David y Goliat – Una perspectiva desde los tiempos del fin

19/09/2016

Por Hadyn Olsen, Nueva Zelanda

Hace poco, al leer acerca del encuentro histórico entre David y Goliat, me llamó la atención su mensaje acerca de los tiempos del fin en los que vivimos.

Esta historia es mucho más que un cuento para niños. Es una historia acerca de la confrontación entre dos reinos: el reino de Dios y el reino de satanás.

Existen varias ocasiones en las Escrituras donde presenciamos una tal confrontación dramática entre estos dos reinos. Recordemos los tiempos de Moisés y el éxodo de Egipto, las plagas y el cruce del Mar Rojo. Recordemos a Josué y Jericó. Recordemos a Elías en el monte Carmelo. Y por supuesto el Señor Jesucristo y las muchas ocasiones donde Él demostró el poder del reino de Dios.

En todos estos sucesos vemos algo de la naturaleza de estos dos reinos opuestos; y vemos que el reino de Dios es superior al reino de satanás. Podemos también aprender algo acerca de nuestras propias vidas, y acerca del conflicto que enfrentamos diariamente. Cada uno de estos sucesos históricos puede enseñarnos algo que Dios quiere que sepamos, y algo acerca de la victoria que Él quiere compartir con nosotros.

Nos estamos acercando a un tiempo donde veremos otra gran confrontación entre el reino de Dios y el reino de satanás. Sin duda, esta confrontación será tan grande o mayor que las otras que la precedieron. Y será un tiempo cuando Dios demostrará una vez más Su grandeza y Su domino sobre satanás.

Al leer la historia en 1 Samuel 17, vemos que hay tres personajes principales que representan tres diferentes clases de personas.

Primeramente, aquí está Goliat y los filisteos. Ellos representan el mundo; o más exactamente, la humanidad rebelde sin redimir. Ellos están influenciados por “el espíritu de este mundo”.

Aquí están parados, desafiantes y burlones. Lanzan acusaciones deliberadas y arrogantes contra Dios y Su pueblo. Ellos representan la humanidad inflada por su propio poder y su propia gloria.

Este es el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, en su plena madurez. Es la vanagloria de la vida que menosprecia a Dios desde su altivez. Es el hombre plenamente desarrollado que intenta ser “como Dios”. Incluso intenta destruir todo lo que es de Dios, para dominar sobre la tierra.

Notamos que la descripción de Goliat hace referencia al número seis; el número del hombre. Su altura era de seis codos. Su armadura tenía seis piezas. La punta de su lanza pesaba seiscientos siclos. – Podríamos decir que él representa todo lo que significa el “anticristo”. Hace burla de Dios y de todo lo que es de Él, y desafía al pueblo de Dios a luchar contra él.

Al mirar el mundo actual, podemos ver como Goliat se está alistando nuevamente para la batalla. Escuchamos las voces desafiantes por todas partes: “¿Dónde está vuestro Dios?” Escuchamos las acusaciones que menosprecian a la iglesia y la llaman a pelear. Eso fue siempre la esencia de ese espíritu anticristiano.

El segundo personaje en esta historia es el rey Saúl y su ejército. Este grupo representa al pueblo de Dios, pero ellos son el pueblo de Dios bajo el dominio de la carne.
Ellos son una compañía derrotada. Se enfrentan a Goliat con miedo, intimidados, y sin unción ni fuerza de parte de Dios.

¿Por qué es eso así? ¿Cómo pudo suceder eso? ¿Cómo puede el pueblo de Dios encontrarse en tal situación y condición? – La respuesta es, que aunque siendo el pueblo de Dios, ellos siguen bajo el control del espíritu de este mundo. Ellos se encuentran bajo el señorío del rey Saúl – la carne.

Mirémoslos de cerca.

Están armados con toda su armadura mundana. Están equipados con todo lo que el mundo considera de valor. Tienen sus caballos y carros y armas carnales – y por supuesto, tienen a su rey que es más alto que todos ellos. Se ven exactamente como todas las otras naciones, en todos los aspectos.

No puedo evitar preguntarme cuántas de nuestras denominaciones y organizaciones eclesiásticas son exactamente como los ejércitos de Saúl. Están llenas de los caminos del mundo. Su poder está en su dinero, en su organización, y en la fuerza de la carne. Vemos en ellos el mismo espíritu como en el mundo: Se promueven a sí mismos con ofertas, técnicas de venta, y toda clase de capacidades humanas.

Además, la iglesia de Saúl se caracteriza por desobedecer a la palabra de Dios. El rey Saúl dio más importancia a la apariencia exterior de éxito y de poder, que a la obediencia hacia la palabra de Dios. Él obedecía a Dios mientras le convenía y mientras sus propias ambiciones y deseos no estaban en peligro; pero más le importaba verse exitoso en los ojos del pueblo.

Lo mismo sucede actualmente en las denominaciones. Más que todo se preocupan por su éxito, su poder, y su apariencia exterior. A menudo comprometen la voluntad y el propósito de Dios, para lograr sus intereses humanos y para hacer prevalecer sus tradiciones humanas.

Por eso, ellos se quedarán solos en el día en que Goliat los confronte. Descubrirán que Goliat es mucho más fuerte que ellos según todos los criterios del mundo, y que no pueden enfrentarlo.

Ese día será espantoso para ellos … por más que hoy estén tan llenos de su propio poder, y fascinados con sus propias alabanzas y declaraciones positivas.

Gracias a Dios, hay un tercer grupo en esta historia. Es el grupo caracterizado por David.

Sí, David era uno del pueblo de Dios. Pero él no era parte del ejército de Saúl. De manera similar, hay actualmente un tercer grupo de personas. Están dispersados por todas partes. No tienen ninguna organización y ningún lugar que podrían llamar suyos. Pero están apartados de los demás, por dos características particulares: Ellos tienen un corazón según Dios, … y no son del rey Saúl.

Como David era pequeño, esta “compañía de David” es pequeña, insignificante, despreciable y sin importancia. Pero la mano de Dios está sobre ellos.

David estaba en el desierto pastando sus ovejas cuando recibió el llamado de ir al frente de la batalla. Él estaba haciendo lo que Dios había puesto en sus manos – aunque era algo insignificante y aparentemente sin importancia.

De la misma manera, hoy en día hay gente que pregunta: “¿Qué estás haciendo para Dios? ¿Qué fruto resultó de que saliste del sistema (de las iglesias)?” Ellos miden todo por la apariencia exterior y pasan sus vidas afanándose, organizando grandes cosas para Dios, pero al fin de cuentas lograrán poco.

David no sabía nada de los caminos de Saúl. Él no había estado en ninguna de las escuelas de entrenamiento de Saúl. Él ni siquiera sabía limpiar una armadura, ni mucho menos ponérsela. Todo lo que David sabía, lo había aprendido afuera en las circunstancias ordinarias de su vida diaria. Él había aprendido las cosas sencillas de la veracidad, el amor, y la fidelidad. Él había aprendido a caminar con Dios cada día.

Pero así es el camino de Dios. Él siempre toma las cosas bajas y humildes, las cosas necias, las cosas que no valen, para anular las cosas que valen. (1 Corintios 1:27-28)

De la misma manera, Dios está preparando a un pueblo en la actualidad. Ellos no valen nada ahora. Algunos de ellos han abandonado las denominaciones; otros se encuentran todavía en ellas, pero se preguntan por qué ya no se sienten parte de ellas. Ya no se entusiasman por el último seminario o por la última estrategia evangelística. Pero claman y gimen porque la presencia de Dios abandonó la iglesia, y se entristecen porque el poder humano intentó encubrir la falta.

Cuando David llegó al campo de batalla, ninguna organización le apoyó. No tenía credenciales ni recomendaciones. Solamente tenía la unción. Dios sabía dónde tenía que estar David. Dios guío los eventos como siempre lo hace … en Su tiempo.

David pudo mantenerse en pie ante Goliat porque Dios estaba con él. Nada más y nada menos. Su espíritu se levantó contra ese monstruo. David no tenía miedo. Él sabía que Uno mucho mayor estaba a su lado.

Cuando David habló a Goliat y lo desafió, no fue David hablando, fue Dios Mismo hablando.
Cuando David tomó la piedra y la puso en su honda, fue Dios quien escogió y preparó.
Cuando David lanzó la piedra hacia su destino, fue Dios quien la guió justo al lugar apropiado.

Así es todo ministerio verdadero. Es Dios quien hace la obra y produce el fruto.

Hay muchos hoy en día que intentan lograr grandes cosas para Dios. Ellos usan todos los recursos del mundo para intentar y hacerlo. Pero Dios no lo está haciendo. Ellos se imaginan que el esfuerzo humano es la clave para lograr fruto divino. Ellos se desviaron completamente del camino de Dios.

Dios desea tener un pueblo que está muerto a los caminos y métodos de los hombres, en lo que concierne el trabajo del reino. Él está preparando a un pueblo que espera en Él, y que se mueve como Él los mueve, y que trabajará de acuerdo a Su poder que obra en ellos.

Él puede demorar mucho en preparar a un hombre o una mujer hasta que esté listo para eso … pero Dios tiene tiempo.

El día del gran conflicto llegará. ¿A cuál compañía pertenecerás? ¿Será la de Goliat? ¿o la del rey Saúl? … ¿o la de David?

Puede ser difícil decirlo ahora; pero el día lo traerá a la luz. Esto es cierto … el día lo traerá a la luz. Es que entonces nos encontraremos en el lugar que nuestro corazón escogió.

Clamemos al Señor hoy, mientras todavía es hoy … pidámosle que cambie nuestros corazones y nos haga parte de la compañía de David. Que nuestro deseo sea aprender a caminar con Dios y ser fieles a todo lo que Él nos llame a hacer. Que aprendamos los caminos de la humildad, y que estemos satisfechos con simplemente vivir ante Él cada día. Y cuidémonos de los caminos del rey Saúl.

Alabado sea Dios por Su grandeza y gloria que sobrepasa todo.

 


N.d.tr: Pienso que la entera historia de David y Saúl es una gran ilustración con muchas aplicaciones a la relación entre el verdadero pueblo de Dios y el sistema eclesiástico de los cristianos “solamente de nombre”. (Vea también “David contra Saúl – ¿un ejemplo de sumisión bajo el líder?”)
Sin embargo, en un punto tengo una perspectiva distinta al artículo presente. No creo que los tiempos finales se caracterizarán por una confrontación entre “Goliat” y “Saúl”. Al contrario, creo que en la etapa final, “Saúl” y todo su ejército se habrán puesto del lado de “Goliat” para combatir juntos a “David”. Los comienzos de eso ya están visibles; las iglesias institucionales ya están muy infiltradas por ideas y agentes del anticristo. “Anticristo” significa “en lugar de Cristo”. El anticristo mayormente no intenta combatir el cristianismo frontalmente; intenta sustituirlo por su propia falsificación. La religión del anticristo se llamará “cristianismo”.

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 7)

10/09/2016

En los últimos ocho artículos hemos analizado algunas características de la primera iglesia, como se describen en Hechos 2:36-47. Resumimos:

  • La iglesia del Nuevo Testamento consiste en personas nacidas de nuevo por el Espíritu Santo. Nacer de nuevo no es simplemente “decir una oración de entrega”. Nacer de nuevo implica haber experimentado un profundo y “chocante” encuentro con Dios, que convence del pecado. Implica un cambio radical de la manera de pensar y actuar (lo que la Biblia llama “arrepentimiento”). Implica haber recibido el Espíritu Santo, quien hace posible que el creyente efectivamente vence el pecado y vive constantemente bajo el señorío de Jesucristo. – Una “iglesia” que se contenta con menos que eso, desde el principio no puede ser iglesia según el Nuevo Testamento.
  • La iglesia del Nuevo Testamento se fundamenta sobre “la enseñanza de los apóstoles“, tal como la tenemos en el Nuevo Testamento. No se fundamenta sobre “la tradición de la iglesia”, ni sobre “nuestra declaración de fe”, ni sobre “la sumisión bajo el pastor”, ni sobre “como lo hemos hecho siempre”. – Una iglesia que no se deja corregir desde el Nuevo Testamento, no es iglesia del Nuevo Testamento.
  • La iglesia del Nuevo Testamento vive en koinonía, o sea una profunda comunión personal, sincera y transparente, en el amor del Señor, que implica compartir la vida diaria, dones espirituales, y bienes materiales. Esta comunión sucede al nivel personal y familiar, no tiene necesidad de reuniones organizadas. – Si la calidad de esta comunión en una congregación es deficiente o ausente, eso señala que dicha congregación, de alguna manera, se ha alejado de los patrones del Nuevo Testamento.
  • La iglesia del Nuevo Testamento comparte el pan en las casas, “con sencillez del corazón”, como forma de konionía material, y a la vez conmemorando la muerte y resurrección del Señor. Esos eran comidas normales, de varias familias juntas, y no requerían la presencia de ningún apóstol o “ministro”. – Una congregación que enseña que la celebración de la cena del Señor dependa de alguna forma de ministerio sacerdotal, se ha apartado del modelo del Nuevo Testamento.
  • La iglesia del Nuevo Testamento no hacía esfuerzos especiales para “crecer” o para atraer a nuevos miembros. Simplemente vivían su vida diaria en obediencia al Señor; y en consecuencia de esta obediencia, “Dios añadía a los que fueron salvos”. (Los apóstoles anunciaban también el mensaje del Señor en las calles y plazas, al aire libre. Pero esas no eran “reuniones de la iglesia”; eso fue la actividad especial de los apóstoles por encargo del Señor.) No llamaban a la gente a “entregarse ahora al Señor”; pero esperaban a que la convicción del pecado se manifestase en ellos, y entonces les ofrecían el arrepentimiento y la salvación en Jesús. – Una “iglesia” que ofrece salvación sin convicción del pecado y sin arrepentimiento radical, o que manipula a la gente para que se hagan miembros, no es iglesia del Nuevo Testamento.

Cada versículo en Hechos 2:36-47 resalta una verdad incómoda: Lo que los evangélicos (y católicos) hoy en día llaman “iglesia”, no tiene ninguna similitud con lo que el Nuevo Testamento llama así. La mayoría de las iglesias actuales reciben como miembros a personas que nunca dejaron atrás su pecado, y se excusan diciendo: “No hay iglesia perfecta.” – Declaran quizás en la teoría que se fundamentan sobre la palabra de Dios, pero en la práctica prevalece la palabra del pastor y la tradición denominacional (igual como en la iglesia católica). – Han remplazado la koinonía en las casas por eventos organizados y reuniones de escuchar prédicas en edificios institucionales; y para completar la confusión, suelen aun llamar “iglesias” o “templos” a esos edificios. – Han sacado la cena del Señor de su ambiente original de la cena familiar compartida, y la convirtieron en un solemne ritual institucional, administrado por un “sacerdote” o “ministro”. – Han abandonado la obediencia al Señor en la vida diaria, de manera que sus prójimos ya no pueden ver la vida del Señor en ellos; pero en cambio intentan atraer a nuevos miembros mediante grandes “shows” y eventos publicitarios.

Todo eso continúa porque la mayoría de los cristianos leen el libro de Hechos (si siquiera lo leen) como si fuera un cuento de hadas de un pasado remoto, como si no tuviera nada que ver con nosotros hoy. Pero este libro fue escrito para hacernos saber cómo fue la iglesia cristiana en sus inicios, según el diseño original de Dios; y para que nos evaluemos a nosotros hoy según esta descripción.

Y así llego a mi último punto acerca de Hechos 2:

La iglesia del Nuevo Testamento es una obra sobrenatural de Dios.

Al leer todas estas características de la iglesia original en los artículos anteriores, el uno u otro lector podría pensar que estoy exagerando: “Eres demasiado radical.” – “Tienes una imagen demasiado idealista.” – “No hay iglesia perfecta.” – “Es imposible que una iglesia cumpla con todos estos puntos.” – “No se puede tomar el libro de Hechos literalmente para nuestros tiempos.”

¿Y por qué no? El hecho es, que la primera iglesia en Jerusalén existió de verdad con todas estas características que hemos descrito. Y en mi Biblia no hay ningún versículo que diga que desde entonces Dios hubiera alterado Su estándar.

En realidad, todos esos comentarios críticos reflejan incredulidad: “¿Realmente habrá dicho Dios …?” – Sí, Dios ha dicho todo lo que citamos de Su palabra hasta ahora, y todavía citaremos más. ¿Cuál es nuestro criterio de la verdad: lo que Dios ha dicho, o lo que pensamos que es humanamente posible? De hecho, la iglesia del Nuevo Testamento nunca es humanamente posible. Estoy consciente de que es humanamente imposible construir una comunidad que corresponda a los criterios bíblicos de lo que es iglesia. Completamente imposible. No se puede edificar una iglesia según el Nuevo Testamento, usando métodos humanos. Donde “sucede iglesia”, siempre se trata de una obra sobrenatural de Dios.

Entonces, en vez de señalar las imposibilidades, una reacción más apropiada consistiría en preguntarnos: ¿Por qué hemos perdido esa obra sobrenatural de Dios? ¿Y cómo volveremos allá? – Y entonces habrá que volvernos a Dios, humillarnos ante Él y buscarle seriamente.
“Si se humillare mi pueblo, sobre los cuales ni nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.” (2 Crónicas 7:14)
Esta promesa es válida también para el pueblo de Dios del Nuevo Testamento.

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 6)

30/08/2016

El Señor añadía nuevos creyentes.

“Y el Señor añadía cada día a la asamblea a los que fueron salvos.” (Hechos 2:47) – Esto contrasta fuertemente con la manera como crecen la mayoría de las congregaciones actuales. En nuestros días, si una congregación crece, casi siempre es porque ellos invitan a “gente nueva” a sus reuniones, porque ellos evangelizan, porque ellos usan alguna “estrategia de crecimiento de la iglesia”. Pero de la primera iglesia dice que “el Señor añadía …”. ¿Vemos el crecimiento de la iglesia como una obra humana, o como una obra divina?

La primera iglesia no realizaba esfuerzos evangelísticos dirigidos específicamente hacia un crecimiento de la iglesia. – Que no me malentiendan en este punto. No estoy diciendo que la primera iglesia no evangelizaba. Claro que lo hicieron. Los apóstoles se dedicaban cada día a anunciar el evangelio públicamente. Y seguramente todo cristiano testificaba del Señor en su vida diaria, en sus encuentros cotidianos con vecinos, parientes, colegas de trabajo, clientes … Pero lo que digo es, que los primeros cristianos no hacían eso con la finalidad específica de “hacer crecer la iglesia”. Mas bien lo hacían por simple obediencia al mandato del Señor de “anunciar el evangelio” y “hacer discípulos”. Tenemos que hacer entonces una pregunta más: ¿Vemos el crecimiento de la iglesia como un fin en sí mismo, o lo vemos como una “añadidura” que llega cuando perseguimos un fin superior: obedecer al Señor y engrandecer Su gloria?

Un detalle particular podemos descubrir en Hechos 5:13: “Y de los demás nadie se atrevía a adherirse a ellos, pero el pueblo los engrandecía.” – Entonces, en particular, no aparecía “gente nueva” donde los cristianos estaban juntos entre sí. En casi todas las congregaciones actuales que tienen metas de “crecimiento”, sus eventos más importantes son las reuniones semanales que llaman “culto” o “servicio”, y que son “semi-públicas”: Son reuniones “de la iglesia”, pero al mismo tiempo intentan atraer a personas que no pertenecen a la iglesia. Así no se puede vivir una genuina koinonía de la iglesia, pero tampoco se puede lograr un gran efecto público. – La primera iglesia no conocía tales reuniones “semi-públicas”. Sus reuniones o eran completamente públicas (la enseñanza de los apóstoles en la plaza), o eran verdaderamente “iglesia” (la comunión de los cristianos entre sí, en las casas). Y en estas últimas, las “reuniones” propias de la iglesia, no se atrevía a entrar nadie que no era cristiano.
¿Por qué no? – La razón debe haber sido la misma por la cual “el pueblo los engrandecía”: Entre los primeros cristianos reinaba un tal ambiente de pureza y santidad, que cualquier persona de afuera debía haberse sentido muy incómodo allí. Alguien que no había nacido de nuevo, debía haberse sentido allí como Pedro se sintió ante el Señor en ocasión de la pesca milagrosa: ” ‘Aléjate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador.’ Porque estaba lleno de espanto …” (Lucas 5:8-9).

Y enseguida dice nuevamente: “Y Dios añadió a más [personas] que confiaron en el Señor, una multitud de varones y mujeres…” (Hechos 5:14) ¿Cómo entonces “se añadían” nuevas personas, si ningún inconverso entraba a las reuniones de los cristianos?
La respuesta más obvia es la que el texto mismo nos da: Dios los traía. Es Dios mismo por medio de Su Espíritu Santo quien obra “convicción de pecado, de justicia y del juicio” (Juan 16:8). Es Dios mismo quien “revela a su Hijo” en quienes Él decide salvar (Gálatas 1:15-16). Es Dios mismo quien hace que una persona nazca de nuevo. Reconozcamos primero y ante todo que la primera iglesia no era una empresa humana; era Dios quien obraba soberanamente en medio de ella.
Eso puede cambiar nuestra perspectiva entera de la iglesia. Si reconocemos a Dios como el autor y dueño de la salvación, le reconoceremos también como Señor y dueño de los “miembros de la iglesia”. No son “nuestros miembros”, no son los miembros de una congregación específica; son propiedad de Dios. Si una congregación habla de “crecimiento de la iglesia” y con eso quiere decir “el engrandecimiento de nuestra propia congregación”, entonces no anda en los caminos del Nuevo Testamento.
Pero por supuesto, Dios usa a instrumentos terrenales, humanos. Como ya mencionamos, los apóstoles anunciaban el evangelio públicamente, y cada cristiano testificaba del Señor en su vida diaria. Entonces, las personas “de afuera” tenían suficientes oportunidades para escuchar el evangelio, sin entrar a una reunión de cristianos.

Otra diferencia notable con los tiempos actuales es que en todo el libro de Hechos no encontramos ningún “llamado evangelístico” al estilo de: “Ven adelante, repite esta oración conmigo, hazte miembro de una iglesia …” (etc.) – Ya hemos visto que las palabras de Pedro en Hechos 2:38, “Arrepiéntanse y háganse bautizar…”, se dirigían solamente a aquellas personas que ya habían sido “atravesados en sus corazones”, y que por sí mismos ya habían preguntado: “¿Qué debemos hacer?” – Sí, los anunciadores del evangelio dijeron a sus oyentes que ellos estaban lejos de Dios y necesitaban volver a Él. Pero si con eso alguien fue tocado por Dios y convencido de su pecado, se esperaba que esa persona viniera por sí misma a buscar a un cristiano, para testificar de su arrepentimiento y para pedir el bautismo. Y así sucedió.
De hecho, así era la práctica de los evangelistas y de los predicadores de avivamiento durante toda la historia de la iglesia, por lo menos hasta la primera mitad del siglo 19. Los “llamados evangelísticos” de la forma como se practican en la mayoría de las iglesias evangélicas hoy en día, son un invento muy reciente. Por eso, las “campañas evangelísticas” actuales producen mayormente conversiones superficiales y falsas, mientras en la primera iglesia prácticamente todas las conversiones eran genuinas.

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 5)

10/08/2016

Perseveraban en partir el pan y comer juntos.

El “partir el pan” era un aspecto tan importante de la comunión que se menciona dos veces en este párrafo corto (Hechos 2:42 y 46). El texto no lo dice explícitamente aquí, pero desde el contexto del entero Nuevo Testamento podemos concluir con bastante seguridad que este “partir el pan” se hacía, como el Señor les había instruido, “en memoria de Él” (Lucas 22:19, 1 Corintios 11:24-25). O sea, lo que Pablo llama también “la cena del Señor” (1 Corintios 11:20). Sin embargo, notamos que en el ambiente de la primera iglesia eso se hacía de una manera bastante diferente de lo que sucede en la mayoría de las congregaciones actuales.

Primeramente, no se trataba de un “ritual” ni de una reunión formal. El “partir el pan” era sinónimo de “comer juntos”. Los cristianos estaban juntos para compartir su comida, y en el marco de esta comida recordaban también la muerte y la resurrección del Señor como Él les había mandado. O sea, la “cena del Señor” era una cena verdadera; no un ritual con una pequeña galletita simbólica.

Notamos también que el “partir el pan” sucedía en la privacidad de las casas; no en reuniones grandes ni formales. Era una parte normal de la koinonía y de la comunión familiar en casas, como lo describimos en los artículos anteriores.

Jesús instituyó la cena del Señor en el contexto de la Pascua judía (Lucas 22:7-20 y paralelas). O sea, la cena del Señor es la continuación natural de la Pascua. Ahora, la Pascua es también una celebración muy familiar. Se reúnen una, dos o quizás tres familias, tantas personas como pueden comer juntos un cordero (Éxodo 12:3-4); y se reúnen en la casa de una de las familias. Cuando llegan a la parte de conmemorar la salida de Egipto, es el padre de la familia quien dirige la celebración, en conversación con sus hijos (Éxodo 12:25-27). Ningún sacerdote, rabino, u otra “persona especial” está presente.

En consecuencia, también la primera iglesia celebraba la cena del Señor en las casas, en familia, y sin que estuviera presente algún “ministro”, “pastor” o “sacerdote”. De hecho, tales cargos no existían en la primera iglesia. La iglesia de Jerusalén fue dirigida primeramente por los apóstoles, y más tarde leemos también de ancianos (Hechos 11:30, 15:2). Pero por el gran número de discípulos era imposible que cada vez estuviera un apóstol presente. Ya que los primeros cristianos eran todos judíos, la conclusión más natural es que también entre ellos eran los padres de las familias quienes asumían la responsabilidad cuando era necesario.

Pasajes como 1 Corintios 11:17-22 y Judas 12 dejan entrever que según la idea original, estas comidas compartidas debían servir también para apoyar a los necesitados: El que tenía mucho, traía mucha comida y compartía con los que tenían poco o nada. Judas llama a estas comidas “ágapes” (la palabra griega para “amor”).
Pero estos mismos pasajes demuestran también que ya en aquellos tiempos, cuando los apóstoles todavía estaban con vida, la mentalidad carnal y egoísta de algunos participantes causaba problemas, por lo menos en algunas congregaciones. Por eso, Pablo recomienda a los corintios en el caso de que estos problemas persistiesen, sería preferible que cada uno coma en su propia casa – o por lo menos aquellos que tenían la costumbre egoísta de comer en la reunión sin compartir con los necesitados.
Parece que esta costumbre de los “ágapes” es como una flor muy delicada que puede florecer solamente en condiciones perfectamente adecuadas para su crecimiento. En la primera iglesia se cumplieron estas condiciones de pureza, santidad y amor fraternal; pero en las décadas siguientes ya comenzaron a deteriorar. Entonces no sorprende mucho que hacia el fin del primer siglo, la gran mayoría de las iglesias ya habían abandonado los “ágapes” por completo. Pero eso era una gran pérdida, porque entonces la cena del Señor comenzó a convertirse en el ritual estéril que sigue siendo hasta hoy en casi todas las iglesias.

En resumen: La iglesia del Nuevo Testamento comía juntos en las casas todos los días, y en ocasión de esta misma comida conmemoraban también la muerte y resurrección del Señor. Éstas eran reuniones familiares; no existían “ministros”, “sacerdotes” o “pastores”. Si surgía una necesidad de que alguien se responsabilice por la buena marcha de una reunión, esta responsabilidad recaía sobre los ancianos o padres de familia, según el precedente judío. Una congregación que enseña que la celebración de la cena del Señor dependa de alguna forma de ministerio sacerdotal, se ha apartado del modelo del Nuevo Testamento.
La comida compartida (ágape) no es un mandamiento explícito, pero está implícito en la forma como Jesús mismo instituyó la cena del Señor. Si una congregación lo encuentra difícil o imposible reunirse para “ágapes”, debe urgentemente examinar su vida espiritual ante Dios.

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 4)

30/07/2016

Estaban juntos diariamente en las casas.

“Y cada día, persistiendo unánimes en la plaza sagrada, y partiendo pan casa por casa, participaban del alimento con regocijo y sencillez de corazón …” (Hechos 2:46)

“En la plaza sagrada” se juntaban ellos para participar de la enseñanza de los apóstoles, como ya explicamos en un artículo anterior. Pero también se juntaban “casa por casa”. Este era el lugar para practicar la koinonía y la edificación espiritual mutua. La comunión en casa fue la forma que persistió cuando ya no era posible enseñar públicamente en la plaza sagrada; y fue la única forma de comunión regular fuera de Jerusalén. (De hecho, a partir del capítulo 7 de Hechos, cuando se levantó una persecución contra la iglesia en Jerusalén, ya no se menciona nada de enseñanzas en la plaza sagrada.) Recordemos una vez más que los cristianos del Nuevo Testamento nunca organizaron estructuras comparables al sistema de las sinagogas. Tampoco construyeron locales de reunión.

El libro de Hechos menciona en diversos pasajes la “casa” como el lugar donde se juntaban las iglesias: 2:2, 5:42, 8:3, 11:11-15, 12:12, 16:31-34, 16:40. En las cartas de los apóstoles leemos, entre otras, de “la iglesia en la casa de Priscila y Aquila” (1 Corintios 16:19), “la iglesia en la casa de Ninfas” (Colosenses 4:15), “la iglesia en la casa de Filemón” (Filemón 2). Gayo es llamado “hospedador mío y de toda la iglesia” (Rom.16:23). Juan dice que a un falso maestro no hay que recibir “en casa” (2 Juan 10). – No existe ningún pasaje donde esta comunión en casas se llamaría simples “células” dependientes de una “iglesia” más grande; siempre se llama “iglesia”. La comunión en casa era la forma normal de “vivir iglesia” en el Nuevo Testamento.

Ahora, este no es simplemente un asunto de “dónde reunirse”. En los idiomas bíblicos, “casa” es equivalente a “familia”. La comunión de la primera iglesia sucedía en el marco de las relaciones en familia. No eran eventos formales de una “institución”.
Podemos incluso suponer que la mayoría de las iglesias en aquel tiempo se originaron con una familia entera que se había convertido al Señor. Conversiones de familias enteras se relatan en Hechos 10:24-48, Hechos 16:31-34, 1 Corintios 16:15.
En consecuencia, en la primera iglesia estaban las familias enteras juntas. No juntaban a los niños aparte o a los jóvenes aparte; tampoco separaban a las mujeres de los varones; tampoco excluían a los esclavos. Podemos concluir esto de las cartas de los apóstoles que fueron escritas para ser leídas a todos los que estaban juntos en las casas. Estas cartas tienen pasajes que se dirigen tanto a padres y madres, esposos y esposas, siervos y amos, como también a jóvenes y niños. (Por ejemplo Efesios 5:21-6:9, Colosenses 3:18-4:1, 1 Juan 2:12-14.)

En la cultura judía de entonces, todo eso era lo más normal del mundo; porque la entera estructura de la sociedad judía se basaba en las familias. El entero pueblo de Israel se originó en la familia de Jacob. Los líderes del pueblo (los ancianos) eran los padres más sabios de las familias, linajes y tribus.
Cuando una congregación pierde esta estructura familiar y se “institucionaliza”, está perdiendo un elemento esencial del cristianismo del Nuevo Testamento. Es trágico que muchas congregaciones actuales ni siquiera saben que esta estructura familiar existía en la primera iglesia; y así tampoco están conscientes de lo que han perdido a lo largo de su historia.

Otro aspecto de la comunión en casa era que allí no podían juntarse demasiadas personas a la vez. Eso es importante para poder practicar la koinonía. Cuando el número de los presentes sobrepasa los veinte a veinticinco personas, se vuelve difícil establecer una relación personal con cada uno; y ya no puede haber oportunidad para que cada uno contribuya a la edificación mutua. Pero para que funcione la koinonía, no puede haber “miembros pasivos”. Como dice Pablo: “Cuando se reúnen, cada uno de ustedes tiene una canción, tiene una enseñanza, tiene algo que Dios le descubrió, tiene un [mensaje en un] lenguaje, tiene una interpretación …” (1 Corintios 14:26) Esta comunión no era como las reuniones de muchas congregaciones actuales donde una sola persona “dirige” o enseña, y los demás escuchan pasivamente. En la iglesia del Nuevo Testamento, todos los miembros contribuían activamente con los dones que Dios les había dado. Obviamente, esto no se puede practicar en una reunión de varios cientos de personas.

Esta koinonía en familia y entre varias familias, es esencial para el crecimiento espiritual. En particular, es importante que cada miembro aprenda a contribuir activamente a la edificación espiritual de los demás. Una congregación que convierte a sus miembros en oyentes pasivos de enseñanzas teológicas, impide su maduración en la fe. La iglesia del Nuevo Testamento anima y desafía a cada miembro a poner en práctica su fe.
También, la iglesia del Nuevo Testamento respeta y defiende la estructura de la familia. No separa a sus miembros por edades ni según otros criterios. En cambio, fortalece la unidad de los miembros de la familia entre sí: la unión matrimonial; las relaciones entre padres e hijos; la responsabilidad de los padres de educar ellos mismos a sus hijos (en vez de delegar esta tarea a agentes externos como escuelas e iglesias).

– Podemos preguntarnos por qué los primeros cristianos estaban juntos diariamente. En los capítulos posteriores de Hechos y en las cartas de los apóstoles ya no encontramos ningún testimonio acerca de la frecuencia de estar juntos, ni mucho menos una “ley” de reunirse diariamente. Pero los primeros cristianos amaban tanto al Señor, y se amaban entre ellos, que deseaban estar juntos todos los días. Cuando disminuye esta unión íntima con el Señor, también disminuye el deseo de juntarse con otros hermanos.
Entonces, una congregación no puede mejorar su vida espiritual con simplemente incrementar el número de sus reuniones. Al contrario, es una señal de pobreza espiritual cuando un líder piensa que tiene que amonestar a sus hermanos: “¡Tienen que asistir a todas las reuniones de la iglesia!” Cuando el deseo de estar juntos no fluye naturalmente desde los corazones de los hermanos, eso señala que varias cosas no están bien en su vida espiritual, o en la manera como funciona la congregación. Sería mejor entonces que cada uno (¡y más que todo los líderes!) busque al Señor y se examine a sí mismo: ¿Qué me falta para ser una “persona del Nuevo Testamento”? ¿Y qué le falta a nuestra congregación para que vuelva a ser una iglesia del Nuevo Testamento?

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 3)

23/07/2016

Persistían en la comunión unos con otros.

La palabra griega para “comunión” es “koinonía”, y es una palabra realmente “grande”. Entre otros, incluye los siguientes aspectos:

Una relación personal de profunda comprensión e identificación. – Entre dos cristianos verdaderos hay una profunda comprensión espiritual, porque es el mismo Espíritu Santo que vive en ambos. Pueden animarse mutuamente en su vida espiritual, y ayudarse mutuamente a comprender mejor los asuntos de Dios. Esta edificación mutua no está limitada a “reuniones religiosas”; puede suceder espontáneamente cada vez que se encuentran dos cristianos verdaderos, aunque sea en la calle, en su lugar de trabajo, o en otro lugar.
El Espíritu Santo obra también la capacidad de identificarse con las alegrías, los problemas y los sufrimientos de otros cristianos: “Y cuando un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y cuando un miembro recibe gloria, todos los miembros se alegran con él.” (1 Corintios 12:26) “Alégrense con los que se alegran, y lloren con los que lloran.” (Romanos 12:15) – Esta clase de comunión requiere transparencia y sinceridad: “Pero si andamos en la luz, como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros …” (1 Juan 1:7) Así dice también de los primeros cristianos que su comunión era en “sencillez del corazón” (Hechos 2:46). O sea, ellos se relacionaban los unos con los otros sin fingir. No pensaban una cosa y decían otra. No aparentaban ser algo que no eran.
¿Conoces las alegrías, las aspiraciones, los anhelos profundos, las dificultades personales, de los cristianos con quienes te juntas? ¿Y conocen ellos estas cosas de ti? ¿Te involucras en las vidas personales de tus hermanos cristianos para animar, edificar, orar por ellos, ayudar, aconsejar? ¿Tus hermanos cristianos se involucran de la misma manera en tu vida?
Si queremos medir la vida espiritual de una congregación, una de las pruebas más reveladoras es evaluar la calidad de las relaciones personales entre los miembros. ¿Existe esta comunión transparente y sincera, esta identificación genuina con la vida del hermano, esta edificación espiritual mutua? ¿O predominan las relaciones “institucionales”, las que existen solamente para colaborar juntos para los fines de la institución religiosa, sin que exista un amor genuino entre los “hermanos”? – En muchas congregaciones actuales, los miembros se llaman “hermanos” los unos a los otros, pero en realidad nunca tienen la misma confianza con estos “hermanos” que con sus hermanos según la carne. Son miembros de la misma institución religiosa, pero no pueden comunicarse con transparencia porque no son hermanos en el Espíritu. En este caso, el nombre de “hermano” se usa sólo por hipocresía, pero no expresa ninguna realidad; y la mayoría de los miembros de tales congregaciones muy probablemente nunca nacieron de nuevo.

Tiene su origen en una relación de la misma calidad con el Señor Jesús mismo. – Toda koinonía espiritual entre cristianos fluye de la relación personal que cada uno de ellos tiene con el Señor Jesús. Un cristiano puede amar a su hermano porque el Señor le ama a él (1 Juan 4:10-11), y porque ama al Señor que vive en el hermano. Puede consolar a su hermano porque el Señor le consoló a él (2 Corintios 1:3-6). Puede edificar a su hermano con los dones que el Señor le dio a él (1 Pedro 4:10-11).
La relación que el Señor desea tener con nosotros es tan profunda que Pablo puede escribir: “…(deseo) conocerle, y el poder de su resurrección, y la koinonía de sus sufrimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos.” (Filipenses 3:10-11). Pablo está hablando aquí no solamente de “saber” acerca de los sufrimientos de Cristo, o de “imaginarse” Sus sufrimientos. ¡Está hablando de sus propios sufrimientos por Cristo! No olvidemos que Pablo escribió esta carta desde la cárcel donde estaba preso por haber anunciado el evangelio. Así escribe también a los filipenses: “Porque a ustedes les fue dado por gracia a causa del Cristo, no solamente creer en él, sino también sufrir por él, teniendo la misma lucha como la han visto en mí …” (Filipenses 1:29-30). La identificación con Cristo puede incluir nuestro propio sufrimiento por Él. Y esta fue la identificación que existía también entre los primeros cristianos. Aquí otro ejemplo: “Saluden a Priscila y a Aquila, … que expusieron su vida por mí …” (Romanos 16:3-4).
¿Cuál es la medida de tu koinonía con Cristo y con tus hermanos cristianos?

Es compartir los dones espirituales que cada uno recibió del Señor. – Ya mencionamos que la edificación espiritual mutua es una parte importante de la koinonía. Así leemos por ejemplo en 1 Corintios 14:26, Efesios 5:18-19, Colosenses 3:16, 1 Pedro 4:10-11. Sus reuniones no consistían en escuchar pasivamente una “prédica”. Al contrario, sus reuniones se basaban en las contribuciones espirituales de todos los presentes.

Incluye también compartir la vida diaria y bienes materiales. – Volviendo a Hechos 2, leemos en el verso 46 que los primeros cristianos estaban juntos diariamente en las casas alrededor de una comida común. O sea, no tenían reuniones especiales en un lugar dedicado exclusivamente para este propósito. Estaban juntos en medio de su vida cotidiana, y compartían esta vida cotidiana los unos con los otros. Esto es también una expresión de las relaciones transparentes que los primeros cristianos tenían entre ellos. Si tengo una relación de confianza con mi hermano, no hay necesidad de esconder ante él cómo llevo mi vida diaria en mi propia casa.
En una iglesia institucionalizada que se reúne un un lugar “especial” en tiempos especiales, es demasiado fácil aparentar una espiritualidad que en realidad no existe. Los miembros nunca llegan a conocer la vida de sus hermanos tal como es en verdad. Los líderes en particular pueden esconderse detrás de una “apariencia de púlpito”. Así es demasiado fácil que un impostor, un mentiroso, un fornicario, un ladrón, un estafador, un incrédulo llegue a ocupar un puesto de liderazgo – y eso es lo que efectivamente sucede en muchas congregaciones. Una congregación que no conoce la koinonía en la vida cotidiana en las casas y familias de sus miembros (y líderes), se encontrará muy pronto muy lejos del Nuevo Testamento.

Notemos que hay una diferencia entre “tener reuniones” y “estar juntos”. De hecho, la palabra “reunión” ¡no aparece ni una sola vez en Hechos 2! Cuando hablamos de “reuniones”, ponemos el énfasis en el “evento”, o sea, algo abstracto. Pero cuando hablamos de “estar juntos”, ponemos el énfasis en las personas: “¡Quiero ir a casa de fulano para tener comunión con él!” Si queremos volver a la iglesia del Nuevo Testamento, tendremos que tener que cambiar toda esta mentalidad institucionalizada de “tener reuniones”. En su lugar, tendremos que empezar a pensar en términos de “estar juntos”.

Leemos además que “tenían en común todas las cosas, y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno.” (Hechos 2:44-45)
En las cartas de los apóstoles ya no se menciona el “tener en común todas las cosas”; eso parece haber sido una característica especial de la primera iglesia en Jerusalén. Pero en todas las iglesias se enfatizaba la ayuda mutua, la generosidad, la hospitalidad, y la ayuda a los pobres entre ellos:

“En las necesidades de los santos participen (tengan koinonía), persigan la hospitalidad.” (Romanos 12:13)
“Solamente que nos acordemos de los pobres; lo que también hice diligentemente.” (Gálatas 2:10)
“Según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.” (Gálatas 6:10)
“El que robaba, no robe más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que sufre necesidad.” (Efesios 4:28)
“Alójense los unos a los otros sin murmuraciones.” (1 Pedro 4:9)
“Pero el que tiene los bienes del mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra su corazón ante él, ¿cómo permanece el amor de Dios en él?” (1 Juan 3:17)

Esos no eran “programas de ayuda social” institucionalizados. Los primeros cristianos no eran motivados por alguna obligación humanitaria, ni por la necesidad de “desarrollo comunitario”. Su motivación era la conciencia de que todos ellos formaban una gran familia extendida. Por eso, Gálatas 6:10 habla de la “familia de la fe”. En una familia es natural que sus miembros se ayudan unos a otros en sus necesidades. Y en los tiempos antiguos, cuando las familias estaban todavía más sanas que hoy en día, esta ayuda mutua incluía a los miembros de la familia extendida (abuelos, tíos, primos, etc.). Como ya mencionamos, si los primeros cristianos se llamaban “hermanos”, eso no era solamente un “título” o una fórmula de cortesía; era una realidad. Esta realidad se expresaba también en la ayuda material para los necesitados entre ellos.
Cuando la ayuda mutua se convierte en “ayuda social” institucionalizada, se pierde este elemento relacional y familiar que era el punto fuerte de la primera iglesia. No es lo mismo si doy apoyo a mi hermano fulano que conozco personalmente, o si doy una “ofrenda” a una institución impersonal que la usa para (quizás) beneficiar a extraños que no conozco.

La calidad de la “koinonía” sincera y transparente es un indicador de cuánto o cuán poco tiene una congregación en común con la iglesia del Nuevo Testamento.

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 2)

10/07/2016

Unas notas acerca del “templo”:

Varias veces en el Nuevo Testamento dice que Jesús o los apóstoles “enseñaban en el templo”. ¡Eso no tiene nada que ver con lo que las congregaciones actuales llaman sus “templos”! En el transcurso de la historia de la iglesia, esta palabra ha llegado a significar algo muy diferente de lo que significaba en los tiempos bíblicos. Tenemos que estudiar el significado bíblico de “templo” para entender correctamente estos pasajes.
El libro de Deuteronomio contiene muchas leyes acerca de lo que los israelitas debían hacer, una vez que habían entrado a la tierra prometida. Una de esas leyes dice que Dios iba a escoger un único lugar donde debían ofrecer sus sacrificios. (Deut.12:4-7.11-14) Este lugar iba a ser el templo en Jerusalén. (Vea 1 Reyes, capítulo 8.) Este es entonces el único lugar en toda la tierra que puede legítimamente llamarse “templo de Dios”; porque Dios mismo dijo que no podía haber otro.
El templo consistía en un edificio central relativamente pequeño, y una plaza espaciosa alrededor (el “atrio”). (Para ser más exacto, el templo tal como existía en los tiempos de Jesús tenía varios atrios.) En el Nuevo Testamento, en el original griego, hay dos palabras distintas que la mayoría de las traducciones bíblicas traducen indistintamente como “templo”; pero en realidad tienen significados ligeramente distintos:

“Naós” significa la “casa” misma del templo, el edificio central. Esta casa contenía el “lugar santo” y el “lugar santísimo”, donde se encontraban diversos objetos simbólicos como el candelero de oro, los panes expuestos, el altar de incienso, y (en el lugar santísimo) el arca del pacto. (Vea Éxodo 40 acerca del tabernáculo en el desierto; el mismo diseño se repitió posteriormente en el templo.)
El “naós” no era entonces ningún lugar de reunión. Su único propósito era que allí los sacerdotes sirvieran a Dios, manteniendo los panes espuestos y las luces del candelero de oro que se encontraban allí (Lev.24:1-9), y ofreciendo sacrificios de incienso (Éxodo 40:26-27). En consecuencia, ninguna persona común podía entrar al “naós”, solamente los sacerdotes de turno.

“Hierón” se deriva de “hierós” (sagrado), entonces significa literalmente “santuario” o “lugar sagrado”. En el Nuevo Testamento, esta palabra describe el área entera del templo, y particularmente los atrios. Entonces se causan malentendidos si traducimos “hierón” con “templo”. Recibimos una impresión más correcta si traducimos “hierón” con “plaza sagrada”.
Tres veces al año, todo el pueblo de Israel tenía que viajar a Jerusalén para las grandes fiestas de Dios (Levítico cap.23). En esos días, la plaza sagrada se llenaba de gente y de animales para los sacrificios, que llegaban de todas las partes del país. – Durante todo el año, la plaza sagrada servía también como lugar de oración; y además como plaza de mercado.

Durante muchos siglos de su historia, el pueblo de Israel no conocía reuniones locales de enseñanza o de lectura bíblica como lo tienen la mayoría de las congregaciones cristianas actuales. Sus actividades religiosas (oración, lectura bíblica, sacrificios, etc.) se concentraban en dos lugares: En el ambiente privado de su propia familia y hogar, y en la plaza sagrada de Jerusalén al aire libre.
Solamente después de que regresaron de la cautividad babilónica, comenzaron a surgir las sinagogas como locales de reunión, y los rabinos que enseñaban allí. Esta es la institución que más se asemeja a las congregaciones cristianas de la actualidad con sus “pastores”. Pero tenemos que notar que las sinagogas y los rabinos no fueron instituidos por Dios, y no se mencionan en ninguna parte del Antiguo Testamento. Son un invento humano que no estaba provisto por la palabra de Dios.

Cuando la Biblia dice que Jesús o los apóstoles “enseñaban en el templo”, siempre usa la palabra “hierón” (plaza sagrada o “atrio”). Ellos nunca entraron al “naós”, puesto que no eran sacerdotes levíticos.
Esto sucedía solamente en Jerusalén, porque como ya mencionamos, no podía existir un “templo de Dios” en ningún otro lugar. Este templo no era ningún edificio cristiano. Era un edificio judío, y los primeros cristianos se reunían y enseñaban allí porque todos ellos eran judíos. Pero la mayoría de los judíos no seguían a Jesús. Entonces, la mayoría de las personas que se encontraban allí en la plaza sagrada, no eran cristianos. Lo que los apóstoles hacían allí, no se puede comparar con los “cultos” o “servicios” de las congregaciones actuales. Era más comparable con lo que hoy llamaríamos “evangelización al aire libre”.

Además tenemos que entender que el templo pertenecía al orden del Antiguo Testamento. En el año 70, unos cuarenta años después de la muerte y resurrección de Jesús, los romanos destruyeron el templo completamente. Eso fue una señal clara de Dios, de que el tiempo del Antiguo Testamento había pasado. El templo no volvió a edificarse hasta hoy.
Los primeros cristianos tampoco construyeron “templos” ni “sinagogas”. Afuera de Jerusalén, ellos se reunían siempre en sus propias casas, o (mientras no estaban perseguidos) en lugares públicos. Todavía al inicio del siglo 3, un apologista cristiano escribe: “No tenemos templos ni altares.” (Minucio Félix, “Octavio”, capítulo 32)

En resumen: La “enseñanza de los apóstoles” sucedía públicamente, al aire libre, accesible para todos; y no en reuniones formales. – Además existían las reuniones en casa, de las que hablaremos en otra oportunidad.

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 1)

29/06/2016

Hemos visto qué clase de personas integraban la primera iglesia: Personas nacidas de nuevo por el Espíritu Santo, que habían experimentado una profunda convicción de su pecado, se habían arrepentido y convertido a Jesucristo, habían enterrado a su “hombre viejo” en el bautismo y habían recibido por fe al Espíritu Santo, y así se habían convertido en “hombres nuevos”.

Ahora veamos qué clase de vida y comunión cristiana produjo la asamblea de tales personas.

“Y persistían en la enseñanza de los apóstoles y en la comunión y en el partir del pan y en las oraciones. Y vino temor sobre toda alma, y muchos milagros y señales sucedían por los apóstoles. Y todos los que confiaban estaban juntos y tenían todo en común, y vendían sus posesiones y pertenencias y las repartían a todos según alguien tenía necesidad. Y cada día persistían unánimes en la plaza sagrada y partían pan casa por casa, y participaban del alimento con regocijo y sencillez de corazón; alababan a Dios y tenían el favor de todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la asamblea a los que fueron salvos.” (Hechos 2:42-47)

Tengamos presente que todo esto fluía de manera natural desde la nueva vida en Cristo que los miembros de la primera iglesia habían recibido. Entonces, si deseamos “volver a lo que era en el principio”, no ayudaría mucho si intentáramos hacer todo igual como lo hacían los primeros cristianos. Ellos no seguían un recetario con instrucciones de cómo vivir la comunión cristiana. Ellos vivían según lo que el Espíritu Santo hacía crecer en ellos. Que sea entonces nuestra meta, alcanzar personalmente la misma vida espiritual como ellos. Eso producirá por sí mismo una comunión cristiana similar a aquella de los primeros cristianos.

Por el otro lado, sí podemos usar la descripción en Hechos 2 como una medida de evaluación: ¿Cuán cerca, o cuán lejos, estamos de la vida de los primeros cristianos? – Ese o aquel grupo que se llama “iglesia cristiana”, ¿cuánto (o cuán poco) tiene en común con el primer modelo de la iglesia en el Nuevo Testamento? “Por sus frutos los conoceréis.”

Persistían en la enseñanza de los apóstoles.

Esto significa primeramente, que recibían enseñanza de los apóstoles con mucha frecuencia. (Según el verso 46, puede haber sido diariamente.) Seguramente los nuevos cristianos anhelaban enterarse de todo lo que Jesús había dicho y hecho. Pero todavía no existía ningún libro escrito acerca de eso. Por eso era muy importante escucharlo de la boca de los apóstoles y otros discípulos que habían estado con Jesús.
– Se sobreentiende que los apóstoles no inventaron sus propias enseñanzas. Jesús los había comisionado personalmente y les había encargado: “… enséñenles a guardar todas las cosas que yo les he mandado…” (Mateo 28:20) – También el Espíritu Santo les iba a enseñar conforme a lo que Jesús les había hablado: “Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él les enseñará todas las cosas, y les recordará todo lo que les he dicho.” (Juan 14:26) – “… él dará testimonio de mí.” (Juan 15:26) – Entonces, los apóstoles dieron testimonio de lo que Jesús les había enseñado, y de lo que el Espíritu Santo seguía enseñándoles. No inventaron “prédicas” según sus propios antojos.

Pero cuando dice que los primeros cristianos “persistían en la enseñanza”, eso significa también: Ellos la ponían en práctica; y no se apartaron de ella ni la alteraron.

Posteriormente, los apóstoles (o sus ayudantes) escribieron sus enseñanzas, guiados por el Espíritu Santo. Estos son los libros que tenemos en nuestro Nuevo Testamento. Es por medio del Nuevo Testamento que la iglesia de todos los tiempos puede acceder a la enseñanza de los apóstoles aun hoy en día, muchos siglos después.

Aquí tenemos un criterio importante para distinguir la iglesia del Nuevo Testamento: La iglesia del Nuevo Testamento se fundamenta sobre la enseñanza de los apóstoles, tal como la encontramos en los escritos del Nuevo Testamento. Esta enseñanza tiene mayor importancia y autoridad que las palabras o enseñanzas de cualquier cristiano o líder contemporáneo. Donde se imponen las enseñanzas y prácticas de una tradición eclesiástica particular, o las enseñanzas y prácticas de algún líder, por encima de las enseñanzas originales de los apóstoles, allí no está la iglesia del Nuevo Testamento. Una congregación que con sus palabras o sus hechos invalida lo que enseña el Nuevo Testamento, no es iglesia del Nuevo Testamento.

Señales del nuevo nacimiento

16/06/2016

Hemos visto que la primera iglesia consistía en personas que habían cambiado sus vidas de manera radical, que nacieron de nuevo por el Espíritu Santo, y pusieron sus vidas bajo la autoridad de Jesucristo como Señor y Rey. Veremos algunas señales que caracterizan a las personas nacidas de nuevo:

El testimonio interno del Espíritu Santo, de ser hijo de Dios. – “Porque todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. Porque ustedes no recibieron un espíritu de esclavitud para tener miedo otra vez, sino que recibieron un espíritu de adopción, por el cual llamamos: “¡Abba, oh Padre!” El Espíritu mismo testifica junto con nuestro espíritu que somos niños/hijos de Dios.” (Romanos 8:14-17)
“Porque ustedes todos son hijos de Dios por medio de la fe en el Cristo Jesús. Porque todos los que fueron bautizados en el Cristo, fueron vestidos del Cristo. (…) Y porque son hijos, Dios comisionó y envió al Espíritu de su Hijo en sus corazones, el que grita: ‘¡Abba, oh Padre!’ ” (Gálatas 3:26-27, 4:6)

El que ha nacido de nuevo, tiene dentro de sí esta confianza como de un niño: “Dios es mi Padre. El me ha adoptado y recibido como Su hijo.”
No es fácil describir en qué exactamente consiste este “testimonio del Espíritu Santo”. No es (normalmente) una experiencia extraordinaria como una visión o una voz del cielo. (Tales experiencias aun pueden ser falsificaciones desde el mundo espiritual maligno, para dar una falsa seguridad a alguien que no ha nacido de nuevo.) Pero tampoco es un producto de la mente propia o de la imaginación propia. No es como en algunos lugares dicen a los nuevos convertidos: “Ahora simplemente tienes que creer que eres un hijo de Dios.” – No, el testimonio del Espíritu Santo es una seguridad interior que Dios mismo coloca dentro de Sus hijos. El que tiene este testimonio dentro de sí, sabe que esto viene de Dios, no de su propia mente. El que lo ha experimentado, sabe de qué estoy hablando.

“Hambre y sed” de las cosas de Dios. – Pedro escribe: “… Como bebés recién nacidos, anhelen la leche lógica (o: de la palabra), no adulterada, para que por medio de ella crezcan hacia la salvación, si es que saborearon que el Señor es bondadoso.” (1 Pedro 2:2-3)
Para un bebé nacido de nuevo, es lo más natural clamar por leche. A un bebé no hay que persuadirlo ni obligarlo a tomar leche; lo hace por sí mismo. Excepto si tiene una enfermedad grave. De la misma manera, para un cristiano nacido de nuevo es lo más natural, clamar por Dios. El contexto de la cita arriba habla principalmente acerca de la palabra de Dios (vea 1:23-25). El que ha nacido de nuevo, tiene un deseo natural de escuchar y leer lo que Dios le dice.
Podemos entender con “leche” también algunas otras cosas: la comunión con Dios en la oración; la comunión con otros cristianos; y todo lo que podemos hacer para servir a Dios. Un cristiano nacido de nuevo tendrá un deseo natural por estas cosas.
En muchas congregaciones que se llaman “cristianas”, observé que sus miembros no tenían muy  poco deseo de leer la Biblia por sí mismos. En algunas congregaciones, a sus líderes les pareció necesario controlar la asistencia de los miembros a las reuniones; y les imponían el “deber” de asistir a todas las reuniones. Estas son señales de que los miembros en su mayoría no han nacido de nuevo (y probablemente los líderes tampoco). Son como bebés que no tienen ningún deseo de tomar leche.
A ninguna madre se le ocurriría en este caso, obligar a su bebé con amenazas o con golpes a que tome leche. En cambio, lo examinará o lo llevará al médico, para descubrir cuál es la causa de su falta de apetito, y para curar su enfermedad. De la misma manera, si un supuesto cristiano no tiene hambre y sed espiritual, hay que examinar en qué estado se encuentra su relación con Dios. Probablemente se descubrirá que nunca ha nacido de nuevo, y por tanto no es ningún cristiano en el sentido del Nuevo Testamento. O quizás nació de nuevo, pero sufre de alguna enfermedad espiritual grave – por ejemplo que no quiere obedecer a Dios en algún asunto importante, y por tanto no tiene ninguna relación de confianza con Él.

Amor a los hermanos cristianos. – En la primera carta de Pedro leemos en el mismo contexto, unos cuantos versículos antes: “Ya que ustedes han purificado sus almas por la obediencia de la verdad, por el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, de corazones limpios ámense unos a otros intensamente, ya que nacieron de nuevo …” (1 Pedro 1:22-23)
Notemos el orden de las cosas: Pedro no dice: “Para ser purificados (resp. para nacer de nuevo), tienen que amarse unos a otros.” – Mas bien dice: “Puesto que ustedes ya son purificados y nacieron de nuevo, ámense ahora unos a otros con el amor fraternal no fingido que Dios ya les ha dado.” El amor fraternal y el corazón puro no son cosas que un cristiano tuviera que buscar con muchos esfuerzos pesados. Son cosas que Dios ya puso dentro de él con el nuevo nacimiento. Entonces, si uno encuentra estas cosas dentro de sí, puede concluir con bastante seguridad que ha nacido de nuevo – y si no, tiene que suponer que no ha nacido de nuevo.

Dos puntos me parecen importantes aquí:

– El amor fraternal es sin fingir. Entonces no se refiere a las sonrisas y los abrazos después de una reunión. El amor no fingido actúa para el bien de su hermano, sin intenciones ocultas y sin preocuparse por lo que los demás pueden ver o pensar. Un corazón puro no aparenta algo que no es; es abierto y transparente. Esto se expresa no siempre en “amabilidad”. El amor no fingido puede también de vez en cuando decir: “Mi hermano, ¡estás muy mal en esto!” – si es para su bien decirlo.

– El amor fraternal cristiano no es lo mismo como el amor al prójimo en general. El amor fraternal cristiano se basa en un “parentesco espiritual”: el Espíritu Santo que vive en mí, corresponde al Espíritu Santo que vive en mi hermano.
Charles Finney ha descrito muy bien esta distinción en sus “Exposiciones sobre avivamiento”:

“Dios ama a todos los hombres con amor benevolente, pero El no siente un amor agradable hacia aquellos que no están viviendo vidas santas. Los cristianos de la misma manera no podemos mostrar un amor agradable unos a otros si no en proporción a nuestra santidad. Si el amor cristiano es el amor por la imagen de Cristo en su gente, entonces nunca puede estar activo excepto donde esa imagen exista. Una persona debe reflejar la imagen de Cristo y mostrar el Espíritu de Cristo, antes que otros cristianos podamos amarlo con un amor deleitoso.
Es en vano pedir a los cristianos que nos gocemos el uno en el otro cuando no somos espirituales. No encontramos nada en el otro que produzca este amor. ¿Cómo podríamos (en este estado) sentir algo diferente hacia el otro de lo que sentimos por los pecadores? Por saber que ellos pertenecen a la iglesia (…) no se producirá amor cristiano – a menos que veamos en ellos la imagen de Cristo.”

En algunas congregaciones se reprocha a los cristianos su “falta de amor” cuando desaprueban los pecados de los otros miembros (o de los líderes). Pero esta situación podría, al contrario, ser una indicación de que los otros miembros no nacieron de nuevo. Un cristiano no puede sentir amor fraternal por alguien que vive en pecado y no se arrepiente.

El que ha nacido de nuevo, no vive en pecado.

“Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la semilla de Dios permanece en El; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.” (1 Juan 3:6-9)

Algunos de los que se llaman cristianos, no quieren creer que esto está escrito en la Biblia. Se han acostumbrado a decir: “Todos somos pecadores.” ¡En realidad no existe ningún pasaje del Nuevo Testamento donde los cristianos son llamados “pecadores”! Los cristianos verdaderos son “creyentes”, “justos”, “santos”.

Quizás sea necesario aclarar un posible malentendido acerca de 1 Juan 3:9. Si Juan dice “…no puede pecar”, él no quiere decir que un cristiano no podría nunca más cometer un pecado. El sabía bien que aun los cristianos cometen de vez en cuando un pecado. Por eso escribe un poco antes: “Y si alguien hubiera pecado, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesús el Cristo, el justo” (1 Juan 2:1). Pero para que a nadie se le ocurra pensar que esto es lo normal, él escribe en el mismo versículo: “Hijitos míos, estas cosas les escribo para que no pequen.
O sea, el caso normal es que el cristiano no peca. En el verso 9, en el original griego, el verbo está en la forma del presente continuo, que se traduciría más literalmente: “…no puede pecar continuamente”, o: “…no puede vivir en pecado”. De vez en cuando sucede que un cristiano comete un pecado. Pero entonces su conciencia reacciona, y el cristiano se arrepiente de su pecado, lo confiesa y lo arregla ante Dios y ante los hombres afectados. Si alguien puede pecar y no le importa mucho; o si alguien no está dispuesto a renunciar a algún pecado en particular; o si alguien peca aun estando consciente de que es pecado – éste no es cristiano, según las palabras del apóstol Juan.

Pablo escribe algo parecido:

“¿O no saben ustedes que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se engañen: Ni fornicarios, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni los que se acuestan con hombres, ni ladrones, ni codiciosos, ni borrachos, ni groseros, ni asaltantes heredarán el reino de Dios. Y algunos eran tales. Pero fueron lavados, fueron santificados, fueron justificados en el nombre del Señor Jesús y en el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Corintios 6:9-11)

En la vida de un cristiano hay claramente un “antes” y un “después”. Algunos de los corintios eran “antes” pecadores obvios de una de las categorías mencionadas. Pero el verbo está en el tiempo pasado (“eran”). Esto significa que ahora ya no lo son. Fueron liberados del pecado. Si alguien no experimentó este “antes” y “después” en su vida, no es un cristiano según las palabras del apóstol Pablo.

Para un cristiano verdadero, este mensaje no es “perfeccionismo” ni una “carga pesada”. Al contrario, es un mensaje de liberación: En Cristo, ¡es posible ser libre del pecado! ¡Cristo es “poderoso para guardarles sin caída” (Judas 24)!

La iglesia del Nuevo Testamento consiste en personas nacidas de nuevo por el Espíritu Santo, que muestran las señales arriba mencionadas:
– Tienen dentro de sí el testimonio del Espíritu Santo, de que son hijos de Dios.
– Tienen hambre y sed de las cosas de Dios.
– Tienen amor fraternal por sus hermanos que nacieron de nuevo igual que ellos.
– No viven en pecado.
En cada congregación que se ha apartado de los patrones del Nuevo Testamento, éste es el primer punto que debe arreglarse: Sus miembros (y líderes) necesitan nacer de nuevo. Mientras no suceda esto, no tiene sentido hablar de actividades, o de estructuras de liderazgo, o de la forma de reunirse, etc. Para ser iglesia del Nuevo Testamento, ¡primero tenemos que ser “personas del Nuevo Testamento”!

El gran comienzo de la iglesia (Hechos 2)

07/06/2016

(Pedro dijo): ‘… Entonces sepa todo el pueblo de Israel con seguridad que Dios lo hizo Señor y Ungido, a este Jesús al que ustedes crucificaron.’
Al escucharlo, sus corazones fueron traspasados con dolor, y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ‘¿Qué haremos, varones hermanos?’
Y Pedro les dijo: ‘Cambien vuestra mente radicalmente, y cada uno de ustedes se haga bautizar en el nombre de Jesús el Cristo para el perdón de los pecados, y recibirán el regalo del Santo Espíritu. Porque para ustedes es la promesa y para vuestros hijos/niños y para todos los que están lejos, a cuantos el Señor nuestro Dios hará venir a él.’ Y con otras muchas palabras adicionales testificaba solemnemente y los animaba: ‘Déjense salvar de esta generación torcida.’ Entonces ellos aceptaron con gusto su palabra y se hicieron bautizar; y en aquel día Dios añadió alrededor de tres mil almas.”
(Hechos 2:36-41)

Veremos algunas características de la primera iglesia, como aparecen en este pasaje.

La iglesia del Nuevo Testamento consiste en cristianos nacidos de nuevo.

Esta es la característica que distingue a la iglesia del Nuevo Testamento de todas las organizaciones, instituciones y agrupaciones de este mundo. Observemos bien cómo obró Dios para juntar a la primera iglesia:

Primero, envió al Espíritu Santo sobre los ciento veinte discípulos reunidos. (Hechos 2:1-6.) Esto sucedió con señales visibles y audibles, de manera que la gente de Jerusalén fue obligada a reconocer que se trataba de una obra de Dios.

Después, a raíz de las explicaciones y anuncios de Pedro, muchas personas presentes fueron convencidos de su pecado y de su necesidad de salvación: “Al escucharlo, sus corazones fueron traspasados con dolor, y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué haremos, varones hermanos?” (Hechos 2:37) – En este momento, el Espíritu Santo estaba haciendo Su obra en los oyentes, como prometió Jesús en Juan 16:8: “Y cuando él (el Espíritu Santo) venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio …”
¿En qué exactamente consiste la convicción del pecado? – Jesús sigue diciendo: “De pecado, porque no creen en mí.” (Juan 16:9) – “Creer en Jesús” es mucho más que solamente creer que Él alguna vez vivió y murió por nosotros. Es mucho más que solamente estar intelectualmente de acuerdo con que Jesús es el Hijo de Dios. En el día de Pentecostés, Pedro (dirigido por el Espíritu Santo) confrontó a sus oyentes con dos puntos específicos:

1. “A éste (Jesús) tomaron ustedes por mano de los que viven sin ley, y lo eliminaron clavándolo en la cruz.” (Hechos 2:23)

2. “Entonces sepa todo el pueblo de Israel con seguridad que Dios lo hizo Señor y Cristo, a este Jesús al que ustedes crucificaron.” (Hechos 2:36)

Entonces, primero, el Espíritu Santo responsabilizó a los presentes de la muerte de Jesús. Eso era una acusación bastante escandalosa, porque éstas no eran las mismas personas como las que habían gritado con los sacerdotes: “¡Crucifícale, crucifícale!”. Al contrario, tenemos que suponer que entre los tres mil de Pentecostés había muchos que antes ya habían seguido a Jesús y habían escuchado sus palabras. (Nos recordamos que en una oportunidad Jesús alimentó a cinco mil personas, que todas habían venido para escucharle.) Éstos no eran los seguidores de los escribas y sacerdotes. Entonces, pensando de manera humana, muchos de ellos hubieran tenido razón de protestar: “¡Pero yo no estuve de acuerdo con que le crucifiquen!”
Sin embargo, la palabra “traspasó sus corazones”. Dios les mostró que en cierto sentido, todos ellos sí eran culpables de la muerte de Jesús. Jesús había muerto por los pecados de todo el mundo, los tuyos y los míos. Entonces, si tú y yo no hubiéramos pecado, Jesús no hubiera tenido que morir.
La convicción del pecado que obra el Espíritu Santo, cala mucho más hondo que una ocasional “mala conciencia” por haber dicho una mentira, o por haber tratado mal a alguien. El Espíritu Santo te hace ver que cada uno de estos “pecados pequeños” te hace culpable de la muerte de Jesús.

¿Hubo un momento en que esta convicción terrible llegó a tu vida? ¿El Señor ya te abrió los ojos para que veas la conexión entre tu pecado y la muerte de Jesús?

El punto 2 está relacionado con la resurrección de Jesús. (Vea los versos anteriores, Hechos 2:30-35). Pero no lo hace a manera de un consuelo superficial: “Gracias a Dios, ahora todo está bien otra vez.” Al contrario, la resurrección de Jesús revela otra verdad tremenda y espantosa para los oyentes: Ahora está demostrado que Jesús es efectivamente el Señor, el Mesías prometido, el Rey del universo. No fue un inocente cualquiera que estaba colgado en la cruz; fue el Rey y Señor al que todos debemos lealtad y obediencia. No solamente hemos hecho caso omiso a Su gobierno; ¡le hemos traicionado y matado!

No extraña entonces que los oyentes de Pedro estaban atormentados hasta lo más profundo de sus corazones. Eso no era asunto de una “pequeña decisión” de unirse a un grupo religioso, o de “decir una oración de entrega”. Estas tres mil personas se vieron en ese momento ante el trono de la suprema Majestad, acusados de alta traición. Quizás no se nota al leer el texto superficialmente, pero su pregunta “¿Qué haremos?” fue una expresión de extrema desesperación: Estamos perdidos eternamente. ¿Existe todavía alguna posibilidad de escapar de esta situación, de encontrar gracia ante Dios?

¿Alguna vez recibiste una impresión de este poder y majestad del Señor? ¿Estás realmente consciente de lo que significa que Él es EL SEÑOR?

Vemos entonces que la práctica y experiencia de muchas iglesias actuales está muy lejos del Nuevo Testamento. Se incentiva a pecadores a que “repitan una oración de entrega”, cuando todavía no han experimentado ninguna convicción por el Espíritu Santo, ni están realmente arrepentidos de sus pecados. En su afán por ganar más miembros, los predicadores no tienen la paciencia de dejar que el Espíritu Santo haga Su obra en una persona (lo que puede durar días, semanas, o incluso meses). Así se llenan las congregaciones de falsos hermanos que se llaman “cristianos”, pero nunca nacieron de nuevo.
Si una persona fue realmente convencida de su pecado por el Espíritu Santo, nadie tiene que decirle “Ven adelante” o “Repite esta oración conmigo”. Por la obra del Espíritu Santo, esta persona ya se ve expuesta ante el trono de Dios. Esta persona exclamará por sí misma: “¿Qué tengo que hacer para ser salvo?”

Ahora podemos entender mejor el gran peso de la siguiente palabra de Pedro: “¡Arrepiéntanse!” (Hechos 2:38) O, con el significado más literal de la palabra: “¡Cambien vuestra mente de manera radical!” El arrepentimiento bíblico es un cambio completo de la manera de vivir, actuar y pensar. El “hombre natural” que no ha llegado al arrepentimiento, es un ciudadano de este mundo. Sirve a este mundo, a sí mismo, y al diablo. “Arrepentirse” significa cambiar de ciudadanía, no solo de manera simbólica, sino de una manera muy real. Significa hacerse ciudadano del reino de Dios y convertirse en siervo del Rey, estando completamente bajo Sus órdenes. Como dijo Jesús: “Si alguno quiere venir detrás de mí, renuncie a sí mismo, tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la encontrará.” (Mateo 16:24-25) – O como lo expresó Pablo: “Por él (Jesús) el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.” (Gálatas 6:14) – A menor precio no se consigue la entrada al reino de Dios.

Para hacerlo aun más claro: El arrepentimiento bíblico no tiene que ver con ritos religiosos, ni con servicios de adoración, ni con la membresía en una institución que se hace llamar “iglesia”. Arrepentimiento bíblico significa colocar mi vida entera bajo el señorío de Cristo. Renuncio a mi manera de vivir, y comienzo a vivir como Cristo me manda. Renuncio a mi manera de llevar adelante mi hogar, y lo hago como Cristo me manda. Renuncio a mi manera de educar a mis hijos, y los educo como Cristo me manda. Renuncio a mi manera de trabajar y de hacer negocios, y lo hago como Cristo me manda. Renuncio a mis amigos y mi manera de tratarlos, y dejo que el Señor decida con quiénes juntarme y cómo tratarlos. Renuncio a mi manera de pasar el tiempo libre, y lo hago como Cristo me manda. Renuncio a mi confianza en los medios de este mundo para sustentar mi vida, y pongo mi confianza enteramente en Dios como mi Proveedor. Renuncio también a mis ideas de lo que es “iglesia”, y me someto a las órdenes del Señor en cuanto a la comunión entre Sus seguidores.

Todo esto y mucho más está incluido en la simple palabra: “¡Arrepiéntanse!”

La primera iglesia consistía en personas que habían cambiado sus vidas de esta manera radical.

La primera iglesia, el modelo para todos los tiempos

23/04/2016

El concepto más claro de la iglesia según el Nuevo Testamento lo encontramos al estudiar los rasgos de la iglesia primitiva en Jerusalén. Cuando Dios crea algo nuevo, El lo presenta siempre al inicio en su forma más pura y clara; después lo encomienda a las manos de los hombres, y después de algún tiempo permite que poco a poco sea alterado y corrompido, aunque sigue advirtiendo que “vuelvan a lo que era en el principio”. Pero si el pueblo sigue en su camino equivocado, al fin Dios permite que procedan a la apostasía completa y sufran las consecuencias de ello. Este es un patrón que podemos observar a través de la entera historia bíblica:

La creación original fue perfecta, y los primeros hombres eran perfectos. Es en el inicio donde Dios declara y demuestra Sus propósitos con la creación entera. “En el inicio … todo era muy bueno.” Después, con la caída del hombre, la creación comenzó a corromperse.

Cuando Dios comenzó a establecer a Israel como una nación independiente, El tomó especial cuidado para purificarlos durante su camino por el desierto. Durante aquel tiempo, todo pecado y toda desobediencia trajo inmediatamente un juicio serio de Dios, como notamos a cada paso en los libros de Éxodo y Números. Fue en aquel tiempo que Israel recibió la Ley de Dios, la expresión más perfecta de Su voluntad para ellos. La presencia de Dios estaba con ellos de manera visible y causó en ellos una profunda reverencia y temor. – En los tiempos posteriores, el pueblo se alejó y se corrompió más y más; y paralelamente disminuyó la fuerza de su testimonio ante las naciones.

Entonces no debe sorprendernos que también en la fundación de la iglesia cristiana, Dios procedió de la misma manera. En su inicio, en la iglesia primitiva de Jerusalén, Dios estableció el ejemplo más claro y puro de lo que es “iglesia” según Su voluntad. En aquella época también, no se podía esconder ningún pecado. La presencia de Dios estaba allí y creó un ambiente de pureza y temor santo.

Añadimos a esto que en las cartas del Apocalipsis, unos sesenta a setenta años más tarde, el Señor exhorta a las iglesias alejadas de Él, que vuelvan a sus inicios: “Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras …” (Apoc.2:5) “Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete.” (Apoc. 3:3) Él no les dice: “Desarróllense más, crezcan más, maduren más”, nada parecido a eso.

Viendo este patrón tan claro, no puedo estar de acuerdo con aquellos que describen la iglesia primitiva como “la infancia inmadura de la iglesia” y creen que con los desarrollos posteriores, la iglesia haya “madurado” y “mejorado”. No existe sustento bíblico para esta idea. (Es cierto que en el Nuevo Testamento se supone que el creyente individual madure y “crezca en la gracia” y aumente en sabiduría y discernimiento. Pero eso no tiene nada que ver con una supuesta “maduración” de la iglesia como cuerpo entero.) Al contrario, los desarrollos posteriores son un alejamiento del patrón original. Es como cuando uno saca una fotocopia de un cuadro hermoso, y después una copia de esta copia, y después una copia de la nueva copia, y así sucesivamente. Cada nueva copia será inferior a las anteriores; su calidad se deteriora continuamente y nunca aumenta. Así es también el desarrollo de la iglesia: mientras cada generación copia lo que hizo la generación anterior, y añade sus propias ideas, la corrupción aumenta. Solamente cuando la iglesia regresa al patrón original de la iglesia primitiva, puede mejorar su calidad espiritual.

Por tanto, no puedo aceptar como modelo de la iglesia a las grandes iglesias católicas o evangélicas que adquirieron mucho poder, consolidaron estructuras institucionales impresionantes, pero andan por sus propios caminos y dejan atrás los caminos del Señor. Tampoco la iglesia de los siglos II ó III es el modelo; y ni siquiera la iglesia de Corinto que conocemos desde las cartas de Pablo. (Algunos están usando mal el ejemplo de esa iglesia, para decir: “Ves, la iglesia primitiva también estaba llena de problemas y pecados, ellos no eran mejores que nosotros.” Y de ello quieren concluir que entonces ellos también pueden continuar despreocupadamente en sus pecados. Pero esa es una conclusión muy equivocada.) No, si buscamos algún modelo histórico que represente correctamente la iglesia del Nuevo Testamento, tenemos que volver a la iglesia de Jerusalén en sus inicios.

Una vez conversé con un grupo de estudiantes de teología que estaban estudiando un curso sobre el libro de los Hechos de los apóstoles. Les pregunté si en este curso estaban haciendo comparaciones entre las iglesias como el libro de Hechos las describe, y sus propias iglesias actuales. “No”, respondieron. Les pregunté si ellos personalmente alguna vez habían hecho esta comparación. “No, nunca”, fue la respuesta. Esta parece ser la triste actitud de un gran número de iglesias y de sus líderes en la actualidad. Estudian el libro de Hechos solamente como una historia del pasado, como si no tuviera nada que ver con ellos mismos y con las congregaciones que dirigen. No se dan cuenta de que en el ejemplo de la primera iglesia está la medicina contra las enfermedades espirituales que ellos mismos sufren. Esta es una forma de incredulidad: No creen que Dios es el mismo hoy como en aquel tiempo; y no creen que Su palabra tiene la misma validez hoy como entonces.

Ahora, para no llevar este principio a un extremo, deseo equilibrarlo con un segundo principio: No todo lo que históricamente sucedió en la iglesia primitiva, es un modelo que se debe generalizar para la iglesia de todos los tiempos. Dios actúa a veces de manera excepcional, y existen situaciones históricamente únicas. No debemos pensar que estas ocasiones excepcionales deban repetirse constantemente a través de la historia. Por tanto, deseo matizar el principio enunciado de la siguiente manera: La iglesia primitiva es el modelo para la iglesia de todos los tiempos, en aquellos aspectos que son confirmados por las enseñanzas de las cartas apostólicas. En estas cartas tenemos la genuina “enseñanza de los apóstoles” (Hechos 2:42). Estas cartas sí expresan principios válidos para la iglesia en general. Entonces opino que encontramos un fundamento seguro si combinamos el modelo de la iglesia primitiva con la enseñanza de los apóstoles, de la manera que acabo de formular.

Dios mediante, con estos principios en mente, procederemos en las siguientes reflexiones a analizar algunos pasajes pertinentes en el libro de Hechos, comparando también las cartas apostólicas donde fuera necesario. El pasaje clave para entender la primera iglesia es sin duda Hechos 2:36-47, donde se describen las características de la iglesia “recién nacida”. Pondremos el mayor énfasis en este pasaje.

Pedro como columna de la iglesia (2)

24/03/2016

En la reflexión anterior acerca de Mateo 16:16-19 hemos visto algunos puntos en la vida de Pedro que lo calificaron para ser más adelante una de las “columnas de la iglesia” (Gálatas 2:9): Una profunda convicción de su propia pecaminosidad, y en consecuencia una conversión a Cristo, y una renuncia radical a todo lo que estaba asociado con su vida antigua.

La convicción del pecado debe llevar al arrepentimiento, la conversión, y la fe que salva. Todo esto son aspectos de lo que el Nuevo Testamento llama “nacer de nuevo”. Cuando una persona nace de nuevo, Jesús vive en esta persona por Su Espíritu Santo. (Vea Gálatas 2:20, Efesios 3:16-17) Este nuevo nacimiento y esta salvación es posible gracias a que Jesús derramó Su sangre para redimirnos.
Con esto ya debería ser claro que no era posible “nacer de nuevo” en el sentido del Nuevo Testamento, antes que Jesús hubiera muerto y resucitado. Así también Pedro se había dado cuenta de que era un pecador; pero todavía no había experimentado esta transformación radical que es el nuevo nacimiento. Mientras él caminaba con Jesús en la tierra, él actuaba todavía en sus fuerzas humanas que no pueden cumplir la justicia de Dios. (Vea Romanos 8:3-8.) Por eso pudo en un momento ser sensible a la revelación de Dios, pero en el siguiente momento seguir los razonamientos de satanás. (Mateo 16:16-23). Por eso pudo en un momento juntar toda su fe y valentía para caminar sobre el agua, pero en el siguiente momento dudar y hundirse. (Mateo 14:28-31). Por eso pudo en un momento prometer a Jesús que iba a ir hasta la muerte con él, pero en el siguiente momento negarle tres veces.
Es muy significativo lo que Jesús le dijo cuando anunció de antemano la negación de Pedro: “…y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.” (Lucas 22:32) – La palabra que la versión Reina-Valera traduce como “vuelto”, es la misma que significa “convertirse”. Una mejor traducción sería: “…y tú, una vez convertido, afirma a tus hermanos.”
Antes de poder convertirse de verdad, Pedro tuvo que experimentar que él en su debilidad pudo incluso negar a su Señor. Toda su confianza en su propia “fe” tuvo que venirse abajo. Su verdadera conversión comenzó cuando Jesús, resucitado, le dio una nueva oportunidad de decir “Te amo”. (Juan 21:15-19) Y su nuevo nacimiento se completó recién en el día de Pentecostés cuando vino el Espíritu Santo.

Antes de Pentecostés, los apóstoles (inclusive Pedro) estaban temerosos y tímidos. Se reunían tras puertas cerradas por miedo a los enemigos de Jesús (Juan 20:19). Pero cuando vino el Espíritu Santo sobre ellos, hablaron en público con toda valentía. Y este fue el efecto del discurso de Pedro:
“Al escucharlo, sus corazones fueron traspasados [con dolor], y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ‘¿Qué haremos, varones hermanos?’ ” (Hechos 2:37)

En este momento se cumplieron las palabras del Señor: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (Mateo 16:19 – note que poco después, Jesús dio esta misma promesa a todos Sus discípulos, Mateo 18:18.) – Pedro usó las “llaves” que el Señor le había dado, para abrir el reino de los cielos ante sus oyentes; y tres mil de ellos, respondiendo con arrepentimiento y fe, entraron. (Hechos 2:38-41). Y este fue el comienzo de la primera iglesia.

Aquí se repite en sus oyentes la misma experiencia que Pedro había hecho antes: La convicción del pecado, el quebrantamiento ante Dios, la conciencia de que no hay manera de salvarse por medios humanos. Y después del arrepentimiento, la experiencia de la gracia maravillosa del Señor, y el nuevo nacimiento por el Espíritu Santo. Es por eso que Pedro está entre las “columnas” de la iglesia. Él personifica de manera ejemplar el camino que Dios sigue con cada persona que Él elige, llama y salva. Él pudo guiar a los nuevos discípulos por este camino, porque él mismo lo había recorrido antes. Pedro no representa una institución, ni una posición jerárquica. Pedro testifica del Salvador y del camino de la salvación. Cada uno de nosotros necesita “morir con Cristo” y “resucitar con Cristo” (Romanos 6:4-8, vea también 1 Pedro 1:3. 23). Allí es donde tenemos que buscar el fundamento de la iglesia.

Con esto ya hemos llegado al umbral de la historia de la iglesia primitiva, que examinaremos en unas reflexiones posteriores. Solamente deseo añadir un comentario adicional a Mateo 16:

Con toda esta preocupación por Pedro podríamos olvidar fácilmente que él no es el personaje principal de este pasaje. La conversación comenzó con la pregunta de Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que SOY YO?” (v.15) – La intención de Jesús no era hablar de quién era Pedro, sino de QUIÉN ERA ÉL MISMO. Y así no debemos pasar por alto que también en el versículo 18, Jesús dice: “(YO) edificaré MI iglesia”. La iglesia no es de Pedro; la iglesia es de Jesucristo y de nadie más. Así también dice Pablo acerca de la edificación de la iglesia: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.” (1 Cor.3:11) Y el mismo Pedro, en sus cartas, no pretende ser dueño ni fundamento de la iglesia. Al contrario, él aclara que Jesús es la “piedra principal” de la iglesia: “Acercándoos a él (se refiere a “el Señor” en el verso anterior), piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.” (1 Pedro 2:4-5)
– Entonces ningún hombre puede atribuirse algún derecho de propiedad sobre la iglesia, ni siquiera sobre el más humilde de sus miembros. Todo en la iglesia debe señalar hacia Cristo, no hacia algún hombre. Una iglesia que tiene por “cabeza” a alguien más que Jesucristo, o que enseña a sus miembros a rendir cuentas a algún líder antes que a Cristo, no es la iglesia del Nuevo Testamento.

Pedro como columna de la iglesia (Mateo 16)

16/03/2016

“Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.”
(Mateo 16:16-19)

Este es otro de los muy pocos pasajes del Nuevo Testamento donde la palabra “iglesia” aparece en las propias palabras de Jesús. En las reflexiones anteriores hemos visto que el Señor Jesús describe la iglesia como la reunión de hermanos en consenso, sin distinciones jerárquicas ni clericalismo. Ante este concepto de la iglesia como una hermandad sencilla, resulta bastante obvio que este pasaje favorito de los apologistas romanistas, Mateo 16:18-19, no puede ser interpretado a favor de un papado. Una tal interpretación estaría contraria a todas las demás palabras del Señor. Estaría también contraria a las palabras del mismo Pedro, quien escribió que la “piedra fundamental” de la iglesia es el Señor mismo (1 Pedro 2:4-8), y quien se identificó a sí mismo como un simple “anciano con los otros ancianos” (1 Pedro 5:1).
Entonces, en Mateo 16:18-19 se trata mas bien de una promesa del Señor a Pedro personalmente, y se refiere a la “edificación” inicial de la iglesia en el tiempo apostólico.

Este fue también el consenso de la iglesia antigua durante los primeros cuatro siglos. Los “padres de la iglesia”, sobre cuyos escritos se fundamenta supuestamente la “tradición” católica romana, diferían entre sí en su interpretación de Mateo 16:18-19; pero en un punto estaban unánimes: Este pasaje no tiene nada que ver con algún supuesto “sucesor” de Pedro. Citaré a un autor que investigó más sobre este tema:

“En los primeros dos siglos, este pasaje (Mat.16:18-19) fue citado muy pocas veces. (…) Solamente a inicios del tercer siglo, un obispo no identificado – posiblemente Calisto de Roma – se apoyó sobre este pasaje. (…) Tertuliano reprendió la presunción del obispo: (…) ‘¿Cómo te atreves a negar y torcer la intención obvia del Señor? – quien encargó esto solamente a Pedro personalmente. ‘Sobre ti’, dice, ‘edificaré mi iglesia’, y ‘a ti te daré las llaves’, no a la iglesia; y ‘lo que tú atares y desatares’, no lo que ellos ataren y desataren.’ (…) Agustín dejó que sus lectores decidan por sí mismos si la ‘roca’ se refiere a Pedro o a Jesús mismo. Jerónimo opina que la roca se refiere a Cristo, puesto que ‘Pedro’ significa ‘piedra’: ‘Verdaderamente fundamentada sobre la roca firme, que es Cristo.’ *
En resumen, de los 77 padres de la iglesia que escribieron acerca de este pasaje, 17 piensan que la roca significa Pedro; 44 piensan que se refiere a la fe de Pedro; y 16 piensan que Jesús se refirió a sí mismo. Pero ninguno de ellos aplicó este pasaje a los obispos de Roma como supuestos sucesores de Pedro. (…) León I (440-461) fue el primer obispo romano que defendió consecuentemente la idea del papado, y fundamentó el primado romano con Mateo 16:18. (…)”
(P.H.Uhlmann, “Las doctrinas de Roma a la luz de la Biblia”.)

* (En el griego original, el nombre “Pedro” es “Petros”; pero la palabra para “roca” es “petra”. Por tanto no existe ninguna identidad, solamente una similitud, entre “Pedro” y “roca”.)

O sea, la idea favorita de los defensores del papado no se le ocurrió a ninguno de los escritores de la iglesia temprana, y por tanto no es ni siquiera parte de la tradición eclesiástica de los primeros cuatro siglos.

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Dejemos entonces estos inventos posteriores y veamos lo que podemos concluir de nuestro pasaje acerca de la iglesia del Nuevo Testamento.

Como ya hemos visto, la palabra “Pedro” no es igual, solamente similar a la palabra para “roca”. ¿En qué respecto pudo Pedro ser similar a una roca para la iglesia?

Jesús dijo estas palabras después de que Pedro le había dicho: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (v.16) – Jesús le responde: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” (v.17)
Lo que dice Jesús aquí, es que para Pedro era humanamente imposible reconocer a Jesús en su forma terrenal como el Mesías y el Hijo de Dios. Solamente con una revelación sobrenatural de parte de Dios era posible que Pedro hiciera esta declaración. Y solamente sobre la base de esta revelación sobrenatural pudo Pedro tener suficiente firmeza “como de una roca” para soportar la carga de una responsabilidad importante en la iglesia.

Esto se hace claro especialmente cuando lo comparamos con lo que sucedió inmediatamente después. Jesús anuncia a Sus discípulos que va a sufrir y morir (v.21). Entonces Pedro le reprocha y dice: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.” (v.22) – Jesus le reprende: “¡Quítate de delante de mí, satanás! Me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.” (v.23)
En este instante, Pedro ya no hablaba por revelación divina; hablaba desde su propio corazón humano, queriendo impedir el sacrificio redentor de Cristo. Y con eso ya no era “piedra”, sino que era ¡”satanás”! – Su aptitud para “cargar” autoridad en la iglesia dependía completamente de su permanencia en la revelación de Dios. No era Pedro como persona quien podía ser comparado con una “roca” para la iglesia; tampoco era Pedro en virtud de algún encargo o posición especial; nada de eso. Era Pedro en su capacidad de recibir, entender y obedecer la revelación sobrenatural de Dios.

Esta opinión es apoyada por el otro pasaje donde Jesús usa la comparación con una roca, Mateo 7:24-27. “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.” – Aquí, la roca firme es el escuchar y hacer las palabras del Señor. Pedro estaba “edificado sobre la roca” mientras escuchaba la revelación de Dios y actuaba según ella.

Aquí creo que sí podemos generalizar un poco. La iglesia del Nuevo Testamento tiene como “piedras” o “columnas” (Gálatas 2:9) a personas que han conocido y reconocido por revelación sobrenatural a Jesús como Mesías, el Hijo de Dios. No a personas que le conocen solamente por haber estudiado acerca de Él, o por haber seguido los ritos y los pasos de formación que exige alguna institución eclesiástica. Había en ese tiempo muchas personas que conocían a Jesús “según la carne”, que vieron Sus milagros y escucharon Sus palabras; pero pocos le conocieron de la manera como Pedro le conoció. Tengamos cuidado; no nos sometamos ligeramente a personas que fueron “investidos de un cargo”, sin haber conocido a Jesús personalmente por revelación de Dios.

El verdadero conocimiento de Jesús comienza primero y sobre todo con la convicción del propio pecado. Así le sucedió a Pedro en uno de sus primeros encuentros con Jesús: “Y al verlo, Simón Pedro cayó a las rodillas de Jesús y dijo: Aléjate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador. Porque estaba lleno de espanto, él y todos los que estaban con él …” (Lucas 5:8-9) – Esta fue la primera revelación sobrenatural que Pedro recibió, y que inició su conocimiento de Jesús: “Soy un hombre pecador.”
Este no es un caso aislado; es un principio general. Así dice Jesús en Juan 16:8: “Y cuando él (el Espíritu Santo) venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio …” – La primera obra del Espíritu Santo en una persona es convencerla de su pecado. Nadie puede decir que “conoce a Jesús” si no ha hecho esta experiencia de una profunda convicción de su propio pecado.
Esta convicción no es un asentimiento intelectual a que “todos somos pecadores”. Al contrario, las personas que dicen esto, a menudo son los que toman su pecado demasiado a la ligera. Con demasiada frecuencia toman este dicho por una excusa para seguir conviviendo despreocupadamente con el pecado.
La verdadera convicción del pecado es acompañada de un intenso temor a Dios, y de la conciencia profunda de que uno está perdido y merece ser condenado por Dios. Como también exclamó Isaías: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos.” (Isaías 6:5) Alguien que nunca pasó por una angustia similar, debido a su propia perdición, no ha conocido a Dios.

No menos significativo es el último versículo en la historia de la pesca milagrosa: “Y cuando habían llevado los barcos a tierra, abandonaron todo y le siguieron.” (Lucas 5:11) No es posible seguir a Jesús sin cortar definitivamente los lazos con la vida antigua. Pedro y sus compañeros dejaron atrás su trabajo, sus padres, sus amigos, aun el lugar donde habían crecido y vivido, para seguir a Jesús. En eso también, Pedro es un ejemplo para todos los creyentes después de él.
He conocido a varias personas que estaban interesadas en convertirse a Jesús; algunos incluso se habían hecho miembro de alguna iglesia. Pero a medida que su interés en los asuntos del Señor se hacía más serio, el Señor comenzó a poner su dedo en alguna cosa en su vida que debían abandonar. No era que algún predicador o alguna otra persona les hubiera señalado esa cosa; ellos mismos comenzaron a considerarlo porque el Señor comenzó a obrar convicción del pecado en ellos. Lo triste era que la mayoría de estas personas no estaban dispuestas a dejar atrás esa cosa que el Señor les mostraba; y así nunca llegaron a una conversión verdadera. Es probable que ésta sea la situación de la mayoría de los miembros de las iglesias actuales. Están interesados en las cosas del Señor, se identifican como “cristianos” y participan en las actividades de su congregación; pero nunca nacieron de nuevo porque nunca dejaron atrás su vida antigua.
Algunos hacen unos negocios deshonestos que les proveen buenos ingresos, y no están dispuestos a abandonar esta práctica. Otros tienen un romance con una persona que no ama al Señor, o alguna otra relación ilícita, que aman más que al Señor. Algunos no están dispuestos a dejar de participar en los ritos paganos que son costumbre de su familia. En otros casos es el colegio mundano adonde mandan a sus hijos, por el supuesto “prestigio” del colegio, sin considerar que este colegio convierte a sus hijos en ateos. En otros casos pueden ser cosas que ni siquiera son malas en sí mismos, como ciertos pasatiempos que ocupan mucho tiempo; ciertas amistades; o un trabajo; que el Señor muestra a una persona que debe abandonarlos para poder cumplir el llamado de Dios. El caso puede ser diferente en cada persona. Pero cada uno está apegado a ciertas cosas en su vida que sabe que debe dejar atrás cuando el Señor lo llama.
En Mateo 16, Jesús sigue diciendo: “Si alguien quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiere salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la encontrará.” (Mateo 16:24-25). La iglesia del Nuevo Testamento consiste en personas que renunciaron a vivir sus propias vidas.

La iglesia del Nuevo Testamento en Juan 17 (3)

04/03/2016

Unidad en santidad

La siguiente petición de Jesús es por la santificación de Sus discípulos. “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. … Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.” (Juan 17:17.19) “Santo” significa “apartado para Dios”, y por tanto también “libre del pecado”. Es la voluntad del Señor que los miembros de Su iglesia sean santos, no solamente en teoría, sino de hecho y de verdad. Sin la santidad, nadie verá al Señor (Hebreos 12:14).

Es muy importante entender esto, porque en muchas congregaciones se ha difundido una falsa enseñanza que dice que la salvación consiste únicamente en el perdón de los pecados, y que es imposible ser libre del pecado. Pero sabemos que el Padre escucha siempre las oraciones de Su Hijo (Juan 11:42), y que Sus mandamientos no son imposibles de cumplir (1 Juan 5:3). Entonces, ¿acaso será imposible para Dios santificar a Sus discípulos? ¿o será imposible para un verdadero discípulo, cumplir el mandamiento de Dios de ser santo? Quien dice eso, hace a Dios mentiroso.

Podemos corroborarlo fácilmente con otros pasajes de las cartas apostólicas:
“¿Qué diremos entonces? ¿Permanezcamos en el pecado, para que tengamos más favor de Dios? ¡No sea! Quienes murimos respecto al pecado, ¿cómo viviremos todavía en él?” (Romanos 6:1-2) – Un cristiano verdadero está “muerto para el pecado, pero vivo para Dios” (Romanos 6:11). De ninguna manera “sigue pecando inevitablemente”.
“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder … para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo …” (2 Pedro 1:3-4) – O sea, un cristiano verdadero ha recibido de Dios todo lo que es necesario para llevar una vida santa, participando de la “naturaleza divina” y apartado de “la corrupción que hay en el mundo”.
“… aquel que es poderoso para guardarles sin caída, y presentarles sin mancha delante de su gloria con gran alegría…” (Judas 24) – O sea, Dios es perfectamente capaz de guardar a los verdaderos cristianos en santidad.

El verso Juan 17:17 nos enseña además que la palabra de Dios es un medio importante que Dios usa para mantenernos en santidad.

Antes de llegar a la siguiente petición, Jesús aclara que Él está orando por la iglesia de todos los tiempos: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (verso 20). Esta oración de Jesús es también para nosotros hoy, para todos los que de verdad le siguen.

¿Crees tú en el cumplimiento de esta oración para ti? ¿Lo cree la congregación a la que perteneces?

La santidad de los discípulos es el prerrequisito para la siguiente petición de Jesús: la petición por unidad. “… para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.” (Juan 17:21)

Este versículo es uno de los más hermosos del Nuevo Testamento; pero a la vez uno de los más abusados. El Consejo Mundial de Iglesias, o sea la máxima entidad promotora del movimiento ecuménico, escogió este versículo como su lema. Pero la unidad que busca el ecumenismo, es algo muy diferente de la unidad por la que Jesús oró:
– Jesús oró por una unidad en santidad. Pero el ecumenismo promueve una unidad en tolerancia: Los líderes ecuménicos no permiten que alguien use la palabra de Dios para confrontar el pecado de alguien, o para señalar enseñanzas y prácticas falsas en alguna iglesia. Por eso, las iglesias ecumenistas se están llenando de falsos maestros y de prácticas paganas, supersticiosas y pecaminosas.
– Jesús oró por “los que creen en mí”. Pero el movimiento ecuménico no distingue entre cristianos verdaderos y cristianos solo de nombre. Según la definición ecuménica, son cristianos “los que fueron bautizados en el nombre del Dios Trino” – inclusive aquellos católicos romanos y reformados que fueron bautizados cuando eran bebés, pero nunca siguieron al Señor personalmente.
– Jesús oró que Sus discípulos sean uno como personas, a un nivel personal. Pero los esfuerzos ecuménicos suceden al nivel de instituciones y organizaciones; que haya un “reconocimiento mutuo” entre las diferentes instituciones religiosas, y que los cristianos se dejen dirigir por los líderes de las respectivas organizaciones.
– Jesús oró por una unidad “en nosotros”, o sea en el Padre y en el Hijo. Para que haya una unidad entre los discípulos, es necesario primero que cada discípulo esté “en Jesús”; que se identifique con Jesús y viva en una relación arreglada con Él. Pero el movimiento ecuménico da muy poca importancia a la relación personal con el Señor; o la entiende solamente en un sentido sacramental (por ser bautizado).

El Nuevo Testamento habla no solamente de la unidad; habla también de la necesidad de separarse:
“… que no se mezclen con alguien que se hace llamar hermano, pero es un fornicario o codicioso o servidor de ídolos o grosero o borracho o ladrón; con un tal tampoco coman juntos.” (1 Corintios 5:11)
“No se vuelvan compañeros de yugo con incrédulos. Porque ¿cómo pueden los justos participar en el rechazo a la ley? ¿o cómo puede la luz tener comunión con la oscuridad? y ¿cómo puede haber un acuerdo entre el Ungido y Beliar? ¿o cómo puede el creyente tener parte con el incrédulo? y ¿cómo puede conocordar el templo de Dios con los ídolos? (…) Por eso, ‘Salgan de en medio de ellos, y sepárense, dice el Señor’, y ‘no cojan lo impuro; y yo les recibiré’.” (2 Corintios 6:14-17)

No nos engañemos. En la situación actual, muchos miembros y líderes de iglesias (probablemente la mayoría) son “fornicarios” o “codiciosos” o “incrédulos” o “ladrones” o mentirosos … o de alguna otra manera demuestran con su vida y con sus convicciones que no son seguidores verdaderos del Señor Jesús. Ellos no están incluídos en la oración del Señor por unidad. Al contrario, la palabra de Dios dice que un verdadero cristiano debe apartarse de los tales, que se llaman “hermanos” o son miembros de una iglesia, pero demuestran con su vida o con sus enseñanzas que no pertenecen al Señor.

Aun muchas iglesias evangélicas que no se identifican como ecuménicas, sin embargo han adoptado muchos aspectos del concepto ecuménico acerca de la “unidad”: Ven y buscan la “unidad” al nivel institucional, por medio de la conformidad a la propia denominación, y mediante acuerdos y “programas en conjunto” con otras denominaciones. Muchos viven en la ilusión de que todos los miembros de su propia organización sean cristianos verdaderos. Algunos creen además que todos los miembros de otras denominaciones están equivocados. Todo eso los lleva a hacerse “compañeros de yugo” con incrédulos, y al mismo tiempo a rechazar la comunión con verdaderos cristianos en otras denominaciones. Se están olvidando del centro de la unidad cristiana, que es Jesús mismo.

Los criterios de unidad según el Nuevo Testamento son claros: Un verdadero seguidor de Jesús está en unidad con todos los otros verdaderos seguidores de Jesús, sin importar a cuál organización religiosa pertenezcan o no pertenezcan. Y se separa de los que no siguen a Jesús de verdad, por más que sean miembros de la misma congregación.
La unidad cristiana no es una membresía común en una institución. No es el acuerdo común con una declaración de fe. No es la adherencia a un reglamento o acuerdo entre distintas instituciones. La unidad cristiana se expresa mejor en lo que el Nuevo Testamento llama “koinonía” (de eso hablaremos cuando lleguemos al libro de Hechos), o “el cuerpo de Cristo” (la expresión que usa Pablo).

Jesús dijo que el resultado de la verdadera unidad cristiana será: “para que el mundo crea que tú me enviaste.” La unidad del tipo ecuménico, institucional o denominacional no produce este resultado. Solamente hace que el mundo percibe a los cristianos como una asociación mundana o una entidad política; pero no puede ver al Señor en ellos. En cambio donde hay una verdadera unidad basada en el Señor mismo y en la santidad, aunque fuera una única familia que vive esta unidad, allí el mundo percibe la luz del evangelio. Allí es donde el mundo nota que hay algo diferente, algo sobrenatural, algo que el mundo no conoce. Ese “algo” es la presencia del Señor.

¿Qué concepto de unidad tienes tú? ¿Qué concepto tiene la congregación a la que perteneces? ¿El concepto ecuménico, institucional, denominacional; o el concepto de Jesús?

(Vea también: “Acerca de la unidad cristiana”.)

La iglesia del Nuevo Testamento en Juan 17 (2)

29/02/2016

En el mundo, pero no del mundo

A continuación, Jesús ora por la relación de Sus seguidores con el mundo. Comienza diciendo: “El mundo los aborreció” (v.14). No es ninguna meta de la iglesia del Nuevo Testamento, ser aceptada por el mundo. Si una congregación es famosa y aplaudida en el mundo, no es ninguna señal de que Dios esté obrando allí. Al contrario, Jesús dijo: “Muy felices son ustedes cuando los hombres les odian y cuando los separan y ultrajan y desechan vuestro nombre como algo malo por causa del Hijo del hombre. Alégrense en aquel día y brinquen, porque miren, tendrán un gran sueldo en el cielo. Porque así hacían los antepasados de ellos a los profetas. (…) ¡Ay, cuando todos los hombres les dicen bien!; porque así mismo hacían los antepasados de ellos a los falsos profetas.” (Lucas 6:22-23.26)
No solo esto. Jesús dijo que aun las congregaciones religiosas odiarán a los verdaderos cristianos: “Les echarán fuera de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que les mate, pensará que rinde servicio a Dios. Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí.” (Juan 16:2) – No pensemos que esto se refiere solamente a las sinagogas judías. Hoy en día, las iglesias cristianas tradicionales ocupan el lugar de las sinagogas, y sus pastores ocupan el lugar de los sacerdotes, escribas y fariseos de entonces. Efectivamente, a lo largo de la historia, las iglesias oficiales persiguieron y mataron a muchos cristianos verdaderos. La iglesia romana persiguió violentamente durante muchos siglos a los valdenses, a los reformados, y a los evangélicos. Las iglesias reformadas a su vez persiguieron a los anabaptistas, a los cuáqueros, a los puritanos, y a los metodistas. Muchos de los perseguidores creían que perseguir y matar a estos “herejes” era un servicio a Dios. No nos extrañemos si en el futuro también las iglesias evangélicas comenzarán a perseguir a los verdaderos cristianos. El ecuménico Consejo Mundial de Iglesias y sus simpatizantes ya lo han hecho.

De hecho, los cristianos verdaderos “no son del mundo” (versos14 y 16), como Jesús tampoco era del mundo. Y esto incluye al mundo religioso, a las congregaciones de gente que lleva el nombre de “cristianos” sin haber nacido de nuevo.

Cada vez que un grupo de cristianos empezaba a ganar cierta influencia y prestigio, surgía la tentación de adaptarse al mundo. Comenzaban a actuar de manera similar al mundo para no ser despreciados. Sus líderes comenzaban a tolerar el pecado para complacer a los miembros ricos y a los gobernantes del mundo. Así, en un proceso lento, la congregación se convertía en una parte del mundo; y el Señor tenía que llamar a nuevos seguidores que no eran “del mundo”.

Como reacción a esta situación, algunos podrían caer en la tentación opuesta, la de retirarse completamente del mundo. De allí surgió la idea de los monasterios, internados cristianos, y otras formas de comunidades cerradas e intentos de crear una especie de “Nueva Jerusalén” en esta tierra. Pero Jesús pide al Padre que esto no suceda con Sus verdaderos seguidores: “No ruego que los quites del mundo” (verso 15). Eso no sería bueno para el mundo, porque el mundo necesita la presencia de los cristianos. Tampoco sería bueno para los cristianos; porque un discípulo del Señor necesita el desafío del mundo que lo rodea, para mantenerse espiritualmente despierto. Por eso, el Señor ha permitido muchas veces que tales comunidades cerradas se convirtieran en verdaderos criaderos de pecado, peleas internas y escándalos, para demostrar a sus miembros que éste no es el camino.

En cambio, Jesús ora: “sino que los guardes del mal.” (verso 15) Los discípulos de Jesús deben vivir “en el mundo, pero no del mundo”; exteriormente presentes en el mundo, pero interiormente apartados de él. Por eso tienen necesidad de ser guardados del mal que está en el mundo, y eso de dos maneras: Necesitan ser guardados contra la maldad del mundo que ataca, persigue y maltrata a los verdaderos cristianos, para que aun en todas las adversidades mantengan la fe y sigan fieles al Señor. Pero necesitan también ser guardados contra la maldad que quiere infiltrarse dentro de ellos mismos, y que los tienta a hacerse iguales al mundo. En estos dos aspectos, la verdadera iglesia del Señor siempre necesita Su protección. Qué bueno es saber que Jesús ya oró por ello. La verdadera iglesia no necesita recurrir a artificios humanos, a mandamientos de hombres, a una “cobertura” por parte de un “liderazgo”, o al alejarse físicamente del mundo. No son esas cosas que protegen a la iglesia; es el Señor mismo.

Por fin, Jesús aclara cuál es la relación de Su iglesia con el mundo: “Como tú me comisionaste al mundo, así yo los he comisionado al mundo.” (v.18) Los discípulos de Jesús tienen una misión que cumplir en este mundo. No sólo que vivan en este mundo sin ser afectados por la maldad del mundo; también que sean una “luz” para que el mundo pueda conocer al Señor por medio de la vida y la palabra de ellos. (Vea Mateo 5:13-16). A cada discípulo de Jesús se aplica la misma palabra que Dios habló a Jeremías: “¡Conviértanse ellos a tí, pero tú no te conviertas a ellos!” (Jeremías 15:9).