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Profetas en la iglesia del Nuevo Testamento

12/09/2017

La palabra “profetizar” significa desde su origen etimológico: “decir hacia adelante”, o también “decir de antemano”. De ahí, un profeta tiene dos funciones:
1. Anunciar lo que está escondido y traerlo a la luz (vea Mateo 10:26-27). Así un profeta puede revelar cosas escondidas de Dios (Su carácter, Sus propósitos, Su manera de actuar …). Pero también puede revelar los pensamientos, intenciones y pecados ocultos de los hombres.
2. Anunciar eventos futuros según la voluntad de Dios. Este es el significado más común de “profetizar”; pero como hemos visto, no es el único.

La función de los profetas en el Nuevo Testamento no es exactamente la misma como en el Antiguo Testamento. En el orden del Antiguo Testamento, Dios encargó a profetas con anunciar y escribir Su revelación autoritativa para el pueblo; o sea, escribir los libros de la Biblia bajo la inspiración del Espíritu Santo. En el Nuevo Testamento, esta responsabilidad pasó a los apóstoles. Ninguno de los profetas mencionados explícitamente en el Nuevo Testamento escribió un libro de la Biblia. Ellos tenían simplemente la función de animar, exhortar y advertir a los hermanos con lo que Dios les revelaba. (Vea Hechos 15:32: “Y Judas y Silas eran también profetas, y así animaron y afirmaron a los hermanos con muchas palabras.”)
Además es una función importante de la profecía, traer a la luz “las cosas escondidas del corazón” (1 Corintios 14:24-25). La profecía puede obrar convicción en un incrédulo que accidentalmente entra a una reunión de los cristianos.
Aunque los profetas del orden del Nuevo Testamento no tienen el mismo peso como en el Antiguo Testamento, su función sigue siendo importante. Aunque no están puestos para revelar verdades eternas y autoritativas de la fe, pero sí tienen la función de anunciar en situaciones específicas lo que el Señor quiere decir a una persona o iglesia en particular. Así, la profecía es una de las pocas funciones en la iglesia que concretiza lo que es el gran privilegio del Nuevo Pacto: tener acceso directo a Dios, estar en comunión con Él y conocer Su corazón.

Muchos teólogos cesacionistas opinan que el don de la profecía era solamente para el tiempo de los primeros apóstoles. (Otros dicen que en la actualidad la “profecía” consiste simplemente en la exposición de las verdades bíblicas, pero ya no en la revelación sobrenatural de asuntos ocultos. Pero en este caso, profecía sería equivalente a enseñanza, y así no tendría sentido usar la palabra “profecía”.) Pero el libro “Didajé”, escrito en el segundo siglo, contiene instrucciones acerca de la recepción de apóstoles y profetas itinerantes. Esta es una prueba de que la función de profeta continuaba durante el segundo siglo, y que la iglesia de aquel tiempo no era cesacionista.

Las profecías tienen que ser examinadas.

Así como los apóstoles, también los profetas y sus dichos deben ser examinados por la iglesia en conjunto. Si la profecía es un don tan importante para la iglesia, el diablo hará muchos esfuerzos para desprestigiarlo y falsificarlo. Por eso dice Pablo: “Profetas hablen dos o tres, y los demás distingan.” (1 Corintios 14:29) Y: “No apaguen al Espíritu; no desprecien profecías; pero prueben todo [si se puede aprobar], retengan lo bueno, absténganse de toda apariencia maligna.” (1 Tesalonicenses 5:19-22)
La iglesia raras veces logró mantener un equilibrio sano entre “no despreciar profecías” y “probar (examinar) todo”. Durante largos tiempos, la función de la profecía era prácticamente desconocida en las iglesias. En la actualidad, la profecía está nuevamente de moda (por lo menos en ciertos círculos), pero eso ha producido a la vez una avalancha de falsos profetas y falsas profecías, y una admiración crédula de todo lo que se hace pasar por “profético”.

Para examinar a un profeta, se aplican los mismos criterios como para apóstoles: ¿Es su “fruto” y su carácter de acuerdo a la imagen de Cristo? ¿Y es su mensaje conforme a las Sagradas Escrituras?

Un criterio importante encontramos en varios pasajes del Antiguo Testamento: Un profeta verdadero no teme confrontar al pueblo con verdades incómodas. Un falso profeta, en cambio, dirá “Paz, paz” donde no hay paz. (Jeremías 6:13-14, 8:10-11, Ezequiel 13:1-16). Un falso profeta dice lo que el pueblo quiere escuchar (Jeremías 23:16-17), y les profetiza mayormente cosas positivas, para que se sientan “edificados”, pero en un sentido carnal. Un profeta verdadero anuncia fielmente lo que el Señor le encargó, y eso incluye a menudo reprensiones, anuncios del juicio, y un llamado al arrepentimiento.
Así también en el Nuevo Testamento, cuando Juan recibió las palabras proféticas a las siete iglesias en las cartas en Apocalipsis 2 y 3, tuvo que llamar al arrepentimiento a cinco de las siete iglesias. También en el orden del Nuevo Testamento, el juicio comienza con la casa de Dios (1 Pedro 4:17); y los profetas son los encargados de advertir a la iglesia.
No que el verdadero profeta sea alguien que se deleita en ofender y escandalizar a la gente. Al contrario, a menudo es él mismo quien más sufre cuando tiene que hablar de la ira de Dios. El lamento de Jeremías expresa probablemente los sentimientos de todo profeta verdadero: “Porque desde que hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra del Señor me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre: pero fue en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos, trabajé por sufrirlo, y no pude.” (Jeremías 20:8-9) – En más de una oportunidad, cuando Dios anunciaba a Moisés que iba a destruir el pueblo, Moisés se puso a orar e interceder por el pueblo hasta que Dios se decidió por un juicio menos severo (Éxodo 32:9-14, Números 14:11-20). – También Samuel, después de que tuvo que reprender duramente a Saúl, lloró por él hasta que Dios le dijo que deje de llorar y que vaya a ungir a David (1 Samuel 15:35, 16:1).
Pero los oyentes raras veces ven este sufrimiento secreto de los profetas. Solamente ven sus palabras duras, y entonces – si no están dispuestos a arrepentirse – comienzan a odiar a los profetas. Por eso, aun en las iglesias que se llaman cristianas, a menudo los verdaderos profetas son perseguidos, y la gente sigue a los falsos profetas. Con razón advirtió Jesús a los discípulos:
“Muy felices son ustedes cuando los hombres les odian y cuando los separan y ultrajan y desechan vuestro nombre como algo malo por causa del Hijo del hombre. Alégrense en aquel día y brinquen, porque miren, tendrán un gran sueldo en el cielo. Porque así hacían los antepasados de ellos a los profetas. (…) ¡Ay, cuando todos los hombres les dicen bien!; porque así mismo hacían los antepasados de ellos a los falsos profetas.” (Lucas 6:22-23.26)

¿Tu congregación tiene un concepto bíblico acerca de la profecía? ¿Está dispuesta a ser reprendida por un profeta verdadero? ¿Y es capaz de discernir a un profeta falso?

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