Archive for 8 noviembre 2010

Cristianos que desean una renovación espiritual de la iglesia: “No seamos ingenuos”

08/11/2010

Hace poco encontré un blog titulado “Por un cristianismo radical”, y allí un artículo titulado “No seamos ingenuos”. Me parece que los autores de este artículo resaltan unos punto muy importantes, y por tanto deseo comentar este artículo aquí.

Para leer el artículo original:

“No seamos ingenuos”, primera parte
“No seamos ingenuos”, segunda parte

Y aquí mi comentario:

Veo varios puntos a resaltar en este artículo. Primero, el de la relación “ídolo-fans”. ¿Por qué criticamos ciertas herejías, pecados, corrientes peligrosas en la iglesia? ¿Por convicción verdadera y amor a Dios y a Su pueblo; o por complacer a nuestros “fans” que esperan estas críticas de nosotros?  El autor pone un ejemplo de Benny Hinn, un predicador bastante alejado del evangelio bíblico, pero que en una prédica atacó con buenos fundamentos bíblicos a otro predicador extraviado. Recibió mucho aplauso por ello – simplemente porque los “fans” de Benny Hinn no son los “fans” del otro predicador.

He vivido un ejemplo de este fenómeno en carne propia. Durante algunos años colaboré con cierta denominación evangélica, donde algunos predicadores atacan habitualmente el ecumenismo desde sus púlpitos, defendiendo la “sana doctrina”. Hasta que descubrí que los líderes regionales y nacionales de aquella denominación eran, en su mayoría, ellos mismos miembros de organizaciones ecuménicas y difundían la teología de la Alta Crítica. Como era natural, empecé a exponer estas cosas en las iglesias e institutos de aquella denominación aparentemente tan celosa de la “sana doctrina”. Pero no pasó mucho tiempo, y los líderes me comunicaron que estaban rompiendo sus relaciones con mi persona, y que yo ya no podía enseñar en sus iglesias e institutos. La moraleja: Puedes criticar todo lo que está afuera de la institución, y recibirás aplausos; pero si criticas las mismas cosas dentro de la institución, te expulsan.

Ahora tengo un temor santo ante la posibilidad de formar una nueva organización eclesiástica, “renovada” y “avivada” quizás, pero con sus propios puntos ciegos, y ser parte de un liderazgo que se autoproteja contra cualquier corrección desde afuera, de la misma manera como lo hacía el liderazgo de aquella denominación. Muy acertadas las preguntas que hace el autor del artículo :

Mientras no tenemos posibilidad de reconocimiento todos somos Martín Lutero. Pero el problema está: ¿Y cuando estoy en la misma situación que el cantante fulano de tal o que el predicador mengano?
¿Qué me motiva? ¿Me gusta el reconocimiento? ¿Lo busco? ¿Amo más mi reputación dentro de los que piensan como yo que el agradar a Cristo?
Está claro que si sigues hablando contra la apostasía cientos y cientos de Iglesias te van a rechazar, pero ¿ahora que encuentras que otro montón de creyentes te aplauden cuando hablas contra todo aquello?. ¿Qué pasa con tu corazón cuando ves que existe una “farándula evangélica” también de este lado que habla contra esto y aquello?

Un segundo punto a resaltar: ¿Vivo el evangelio que predico? Dice el mencionado artículo:

Si hemos salido de Iglesias equivocadas porque no vivían el verdadero evangelio, pero ahora tampoco nuestra vida refleja el verdadero evangelio, no seamos ingenuos…
Si hemos atacado las motivaciones del cantante fulano de tal, pero ahora en lo que haces te motiva el mismo ego y vanagloria que ese cantante, olvídate, no hemos cambiado NADA.
Si hemos dejado claro con blogs, vídeos y demás que el fruto de ciertas personas dejaba mucho que desear, y que sus familias no reflejan en absoluto a Cristo, pero tú eres un esposo o una esposa frío y egoísta, si eres un padre que siempre tiene otra cosa que hacer o eres un ejemplo pésimo para ellos, si eres vago y no trabajas y te mantienen tus padres, si no eres un trabajador responsable con el fin de proveer para los tuyos…. que quede muy claro: NO HEMOS CAMBIADO NADA.

Después menciona el siguiente ejemplo positivo:

Hace unos años conocí a Chuy Olivares. El me invitó a su casa y estuve 5 días allí. Debido a sus predicaciones fuertes yo esperaba encontrarme a un hombre duro y en posición de guerra.
Por el contrario encontré a un hombre humilde, manso y hasta afectuoso.
Al pasar tiempo con su familia encontré los efectos del carácter cristiano. Se podía ver una dulce familia.
Al conocer internamente a los líderes de su Iglesia me sorprendió que no viven hablando de lo que dijo fulano de tal ni de la última herejía de mengano. Sino que más bien reinaba, nuevamente, un carácter cristiano.
Es gente que está en franco desacuerdo con la apostasía. Pero que su énfasis mayor está puesto en que las familias, desde el bebé recién nacido hasta el abuelito, reflejen el fruto del Espíritu.

No conozco a Chuy Olivares y no sé mucho de él. Pero me gusta el ejemplo que menciona de él, y espero mucho que sea verdad. No solamente el ejemplo de una familia sana; aun más el hecho de que esta familia esté dispuesta a compartir su vida con otras personas. Muy en contraste con lo que escuché una vez decir a cierto pastor: “Prefiero que los jóvenes de mi iglesia no pasen demasiado tiempo en mi casa. Podrían ver unas cosas que los choquen, y todavía no tienen la madurez suficiente para tratar con eso.”

Personalmente, mi esposa y yo siempre sentimos que nuestra vida fue enriquecida por las personas que vivían con nosotros por algún tiempo, desde unos días hasta varios años. Y fueron estas las personas en quienes hemos visto mayor crecimiento espiritual. Efectivamente, creo que esta es la única forma de “pastoreo” eficaz: compartir las vidas juntos. Las otras cosas que comúnmente se entienden con “pastorear”, lo de administrar una organización eclesiástica, dar charlas y órdenes, y tener citas de “consejería”, es muy artificial y produce muy poco crecimiento verdadero; y además le permite al “pastor” mantener su verdadera personalidad escondida detrás de una máscara profesional. (Volveré más abajo a este asunto del “pastorear”.)
Cierto, el compartir la vida es un desafío mayor. Hay choques; no podemos mantener una apariencia de “cristianos profesionales”; no nos ven siempre sonriendo, sino también en los momentos en que estamos agotados, malhumorados, descontrolados… y así ya no podemos mantener la ficticia relación de “pastores y ovejas”. Vemos la necesidad de crecer nosotros mismos también. Nos vemos obligados a reconocer que “uno solo es nuestro maestro, el Cristo, y nosotros todos somos hermanos” (Mateo 23:8). Unos hermanos son más maduros que otros, ciertamente, pero todos (si es que pertenecemos a Cristo) somos hermanos que nos ayudamos mutuamente a crecer.

Llego ahora al último punto que deseo mencionar, y que merece un comentario más largo. Se trata precisamente de la idea del “pastorear”:

Hace 9 años me fui de una Iglesia totalmente seguro que no tenía nada que ver con la Iglesia de Cristo. Y a partir de ahí, tomé el compromiso de querer un cambio genuino de lo que había vivido.
Siempre repetí: “Para yo hacer lo mismo, me vuelvo a donde estaba”

Y hasta hoy busco ese vivir el verdadero cristianismo. No digo para nada que lo haya alcanzado, pero sí que sigue siendo mi convicción.
Pero yo no fui el único que se fue de esa Iglesia. Antes de que yo me fuera, y después, muchos me decían que todo aquello estaba mal y que debíamos luchar por la verdad. Con la mayoría de los que se fueron hablé esto.
Lo terrible, es que con el tiempo, casi todos se volvieron pastores, y al visitar sus Iglesias, descubrí que estaban haciendo más o menos lo mismo que antes criticaban.
Un poco más de esto, y unas gotas menos de aquello… pero… en síntesis… lo mismo…
¿Qué pasó con todo lo que decían?
Ahora que se encontraban en el mismo lugar que el pastor al que habían criticado, hacían lo mismo.
¿Qué falló?
La raíz seguía estando ahí.
Alguien dijo con mucha razón que tú no has salido de Egipto hasta que Egipto no ha salido de tu corazón. Y sino mira al pueblo de Israel en el desierto.
Por favor, no seamos ingenuos, hemos fomentado que los hermanos salgan de las Iglesias en las que la gente es solo un medio para el fin de alguien. Pero si abrimos nosotros nuevas Iglesias y no nos aseguramos que nuestros propios egos y vanaglorias están crucificadas, NO hemos cambiado NADA.

¿Qué es lo que falla aquí? El “ego” y la “vanagloria” ciertamente son parte del problema. Creo que esto puede combatirse de manera eficaz al compartir la vida con otros hermanos, de una manera que nos obliga a ser transparentes ante ellos, como mencioné arriba. Y con la gracia del Señor, por supuesto.
Pero hay otra parte del problema, y es esto: Cuando estos hermanos deseosos de una renovación “se vuelven pastores”, ya están repitiendo el problema de sus iglesias anteriores. ¡Es el sistema “pastoral” en sí, que genera las vanaglorias y la idolatría y los abusos del poder!
Tan pronto como alguien se pone en la posición de “cabeza de la iglesia” (aunque sea solamente de una pequeña iglesia local), estamos en camino hacia el papado. Según las Escrituras, la iglesia no tiene otra cabeza aparte de Jesucristo (Ef.4:15, Col.2:18-19), y nadie es mediador entre Dios y los hombres, aparte de Jesucristo (1 Tim.2:5). El sistema del “pastor todopoderoso” es una herencia del catolicismo romano y de Constantino, no de la Biblia. En el Nuevo Testamento no encontramos a ninguna iglesia dirigida por un solo “pastor”; y el significado de “pastor” y “pastorear” en el Nuevo Testamento es radicalmente diferente del significado que le dan las iglesias actuales. El sistema pastoral actual forma parte de ese mismo “Egipto” que tiene que salir de nuestros corazones, con todos sus anhelos de dominar, de ejercer influencia y poder, y de tener “mi iglesia” (en vez de ser parte de la iglesia del Señor). En el Señor no hay “pastores y ovejas”; hay un único Pastor (Jesús), y los cristianos somos Sus ovejas. El es el Maestro, nosotros todos hermanos. Algunos hermanos son más maduros que otros y por eso merecen que los tomemos más en cuenta; pero siguen siendo hermanos, no hay “clérigos” y “laicos” en la iglesia del Nuevo Testamento.

Entonces, a los hermanos deseosos de una renovación espiritual les recomendaría lo siguiente: Que se retiren por unos meses (¡o incluso años!) solo con el Señor y la Biblia; y que por lo demás vivan la vida de un cristiano “común y corriente”, sin aspiraciones a “liderar” algo o a “plantar mi iglesia”. Que vuelvan al Nuevo Testamento, dejando atrás todas las ideas preconcebidas y tradicionales de lo que es una “iglesia” – leyendo la Biblia con nuevos ojos, como si nunca hubieron escuchado las palabras “iglesia”, “pastor”, “evangelio”, “reino de Dios”, etc. – y les aseguro que se sorprenderán de los significados que estas palabras tienen en el Nuevo Testamento, tan distintos de los significados que adquirieron a lo largo de 1900 años de tradición eclesiástica. Si tienen formación teológica, es bien posible que tendrán que “desaprender” muchos conceptos que aprendieron, basados solamente en los comentarios de otros teólogos, en vez de la Biblia misma.
Vivan la vida cristiana en sus vidas privadas, en sus familias; y si algo de esto llega a resplandecer hacia afuera, hablen de ello con sus vecinos y con sus compañeros de trabajo – pero no como “pastor” que está “levantando una iglesia”; háganlo simplemente como un prójimo que puede testificar como encontró al Señor y como vive con El. Si el Señor está realmente presente en sus vidas, esto se manifestará inevitablemente, tarde o temprano; y entonces “me rodearán los justos” (Sal.142:7) y se formará una comunidad de cristianos de manera natural. Si esto no sucede, si usted no tiene autoridad espiritual sin la etiqueta de “pastor”, entonces usted nunca ha tenido verdadera autoridad espiritual.

Personalmente estoy en este camino desde hace cuatro años, y no ha sido fácil. Todavía sigue siendo mayormente un “camino por el desierto”. Quizás yo estaría mejor si hubiera tenido tiempo para planear de antemano mi salida del “mundo evangélico”. Pero en mi caso esto no fue posible: de un día al otro se destapó un tal enredo de inmoralidad y corrupción dentro de la institución donde trabajé, que me vi obligado a salir inmediatamente para proteger la seguridad de mi familia. Sin embargo, veo en esto la mano del Señor, porque si hubiera sido de manera diferente, no sé si hubiera tenido la valentía de salir. Estas cosas me hicieron despertar a la realidad de que aquellas instituciones e iglesias estaban realmente lejos del Señor.
Por eso, y por el “temor santo” que mencioné más arriba, me propuse ya no dejar que me llamen “pastor”, ya no fundar ninguna “organización” o “institución”, y ya no “recibir nada, si no me fuere dado del cielo” (Juan 3:27). Entonces empecé a pasar por dos experiencias paralelas, pero muy distintas:
Por un lado, una soledad indescriptible. Resultó que la mayoría de mis “amigos” anteriores habían sido amigos solamente por interés propio: por la posición social que yo ocupaba dentro de la iglesia, o porque yo apoyaba sus instituciones. Aun aquellos que habían expresado simpatía por mi camino, no tuvieron el valor de embarcarse al mismo camino. Pude identificarme profundamente con estas palabras por A.W.Tozer:

Recuerda siempre: no puedes cargar una cruz en compañía. Aunque uno esté rodeado por una gran multitud, su cruz es solamente suya, y el mismo hecho de que la está cargando, lo señala como un hombre apartado. La sociedad se ha vuelto en contra de él; de otro modo él no tendría ninguna cruz. “Todos lo dejaron, y huyeron.”
(…) Pero un santo no debe esperar que las cosas sean diferentes. Por fin, el santo es un extranjero y peregrino, haciendo un peregrinaje no con sus pies, pero con su corazón. El camina con Dios en el jardín de su propia alma – ¿y quién puede caminar allí junto a él, sino Dios mismo? El tiene un espíritu diferente de las multitudes que hollan los atrios de la casa del Señor. El ha visto lo que ellos solamente han oído; y él camina entre ellos como Zacarías caminó mudo después de volver del altar, cuando la gente susurraba: “Ha visto una visión.”

Pero al mismo tiempo, experimenté una libertad inesperada al hablar de mi fe con vecinos y familiares no creyentes. Me di cuenta de que anteriormente, mi testimonio cristiano siempre había sufrido bajo el peso de una “agenda secreta”: Tengo que ganar miembros para “mi” iglesia. Tengo que ganar puntos ante la gente que me admira y me apoya, y ante mis líderes. Tengo que tener “éxito”. – Ahora ya no necesito ganar miembros para nadie. Puedo ser simplemente un colaborador del Señor, dispuesto a actuar como me indica Su voz, pero los resultados son Suyos y no míos. Es El quien edifica Su iglesia, no yo edificando “mi” iglesia.

Cierto, de esta manera dura más tiempo hasta que alguien se convierta. Es difícil tener paciencia hasta que el Señor obre con Su Espíritu para convicción del pecado. Es mucho más fácil hacer grandes reuniones con mucha propaganda y manipulación, y lograr que cien personas repitan una oración de entrega. Pero es probable que entre estos cien no haya ninguno que se convirtió de verdad y de corazón. Prefiero tener comunión con unos pocos cristianos verdaderos, que estar al frente de una iglesia grande de cristianos falsos.

Así que, les animo a continuar vuestro viaje “saliendo de Egipto”, aunque pueda resultar todavía más radical de lo que se imaginaron al principio.

Anuncios