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La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 23 (Parte 2)

30/12/2015

La iglesia del Nuevo Testamento no distingue entre “clérigos” y “laicos”.

En el orden del Antiguo Testamento, el sacerdocio era importante. Un sacerdote es un mediador entre Dios y los hombres: Se presenta ante Dios para ofrecer los sacrificios del pueblo, y para interceder por el pueblo. Y se presenta ante el pueblo para hablarles las palabras de Dios. Pero es interesante notar que aun en el Antiguo Testamento, esa no era la intención original de Dios: “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. …” (Exodo 19:5-6) O sea, según la intención original de Dios, todos los israelitas iban a ser sacerdotes. Todos ellos iban a tener acceso directo a Dios. Pero resultó que ellos no soportaron que Dios les hablase directamente: “Todo el pueblo observaba el estruendo y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos. Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos.” (Exodo 20:18-19) Así se introdujo la figura del mediador entre Dios y los hombres, a pedido del pueblo. Y en consecuencia, en el capítulo 28 de Éxodo, Dios instituye el sacerdocio israelita.

Pero en el Nuevo Testamento, Dios volvió a Su intención original. La carta a los Hebreos deja bien claro que el sacerdocio del Antiguo Testamento queda abolido desde el sacrificio perfecto de Jesucristo:

“Entonces, si hubiera habido perfección por el sacerdocio levítico (…), ¿qué necesidad hubiera todavía que se diga que se levante un sacerdote diferente según el orden de Melquisédec, y no según el orden de Aarón? Porque si cambia el sacerdocio, necesariamente cambia también la ley. Porque de quien se dice esto, era de una tribu diferente, de la cual nadie se ha dedicado al altar. (…) Porque el mandamiento anterior fue invalidado por su debilidad e inutilidad – porque la ley no perfeccionó nada -, y se introdujo una esperanza mejor por la cual nos acercamos a Dios. (…) Jesús fue hecho garante de un pacto mejor. Y aquellos sacerdotes son hechos muchos, porque la muerte les impidió quedarse; pero éste queda eternamente, por lo cual tiene un sacerdocio incambiable. Por tanto puede también salvar completamente a los que se acercan por medio de él a Dios, porque vive siempre para suplicar por ellos. Porque un tal sumo sacerdote nos convenía: santo, sin maldad, sin contaminación, apartado de los pecadores, y hecho más alto que los cielos, que no tiene necesidad cada día, como los sumos sacerdotes, de sacrificar antes sacrificios por sus propios pecados y después por los del pueblo; porque él hizo esto de una vez por todas, sacrificándose a sí mismo.” (Hebreos 7:11-13.18-19.22-27)

Un tema recurrente en la carta a los Hebreos es el acceso directo a Dios.

(Teniendo a Jesús como sumo sacerdote,) “Acerquémonos entonces con franqueza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y encontremos gracia para socorro oportuno.” (Hebreos 4:16)

“Ya que tenemos, hermanos, franqueza para la entrada al lugar santo por la sangre de Jesús, que él consagró como un camino novedoso y viviente a través de la cortina, eso es, su carne; y [tenemos] un gran sacerdote sobre el hogar de Dios, acerquémonos con un corazón verdadero en plenitud de fe, con el corazón rociado [para purificación] de una conciencia maligna, y el cuerpo lavado con agua limpia.” (Hebreos 10:19-22)

Los “hebreos”, que se habían criado todavía bajo el orden del Antiguo Pacto, deben haber estado bien conscientes del gran privilegio que recibieron cuando Jesús ofreció el sacrificio perfecto que puso fin a toda necesidad de otros sacrificios. ¡Ya no iban a depender de ningún sacerdote terrenal para poder acercarse a Dios! ¡El sacrificio de Jesús, y el sacerdocio de Jesús, eran suficientes de una vez por todas!

Por tanto dice también Pablo en 1 Timoteo 2:5:

“Porque Dios es uno solo, y uno solo es mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús …”

En la iglesia del Nuevo Testamento ya no existe ningún sacerdocio especial. Un cristiano no necesita la mediación de ningún otro cristiano para acercarse a Dios. ¡El único sacerdocio de Jesucristo es suficiente!

Existen unos cuantos pasajes del Nuevo Testamento que llaman “sacerdotes” a los cristianos. Pero estos pasajes usan la palabra “sacerdote” en el sentido de la intención original de Dios: Todos los cristianos son “sacerdotes” en el sentido de que tienen acceso directo a Dios. En el orden del Nuevo Testamento no existen cristianos que fueran “más sacerdotes” que otros. O sea, no existen “clérigos” o “ministros” que formarían una clase de cristianos “especiales”, apartados de los “laicos”.

Lo que sí existe son las diferentes funciones de los cristianos. Pero como esta diversidad de funciones no fundamenta ninguna estructura jerárquica, tampoco fundamenta una distinción entre “clérigos” y “laicos”. Cada miembro del “cuerpo de Cristo” tiene una función; y en los pasajes correspondientes no encontramos ninguna distinción entre “funciones clericales” y “funciones laicas”.

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La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 23

17/12/2015

En una serie de reflexiones anteriores hemos examinado las palabras del Señor en Mateo 18 acerca de la iglesia. Deseo ahora pasar a otro pasaje bíblico:

“Pero ustedes no se hagan llamar ‘Rabí’; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo; y todos ustedes son hermanos. Y no llamen vuestro padre a nadie sobre la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Tampoco se hagan llamar maestros, porque uno es vuestro maestro, el Cristo. Pero el mayor de ustedes sea vuestro siervo. Y cualquiera que se eleva a sí mismo será humillado, y cualquiera que se humilla a sí mismo será elevado.” (Mateo 23:8-12)

¡Vale la pena leer el capítulo entero, porque es uno de los que casi nunca se predican en las iglesias actuales!

Aunque en este pasaje no aparece la palabra “iglesia”, nos dice unas cosas esenciales acerca de las relaciones entre sus miembros.

La iglesia del Nuevo Testamento no es una jerarquía.

“Todos ustedes son hermanos.” Con estas palabras (y considerando el contexto), Jesús puso a todos Sus seguidores al mismo nivel. No debía haber entre ellos “maestros” por encima de “alumnos”, ni “padres” por encima de “hijos”. Hay uno solo que “gobierna” en la iglesia: Jesucristo mismo.

No podemos interpretar este pasaje de una manera tan estrecha, como si Jesús prohibiera solamente el uso de los tres títulos “Rabí”, “padre” y “maestro”. ¿Acaso hacemos mejor si remplazamos estas palabras por “reverendo”, “pastor”, o quizás “profesor” o “doctor”? Leamos el contexto. Jesús se opone aquí a todo trato especial que se da a alguna persona por ocupar un “rango superior”. Como ejemplo menciona a los escribas (teólogos, rabinos) de su tiempo: “…y aman los asientos de honor en las cenas y en las sinagogas, y los saludos en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí.” (v.6-7) Las paralelas Marcos 12:38 y Lucas 20:46 mencionan además que “les gusta andar en trajes buenos”. Todo eso son los atributos típicos de una persona que ocupa cierta posición dentro de un orden jerárquico, y que podemos observar de la misma manera en los líderes de muchas congregaciones contemporáneas:

  • Usan una manera particular de vestirse.
  • Son saludados con respeto excepcional.
  • Se hacen llamar con un título especial.
  • Ocupan lugares y asientos especiales en ciertos eventos.

Según las palabras de Jesús, ¡nada de eso tiene lugar en la iglesia del Nuevo Testamento!

Siempre es bueno verificar en un pasaje bíblico, a quién se dirige. Mateo 23:1: “Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos (los futuros apóstoles), diciendo: …” O sea, Jesús se dirigió tanto a Sus apóstoles como a la “gente común”. Con eso queda bien claro que según la intención de Jesús, tampoco debía existir alguna distinción jerárquica entre los apóstoles y los “cristianos comunes”.

¡Y ellos cumplieron con eso! Si leemos el libro de Hechos y las cartas apostólicas, nunca encontramos que alguien haya usado la palabra “apóstol” como un título especial al dirigirse a un apóstol. Nunca leemos que los apóstoles se hayan distinguido por una vestimenta especial o por ocupar asientos especiales, ni que hayan reclamado o recibido algún otro privilegio especial por parte de los otros cristianos.

Es cierto que los apóstoles cumplieron con una función especial en la iglesia. Tenemos que entender que cada cristiano tiene su “función” particular dentro del “cuerpo de Cristo”. (Vea Romanos 12:3-8, 1 Corintios 12:4-31.) Pero esta diversidad de funciones no establece ningún orden jerárquico. (La distinción entre “función” y “posición jerárquica” es difícil de entender en nuestros tiempos donde estamos acostumbrados a que toda institución funcione de manera jerárquica. Volveremos a este punto en futuras reflexiones, Dios mediante.) Y ellos gozaban del respeto particular de toda la congregación – pero no por ocupar una “posición jerárquica”, sino por su madurez espiritual, su cercanía a Jesús, y su calidad particular de testigos de la resurrección.

Las tendencias hacia una organización jerárquica de las iglesias comenzaron poco a poco en el segundo siglo, después de la muerte de los apóstoles, y en cumplimiento de la advertencia de Pablo en Hechos 20:29-32. Pero estas tendencias no podían imponerse con fuerza mientras la iglesia era una minoría sin poder en el mundo. El gran cambio llegó recién trescientos años depués de los inicios de la iglesia, en los tiempos de los emperadores Constantino y Teodosio. Constantino dio el primer paso con reconocer oficialmente el cristianismo como una “religión lícita” en el Imperio Romano. Con eso terminaron las persecuciones, y Constantino se ganó la simpatía de muchos cristianos. Entonces él se atrevió a interferir en las decisiones internas de la iglesia: Fue Constantino quien convocó el famoso concilio de Nicea en 325, y fue él quien presionó a los presentes a firmar el Credo de Nicea.

Hoy en día, muchos historiadores celebran este concilio como una victoria de la doctrina bíblica sobre la falsa enseñanza del arrianismo. Pero esta cuestión doctrinal le importaba muy poco a Constantino. Su interés estaba en mantener la unidad del reino, y para este fin tuvo que lograr que uno de los partidos en la controversia dominase completamente sobre el otro. Así usurpó una función eclesiástica que no le correspondía. (Y de hecho, el Credo de Nicea fue una “victoria” pasajera. Poco después, el arrianismo ganó más fuerza que nunca antes.)
Pero Constantino no es el único a culpar en este asunto. Podemos preguntarnos por qué los líderes de la iglesia no se pusieron a resolver la disputa ellos mismos; por qué permitieron a Constantino juzgar sobre asuntos internos de la iglesia. ¿Será que la iglesia de ese tiempo ya había perdido su discernimiento espiritual? ¿y que también allí ya no se encontraba “ningún sabio que pueda juzgar entre sus hermanos”?

Sea como sea, fue allí donde comenzó la estatización de la iglesia. Teodosio completó este proceso con declarar el cristianismo la religión estatal y obligatoria de Imperio Romano. Podemos imaginarnos fácilmente las consecuencias de esta ley. ¡Las iglesias se llenaron de falsos cristianos!
En aquella misma época, la iglesia fue reorganizada según el modelo de la administración del gobierno secular. O sea, la iglesia asumió la misma estructura jerárquica y las mismas divisiones territoriales que los emperadores romanos usaban para administrar el imperio. Este cambio ya no preocupaba a muchos, puesto que la iglesia ya se había acostumbrado a mezclarse con el estado secular; y de todos modos los verdaderos cristianos eran para ese entonces una pequeña minoría dentro de la iglesia. Fue así como, históricamente, la iglesia cristiana se convirtió en la iglesia romana.

Entonces, esta estructura jerárquica que vemos en la iglesia católica romana, y que la mayoría de las iglesias evangélicas han adoptado con pocas modificaciones, no se basa en el Nuevo Testamento. Es una herencia del gobierno secular del Imperio Romano.