estos “gobiernos” regionales, nacionales e internacionales de las diversas denominaciones son antibíblicos. En esta situación existen solamente dos alternativas coherentes con los principios del Nuevo Testamento:

1. Se reconoce que tales estructuras de gobierno eclesiástico significan de hecho ejercer un “apostolado”. Entonces se destituyen todos los líderes regionales, nacionales e internacionales que no cumplen con los criterios de tener un llamado apostólico, y se buscan nuevos líderes que demuestren las señales de tener un tal llamado. En este proceso se debe tomar en cuenta que ni un líder particular, ni una asamblea en un proceso “democrático” puede otorgar funciones apostólicas. Eso lo puede hacer solamente Dios mismo en Su soberanía. Entonces, una tal transición no se podría lograr con medidas meramente administrativas. Si una denominación o un grupo de congregaciones considerase seriamente un tal proceso, todos sus miembros se verán obligados a humillarse ante Dios y buscarle muy seriamente, hasta que Él pueda obrar una renovación personal y espiritual profunda de su liderazgo entero.

ó 2. Se decide ser más consecuente en la posición de que el apostolado ya no existe en los tiempos actuales; lo cual significaría la abolición de todos los liderazgos regionales, nacionales e internacionales. En consecuencia, a cada congregación local se le concede la independencia completa. Eso implica la libertad de cuestionar su “identidad denominacional”, y de enfatizar la comunión con cristianos verdaderos de otras denominaciones en su propia ciudad, más que la comunión con congregaciones de la misma denominación en otras ciudades. Pero eso requiere también que cada congregación se comprometa mucho más que antes a someterse bajo las Sagradas Escrituras y particularmente bajo la “enseñanza de los apóstoles” escrita en el Nuevo Testamento, porque de otro modo no tendría ningún medio de corrección contra enseñanzas y prácticas falsas que podrían ser introducidas por líderes locales o por maestros itinerantes.
(Generalmente se cree que los gobiernos denominacionales puedan funcionar como tales medios de corrección. Pero eso es una ilusión. Los gobiernos denominacionales aseguran solamente la conformidad de las congregaciones locales con el mismo gobierno denominacional; pero no las protegen contra las desviaciones que se originan desde este gobierno denominacional. Por eso, la gran mayoría de las denominaciones evangélicas se están actualmente moviendo hacia una apostasía que es incentivada por los mismos líderes nacionales e internacionales de las denominaciones y de las “alianzas evangélicas” y “consejos de iglesias”.)

Estoy consciente de que en la práctica, probablemente ninguna denominación existente considerará seriamente hacer los cambios radicales requeridos por cualquiera de las dos alternativas. Temerán que cualquiera de los dos caminos terminará con la disolución completa de su gran ídolo, o sea, de su estructura denominacional. Y puede que este temor sea justificado.

Pero veámoslo desde un lado positivo: Ocuparse seriamente con la pregunta del apostolado, podría desencadenar un regreso a la situación del Nuevo Testamento donde no existían denominaciones. Esta pregunta – sin importar en cuál sentido se decide – tiene el potencial de abrir los ojos de los cristianos para el hecho de que sus estructuras denominacionales no son bíblicas. Propongo entonces que cada miembro de una iglesia institucional haga las siguientes preguntas a sí mismo, a sus hermanos, y a los líderes de su denominación:

¿Creemos que el apostolado existe todavía hoy en día?

– En caso que sí: ¿Por qué permitimos que las posiciones importantes de liderazgo en nuestra denominación sean ocupadas por personas que no muestran señales de tener un llamado apostólico? – ¿Y por qué no estudiamos la Biblia a fondo para descubrir cómo se puede reconocer a un apóstol verdadero?

– En caso que no: ¿Por qué seguimos permitiendo que nuestras congregaciones locales se encuentren bajo la autoridad de liderazgos regionales y nacionales? – Si el Nuevo Testamento es la única fuente de enseñanza apostólica, ¿por qué permitimos que las enseñanzas de nuestros pastores y maestros, y los reglamentos y estatutos de nuestra denominación, tengan en la práctica un peso mayor que las palabras del Nuevo Testamento?

Apóstoles en la iglesia del Nuevo Testamento – Parte 1

20/07/2017

La palabra “apóstol” significa literalmente “comisionado”. Esta palabra se usa en el Nuevo Testamento para por lo menos tres grupos diferentes de personas:

a) Los doce apóstoles originales.
Este es el significado predominante de la palabra “apóstol”: Los doce discípulos que fueron escogidos explícitamente por Jesús “para que estuviesen con Él”, y para cumplir una función especial en la divulgación del evangelio y en el liderazgo de la iglesia (Mateo 10:1-4, Marcos 3:13-19, Lucas 6:12-16). Posteriormente se eligió además a Matías para sustituir a Judas quien había traicionado al Señor (Hechos 1:16-26). En aquella oportunidad se aclaró cuáles eran los requisitos para ser parte de ellos: Tenía que haber visto a Jesús resucitado, y tenía que haber estado con Jesús “empezando desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue recibido arriba” (v.22).
Estos doce apóstoles tenían una autoridad incontestada en todas las iglesias. Su testimonio era la única fuente confiable de información acerca de lo que Jesús había hecho y enseñado. Por eso, durante los primeros cinco capítulos del libro de Hechos, ellos eran los únicos que se dedicaban al anuncio público del evangelio. Ellos formaban el núcleo de los ciento veinte que habían recibido inicialmente el Espíritu Santo en Pentecostés.
Con todo esto es obvio que nadie después de ellos podía ser “apóstol” en el mismo sentido como los doce. Su función apostólica es única en la historia entera, y es estrechamente relacionada con el ministerio de Jesús en la tierra.

b) Apóstoles en un sentido más amplio
Aparte de los doce y Pablo, hay algunas otras personas que son llamados “apóstoles”. Más notablemente Bernabé, del cual dice en Hechos 14:14: “Cuando lo escucharon los apóstoles Bernabé y Pablo …” – También en 1 Corintios 9:5-6, Pablo incluye a Bernabé con toda naturalidad entre los apóstoles.
En 1 Tesalonicenses 2:7 dice: “… aunque podríamos serles una carga como apóstoles de Cristo …” – Pablo está hablando en plural, o sea, la palabra “apóstoles” incluye a los otros remitentes de la carta, Silvano y Timoteo (1:1).
En Gálatas 1:19 se incluye a Jacobo el hermano del Señor entre los apóstoles. Este Jacobo no es idéntico con “Jacobo hijo de Zebedeo” ni con “Jacobo hijo de Alfeo” quienes eran de los doce; porque como hermano del Señor era “hijo de José”.
En Romanos 16:7 se menciona a “Andrónico y Junias (…) que son sobresalientes entre los apóstoles”.

Hubo entonces un número indefinido de siervos del Señor que también fueron llamados “comisionados” (apóstoles), aunque no eran de los doce. Podemos ver las siguientes diferencias entre ellos y los apóstoles originales:
– Los apóstoles en el sentido más amplio no cumplen necesariamente los requisitos de Hechos 1:21-22.
– Su servicio no abarca las iglesias de todos los lugares. Puede tener un alcance geográfico amplio (como en el caso de Bernabé o de Timoteo), o puede ser limitado a un solo lugar (Jacobo se quedó todo el tiempo en Jerusalén); pero de todos modos no es “universal”.
– En consecuencia, su enseñanza no es autoritativa como la enseñanza de los apóstoles originales; y no reciben la inspiración divina para contribuir a las Sagradas Escrituras. (Con la posible excepción de Bernabé, de quien algunos asumen que podría ser el autor de la carta a los Hebreos; pero no existe ningún testimonio histórico definitivo al respecto.)

c) “Comisionados” en otro sentido
En algunos pasajes del Nuevo Testamento que usan la palabra “comisionado” (apóstol), el significado es obviamente otro:
“….nuestros hermanos son comisionados de las asambleas …” (2 Corintios 8:23)
“Epafrodito, … vuestro comisionado y servidor de mi necesidad …” (Filipenses 2:25)
En estos casos se trata de hermanos que fueron comisionados por una iglesia (o varias iglesias) para transmitir una encomienda y/o un mensaje. Estos pasajes entonces no hablan del apostolado propiamente dicho.

Tenemos que entender que la función apostólica propiamente dicho significa ser comisionado por Dios mismo, no por algún agente humano. Un apóstol recibe su función no por encargo de algún otro líder, ni por encargo de una asamblea o iglesia. Otros agentes pueden en ciertas circunstancias confirmar su llamado apostólico, pero no pueden originarlo.

Funciones de capacitación en la iglesia del Nuevo Testamento según Efesios 4:11

13/07/2017

Efesios 4:11 menciona cinco “dones” o “funciones” en un contexto particular: Los cinco sirven “para perfección de los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la madurez de la plenitud de Cristo; …” (Efesios 4:12-16)

Los mencionamos aquí aparte, porque el alcance de estas cinco funciones va más allá de la simple “edificación mutua” en las relaciones de “unos a otros”. Los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros son responsables de capacitar a los otros miembros del cuerpo para que éstos puedan realizar un “ministerio” o “servicio” para la edificación del cuerpo. Por eso podríamos llamarlos “funciones de capacitación”.

El verso 11 dice literalmente: “Y él mismo dio a unos, apóstoles … (etc.)”. O sea, el “don” que Dios da a Su iglesia (v.8) no es “el apostolado”, sino el apóstol mismo como persona; no “la profecía”, sino el profeta mismo como persona; etc. Esto sugiere que este verso habla de personas que ejercen estas funciones a tiempo completo, como su ocupación u “oficio” principal. También indica que estas personas ya no son propiedad de sí mismos; están ahora a disposición de la iglesia para servirle como un “regalo” de Dios para ella. O sea, ¡su función no es dominar sobre la iglesia o gobernarla!

Deseo enfatizar una vez más que “Dios dio” estos dones. No está en el poder de los hombres, “colocar” a apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, o maestros. Nadie puede “elegir” a un apóstol, “ordenar” o “constituir” a un pastor (hablando de pastores en el sentido del Nuevo Testamento), “crear el oficio” de un evangelista, “encargar” a alguien con la función de maestro, etc. Tampoco puede alguien adquirir las capacidades correspondientes por medios humanos: Nadie se convierte en profeta o en pastor por “estudiar una carrera”, por “aprender del profeta fulano o del pastor zutano”, por graduarse de un “instituto bíblico” o “seminario teológico” o algo así. Las Escrituras son muy claras en que Dios es el único que puede “dar” una de estas funciones a alguien. La iglesia, o sea el pueblo de Dios, solamente puede reconocer si Dios ha dado a alguien una de estas funciones. Y si una congregación no reconoce a estas personas, y “ordena” o “constituye” en su lugar a otras personas para que cumplan funciones como estas, entonces la congregación se estropea espiritualmente.

Al estudiar las personas que en el Nuevo Testamento ejercieron alguna de estas funciones, encontramos en casi todos los casos que se trataba de “obreros itinerantes” que iban de iglesia en iglesia y abarcaban un amplio espacio geográfico. Podemos concluir que las personas que ejercían estas funciones a tiempo completo eran relativamente pocas, y que ellos no eran los líderes de las iglesias locales. (La gran mayoría de los ancianos locales deben haber tenido un oficio normal, y ejercieron sus funciones de ancianos en su tiempo libre.)

Muchas congregaciones actuales han remplazado estas cinco funciones por una sola, la de un “pastor” o “predicador” que intenta cumplir las cinco funciones juntas (y a veces todas las cinco tan solo con “predicar”…). Esto no está en el sentido de la palabra de Dios:
– Dios quiere que en el “cuerpo de Cristo” haya una diversidad de dones y funciones que se complementan mutuamente. Las reuniones de los cristianos no deben ser dominadas por una sola persona; y el liderazgo y “ministerio” de una iglesia no debe estar concentrado en una sola persona. Una sola persona no puede cumplir a cabalidad las cinco funciones. Cada siervo de Dios necesita el complemento de otros siervos que tienen los dones que él mismo no tiene.
– Cuando las reuniones consisten en una “prédica”, el predicador es el único que “ministra” activamente; todos los otros miembros del cuerpo están pasivos. Pero la finalidad de estas funciones es que todos los santos hagan “la obra del servicio”, y que sean capacitados o “perfeccionados” para hacerlo.

Así por ejemplo un evangelista es no solamente alguien que evangeliza. Aun más importante es que él capacite a los miembros y ancianos de las iglesias locales, con su ejemplo y con sus consejos, para que ellos mismos evangelicen. – De la misma manera, un pastor en el sentido del Efesios 4:11 no es alguien que “pastorea” (ni mucho menos “lidera”) una iglesia local. Es alguien que capacita a los miembros y ancianos de las iglesias locales, con su ejemplo y con sus consejos, para que ellos mismos se “pastoreen” unos a otros. – Un maestro no solamente enseña: capacita a los miembros y ancianos de las iglesias locales a estudiar y entender las Escrituras por sí mismos, para que puedan enseñarse unos a otros. – Y de manera similar podemos entender también la función de un apóstol y de un profeta como “capacitadores”.

Mencionamos estas funciones en el contexto de la iglesia como “familia de Dios”, porque hemos visto que en la iglesia del Nuevo Testamento, todo liderazgo es “familiar”. Las funciones de capacitación no son una excepción. La autoridad y la integridad de las personas que ejercen una de estas funciones, debe demostrarse primeramente en su propia familia; y después en la “familia de familias”, la comunión local de los cristianos.
Cuando alguien empieza a asumir responsabilidades mayores en la familia de Dios, el peligro es mayor que empiece a olvidar su responsabilidad más importante: su propia familia. Alguien que ejerce una de las funciones de capacitación, debe ser especialmente vigilante para no descuidar a su esposa y sus hijos. Si descuida a su familia, socava la base de su propia autoridad espiritual.

Cada siervo de Dios que cree ser llamado a ejercer una de estas funciones, debería hacerse las siguientes preguntas:
¿Cuál es realmente la función a la que Dios me ha llamado? ¿Soy un apóstol, profeta, evangelista, pastor, o maestro?
¿Quiénes son los siervos de Dios con otras funciones que Él quiere que yo colabore con ellos y que ellos complementen lo que me falta a mí?
¿Cómo puedo ejercer mi función de tal manera que los otros miembros del cuerpo sean capacitados para que ellos cumplan su función de edificarse unos a otros?

Funciones de los ancianos en la familia de Dios – Parte 5

17/06/2017

El rol de los ancianos en las reuniones

Cuando la familia de Dios está reunida, “cada uno tiene …” (1 Corintios 14:26). No puede entonces ser el rol de los ancianos, dominar estas reuniones hablando ellos todo el tiempo. Más importante es animar y ayudar a todos los hermanos a participar con los dones que Dios les ha dado. El rol de los ancianos sería entonces más el de “facilitadores” o “moderadores”. Con sabiduría tienen que saber frenar a los que quieren hablar demasiado o controlar el curso de la reunión; tienen que velar por que se haga todo “decorosamente y en orden” (1 Corintios 14:40); tienen que examinar lo que se dice (lo que a veces puede significar dar alguna corrección); y – eso se olvida a menudo – tienen que animar y ayudar a los muy callados a que ellos también participen. – Por supuesto que en los momentos apropiados, los ancianos participarán también con una palabra de enseñanza, una palabra profética, una palabra de ánimo, o lo que sean sus dones particulares.

La mayoría de las funciones de los ancianos se sobreponen con las funciones que ejercen también todos los miembros. Por ejemplo el enseñar, examinar, o amonestar no son funciones exclusivas de los ancianos. Los miembros deben “enseñarse y amonestarse unos a otros en toda sabiduría” (Colosenses 3:16). La instrucción de “examinar todo” se dirige a la iglesia entera (1 Tesalonicenses 5:21). Los miembros deben “cuidarse” unos a otros (Hebreos 12:15). Aun el “juzgar” es en cierta medida una tarea de la iglesia entera (1 Corintios 5:12, 6:2-3). Pero en todas estas funciones, los ancianos tomarán la delantera y lo harán con mayor sabiduría y autoridad.

Hospitalidad

Los ancianos deben también ser “hospitables” (1 Timoteo 3:2, Tito 1:8). La hospitalidad es un aspecto de las funciones de “unos a otros” que corresponde a todos los miembros de la familia de Dios (1 Pedro 4:9); pero como en todos los aspectos de la vida cristiana, también en éste los ancianos deben ir adelante. De varias maneras, la hospitalidad es importante para el buen funcionamiento de la comunión cristiana:

– Abriendo su hogar para las comidas compartidas de la familia de Dios, y la comunión cristiana en general.
– Apoyando a hermanos necesitados.
– Alojando a los siervos itinerantes de Dios.

Diversidad en las funciones de los ancianos

Hemos mencionado diversas funciones de los ancianos: Pastorear, “cuidar” o “supervisar”, enseñar, corregir o amonestar, etc. Pero así como hay una diversidad de dones y funciones en el cuerpo de Cristo en general, así hay también una diversidad de dones y funciones entre los ancianos. Por ejemplo, Pablo dice: “Los ancianos que son buenos líderes sean valorados de doble estima, sobre todo los que trabajan duro en la palabra y en la enseñanza.” (1 Timoteo 5:17.) Esto implica obviamente que no todos los ancianos enseñan. De la misma manera, no todos los ancianos pastorean. Por el otro lado, algunos ancianos seguramente tendrán dones que no hemos mencionado en este capítulo: evangelizar; profetizar; administrar; etc. En el marco pequeño de la comunión cristiana local, los ancianos ejercen las mismas funciones de capacitación que los siervos itinerantes ejercen en un marco más grande.

Justo por esta diversidad de los dones y funciones, es necesario que haya varios ancianos en una iglesia local. Así se complementan unos a otros; y juntos ejercen todas las funciones propias del ancianato.

Por eso no encontramos en el Nuevo Testamento ningún catálogo fijo de “responsabilidades” o “funciones” de un anciano. No es la intención de Dios, hacer encajar a todos los ancianos en un mismo molde. Esta serie de artículos tampoco debe entenderse en este sentido. Hemos enumerado algunos puntos que pueden ser aspectos del servicio de un anciano; y hemos señalado que estos aspectos no constituyen “cargos” aislados. (Por ejemplo, en el Nuevo Testamento no existen los cargos específicos de “obispo” o de “pastor” en la iglesia local). Pero cada anciano tiene su llamado específico y sus dones específicos asignados por Dios, y servirá de acuerdo a este su llamado y sus dones, y en equipo con los otros ancianos de su ciudad.

Funciones de los ancianos en la familia de Dios – Parte 4

30/05/2017

Enseñanza

Según 1 Timoteo 3:2, los “cuidadores” (ancianos) deben ser “didácticos”, o sea capaces de enseñar. Y en Tito 1:9 dice: “… y debe retener firmemente la palabra confiable según la enseñanza, para que sea capaz también de animar con la enseñanza sana, …” La “enseñanza sana” es entonces la que es conforme a la palabra de Dios. “Retener firmemente” significa no solamente tener conocimientos de la palabra de Dios. Más que todo, un anciano en la iglesia debe estar sometido a la palabra de Dios como su autoridad máxima, tanto en lo que enseña como en su manera de vivir. Esto significa que un anciano debe ser una persona de suma integridad, porque su vida debe estar de acuerdo con lo que enseña.

Aunque un anciano normalmente no es un “maestro” en el sentido propio de la palabra, se espera de él que su enseñanza sea espiritual y no solamente intelectual.

Por el otro lado, no todos los ancianos enseñan; y aun los que lo hacen, no deben dominar las reuniones de los cristianos con sus enseñanzas, para no impedir que los otros miembros también participen con sus dones respectivos. No olvidemos que Dios ha dado Su Espíritu Santo a todos Sus hijos, de manera que todos son capaces de entender Su palabra y de ser enseñados por Él directamente. “Y la unción que ustedes recibieron de él, permanece en ustedes, y no tienen necesidad de que alguien les enseñe, sino como la unción misma les enseña acerca de todo … ” (1 Juan 2:27) Entonces, en una comunión de verdaderos cristianos, la necesidad de enseñanza no es tan grande como la práctica de las congregaciones tradicionales nos hace creer. Que los ancianos limiten entonces su enseñanza a aquellos puntos esenciales que son importantes, los que los otros miembros no pueden fácilmente entender o descubrir ellos mismos, y de los cuales Dios dio un entendimiento especial a los ancianos y por tanto también una autoridad especial para enseñarlos. Podemos suponer que a cada anciano Dios le dio entendimiento especial de ciertos puntos en particular; ésos son entonces los que el anciano respectivo debe enseñar.

Tampoco debemos pensar que “las reuniones” sean el lugar exclusivo para la enseñanza de los ancianos. Ya hemos visto que los primeros cristianos normalmente no se reunían para “escuchar enseñanzas”. La enseñanza de los ancianos tendrá lugar mucho más en las conversaciones personales, al aconsejar, al resolver situaciones prácticas, etc.
Aun Pablo, siendo apóstol y hablando a veces a grandes reuniones, raras veces enseñaba “exponiendo”. Con mucho más frecuencia dice que él “dialogaba” con los discípulos. (Así p.ej. en Hechos 17:17, 19:8-9, 20:7-9, y varios otros pasajes, según el texto original.)

¿Y qué del llamado a “predicar”? – Ésta es otra de las palabras “tradicionales” que dificultan nuestro entendimiento de la Biblia. La palabra griega original es “kaerysso”, que significa cumplir la tarea de un heraldo. En los tiempos antiguos, los heraldos eran los anunciadores oficiales del rey o del gobierno. Cuando el rey promulgaba algún decreto o alguna ley, entonces enviaba a los heraldos a anunciarlo en las plazas públicas. Los heraldos, por supuesto, no podían inventar ningún contenido por su propia cuenta. Ellos tenían que anunciar literalmente lo que el rey les encargaba, sin aumentar ni quitar nada. Eso no tiene ninguna relación con lo que las congregaciones actuales entienden con una “prédica”.
En el Nuevo Testamento, esta palabra “heraldear” se usa exclusivamente para el anuncio público del evangelio a “los de afuera”, o sea, a los que todavía no son seguidores de Jesús. Eso fue particularmente la tarea de los apóstoles y de los evangelistas. Ellos son los “heraldos” encargados específicamente por el Rey para anunciar Sus decretos públicamente en todo el mundo. El “predicar” en este sentido no era nada que se hacía en las reuniones de los cristianos, porque ellos ya no tenían necesidad de este anuncio. No usemos entonces esta palabra en el contexto de las reuniones de cristianos.

Funciones de los ancianos en la familia de Dios – Parte 3

29/04/2017

¿”Ministros”?

Hemos visto que la iglesia del Nuevo Testamento no tenía “pastores” ni “obispos” como posiciones de liderazgo aparte; ambas palabras describen funciones de los ancianos.
Algunos dirán quizás que el Nuevo Testamento habla además de “ministros”. Pero eso es un problema de traducción. En realidad no existe ninguna palabra en el Nuevo Testamento que significaría “ministro”. Donde aparece esta palabra, es la traducción de una de las palabras griegas “diákonos”, “hypaerétaes”, o “leitourgós”, que todas significan simplemente “siervo”. (“Diákonos” es la palabra normal para “siervo”. – “Hypaerétaes” significa más exactamente “ayudante” o “asistente”. – “Leitourgós” significa originalmente un oficial del estado.) Las traducciones de la Biblia traducen estas palabras arbitrariamente en algunos pasajes como “siervo”, y en otros pasajes como “ministro”. Aquí una pequeña estadística:

La Reina-Valera 1909 traduce “diákonos” 8 veces como “siervo”, “sirviente” o “servidor”; y 15 veces como “ministro”.
La Reina-Valera 1960 traduce “diákonos” 12 veces como “siervo”, “sirviente” o “servidor”; y 11 veces como “ministro”.

La Reina-Valera 1909 traduce “hypaerétaes” 2 veces como “criado”; 4 veces como “servidor”; 1 vez como “alguacil”; 1 vez como “ministril”, y 9 veces como “ministro”.
La Reina-Valera 1960 traduce “hypaerétaes” 2 veces como “servidor”; 12 veces como “alguacil”; y 3 veces como “ministro”.

La Reina-Valera 1909 traduce “leitourgós” ninguna vez como “servidor”; y 4 veces como “ministro”.
La Reina-Valera 1960 traduce “leitourgós” 1 vez como “servidor”; y 3 veces como “ministro”.

Si queremos tener una idea más clara de lo que el texto original dice realmente, tenemos que remplazar consistentemente “ministro” por “siervo”, “ministrar” por “servir”, y “ministerio” por “servicio”. Así entenderemos que estos pasajes no proveen ningún fundamento para “privilegios ministeriales”, ni para distinguir entre “clérigos” y “laicos”. Y tampoco aportan mucho para el tema de las funciones de los ancianos, excepto que corroboran lo que ya dijimos en una reflexión anterior: que el “liderazgo” en la iglesia del Nuevo Testamento es esencialmente servicio.

Esta confusión acerca de las palabras “ministro” y “ministerio” es uno de los ejemplos más resaltantes de cómo la organización clerical de la iglesia, heredada del catolicismo romano, ha trastornado nuestro entendimiento de la Biblia, hasta el punto de confundir las mismas traducciones de la Biblia. Bajo la influencia de las tradiciones eclesiásticas, generaciones de lectores y traductores de la Biblia han leído en estos pasajes algo que no está escrito, solamente porque pensaban que estos versículos debían hablar de estas tradiciones.

Funciones de los ancianos en la familia de Dios – Parte 2

06/04/2017

Cuidadores o supervisores

En la reflexión anterior hemos visto que en la iglesia del Nuevo Testamento no existían “pastores” por encima de, o aparte de, los ancianos. Al contrario, el “pastorear” es una función de los mismos ancianos.

Hay otra palabra del Nuevo Testamento que erróneamente se ha tomado por una “posición de liderazgo” aparte, y es la palabra griega “epískopos” (en plural “epískopoi”), que en algunas versiones de la Biblia es traducida como “obispo”. Una traducción más apropiada sería “supervisor” o “cuidador”. Existen dos verbos griegos relacionados con esta palabra: “Episkopéo” significa “vigilar, cuidar de algo o alguien”, o también “supervisar”. “Episképtomai” significa “visitar (cuidando de algo o alguien)”.
Ahora, estos verbos no expresan específicamente “funciones de liderazgo”. Al contrario, se usan en varias ocasiones para expresar funciones de “unos a otros”, o funciones de la iglesia en general:

“Fíjense (episképtomai) entonces, hermanos, en siete varones de buen testimonio entre ustedes …” (Hechos 6:3)
“Estuve enfermo, y ustedes me visitaron (episképtomai) … Estuve enfermo y en la cárcel, y ustedes no me visitaron …” (Mateo 25:36.43)
“Un culto limpio y sin contaminación ante el Dios y Padre es este: visitar (episképtomai) a huérfanos y viudas en su opresión …” (Santiago 1:27)
“Persigan la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor, cuidando (episkopéo) que no alguien quede detrás de la gracia de Dios …” (Hebreos 12:14-15)

El verbo “episkopéo” aparece además en un pasaje que ya citamos anteriormente, como una función de los ancianos:
“Pastoreen el rebaño de Dios que está entre ustedes, cuidando [de él] (episkopéo), …” (1 Pedro 5:2)

El sustantivo “epískopos” aparece cinco veces en el Nuevo Testamento. Uno de estos pasajes se refiere al Señor Jesús (1 Pedro 2:25). En dos pasajes aparecen los “epískopoi” juntos con los “siervos”, sin que se pueda deducir nada exacto acerca de su posición (1 Timoteo 3:2, Filipenses 1:1). Los dos pasajes restantes son los que nos dan la información clara acerca de la identidad de los “epískopoi”:
“Por esta causa te dejé en Creta, para que pongas en orden lo restante y constituyas a ancianos en cada ciudad, como yo te di orden: Si alguien es irreprochable (etc. …) Porque el supervisor (epískopos) debe ser irreprochable como administrador de Dios, no presumido, no iracundo, (etc. …) (Tito 1:5-7) – Aquí, la palabra “epískopos” aparece en el contexto de la constitución de ancianos. El verso que habla del “epískopos” comienza con “Porque”, enlazando inmediatamente al verso que hablaba de ancianos. De ahí es obvio que “supervisor” (epískopos) y “ancianos” se refieren a las mismas personas.
– Además aparece la palabra “epískopos” en un versículo que ya hemos citado más arriba. Se trata de este pasaje en el discurso de Pablo a los ancianos de Éfeso: “Estén atentos a ustedes mismos y a todo el rebañito entre el cual el Espíritu Santo les puso como cuidadores (epískopoi) …” (Hechos 20:28). O sea, Pablo se dirige a los ancianos con la palabra “epískopoi”.

Con esto queda claro que en el Nuevo Testamento, “obispo” (epískopos) y “anciano” son sinónimos. El “cuidar” o “supervisar” es simplemente una de las funciones de los ancianos; no es un oficio o cargo aparte.

Funciones de los ancianos en la familia de Dios – Parte 1

31/03/2017

En las reflexiones anteriores encontramos que la iglesia del Nuevo Testamento tenía una estructura familiar, no institucional; y que una expresión específica de esta estructura familiar es el ancianato como paternidad extendida. Veremos ahora cuáles eran las funciones de los ancianos bíblicos.

“Pastorear”

Primeramente tenemos que entender que en la estructura de la iglesia del Nuevo Testamento no existe el “pastorado” en la forma como lo entienden la mayoría de las congregaciones actuales. El “pastorado” evangélico es en realidad la continuación del sacerdocio católico romano, solamente bajo otro nombre y con funciones ligeramente diferentes. En el texto original del Nuevo Testamento, el sustantivo “pastor” (griego “poimén”) aparece una sola vez como una función en la iglesia (Efesios 4:11), y allí no significa un líder de la iglesia local, sino una función de “capacitación de los santos para el servicio”.

Además encontramos en tres pasajes del Nuevo Testamento el verbo “pastorear” (griego “poimáino”) como una función en la iglesia:
– En Juan 21:16 dice Jesús a Pedro: “Pastorea mis ovejas.” Se trata de un aspecto de la función apostólica de Pedro. Ningún “pastor” de una iglesia local puede aplicar este verso a sí mismo, porque fue una palabra a Pedro personalmente, en una función que trasciende la iglesia local.
– Pedro mismo usa la palabra “pastorear” al dirigirse a los ancianos: “Animo a los ancianos entre ustedes (…): Pastoreen el rebaño de Dios que está entre ustedes, cuidando [de él], no obligadamente, sino voluntariamente; no por codicia de ganancia vergonzosa, sino de buena voluntad; no como quienes se enseñorean de los asignados, sino siendo ejemplos del rebaño …” (1 Pedro 5:1-3). El “pastorear” en la iglesia local es entonces una función de los ancianos.
– En Hechos 20:17 leemos que Pablo “envió a Éfeso para hacer venir a los ancianos de las asambleas”. Y en el verso 28 les dice: “Estén atentos a ustedes mismos y a todo el rebañito entre el cual el Espíritu Santo les puso como cuidadores para pastorear la asamblea del Señor y Dios, la que adquirió por su propia sangre.” – Este pasaje confirma nuevamente que el “pastorear” es una función de los ancianos.

Los pasajes citados son los únicos en todo el Nuevo Testamento que usan las palabras “pastor” o “pastorear” en el sentido de una función en la iglesia. (La versión Reina-Valera traduce además erróneamente “pastores” en Hebreos 13:7, 17, y 24. Pero la palabra original allí no es “pastores”, sino “guías”, “líderes”.)

Ahora, si queremos saber qué significa “pastorear” en el pueblo de Dios, tenemos que ir al Antiguo Testamento. Allí encontramos en el capítulo 34 de Ezequiel la profecía acerca de los malos pastores y el Buen Pastor. Allí se menciona como funciones de un “pastor” legítimo: Fortalecer a los débiles; curar a los enfermos; vendar a los heridos; hacer volver a los extraviados; buscar a los perdidos. “Pastorear” tiene que ver entonces con animar, consolar, aconsejar con amor, restaurar, edificar. Eso no es lo que comúnmente se entiende con un “líder”. Tanto Ezequiel como también Pedro en su carta advierten a los ancianos contra el “enseñorearse” del rebaño. Se pervierte la idea del “pastorear” donde un líder, bajo el pretexto de un “pastorado”, se aprovecha de sus hermanos en la fe y los obliga a colaborar con sus propios planes; o donde un líder interfiere con la vida privada de sus hermanos, exigiendo “sumisión” bajo mandamientos arbitrarios de hombres.

La iglesia como “familia de Dios” – Parte 5

08/03/2017

La sumisión en el Nuevo Testamento

Examinaremos ahora el concepto más “jerárquico” que existe en el Nuevo Testamento: la “sumisión” o “sujeción”. El verbo griego correspondiente, “hypotássomai”, está relacionado con una palabra que significa “orden”. Su significado literal es entonces “colocarse en el orden correcto debajo de alguien”.

Al examinar los pasajes del Nuevo Testamento donde aparece esta palabra, notamos primeramente que Dios es el único que activamente “somete” o “sujeta” a alguien o algo. Nunca dice que algún hombre debe someter a otro o exigir sumisión de otro. Este es un principio importante: La sumisión en el sentido del Nuevo Testamento es algo que uno hace por sí mismo. No es algo que uno podría exigir de los demás. – En otras palabras: Hay varios pasajes del Nuevo Testamento que dicen a ciertas personas que deben someterse a otras personas. Pero nunca dice a estas otras personas que deben exigir sumisión de las primeras.
Así notamos también que los apóstoles dicen en varias oportunidades a los miembros de la familia de Dios que se sometan a ciertas personas; pero ningún apóstol o líder en el Nuevo Testamento dijo alguna vez: “Sométanse a mí”.

Ahora, entre todos los pasajes que hablan de “sumisión” entre personas humanas, encontramos uno solo que se refiere al ámbito de la iglesia propiamente dicho: “Ustedes conocen el hogar de Estefanás, que son el primer fruto de Acaia, y se colocaron a sí mismos al servicio para los santos; que también ustedes se sometan a los tales, y a todo aquel que colabora y trabaja duro.” (1 Corintios 16:15-16)
Llama la atención que este pasaje no habla de ninguna posición de liderazgo específico (como si dijera “Sométanse a los ancianos”, o “Sométanse a los apóstoles”). En cambio, habla de una manera muy general de “todo aquel que (voluntariamente) colabora y trabaja duro”. O sea, no existe ningún círculo fijo de personas en la iglesia que de por sí mismos tuvieran derecho a que los demás se sujeten a ellos. Pablo recomienda con nombre a Estefanás, pero lo deja al criterio de los miembros de la iglesia, determinar quiénes son los otros que “colaboran y trabajan duro”. Obviamente, este dicho está en línea con lo que dijo Jesús, de que “el mayor de ustedes sea su siervo” (Mateo 23:12). También está en línea con lo que dijimos en las reflexiones anteriores, que el ancianato no se define por elección “democrática” ni por nombramiento “desde arriba”, sino por medio del reconocimiento de parte de la congregación.

Este hecho es aun más llamativo cuando consideramos que existen otros ámbitos donde el Nuevo Testamento sí establece unas estructuras claras de “sumisión”: en cuanto al gobierno del estado, y aun más notablemente en cuanto a la familia. A todos les dice que se sujeten al gobierno (Romanos 13:1.5, Tito 3:1, 1 Pedro 2:13). (Aunque esta sujeción tiene sus límites cuando se trata de los mandamientos de Dios; pero no hay lugar aquí para entrar en este tema.) – Aun más claras y detalladas son las palabras que establecen una “estructura de sumisión” en el hogar:

– Las esposas deben someterse a sus esposos. (Efesios 5:22, Colosenses 3:18, Tito 2:5 (las ancianas), 1 Pedro 3:1.5). – Hay además dos pasajes donde dice que las mujeres deben estar en sumisión, sin especificar a quién (1 Corintios 14:34, 1 Timoteo 2:11). Pero ante el trasfondo tan claro de la estructura del matrimonio, podemos con bastante seguridad asumir que también estos pasajes se refieren a la sumisión hacia sus propios esposos (y no hacia cualquiera).

– Los hijos deben someterse a sus padres. Esto está implícito en Lucas 2:51 y 1 Timoteo 3:4.

– Los siervos deben someterse a sus amos. (Tito 2:9, 1 Pedro 2:18) Esta es también una relación familiar, ya que los siervos y esclavos se consideraban parte del hogar del amo.

– Los (más) jóvenes deben someterse a los (más) ancianos. (1 Pedro 5:5). Algunos piensan que aquí se trata de una relación “eclesiástica”, ya que los versículos anteriores hablan de los ancianos de la iglesia. Pero al usar la palabra “los (más) jóvenes”, Pedro aclara que la verdadera razón por someterse no es la “posición de liderazgo” de los ancianos, sino la diferencia en edad (y por tanto en experiencia y sabiduría). Aun donde se trata de los ancianos de la iglesia, el trasfondo de este principio es el uso común en la familia extendida. Por tanto, este versículo pertenece a la categoria de las relaciones familiares (que se prolongan en la iglesia), y no de las relaciones “institucionales”.

Lo mismo observamos cuando examinamos el uso de la palabra griega “hypakoúo” (obedecer). La gran mayoría de estos pasajes hablan de la obediencia hacia Dios y Su palabra. Los demás se refieren todos a las relaciones dentro del hogar:

– Sara obedecía a su esposo Abraham (1 Pedro 3:6).

– Los niños deben obedecer a sus padres (Efesios 6:1, Colosenses 3:20).

– Los siervos deben obedecer a sus amos (Efesios 6:5, Colosenses 3:22).

No existe ningún pasaje del Nuevo Testamento donde la palabra “hypakoúo” se usaría para describir la obediencia hacia líderes de la iglesia.

Algunos citan Hebreos 13:17 para decir que allí se exige obediencia hacia los “pastores”. Desafortunadamente, varias versiones de la Biblia (entre ellas la Reina-Valera) apoyan esta idea porque traducen este versículo de manera inexacta e incorrecta. En el original griego, este versículo no contiene la palabra “hypotássomai” ni la palabra “hypakoúo”. En su lugar tiene dos otras palabras con un significado mucho menos fuerte: “peíthomai”, que significa “dejarse convencer” (voluntariamente), y “hypeíko”, que significa “ceder”. – En el original, Hebreos 13:17 tampoco contiene la palabra “poimén” (pastor). En su lugar dice “haegoúmenoi”, lo que significa “líderes” o “guías” en un sentido muy amplio (y en el plural), sin especificar ninguna posición o “cargo” en particular. Una traducción más exacta sería: “Déjense convencer por vuestros guías y cedan, porque ellos velan en beneficio de las almas de ustedes …”

El Nuevo Testamento usa entonces bastante espacio para detallar el “orden correcto” dentro del cual cada uno debe colocarse, en lo que se refiere a las relaciones en el hogar; pero no dice casi nada acerca de una similar “estructura de sumisión” en la iglesia. Es realmente sorprendente que en las muchas congregaciones que enfatizan la “sumisión hacia los líderes”, ¡nadie se haya percatado de eso!

Encontramos además, en el mismo contexto de los pasajes citados, dos versículos que dicen “Sométanse unos a otros” (Efesios 5:21, 1 Pedro 5:5). Entonces, las “estructuras de sumisión” que hemos visto ahora no son absolutas; estas estructuras deben estar integradas en un ambiente de respeto y sumisión mutua.

Sacamos entonces las siguientes conclusiones:

La sumisión en la iglesia del Señor no debe entenderse como expresión de una estructura jerárquica y artificial, como en las instituciones del estado. En la iglesia, en cambio, la sumisión es una consecuencia natural de las relaciones familiares que existen en los hogares y en las familias extendidas. Bíblicamente, la familia y el hogar tienen una “estructura de sumisión” mucho más fuerte y más importante que la iglesia. Es desde estas estructuras familiares que surge de manera natural el ancianato de la iglesia, y el respeto y la sumisión que se brinda voluntariamente a los ancianos como a padres sabios y maduros en el Señor. Las personas que son dignas de recibir esta sumisión, se distinguen no por un “cargo” o una “posición” definida, sino por haberse colocado voluntariamente “al servicio de los santos” (1 Corintios 16:15-16), y por haber recibido como tales el reconocimiento de la congregación. Todo esto está envuelto en la sumisión mutua, que se aplica a todos los miembros de la familia de Dios sin importar su función en la iglesia.

A la luz de la enseñanza del Nuevo Testamento, se debe desconfiar de cada líder eclesiástico que exige sumisión hacia él mismo; sobre todo cuando esta sumisión interfiere con la sumisión en las relaciones familiares ordenadas por Dios entre esposo y esposa, o entre padres e hijos.

La iglesia como “familia de Dios” – Parte 4

24/02/2017

La pluralidad del ancianato

El ancianato de la iglesia del Nuevo Testamento es plural. Ninguna iglesia del Nuevo Testamento, hasta donde tenemos información acerca de su estructura, fue dirigida por un solo anciano, “líder”, “sacerdote” o “pastor”. En todas encontramos un equipo de varias personas que asumían juntos la responsabilidad por la iglesia:
– Jerusalén: los once apóstoles.
– Antioquía: cinco “profetas y maestros” (Hechos 13:1)
– Las primeras iglesias fundadas por Pablo: ancianos (Hechos 14:23)
– Efeso: ancianos (Hechos 20:17)
– Las iglesias en general: “Apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros” (Efesios 4:11)
– Filipos: “Cuidadores/supervisores y siervos” (Filipenses 1:1)
– Las iglesias en general: “Guías” o “líderes” (Hebreos 13:7.17.24)
– Las iglesias en general: Ancianos (Tito 1:5, Santiago 5:14, 1 Pedro 5:1)

Un “pastor” evangélico una vez contestó que en 1 Timoteo 3:2 aparece “el obispo” en singular: “Conviene, pues, que el obispo sea irreprensible, marido de una mujer, solícito, …” (según la versión Reina-Valera 1909). Sí, pero esta es una expresión genérica que no implica que haya un único obispo en la iglesia local. Es igual como cuando se dice: “El estudiante debe estar atento en la clase”; eso no implica que haya un único estudiante en la clase.

Compartir la responsabilidad entre varios ancianos tiene diversas ventajas:

  • El equipo de ancianos tiene un mayor incentivo para buscar seriamente a Dios en cuanto a sus decisiones, para poder decidir en consenso según la voluntad de Dios. “En la multitud de consejeros hay seguridad” (Proverbios 11:14).
  • El peligro es menor que uno de los ancianos comience a abusar de su poder de manera autoritaria.
  • En un equipo de varios ancianos hay una mayor diversidad de dones espirituales, lo cual es necesario para la edificación sana de la iglesia.

Comparando entre sí los pasajes Hechos 20:17.28, 1 Pedro 5:1-3, Tito 1:5-7, descubrimos que los “cuidadores” o “supervisores” (algunas versiones traducen “obispos”) son idénticos con los ancianos, y que también el “pastorear” es una función de los ancianos. O sea, en la iglesia del Nuevo Testamento no existían “pastores sobre ancianos”, ni “obispos sobre pastores”, ni “obispos sobre ancianos”. Los responsables de la iglesia local eran los ancianos (en plural), y punto.