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Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 6)

30/08/2016

El Señor añadía nuevos creyentes.

“Y el Señor añadía cada día a la asamblea a los que fueron salvos.” (Hechos 2:47) – Esto contrasta fuertemente con la manera como crecen la mayoría de las congregaciones actuales. En nuestros días, si una congregación crece, casi siempre es porque ellos invitan a “gente nueva” a sus reuniones, porque ellos evangelizan, porque ellos usan alguna “estrategia de crecimiento de la iglesia”. Pero de la primera iglesia dice que “el Señor añadía …”. ¿Vemos el crecimiento de la iglesia como una obra humana, o como una obra divina?

La primera iglesia no realizaba esfuerzos evangelísticos dirigidos específicamente hacia un crecimiento de la iglesia. – Que no me malentiendan en este punto. No estoy diciendo que la primera iglesia no evangelizaba. Claro que lo hicieron. Los apóstoles se dedicaban cada día a anunciar el evangelio públicamente. Y seguramente todo cristiano testificaba del Señor en su vida diaria, en sus encuentros cotidianos con vecinos, parientes, colegas de trabajo, clientes … Pero lo que digo es, que los primeros cristianos no hacían eso con la finalidad específica de “hacer crecer la iglesia”. Mas bien lo hacían por simple obediencia al mandato del Señor de “anunciar el evangelio” y “hacer discípulos”. Tenemos que hacer entonces una pregunta más: ¿Vemos el crecimiento de la iglesia como un fin en sí mismo, o lo vemos como una “añadidura” que llega cuando perseguimos un fin superior: obedecer al Señor y engrandecer Su gloria?

Un detalle particular podemos descubrir en Hechos 5:13: “Y de los demás nadie se atrevía a adherirse a ellos, pero el pueblo los engrandecía.” – Entonces, en particular, no aparecía “gente nueva” donde los cristianos estaban juntos entre sí. En casi todas las congregaciones actuales que tienen metas de “crecimiento”, sus eventos más importantes son las reuniones semanales que llaman “culto” o “servicio”, y que son “semi-públicas”: Son reuniones “de la iglesia”, pero al mismo tiempo intentan atraer a personas que no pertenecen a la iglesia. Así no se puede vivir una genuina koinonía de la iglesia, pero tampoco se puede lograr un gran efecto público. – La primera iglesia no conocía tales reuniones “semi-públicas”. Sus reuniones o eran completamente públicas (la enseñanza de los apóstoles en la plaza), o eran verdaderamente “iglesia” (la comunión de los cristianos entre sí, en las casas). Y en estas últimas, las “reuniones” propias de la iglesia, no se atrevía a entrar nadie que no era cristiano.
¿Por qué no? – La razón debe haber sido la misma por la cual “el pueblo los engrandecía”: Entre los primeros cristianos reinaba un tal ambiente de pureza y santidad, que cualquier persona de afuera debía haberse sentido muy incómodo allí. Alguien que no había nacido de nuevo, debía haberse sentido allí como Pedro se sintió ante el Señor en ocasión de la pesca milagrosa: ” ‘Aléjate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador.’ Porque estaba lleno de espanto …” (Lucas 5:8-9).

Y enseguida dice nuevamente: “Y Dios añadió a más [personas] que confiaron en el Señor, una multitud de varones y mujeres…” (Hechos 5:14) ¿Cómo entonces “se añadían” nuevas personas, si ningún inconverso entraba a las reuniones de los cristianos?
La respuesta más obvia es la que el texto mismo nos da: Dios los traía. Es Dios mismo por medio de Su Espíritu Santo quien obra “convicción de pecado, de justicia y del juicio” (Juan 16:8). Es Dios mismo quien “revela a su Hijo” en quienes Él decide salvar (Gálatas 1:15-16). Es Dios mismo quien hace que una persona nazca de nuevo. Reconozcamos primero y ante todo que la primera iglesia no era una empresa humana; era Dios quien obraba soberanamente en medio de ella.
Eso puede cambiar nuestra perspectiva entera de la iglesia. Si reconocemos a Dios como el autor y dueño de la salvación, le reconoceremos también como Señor y dueño de los “miembros de la iglesia”. No son “nuestros miembros”, no son los miembros de una congregación específica; son propiedad de Dios. Si una congregación habla de “crecimiento de la iglesia” y con eso quiere decir “el engrandecimiento de nuestra propia congregación”, entonces no anda en los caminos del Nuevo Testamento.
Pero por supuesto, Dios usa a instrumentos terrenales, humanos. Como ya mencionamos, los apóstoles anunciaban el evangelio públicamente, y cada cristiano testificaba del Señor en su vida diaria. Entonces, las personas “de afuera” tenían suficientes oportunidades para escuchar el evangelio, sin entrar a una reunión de cristianos.

Otra diferencia notable con los tiempos actuales es que en todo el libro de Hechos no encontramos ningún “llamado evangelístico” al estilo de: “Ven adelante, repite esta oración conmigo, hazte miembro de una iglesia …” (etc.) – Ya hemos visto que las palabras de Pedro en Hechos 2:38, “Arrepiéntanse y háganse bautizar…”, se dirigían solamente a aquellas personas que ya habían sido “atravesados en sus corazones”, y que por sí mismos ya habían preguntado: “¿Qué debemos hacer?” – Sí, los anunciadores del evangelio dijeron a sus oyentes que ellos estaban lejos de Dios y necesitaban volver a Él. Pero si con eso alguien fue tocado por Dios y convencido de su pecado, se esperaba que esa persona viniera por sí misma a buscar a un cristiano, para testificar de su arrepentimiento y para pedir el bautismo. Y así sucedió.
De hecho, así era la práctica de los evangelistas y de los predicadores de avivamiento durante toda la historia de la iglesia, por lo menos hasta la primera mitad del siglo 19. Los “llamados evangelísticos” de la forma como se practican en la mayoría de las iglesias evangélicas hoy en día, son un invento muy reciente. Por eso, las “campañas evangelísticas” actuales producen mayormente conversiones superficiales y falsas, mientras en la primera iglesia prácticamente todas las conversiones eran genuinas.

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Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 5)

10/08/2016

Perseveraban en partir el pan y comer juntos.

El “partir el pan” era un aspecto tan importante de la comunión que se menciona dos veces en este párrafo corto (Hechos 2:42 y 46). El texto no lo dice explícitamente aquí, pero desde el contexto del entero Nuevo Testamento podemos concluir con bastante seguridad que este “partir el pan” se hacía, como el Señor les había instruido, “en memoria de Él” (Lucas 22:19, 1 Corintios 11:24-25). O sea, lo que Pablo llama también “la cena del Señor” (1 Corintios 11:20). Sin embargo, notamos que en el ambiente de la primera iglesia eso se hacía de una manera bastante diferente de lo que sucede en la mayoría de las congregaciones actuales.

Primeramente, no se trataba de un “ritual” ni de una reunión formal. El “partir el pan” era sinónimo de “comer juntos”. Los cristianos estaban juntos para compartir su comida, y en el marco de esta comida recordaban también la muerte y la resurrección del Señor como Él les había mandado. O sea, la “cena del Señor” era una cena verdadera; no un ritual con una pequeña galletita simbólica.

Notamos también que el “partir el pan” sucedía en la privacidad de las casas; no en reuniones grandes ni formales. Era una parte normal de la koinonía y de la comunión familiar en casas, como lo describimos en los artículos anteriores.

Jesús instituyó la cena del Señor en el contexto de la Pascua judía (Lucas 22:7-20 y paralelas). O sea, la cena del Señor es la continuación natural de la Pascua. Ahora, la Pascua es también una celebración muy familiar. Se reúnen una, dos o quizás tres familias, tantas personas como pueden comer juntos un cordero (Éxodo 12:3-4); y se reúnen en la casa de una de las familias. Cuando llegan a la parte de conmemorar la salida de Egipto, es el padre de la familia quien dirige la celebración, en conversación con sus hijos (Éxodo 12:25-27). Ningún sacerdote, rabino, u otra “persona especial” está presente.

En consecuencia, también la primera iglesia celebraba la cena del Señor en las casas, en familia, y sin que estuviera presente algún “ministro”, “pastor” o “sacerdote”. De hecho, tales cargos no existían en la primera iglesia. La iglesia de Jerusalén fue dirigida primeramente por los apóstoles, y más tarde leemos también de ancianos (Hechos 11:30, 15:2). Pero por el gran número de discípulos era imposible que cada vez estuviera un apóstol presente. Ya que los primeros cristianos eran todos judíos, la conclusión más natural es que también entre ellos eran los padres de las familias quienes asumían la responsabilidad cuando era necesario.

Pasajes como 1 Corintios 11:17-22 y Judas 12 dejan entrever que según la idea original, estas comidas compartidas debían servir también para apoyar a los necesitados: El que tenía mucho, traía mucha comida y compartía con los que tenían poco o nada. Judas llama a estas comidas “ágapes” (la palabra griega para “amor”).
Pero estos mismos pasajes demuestran también que ya en aquellos tiempos, cuando los apóstoles todavía estaban con vida, la mentalidad carnal y egoísta de algunos participantes causaba problemas, por lo menos en algunas congregaciones. Por eso, Pablo recomienda a los corintios en el caso de que estos problemas persistiesen, sería preferible que cada uno coma en su propia casa – o por lo menos aquellos que tenían la costumbre egoísta de comer en la reunión sin compartir con los necesitados.
Parece que esta costumbre de los “ágapes” es como una flor muy delicada que puede florecer solamente en condiciones perfectamente adecuadas para su crecimiento. En la primera iglesia se cumplieron estas condiciones de pureza, santidad y amor fraternal; pero en las décadas siguientes ya comenzaron a deteriorar. Entonces no sorprende mucho que hacia el fin del primer siglo, la gran mayoría de las iglesias ya habían abandonado los “ágapes” por completo. Pero eso era una gran pérdida, porque entonces la cena del Señor comenzó a convertirse en el ritual estéril que sigue siendo hasta hoy en casi todas las iglesias.

En resumen: La iglesia del Nuevo Testamento comía juntos en las casas todos los días, y en ocasión de esta misma comida conmemoraban también la muerte y resurrección del Señor. Éstas eran reuniones familiares; no existían “ministros”, “sacerdotes” o “pastores”. Si surgía una necesidad de que alguien se responsabilice por la buena marcha de una reunión, esta responsabilidad recaía sobre los ancianos o padres de familia, según el precedente judío. Una congregación que enseña que la celebración de la cena del Señor dependa de alguna forma de ministerio sacerdotal, se ha apartado del modelo del Nuevo Testamento.
La comida compartida (ágape) no es un mandamiento explícito, pero está implícito en la forma como Jesús mismo instituyó la cena del Señor. Si una congregación lo encuentra difícil o imposible reunirse para “ágapes”, debe urgentemente examinar su vida espiritual ante Dios.