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Pedro como columna de la iglesia (2)

24/03/2016

En la reflexión anterior acerca de Mateo 16:16-19 hemos visto algunos puntos en la vida de Pedro que lo calificaron para ser más adelante una de las “columnas de la iglesia” (Gálatas 2:9): Una profunda convicción de su propia pecaminosidad, y en consecuencia una conversión a Cristo, y una renuncia radical a todo lo que estaba asociado con su vida antigua.

La convicción del pecado debe llevar al arrepentimiento, la conversión, y la fe que salva. Todo esto son aspectos de lo que el Nuevo Testamento llama “nacer de nuevo”. Cuando una persona nace de nuevo, Jesús vive en esta persona por Su Espíritu Santo. (Vea Gálatas 2:20, Efesios 3:16-17) Este nuevo nacimiento y esta salvación es posible gracias a que Jesús derramó Su sangre para redimirnos.
Con esto ya debería ser claro que no era posible “nacer de nuevo” en el sentido del Nuevo Testamento, antes que Jesús hubiera muerto y resucitado. Así también Pedro se había dado cuenta de que era un pecador; pero todavía no había experimentado esta transformación radical que es el nuevo nacimiento. Mientras él caminaba con Jesús en la tierra, él actuaba todavía en sus fuerzas humanas que no pueden cumplir la justicia de Dios. (Vea Romanos 8:3-8.) Por eso pudo en un momento ser sensible a la revelación de Dios, pero en el siguiente momento seguir los razonamientos de satanás. (Mateo 16:16-23). Por eso pudo en un momento juntar toda su fe y valentía para caminar sobre el agua, pero en el siguiente momento dudar y hundirse. (Mateo 14:28-31). Por eso pudo en un momento prometer a Jesús que iba a ir hasta la muerte con él, pero en el siguiente momento negarle tres veces.
Es muy significativo lo que Jesús le dijo cuando anunció de antemano la negación de Pedro: “…y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.” (Lucas 22:32) – La palabra que la versión Reina-Valera traduce como “vuelto”, es la misma que significa “convertirse”. Una mejor traducción sería: “…y tú, una vez convertido, afirma a tus hermanos.”
Antes de poder convertirse de verdad, Pedro tuvo que experimentar que él en su debilidad pudo incluso negar a su Señor. Toda su confianza en su propia “fe” tuvo que venirse abajo. Su verdadera conversión comenzó cuando Jesús, resucitado, le dio una nueva oportunidad de decir “Te amo”. (Juan 21:15-19) Y su nuevo nacimiento se completó recién en el día de Pentecostés cuando vino el Espíritu Santo.

Antes de Pentecostés, los apóstoles (inclusive Pedro) estaban temerosos y tímidos. Se reunían tras puertas cerradas por miedo a los enemigos de Jesús (Juan 20:19). Pero cuando vino el Espíritu Santo sobre ellos, hablaron en público con toda valentía. Y este fue el efecto del discurso de Pedro:
“Al escucharlo, sus corazones fueron traspasados [con dolor], y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ‘¿Qué haremos, varones hermanos?’ ” (Hechos 2:37)

En este momento se cumplieron las palabras del Señor: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (Mateo 16:19 – note que poco después, Jesús dio esta misma promesa a todos Sus discípulos, Mateo 18:18.) – Pedro usó las “llaves” que el Señor le había dado, para abrir el reino de los cielos ante sus oyentes; y tres mil de ellos, respondiendo con arrepentimiento y fe, entraron. (Hechos 2:38-41). Y este fue el comienzo de la primera iglesia.

Aquí se repite en sus oyentes la misma experiencia que Pedro había hecho antes: La convicción del pecado, el quebrantamiento ante Dios, la conciencia de que no hay manera de salvarse por medios humanos. Y después del arrepentimiento, la experiencia de la gracia maravillosa del Señor, y el nuevo nacimiento por el Espíritu Santo. Es por eso que Pedro está entre las “columnas” de la iglesia. Él personifica de manera ejemplar el camino que Dios sigue con cada persona que Él elige, llama y salva. Él pudo guiar a los nuevos discípulos por este camino, porque él mismo lo había recorrido antes. Pedro no representa una institución, ni una posición jerárquica. Pedro testifica del Salvador y del camino de la salvación. Cada uno de nosotros necesita “morir con Cristo” y “resucitar con Cristo” (Romanos 6:4-8, vea también 1 Pedro 1:3. 23). Allí es donde tenemos que buscar el fundamento de la iglesia.

Con esto ya hemos llegado al umbral de la historia de la iglesia primitiva, que examinaremos en unas reflexiones posteriores. Solamente deseo añadir un comentario adicional a Mateo 16:

Con toda esta preocupación por Pedro podríamos olvidar fácilmente que él no es el personaje principal de este pasaje. La conversación comenzó con la pregunta de Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que SOY YO?” (v.15) – La intención de Jesús no era hablar de quién era Pedro, sino de QUIÉN ERA ÉL MISMO. Y así no debemos pasar por alto que también en el versículo 18, Jesús dice: “(YO) edificaré MI iglesia”. La iglesia no es de Pedro; la iglesia es de Jesucristo y de nadie más. Así también dice Pablo acerca de la edificación de la iglesia: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.” (1 Cor.3:11) Y el mismo Pedro, en sus cartas, no pretende ser dueño ni fundamento de la iglesia. Al contrario, él aclara que Jesús es la “piedra principal” de la iglesia: “Acercándoos a él (se refiere a “el Señor” en el verso anterior), piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.” (1 Pedro 2:4-5)
– Entonces ningún hombre puede atribuirse algún derecho de propiedad sobre la iglesia, ni siquiera sobre el más humilde de sus miembros. Todo en la iglesia debe señalar hacia Cristo, no hacia algún hombre. Una iglesia que tiene por “cabeza” a alguien más que Jesucristo, o que enseña a sus miembros a rendir cuentas a algún líder antes que a Cristo, no es la iglesia del Nuevo Testamento.

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Pedro como columna de la iglesia (Mateo 16)

16/03/2016

“Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.”
(Mateo 16:16-19)

Este es otro de los muy pocos pasajes del Nuevo Testamento donde la palabra “iglesia” aparece en las propias palabras de Jesús. En las reflexiones anteriores hemos visto que el Señor Jesús describe la iglesia como la reunión de hermanos en consenso, sin distinciones jerárquicas ni clericalismo. Ante este concepto de la iglesia como una hermandad sencilla, resulta bastante obvio que este pasaje favorito de los apologistas romanistas, Mateo 16:18-19, no puede ser interpretado a favor de un papado. Una tal interpretación estaría contraria a todas las demás palabras del Señor. Estaría también contraria a las palabras del mismo Pedro, quien escribió que la “piedra fundamental” de la iglesia es el Señor mismo (1 Pedro 2:4-8), y quien se identificó a sí mismo como un simple “anciano con los otros ancianos” (1 Pedro 5:1).
Entonces, en Mateo 16:18-19 se trata mas bien de una promesa del Señor a Pedro personalmente, y se refiere a la “edificación” inicial de la iglesia en el tiempo apostólico.

Este fue también el consenso de la iglesia antigua durante los primeros cuatro siglos. Los “padres de la iglesia”, sobre cuyos escritos se fundamenta supuestamente la “tradición” católica romana, diferían entre sí en su interpretación de Mateo 16:18-19; pero en un punto estaban unánimes: Este pasaje no tiene nada que ver con algún supuesto “sucesor” de Pedro. Citaré a un autor que investigó más sobre este tema:

“En los primeros dos siglos, este pasaje (Mat.16:18-19) fue citado muy pocas veces. (…) Solamente a inicios del tercer siglo, un obispo no identificado – posiblemente Calisto de Roma – se apoyó sobre este pasaje. (…) Tertuliano reprendió la presunción del obispo: (…) ‘¿Cómo te atreves a negar y torcer la intención obvia del Señor? – quien encargó esto solamente a Pedro personalmente. ‘Sobre ti’, dice, ‘edificaré mi iglesia’, y ‘a ti te daré las llaves’, no a la iglesia; y ‘lo que tú atares y desatares’, no lo que ellos ataren y desataren.’ (…) Agustín dejó que sus lectores decidan por sí mismos si la ‘roca’ se refiere a Pedro o a Jesús mismo. Jerónimo opina que la roca se refiere a Cristo, puesto que ‘Pedro’ significa ‘piedra’: ‘Verdaderamente fundamentada sobre la roca firme, que es Cristo.’ *
En resumen, de los 77 padres de la iglesia que escribieron acerca de este pasaje, 17 piensan que la roca significa Pedro; 44 piensan que se refiere a la fe de Pedro; y 16 piensan que Jesús se refirió a sí mismo. Pero ninguno de ellos aplicó este pasaje a los obispos de Roma como supuestos sucesores de Pedro. (…) León I (440-461) fue el primer obispo romano que defendió consecuentemente la idea del papado, y fundamentó el primado romano con Mateo 16:18. (…)”
(P.H.Uhlmann, “Las doctrinas de Roma a la luz de la Biblia”.)

* (En el griego original, el nombre “Pedro” es “Petros”; pero la palabra para “roca” es “petra”. Por tanto no existe ninguna identidad, solamente una similitud, entre “Pedro” y “roca”.)

O sea, la idea favorita de los defensores del papado no se le ocurrió a ninguno de los escritores de la iglesia temprana, y por tanto no es ni siquiera parte de la tradición eclesiástica de los primeros cuatro siglos.

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Dejemos entonces estos inventos posteriores y veamos lo que podemos concluir de nuestro pasaje acerca de la iglesia del Nuevo Testamento.

Como ya hemos visto, la palabra “Pedro” no es igual, solamente similar a la palabra para “roca”. ¿En qué respecto pudo Pedro ser similar a una roca para la iglesia?

Jesús dijo estas palabras después de que Pedro le había dicho: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (v.16) – Jesús le responde: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” (v.17)
Lo que dice Jesús aquí, es que para Pedro era humanamente imposible reconocer a Jesús en su forma terrenal como el Mesías y el Hijo de Dios. Solamente con una revelación sobrenatural de parte de Dios era posible que Pedro hiciera esta declaración. Y solamente sobre la base de esta revelación sobrenatural pudo Pedro tener suficiente firmeza “como de una roca” para soportar la carga de una responsabilidad importante en la iglesia.

Esto se hace claro especialmente cuando lo comparamos con lo que sucedió inmediatamente después. Jesús anuncia a Sus discípulos que va a sufrir y morir (v.21). Entonces Pedro le reprocha y dice: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.” (v.22) – Jesus le reprende: “¡Quítate de delante de mí, satanás! Me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.” (v.23)
En este instante, Pedro ya no hablaba por revelación divina; hablaba desde su propio corazón humano, queriendo impedir el sacrificio redentor de Cristo. Y con eso ya no era “piedra”, sino que era ¡”satanás”! – Su aptitud para “cargar” autoridad en la iglesia dependía completamente de su permanencia en la revelación de Dios. No era Pedro como persona quien podía ser comparado con una “roca” para la iglesia; tampoco era Pedro en virtud de algún encargo o posición especial; nada de eso. Era Pedro en su capacidad de recibir, entender y obedecer la revelación sobrenatural de Dios.

Esta opinión es apoyada por el otro pasaje donde Jesús usa la comparación con una roca, Mateo 7:24-27. “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.” – Aquí, la roca firme es el escuchar y hacer las palabras del Señor. Pedro estaba “edificado sobre la roca” mientras escuchaba la revelación de Dios y actuaba según ella.

Aquí creo que sí podemos generalizar un poco. La iglesia del Nuevo Testamento tiene como “piedras” o “columnas” (Gálatas 2:9) a personas que han conocido y reconocido por revelación sobrenatural a Jesús como Mesías, el Hijo de Dios. No a personas que le conocen solamente por haber estudiado acerca de Él, o por haber seguido los ritos y los pasos de formación que exige alguna institución eclesiástica. Había en ese tiempo muchas personas que conocían a Jesús “según la carne”, que vieron Sus milagros y escucharon Sus palabras; pero pocos le conocieron de la manera como Pedro le conoció. Tengamos cuidado; no nos sometamos ligeramente a personas que fueron “investidos de un cargo”, sin haber conocido a Jesús personalmente por revelación de Dios.

El verdadero conocimiento de Jesús comienza primero y sobre todo con la convicción del propio pecado. Así le sucedió a Pedro en uno de sus primeros encuentros con Jesús: “Y al verlo, Simón Pedro cayó a las rodillas de Jesús y dijo: Aléjate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador. Porque estaba lleno de espanto, él y todos los que estaban con él …” (Lucas 5:8-9) – Esta fue la primera revelación sobrenatural que Pedro recibió, y que inició su conocimiento de Jesús: “Soy un hombre pecador.”
Este no es un caso aislado; es un principio general. Así dice Jesús en Juan 16:8: “Y cuando él (el Espíritu Santo) venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio …” – La primera obra del Espíritu Santo en una persona es convencerla de su pecado. Nadie puede decir que “conoce a Jesús” si no ha hecho esta experiencia de una profunda convicción de su propio pecado.
Esta convicción no es un asentimiento intelectual a que “todos somos pecadores”. Al contrario, las personas que dicen esto, a menudo son los que toman su pecado demasiado a la ligera. Con demasiada frecuencia toman este dicho por una excusa para seguir conviviendo despreocupadamente con el pecado.
La verdadera convicción del pecado es acompañada de un intenso temor a Dios, y de la conciencia profunda de que uno está perdido y merece ser condenado por Dios. Como también exclamó Isaías: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos.” (Isaías 6:5) Alguien que nunca pasó por una angustia similar, debido a su propia perdición, no ha conocido a Dios.

No menos significativo es el último versículo en la historia de la pesca milagrosa: “Y cuando habían llevado los barcos a tierra, abandonaron todo y le siguieron.” (Lucas 5:11) No es posible seguir a Jesús sin cortar definitivamente los lazos con la vida antigua. Pedro y sus compañeros dejaron atrás su trabajo, sus padres, sus amigos, aun el lugar donde habían crecido y vivido, para seguir a Jesús. En eso también, Pedro es un ejemplo para todos los creyentes después de él.
He conocido a varias personas que estaban interesadas en convertirse a Jesús; algunos incluso se habían hecho miembro de alguna iglesia. Pero a medida que su interés en los asuntos del Señor se hacía más serio, el Señor comenzó a poner su dedo en alguna cosa en su vida que debían abandonar. No era que algún predicador o alguna otra persona les hubiera señalado esa cosa; ellos mismos comenzaron a considerarlo porque el Señor comenzó a obrar convicción del pecado en ellos. Lo triste era que la mayoría de estas personas no estaban dispuestas a dejar atrás esa cosa que el Señor les mostraba; y así nunca llegaron a una conversión verdadera. Es probable que ésta sea la situación de la mayoría de los miembros de las iglesias actuales. Están interesados en las cosas del Señor, se identifican como “cristianos” y participan en las actividades de su congregación; pero nunca nacieron de nuevo porque nunca dejaron atrás su vida antigua.
Algunos hacen unos negocios deshonestos que les proveen buenos ingresos, y no están dispuestos a abandonar esta práctica. Otros tienen un romance con una persona que no ama al Señor, o alguna otra relación ilícita, que aman más que al Señor. Algunos no están dispuestos a dejar de participar en los ritos paganos que son costumbre de su familia. En otros casos es el colegio mundano adonde mandan a sus hijos, por el supuesto “prestigio” del colegio, sin considerar que este colegio convierte a sus hijos en ateos. En otros casos pueden ser cosas que ni siquiera son malas en sí mismos, como ciertos pasatiempos que ocupan mucho tiempo; ciertas amistades; o un trabajo; que el Señor muestra a una persona que debe abandonarlos para poder cumplir el llamado de Dios. El caso puede ser diferente en cada persona. Pero cada uno está apegado a ciertas cosas en su vida que sabe que debe dejar atrás cuando el Señor lo llama.
En Mateo 16, Jesús sigue diciendo: “Si alguien quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiere salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la encontrará.” (Mateo 16:24-25). La iglesia del Nuevo Testamento consiste en personas que renunciaron a vivir sus propias vidas.

La iglesia del Nuevo Testamento en Juan 17 (3)

04/03/2016

Unidad en santidad

La siguiente petición de Jesús es por la santificación de Sus discípulos. “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. … Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.” (Juan 17:17.19) “Santo” significa “apartado para Dios”, y por tanto también “libre del pecado”. Es la voluntad del Señor que los miembros de Su iglesia sean santos, no solamente en teoría, sino de hecho y de verdad. Sin la santidad, nadie verá al Señor (Hebreos 12:14).

Es muy importante entender esto, porque en muchas congregaciones se ha difundido una falsa enseñanza que dice que la salvación consiste únicamente en el perdón de los pecados, y que es imposible ser libre del pecado. Pero sabemos que el Padre escucha siempre las oraciones de Su Hijo (Juan 11:42), y que Sus mandamientos no son imposibles de cumplir (1 Juan 5:3). Entonces, ¿acaso será imposible para Dios santificar a Sus discípulos? ¿o será imposible para un verdadero discípulo, cumplir el mandamiento de Dios de ser santo? Quien dice eso, hace a Dios mentiroso.

Podemos corroborarlo fácilmente con otros pasajes de las cartas apostólicas:
“¿Qué diremos entonces? ¿Permanezcamos en el pecado, para que tengamos más favor de Dios? ¡No sea! Quienes murimos respecto al pecado, ¿cómo viviremos todavía en él?” (Romanos 6:1-2) – Un cristiano verdadero está “muerto para el pecado, pero vivo para Dios” (Romanos 6:11). De ninguna manera “sigue pecando inevitablemente”.
“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder … para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo …” (2 Pedro 1:3-4) – O sea, un cristiano verdadero ha recibido de Dios todo lo que es necesario para llevar una vida santa, participando de la “naturaleza divina” y apartado de “la corrupción que hay en el mundo”.
“… aquel que es poderoso para guardarles sin caída, y presentarles sin mancha delante de su gloria con gran alegría…” (Judas 24) – O sea, Dios es perfectamente capaz de guardar a los verdaderos cristianos en santidad.

El verso Juan 17:17 nos enseña además que la palabra de Dios es un medio importante que Dios usa para mantenernos en santidad.

Antes de llegar a la siguiente petición, Jesús aclara que Él está orando por la iglesia de todos los tiempos: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (verso 20). Esta oración de Jesús es también para nosotros hoy, para todos los que de verdad le siguen.

¿Crees tú en el cumplimiento de esta oración para ti? ¿Lo cree la congregación a la que perteneces?

La santidad de los discípulos es el prerrequisito para la siguiente petición de Jesús: la petición por unidad. “… para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.” (Juan 17:21)

Este versículo es uno de los más hermosos del Nuevo Testamento; pero a la vez uno de los más abusados. El Consejo Mundial de Iglesias, o sea la máxima entidad promotora del movimiento ecuménico, escogió este versículo como su lema. Pero la unidad que busca el ecumenismo, es algo muy diferente de la unidad por la que Jesús oró:
– Jesús oró por una unidad en santidad. Pero el ecumenismo promueve una unidad en tolerancia: Los líderes ecuménicos no permiten que alguien use la palabra de Dios para confrontar el pecado de alguien, o para señalar enseñanzas y prácticas falsas en alguna iglesia. Por eso, las iglesias ecumenistas se están llenando de falsos maestros y de prácticas paganas, supersticiosas y pecaminosas.
– Jesús oró por “los que creen en mí”. Pero el movimiento ecuménico no distingue entre cristianos verdaderos y cristianos solo de nombre. Según la definición ecuménica, son cristianos “los que fueron bautizados en el nombre del Dios Trino” – inclusive aquellos católicos romanos y reformados que fueron bautizados cuando eran bebés, pero nunca siguieron al Señor personalmente.
– Jesús oró que Sus discípulos sean uno como personas, a un nivel personal. Pero los esfuerzos ecuménicos suceden al nivel de instituciones y organizaciones; que haya un “reconocimiento mutuo” entre las diferentes instituciones religiosas, y que los cristianos se dejen dirigir por los líderes de las respectivas organizaciones.
– Jesús oró por una unidad “en nosotros”, o sea en el Padre y en el Hijo. Para que haya una unidad entre los discípulos, es necesario primero que cada discípulo esté “en Jesús”; que se identifique con Jesús y viva en una relación arreglada con Él. Pero el movimiento ecuménico da muy poca importancia a la relación personal con el Señor; o la entiende solamente en un sentido sacramental (por ser bautizado).

El Nuevo Testamento habla no solamente de la unidad; habla también de la necesidad de separarse:
“… que no se mezclen con alguien que se hace llamar hermano, pero es un fornicario o codicioso o servidor de ídolos o grosero o borracho o ladrón; con un tal tampoco coman juntos.” (1 Corintios 5:11)
“No se vuelvan compañeros de yugo con incrédulos. Porque ¿cómo pueden los justos participar en el rechazo a la ley? ¿o cómo puede la luz tener comunión con la oscuridad? y ¿cómo puede haber un acuerdo entre el Ungido y Beliar? ¿o cómo puede el creyente tener parte con el incrédulo? y ¿cómo puede conocordar el templo de Dios con los ídolos? (…) Por eso, ‘Salgan de en medio de ellos, y sepárense, dice el Señor’, y ‘no cojan lo impuro; y yo les recibiré’.” (2 Corintios 6:14-17)

No nos engañemos. En la situación actual, muchos miembros y líderes de iglesias (probablemente la mayoría) son “fornicarios” o “codiciosos” o “incrédulos” o “ladrones” o mentirosos … o de alguna otra manera demuestran con su vida y con sus convicciones que no son seguidores verdaderos del Señor Jesús. Ellos no están incluídos en la oración del Señor por unidad. Al contrario, la palabra de Dios dice que un verdadero cristiano debe apartarse de los tales, que se llaman “hermanos” o son miembros de una iglesia, pero demuestran con su vida o con sus enseñanzas que no pertenecen al Señor.

Aun muchas iglesias evangélicas que no se identifican como ecuménicas, sin embargo han adoptado muchos aspectos del concepto ecuménico acerca de la “unidad”: Ven y buscan la “unidad” al nivel institucional, por medio de la conformidad a la propia denominación, y mediante acuerdos y “programas en conjunto” con otras denominaciones. Muchos viven en la ilusión de que todos los miembros de su propia organización sean cristianos verdaderos. Algunos creen además que todos los miembros de otras denominaciones están equivocados. Todo eso los lleva a hacerse “compañeros de yugo” con incrédulos, y al mismo tiempo a rechazar la comunión con verdaderos cristianos en otras denominaciones. Se están olvidando del centro de la unidad cristiana, que es Jesús mismo.

Los criterios de unidad según el Nuevo Testamento son claros: Un verdadero seguidor de Jesús está en unidad con todos los otros verdaderos seguidores de Jesús, sin importar a cuál organización religiosa pertenezcan o no pertenezcan. Y se separa de los que no siguen a Jesús de verdad, por más que sean miembros de la misma congregación.
La unidad cristiana no es una membresía común en una institución. No es el acuerdo común con una declaración de fe. No es la adherencia a un reglamento o acuerdo entre distintas instituciones. La unidad cristiana se expresa mejor en lo que el Nuevo Testamento llama “koinonía” (de eso hablaremos cuando lleguemos al libro de Hechos), o “el cuerpo de Cristo” (la expresión que usa Pablo).

Jesús dijo que el resultado de la verdadera unidad cristiana será: “para que el mundo crea que tú me enviaste.” La unidad del tipo ecuménico, institucional o denominacional no produce este resultado. Solamente hace que el mundo percibe a los cristianos como una asociación mundana o una entidad política; pero no puede ver al Señor en ellos. En cambio donde hay una verdadera unidad basada en el Señor mismo y en la santidad, aunque fuera una única familia que vive esta unidad, allí el mundo percibe la luz del evangelio. Allí es donde el mundo nota que hay algo diferente, algo sobrenatural, algo que el mundo no conoce. Ese “algo” es la presencia del Señor.

¿Qué concepto de unidad tienes tú? ¿Qué concepto tiene la congregación a la que perteneces? ¿El concepto ecuménico, institucional, denominacional; o el concepto de Jesús?

(Vea también: “Acerca de la unidad cristiana”.)