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¿Por qué los líderes evangélicos están tan fácilmente dispuestos a volver a Roma?

22/05/2015

En los artículos anteriores he documentado como las iglesias evangélicas al nivel mundial están deseando y planeando su regreso a Roma. Pero ¿cómo es posible que se diera ahora un giro de tal envergadura? Deseo analizar en este artículo algunas de las razones de fondo.

Primeramente tenemos que entender que las iglesias evangélicas nunca completaron la Reforma que Lutero comenzó. Un lema de los primeros reformados era: “Ecclesia semper reformandum” – “La iglesia debe siempre seguir reformándose”. A la luz del principio reformado “sola Scriptura”, eso significaría que la iglesia debería constantemente examinar sus enseñanzas y prácticas a la luz de las Sagradas Escrituras, y cambiar todo lo que no es conforme a las Escrituras. Pero no lo hicieron.

El mismo Lutero hizo matar a miles de (falsamente así llamados) “anabaptistas“, solamente porque ellos aplicaron las Escrituras a dos puntos donde Lutero se negó a aplicarlas: en que el bautismo es solamente para convertidos; y que la iglesia no debía mezclarse con el estado. Con estas persecuciones, Lutero demostró que a él le importaba más la conveniencia política que su propio principio de “Sola Scriptura”.

Y así las iglesias evangélicas siguen arrastrando muchos residuos del catolicismo hasta hoy. Son como gallinas que siguen llevando pegados por todo su cuerpo los cascarones del huevo del que salieron una vez. En vez de desprenderse de estos vestigios, crearon sus propias tradiciones eclesiásticas en contra de las Escrituras. Al no ser consecuentes con los principios de la Reforma, las iglesias reformadas sembraron la semilla de su propia anulación.

Vamos a mencionar algunos de estos residuos del catolicismo.

El bautismo de infantes

Es cierto que hoy en día, muchas denominaciones evangélicas dan en este punto la razón a los “anabaptistas”, y practican el bautismo de los convertidos. Pero si analizamos de dónde viene el movimiento ecuménico, vemos que se originó en aquellas iglesias que siguen bautizando a los infantes (y que son la iglesia estatal en muchos países reformados, así que aquí tenemos también la mezcla de iglesia con estado): Luteranos, calvinistas (presbiterianos y congregacionalistas), zuinglianos, y anglicanos. Pronto se unieron a ellos también las iglesias ortodoxas y los metodistas, dos otras denominaciones que practican el bautismo de infantes. No me extraña que el ecumenismo comenzara exactamente allí: Estas son las iglesias que conservaron todavía la mayor proporción de mentalidad católica.

Pero los otros evangélicos no se salvan. Los siguientes puntos observé en casi todas las denominaciones evangélicas.

Sacerdotalismo o pastorismo

Un sacerdote es un mediador entre el pueblo y Dios: Ofrece a Dios los sacrificios del pueblo; intercede ante Dios por el pueblo; y enseña al pueblo la voluntad de Dios. La religión católica se basa fuertemente en el sacerdocio: Un creyente católico no puede acercarse a Dios, no puede ser salvo, ni puede entender la Biblia, sin la mediación de un sacerdote.

En el cristianismo del Nuevo Testamento no existe esta forma de sacerdocio. Un cristiano no necesita a ningún mediador, excepto a Cristo mismo:

“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre…” (1 Timoteo 2:5)

Cada cristiano verdadero tiene acceso directo a Dios, mediante Jesucristo. (Vea Romanos 8:14-16, Gálatas 4:6-7, Hebreos 4:14-16, 10:19-22.)

En consecuencia, Lutero abolió el sacerdocio católico y proclamó el “sacerdocio general de todos los creyentes” (vea 1 Pedro 2:5.9). Pero al mismo tiempo – y contrario a los propios principios reformados – introdujo el “pastorado” como un ministerio de enseñanza. Así, el luteranismo siguió manteniendo la idea de que “los laicos no pueden entender la Biblia por sí mismos”. La idea fundamental del catolicismo siguió intacta: que exista una distinción entre “clérigos” y “laicos”, y que los “laicos” dependan de los “clérigos” para poder relacionarse con Dios.

Hasta hoy, solo muy pocas iglesias evangélicas volvieron a los principios bíblicos de la iglesia como “familia de Dios” (Efesios 2:19, Mateo 23:8), del ancianato bíblico y del liderazgo en equipo. (Vea en “El concepto bíblico de la familia”.) La mayoría sigue manteniendo un concepto jerárquico donde un solo “pastor” manda sobre los otros ancianos y “pastores”; y donde un “obispo” (o alguna otra forma de liderazgo regional) manda sobre los “pastores” de una región. Este es un concepto heredado del catolicismo romano y no tiene nada en común con lo que el Nuevo Testamento llama “pastorear”. Y este liderazgo jerárquico ha producido su propia “tradición eclesiástica” que tiene más peso que la misma Biblia; quizás no en teoría, pero ciertamente en la práctica. Así han anulado el “Sola Scriptura” y el sacerdocio de todos los creyentes.

Recibí una ilustración reveladora de este tradicionalismo, justo mientras estuve preparando este artículo. Un lector del blog comentó acerca de un artículo donde expuse unos principios bíblicos acerca del liderazgo de la iglesia: “todo pastor sujeto a la voluntad de Dios es una autoridad, busca desde el antiguo testamento la definición de pastor, y compárala con las expresiones de Jesús a cerca del pastor.” (Con lo que quiso expresar su desacuerdo con algunas cosas que yo había escrito.) – Ya que el autor de este comentario no dio ninguna referencia bíblica, en mi respuesta le pedí que respondiese a tres preguntas:
“1. ¿Cuál(es) pasaje(s) del Antiguo Testamento consideras “la definición de pastor”?
2. ¿Por qué crees que un “pastor” en el Antiguo Testamento es lo mismo como un “pastor” en el Nuevo Testamento?
3. ¿En qué pasaje(s) del Nuevo Testamento habla Jesús acerca de un “pastor”, aparte de los pasajes que se refieren a Él mismo?”

No volvió a escribir. (Ya puedo adelantar que la pregunta 3 no tiene respuesta. Podemos rebuscar todos los cuatro Evangelios, y no encontraremos ningún pasaje donde Jesús hubiera usado la palabra “pastor” para alguna otra persona aparte de Él mismo.) El comentario citado es un ejemplo típico de cómo un miembro de iglesia repite ciegamente lo que le enseñaron en la tradición de su iglesia, incluso creyendo de buena fe que se trata de enseñanza bíblica; pero cuando se le reta a identificar las bases bíblicas de esta tradición, resulta que no las hay.

Nota aparte: Por principio es correcto que un líder en la iglesia es una autoridad (definiendo “autoridad” en el sentido bíblico), si ejerce su autoridad por encargo de Dios y sujeto a la voluntad de Dios. No estoy disputando eso. (Solamente que no tiene por qué llamarse “pastor”; en el Nuevo Testamento se llaman “ancianos”.) – El problema está (como expliqué en aquel artículo) en que muchos “pastores” ocupan una posición que Dios nunca diseñó para Su iglesia, y que como tal no tiene fundamento bíblico. Por tanto, su liderazgo es desde un inicio no “sujeto a la voluntad de Dios”, por más que (algunos de ellos) en lo demás se esfuercen personalmente por ser íntegros y cumplir la voluntad de Dios.

Muchos evangélicos han vuelto incluso a atribuir calidades “sacerdotales” a sus pastores: Por ejemplo, creen que la intercesión o “bendición” del “pastor” tiene más poder que la oración de un “laico”, por el solo hecho de que es “pastor”. Creen que las órdenes del “pastor” son “la voz de Dios” para los creyentes comunes, incluso cuando se refieren a sus decisiones personales de su vida privada. Enseñan que solamente un “pastor ordenado” (concepto que no existe en el Nuevo Testamento) pueda administrar bautismos o la cena del Señor. Entonces no extraña que ahora empiecen a desear también la última consecuencia: volver a someterse bajo el sacerdocio católico.

La iglesia como medio de la salvación

Otra doctrina del catolicismo es: “Fuera de la iglesia no hay salvación.” – Los reformados y evangélicos son un poco más tolerantes, pero en el fondo mantuvieron la idea católica. Ellos dicen: “Hay muchas iglesias posibles, pero a una de ellas tienes que ir para ser salvo.”

Lo que no entienden, es que esta misma idea de “ir a la iglesia” es errada y no se encuentra en el Nuevo Testamento. Esta idea católica presupone que “la iglesia” es una institución separada, impersonal, que tiene una existencia independiente del creyente individual, y que tiene incluso un derecho de propiedad sobre el creyente. Según este concepto, esa institución sin cara que se llama “iglesia” es encargada de administrar la salvación, y por tanto es necesario “ir a la iglesia” para conocer al Señor y para ser salvo.

El Nuevo Testamento tiene un concepto muy distinto: La iglesia no es una institución “aparte”. La iglesia es la asamblea de todos los que nacieron de nuevo. Entonces, si Ud. ha nacido de nuevo, Ud. es parte de la iglesia, dondequiera que se encuentre. Y si Ud. no ha nacido de nuevo, entonces no hay ningún lugar en la tierra adonde Ud. podría ir para convertirse en un miembro de la iglesia. Tiene que nacer de nuevo.

Por eso, los anunciadores del Evangelio en el Nuevo Testamento no invitaron a nadie a “venir a la iglesia”. Ellos iban adonde estaban los perdidos, y allí les anunciaron el Evangelio, y allí se convirtieron y nacieron de nuevo “los que estaban ordenados para la vida eterna” (Hechos 13:48). Esto sucedía en las calles y plazas públicas, o en las propias casas de los que se convirtieron. A partir de ese momento, ellos también “eran iglesia”. Y en cualquier lugar donde se reunían “dos o tres” de ellos (Mateo 18:20), allí era “iglesia”.

Y ¿quién añadía nuevos miembros a la iglesia? ¿El sacerdote, el “pastor”? – De ninguna manera. “Y el Señor añadía cada día a la iglesia a los que fueron salvos.” (Hechos 2:47). En aquellos tiempos no hubiera tenido sentido invitar a un incrédulo a “venir a la iglesia”: “De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos.” (Hechos 5:13)

Jesús dice en Juan 10:7-11:

“Yo soy la puerta de las ovejas. … El que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos. … Yo soy el buen pastor.”

¿Qué tiene que hacer alguien para ser salvo? – No “ir a la iglesia”, sino “entrar por la puerta que es Jesús”. El que entra por esta puerta, llega a ser iglesia. Será salvo, encontrará pasto, y encontrará también a las otras ovejas, o sea, a la iglesia. Entonces, el lema católico está de cabeza. Más correcto sería: “Fuera de la salvación no hay iglesia.”

Si creemos que la iglesia es una “institución para la administración de la salvación”, entonces ya estamos en el camino a Roma. Es el Señor y nadie más quien “administra la salvación”.

Denominacionalismo

Este punto está muy relacionado con los anteriores. Cuando se cree que la iglesia es el medio de la salvación, entonces la iglesia se coloca a sí misma en el lugar de Dios. O sea, la iglesia se convierte en un ídolo.

En la iglesia romana, eso es muy obvio. Si un cristiano abandona la iglesia romana, se le considera apóstata, por más que su salida fue por motivos cristianos y bíblicos. – Pero muchas iglesias evangélicas tratan de la misma manera a un miembro que quiere ir a otra denominación: “Pero tú has nacido aquí espiritualmente, tú perteneces a nosotros, tienes que ser fiel a tu denominación, no puedes traicionarnos…” Incluso conocí el caso de alguien que fue reprochado duramente y tratado como enemigo por los líderes de su iglesia, ¡porque planeaba cambiar su membresía a otra congregación local de la misma denominación!

O sea, los líderes evangélicos, los que se creen herederos de la Reforma, los que se salieron de la iglesia romana, dicen ahora a sus miembros que nunca, nunca Dios les permitiría hacer lo que hicieron los primeros reformados: oponerse a la denominación en la cual se criaron, o salirse de ella. Enseñan como doctrina la “fidelidad a la denominación”. Este es exactamente el pensamiento que nos lleva en línea directa a anular la Reforma. Lo predije hace varios años en este artículo, y ahora efectivamente está sucediendo.

Sacramentos y rituales

Los sacramentos son otro pilar del catolicismo. De los siete sacramentos de la iglesia romana, Lutero reconoció solamente el bautismo, la cena del Señor y la confesión; y más tarde dudó también de la confesión. Muchas iglesias evangélicas rechazan también el nombre de “sacramentos” y los llaman “ordenanzas”, o algún otro término.

Pero la clave no está en si tenemos siete sacramentos o dos o ninguno; o con qué nombre los llamamos. Mucho más importante es el concepto que tenemos de ellos.

Según el concepto católico, los sacramentos obran “por sí mismos”: El bautismo hace que alguien nazca de nuevo; la confirmación hace que sea lleno del Espíritu Santo; la absolución hace que el pecado confesado sea perdonado; etc. O sea, en el concepto católico, un sacramento es una acción externa que produce una realidad espiritual.

Para refutar esta idea, sería suficiente señalar el gran número de personas bautizadas que diariamente demuestran con sus vidas que no han nacido de nuevo. Sin embargo, muchos evangélicos tienen la misma idea sacramentalista como los católicos. Aunque quizás no tengan “sacramentos”; pero aplican la misma idea a sus propios rituales.

Por ejemplo, tienen la “oración de entrega a Jesús”. Cuando pido a un evangélico que me cuente cómo nació de nuevo, casi todos refieren al momento cuando “hicieron la oración”. O sea, se refieren a un ritual externo y creen que este ritual hizo que ellos nacieran de nuevo. Pero el nuevo nacimiento es un suceso interno, espiritual. ¿Estaba presente esta realidad espiritual en la oración de entrega, o no?
– En algunos casos, la “oración de entrega” puede haber expresado una genuina realidad espiritual: que la persona experimentó una verdadera convicción del pecado, que entendió su necesidad de ser salvo, que comenzó a confiar en Jesucristo y a vivir por Él y para Él. Pero en muchos otros casos, esta oración puede haber sido un ritual igual de vacío como tantos bautismos católicos.

Lo que tenemos que entender es esto: La realidad espiritual es lo primero. Un ritual externo no tiene validez espiritual, excepto cuando expresa una realidad espiritual que ya existe. Cuando en realidad alguien nace de nuevo por el Espíritu Santo, entonces es legítimo y necesario expresar esta realidad espiritual mediante el bautismo. Pero donde esta realidad no existe, aun todas las aguas del mundo no tienen el poder de hacer que alguien nazca de nuevo.

Algo similar tenemos que decir acerca del ritual de “alabanza y adoración”. Muchos creen que el Señor se alegra más, y que su presencia se sentirá más, cuánto más cantan y hacen música y le halagan con sus palabras. Eso puede ser cierto cuando la alabanza es una expresión genuina de un corazón verdaderamente agradecido, y de una vida que agrada al Señor. Pero en una congregación donde eso no es el caso, el Señor les dice:
“Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas. … Quita de mí la multitud de tus canciones, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos. Pero corra el juicio como agua, y la justicia como impetuoso arroyo.” (Amós 5:21-24)

Podríamos seguir hablando de los rituales de “ofrenda” (que no tiene nada que ver con la generosidad que demostraron los primeros cristianos), de “reconciliación” (que a menudo es un “show” por afuera, pero no de corazón), de “oración” (donde muchos enfatizan más la postura exterior y el uso de ciertas palabras, en vez de buscar al Señor y de tener la actitud correspondiente del corazón), y otros más. Por cierto, existe un sacramentalismo evangélico que los predispone a volver a buscar, con el tiempo, también los sacramentos católicos.

Constantinismo

Con el emperador romano Constantino comenzó la mezcla entre iglesia y estado, que caracteriza toda la historia de la iglesia romana hasta hoy. Constantino se mostró como un gran protector y benefactor de la iglesia, y la iglesia lo aceptó gustosamente sin ejercer su discernimiento. A cambio, Constantino se arrogó el derecho de interferir en asuntos de la iglesia. Por ejemplo, él convocó y presidió el Concilio de Nicea (325), aunque no tenía ninguna posición de liderazgo en la iglesia; ni siquiera era bautizado. Cincuenta años más tarde, el emperador Teodosio decretó que el cristianismo (romano) iba a ser la única religión estatal. Y ya comenzaron las primeras persecuciones contra los que no aceptaron las doctrinas de Roma. ¡Tan pronto había cambiado la iglesia de perseguidos a perseguidores!

Esta actitud constantinista prevaleció durante toda la historia, hasta hoy:

– Por parte de los gobernantes del estado, una actitud de intervenir en los asuntos de la iglesia, haciéndole favores, asumiendo decisiones, y aun pronunciando condenaciones.
– Por parte de los líderes de la iglesia, la actitud de buscar tales favores e intervenciones del gobierno; de usar al gobierno como instrumento de poder para hacer valer decisiones eclesiásticas a la fuerza (por ejemplo la ejecución de los “herejes”); y de aspirar ellos mismos al poder político.

Los reformadores seguían en la misma actitud. Por eso hasta hoy, en los países reformados, la iglesia reformada es la iglesia estatal, de la misma manera como la iglesia romana lo es en los países católicos. En los tiempos de la Reforma, la única excepción eran los “anabaptistas“. Ellos renunciaron a toda protección estatal, para mantener su independencia y pureza espiritual. Por eso fueron perseguidos tanto por los católicos como por los reformados.

Los evangélicos actuales también están muy afanados por ser “reconocidos” por el estado, y por recibir subsidios estatales para sus construcciones y sus obras sociales, y que el estado les conceda “igualdad religiosa”. A cambio aceptan que el estado condicione su fe. Por ejemplo en el Perú, una iglesia evangélica tiene que ser afiliada al ecuménico CONEP para que pueda disfrutar de la “igualdad religiosa”.

También hay muchos líderes evangélicos ansiosos por ganar poder político. Con resultados desastrosos para el evangelio, porque muchos de los gobernantes evangélicos resultaron ser igual de corruptos como los demás.

Son pocos los evangélicos que aprendieron a distinguir entre “lo que es de César” y “lo que es de Dios”. La mayoría tiene también en este aspecto una mentalidad muy católica.

Conclusión

Los líderes evangélicos están propensos a volver al catolicismo porque nunca lo abandonaron completamente. En vez de proseguir con la Reforma según principios bíblicos, se quedaron donde se detuvo Lutero, y en algunos puntos aun retrocedieron. Por eso aun hoy, la mayoría de los evangélicos tienen una mentalidad más cercana al catolicismo que al cristianismo bíblico. Esta es la razón más profunda por qué ahora se dejan llevar tan fácilmente de regreso a Roma.

En los tiempos pasados por lo menos existía más temor a Dios, y un mayor apego a la Biblia. Por eso, en el pasado Dios pudo usar como instrumentos de avivamiento aun a personas muy inmersas en este sistema “evangelicatólico”, como por ejemplo a Jonatán Edwards (pastor calvinista), o a Juan Wesley (pastor anglicano). Pero hoy en día, las iglesias evangélicas son espiritualmente débiles, moralmente corrompidas, y más afanadas por la apariencia externa que por el estado de sus corazones. Por eso es natural que ahora estén siendo vencidas, poco a poco, por los vestigios del romanismo que quedaron en ellas. Si aspiran ahora a una “unión completa y visible” con la iglesia romana, es solamente la última consecuencia de que nunca se colocaron decididamente sobre el fundamento de las Escrituras.

“…por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos; por eso Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia.” (2 Tesalonicenses 2:10-12)

Espero que por lo menos unos cuantos entiendan las señales de los tiempos, reciban el amor de la verdad, y se pongan del lado de Dios.

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