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Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 4)

30/07/2016

Estaban juntos diariamente en las casas.

“Y cada día, persistiendo unánimes en la plaza sagrada, y partiendo pan casa por casa, participaban del alimento con regocijo y sencillez de corazón …” (Hechos 2:46)

“En la plaza sagrada” se juntaban ellos para participar de la enseñanza de los apóstoles, como ya explicamos en un artículo anterior. Pero también se juntaban “casa por casa”. Este era el lugar para practicar la koinonía y la edificación espiritual mutua. La comunión en casa fue la forma que persistió cuando ya no era posible enseñar públicamente en la plaza sagrada; y fue la única forma de comunión regular fuera de Jerusalén. (De hecho, a partir del capítulo 7 de Hechos, cuando se levantó una persecución contra la iglesia en Jerusalén, ya no se menciona nada de enseñanzas en la plaza sagrada.) Recordemos una vez más que los cristianos del Nuevo Testamento nunca organizaron estructuras comparables al sistema de las sinagogas. Tampoco construyeron locales de reunión.

El libro de Hechos menciona en diversos pasajes la “casa” como el lugar donde se juntaban las iglesias: 2:2, 5:42, 8:3, 11:11-15, 12:12, 16:31-34, 16:40. En las cartas de los apóstoles leemos, entre otras, de “la iglesia en la casa de Priscila y Aquila” (1 Corintios 16:19), “la iglesia en la casa de Ninfas” (Colosenses 4:15), “la iglesia en la casa de Filemón” (Filemón 2). Gayo es llamado “hospedador mío y de toda la iglesia” (Rom.16:23). Juan dice que a un falso maestro no hay que recibir “en casa” (2 Juan 10). – No existe ningún pasaje donde esta comunión en casas se llamaría simples “células” dependientes de una “iglesia” más grande; siempre se llama “iglesia”. La comunión en casa era la forma normal de “vivir iglesia” en el Nuevo Testamento.

Ahora, este no es simplemente un asunto de “dónde reunirse”. En los idiomas bíblicos, “casa” es equivalente a “familia”. La comunión de la primera iglesia sucedía en el marco de las relaciones en familia. No eran eventos formales de una “institución”.
Podemos incluso suponer que la mayoría de las iglesias en aquel tiempo se originaron con una familia entera que se había convertido al Señor. Conversiones de familias enteras se relatan en Hechos 10:24-48, Hechos 16:31-34, 1 Corintios 16:15.
En consecuencia, en la primera iglesia estaban las familias enteras juntas. No juntaban a los niños aparte o a los jóvenes aparte; tampoco separaban a las mujeres de los varones; tampoco excluían a los esclavos. Podemos concluir esto de las cartas de los apóstoles que fueron escritas para ser leídas a todos los que estaban juntos en las casas. Estas cartas tienen pasajes que se dirigen tanto a padres y madres, esposos y esposas, siervos y amos, como también a jóvenes y niños. (Por ejemplo Efesios 5:21-6:9, Colosenses 3:18-4:1, 1 Juan 2:12-14.)

En la cultura judía de entonces, todo eso era lo más normal del mundo; porque la entera estructura de la sociedad judía se basaba en las familias. El entero pueblo de Israel se originó en la familia de Jacob. Los líderes del pueblo (los ancianos) eran los padres más sabios de las familias, linajes y tribus.
Cuando una congregación pierde esta estructura familiar y se “institucionaliza”, está perdiendo un elemento esencial del cristianismo del Nuevo Testamento. Es trágico que muchas congregaciones actuales ni siquiera saben que esta estructura familiar existía en la primera iglesia; y así tampoco están conscientes de lo que han perdido a lo largo de su historia.

Otro aspecto de la comunión en casa era que allí no podían juntarse demasiadas personas a la vez. Eso es importante para poder practicar la koinonía. Cuando el número de los presentes sobrepasa los veinte a veinticinco personas, se vuelve difícil establecer una relación personal con cada uno; y ya no puede haber oportunidad para que cada uno contribuya a la edificación mutua. Pero para que funcione la koinonía, no puede haber “miembros pasivos”. Como dice Pablo: “Cuando se reúnen, cada uno de ustedes tiene una canción, tiene una enseñanza, tiene algo que Dios le descubrió, tiene un [mensaje en un] lenguaje, tiene una interpretación …” (1 Corintios 14:26) Esta comunión no era como las reuniones de muchas congregaciones actuales donde una sola persona “dirige” o enseña, y los demás escuchan pasivamente. En la iglesia del Nuevo Testamento, todos los miembros contribuían activamente con los dones que Dios les había dado. Obviamente, esto no se puede practicar en una reunión de varios cientos de personas.

Esta koinonía en familia y entre varias familias, es esencial para el crecimiento espiritual. En particular, es importante que cada miembro aprenda a contribuir activamente a la edificación espiritual de los demás. Una congregación que convierte a sus miembros en oyentes pasivos de enseñanzas teológicas, impide su maduración en la fe. La iglesia del Nuevo Testamento anima y desafía a cada miembro a poner en práctica su fe.
También, la iglesia del Nuevo Testamento respeta y defiende la estructura de la familia. No separa a sus miembros por edades ni según otros criterios. En cambio, fortalece la unidad de los miembros de la familia entre sí: la unión matrimonial; las relaciones entre padres e hijos; la responsabilidad de los padres de educar ellos mismos a sus hijos (en vez de delegar esta tarea a agentes externos como escuelas e iglesias).

– Podemos preguntarnos por qué los primeros cristianos estaban juntos diariamente. En los capítulos posteriores de Hechos y en las cartas de los apóstoles ya no encontramos ningún testimonio acerca de la frecuencia de estar juntos, ni mucho menos una “ley” de reunirse diariamente. Pero los primeros cristianos amaban tanto al Señor, y se amaban entre ellos, que deseaban estar juntos todos los días. Cuando disminuye esta unión íntima con el Señor, también disminuye el deseo de juntarse con otros hermanos.
Entonces, una congregación no puede mejorar su vida espiritual con simplemente incrementar el número de sus reuniones. Al contrario, es una señal de pobreza espiritual cuando un líder piensa que tiene que amonestar a sus hermanos: “¡Tienen que asistir a todas las reuniones de la iglesia!” Cuando el deseo de estar juntos no fluye naturalmente desde los corazones de los hermanos, eso señala que varias cosas no están bien en su vida espiritual, o en la manera como funciona la congregación. Sería mejor entonces que cada uno (¡y más que todo los líderes!) busque al Señor y se examine a sí mismo: ¿Qué me falta para ser una “persona del Nuevo Testamento”? ¿Y qué le falta a nuestra congregación para que vuelva a ser una iglesia del Nuevo Testamento?

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Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 3)

23/07/2016

Persistían en la comunión unos con otros.

La palabra griega para “comunión” es “koinonía”, y es una palabra realmente “grande”. Entre otros, incluye los siguientes aspectos:

Una relación personal de profunda comprensión e identificación. – Entre dos cristianos verdaderos hay una profunda comprensión espiritual, porque es el mismo Espíritu Santo que vive en ambos. Pueden animarse mutuamente en su vida espiritual, y ayudarse mutuamente a comprender mejor los asuntos de Dios. Esta edificación mutua no está limitada a “reuniones religiosas”; puede suceder espontáneamente cada vez que se encuentran dos cristianos verdaderos, aunque sea en la calle, en su lugar de trabajo, o en otro lugar.
El Espíritu Santo obra también la capacidad de identificarse con las alegrías, los problemas y los sufrimientos de otros cristianos: “Y cuando un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y cuando un miembro recibe gloria, todos los miembros se alegran con él.” (1 Corintios 12:26) “Alégrense con los que se alegran, y lloren con los que lloran.” (Romanos 12:15) – Esta clase de comunión requiere transparencia y sinceridad: “Pero si andamos en la luz, como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros …” (1 Juan 1:7) Así dice también de los primeros cristianos que su comunión era en “sencillez del corazón” (Hechos 2:46). O sea, ellos se relacionaban los unos con los otros sin fingir. No pensaban una cosa y decían otra. No aparentaban ser algo que no eran.
¿Conoces las alegrías, las aspiraciones, los anhelos profundos, las dificultades personales, de los cristianos con quienes te juntas? ¿Y conocen ellos estas cosas de ti? ¿Te involucras en las vidas personales de tus hermanos cristianos para animar, edificar, orar por ellos, ayudar, aconsejar? ¿Tus hermanos cristianos se involucran de la misma manera en tu vida?
Si queremos medir la vida espiritual de una congregación, una de las pruebas más reveladoras es evaluar la calidad de las relaciones personales entre los miembros. ¿Existe esta comunión transparente y sincera, esta identificación genuina con la vida del hermano, esta edificación espiritual mutua? ¿O predominan las relaciones “institucionales”, las que existen solamente para colaborar juntos para los fines de la institución religiosa, sin que exista un amor genuino entre los “hermanos”? – En muchas congregaciones actuales, los miembros se llaman “hermanos” los unos a los otros, pero en realidad nunca tienen la misma confianza con estos “hermanos” que con sus hermanos según la carne. Son miembros de la misma institución religiosa, pero no pueden comunicarse con transparencia porque no son hermanos en el Espíritu. En este caso, el nombre de “hermano” se usa sólo por hipocresía, pero no expresa ninguna realidad; y la mayoría de los miembros de tales congregaciones muy probablemente nunca nacieron de nuevo.

Tiene su origen en una relación de la misma calidad con el Señor Jesús mismo. – Toda koinonía espiritual entre cristianos fluye de la relación personal que cada uno de ellos tiene con el Señor Jesús. Un cristiano puede amar a su hermano porque el Señor le ama a él (1 Juan 4:10-11), y porque ama al Señor que vive en el hermano. Puede consolar a su hermano porque el Señor le consoló a él (2 Corintios 1:3-6). Puede edificar a su hermano con los dones que el Señor le dio a él (1 Pedro 4:10-11).
La relación que el Señor desea tener con nosotros es tan profunda que Pablo puede escribir: “…(deseo) conocerle, y el poder de su resurrección, y la koinonía de sus sufrimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos.” (Filipenses 3:10-11). Pablo está hablando aquí no solamente de “saber” acerca de los sufrimientos de Cristo, o de “imaginarse” Sus sufrimientos. ¡Está hablando de sus propios sufrimientos por Cristo! No olvidemos que Pablo escribió esta carta desde la cárcel donde estaba preso por haber anunciado el evangelio. Así escribe también a los filipenses: “Porque a ustedes les fue dado por gracia a causa del Cristo, no solamente creer en él, sino también sufrir por él, teniendo la misma lucha como la han visto en mí …” (Filipenses 1:29-30). La identificación con Cristo puede incluir nuestro propio sufrimiento por Él. Y esta fue la identificación que existía también entre los primeros cristianos. Aquí otro ejemplo: “Saluden a Priscila y a Aquila, … que expusieron su vida por mí …” (Romanos 16:3-4).
¿Cuál es la medida de tu koinonía con Cristo y con tus hermanos cristianos?

Es compartir los dones espirituales que cada uno recibió del Señor. – Ya mencionamos que la edificación espiritual mutua es una parte importante de la koinonía. Así leemos por ejemplo en 1 Corintios 14:26, Efesios 5:18-19, Colosenses 3:16, 1 Pedro 4:10-11. Sus reuniones no consistían en escuchar pasivamente una “prédica”. Al contrario, sus reuniones se basaban en las contribuciones espirituales de todos los presentes.

Incluye también compartir la vida diaria y bienes materiales. – Volviendo a Hechos 2, leemos en el verso 46 que los primeros cristianos estaban juntos diariamente en las casas alrededor de una comida común. O sea, no tenían reuniones especiales en un lugar dedicado exclusivamente para este propósito. Estaban juntos en medio de su vida cotidiana, y compartían esta vida cotidiana los unos con los otros. Esto es también una expresión de las relaciones transparentes que los primeros cristianos tenían entre ellos. Si tengo una relación de confianza con mi hermano, no hay necesidad de esconder ante él cómo llevo mi vida diaria en mi propia casa.
En una iglesia institucionalizada que se reúne un un lugar “especial” en tiempos especiales, es demasiado fácil aparentar una espiritualidad que en realidad no existe. Los miembros nunca llegan a conocer la vida de sus hermanos tal como es en verdad. Los líderes en particular pueden esconderse detrás de una “apariencia de púlpito”. Así es demasiado fácil que un impostor, un mentiroso, un fornicario, un ladrón, un estafador, un incrédulo llegue a ocupar un puesto de liderazgo – y eso es lo que efectivamente sucede en muchas congregaciones. Una congregación que no conoce la koinonía en la vida cotidiana en las casas y familias de sus miembros (y líderes), se encontrará muy pronto muy lejos del Nuevo Testamento.

Notemos que hay una diferencia entre “tener reuniones” y “estar juntos”. De hecho, la palabra “reunión” ¡no aparece ni una sola vez en Hechos 2! Cuando hablamos de “reuniones”, ponemos el énfasis en el “evento”, o sea, algo abstracto. Pero cuando hablamos de “estar juntos”, ponemos el énfasis en las personas: “¡Quiero ir a casa de fulano para tener comunión con él!” Si queremos volver a la iglesia del Nuevo Testamento, tendremos que tener que cambiar toda esta mentalidad institucionalizada de “tener reuniones”. En su lugar, tendremos que empezar a pensar en términos de “estar juntos”.

Leemos además que “tenían en común todas las cosas, y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno.” (Hechos 2:44-45)
En las cartas de los apóstoles ya no se menciona el “tener en común todas las cosas”; eso parece haber sido una característica especial de la primera iglesia en Jerusalén. Pero en todas las iglesias se enfatizaba la ayuda mutua, la generosidad, la hospitalidad, y la ayuda a los pobres entre ellos:

“En las necesidades de los santos participen (tengan koinonía), persigan la hospitalidad.” (Romanos 12:13)
“Solamente que nos acordemos de los pobres; lo que también hice diligentemente.” (Gálatas 2:10)
“Según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.” (Gálatas 6:10)
“El que robaba, no robe más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que sufre necesidad.” (Efesios 4:28)
“Alójense los unos a los otros sin murmuraciones.” (1 Pedro 4:9)
“Pero el que tiene los bienes del mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra su corazón ante él, ¿cómo permanece el amor de Dios en él?” (1 Juan 3:17)

Esos no eran “programas de ayuda social” institucionalizados. Los primeros cristianos no eran motivados por alguna obligación humanitaria, ni por la necesidad de “desarrollo comunitario”. Su motivación era la conciencia de que todos ellos formaban una gran familia extendida. Por eso, Gálatas 6:10 habla de la “familia de la fe”. En una familia es natural que sus miembros se ayudan unos a otros en sus necesidades. Y en los tiempos antiguos, cuando las familias estaban todavía más sanas que hoy en día, esta ayuda mutua incluía a los miembros de la familia extendida (abuelos, tíos, primos, etc.). Como ya mencionamos, si los primeros cristianos se llamaban “hermanos”, eso no era solamente un “título” o una fórmula de cortesía; era una realidad. Esta realidad se expresaba también en la ayuda material para los necesitados entre ellos.
Cuando la ayuda mutua se convierte en “ayuda social” institucionalizada, se pierde este elemento relacional y familiar que era el punto fuerte de la primera iglesia. No es lo mismo si doy apoyo a mi hermano fulano que conozco personalmente, o si doy una “ofrenda” a una institución impersonal que la usa para (quizás) beneficiar a extraños que no conozco.

La calidad de la “koinonía” sincera y transparente es un indicador de cuánto o cuán poco tiene una congregación en común con la iglesia del Nuevo Testamento.

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 2)

10/07/2016

Unas notas acerca del “templo”:

Varias veces en el Nuevo Testamento dice que Jesús o los apóstoles “enseñaban en el templo”. ¡Eso no tiene nada que ver con lo que las congregaciones actuales llaman sus “templos”! En el transcurso de la historia de la iglesia, esta palabra ha llegado a significar algo muy diferente de lo que significaba en los tiempos bíblicos. Tenemos que estudiar el significado bíblico de “templo” para entender correctamente estos pasajes.
El libro de Deuteronomio contiene muchas leyes acerca de lo que los israelitas debían hacer, una vez que habían entrado a la tierra prometida. Una de esas leyes dice que Dios iba a escoger un único lugar donde debían ofrecer sus sacrificios. (Deut.12:4-7.11-14) Este lugar iba a ser el templo en Jerusalén. (Vea 1 Reyes, capítulo 8.) Este es entonces el único lugar en toda la tierra que puede legítimamente llamarse “templo de Dios”; porque Dios mismo dijo que no podía haber otro.
El templo consistía en un edificio central relativamente pequeño, y una plaza espaciosa alrededor (el “atrio”). (Para ser más exacto, el templo tal como existía en los tiempos de Jesús tenía varios atrios.) En el Nuevo Testamento, en el original griego, hay dos palabras distintas que la mayoría de las traducciones bíblicas traducen indistintamente como “templo”; pero en realidad tienen significados ligeramente distintos:

“Naós” significa la “casa” misma del templo, el edificio central. Esta casa contenía el “lugar santo” y el “lugar santísimo”, donde se encontraban diversos objetos simbólicos como el candelero de oro, los panes expuestos, el altar de incienso, y (en el lugar santísimo) el arca del pacto. (Vea Éxodo 40 acerca del tabernáculo en el desierto; el mismo diseño se repitió posteriormente en el templo.)
El “naós” no era entonces ningún lugar de reunión. Su único propósito era que allí los sacerdotes sirvieran a Dios, manteniendo los panes espuestos y las luces del candelero de oro que se encontraban allí (Lev.24:1-9), y ofreciendo sacrificios de incienso (Éxodo 40:26-27). En consecuencia, ninguna persona común podía entrar al “naós”, solamente los sacerdotes de turno.

“Hierón” se deriva de “hierós” (sagrado), entonces significa literalmente “santuario” o “lugar sagrado”. En el Nuevo Testamento, esta palabra describe el área entera del templo, y particularmente los atrios. Entonces se causan malentendidos si traducimos “hierón” con “templo”. Recibimos una impresión más correcta si traducimos “hierón” con “plaza sagrada”.
Tres veces al año, todo el pueblo de Israel tenía que viajar a Jerusalén para las grandes fiestas de Dios (Levítico cap.23). En esos días, la plaza sagrada se llenaba de gente y de animales para los sacrificios, que llegaban de todas las partes del país. – Durante todo el año, la plaza sagrada servía también como lugar de oración; y además como plaza de mercado.

Durante muchos siglos de su historia, el pueblo de Israel no conocía reuniones locales de enseñanza o de lectura bíblica como lo tienen la mayoría de las congregaciones cristianas actuales. Sus actividades religiosas (oración, lectura bíblica, sacrificios, etc.) se concentraban en dos lugares: En el ambiente privado de su propia familia y hogar, y en la plaza sagrada de Jerusalén al aire libre.
Solamente después de que regresaron de la cautividad babilónica, comenzaron a surgir las sinagogas como locales de reunión, y los rabinos que enseñaban allí. Esta es la institución que más se asemeja a las congregaciones cristianas de la actualidad con sus “pastores”. Pero tenemos que notar que las sinagogas y los rabinos no fueron instituidos por Dios, y no se mencionan en ninguna parte del Antiguo Testamento. Son un invento humano que no estaba provisto por la palabra de Dios.

Cuando la Biblia dice que Jesús o los apóstoles “enseñaban en el templo”, siempre usa la palabra “hierón” (plaza sagrada o “atrio”). Ellos nunca entraron al “naós”, puesto que no eran sacerdotes levíticos.
Esto sucedía solamente en Jerusalén, porque como ya mencionamos, no podía existir un “templo de Dios” en ningún otro lugar. Este templo no era ningún edificio cristiano. Era un edificio judío, y los primeros cristianos se reunían y enseñaban allí porque todos ellos eran judíos. Pero la mayoría de los judíos no seguían a Jesús. Entonces, la mayoría de las personas que se encontraban allí en la plaza sagrada, no eran cristianos. Lo que los apóstoles hacían allí, no se puede comparar con los “cultos” o “servicios” de las congregaciones actuales. Era más comparable con lo que hoy llamaríamos “evangelización al aire libre”.

Además tenemos que entender que el templo pertenecía al orden del Antiguo Testamento. En el año 70, unos cuarenta años después de la muerte y resurrección de Jesús, los romanos destruyeron el templo completamente. Eso fue una señal clara de Dios, de que el tiempo del Antiguo Testamento había pasado. El templo no volvió a edificarse hasta hoy.
Los primeros cristianos tampoco construyeron “templos” ni “sinagogas”. Afuera de Jerusalén, ellos se reunían siempre en sus propias casas, o (mientras no estaban perseguidos) en lugares públicos. Todavía al inicio del siglo 3, un apologista cristiano escribe: “No tenemos templos ni altares.” (Minucio Félix, “Octavio”, capítulo 32)

En resumen: La “enseñanza de los apóstoles” sucedía públicamente, al aire libre, accesible para todos; y no en reuniones formales. – Además existían las reuniones en casa, de las que hablaremos en otra oportunidad.