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Apóstoles en la iglesia del Nuevo Testamento – Parte 2

31/07/2017

En la reflexión anterior hemos visto que aparte de los doce apóstoles originales, existían en el Nuevo Testamento apóstoles en un sentido más amplio. Se levanta entonces la pregunta si en la iglesia actual debe todavía existir la función del apóstol. En mi opinión, esta es una pregunta abierta que no se puede responder de manera concluyente desde la Biblia. Existen argumentos fuertes para ambas posiciones. Examinaré entonces para ambas posiciones, cuáles serían las consecuencias para una iglesia que se compromete con el patrón del Nuevo Testamento, a) asumiendo que el apostolado es para todos los tiempos, y b) asumiendo que el apostolado era solamente para la iglesia de la primera generación.

a) Si el apostolado es para todos los tiempos:

En este caso, de todos modos se puede tratar solamente de “apóstoles en un sentido más amplio”. La función de los doce apóstoles originales fue única. Esto significa que:
– Nadie en la iglesia actual puede atribuirse el privilegio de enseñar o mandar sobre toda la iglesia universal, o de alguna otra manera ejercer la autoridad que tenían los doce apóstoles originales.
– Nadie en la iglesia actual puede atribuirse la autoridad de añadir algo a las Escrituras inspiradas y autoritativas del Nuevo Testamento, o de pretender que sus propias enseñanzas tengan la misma autoridad como el Nuevo Testamento.

¿En qué consistiría entonces una función apostólica en la actualidad?
– La misión pionera en lugares donde el evangelio es desconocido, cuando sucede por el llamado directo de Dios a uno o varios de Sus siervos. En este sentido podemos decir que pioneros como Guillermo Carey y sus primeros compañeros en la India, o Hudson Taylor en China, ejercieron una función apostólica. Ambos no solamente tuvieron que entrar en territorios nuevos sin ninguna ayuda humana, sino que también tuvieron que sostener una lucha dura para defender su llamado misionero ante las iglesias establecidas en su país de origen.
– Pioneros de avivamiento que llegan a ser reconocidos como autoridades por una multitud de iglesias locales, sea como sus fundadores, o sea porque demostraron una cercanía al Señor mucho mayor que los líderes humanamente establecidos en las iglesias. En este sentido podemos decir que líderes como Menno Simons, Juan Wesley, el conde de Zinzendorf, o William Booth, ejercieron una función apostólica.

Sin embargo, ninguno de los mencionados reclamaba durante su vida el título de “apóstol” para sí mismo, y eso con buena razón. Si alguien hoy en día se llama “apóstol” a sí mismo, da lugar a muchos malentendidos. Por tanto, aun si pueden existir funciones apostólicas en la iglesia actual, me parece prudente no usar el título de “apóstol”.

Veremos en una reflexión posterior los criterios que debería cumplir alguien que pretende ejercer una función apostólica.

b) Si el apostolado no es para hoy:

Muchas denominaciones y congregaciones actuales enseñan que la función apostólica ya no existe en nuestros días. Pero muchas de estas denominaciones han establecido estructuras y cargos que en la práctica ejercen una función apostólica: Tienen juntas directivas regionales, nacionales o incluso internacionales, que exigen que los líderes de las congregaciones locales se sujeten a sus decisiones. Esto equivale a presumir de una autoridad apostólica; porque en el Nuevo Testamento no existe ninguna autoridad terrenal por encima de las iglesias locales, excepto el apostolado.

Es cierto que algunas otras funciones en la iglesia pueden tener un alcance regional o más allá, como veremos a continuación (profetas, evangelistas y maestros). Pero estas funciones no ejercen autoridad sobre las congregaciones locales. Entonces, si un grupo cristiano afirma que el apostolado ya no existe en nuestros tiempos, necesariamente tiene que afirmar también la independencia de cada iglesia local. Toda otra posición sería contradictoria en sí misma.

Esto significa que todos estos “gobiernos” regionales, nacionales e internacionales de las diversas denominaciones son antibíblicos. En esta situación existen solamente dos alternativas coherentes con los principios del Nuevo Testamento:

1. Se reconoce que tales estructuras de gobierno eclesiástico significan de hecho ejercer un “apostolado”. Entonces se destituyen todos los líderes regionales, nacionales e internacionales que no cumplen con los criterios de tener un llamado apostólico, y se buscan nuevos líderes que demuestren las señales de tener un tal llamado. En este proceso se debe tomar en cuenta que ni un líder particular, ni una asamblea en un proceso “democrático” puede otorgar funciones apostólicas. Eso lo puede hacer solamente Dios mismo en Su soberanía. Entonces, una tal transición no se podría lograr con medidas meramente administrativas. Si una denominación o un grupo de congregaciones considerase seriamente un tal proceso, todos sus miembros se verán obligados a humillarse ante Dios y buscarle muy seriamente, hasta que Él pueda obrar una renovación personal y espiritual profunda de su liderazgo entero.

ó 2. Se decide ser más consecuente en la posición de que el apostolado ya no existe en los tiempos actuales; lo cual significaría la abolición de todos los liderazgos regionales, nacionales e internacionales. En consecuencia, a cada congregación local se le concede la independencia completa. Eso implica la libertad de cuestionar su “identidad denominacional”, y de enfatizar la comunión con cristianos verdaderos de otras denominaciones en su propia ciudad, más que la comunión con congregaciones de la misma denominación en otras ciudades. Pero eso requiere también que cada congregación se comprometa mucho más que antes a someterse bajo las Sagradas Escrituras y particularmente bajo la “enseñanza de los apóstoles” escrita en el Nuevo Testamento, porque de otro modo no tendría ningún medio de corrección contra enseñanzas y prácticas falsas que podrían ser introducidas por líderes locales o por maestros itinerantes.
(Generalmente se cree que los gobiernos denominacionales puedan funcionar como tales medios de corrección. Pero eso es una ilusión. Los gobiernos denominacionales aseguran solamente la conformidad de las congregaciones locales con el mismo gobierno denominacional; pero no las protegen contra las desviaciones que se originan desde este gobierno denominacional. Por eso, la gran mayoría de las denominaciones evangélicas se están actualmente moviendo hacia una apostasía que es incentivada por los mismos líderes nacionales e internacionales de las denominaciones y de las “alianzas evangélicas” y “consejos de iglesias”.)

Estoy consciente de que en la práctica, probablemente ninguna denominación existente considerará seriamente hacer los cambios radicales requeridos por cualquiera de las dos alternativas. Temerán que cualquiera de los dos caminos terminará con la disolución completa de su gran ídolo, o sea, de su estructura denominacional. Y puede que este temor sea justificado.

Pero veámoslo desde un lado positivo: Ocuparse seriamente con la pregunta del apostolado, podría desencadenar un regreso a la situación del Nuevo Testamento donde no existían denominaciones. Esta pregunta – sin importar en cuál sentido se decide – tiene el potencial de abrir los ojos de los cristianos para el hecho de que sus estructuras denominacionales no son bíblicas. Propongo entonces que cada miembro de una iglesia institucional haga las siguientes preguntas a sí mismo, a sus hermanos, y a los líderes de su denominación:

¿Creemos que el apostolado existe todavía hoy en día?

– En caso que sí: ¿Por qué permitimos que las posiciones importantes de liderazgo en nuestra denominación sean ocupadas por personas que no muestran señales de tener un llamado apostólico? – ¿Y por qué no estudiamos la Biblia a fondo para descubrir cómo se puede reconocer a un apóstol verdadero?

– En caso que no: ¿Por qué seguimos permitiendo que nuestras congregaciones locales se encuentren bajo la autoridad de liderazgos regionales y nacionales? – Si el Nuevo Testamento es la única fuente de enseñanza apostólica, ¿por qué permitimos que las enseñanzas de nuestros pastores y maestros, y los reglamentos y estatutos de nuestra denominación, tengan en la práctica un peso mayor que las palabras del Nuevo Testamento?

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Apóstoles en la iglesia del Nuevo Testamento – Parte 1

20/07/2017

La palabra “apóstol” significa literalmente “comisionado”. Esta palabra se usa en el Nuevo Testamento para por lo menos tres grupos diferentes de personas:

a) Los doce apóstoles originales.
Este es el significado predominante de la palabra “apóstol”: Los doce discípulos que fueron escogidos explícitamente por Jesús “para que estuviesen con Él”, y para cumplir una función especial en la divulgación del evangelio y en el liderazgo de la iglesia (Mateo 10:1-4, Marcos 3:13-19, Lucas 6:12-16). Posteriormente se eligió además a Matías para sustituir a Judas quien había traicionado al Señor (Hechos 1:16-26). En aquella oportunidad se aclaró cuáles eran los requisitos para ser parte de ellos: Tenía que haber visto a Jesús resucitado, y tenía que haber estado con Jesús “empezando desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue recibido arriba” (v.22).
Estos doce apóstoles tenían una autoridad incontestada en todas las iglesias. Su testimonio era la única fuente confiable de información acerca de lo que Jesús había hecho y enseñado. Por eso, durante los primeros cinco capítulos del libro de Hechos, ellos eran los únicos que se dedicaban al anuncio público del evangelio. Ellos formaban el núcleo de los ciento veinte que habían recibido inicialmente el Espíritu Santo en Pentecostés.
Con todo esto es obvio que nadie después de ellos podía ser “apóstol” en el mismo sentido como los doce. Su función apostólica es única en la historia entera, y es estrechamente relacionada con el ministerio de Jesús en la tierra.

b) Apóstoles en un sentido más amplio
Aparte de los doce y Pablo, hay algunas otras personas que son llamados “apóstoles”. Más notablemente Bernabé, del cual dice en Hechos 14:14: “Cuando lo escucharon los apóstoles Bernabé y Pablo …” – También en 1 Corintios 9:5-6, Pablo incluye a Bernabé con toda naturalidad entre los apóstoles.
En 1 Tesalonicenses 2:7 dice: “… aunque podríamos serles una carga como apóstoles de Cristo …” – Pablo está hablando en plural, o sea, la palabra “apóstoles” incluye a los otros remitentes de la carta, Silvano y Timoteo (1:1).
En Gálatas 1:19 se incluye a Jacobo el hermano del Señor entre los apóstoles. Este Jacobo no es idéntico con “Jacobo hijo de Zebedeo” ni con “Jacobo hijo de Alfeo” quienes eran de los doce; porque como hermano del Señor era “hijo de José”.
En Romanos 16:7 se menciona a “Andrónico y Junias (…) que son sobresalientes entre los apóstoles”.

Hubo entonces un número indefinido de siervos del Señor que también fueron llamados “comisionados” (apóstoles), aunque no eran de los doce. Podemos ver las siguientes diferencias entre ellos y los apóstoles originales:
– Los apóstoles en el sentido más amplio no cumplen necesariamente los requisitos de Hechos 1:21-22.
– Su servicio no abarca las iglesias de todos los lugares. Puede tener un alcance geográfico amplio (como en el caso de Bernabé o de Timoteo), o puede ser limitado a un solo lugar (Jacobo se quedó todo el tiempo en Jerusalén); pero de todos modos no es “universal”.
– En consecuencia, su enseñanza no es autoritativa como la enseñanza de los apóstoles originales; y no reciben la inspiración divina para contribuir a las Sagradas Escrituras. (Con la posible excepción de Bernabé, de quien algunos asumen que podría ser el autor de la carta a los Hebreos; pero no existe ningún testimonio histórico definitivo al respecto.)

c) “Comisionados” en otro sentido
En algunos pasajes del Nuevo Testamento que usan la palabra “comisionado” (apóstol), el significado es obviamente otro:
“….nuestros hermanos son comisionados de las asambleas …” (2 Corintios 8:23)
“Epafrodito, … vuestro comisionado y servidor de mi necesidad …” (Filipenses 2:25)
En estos casos se trata de hermanos que fueron comisionados por una iglesia (o varias iglesias) para transmitir una encomienda y/o un mensaje. Estos pasajes entonces no hablan del apostolado propiamente dicho.

Tenemos que entender que la función apostólica propiamente dicho significa ser comisionado por Dios mismo, no por algún agente humano. Un apóstol recibe su función no por encargo de algún otro líder, ni por encargo de una asamblea o iglesia. Otros agentes pueden en ciertas circunstancias confirmar su llamado apostólico, pero no pueden originarlo.

Funciones de capacitación en la iglesia del Nuevo Testamento según Efesios 4:11

13/07/2017

Efesios 4:11 menciona cinco “dones” o “funciones” en un contexto particular: Los cinco sirven “para perfección de los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la madurez de la plenitud de Cristo; …” (Efesios 4:12-16)

Los mencionamos aquí aparte, porque el alcance de estas cinco funciones va más allá de la simple “edificación mutua” en las relaciones de “unos a otros”. Los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros son responsables de capacitar a los otros miembros del cuerpo para que éstos puedan realizar un “ministerio” o “servicio” para la edificación del cuerpo. Por eso podríamos llamarlos “funciones de capacitación”.

El verso 11 dice literalmente: “Y él mismo dio a unos, apóstoles … (etc.)”. O sea, el “don” que Dios da a Su iglesia (v.8) no es “el apostolado”, sino el apóstol mismo como persona; no “la profecía”, sino el profeta mismo como persona; etc. Esto sugiere que este verso habla de personas que ejercen estas funciones a tiempo completo, como su ocupación u “oficio” principal. También indica que estas personas ya no son propiedad de sí mismos; están ahora a disposición de la iglesia para servirle como un “regalo” de Dios para ella. O sea, ¡su función no es dominar sobre la iglesia o gobernarla!

Deseo enfatizar una vez más que “Dios dio” estos dones. No está en el poder de los hombres, “colocar” a apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, o maestros. Nadie puede “elegir” a un apóstol, “ordenar” o “constituir” a un pastor (hablando de pastores en el sentido del Nuevo Testamento), “crear el oficio” de un evangelista, “encargar” a alguien con la función de maestro, etc. Tampoco puede alguien adquirir las capacidades correspondientes por medios humanos: Nadie se convierte en profeta o en pastor por “estudiar una carrera”, por “aprender del profeta fulano o del pastor zutano”, por graduarse de un “instituto bíblico” o “seminario teológico” o algo así. Las Escrituras son muy claras en que Dios es el único que puede “dar” una de estas funciones a alguien. La iglesia, o sea el pueblo de Dios, solamente puede reconocer si Dios ha dado a alguien una de estas funciones. Y si una congregación no reconoce a estas personas, y “ordena” o “constituye” en su lugar a otras personas para que cumplan funciones como estas, entonces la congregación se estropea espiritualmente.

Al estudiar las personas que en el Nuevo Testamento ejercieron alguna de estas funciones, encontramos en casi todos los casos que se trataba de “obreros itinerantes” que iban de iglesia en iglesia y abarcaban un amplio espacio geográfico. Podemos concluir que las personas que ejercían estas funciones a tiempo completo eran relativamente pocas, y que ellos no eran los líderes de las iglesias locales. (La gran mayoría de los ancianos locales deben haber tenido un oficio normal, y ejercieron sus funciones de ancianos en su tiempo libre.)

Muchas congregaciones actuales han remplazado estas cinco funciones por una sola, la de un “pastor” o “predicador” que intenta cumplir las cinco funciones juntas (y a veces todas las cinco tan solo con “predicar”…). Esto no está en el sentido de la palabra de Dios:
– Dios quiere que en el “cuerpo de Cristo” haya una diversidad de dones y funciones que se complementan mutuamente. Las reuniones de los cristianos no deben ser dominadas por una sola persona; y el liderazgo y “ministerio” de una iglesia no debe estar concentrado en una sola persona. Una sola persona no puede cumplir a cabalidad las cinco funciones. Cada siervo de Dios necesita el complemento de otros siervos que tienen los dones que él mismo no tiene.
– Cuando las reuniones consisten en una “prédica”, el predicador es el único que “ministra” activamente; todos los otros miembros del cuerpo están pasivos. Pero la finalidad de estas funciones es que todos los santos hagan “la obra del servicio”, y que sean capacitados o “perfeccionados” para hacerlo.

Así por ejemplo un evangelista es no solamente alguien que evangeliza. Aun más importante es que él capacite a los miembros y ancianos de las iglesias locales, con su ejemplo y con sus consejos, para que ellos mismos evangelicen. – De la misma manera, un pastor en el sentido del Efesios 4:11 no es alguien que “pastorea” (ni mucho menos “lidera”) una iglesia local. Es alguien que capacita a los miembros y ancianos de las iglesias locales, con su ejemplo y con sus consejos, para que ellos mismos se “pastoreen” unos a otros. – Un maestro no solamente enseña: capacita a los miembros y ancianos de las iglesias locales a estudiar y entender las Escrituras por sí mismos, para que puedan enseñarse unos a otros. – Y de manera similar podemos entender también la función de un apóstol y de un profeta como “capacitadores”.

Mencionamos estas funciones en el contexto de la iglesia como “familia de Dios”, porque hemos visto que en la iglesia del Nuevo Testamento, todo liderazgo es “familiar”. Las funciones de capacitación no son una excepción. La autoridad y la integridad de las personas que ejercen una de estas funciones, debe demostrarse primeramente en su propia familia; y después en la “familia de familias”, la comunión local de los cristianos.
Cuando alguien empieza a asumir responsabilidades mayores en la familia de Dios, el peligro es mayor que empiece a olvidar su responsabilidad más importante: su propia familia. Alguien que ejerce una de las funciones de capacitación, debe ser especialmente vigilante para no descuidar a su esposa y sus hijos. Si descuida a su familia, socava la base de su propia autoridad espiritual.

Cada siervo de Dios que cree ser llamado a ejercer una de estas funciones, debería hacerse las siguientes preguntas:
¿Cuál es realmente la función a la que Dios me ha llamado? ¿Soy un apóstol, profeta, evangelista, pastor, o maestro?
¿Quiénes son los siervos de Dios con otras funciones que Él quiere que yo colabore con ellos y que ellos complementen lo que me falta a mí?
¿Cómo puedo ejercer mi función de tal manera que los otros miembros del cuerpo sean capacitados para que ellos cumplan su función de edificarse unos a otros?