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Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 1)

29/06/2016

Hemos visto qué clase de personas integraban la primera iglesia: Personas nacidas de nuevo por el Espíritu Santo, que habían experimentado una profunda convicción de su pecado, se habían arrepentido y convertido a Jesucristo, habían enterrado a su “hombre viejo” en el bautismo y habían recibido por fe al Espíritu Santo, y así se habían convertido en “hombres nuevos”.

Ahora veamos qué clase de vida y comunión cristiana produjo la asamblea de tales personas.

“Y persistían en la enseñanza de los apóstoles y en la comunión y en el partir del pan y en las oraciones. Y vino temor sobre toda alma, y muchos milagros y señales sucedían por los apóstoles. Y todos los que confiaban estaban juntos y tenían todo en común, y vendían sus posesiones y pertenencias y las repartían a todos según alguien tenía necesidad. Y cada día persistían unánimes en la plaza sagrada y partían pan casa por casa, y participaban del alimento con regocijo y sencillez de corazón; alababan a Dios y tenían el favor de todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la asamblea a los que fueron salvos.” (Hechos 2:42-47)

Tengamos presente que todo esto fluía de manera natural desde la nueva vida en Cristo que los miembros de la primera iglesia habían recibido. Entonces, si deseamos “volver a lo que era en el principio”, no ayudaría mucho si intentáramos hacer todo igual como lo hacían los primeros cristianos. Ellos no seguían un recetario con instrucciones de cómo vivir la comunión cristiana. Ellos vivían según lo que el Espíritu Santo hacía crecer en ellos. Que sea entonces nuestra meta, alcanzar personalmente la misma vida espiritual como ellos. Eso producirá por sí mismo una comunión cristiana similar a aquella de los primeros cristianos.

Por el otro lado, sí podemos usar la descripción en Hechos 2 como una medida de evaluación: ¿Cuán cerca, o cuán lejos, estamos de la vida de los primeros cristianos? – Ese o aquel grupo que se llama “iglesia cristiana”, ¿cuánto (o cuán poco) tiene en común con el primer modelo de la iglesia en el Nuevo Testamento? “Por sus frutos los conoceréis.”

Persistían en la enseñanza de los apóstoles.

Esto significa primeramente, que recibían enseñanza de los apóstoles con mucha frecuencia. (Según el verso 46, puede haber sido diariamente.) Seguramente los nuevos cristianos anhelaban enterarse de todo lo que Jesús había dicho y hecho. Pero todavía no existía ningún libro escrito acerca de eso. Por eso era muy importante escucharlo de la boca de los apóstoles y otros discípulos que habían estado con Jesús.
– Se sobreentiende que los apóstoles no inventaron sus propias enseñanzas. Jesús los había comisionado personalmente y les había encargado: “… enséñenles a guardar todas las cosas que yo les he mandado…” (Mateo 28:20) – También el Espíritu Santo les iba a enseñar conforme a lo que Jesús les había hablado: “Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él les enseñará todas las cosas, y les recordará todo lo que les he dicho.” (Juan 14:26) – “… él dará testimonio de mí.” (Juan 15:26) – Entonces, los apóstoles dieron testimonio de lo que Jesús les había enseñado, y de lo que el Espíritu Santo seguía enseñándoles. No inventaron “prédicas” según sus propios antojos.

Pero cuando dice que los primeros cristianos “persistían en la enseñanza”, eso significa también: Ellos la ponían en práctica; y no se apartaron de ella ni la alteraron.

Posteriormente, los apóstoles (o sus ayudantes) escribieron sus enseñanzas, guiados por el Espíritu Santo. Estos son los libros que tenemos en nuestro Nuevo Testamento. Es por medio del Nuevo Testamento que la iglesia de todos los tiempos puede acceder a la enseñanza de los apóstoles aun hoy en día, muchos siglos después.

Aquí tenemos un criterio importante para distinguir la iglesia del Nuevo Testamento: La iglesia del Nuevo Testamento se fundamenta sobre la enseñanza de los apóstoles, tal como la encontramos en los escritos del Nuevo Testamento. Esta enseñanza tiene mayor importancia y autoridad que las palabras o enseñanzas de cualquier cristiano o líder contemporáneo. Donde se imponen las enseñanzas y prácticas de una tradición eclesiástica particular, o las enseñanzas y prácticas de algún líder, por encima de las enseñanzas originales de los apóstoles, allí no está la iglesia del Nuevo Testamento. Una congregación que con sus palabras o sus hechos invalida lo que enseña el Nuevo Testamento, no es iglesia del Nuevo Testamento.

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Señales del nuevo nacimiento

16/06/2016

Hemos visto que la primera iglesia consistía en personas que habían cambiado sus vidas de manera radical, que nacieron de nuevo por el Espíritu Santo, y pusieron sus vidas bajo la autoridad de Jesucristo como Señor y Rey. Veremos algunas señales que caracterizan a las personas nacidas de nuevo:

El testimonio interno del Espíritu Santo, de ser hijo de Dios. – “Porque todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. Porque ustedes no recibieron un espíritu de esclavitud para tener miedo otra vez, sino que recibieron un espíritu de adopción, por el cual llamamos: “¡Abba, oh Padre!” El Espíritu mismo testifica junto con nuestro espíritu que somos niños/hijos de Dios.” (Romanos 8:14-17)
“Porque ustedes todos son hijos de Dios por medio de la fe en el Cristo Jesús. Porque todos los que fueron bautizados en el Cristo, fueron vestidos del Cristo. (…) Y porque son hijos, Dios comisionó y envió al Espíritu de su Hijo en sus corazones, el que grita: ‘¡Abba, oh Padre!’ ” (Gálatas 3:26-27, 4:6)

El que ha nacido de nuevo, tiene dentro de sí esta confianza como de un niño: “Dios es mi Padre. El me ha adoptado y recibido como Su hijo.”
No es fácil describir en qué exactamente consiste este “testimonio del Espíritu Santo”. No es (normalmente) una experiencia extraordinaria como una visión o una voz del cielo. (Tales experiencias aun pueden ser falsificaciones desde el mundo espiritual maligno, para dar una falsa seguridad a alguien que no ha nacido de nuevo.) Pero tampoco es un producto de la mente propia o de la imaginación propia. No es como en algunos lugares dicen a los nuevos convertidos: “Ahora simplemente tienes que creer que eres un hijo de Dios.” – No, el testimonio del Espíritu Santo es una seguridad interior que Dios mismo coloca dentro de Sus hijos. El que tiene este testimonio dentro de sí, sabe que esto viene de Dios, no de su propia mente. El que lo ha experimentado, sabe de qué estoy hablando.

“Hambre y sed” de las cosas de Dios. – Pedro escribe: “… Como bebés recién nacidos, anhelen la leche lógica (o: de la palabra), no adulterada, para que por medio de ella crezcan hacia la salvación, si es que saborearon que el Señor es bondadoso.” (1 Pedro 2:2-3)
Para un bebé nacido de nuevo, es lo más natural clamar por leche. A un bebé no hay que persuadirlo ni obligarlo a tomar leche; lo hace por sí mismo. Excepto si tiene una enfermedad grave. De la misma manera, para un cristiano nacido de nuevo es lo más natural, clamar por Dios. El contexto de la cita arriba habla principalmente acerca de la palabra de Dios (vea 1:23-25). El que ha nacido de nuevo, tiene un deseo natural de escuchar y leer lo que Dios le dice.
Podemos entender con “leche” también algunas otras cosas: la comunión con Dios en la oración; la comunión con otros cristianos; y todo lo que podemos hacer para servir a Dios. Un cristiano nacido de nuevo tendrá un deseo natural por estas cosas.
En muchas congregaciones que se llaman “cristianas”, observé que sus miembros no tenían muy  poco deseo de leer la Biblia por sí mismos. En algunas congregaciones, a sus líderes les pareció necesario controlar la asistencia de los miembros a las reuniones; y les imponían el “deber” de asistir a todas las reuniones. Estas son señales de que los miembros en su mayoría no han nacido de nuevo (y probablemente los líderes tampoco). Son como bebés que no tienen ningún deseo de tomar leche.
A ninguna madre se le ocurriría en este caso, obligar a su bebé con amenazas o con golpes a que tome leche. En cambio, lo examinará o lo llevará al médico, para descubrir cuál es la causa de su falta de apetito, y para curar su enfermedad. De la misma manera, si un supuesto cristiano no tiene hambre y sed espiritual, hay que examinar en qué estado se encuentra su relación con Dios. Probablemente se descubrirá que nunca ha nacido de nuevo, y por tanto no es ningún cristiano en el sentido del Nuevo Testamento. O quizás nació de nuevo, pero sufre de alguna enfermedad espiritual grave – por ejemplo que no quiere obedecer a Dios en algún asunto importante, y por tanto no tiene ninguna relación de confianza con Él.

Amor a los hermanos cristianos. – En la primera carta de Pedro leemos en el mismo contexto, unos cuantos versículos antes: “Ya que ustedes han purificado sus almas por la obediencia de la verdad, por el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, de corazones limpios ámense unos a otros intensamente, ya que nacieron de nuevo …” (1 Pedro 1:22-23)
Notemos el orden de las cosas: Pedro no dice: “Para ser purificados (resp. para nacer de nuevo), tienen que amarse unos a otros.” – Mas bien dice: “Puesto que ustedes ya son purificados y nacieron de nuevo, ámense ahora unos a otros con el amor fraternal no fingido que Dios ya les ha dado.” El amor fraternal y el corazón puro no son cosas que un cristiano tuviera que buscar con muchos esfuerzos pesados. Son cosas que Dios ya puso dentro de él con el nuevo nacimiento. Entonces, si uno encuentra estas cosas dentro de sí, puede concluir con bastante seguridad que ha nacido de nuevo – y si no, tiene que suponer que no ha nacido de nuevo.

Dos puntos me parecen importantes aquí:

– El amor fraternal es sin fingir. Entonces no se refiere a las sonrisas y los abrazos después de una reunión. El amor no fingido actúa para el bien de su hermano, sin intenciones ocultas y sin preocuparse por lo que los demás pueden ver o pensar. Un corazón puro no aparenta algo que no es; es abierto y transparente. Esto se expresa no siempre en “amabilidad”. El amor no fingido puede también de vez en cuando decir: “Mi hermano, ¡estás muy mal en esto!” – si es para su bien decirlo.

– El amor fraternal cristiano no es lo mismo como el amor al prójimo en general. El amor fraternal cristiano se basa en un “parentesco espiritual”: el Espíritu Santo que vive en mí, corresponde al Espíritu Santo que vive en mi hermano.
Charles Finney ha descrito muy bien esta distinción en sus “Exposiciones sobre avivamiento”:

“Dios ama a todos los hombres con amor benevolente, pero El no siente un amor agradable hacia aquellos que no están viviendo vidas santas. Los cristianos de la misma manera no podemos mostrar un amor agradable unos a otros si no en proporción a nuestra santidad. Si el amor cristiano es el amor por la imagen de Cristo en su gente, entonces nunca puede estar activo excepto donde esa imagen exista. Una persona debe reflejar la imagen de Cristo y mostrar el Espíritu de Cristo, antes que otros cristianos podamos amarlo con un amor deleitoso.
Es en vano pedir a los cristianos que nos gocemos el uno en el otro cuando no somos espirituales. No encontramos nada en el otro que produzca este amor. ¿Cómo podríamos (en este estado) sentir algo diferente hacia el otro de lo que sentimos por los pecadores? Por saber que ellos pertenecen a la iglesia (…) no se producirá amor cristiano – a menos que veamos en ellos la imagen de Cristo.”

En algunas congregaciones se reprocha a los cristianos su “falta de amor” cuando desaprueban los pecados de los otros miembros (o de los líderes). Pero esta situación podría, al contrario, ser una indicación de que los otros miembros no nacieron de nuevo. Un cristiano no puede sentir amor fraternal por alguien que vive en pecado y no se arrepiente.

El que ha nacido de nuevo, no vive en pecado.

“Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la semilla de Dios permanece en El; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.” (1 Juan 3:6-9)

Algunos de los que se llaman cristianos, no quieren creer que esto está escrito en la Biblia. Se han acostumbrado a decir: “Todos somos pecadores.” ¡En realidad no existe ningún pasaje del Nuevo Testamento donde los cristianos son llamados “pecadores”! Los cristianos verdaderos son “creyentes”, “justos”, “santos”.

Quizás sea necesario aclarar un posible malentendido acerca de 1 Juan 3:9. Si Juan dice “…no puede pecar”, él no quiere decir que un cristiano no podría nunca más cometer un pecado. El sabía bien que aun los cristianos cometen de vez en cuando un pecado. Por eso escribe un poco antes: “Y si alguien hubiera pecado, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesús el Cristo, el justo” (1 Juan 2:1). Pero para que a nadie se le ocurra pensar que esto es lo normal, él escribe en el mismo versículo: “Hijitos míos, estas cosas les escribo para que no pequen.
O sea, el caso normal es que el cristiano no peca. En el verso 9, en el original griego, el verbo está en la forma del presente continuo, que se traduciría más literalmente: “…no puede pecar continuamente”, o: “…no puede vivir en pecado”. De vez en cuando sucede que un cristiano comete un pecado. Pero entonces su conciencia reacciona, y el cristiano se arrepiente de su pecado, lo confiesa y lo arregla ante Dios y ante los hombres afectados. Si alguien puede pecar y no le importa mucho; o si alguien no está dispuesto a renunciar a algún pecado en particular; o si alguien peca aun estando consciente de que es pecado – éste no es cristiano, según las palabras del apóstol Juan.

Pablo escribe algo parecido:

“¿O no saben ustedes que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se engañen: Ni fornicarios, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni los que se acuestan con hombres, ni ladrones, ni codiciosos, ni borrachos, ni groseros, ni asaltantes heredarán el reino de Dios. Y algunos eran tales. Pero fueron lavados, fueron santificados, fueron justificados en el nombre del Señor Jesús y en el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Corintios 6:9-11)

En la vida de un cristiano hay claramente un “antes” y un “después”. Algunos de los corintios eran “antes” pecadores obvios de una de las categorías mencionadas. Pero el verbo está en el tiempo pasado (“eran”). Esto significa que ahora ya no lo son. Fueron liberados del pecado. Si alguien no experimentó este “antes” y “después” en su vida, no es un cristiano según las palabras del apóstol Pablo.

Para un cristiano verdadero, este mensaje no es “perfeccionismo” ni una “carga pesada”. Al contrario, es un mensaje de liberación: En Cristo, ¡es posible ser libre del pecado! ¡Cristo es “poderoso para guardarles sin caída” (Judas 24)!

La iglesia del Nuevo Testamento consiste en personas nacidas de nuevo por el Espíritu Santo, que muestran las señales arriba mencionadas:
– Tienen dentro de sí el testimonio del Espíritu Santo, de que son hijos de Dios.
– Tienen hambre y sed de las cosas de Dios.
– Tienen amor fraternal por sus hermanos que nacieron de nuevo igual que ellos.
– No viven en pecado.
En cada congregación que se ha apartado de los patrones del Nuevo Testamento, éste es el primer punto que debe arreglarse: Sus miembros (y líderes) necesitan nacer de nuevo. Mientras no suceda esto, no tiene sentido hablar de actividades, o de estructuras de liderazgo, o de la forma de reunirse, etc. Para ser iglesia del Nuevo Testamento, ¡primero tenemos que ser “personas del Nuevo Testamento”!

El gran comienzo de la iglesia (Hechos 2)

07/06/2016

(Pedro dijo): ‘… Entonces sepa todo el pueblo de Israel con seguridad que Dios lo hizo Señor y Ungido, a este Jesús al que ustedes crucificaron.’
Al escucharlo, sus corazones fueron traspasados con dolor, y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ‘¿Qué haremos, varones hermanos?’
Y Pedro les dijo: ‘Cambien vuestra mente radicalmente, y cada uno de ustedes se haga bautizar en el nombre de Jesús el Cristo para el perdón de los pecados, y recibirán el regalo del Santo Espíritu. Porque para ustedes es la promesa y para vuestros hijos/niños y para todos los que están lejos, a cuantos el Señor nuestro Dios hará venir a él.’ Y con otras muchas palabras adicionales testificaba solemnemente y los animaba: ‘Déjense salvar de esta generación torcida.’ Entonces ellos aceptaron con gusto su palabra y se hicieron bautizar; y en aquel día Dios añadió alrededor de tres mil almas.”
(Hechos 2:36-41)

Veremos algunas características de la primera iglesia, como aparecen en este pasaje.

La iglesia del Nuevo Testamento consiste en cristianos nacidos de nuevo.

Esta es la característica que distingue a la iglesia del Nuevo Testamento de todas las organizaciones, instituciones y agrupaciones de este mundo. Observemos bien cómo obró Dios para juntar a la primera iglesia:

Primero, envió al Espíritu Santo sobre los ciento veinte discípulos reunidos. (Hechos 2:1-6.) Esto sucedió con señales visibles y audibles, de manera que la gente de Jerusalén fue obligada a reconocer que se trataba de una obra de Dios.

Después, a raíz de las explicaciones y anuncios de Pedro, muchas personas presentes fueron convencidos de su pecado y de su necesidad de salvación: “Al escucharlo, sus corazones fueron traspasados con dolor, y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué haremos, varones hermanos?” (Hechos 2:37) – En este momento, el Espíritu Santo estaba haciendo Su obra en los oyentes, como prometió Jesús en Juan 16:8: “Y cuando él (el Espíritu Santo) venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio …”
¿En qué exactamente consiste la convicción del pecado? – Jesús sigue diciendo: “De pecado, porque no creen en mí.” (Juan 16:9) – “Creer en Jesús” es mucho más que solamente creer que Él alguna vez vivió y murió por nosotros. Es mucho más que solamente estar intelectualmente de acuerdo con que Jesús es el Hijo de Dios. En el día de Pentecostés, Pedro (dirigido por el Espíritu Santo) confrontó a sus oyentes con dos puntos específicos:

1. “A éste (Jesús) tomaron ustedes por mano de los que viven sin ley, y lo eliminaron clavándolo en la cruz.” (Hechos 2:23)

2. “Entonces sepa todo el pueblo de Israel con seguridad que Dios lo hizo Señor y Cristo, a este Jesús al que ustedes crucificaron.” (Hechos 2:36)

Entonces, primero, el Espíritu Santo responsabilizó a los presentes de la muerte de Jesús. Eso era una acusación bastante escandalosa, porque éstas no eran las mismas personas como las que habían gritado con los sacerdotes: “¡Crucifícale, crucifícale!”. Al contrario, tenemos que suponer que entre los tres mil de Pentecostés había muchos que antes ya habían seguido a Jesús y habían escuchado sus palabras. (Nos recordamos que en una oportunidad Jesús alimentó a cinco mil personas, que todas habían venido para escucharle.) Éstos no eran los seguidores de los escribas y sacerdotes. Entonces, pensando de manera humana, muchos de ellos hubieran tenido razón de protestar: “¡Pero yo no estuve de acuerdo con que le crucifiquen!”
Sin embargo, la palabra “traspasó sus corazones”. Dios les mostró que en cierto sentido, todos ellos sí eran culpables de la muerte de Jesús. Jesús había muerto por los pecados de todo el mundo, los tuyos y los míos. Entonces, si tú y yo no hubiéramos pecado, Jesús no hubiera tenido que morir.
La convicción del pecado que obra el Espíritu Santo, cala mucho más hondo que una ocasional “mala conciencia” por haber dicho una mentira, o por haber tratado mal a alguien. El Espíritu Santo te hace ver que cada uno de estos “pecados pequeños” te hace culpable de la muerte de Jesús.

¿Hubo un momento en que esta convicción terrible llegó a tu vida? ¿El Señor ya te abrió los ojos para que veas la conexión entre tu pecado y la muerte de Jesús?

El punto 2 está relacionado con la resurrección de Jesús. (Vea los versos anteriores, Hechos 2:30-35). Pero no lo hace a manera de un consuelo superficial: “Gracias a Dios, ahora todo está bien otra vez.” Al contrario, la resurrección de Jesús revela otra verdad tremenda y espantosa para los oyentes: Ahora está demostrado que Jesús es efectivamente el Señor, el Mesías prometido, el Rey del universo. No fue un inocente cualquiera que estaba colgado en la cruz; fue el Rey y Señor al que todos debemos lealtad y obediencia. No solamente hemos hecho caso omiso a Su gobierno; ¡le hemos traicionado y matado!

No extraña entonces que los oyentes de Pedro estaban atormentados hasta lo más profundo de sus corazones. Eso no era asunto de una “pequeña decisión” de unirse a un grupo religioso, o de “decir una oración de entrega”. Estas tres mil personas se vieron en ese momento ante el trono de la suprema Majestad, acusados de alta traición. Quizás no se nota al leer el texto superficialmente, pero su pregunta “¿Qué haremos?” fue una expresión de extrema desesperación: Estamos perdidos eternamente. ¿Existe todavía alguna posibilidad de escapar de esta situación, de encontrar gracia ante Dios?

¿Alguna vez recibiste una impresión de este poder y majestad del Señor? ¿Estás realmente consciente de lo que significa que Él es EL SEÑOR?

Vemos entonces que la práctica y experiencia de muchas iglesias actuales está muy lejos del Nuevo Testamento. Se incentiva a pecadores a que “repitan una oración de entrega”, cuando todavía no han experimentado ninguna convicción por el Espíritu Santo, ni están realmente arrepentidos de sus pecados. En su afán por ganar más miembros, los predicadores no tienen la paciencia de dejar que el Espíritu Santo haga Su obra en una persona (lo que puede durar días, semanas, o incluso meses). Así se llenan las congregaciones de falsos hermanos que se llaman “cristianos”, pero nunca nacieron de nuevo.
Si una persona fue realmente convencida de su pecado por el Espíritu Santo, nadie tiene que decirle “Ven adelante” o “Repite esta oración conmigo”. Por la obra del Espíritu Santo, esta persona ya se ve expuesta ante el trono de Dios. Esta persona exclamará por sí misma: “¿Qué tengo que hacer para ser salvo?”

Ahora podemos entender mejor el gran peso de la siguiente palabra de Pedro: “¡Arrepiéntanse!” (Hechos 2:38) O, con el significado más literal de la palabra: “¡Cambien vuestra mente de manera radical!” El arrepentimiento bíblico es un cambio completo de la manera de vivir, actuar y pensar. El “hombre natural” que no ha llegado al arrepentimiento, es un ciudadano de este mundo. Sirve a este mundo, a sí mismo, y al diablo. “Arrepentirse” significa cambiar de ciudadanía, no solo de manera simbólica, sino de una manera muy real. Significa hacerse ciudadano del reino de Dios y convertirse en siervo del Rey, estando completamente bajo Sus órdenes. Como dijo Jesús: “Si alguno quiere venir detrás de mí, renuncie a sí mismo, tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la encontrará.” (Mateo 16:24-25) – O como lo expresó Pablo: “Por él (Jesús) el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.” (Gálatas 6:14) – A menor precio no se consigue la entrada al reino de Dios.

Para hacerlo aun más claro: El arrepentimiento bíblico no tiene que ver con ritos religiosos, ni con servicios de adoración, ni con la membresía en una institución que se hace llamar “iglesia”. Arrepentimiento bíblico significa colocar mi vida entera bajo el señorío de Cristo. Renuncio a mi manera de vivir, y comienzo a vivir como Cristo me manda. Renuncio a mi manera de llevar adelante mi hogar, y lo hago como Cristo me manda. Renuncio a mi manera de educar a mis hijos, y los educo como Cristo me manda. Renuncio a mi manera de trabajar y de hacer negocios, y lo hago como Cristo me manda. Renuncio a mis amigos y mi manera de tratarlos, y dejo que el Señor decida con quiénes juntarme y cómo tratarlos. Renuncio a mi manera de pasar el tiempo libre, y lo hago como Cristo me manda. Renuncio a mi confianza en los medios de este mundo para sustentar mi vida, y pongo mi confianza enteramente en Dios como mi Proveedor. Renuncio también a mis ideas de lo que es “iglesia”, y me someto a las órdenes del Señor en cuanto a la comunión entre Sus seguidores.

Todo esto y mucho más está incluido en la simple palabra: “¡Arrepiéntanse!”

La primera iglesia consistía en personas que habían cambiado sus vidas de esta manera radical.