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¿Fidelidad a la apostasía? – o: Negando la legitimidad de la Reforma

13/10/2012

En muchos círculos evangélicos se ha establecido un concepto de “fidelidad a la denominación”. Fui confrontado con esta idea bastante temprano en mi carrera evangélica. Después de concluir una formación misionera con una sociedad misionera interdenominacional, pedí a los líderes de la iglesia donde me congregaba en aquel entonces, que me permitieran trabajar con esta sociedad. Su respuesta fue: “Podemos enviarte como misionero, pero no con esta sociedad, porque nuestra denominación ya tiene su propia sociedad misionera.” – O sea: “Si quieres servir al Señor, tienes que quedarte dentro de nuestro cajón.”

La misma dificultad enfrentan cristianos que son miembros de alguna iglesia evangélica, y desean irse a una iglesia de otra denominación. Las razones por irse pueden ser perfectamente razonables, tales como: la otra iglesia queda mucho más cerca de donde viven; o están por casarse con alguien de la otra iglesia; o tienen amistades mucho más significativas en la otra iglesia que en su iglesia actual. Pero aun así, a menudo sus líderes les dicen: “Pero tú has sido bautizado aquí, tienes que ser fiel al lugar donde naciste espiritualmente.” (Como si en lo natural también fuera prohibido salir de la ciudad donde una nació…) – “Pero la otra denominación tiene puntos de vista doctrinales diferentes de nosotros, te van a confundir.” (Lo mismo podría decir la otra denominación de “nosotros”…) – O incluso: “¡Eres un ingrato! Tantos años te hemos cuidado, te hemos alimentado espiritualmente, y ahora que por fin podrías devolvernos algo de lo que hemos invertido en tí, colaborando en nuestra iglesia, ¡ahora te vas a otra iglesia!” (El egoísmo de los líderes se revela claramente en esta argumentación… ¿Acaso la iglesia es un negocio donde los líderes “invierten” en “sus” miembros para obtener una ganancia?)

En la teoría, quizás muchos de estos líderes reconocerán que no existen denominaciones en la iglesia del Nuevo Testamento, y que la otra iglesia es igualmente cristiana como la de ellos; quizás dirán que “todas las denominaciones son expresiones de la única iglesia cristiana”. Pero entre teoría y práctica hay un gran abismo. En la práctica se creen dueños de los miembros, y recurren a ideas sentimentales, nada bíblicas, de que “este es tu hogar espiritual, acá perteneces, no puedes irte así no más…” – Ellos olvidan que un cristiano es propiedad de Jesucristo, no de una iglesia o denominación. (Vea también: “¿Quién está hablando de robar ovejas?”)

Aun más grave se vuelve la situación cuando una iglesia o denominación empieza a apostatar de la Palabra de Dios (lo que es demasiado común hoy en día). En este caso, la “fidelidad a la denominación” obliga a los miembros a seguir en esta apostasía, y a recibir enseñanzas y órdenes de líderes que ni creen ni obedecen a lo que dice la Palabra de Dios. Si alguien señala los errores, le pueden decir: “Pero esta es la iglesia del Señor Jesucristo, y el Señor ama a su iglesia a pesar de sus errores, entonces tú tienes que amarla también. Por fin, no vas a encontrar en ningún lugar una iglesia perfecta.” – Esto suena muy espiritual, pero no lo es. El apóstol Pablo no llama “pastores” a los líderes que desobedecen al Señor Jesús o que tratan a los miembros como su propiedad; los llama “lobos” y “hombres que hablan cosas perversas” (Hechos 20:29-30). Y el Señor no llama “iglesia” a los que le sirven de apariencia solamente; los llama “cizaña” y “sinagoga de satanás” (Mateo 13:24-43, Apoc.2:9, 3:9). “Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas” (Apoc.18:4).

Ahora, este argumento de “amar a la iglesia a pesar de sus errores”, suena casi igual a lo que una vez me escribió un apologista católico romano. (Lo cito de la memoria porque ya no tengo la carta original.) El me escribió más o menos así: “La iglesia (católica) es la iglesia del Señor y es santa; entonces tenemos que creer que ella es santa y sin mancha, aun si vemos en ella muchos errores y muchos pecados cometidos por sus líderes, pero aun así la iglesia es santa porque el Señor lo dijo así.” (Podría también haber añadido que según la doctrina católica romana, la iglesia en su conjunto es infalible.) – Da mucho que pensar, que los líderes evangélicos usan los mismos argumentos como los defensores del catolicismo.

Ahora, aquí entramos en un asunto que forma la esencia misma de la Reforma: ¿Tuvieron los reformadores el derecho de llamar “apóstata” a su propia iglesia? ¿No debían ellos también haber permanecido fieles a su “iglesia madre”?

Las iglesias evangélicas se consideran herederos de la Reforma. No se cansan de afirmar que “nosotros no somos idólatras como los católicos”. Un evangélico que diría que la Reforma fue un error o que fue una rebelión ilegítima, estaría negando su propia identidad como evangélico. Y sin embargo, ¡esto es lo que los evangélicos están haciendo con su concepto de “fidelidad a la denominación”!

Veamos. Si fuera pecado para un evangélico actual, salirse de su denominación o fundar una nueva denominación con miembros de su congregación actual, entonces también hubiera sido pecado para Martín Lutero, oponerse a su iglesia (la católica romana) y permitir que se establezca una nueva iglesia (la reformada) con miembros que anteriormente eran católicos. Si un evangélico debe “sumisión” a su pastor, aunque el pastor esté equivocado, entonces Martín Lutero hubiera debido la misma sumisión al papa. Cualquier evangélico que defiende estas ideas de “fidelidad a la denominación” y de “sumisión bajo el pastor”, está negando la legitimidad de la Reforma. En consecuencia, está cortando el árbol sobre el cual él mismo está sentado.

El principio clave de la Reforma es que la Palabra de Dios es la máxima autoridad sobre la iglesia, por encima de todo liderazgo humano y de toda tradición eclesiástica. Fue sobre esta base que Lutero se opuso a su propia iglesia. Y es sobre esta misma base que también hoy tenemos que oponernos a los líderes que ponen sus propias prácticas, tradiciones y teologías – o aun su propia autoridad como líder – por encima de la Palabra de Dios.

– “Pero esto no es lo mismo”, protestarán algunos. “La iglesia católica se ha apartado de la verdad de Dios, pero nuestra iglesia evangélica está fundamentada sobre la Palabra de Dios.” – ¿Realmente? ¿Por qué entonces no permiten que un miembro común, basado en la Palabra de Dios, reprenda a un pastor que está equivocado? ¿Por qué entonces llaman “rebelde” y “divisivo” a un hermano que se atreve a obedecer a Dios antes que a los hombres? ¿Y por qué pactan con el movimiento ecuménico y con Roma? (Vea “Pacto entre la Alianza Evangélica, el ecumenismo y el Vaticano”.)

– “Pero nuestra declaración de fe es bíblica”, podrán decir. ¿Y qué? He visto a más de un líder evangélico traicionar su propia declaración de fe, con sus palabras y con sus hechos. La declaración de fe de la iglesia católica romana (el Credo Apostólico) también es bíblica; no contiene nada a lo que un evangélico podría objetar desde la Biblia. Esto no impidió que esta iglesia introdujera a lo largo del tiempo las prácticas más antibíblicas, extraviadas y abominables. Lo mismo en las iglesias evangélicas con sus declaraciones de fe bíblicas. Estos pedazos de papel no pueden impedir que las iglesias se alejen cada vez más de las palabras de su Señor. (Vea “95 tesis sobre el estado de las iglesias evangélicas” para una comparación entre el Nuevo Testamento y la situación general de las iglesias evangélicas actuales.)

Efectivamente, las iglesias que surgieron de la Reforma, están hoy ellas mismas en la necesidad desesperada de una nueva Reforma. Al negar esta necesidad, están al mismo tiempo negando la Reforma de la cual ellas mismas surgieron. Con lo que dan una muestra más, de que están efectivamente en la misma situación como la iglesia católica antes de la Reforma. Esta situación irónica se ha repetido varias veces en la historia de la iglesia: Cuanto más necesidad tiene una iglesia de ser reformada, más se esfuerza por demostrar lo contrario: que “somos la iglesia verdadera”, que “tenemos la doctrina sana”, que “los que se oponen a nuestro liderazgo son rebeldes”. Cuando observamos esto en una iglesia, sabemos que esta iglesia ya están más allá del punto donde podría todavía ser reformada. Una tal iglesia tiene que ser desechada, y el verdadero pueblo de Dios tiene que volver a encontrarse y reunirse de una forma más bíblica. Ya es tiempo que el remanente del pueblo de Dios escuche nuevamente el llamado: “Salid de ella, pueblo mío…”

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