Archive for 19 diciembre 2016

La iglesia como “cuerpo de Cristo” – Parte 3

19/12/2016

“Unos a otros”

En la mayoría de los pasajes del Nuevo Testamento que describen las relaciones de los miembros del cuerpo de Cristo entre sí, aparecen las palabras “unos a otros”, “mutuamente”, o una expresión similar. Los miembros se relacionan entre sí de manera recíproca: todos dan y reciben a la vez. Solo en muy pocos pasajes (que examinaremos en un capítulo posterior) aparecen relaciones que son de alguna manera asimétricas o “jerárquicas”.

Muchas congregaciones actuales, en cambio, se centran en una sola “persona especial” (o en unas pocas “personas especiales”). Allí predominan las relaciones de “uno a muchos” y “muchos a uno”: Uno predica a muchos, y los muchos escuchan al uno. Uno aconseja a muchos, y los muchos siguen los consejos de uno. Dan la mayor importancia a aquella clase de relaciones que en el Nuevo Testamento tienen la menor importancia. Así no puede funcionar el cuerpo de Cristo, porque la mayor parte de sus miembros son pasivos, no ejercen su función, y la mayoría de ellos ni siquiera saben cuál es su función en el cuerpo.
Incluso existen congregaciones donde los líderes desaniman o aun prohíben practicar el “unos a otros”: No quieren que los miembros se visiten unos a otros, ni que oren juntos sin la presencia de un “pastor”, ni que se brindan ayuda práctica o financiera los unos a los otros. Así impiden que la congregación funcione como el cuerpo de Cristo.

En las reuniones de los primeros cristianos, todos los miembros participaban en la edificación mutua. “Cada uno tiene …” algo que compartir con los demás (1 Corintios 14:26). En el cuerpo de Cristo no hay miembros pasivos. Las reuniones en las casas eran el lugar donde cada uno practicaba su función especial en el cuerpo. Eso fue a la vez su entrenamiento para el ministerio de cada uno en el mundo, al testificar a sus vecinos, familiares, compañeros de trabajo, etc, con sus palabras y con su vida.

Veremos también que algunas de las instrucciones de “unos a otros” ni siquiera se pueden cumplir en el marco de una reunión en un lugar especial, una o dos veces a la semana. Algunas de estas instrucciones fueron obviamente escritas para personas que comparten su vida diaria.

“Somos … miembros los unos de los otros.” (Romanos 12:5, Efesios 4:25)
No solamente somos miembros de Cristo; yo también soy miembro de mi hermano y mi hermano es miembro mío. – Por el otro lado, es interesante ver que en el Nuevo Testamento nunca aparece la expresión “miembro de una iglesia” o “miembro de una congregación”. Un cristiano del Nuevo Testamento no tiene ninguna relación de “membresía” con una institución que se llamaría “iglesia”; pero tiene una relación personal con Cristo, y tiene relaciones personales con los otros miembros del cuerpo de Cristo.

“Ámense unos a otros.” (Juan 13:34-35, Levítico 19:18, Romanos12:10, 13:8-10, 1 Pedro 1:22, 1 Juan 3:11.23, 2 Juan 5, y otros.)
Esto es el fundamento para todas las otras acciones que podemos hacer “unos a otros”. Si el motivo no es el amor, entonces estaríamos solamente cumpliendo un protocolo rutinario.
Amar implica conocer personalmente. Es difícil o hasta imposible amar a alguien con quien nos encontramos solamente en una reunión formal una o dos veces a la semana. Por eso, Jesús llamó a Sus discípulos a compartir toda su vida con Él y unos con otros. Solamente así pudieron conocerse de verdad y amarse de verdad – y también darse cuenta de cuánto les faltaba todavía en su amor.

“Y cuando un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y cuando un miembro recibe gloria, todos los miembros se alegran con él.” (1 Corintios 12:26)
“Alégrense con los que se alegran, y lloren con los que lloran.” (Romanos 12:15)
Amar a mi hermano implica sentir con él. El verdadero amor se expresa al compartir alegrías y tristezas juntos. Vemos otra vez que esto es casi imposible de hacer en el marco de una reunión formal. El apóstol está hablando a personas que están acostumbradas a compartir la vida diaria en sus casas, en la comunidad, y posiblemente aun en sus lugares de trabajo.

“Y no olviden el hacer bien y la comunión (koinonía) …” (Hebreos 13:16)
“Lo que a ustedes sobra sea para suplir la falta de ellos, para que también lo que a ellos les sobra sea para suplir lo que a ustedes les falta, para que haya equidad …” (2 Corintios 8:14)
“Alójense los unos a los otros sin murmuraciones.” (1 Pedro 4:9)
(Vea también Gálatas 6:2, 1 Corintios 12:25)
En todos estos pasajes vemos que el amor fraternal se expresa en acciones prácticas de ayuda y apoyo. Cada miembro del cuerpo de Cristo ayudaba a sus hermanos en la fe, de la misma manera como lo haría con sus propios hermanos “según la carne”.

“… quitándose la mentira, hablen verdad cada uno con su cercano …” (Efesios 4:25)
Para que funcione la comunión en el cuerpo de Cristo, es esencial que sus miembros sean veraces y transparentes unos con otros. Hemos visto en Hechos 5 como Dios mismo juzgó de manera muy severa el pecado de la mentira en la primera iglesia.

“Confiesen vuestras ofensas unos a otros, y oren unos por otros, para que sean sanados.” (Santiago 5:16)
“…si alguien es sorprendido por alguna transgresión, ustedes los espirituales arreglen al tal en espíritu de mansedumbre…” (Gálatas 6:1)
En la tradición de la iglesia, la instrucción en Santiago 5:16 se transformó en el sacramento de la confesión. Por eso, algunas congregaciones siguen teniendo la idea de que los pecados deben confesarse a una persona especial, a un “sacerdote” o “pastor”. Por el otro lado, otras congregaciones evangélicas han abolido la confesión por completo. Ambos lados olvidaron que en el Nuevo Testamento, la confesión de los pecados es una de las cosas que los miembros hacen “unos a otros”. O sea, si mi conciencia está cargada con un pecado y no encuentro la paz con Dios, puedo buscar a cualquier hermano en quien tengo confianza, y confesarle mi pecado. Entonces el hermano puede orar por mí, y seré sanado – sanado de la enfermedad de mi conciencia, pero puede ser también de una enfermedad física, como sugiere el contexto (v.14-15).
Algo muy similar sucede en Gálatas 6:1; solamente que aquí la iniciativa no procede desde el que cometió el pecado, sino desde otros hermanos “espirituales” que observaron su pecado y se acercan a él para ayudarle a arreglar su relación con el Señor.

Estas son algunas de las instrucciones apostólicas acerca de las relaciones de “unos a otros”. Pero todavía hay más…

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La iglesia como “cuerpo de Cristo” – Parte 2

12/12/2016

Todos unidos con la Cabeza

El punto que sigue parece difícil de entender para aquellos que están acostumbrados a una forma de “iglesia” institucionalizada. Allí obra, por un lado, el enorme peso de la tradición católica romana (que continúa en las iglesias evangélicas), la cual dice que una “iglesia” debe ser dirigida por un “sacerdote” o “pastor”; entonces creen que dicho “sacerdote” o “pastor” se encuentra en una posición de “cabeza” sobre la congregación que preside. Y por el otro lado, algunos “pastores” tienen un interés en que esta tradición continúe, porque les asegura una posición de influencia y poder.

En realidad, ese fue uno de los grandes puntos de contienda en la Reforma del siglo 16. Los reformadores enfatizaron que cada cristiano tiene acceso directo a Dios. No hay necesidad de que un “sacerdote” se interponga entre un discípulo de Cristo y su Señor. Este es un principio bíblico, que es expresado por ejemplo en los siguientes pasajes:

“Entonces, ya que tenemos un gran jefe sacerdote que ha pasado por los cielos, Jesús el Hijo de Dios, agarrémonos de la confesión. (…) Acerquémonos entonces con franqueza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y encontremos favor de Dios para socorro oportuno.” (Hebreos 4:14-16)

“Entonces, hermanos, puesto que tenemos franqueza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, lo cual es un camino novedoso y viviente que él nos consagró a través de la cortina, esto es, su carne, y un gran sacerdote sobre el hogar de Dios, acerquémonos con corazón verdadero en plenitud de fe/confianza, con los corazones rociados [para purificación] de conciencia maligna, y con el cuerpo lavado con agua limpia.” (Hebreos 10:19-22)

“Porque Dios es uno solo, y uno solo es mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. …” (1 Tim.2:5)

Desafortunadamente, las iglesias de la Reforma no sacaron las consecuencias de este principio. Aunque ya no llamaron “sacerdotes” a los líderes de sus iglesias, pero seguían manteniendo una distinción entre “clérigos” y “laicos”. Por eso, aun muchos líderes evangélicos cuestionan el derecho de un cristiano de acercarse directamente a Dios, sin la mediación de un “pastor”. Así por ejemplo me escribió un “pastor” evangélico: “Algunos dicen. -Ah, yo estoy sujeto directamente a Cristo. Pero la iglesia es un cuerpo cuya Cabeza es el Señor. ¿Se imaginan un cuerpo en donde las manos y los pies se sujetan directamente a la cabeza? ¡Un monstruo!”

Estas mismas palabras podrían haber salido de la boca de un apologista católico. Las iglesias jerárquicas (sean católicas o evangélicas) siempre quieren limitar el acceso directo de sus miembros a Cristo, la Cabeza; y quieren interponer a “sacerdotes”, “pastores”, “coberturas”, etc. Pero la Biblia afirma directamente lo que ese “pastor” niega:

“Nadie les niegue el premio arbitrariamente, por humildad y culto de los ángeles, acercándose [para investigar] lo que no ha visto, sin razón inflado por la mente de su carne, y no agarrándose de la Cabeza, desde la cual todo el cuerpo, apoyándose y uniéndose por las articulaciones y ligamentos, crece en el crecimiento [dado] de Dios.” (Colosenses 2:18-19)

O sea, a cada miembro del cuerpo de Cristo le corresponde “agarrarse de la Cabeza”, que es Cristo. Así es también un hecho de la anatomía humana que por ejemplo los dedos no reciben sus órdenes de la mano, ni del antebrazo, sino directamente de la cabeza (o más exactamente, del sistema nervioso central). Mediante el sistema nervioso, efectivamente cada miembro del cuerpo se encuentra en comunicación directa con la cabeza; y los miembros no se dan órdenes unos a otros.

La unidad y el orden en el cuerpo de Cristo se fundamentan exactamente en este hecho: en que cada miembro está sujeto directamente a la Cabeza. Solamente Jesús, el Señor, es capaz de colocar a cada miembro a su lugar apropiado y de encomendarle las funciones y tareas apropiadas. Cuando algún “miembro superior” intenta encargarse de la organización del cuerpo, solamente causa desorden. La función de los “miembros superiores” (si deseamos usar este término) consiste en ayudar a los miembros asociados a ellos para que puedan cumplir mejor las tareas que el Señor les encargó.

Ahora tenemos que entender que el Señor no actúa de la misma manera como un jefe humano que coloca a sus obreros donde quiere y les da sus “deberes”. Primeramente, el Señor es no solamente “jefe”, Él es también el Creador. Él es quien creó de antemano a cada miembro para su función específica, con sus capacidades naturales y dones espirituales necesarios. Entonces, si un miembro del cuerpo de Cristo conoce estas capacidades que Dios le ha dado, ya sabe una gran parte de la voluntad de Dios para su vida: ejercer estas capacidades para la gloria del Señor y para la edificación de Su cuerpo. – Esta es otra razón por qué un líder humano no puede “organizar” a los otros miembros como Dios quiere: Solamente Dios, como Creador, puede decirnos la función específica para la cual nos creó.
En segundo lugar, a diferencia de los miembros de un cuerpo humano, cada miembro del cuerpo de Cristo es dotado de sabiduría, de la capacidad de razonar y decidir. Por eso, el cuerpo de Cristo no funciona como una máquina o como un ejército donde sus partes no hacen otra cosa que pasivamente ejecutar las órdenes que reciben. Cada miembro tiene un amplio margen de decisión en cuanto al ejercicio de sus funciones. Por eso dice en Efesios 4:16: “… de quien todo el cuerpo … según la medida de actividad de cada uno de sus miembros, produce el crecimiento del cuerpo para su propia edificación en amor.”

La iglesia como “cuerpo de Cristo” – Parte 1

03/12/2016

En las reflexiones anteriores de esta serie hemos examinado la iglesia del Nuevo Testamento en las palabras del Señor Jesús, y en el libro de los Hechos de los apóstoles. El libro de Hechos nos hizo ver cómo fue la manifestación original del nuevo pueblo de Dios, según el diseño perfecto del Señor.
Ahora pasaremos a las cartas de los apóstoles. Muchas de estas cartas se dirigen al pueblo de Dios en general. Aquí encontramos entonces, no manifestaciones históricas concretas, pero instrucciones y principios generales. Intentaremos descubrir el diseño fundamental descrito en estas cartas – pero sin perder de la vista lo que ya encontramos en las palabras de Jesús y en la historia de la primera iglesia descrita en Hechos.

Los apóstoles usaron diversas comparaciones y parábolas para describir la iglesia, el pueblo de Dios. La comparación que encontramos con mayor frecuencia en las cartas apostólicas, es la que compara la iglesia con un “cuerpo”. Examinaremos algunos de estos pasajes para ver cómo funciona este “cuerpo”.

Unidad en la diversidad

Los pasajes más extensos acerca de este tema son Romanos 12:3-10, y el capítulo 12 de 1 Corintios. Pablo enfatiza la diversidad de dones y funciones de los diferentes miembros dentro de un mismo cuerpo:

“Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así los muchos somos un solo cuerpo en el Cristo, pero individualmente miembros unos de los otros, que tienen dones diferentes según el favor de Dios que nos fue dado … “ (Romanos 12:4-6)

No es entonces ninguna meta bíblica que todos los miembros sean formados según el mismo molde. Al contrario, con su diversidad se complementan unos a otros:

“Porque el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si dijera el pie: “Porque no soy mano, no pertenezco al cuerpo”, ¿acaso por eso no pertenece al cuerpo? Y si dijera el oído: “Porque no soy ojo, no pertenezco al cuerpo”, ¿acaso por eso no pertenece al cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Si el entero fuera oído, ¿dónde estaría el olfato? Pero ahora Dios puso [para él] los miembros, cada uno de ellos en el cuerpo como quiso. Si todo fuera un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Pero ahora son muchos miembros, pero un solo cuerpo. Y el ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; ni la cabeza a los pies: “No les necesito”.” (1 Corintios 12:14-21)

En el contexto de este pasaje es obvio que ningún miembro del “cuerpo de Cristo” vale más que algún otro miembro. Los miembros tienen funciones distintas; pero todos son necesarios para el funcionamiento del cuerpo, y se necesitan unos a otros.

La relación entre Pablo y Apolos nos da un buen ejemplo de cómo los miembros del cuerpo se complementan mutuamente. Ambos trabajaban en la iglesia de Corinto – pero en tiempos distintos -, cada uno con sus dones particulares. Ellos no necesitaban hacer ningún acuerdo formal entre sí, porque Dios mismo coordinó esta forma de colaboración. Sus funciones eran complementarias. – Parece que algunos de los corintios no entendieron eso, y algunos comenzaron a identificarse como “seguidores de Pablo” y otros como “seguidores de Apolos”. Por eso Pablo tuvo que aclararles que entre él y Apolos no existía ninguna rivalidad, al contrario, la contribución de ambos era necesaria:
“¿Quién es Pablo? ¿y quién es Apolos? – Siervos por quienes ustedes llegaron a creer; y cada uno sirve como le dio el Señor. Yo planté, Apolos regó, pero Dios hacía crecer. De manera que no importa el que planta, ni el que riega, sino el que hace crecer, Dios. Y el que planta y el que riega son uno, pero cada uno recibirá su propio sueldo según su propio trabajo duro.” (1 Corintios 3:5-8)

Llama también la atención que la iglesia del Nuevo Testamento se compara con un organismo vivo, no con una máquina, tampoco con una asociación o institución. No encontramos organigramas ni estatutos o reglamentos. Es importante enfatizar eso en nuestros tiempos donde casi todas las congregaciones de la cristiandad se han dado una forma institucional, reglamentada, y (en mayor o menor grado) jerárquica. Como hemos visto en una reflexión anterior, esa forma de organizarse se inspiró en la dictadura militar del Imperio Romano, no en el Nuevo Testamento.

Sin embargo, esa estructura de “organismo vivo” no implica que la iglesia fuera “desordenada”. El cuerpo de Cristo crece “siendo ensamblado y unido por toda articulación de apoyo según la medida de actividad de cada uno de los miembros …” (Efesios 4:16). Solamente que este orden vivo y natural es de una clase distinta del orden institucional y artificial que caracteriza a tantas congregaciones contemporáneas. Una institución mantiene su orden interno mediante organigramas y reglamentos que definen quién tiene qué competencias, y quién manda sobre quién. En un organismo vivo, en cambio, los miembros no se dan órdenes los unos a los otros. El organismo se mantiene en su orden cuando cada miembro cumple su función natural para la cual fue creado, y cuando cada miembro se mantiene en comunicación con la cabeza.