La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 18 (Parte 3)

La asamblea cristiana es el lugar donde se confronta y se corrige el pecado, y se hace justicia.

En la reflexión anterior hablamos acerca del consenso que se puede lograr cuando todos buscan sinceramente la dirección del Espíritu Santo. Con eso no quiero dar la impresión de que en la iglesia del Nuevo Testamento nunca sucedan pecados o conflictos. Pero la iglesia del Nuevo Testamento maneja estos pecados y conflictos de una manera bíblica. Exactamente de esto trata la primera parte de nuestro pasaje Mateo 18:15-20.

“Si tu hermano peca contra ti, anda, amonéstale entre tú y él solo. Si te escucha, ganaste a tu hermano” (v.15)

El primer paso consiste en que un pecado privado debe reprenderse en privado. Todavía no debe llevarse ante otras personas. Pero el Señor tampoco dice: “Perdónalo y olvídalo”, como se enseña falsamente en muchas congregaciones. No, el pecado necesariamente tiene que ser confrontado. La iglesia del Nuevo Testamento da los pasos apropiados para mantenerse pura del pecado. Así también dice en Efesios 5:11: “Y no participen con las obras infructuosas de la oscuridad, mas bien repréndanlas.”

Notemos que aquí en Mateo 18:15, el Señor se refiere a pecados privados. Un pecado público, desde el inicio debe reprenderse públicamente y ante testigos, como demuestra Pedro en Hechos 5:3-4 y 8:20-23, y Pablo en Gálatas 2:11-14.

Si el hermano ofensor no se arrepiente con la confrontación privada, hay que confrontarlo con uno o dos testigos más (Mateo 18:16). Y “si no los quiere escuchar, dilo a la iglesia (asamblea) …” (v.17)

Aquí tenemos que notar que “iglesia” significa “asamblea”. No significa “solamente los líderes”. Tenemos que enfatizar este punto porque algunas congregaciones afirman poner en práctica Mateo 18:15-17, pero lo que hacen en realidad es llevar a los ofensores (verdaderos y supuestos) ante los líderes de la congregación, quienes pasan una “sentencia” según su propio parecer. Este no es el significado de las palabras del Señor. Cuando un asunto se lleva a la “asamblea”, significa que con eso se hace público. Todo el pueblo de Dios tiene que saberlo; y si se lleva a cabo una especie de “juicio”, todo el pueblo de Dios tiene el derecho de presenciarlo, y de participar si fuera necesario. Con eso se evita que unos pocos líderes se erijan como jueces particulares, que a menudo son juez y parte a la vez, y pasan sentencia en privado sin que nadie les pueda pedir cuentas. Tales decisiones arbitrarias suceden con demasiada frecuencia en las congregaciones actuales. Justo para evitar eso, el Señor establece aquí un principio que se aplica incluso en la justicia secular (¡y cuánto más debería aplicarse en el pueblo de Dios!): que los procesos judiciales sean públicos. Aun más: la palabra “ekklesia” (iglesia/asamblea) significa originalmente “la asamblea de los ciudadanos con derecho a voz y voto”. Todo ciudadano del reino de Dios tiene voz y voto cuando se trata de confrontar y restaurar a un conciudadano que ha cometido pecado.

Lo mismo encontramos en Gálatas 6:1: “Hermanos, si alguien es sorprendido por alguna transgresión, ustedes los espirituales restáurenlo en un espíritu de mansedumbre; y fíjate en ti mismo, para que no también tú seas tentado.” Aquí también, el llamado a restaurar al hermano ofensor se dirige no solamente a unos cuantos líderes, sino a todos los que son espirituales.

Notemos que la finalidad de este proceso es restaurar al ofensor. No es para humillarlo, no es para desecharlo y condenarlo. Pero notemos también que la restauración puede suceder solamente si el ofensor se arrepiente. En Lucas 17:3 (paralela a Mateo 18:15) dice: “Cuando tu hermano peque contra ti, repréndelo; y cuando se arrepienta, perdónale.” Si un pecador no se arrepiente, ni siquiera después de haber sido expuesto y confrontado ante la asamblea, entonces el agraviado no tiene por qué perdonarle. “Y si tampoco quiere escuchar a la asamblea, te sea como un no judío y un cobrador de tributos.” (Mateo 18:17) A diferencia de lo que se enseña en muchas congregaciones actuales, el arrepentimiento es necesario para que pueda haber perdón, restauración y reconciliación.

Eso no debe parecernos cosa extraña, ya que lo mismo aplica a la relación con el Señor mismo. Solamente quienes se arrepienten de sus pecados, pueden entrar en una relación personal con el Señor y ser salvos. Éste fue el primer y el último mensaje que Jesucristo anunció durante Su ministerio en la tierra (Mateo 4:17, Lucas 24:47); y éste fue también el mensaje que anunciaron Sus apóstoles (Hechos 2:38, 3:26, 14:15, 26:18, etc.). Aunque el Señor dio Su vida por todas las personas, Su perdón alcanza solamente a aquel que se arrepiente.

Volviendo al tema de la “asamblea”: Desafortunadamente, éste es un punto casi imposible de realizar hoy en día, porque vivimos actualmente en una situación muy irregular en términos bíblicos: En la gran mayoría de los lugares, los cristianos se encuentran esparcidos entre varias denominaciones, y la mayoría de los miembros de esas denominaciones ni siquiera son cristianos según las normas bíblicas. Por eso, una asamblea de los miembros de una denominación no es de ninguna manera una asamblea del pueblo de Dios. Para tener nuevamente una “asamblea” en el sentido del Nuevo Testamento, todos los verdaderos cristianos tendrían que abandonar sus respectivas denominaciones, y tendrían que reunirse juntos con los verdaderos cristianos de las otras denominaciones.

Esta no es una idea tan descabellada o revolucionaria como podría parecer. De hecho, es lo que sucedió varias veces en la historia de la iglesia cuando hubo avivamiento. Si actualmente parece imposible, es porque estamos muy lejos de una situación de avivamiento, y las congregaciones actuales están muy lejos de ser “iglesias” en el sentido del Nuevo Testamento. Cuando hay avivamiento, el mismo Espíritu de Dios traza claramente las verdaderas líneas divisorias: No entre las distintas denominaciones; pero entre los cristianos verdaderos y los falsos en cada denominación. “Entonces volveréis a distinguir la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve.” (Malaquías 3:18)

Pero aun en la presente situación irregular, opino que lo mínimo que podemos pedir es esto: Que los pecados y conflictos que no lleguen a arreglarse en una congregación o denominación, no se consideren “asuntos internos” de la denominación respectiva. Que estos casos – especialmente si involucran a líderes – se traten en “asamblea” ante hermanos que no pertenecen a la misma denominación, y que sepan discernir los asuntos de manera imparcial. Si una denominación no está dispuesta a que sus problemas se traten de esta manera, entonces podemos estar seguros de que allí no encontraremos la iglesia del Nuevo Testamento, sino un espíritu sectario.

La palabra “asamblea” sugiere también que allí no existen diferencias de rango o jerarquía. En nuestro pasaje en Mateo 18, en ninguna parte habla el Señor de alguna diferencia entre “líderes” y “seguidores”, o entre “clérigos” y “laicos”. En este tema de confrontar el pecado, no se hace acepción de personas. Para decirlo más claramente: Aun los hermanos más humildes pueden (¡y deben!) confrontar el pecado del “líder” más eminente, y aun llevarlo ante la “asamblea” si no se arrepiente. El pasaje Mateo 23:8-12 nos confirma que esto es efectivamente lo que el Señor quiere decir.

Lo que sí se distingue en la asamblea del pueblo de Dios, es la madurez espiritual o sabiduría de cada miembro. En 1 Corintios 6:5, Pablo llama la atención a la iglesia en Corinto porque “no hay ningún sabio entre ustedes que podría juzgar entre sus hermanos”. Cuando había pleitos, la iglesia en Corinto no era capaz de restablecer la justicia.

Tristemente, lo mismo tendríamos que decir de la mayoría de las congregaciones actuales. No se administra justicia; o si se hace, se hace de manera parcial, arbitraria, y pasando por alto incluso los principios fundamentales de la justicia secular: Se favorece a los “líderes” en contra de los “miembros comunes”; se pone como jueces a líderes que están involucrados en el pleito ellos mismos; se niega a los “procesados” el derecho a un debido proceso; no se toman en cuenta los testimonios a favor de ambos lados; no se investiga debidamente; se pasan sentencias arbitrarias y prejuiciadas; etc. Y en muchos lugares, eso se considera normal. Pero según la palabra de Dios, esta situación está lejos de lo normal. Una iglesia que no restablece la justicia, está cayendo ella misma bajo el juicio de Dios.

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