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Buenos días, pecadores indignos (Parte 2)

23/12/2011

Un poco de historia

Toda esta confusión tiene un trasfondo histórico. Martín Lutero puso mucho énfasis en la doctrina de la salvación por la fe, no por obras; y en que ningún hombre – tampoco el cristiano – puede ser bueno por sí mismo; pero que Dios le perdona por gracia. Y él llevó esta enseñanza a tal extremo que dijo que el cristiano es “simul iustus et peccator”, simultáneamente justo y pecador. En otra oportunidad dijo: “Ya pensé haber ahogado al viejo Adán, pero el bribón sabe nadar.”

Lutero fue sin duda un reformador muy grande e importante. Pero el mismo Lutero estableció también el principio de “sola scriptura”, o sea, que en la iglesia no existe ninguna autoridad doctrinal aparte de las Sagradas Escrituras. Ni la “tradición de la iglesia”, ni el papa, ni un pastor o teólogo, por más famoso que sea, puede ser la última autoridad en asuntos de doctrina. Entonces tenemos que aplicar este principio también a las enseñanzas del mismo Lutero, y tenemos que decir: “Aquí usted se ha equivocado, doctor Martín: las Escrituras no apoyan el ‘simul’, y tampoco dicen que el viejo hombre sepa nadar.” (Ya hemos examinado más arriba la cuestión del ‘simul’.)

Ahora, desde el trasfondo histórico podemos comprender bien que Lutero se haya excedido en este punto. Es que en aquel tiempo, la gente miraba la vida con sentimientos muy diferentes del hombre moderno y pos-moderno. La conciencia del pecado permeaba todo. En cada momento, uno sentía sobre sus hombros el peso agobiante de sus pecados – un peso que podía ser aliviado solamente por medio de buenas obras a favor de una iglesia todopoderosa. Algunos llegaron al extremo de gastar todas sus posesiones para salvar (según su creencia) su alma, o el alma de algún familiar, del purgatorio donde tenían que sufrir por sus pecados. Los esfuerzos por liberarse del pecado ocupaban una gran parte de la vida. Esta pobre gente ya estaba arrepentida, ya estaba en búsqueda de la salvación. Pero era muy necesario decirles que sus propios esfuerzos no eran necesarios ni útiles para eso, que la gracia de Cristo era todo. Y una vez convertidos, era necesario decirles que su conversión y salvación no era su propio mérito; que no eran ellos mismos quienes eran “tan buenos” como para merecer la salvación. Y así podemos entender que Lutero se excedió en enfatizar esta verdad. Sucede a veces, cuando la iglesia se ha desviado mucho hacia un lado, que a una persona fuerte le parece necesario jalarla con tanta fuerza hacia el otro lado, que al final de cuentas llega a desviarse hacia el otro extremo.

Esto es lo que sucedió con la enseñanza de Lutero. Esta enseñanza era muy necesaria para un pueblo que hacía esfuerzos sobrehumanos para liberarse ellos mismos del peso del pecado sobre sus hombros, y después se sentía orgulloso de estos esfuerzos. Pero esta no es la situación actual. El hombre moderno, y el cristiano moderno, tiene muy poca verdadera convicción de su pecado; y hace aun menos esfuerzos para liberarse de él. La gracia preciosa que había anunciado Lutero, se ha convertido en una gracia barata bajo la prédica de la iglesia moderna. Ahora se anuncia gracia para todos, aun para aquellos que no quieren arrepentirse. Frente a esta iglesia moderna es necesario decir a voz alta: “No es posible que usted sea cristiano y pecador a la vez. ‘Cristiano’ y ‘pecador’ son tan opuestos como fuego y agua.”

Se levanta entonces la pregunta: Aquellos que se llaman “cristianos” y “pecadores” a la vez, ¿cuál de los dos son? ¿Son santos que todavía no han entendido que son santos? ¿o son pecadores que erróneamente creen ser cristianos? – Su actitud, hasta donde los he conocido hasta ahora, me hace pensar que la mayoría entra en el segundo caso. Tienen toda la razón cuando se llaman a sí mismos “pecadores”; pero están muy equivocados cuando creen que así pueden ser cristianos. Efectivamente, la mayoría de ellos todavía no ha llegado a Romanos 3:24: no han llegado a un arrepentimiento verdadero, ni a la verdadera fe en Cristo que salva. Evidencia de ello es: que siguen viviendo en pecado; y que niegan la eficacia del sacrificio de Cristo para liberar del pecado.

¿Sabe nadar el viejo Adán?

Según parece, Lutero se sintió desanimado al ver que aun después de su conversión, él pecaba de vez en cuando. (Aquí vemos otra vez la gran diferencia entre aquel tiempo y la iglesia actual: Los “cristianos” actuales también pecan, pero ya no les preocupa.) De allí sacó la conclusión (errónea) de que “el viejo Adán sabe nadar”. Pero el pasaje correspondiente es muy claro:

“…nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. (…) Porque en cuanto murió (Cristo), al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros…” (Romanos 6:6,10-11)

En un cristiano verdadero, el hombre viejo está claramente muerto, y nada indica que pueda resucitar.
¿Por qué entonces pecan aun los cristianos verdaderos de vez en cuando? – La respuesta encontramos en Romanos 8:

“Porque el pensar de la carne es muerte; pero el pensar del Espíritu es vida y paz; porque el pensar de la carne es enemistad contra Dios, porque no se somete a la ley de Dios, porque ni puede. (…) Por tanto entonces, hermanos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, porque si ustedes viven según la carne, van a morir. Pero si por el Espíritu matan las prácticas del cuerpo, vivirán.” (Romanos 8:6-7,12-13)

Aquí, Pablo no habla del “viejo hombre”, pero de la “carne”. ¡Esto no es lo mismo! El “viejo hombre” es la naturaleza del hombre no regenerado, que lo empuja inevitablemente hacia el pecado. Este es el “pecador” por naturaleza. La “carne”, en cambio, es simplemente débil. Con “carne” resume Pablo todos los esfuerzos, inclinaciones y posibilidades que tiene el hombre por sí mismo, sin la ayuda de Dios. Esta “carne” hasta puede ser buena y religiosa (vea Fil.3:4-7). Pero no puede verdaderamente cumplir la voluntad de Dios, como acabamos de leer.

Entonces, el cristiano peca de vez en cuando, no porque fuese todavía pecador, pero porque es simplemente humano y por tanto débil. Y Romanos 8 nos enseña una salida de esta debilidad: pensando y viviendo “según el Espíritu”, en vez de pensar y vivir “en la carne”. O sea, apoyándonos en el poder y las posibilidades de Dios y de Su Espíritu, en vez de nuestros propios esfuerzos humanos.

Podemos ilustrar la diferencia de la siguiente manera: Imaginémonos que vemos una cebra tallada de madera, con rayas blancas y negras. ¿Es una cebra de madera blanca, con rayas negras pintadas encima, o está hecha de madera negra, con rayas blancas pintadas? A primera vista quizás no lo podemos distinguir. Pero si tomamos un poco de lija y comenzamos a lijar, pronto saldrá la pintura y se notará el verdadero color de la madera. Así es la diferencia entre el pecador y el cristiano. La verdadera naturaleza del pecador es el pecado, por más que se esfuerce para hacer obras buenas e incluso para colaborar en la iglesia y darse una apariencia cristiana. Estos esfuerzos son como las rayas blancas pintadas. Cuando Dios empieza a “lijar” y probar esta vida, con el tiempo aparecerá su verdadera naturaleza. – Lo mismo con el cristiano. Su verdadera naturaleza es la santidad, por más que caiga de vez en cuando en pecado. Estos pecados son como las rayas negras pintadas. Cuando Dios prueba la vida del cristiano, poco a poco será liberado de estas rayas negras, y su verdadera naturaleza aparecerá con más claridad.

Esta es la gran verdad de Apocalipsis 22:11-12:

“El que es injusto, sea (más) injusto todavía; y el que es inmundo, sea (más) inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia (más) todavía; y el que es santo, santifíquese (más) todavía. He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.”

Algunos, queriendo ser muy “reformados”, enseñan que la salvación no es nada más que un “cambio de etiquetas”. O mejor dicho, un engaño de etiquetas. Como si Dios dijera: “El pecador fulano desea ser exonerado del castigo por el pecado y ha invocado mi nombre; por tanto le pongo ahora la etiqueta de ‘justo’ y ‘santo’, por más que su vida siga tan injusta y pecaminosa como antes.” Una tal enseñanza hace de Dios un mentiroso. La justificación no sería justificación si el “justificado” siguiera siendo injusto. Uno no puede ser “justo en la teoría, pero injusto en la práctica”. Dios expone esta actitud con palabras fuertes:

“Hurtando, matando, adulterando, jurando en falso, e incensando a Baal, y andando tras dioses extraños que no conocisteis, ¿vendréis y os pondréis delante de mí en esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, y diréis: Librados somos; para seguir haciendo todas estas abominaciones? ¿Es cueva de ladrones delante de vuestros ojos esta casa sobre la cual es invocado mi nombre? He aquí que también yo lo veo, dice el Señor.” (Jeremías 7:9-11)

¿Qué dijo Jesús a la mujer adúltera después de perdonarle? – “Ni yo te condeno: vete, y no peques más.” (Juan 8:11) 
¿Y qué dijo Jesús al paralítico al que había sanado? – “He aquí, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor.” (Juan 5:14)

El “No peques más” es inseparable de la obra de restauración que Jesucristo hace en los hombres. ¿Significa esto que Jesús les impone una carga insoportable? – De ninguna manera. El mandamiento “No peques más” está en la misma categoría como el mandamiento anterior, dicho al paralítico:“Levántate, toma tu lecho, y anda.” (Juan 5:8) ¡Una carga insoportable, por cierto! ¡Este hombre no podía andar! Pero el paralítico no lo vio de esta manera. Al contrario, para él fue un mensaje de liberación sobrenatural: Si Jesús me lo dice, ¡yo puedo! Y se levantó y caminó.
– Lo mismo se aplica al mandamiento “No peques más”. Para los que desprecian el don sobrenatural de Jesús, este mandamiento es una carga insoportable, un “legalismo”, un “requisito anticuado”. Pero para aquellos que han conocido al Señor de verdad y confían en él, es un mensaje de liberación sobrenatural: Yo por mí mismo no puedo. Pero si el Señor Jesús me lo dice, ¡entonces sí puedo!

Los frutos podridos de los “pecadores indignos”

Si se tratara solamente de una disputa por palabras, yo no me tomaría la molestia de escribir este artículo. Pero esta enseñanza de los “pecadores indignos” ha corrompido a enteras denominaciones evangélicas. Con esta enseñanza, toda la ética cristiana se ha volteado de cabeza. Los fariseos de los tiempos de Jesús despreciaban a los adúlteros, a las prostitutas, a los ladrones, a los traidores de la patria. ¡Pero los fariseos de hoy desprecian a aquellos cristianos dedicados, que sinceramente desean agradar al Señor Jesús!
Ahora se considera “bueno” y “misericordioso” dejar que los pecadores no arrepentidos sigan en su vida de pecado, aun dentro de la iglesia. ¡Como si esto fuese misericordia, permitir que los cristianos sigan siendo robados, engañados, abusados y maltratados por sus “hermanos”, e incluso por sus pastores! – Y se considera “malo” confrontar el pecado y llamar a los pecadores al arrepentimiento. O sea, ahora es “malo” anunciar el mismo mensaje que Jesús y sus apóstoles predicaban durante toda su vida. (Vea Mateo 4:17, 9:13, Lucas 24:47, Hechos 2:38, 3:19, 14:15, y muchos otros.)

La “disciplina eclesiástica” se ha pervertido de tal manera que ya no se aplica para corregir a los pecadores no arrepentidos. Al contrario, la “disciplina eclesiástica” se utiliza ahora para silenciar y expulsar a aquellos que exponen el pecado. A estos se los llama ahora “faltos de amor”, “sin misericordia”, “rebeldes” y “divisivos”. (Especialmente si exponen el pecado de un líder.) Ya no puedo contar las veces en que supuestos hermanos evangélicos me reprocharon mi “falta de amor”, porque en un caso concreto manifesté que el abuso sexual de menores es un pecado que amerita disciplina eclesiástica. Entonces, ¿sería más “amoroso” callarse, para que más niños se vuelvan víctimas?

Con esta falsa enseñanza, algunas iglesias de verdad se han convertido en cuevas de ladrones. Se volvieron lugares de refugio para cada clase de delincuentes, quienes pueden abrigarse allí debajo de una mal entendida “gracia cristiana”. Como ilustra el siguiente ejemplo:

“Charles Colson relató la historia de Mickey Cohen, el director de la mafia de Los Angeles hace unos treinta años. Mickey Cohen fue a una cruzada de Billy Graham y dijo una oración para aceptar a Cristo como su Salvador. No obstante continuó dirigiendo la mafia en todas sus actividades ilegales e inmorales. Entonces un cristiano valiente quien también había estado involucrado en la mafia, fue a Mickey y le explicó que ya no podía vivir como había vivido en el pasado. Mickey se opuso, diciendo que en la cruzada nadie le había dicho que tenía que
dejar de dirigir la mafia. El otro le mostró de la Escritura que tenía que dejar de practicar tales cosas. Al oír esto Mickey dijo, ‘Pues si alguien me hubiera explicado todo esto desde el principio, yo no hubiera aceptado a Cristo.’ Siguió dirigiendo la mafia hasta que murió de cancer.”
(Fuente: Revista “PlaticAMOS” de diciembre de 2001, en http://www.amos524.org)

Esta situación ha manchado el testimonio de Jesucristo en todas las partes donde existen tales iglesias de “pecadores indignos”. Lo puedo observar en mi propio entorno personal: La mayor parte de la gente ha hecho malas experiencias con evangélicos, y por tanto no tienen interés en el evangelio. De verdad, las palabras del apóstol Pablo se dirigen a las iglesias actuales:

“Tú que te jactas de la ley (Biblia), ¿con infracción de la ley (Biblia) deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre las naciones por causa de ustedes.” (Romanos 2:23-24)

Es la honra de Dios, la reputación de Dios, que está en juego.

Conclusiones

Si usted es un “pecador indigno”, ¡arrepiéntase! No le servirá simplemente cambiar de palabras y llamarse “santo” desde ahora. Esto no cambiará la naturaleza de usted. ¡Arrepiéntase de corazón y con hechos ante el Señor Jesucristo! Después confíe en El para su nuevo nacimiento y la restauración de su vida.

Si usted es un cristiano que verdaderamente ama y busca al Señor, entonces ¡no se junte con una iglesia de “pecadores indignos”! Allí los mismos líderes menosprecian, reprenden y desaniman a cada uno que busca la santidad. Le llamarán “legalista”, “perfeccionista”, “falto de amor”, y cosas peores. Harán todo lo que pueden para rebajarle a usted al mismo miserable nivel de vida hipócrita en el cual se encuentran ellos mismos. Busque una comunión de cristianos que aman al Señor de verdad.

No quiero ser malentendido. También en este asunto es posible desviarse al otro extremo. Así sucedió en algunos sectores de la iglesia del segundo y tercer siglo, donde se enseñaba que no hay perdón de pecados que se cometen después del bautismo. Así sucedió también en algunos sectores del metodismo temprano y del movimiento de santidad en el siglo XIX, donde se predicaba una perfección completa de tal manera que el cristiano ya no podría ser vencido por ninguna tentación. Una tal enseñanza puede llevar a la desesperación para aquellos que buscan esta perfección y no la pueden encontrar. También puede llevar a una disciplina eclesiástica demasiado rígida, que niega el arrepentimiento y la restauración aun a aquellos que son realmente arrepentidos. – Pero en la actualidad no veo que exista el peligro de que esta corriente vuelva. Ciertamente no, mientras uno puede caer bajo disciplina en una iglesia evangélica, tan solo por llamar pecado al pecado.

Por lo demás, quiero dejar claro que la justificación y la santificación es siempre un regalo de Dios. No es un mérito del hombre. Pero quiero dejar igualmente claro que Dios desea dar este regalo a cada uno que le busca. El peor pecado de los “pecadores indignos” es este: Ellos desprecian y pisotean este regalo, o niegan que exista; y a los que lo buscan, les impiden recibirlo. Puesto que ellos mismos no conocen la dicha de una vida siguiendo a Jesús, quieren negarla a todos los demás también. Son como aquellos fariseos de los que dijo Jesús: “Cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando.” (Mateo 23:13) Esperemos y oremos que el Señor mismo les arranque las llaves del reino a estos usurpadores, y las devuelva a quienes legítimamente pertenecen: a los que realmente desean entrar.

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Buenos días, pecadores indignos

16/12/2011

En algunos círculos evangélicos existe la costumbre de decir: “Soy un pecador indigno.” “Somos todos pecadores indignos.” Muchos repiten estas palabras sin pensar, simplemente porque los demás también lo dicen. Pero Dios no quiere que seamos loros, repitiendo palabras sin pensar en su significado. Dios quiere que examinemos todo lo que escuchamos (1 Tes.5:21). Vamos a examinar entonces esta costumbre, y vamos a ver que dice la Biblia.

¿Por qué dicen “Soy un pecador indigno”?

He preguntado a varios evangélicos por qué usan estas palabras. Como ya dije, muchos no sabían responder porque las repetían sin pensar. Algunos dijeron: “¿No nos ha enseñado el Señor Jesús a orar así?” – Con esto se refieren a la parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18:9-14), donde Jesús dijo:

“Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.” (Lucas 18:13-14)

¿Por qué actuó así el publicano? Obviamente, porque estaba consciente de su pecado, y expresó arrepentimiento ante Dios. El sabía muy bien que con la vida que él llevaba, no era justo ante Dios, y buscaba ser justificado.. Jesús dijo esta parábola para enseñar “a unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros” (verso 9). Estos, los fariseos, también necesitaban arrepentimiento, pero no estaban conscientes de ello.

Ahora, si mi amigo miembro de iglesia usa las mismas palabras como el publicano en su oración en la iglesia, ¿recibirá la misma recompensa? – ¡No necesariamente! El arrepentimiento es un asunto del corazón y de los hechos. No es asunto de las palabras que usamos. Y de aquellos que pregunté, ninguno dijo que usaba estas palabras porque estaba arrepentido de sus pecados. Mas bien dijeron que oraban así porque “así dijo el Señor que hay que orar”. Vamos a ver cual es la actitud que se revela aquí.

Los fariseos habían aprendido que para ser justos, tenían que demostrar que cumplían la ley de Dios en cada detalle. O mas bien, el “demostrarlo” ante la gente era todavía más importante que el cumplir. Por eso, el fariseo en la parábola pensaba ser justificado al jactarse de su obediencia. Su actitud era una de aparentar ante la gente algo que no era realidad en su corazón.

¿Y qué aprenden hoy los miembros de iglesia que repiten las palabras del publicano? Se les dijo que para ser justificados, tienen que ser “humildes” y llamarse “pecadores” a sí mismos. Entonces lo hacen, porque quieren que los otros miembros de la iglesia vean que están usando las palabras correctas. O sea, ¡ellos también están solo aparentando! Están usando unas palabras que en su contexto original expresaron arrepentimiento; pero no hay ningún arrepentimiento en sus corazones y en sus vidas. La mayoría de los que dicen “soy pecador indigno”, en realidad ni siquiera creen que son pecadores.

Haga la prueba. Llame usted “pecador indigno” a alguno de los que habitualmente usan esta palabra, y verá la reacción. Una vez lo hice en una iglesia de esas, donde me habían invitado. Después del tiempo de oración saludé a la congregación: “Buenos días, pecadores indignos.” Vi algunas caras muy, pero muy molestas. ¡Allí se acabó la humildad! – Les dije: “¿Por qué se molestan? Solamente estoy diciendo lo que ustedes mismos dijeron hace pocos minutos en vuestras oraciones.” – Pero allí estaba el problema. Ellos habían orado así, no porque hubieran sido convencidos de su pecado. Habían orado así solamente para demostrar que sabían las “palabras correctas”.

En realidad, esta forma de aparentar es todavía peor que la de los fariseos. Los fariseos eran orgullosos, sí; pero por lo menos eran abiertamente orgullosos. En cambio, los que dicen “soy pecador indigno” sin creerlo realmente, esconden su orgullo detrás de una falsa humildad.

– Ahora, yo sé que existe también la corriente opuesta, la de la “confesión positiva”. Allí se enseña a la gente a “confesar” que son sanos mientras se encuentran todavía postrados en cama; a “confesar” que son victoriosos cuando en realidad todo les sale mal; y a “confesar” que son santos cuando todavía están cautivos en una multitud de pecados. En ninguna parte de la Biblia se nos anima a hacer algo parecido. El cristiano verdadero puede llamarse “santo” porque esta es la realidad de su vida; pero Dios no dice al seudo-cristiano que se llame “santo” cuando no hay santidad en su vida. Pero este es otro problema que merecería otro artículo aparte.

Un cristiano es un santo

¿Existe una base bíblica para llamar “pecador” a un cristiano? El Nuevo Testamento es consecuente en esto: los cristianos se llaman “santos”, y los no cristianos se llaman “pecadores”. Pablo escribió sus cartas a los “santos” en Corinto, en Efeso, en Filipos, etc. No a los “pecadores en Corinto”. – A los romanos escribe claramente que un cristiano ha muerto al pecado:

“¿Qué diremos entonces? ¿Permanezcamos en el pecado, para que la gracia aumente? ¡No sea! Los que morimos para el pecado, ¿cómo viviremos todavía en él? (…) Así también ustedes: considérense a sí mismos muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.” (Romanos 6:1-2, 11)

En cuanto a los pecadores o “injustos”, la Escritura deja claro que estos no pueden ser verdaderos cristianos:

“¿O no saben que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se engañen: Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que cometen actos homosexuales, ni los ladrones, ni los codiciosos, ni los borrachos, ni los groseros, ni los asaltantes heredarán el reino de Dios. Y algunos [de ustedes] eran tales. Pero fueron lavados, fueron santificados, fueron justificados en el nombre del Señor Jesús y en el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Corintios 6:9-10)

Más claramente no se puede expresar la diferencia abismal entre un “pecador” y un “justo” o “santo”. – De manera parecida leemos en Apocalipsis:

“El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.” (Apocalipsis 21:7-8)

¿Cómo entonces entendemos la parábola del fariseo y del publicano? – Ciertamente, Jesús no condena allí la búsqueda de la santidad. Al contrario, el publicano buscaba exactamente esto: perdón de sus pecados y restauración de su vida. Por eso, Jesús lo llama “justificado”. ¡No por ser pecador, pero por su arrepentimiento! Este mismo arrepentimiento hizo que el publicano dejase de ser un pecador y se convirtiese en un justo.
Lo que Jesús condena, es la justicia propia, o sea, el “confiar en sí mismo como justo”. E irónicamente, esto es exactamente lo que hacen los que se llaman “pecadores indignos”: Creen ser justificados por su propia demostración de (falsa) humildad, en vez de buscar la justicia que viene de Jesucristo.

Algunas preguntas y objeciones comunes

Los “pecadores indignos” suelen responder a la exposición de estas verdades con 1 Juan 1:8:

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.”

¿Significa esto que el cristiano debe llamarse “pecador”? – De ninguna manera, y hay tres razones para negarlo:

1. El verso inmediatamente anterior afirma que “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.” (1 Juan 1:7) ¿Cómo seguirá siendo pecador alguien que acaba de ser limpiado de todo pecado? Más probable es que el verso 8 se refiere a los pecados cometidos antes de convertirse a Cristo. Es claro que cada cristiano tiene tales pecados en su vida, porque nadie nace cristiano.

2. Aun suponiendo que el verso se refiere a pecados actuales de un cristiano, ¿esto hace del cristiano un pecador? – No, porque enseguida se aplica el verso 9:

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”

Entonces, aun si un cristiano comete un pecado, inmediatamente se va a arrepentir, va a confesarlo ante el Señor, y entonces el Señor lo limpia, y el cristiano queda nuevamente limpio del pecado. – Notemos que el Señor limpia no solamente “del castigo por la maldad”; ¡El limpia de la misma maldad!

3. Si seguimos leyendo unos versículos más, la intención del pasaje entero se hace clara. Desafortunadamente, en algún momento de la historia, algún escriba decidió insertar una separación de capítulos después de 1 Juan 1:10. Pero la separación en capítulos no es inspirada por Dios, y en este caso particular es muy desafortunada, porque rompe el contexto. Es que 1 Juan 2:1-6 explica el propósito de los versos anteriores:

“Hijitos míos, estas cosas les escribo para que no pequéis. Y si alguno hubiere pecado (o sea, si a pesar de todo un cristiano peca, aunque esto no es lo normal), abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. (…) Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él.” (1 Juan 2:1,3-4)

Es obvio entonces que Juan no escribió 1 Juan 1:8 como una excusa para que los cristianos sigan viviendo en pecado sin arrepentirse. Al contrario, lo escribió como parte de un consejo de cómo ser libres del pecado. Si alguien todavía duda de ello, que lea también 1 Juan 3:6-8:

“Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe: el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.”

– Otra objeción que escuché, viene desde Romanos 3:9-10:

“…pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno …”

“Ya ves”, dicen los “pecadores indignos”, “que no hay ningún justo en el mundo y que todos somos pecadores.”

Esta es una interpretación realmente horrorosa de este pasaje; una interpretación que desconoce completamente el contexto de Romanos, y que además niega la salvación efectuada por Jesucristo. Hay que leer los primeros tres capítulos de Romanos juntos y completos, y fácilmente uno entenderá el flujo del pensamiento: Pablo demuestra en estos capítulos a los no cristianos que son pecadores y que por tanto necesitan ser salvos. Aplicado a los no cristianos, sin duda es verdad que “todos son pecadores”. Pero Pablo no sigue diciendo: “… entonces todos permaneceremos pecadores indignos por el resto de nuestra vida.” Al contrario, él dice (parafraseado): “Por eso, porque eres pecador, ¡por eso necesitas a Jesucristo!” Y va explicando que por medio de la salvación en Jesucristo, el pecador puede dejar de ser pecador:

“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús…” (Rom.3:21-24)

Entonces, si alguien se incluye entre los “pecadores” e “injustos” de Romanos 3:9-10, está diciendo que todavía no ha llegado a Romanos 3:24. O sea, que todavía no ha llegado a la fe en Jesucristo.

(Continuará)