Funciones de capacitación en la iglesia del Nuevo Testamento según Efesios 4:11

13/07/2017

Efesios 4:11 menciona cinco “dones” o “funciones” en un contexto particular: Los cinco sirven “para perfección de los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la madurez de la plenitud de Cristo; …” (Efesios 4:12-16)

Los mencionamos aquí aparte, porque el alcance de estas cinco funciones va más allá de la simple “edificación mutua” en las relaciones de “unos a otros”. Los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros son responsables de capacitar a los otros miembros del cuerpo para que éstos puedan realizar un “ministerio” o “servicio” para la edificación del cuerpo. Por eso podríamos llamarlos “funciones de capacitación”.

El verso 11 dice literalmente: “Y él mismo dio a unos, apóstoles … (etc.)”. O sea, el “don” que Dios da a Su iglesia (v.8) no es “el apostolado”, sino el apóstol mismo como persona; no “la profecía”, sino el profeta mismo como persona; etc. Esto sugiere que este verso habla de personas que ejercen estas funciones a tiempo completo, como su ocupación u “oficio” principal. También indica que estas personas ya no son propiedad de sí mismos; están ahora a disposición de la iglesia para servirle como un “regalo” de Dios para ella. O sea, ¡su función no es dominar sobre la iglesia o gobernarla!

Deseo enfatizar una vez más que “Dios dio” estos dones. No está en el poder de los hombres, “colocar” a apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, o maestros. Nadie puede “elegir” a un apóstol, “ordenar” o “constituir” a un pastor (hablando de pastores en el sentido del Nuevo Testamento), “crear el oficio” de un evangelista, “encargar” a alguien con la función de maestro, etc. Tampoco puede alguien adquirir las capacidades correspondientes por medios humanos: Nadie se convierte en profeta o en pastor por “estudiar una carrera”, por “aprender del profeta fulano o del pastor zutano”, por graduarse de un “instituto bíblico” o “seminario teológico” o algo así. Las Escrituras son muy claras en que Dios es el único que puede “dar” una de estas funciones a alguien. La iglesia, o sea el pueblo de Dios, solamente puede reconocer si Dios ha dado a alguien una de estas funciones. Y si una congregación no reconoce a estas personas, y “ordena” o “constituye” en su lugar a otras personas para que cumplan funciones como estas, entonces la congregación se estropea espiritualmente.

Al estudiar las personas que en el Nuevo Testamento ejercieron alguna de estas funciones, encontramos en casi todos los casos que se trataba de “obreros itinerantes” que iban de iglesia en iglesia y abarcaban un amplio espacio geográfico. Podemos concluir que las personas que ejercían estas funciones a tiempo completo eran relativamente pocas, y que ellos no eran los líderes de las iglesias locales. (La gran mayoría de los ancianos locales deben haber tenido un oficio normal, y ejercieron sus funciones de ancianos en su tiempo libre.)

Muchas congregaciones actuales han remplazado estas cinco funciones por una sola, la de un “pastor” o “predicador” que intenta cumplir las cinco funciones juntas (y a veces todas las cinco tan solo con “predicar”…). Esto no está en el sentido de la palabra de Dios:
– Dios quiere que en el “cuerpo de Cristo” haya una diversidad de dones y funciones que se complementan mutuamente. Las reuniones de los cristianos no deben ser dominadas por una sola persona; y el liderazgo y “ministerio” de una iglesia no debe estar concentrado en una sola persona. Una sola persona no puede cumplir a cabalidad las cinco funciones. Cada siervo de Dios necesita el complemento de otros siervos que tienen los dones que él mismo no tiene.
– Cuando las reuniones consisten en una “prédica”, el predicador es el único que “ministra” activamente; todos los otros miembros del cuerpo están pasivos. Pero la finalidad de estas funciones es que todos los santos hagan “la obra del servicio”, y que sean capacitados o “perfeccionados” para hacerlo.

Así por ejemplo un evangelista es no solamente alguien que evangeliza. Aun más importante es que él capacite a los miembros y ancianos de las iglesias locales, con su ejemplo y con sus consejos, para que ellos mismos evangelicen. – De la misma manera, un pastor en el sentido del Efesios 4:11 no es alguien que “pastorea” (ni mucho menos “lidera”) una iglesia local. Es alguien que capacita a los miembros y ancianos de las iglesias locales, con su ejemplo y con sus consejos, para que ellos mismos se “pastoreen” unos a otros. – Un maestro no solamente enseña: capacita a los miembros y ancianos de las iglesias locales a estudiar y entender las Escrituras por sí mismos, para que puedan enseñarse unos a otros. – Y de manera similar podemos entender también la función de un apóstol y de un profeta como “capacitadores”.

Mencionamos estas funciones en el contexto de la iglesia como “familia de Dios”, porque hemos visto que en la iglesia del Nuevo Testamento, todo liderazgo es “familiar”. Las funciones de capacitación no son una excepción. La autoridad y la integridad de las personas que ejercen una de estas funciones, debe demostrarse primeramente en su propia familia; y después en la “familia de familias”, la comunión local de los cristianos.
Cuando alguien empieza a asumir responsabilidades mayores en la familia de Dios, el peligro es mayor que empiece a olvidar su responsabilidad más importante: su propia familia. Alguien que ejerce una de las funciones de capacitación, debe ser especialmente vigilante para no descuidar a su esposa y sus hijos. Si descuida a su familia, socava la base de su propia autoridad espiritual.

Cada siervo de Dios que cree ser llamado a ejercer una de estas funciones, debería hacerse las siguientes preguntas:
¿Cuál es realmente la función a la que Dios me ha llamado? ¿Soy un apóstol, profeta, evangelista, pastor, o maestro?
¿Quiénes son los siervos de Dios con otras funciones que Él quiere que yo colabore con ellos y que ellos complementen lo que me falta a mí?
¿Cómo puedo ejercer mi función de tal manera que los otros miembros del cuerpo sean capacitados para que ellos cumplan su función de edificarse unos a otros?

Funciones de los ancianos en la familia de Dios – Parte 5

17/06/2017

El rol de los ancianos en las reuniones

Cuando la familia de Dios está reunida, “cada uno tiene …” (1 Corintios 14:26). No puede entonces ser el rol de los ancianos, dominar estas reuniones hablando ellos todo el tiempo. Más importante es animar y ayudar a todos los hermanos a participar con los dones que Dios les ha dado. El rol de los ancianos sería entonces más el de “facilitadores” o “moderadores”. Con sabiduría tienen que saber frenar a los que quieren hablar demasiado o controlar el curso de la reunión; tienen que velar por que se haga todo “decorosamente y en orden” (1 Corintios 14:40); tienen que examinar lo que se dice (lo que a veces puede significar dar alguna corrección); y – eso se olvida a menudo – tienen que animar y ayudar a los muy callados a que ellos también participen. – Por supuesto que en los momentos apropiados, los ancianos participarán también con una palabra de enseñanza, una palabra profética, una palabra de ánimo, o lo que sean sus dones particulares.

La mayoría de las funciones de los ancianos se sobreponen con las funciones que ejercen también todos los miembros. Por ejemplo el enseñar, examinar, o amonestar no son funciones exclusivas de los ancianos. Los miembros deben “enseñarse y amonestarse unos a otros en toda sabiduría” (Colosenses 3:16). La instrucción de “examinar todo” se dirige a la iglesia entera (1 Tesalonicenses 5:21). Los miembros deben “cuidarse” unos a otros (Hebreos 12:15). Aun el “juzgar” es en cierta medida una tarea de la iglesia entera (1 Corintios 5:12, 6:2-3). Pero en todas estas funciones, los ancianos tomarán la delantera y lo harán con mayor sabiduría y autoridad.

Hospitalidad

Los ancianos deben también ser “hospitables” (1 Timoteo 3:2, Tito 1:8). La hospitalidad es un aspecto de las funciones de “unos a otros” que corresponde a todos los miembros de la familia de Dios (1 Pedro 4:9); pero como en todos los aspectos de la vida cristiana, también en éste los ancianos deben ir adelante. De varias maneras, la hospitalidad es importante para el buen funcionamiento de la comunión cristiana:

– Abriendo su hogar para las comidas compartidas de la familia de Dios, y la comunión cristiana en general.
– Apoyando a hermanos necesitados.
– Alojando a los siervos itinerantes de Dios.

Diversidad en las funciones de los ancianos

Hemos mencionado diversas funciones de los ancianos: Pastorear, “cuidar” o “supervisar”, enseñar, corregir o amonestar, etc. Pero así como hay una diversidad de dones y funciones en el cuerpo de Cristo en general, así hay también una diversidad de dones y funciones entre los ancianos. Por ejemplo, Pablo dice: “Los ancianos que son buenos líderes sean valorados de doble estima, sobre todo los que trabajan duro en la palabra y en la enseñanza.” (1 Timoteo 5:17.) Esto implica obviamente que no todos los ancianos enseñan. De la misma manera, no todos los ancianos pastorean. Por el otro lado, algunos ancianos seguramente tendrán dones que no hemos mencionado en este capítulo: evangelizar; profetizar; administrar; etc. En el marco pequeño de la comunión cristiana local, los ancianos ejercen las mismas funciones de capacitación que los siervos itinerantes ejercen en un marco más grande.

Justo por esta diversidad de los dones y funciones, es necesario que haya varios ancianos en una iglesia local. Así se complementan unos a otros; y juntos ejercen todas las funciones propias del ancianato.

Por eso no encontramos en el Nuevo Testamento ningún catálogo fijo de “responsabilidades” o “funciones” de un anciano. No es la intención de Dios, hacer encajar a todos los ancianos en un mismo molde. Esta serie de artículos tampoco debe entenderse en este sentido. Hemos enumerado algunos puntos que pueden ser aspectos del servicio de un anciano; y hemos señalado que estos aspectos no constituyen “cargos” aislados. (Por ejemplo, en el Nuevo Testamento no existen los cargos específicos de “obispo” o de “pastor” en la iglesia local). Pero cada anciano tiene su llamado específico y sus dones específicos asignados por Dios, y servirá de acuerdo a este su llamado y sus dones, y en equipo con los otros ancianos de su ciudad.

Funciones de los ancianos en la familia de Dios – Parte 4

30/05/2017

Enseñanza

Según 1 Timoteo 3:2, los “cuidadores” (ancianos) deben ser “didácticos”, o sea capaces de enseñar. Y en Tito 1:9 dice: “… y debe retener firmemente la palabra confiable según la enseñanza, para que sea capaz también de animar con la enseñanza sana, …” La “enseñanza sana” es entonces la que es conforme a la palabra de Dios. “Retener firmemente” significa no solamente tener conocimientos de la palabra de Dios. Más que todo, un anciano en la iglesia debe estar sometido a la palabra de Dios como su autoridad máxima, tanto en lo que enseña como en su manera de vivir. Esto significa que un anciano debe ser una persona de suma integridad, porque su vida debe estar de acuerdo con lo que enseña.

Aunque un anciano normalmente no es un “maestro” en el sentido propio de la palabra, se espera de él que su enseñanza sea espiritual y no solamente intelectual.

Por el otro lado, no todos los ancianos enseñan; y aun los que lo hacen, no deben dominar las reuniones de los cristianos con sus enseñanzas, para no impedir que los otros miembros también participen con sus dones respectivos. No olvidemos que Dios ha dado Su Espíritu Santo a todos Sus hijos, de manera que todos son capaces de entender Su palabra y de ser enseñados por Él directamente. “Y la unción que ustedes recibieron de él, permanece en ustedes, y no tienen necesidad de que alguien les enseñe, sino como la unción misma les enseña acerca de todo … ” (1 Juan 2:27) Entonces, en una comunión de verdaderos cristianos, la necesidad de enseñanza no es tan grande como la práctica de las congregaciones tradicionales nos hace creer. Que los ancianos limiten entonces su enseñanza a aquellos puntos esenciales que son importantes, los que los otros miembros no pueden fácilmente entender o descubrir ellos mismos, y de los cuales Dios dio un entendimiento especial a los ancianos y por tanto también una autoridad especial para enseñarlos. Podemos suponer que a cada anciano Dios le dio entendimiento especial de ciertos puntos en particular; ésos son entonces los que el anciano respectivo debe enseñar.

Tampoco debemos pensar que “las reuniones” sean el lugar exclusivo para la enseñanza de los ancianos. Ya hemos visto que los primeros cristianos normalmente no se reunían para “escuchar enseñanzas”. La enseñanza de los ancianos tendrá lugar mucho más en las conversaciones personales, al aconsejar, al resolver situaciones prácticas, etc.
Aun Pablo, siendo apóstol y hablando a veces a grandes reuniones, raras veces enseñaba “exponiendo”. Con mucho más frecuencia dice que él “dialogaba” con los discípulos. (Así p.ej. en Hechos 17:17, 19:8-9, 20:7-9, y varios otros pasajes, según el texto original.)

¿Y qué del llamado a “predicar”? – Ésta es otra de las palabras “tradicionales” que dificultan nuestro entendimiento de la Biblia. La palabra griega original es “kaerysso”, que significa cumplir la tarea de un heraldo. En los tiempos antiguos, los heraldos eran los anunciadores oficiales del rey o del gobierno. Cuando el rey promulgaba algún decreto o alguna ley, entonces enviaba a los heraldos a anunciarlo en las plazas públicas. Los heraldos, por supuesto, no podían inventar ningún contenido por su propia cuenta. Ellos tenían que anunciar literalmente lo que el rey les encargaba, sin aumentar ni quitar nada. Eso no tiene ninguna relación con lo que las congregaciones actuales entienden con una “prédica”.
En el Nuevo Testamento, esta palabra “heraldear” se usa exclusivamente para el anuncio público del evangelio a “los de afuera”, o sea, a los que todavía no son seguidores de Jesús. Eso fue particularmente la tarea de los apóstoles y de los evangelistas. Ellos son los “heraldos” encargados específicamente por el Rey para anunciar Sus decretos públicamente en todo el mundo. El “predicar” en este sentido no era nada que se hacía en las reuniones de los cristianos, porque ellos ya no tenían necesidad de este anuncio. No usemos entonces esta palabra en el contexto de las reuniones de cristianos.

Funciones de los ancianos en la familia de Dios – Parte 3

29/04/2017

¿”Ministros”?

Hemos visto que la iglesia del Nuevo Testamento no tenía “pastores” ni “obispos” como posiciones de liderazgo aparte; ambas palabras describen funciones de los ancianos.
Algunos dirán quizás que el Nuevo Testamento habla además de “ministros”. Pero eso es un problema de traducción. En realidad no existe ninguna palabra en el Nuevo Testamento que significaría “ministro”. Donde aparece esta palabra, es la traducción de una de las palabras griegas “diákonos”, “hypaerétaes”, o “leitourgós”, que todas significan simplemente “siervo”. (“Diákonos” es la palabra normal para “siervo”. – “Hypaerétaes” significa más exactamente “ayudante” o “asistente”. – “Leitourgós” significa originalmente un oficial del estado.) Las traducciones de la Biblia traducen estas palabras arbitrariamente en algunos pasajes como “siervo”, y en otros pasajes como “ministro”. Aquí una pequeña estadística:

La Reina-Valera 1909 traduce “diákonos” 8 veces como “siervo”, “sirviente” o “servidor”; y 15 veces como “ministro”.
La Reina-Valera 1960 traduce “diákonos” 12 veces como “siervo”, “sirviente” o “servidor”; y 11 veces como “ministro”.

La Reina-Valera 1909 traduce “hypaerétaes” 2 veces como “criado”; 4 veces como “servidor”; 1 vez como “alguacil”; 1 vez como “ministril”, y 9 veces como “ministro”.
La Reina-Valera 1960 traduce “hypaerétaes” 2 veces como “servidor”; 12 veces como “alguacil”; y 3 veces como “ministro”.

La Reina-Valera 1909 traduce “leitourgós” ninguna vez como “servidor”; y 4 veces como “ministro”.
La Reina-Valera 1960 traduce “leitourgós” 1 vez como “servidor”; y 3 veces como “ministro”.

Si queremos tener una idea más clara de lo que el texto original dice realmente, tenemos que remplazar consistentemente “ministro” por “siervo”, “ministrar” por “servir”, y “ministerio” por “servicio”. Así entenderemos que estos pasajes no proveen ningún fundamento para “privilegios ministeriales”, ni para distinguir entre “clérigos” y “laicos”. Y tampoco aportan mucho para el tema de las funciones de los ancianos, excepto que corroboran lo que ya dijimos en una reflexión anterior: que el “liderazgo” en la iglesia del Nuevo Testamento es esencialmente servicio.

Esta confusión acerca de las palabras “ministro” y “ministerio” es uno de los ejemplos más resaltantes de cómo la organización clerical de la iglesia, heredada del catolicismo romano, ha trastornado nuestro entendimiento de la Biblia, hasta el punto de confundir las mismas traducciones de la Biblia. Bajo la influencia de las tradiciones eclesiásticas, generaciones de lectores y traductores de la Biblia han leído en estos pasajes algo que no está escrito, solamente porque pensaban que estos versículos debían hablar de estas tradiciones.

Funciones de los ancianos en la familia de Dios – Parte 2

06/04/2017

Cuidadores o supervisores

En la reflexión anterior hemos visto que en la iglesia del Nuevo Testamento no existían “pastores” por encima de, o aparte de, los ancianos. Al contrario, el “pastorear” es una función de los mismos ancianos.

Hay otra palabra del Nuevo Testamento que erróneamente se ha tomado por una “posición de liderazgo” aparte, y es la palabra griega “epískopos” (en plural “epískopoi”), que en algunas versiones de la Biblia es traducida como “obispo”. Una traducción más apropiada sería “supervisor” o “cuidador”. Existen dos verbos griegos relacionados con esta palabra: “Episkopéo” significa “vigilar, cuidar de algo o alguien”, o también “supervisar”. “Episképtomai” significa “visitar (cuidando de algo o alguien)”.
Ahora, estos verbos no expresan específicamente “funciones de liderazgo”. Al contrario, se usan en varias ocasiones para expresar funciones de “unos a otros”, o funciones de la iglesia en general:

“Fíjense (episképtomai) entonces, hermanos, en siete varones de buen testimonio entre ustedes …” (Hechos 6:3)
“Estuve enfermo, y ustedes me visitaron (episképtomai) … Estuve enfermo y en la cárcel, y ustedes no me visitaron …” (Mateo 25:36.43)
“Un culto limpio y sin contaminación ante el Dios y Padre es este: visitar (episképtomai) a huérfanos y viudas en su opresión …” (Santiago 1:27)
“Persigan la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor, cuidando (episkopéo) que no alguien quede detrás de la gracia de Dios …” (Hebreos 12:14-15)

El verbo “episkopéo” aparece además en un pasaje que ya citamos anteriormente, como una función de los ancianos:
“Pastoreen el rebaño de Dios que está entre ustedes, cuidando [de él] (episkopéo), …” (1 Pedro 5:2)

El sustantivo “epískopos” aparece cinco veces en el Nuevo Testamento. Uno de estos pasajes se refiere al Señor Jesús (1 Pedro 2:25). En dos pasajes aparecen los “epískopoi” juntos con los “siervos”, sin que se pueda deducir nada exacto acerca de su posición (1 Timoteo 3:2, Filipenses 1:1). Los dos pasajes restantes son los que nos dan la información clara acerca de la identidad de los “epískopoi”:
“Por esta causa te dejé en Creta, para que pongas en orden lo restante y constituyas a ancianos en cada ciudad, como yo te di orden: Si alguien es irreprochable (etc. …) Porque el supervisor (epískopos) debe ser irreprochable como administrador de Dios, no presumido, no iracundo, (etc. …) (Tito 1:5-7) – Aquí, la palabra “epískopos” aparece en el contexto de la constitución de ancianos. El verso que habla del “epískopos” comienza con “Porque”, enlazando inmediatamente al verso que hablaba de ancianos. De ahí es obvio que “supervisor” (epískopos) y “ancianos” se refieren a las mismas personas.
– Además aparece la palabra “epískopos” en un versículo que ya hemos citado más arriba. Se trata de este pasaje en el discurso de Pablo a los ancianos de Éfeso: “Estén atentos a ustedes mismos y a todo el rebañito entre el cual el Espíritu Santo les puso como cuidadores (epískopoi) …” (Hechos 20:28). O sea, Pablo se dirige a los ancianos con la palabra “epískopoi”.

Con esto queda claro que en el Nuevo Testamento, “obispo” (epískopos) y “anciano” son sinónimos. El “cuidar” o “supervisar” es simplemente una de las funciones de los ancianos; no es un oficio o cargo aparte.

Funciones de los ancianos en la familia de Dios – Parte 1

31/03/2017

En las reflexiones anteriores encontramos que la iglesia del Nuevo Testamento tenía una estructura familiar, no institucional; y que una expresión específica de esta estructura familiar es el ancianato como paternidad extendida. Veremos ahora cuáles eran las funciones de los ancianos bíblicos.

“Pastorear”

Primeramente tenemos que entender que en la estructura de la iglesia del Nuevo Testamento no existe el “pastorado” en la forma como lo entienden la mayoría de las congregaciones actuales. El “pastorado” evangélico es en realidad la continuación del sacerdocio católico romano, solamente bajo otro nombre y con funciones ligeramente diferentes. En el texto original del Nuevo Testamento, el sustantivo “pastor” (griego “poimén”) aparece una sola vez como una función en la iglesia (Efesios 4:11), y allí no significa un líder de la iglesia local, sino una función de “capacitación de los santos para el servicio”.

Además encontramos en tres pasajes del Nuevo Testamento el verbo “pastorear” (griego “poimáino”) como una función en la iglesia:
– En Juan 21:16 dice Jesús a Pedro: “Pastorea mis ovejas.” Se trata de un aspecto de la función apostólica de Pedro. Ningún “pastor” de una iglesia local puede aplicar este verso a sí mismo, porque fue una palabra a Pedro personalmente, en una función que trasciende la iglesia local.
– Pedro mismo usa la palabra “pastorear” al dirigirse a los ancianos: “Animo a los ancianos entre ustedes (…): Pastoreen el rebaño de Dios que está entre ustedes, cuidando [de él], no obligadamente, sino voluntariamente; no por codicia de ganancia vergonzosa, sino de buena voluntad; no como quienes se enseñorean de los asignados, sino siendo ejemplos del rebaño …” (1 Pedro 5:1-3). El “pastorear” en la iglesia local es entonces una función de los ancianos.
– En Hechos 20:17 leemos que Pablo “envió a Éfeso para hacer venir a los ancianos de las asambleas”. Y en el verso 28 les dice: “Estén atentos a ustedes mismos y a todo el rebañito entre el cual el Espíritu Santo les puso como cuidadores para pastorear la asamblea del Señor y Dios, la que adquirió por su propia sangre.” – Este pasaje confirma nuevamente que el “pastorear” es una función de los ancianos.

Los pasajes citados son los únicos en todo el Nuevo Testamento que usan las palabras “pastor” o “pastorear” en el sentido de una función en la iglesia. (La versión Reina-Valera traduce además erróneamente “pastores” en Hebreos 13:7, 17, y 24. Pero la palabra original allí no es “pastores”, sino “guías”, “líderes”.)

Ahora, si queremos saber qué significa “pastorear” en el pueblo de Dios, tenemos que ir al Antiguo Testamento. Allí encontramos en el capítulo 34 de Ezequiel la profecía acerca de los malos pastores y el Buen Pastor. Allí se menciona como funciones de un “pastor” legítimo: Fortalecer a los débiles; curar a los enfermos; vendar a los heridos; hacer volver a los extraviados; buscar a los perdidos. “Pastorear” tiene que ver entonces con animar, consolar, aconsejar con amor, restaurar, edificar. Eso no es lo que comúnmente se entiende con un “líder”. Tanto Ezequiel como también Pedro en su carta advierten a los ancianos contra el “enseñorearse” del rebaño. Se pervierte la idea del “pastorear” donde un líder, bajo el pretexto de un “pastorado”, se aprovecha de sus hermanos en la fe y los obliga a colaborar con sus propios planes; o donde un líder interfiere con la vida privada de sus hermanos, exigiendo “sumisión” bajo mandamientos arbitrarios de hombres.

La iglesia como “familia de Dios” – Parte 5

08/03/2017

La sumisión en el Nuevo Testamento

Examinaremos ahora el concepto más “jerárquico” que existe en el Nuevo Testamento: la “sumisión” o “sujeción”. El verbo griego correspondiente, “hypotássomai”, está relacionado con una palabra que significa “orden”. Su significado literal es entonces “colocarse en el orden correcto debajo de alguien”.

Al examinar los pasajes del Nuevo Testamento donde aparece esta palabra, notamos primeramente que Dios es el único que activamente “somete” o “sujeta” a alguien o algo. Nunca dice que algún hombre debe someter a otro o exigir sumisión de otro. Este es un principio importante: La sumisión en el sentido del Nuevo Testamento es algo que uno hace por sí mismo. No es algo que uno podría exigir de los demás. – En otras palabras: Hay varios pasajes del Nuevo Testamento que dicen a ciertas personas que deben someterse a otras personas. Pero nunca dice a estas otras personas que deben exigir sumisión de las primeras.
Así notamos también que los apóstoles dicen en varias oportunidades a los miembros de la familia de Dios que se sometan a ciertas personas; pero ningún apóstol o líder en el Nuevo Testamento dijo alguna vez: “Sométanse a mí”.

Ahora, entre todos los pasajes que hablan de “sumisión” entre personas humanas, encontramos uno solo que se refiere al ámbito de la iglesia propiamente dicho: “Ustedes conocen el hogar de Estefanás, que son el primer fruto de Acaia, y se colocaron a sí mismos al servicio para los santos; que también ustedes se sometan a los tales, y a todo aquel que colabora y trabaja duro.” (1 Corintios 16:15-16)
Llama la atención que este pasaje no habla de ninguna posición de liderazgo específico (como si dijera “Sométanse a los ancianos”, o “Sométanse a los apóstoles”). En cambio, habla de una manera muy general de “todo aquel que (voluntariamente) colabora y trabaja duro”. O sea, no existe ningún círculo fijo de personas en la iglesia que de por sí mismos tuvieran derecho a que los demás se sujeten a ellos. Pablo recomienda con nombre a Estefanás, pero lo deja al criterio de los miembros de la iglesia, determinar quiénes son los otros que “colaboran y trabajan duro”. Obviamente, este dicho está en línea con lo que dijo Jesús, de que “el mayor de ustedes sea su siervo” (Mateo 23:12). También está en línea con lo que dijimos en las reflexiones anteriores, que el ancianato no se define por elección “democrática” ni por nombramiento “desde arriba”, sino por medio del reconocimiento de parte de la congregación.

Este hecho es aun más llamativo cuando consideramos que existen otros ámbitos donde el Nuevo Testamento sí establece unas estructuras claras de “sumisión”: en cuanto al gobierno del estado, y aun más notablemente en cuanto a la familia. A todos les dice que se sujeten al gobierno (Romanos 13:1.5, Tito 3:1, 1 Pedro 2:13). (Aunque esta sujeción tiene sus límites cuando se trata de los mandamientos de Dios; pero no hay lugar aquí para entrar en este tema.) – Aun más claras y detalladas son las palabras que establecen una “estructura de sumisión” en el hogar:

– Las esposas deben someterse a sus esposos. (Efesios 5:22, Colosenses 3:18, Tito 2:5 (las ancianas), 1 Pedro 3:1.5). – Hay además dos pasajes donde dice que las mujeres deben estar en sumisión, sin especificar a quién (1 Corintios 14:34, 1 Timoteo 2:11). Pero ante el trasfondo tan claro de la estructura del matrimonio, podemos con bastante seguridad asumir que también estos pasajes se refieren a la sumisión hacia sus propios esposos (y no hacia cualquiera).

– Los hijos deben someterse a sus padres. Esto está implícito en Lucas 2:51 y 1 Timoteo 3:4.

– Los siervos deben someterse a sus amos. (Tito 2:9, 1 Pedro 2:18) Esta es también una relación familiar, ya que los siervos y esclavos se consideraban parte del hogar del amo.

– Los (más) jóvenes deben someterse a los (más) ancianos. (1 Pedro 5:5). Algunos piensan que aquí se trata de una relación “eclesiástica”, ya que los versículos anteriores hablan de los ancianos de la iglesia. Pero al usar la palabra “los (más) jóvenes”, Pedro aclara que la verdadera razón por someterse no es la “posición de liderazgo” de los ancianos, sino la diferencia en edad (y por tanto en experiencia y sabiduría). Aun donde se trata de los ancianos de la iglesia, el trasfondo de este principio es el uso común en la familia extendida. Por tanto, este versículo pertenece a la categoria de las relaciones familiares (que se prolongan en la iglesia), y no de las relaciones “institucionales”.

Lo mismo observamos cuando examinamos el uso de la palabra griega “hypakoúo” (obedecer). La gran mayoría de estos pasajes hablan de la obediencia hacia Dios y Su palabra. Los demás se refieren todos a las relaciones dentro del hogar:

– Sara obedecía a su esposo Abraham (1 Pedro 3:6).

– Los niños deben obedecer a sus padres (Efesios 6:1, Colosenses 3:20).

– Los siervos deben obedecer a sus amos (Efesios 6:5, Colosenses 3:22).

No existe ningún pasaje del Nuevo Testamento donde la palabra “hypakoúo” se usaría para describir la obediencia hacia líderes de la iglesia.

Algunos citan Hebreos 13:17 para decir que allí se exige obediencia hacia los “pastores”. Desafortunadamente, varias versiones de la Biblia (entre ellas la Reina-Valera) apoyan esta idea porque traducen este versículo de manera inexacta e incorrecta. En el original griego, este versículo no contiene la palabra “hypotássomai” ni la palabra “hypakoúo”. En su lugar tiene dos otras palabras con un significado mucho menos fuerte: “peíthomai”, que significa “dejarse convencer” (voluntariamente), y “hypeíko”, que significa “ceder”. – En el original, Hebreos 13:17 tampoco contiene la palabra “poimén” (pastor). En su lugar dice “haegoúmenoi”, lo que significa “líderes” o “guías” en un sentido muy amplio (y en el plural), sin especificar ninguna posición o “cargo” en particular. Una traducción más exacta sería: “Déjense convencer por vuestros guías y cedan, porque ellos velan en beneficio de las almas de ustedes …”

El Nuevo Testamento usa entonces bastante espacio para detallar el “orden correcto” dentro del cual cada uno debe colocarse, en lo que se refiere a las relaciones en el hogar; pero no dice casi nada acerca de una similar “estructura de sumisión” en la iglesia. Es realmente sorprendente que en las muchas congregaciones que enfatizan la “sumisión hacia los líderes”, ¡nadie se haya percatado de eso!

Encontramos además, en el mismo contexto de los pasajes citados, dos versículos que dicen “Sométanse unos a otros” (Efesios 5:21, 1 Pedro 5:5). Entonces, las “estructuras de sumisión” que hemos visto ahora no son absolutas; estas estructuras deben estar integradas en un ambiente de respeto y sumisión mutua.

Sacamos entonces las siguientes conclusiones:

La sumisión en la iglesia del Señor no debe entenderse como expresión de una estructura jerárquica y artificial, como en las instituciones del estado. En la iglesia, en cambio, la sumisión es una consecuencia natural de las relaciones familiares que existen en los hogares y en las familias extendidas. Bíblicamente, la familia y el hogar tienen una “estructura de sumisión” mucho más fuerte y más importante que la iglesia. Es desde estas estructuras familiares que surge de manera natural el ancianato de la iglesia, y el respeto y la sumisión que se brinda voluntariamente a los ancianos como a padres sabios y maduros en el Señor. Las personas que son dignas de recibir esta sumisión, se distinguen no por un “cargo” o una “posición” definida, sino por haberse colocado voluntariamente “al servicio de los santos” (1 Corintios 16:15-16), y por haber recibido como tales el reconocimiento de la congregación. Todo esto está envuelto en la sumisión mutua, que se aplica a todos los miembros de la familia de Dios sin importar su función en la iglesia.

A la luz de la enseñanza del Nuevo Testamento, se debe desconfiar de cada líder eclesiástico que exige sumisión hacia él mismo; sobre todo cuando esta sumisión interfiere con la sumisión en las relaciones familiares ordenadas por Dios entre esposo y esposa, o entre padres e hijos.

La iglesia como “familia de Dios” – Parte 4

24/02/2017

La pluralidad del ancianato

El ancianato de la iglesia del Nuevo Testamento es plural. Ninguna iglesia del Nuevo Testamento, hasta donde tenemos información acerca de su estructura, fue dirigida por un solo anciano, “líder”, “sacerdote” o “pastor”. En todas encontramos un equipo de varias personas que asumían juntos la responsabilidad por la iglesia:
– Jerusalén: los once apóstoles.
– Antioquía: cinco “profetas y maestros” (Hechos 13:1)
– Las primeras iglesias fundadas por Pablo: ancianos (Hechos 14:23)
– Efeso: ancianos (Hechos 20:17)
– Las iglesias en general: “Apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros” (Efesios 4:11)
– Filipos: “Cuidadores/supervisores y siervos” (Filipenses 1:1)
– Las iglesias en general: “Guías” o “líderes” (Hebreos 13:7.17.24)
– Las iglesias en general: Ancianos (Tito 1:5, Santiago 5:14, 1 Pedro 5:1)

Un “pastor” evangélico una vez contestó que en 1 Timoteo 3:2 aparece “el obispo” en singular: “Conviene, pues, que el obispo sea irreprensible, marido de una mujer, solícito, …” (según la versión Reina-Valera 1909). Sí, pero esta es una expresión genérica que no implica que haya un único obispo en la iglesia local. Es igual como cuando se dice: “El estudiante debe estar atento en la clase”; eso no implica que haya un único estudiante en la clase.

Compartir la responsabilidad entre varios ancianos tiene diversas ventajas:

  • El equipo de ancianos tiene un mayor incentivo para buscar seriamente a Dios en cuanto a sus decisiones, para poder decidir en consenso según la voluntad de Dios. “En la multitud de consejeros hay seguridad” (Proverbios 11:14).
  • El peligro es menor que uno de los ancianos comience a abusar de su poder de manera autoritaria.
  • En un equipo de varios ancianos hay una mayor diversidad de dones espirituales, lo cual es necesario para la edificación sana de la iglesia.

Comparando entre sí los pasajes Hechos 20:17.28, 1 Pedro 5:1-3, Tito 1:5-7, descubrimos que los “cuidadores” o “supervisores” (algunas versiones traducen “obispos”) son idénticos con los ancianos, y que también el “pastorear” es una función de los ancianos. O sea, en la iglesia del Nuevo Testamento no existían “pastores sobre ancianos”, ni “obispos sobre pastores”, ni “obispos sobre ancianos”. Los responsables de la iglesia local eran los ancianos (en plural), y punto.

La iglesia como “familia de Dios” – Parte 3

13/02/2017

Designación de ancianos en la iglesia del Nuevo Testamento

En Hechos 14:23, el proceso de designar los primeros ancianos en iglesias recién fundadas se describe con la palabra griega jeirotonéo. Esta palabra significa literalmente “confirmar levantando las manos”. (La versión Reina-Valera traduce con “constituir”, lo cual no es completamente correcto.) La idea es que Pablo sugirió a ciertos hombres como ancianos, pero la iglesia entera tenía que confirmar su designación. Este procedimiento fue entonces algo como una forma intermedia entre una decisión por un liderazgo superior (el apóstol), y una elección democrática.
Pero si nos detenemos solamente en estos detalles de la forma exterior del proceso, nos perdemos lo más importante: La descripción de este proceso fue escrita ante el “telón de fondo” de las estructuras familiares en la sociedad judía. Lo esencial es que los apóstoles y las iglesias practicaron un procedimiento apto para llevarlos a un consenso espiritual. Anteriormente a esta etapa final ya había sucedido el proceso de conocerse en familia, de conocer la sabiduría y el “estilo de paternidad” de cada uno de los prospectivos ancianos, y todo lo demás que era necesario para llegar a una conclusión agradable a Dios.

Tenemos que entender entonces que un anciano en la Biblia es algo muy diferente de un “miembro de la junta directiva” en una asociación o congregación religiosa moderna. En las congregaciones actuales, el entero proceso de constituir un liderazgo se ha despersonalizado y se ha desacoplado del ambiente familiar. Los líderes se eligen según un procedimiento mecánico prescrito por estatutos y reglamentos. Estos procedimientos pueden ser más democráticos (elecciones en asamblea) o más dictatoriales (los líderes superiores deciden); pero en ambos casos no se eligen los más sabios ni los más maduros espiritualmente. Mucho más peso tienen las capacidades humanas, tales como la facilidad de hablar, la capacidad de imponer sus decisiones sobre otros y de manipularlos, la capacidad de presentar una buena apariencia hacia afuera; y en algunas congregaciones también los diplomas teológicos. Pero nada de esto garantiza la espiritualidad o la integridad personal de las personas que salen elegidas.
En consecuencia, estos liderazgos funcionan más como los gobiernos seculares o como la gerencia de una empresa grande, que como una familia. Existe hipocresía, burocracia, corrupción, codicia, intrigas, luchas por el poder, inmoralidad (con las maniobras consiguientes para encubrirla), y todo lo feo que se ve en el mundo no cristiano. Los líderes pueden esconder su verdadera personalidad detrás de una “apariencia de púlpito”, porque nadie está lo suficientemente cercano a ellos para poder conocerlos tales como son. Por eso, nadie tampoco puede advertirlos o corregirlos cuando están en peligro de extraviarse o de caer en pecado. La pérdida de las estructuras familiares ha desfigurado el liderazgo en las congregaciones de tal manera que hoy en día es difícil siquiera imaginarse lo que es un verdadero liderazgo espiritual.

En la iglesia del Nuevo Testamento, el ancianato surge de manera natural desde la familia, desde la paternidad, y desde las reuniones en los hogares. El criterio más importante para la aptitud de alguien para el ancianato es, si es un buen esposo para su esposa y un buen padre para sus hijos. En el ambiente familiar de la iglesia del Nuevo Testamento, con sus reuniones en los hogares y su compartir de la vida diaria, los miembros de la iglesia podían observar fácilmente la vida familiar de los otros miembros, y así conocer su carácter verdadero. Así funcionaba el reconocimiento de los padres más sabios y espirituales como ancianos, y la corrección mutua cuando uno de ellos estaba en peligro de apartarse de los caminos del Señor.

La iglesia como “familia de Dios” – Parte 2

04/02/2017

El ancianato como liderazgo familiar

En el Antiguo Testamento, la sociedad judía en todos sus niveles fue dirigida por los “ancianos”. Había ancianos de las familias extendidas, de los linajes o estirpes, y de las tribus.

El ancianato en el Antiguo Testamento

El término de “anciano” es en primer lugar un término de la vida familiar. El gobierno de los ancianos era una paternidad extendida. Los ancianos fueron reconocidos como tales porque ellos eran los padres más sabios en sus propias familias. La autoridad surgía de manera natural desde las familias, y de allí a las familias extendidas, y así sucesivamente hasta el nivel nacional. Las personas más indicadas para testificar de la calidad de un anciano son los miembros de su propia familia. Así, cada anciano estaba rodeado por una “red de seguridad” de personas cercanas a él, que lo conocían personalmente desde hace muchos años. Por esta cercanía personal, ellos podían avalar y fortalecer la autoridad del anciano; pero podían también corregirle cuando el anciano estaba en error.

Los ancianos entonces no fueron elegidos democráticamente; pero tampoco fueron “constituidos” por un liderazgo superior. Ellos fueron reconocidos por su familia extendida o estirpe, por las personas que le conocían personalmente, y a base de sus cualidades personales y su madurez espiritual que estas personas cercanas podían ver. El entero proceso de designar ancianos fue un proceso relacional (basado en las relaciones personales entre las personas involucradas), no un proceso institucional.

En el ambiente bíblico, aun cuando alguien llegaba a un nivel muy alto del ancianato, la familia seguía siendo su prioridad más importante. Si descuidaba esta prioridad, podía perder su autoridad, y hasta caer bajo el juicio de Dios. Así sucedió con el sacerdote Elí, quien ocupaba una posición muy importante, pero descuidó corregir a sus hijos (1 Samuel 2:12-36, 4:11-18).

El ancianato en el Nuevo Testamento

Este mismo concepto de “anciano” se aplica también en la iglesia del Nuevo Testamento. Por eso es uno de los requisitos más importantes para un líder en la iglesia del Nuevo Testamento, que sea “un buen líder de su propio hogar, que tenga a sus niños en sumisión, con toda honradez – porque si alguien no sabe liderar su propio hogar, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?” (1 Timoteo 3:4-5) – Educar a los propios hijos es una preparación indispensable para ser anciano. En la iglesia del Nuevo Testamento era imposible que alguien llegase a ser reconocido como anciano, si no había dado primero el ejemplo de ser un buen esposo y padre durante muchos años.
Esta fundamentación del ancianato en la familia es una de las seguridades más fuertes contra la intromisión de falsos hermanos o personas no esprituales en el liderazgo. El propio hogar es el lugar donde uno tiene las menores posibilidades de aparentar algo que uno no es. Si alguien es un mentiroso, un hipócrita, un codicioso, un manipulador … sus familiares se darán cuenta de ello. Y si la iglesia entera está basada en las familias y se reúne en los hogares, entonces los otros miembros de la iglesia también podrán darse cuenta. Si la vida familiar es el criterio más importante para reconocer a un líder sabio, íntegro y maduro, entonces hay más probabilidad de que sean realmente las personas espirituales, íntegros y transparentes, quienes serán reconocidos como ancianos.

Por supuesto que un padre cristiano sigue administrando bien su hogar, también después de asumir una responsabilidad como anciano. La responsabilidad por la iglesia no debe causar que el padre se ausente de su hogar más de lo debido; porque si hiciera eso, perdería el fundamento y la legitimación de su responsabilidad en la iglesia. La responsabilidad fuera del hogar no debe ser un sustituto de la paternidad, sino una extensión de ella.

La iglesia como “familia de Dios” – Parte 1

26/01/2017

En las reflexiones anteriores hemos examinado la descripción de la iglesia del Nuevo Testamento como “cuerpo de Cristo”, y hemos analizado el funcionamiento interno de este cuerpo. Ahora pasaremos a otra descripción igualmente importante: la iglesia es la familia de Dios.

La estructura de la iglesia del Nuevo Testamento se basa en las familias.

La iglesia se llama “la familia de Dios” (Efesios 2:19) o “familia de la fe” (Gálatas 6:10). Un poco más adelante en la misma carta, Pablo explica la razón de ser de la familia: “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesús el Cristo, según quien es nombrada toda familia (lit. paternidad) en los cielos y en la tierra.” (Efesios 3:14-15) La familia – o más exactamente la paternidad – terrenal es entonces una imagen y un reflejo de la paternidad que ejerce Dios Padre. La familia no es simplemente una forma de convivencia de la sociedad humana. Es una institución divina con el propósito explícito de reflejar la paternidad de Dios en la tierra.
Y eso mismo es también uno de los propósitos más importantes de la iglesia. Avanzando un poco más en la carta a los efesios, vemos que Pablo habla también de la iglesia en términos de la familia y del matrimonio: “…porque el esposo es cabeza de la esposa, como también el Cristo es cabeza de la asamblea, y él es Salvador del cuerpo. … Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y será adherido a su esposa, y los dos se volverán una sola carne. Este secreto es grande, pero yo digo [que se refiere] a Cristo y a la iglesia.” (Efesios 5:23.31-32)

Por eso, la estructura de la iglesia del Nuevo Testamento es básicamente la estructura de una familia; no de una organización o institución. En su núcleo está la familia natural, la cual refleja la paternidad de Dios. Y si las relaciones interpersonales en la iglesia funcionan como relaciones familiares, la iglesia entera refleja la paternidad de Dios. La paternidad de Dios es perfecta, justa, fiel, amorosa, compasiva, comprensiva, sincera, transparente, y siempre para el bien de los hijos.

Ya la antigua Israel, el pueblo de Dios del Antiguo Pacto, fue estructurado y organizado enteramente por familias, linajes y tribus. En el Nuevo Testamento hay pocos pasajes que hablan explícitamente de una estructura familiar. Por eso es fácil pasar por alto este hecho. Pero la primera iglesia estaba todavía completamente inmersa en la cultura judía. Por eso, la estructura familiar es como un telón de fondo que está presente en todos los relatos acerca de la iglesia, aún donde no se la menciona explícitamente.

Esto comienza con la metáfora que el Señor Jesús utiliza para describir el comienzo de una vida cristiana: “… les dio autoridad de volverse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; quienes son engendrados no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:12-13) – “El que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” (Juan 3:3). Una verdadera vida cristiana comienza con un nuevo nacimiento. La persona que nace de nuevo, se convierte en un “hijo de Dios”. Así como un bebé nace en una familia (no en una fábrica, ni en una escuela), así también un nuevo cristiano nace en una familia espiritual, no en una “institución”.
Pablo no usa la expresión de “nacer de nuevo”, pero en su lugar usa la expresión de la “adopción” como hijos de Dios (Romanos 8:14-16, Gálatas 4:3-7).

Después encontramos los indicios de esta estructura familiar en todos los pasajes que testifican que la primera iglesia se reunía en las casas. En los idiomas bíblicos, el hebreo y el griego, la palabra “casa” es equivalente a “familia”.
Con esto coincide que en varias oportunidades leemos de familias enteras que entregaron sus vidas al Señor:
Cornelio con “sus parientes y amigos más cercanos” (Hechos 10:24.44),
Lidia “y su familia” (Hechos 16:15),
el carcelero de Filipos “con todos los suyos” (Hechos 16:33),
“la casa de Aristóbulo” y “los de la casa de Narciso” (Romanos 16:10-11),
“la familia de Estéfanas” (1 Corintios 16:15).

Encontramos también pasajes en las cartas de los apóstoles que se dirigen a esposos y esposas, padres e hijos, amos y esclavos. (Efesios 5:21-6:9, Colosenses 3:18-4:1, 1 Juan 2:12-14.) De allí podemos concluir que las familias estaban unidas en las reuniones; no se formaban grupos de jóvenes o niños aparte, ni de varones o mujeres aparte. La primera iglesia era realmente una “familia de familias”. No era un grupo de personas individuales sacadas de sus familias al azar y juntadas para formar una “institución”. La iglesia del Nuevo Testamento mantiene y fortalece la unidad de la familia. No separa a los miembros de la familia los unos de los otros en sus reuniones y eventos. No hace exigencias que requieren que los padres o madres dejen solos a sus esposos(as) o hijos; no educa a los niños en instituciones aparte y separados de sus padres; no interfiere en los asuntos internos de las familias sin que se haya pedido su ayuda. La entera estructura de la iglesia del Nuevo Testamento es familiar, no institucional.

La iglesia como “cuerpo de Cristo” – Parte 5

11/01/2017

Dones espirituales

Los dones del Espíritu Santo son capacidades o habilidades especiales que el Espíritu Santo da a los miembros del cuerpo de Cristo para ejercer su función particular en el cuerpo. Por tanto, los dones espirituales definen en gran medida la función particular de cada cristiano. “Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, … teniendo dones diferentes según la gracia que nos fue dada …” (Romanos 12:4.6)

El apóstol Pablo habla de los dones espirituales en tres pasajes: Romanos 12:4-8, 1 Corintios 12 (el capítulo entero), y Efesios 4:7-16. Los tres pasajes están en el contexto de la enseñanza acerca del “cuerpo de Cristo”. No podremos entender correctamente los dones espirituales mientras no entendemos el funcionamiento del cuerpo de Cristo, como lo hemos descrito en los capítulos anteriores. Los dones del Espíritu Santo son dados para la edificación mutua del cuerpo de Cristo. O sea, los dones espirituales se ejercen en relaciones de “unos a otros”.
En particular:
– No son dados para la edificación de uno mismo.
– No son dados para llamar la atención a la persona que tiene un don, ni para dar a esa persona una posición especial en la iglesia.

Los dones espirituales no son un fin en sí mismos. Deben servir para un propósito superior: edificar el cuerpo de Cristo en amor. Los tres pasajes en las cartas de Pablo acerca del cuerpo de Cristo y los dones espirituales terminan con el recuerdo de que lo más importante es el amor (Romanos 12:9, 1 Corintios 12:31-13:13, Efesios 4:16).

Tomando en cuenta además que el Espíritu Santo siempre glorifica a Cristo (Juan 16:14), también Sus dones tienen el propósito de exaltar y glorificar a Él, y no deben ser abusados para otros propósitos. (Vea también 1 Corintios 12:3.)

Otro principio importante encontramos en 1 Corintios 12:4.7.11: “Los dones son repartidos de maneras variadas, pero vienen del mismo Espíritu … Y Dios dio a cada uno la evidencia del Espíritu para beneficio. … Pero todo efectúa uno y el mismo Espíritu. El reparte a cada uno aparte como quiere.”
De aquí podemos concluir:
– Existe una gran variación de dones espirituales. No todos los miembros del cuerpo de Cristo tienen los mismos dones. Unos recibieron una clase de dones, otros recibieron otros.
– Cada verdadero miembro del cuerpo de Cristo recibió por lo menos un don del Espíritu Santo. (“El reparte a cada uno…”)
– Ningún miembro tiene todos los dones. Es por eso que necesitamos complementarnos mutuamente. (1 Corintios 12:21-25.)
– El Espíritu Santo es soberano en la repartición de los dones. Aunque podemos pedir o “ser ambiciosos por” ciertos dones específicos (1 Corintios 14:1), no tenemos una promesa o un derecho de recibir tal como pedimos. El Espíritu Santo reparte “como quiere”.

En consecuencia, la iglesia del Nuevo Testamento respeta la diversidad de los dones en sus miembros; da a cada uno la oportunidad de ejercer sus dones específicos; y cada miembro reconoce su necesidad de ser complementado por los otros miembros.
Esto es opuesto al sistema del “pastorado” de muchas congregaciones actuales: ellos esperan que el “pastor” ejerza todos los dones. Así ponen sobre los hombros del “pastor” una carga que nadie puede llevar. (Y si alguien pretende ser capaz de llevar esta carga, es una persona prepotente.) Por el otro lado, los “miembros comunes” en un tal sistema tienen poca oportunidad de ejercer sus dones espirituales, ni son animados a hacerlo. – La diversidad de los dones es una de las razones por qué todas las iglesias del Nuevo Testamento fueron dirigidas por una pluralidad de líderes: ellos necesitaban complementarse mutuamente con los dones que cada uno de ellos tenía.
Ahora uno podría caer también en el otro extremo y exigir por ejemplo que “todos los miembros profeticen”, o que “todos sanen enfermos”. Eso es igual de equivocado. Dios ha dado “a uno, hacer milagros” (pero no a todos); “a otro, profecía” (pero no a todos), etc. (1 Corintios 12:8-10). No todos los miembros son ojos; no todos los miembros son pies. El cuerpo de Cristo puede funcionar solamente cuando cada miembro está en la libertad de ejercer su propia función particular.

Los dones son “espirituales”, o sea, son sobrenaturales. No son capacidades naturales del hombre. Eso es muy obvio en el caso de dones “llamativos” como el profetizar o el hacer milagros. Existen otros dones espirituales que se asemejan a capacidades naturales; por ejemplo el enseñar, el administrar, o la misericordia. Pero también en estos casos, si es un don espiritual genuino, tiene un componente sobrenatural que hace relucir el carácter de Dios cuando se ejerce. Por ejemplo, alguien que tiene el don espiritual de enseñar, no es simplemente un buen maestro que sabe explicar bien. Adicionalmente, enseña de tal manera que sus oyentes se ven confrontados con la verdad de Dios y se ven obligados a dar una respuesta ante Dios, sea recibiendo o sea rechazando la verdad que Él les hizo ver. Igualmente, alguien con el don espiritual de la misericordia no es simplemente alguien que ayuda a los pobres. Cuando esta persona hace una obra de misericordia, lo hace de tal manera que los beneficiados se ven confrontados con la misericordia de Dios y se ven desafiados a responder a Su misericordia.

La iglesia del Nuevo Testamento incentiva a cada miembro a ejercer los dones que Dios le dio, para la edificación mutua del cuerpo de Cristo en amor, y complementándose mutuamente. No se centra en el ministerio de unos pocos “líderes” u “hombres de Dios”, sino que provee lugar para la “actividad de cada uno de sus miembros” (Efesios 4:16). No considera los dones “llamativos” como más importantes que los otros, pero tampoco desalienta su uso.
Por el otro lado, la iglesia del Nuevo Testamento está consciente de que el diablo intenta imitar todo lo bueno que Dios da. Por eso, los miembros de la iglesia ejercen su discernimiento, “retienen lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21) y rechazan las falsificaciones.

La iglesia como “cuerpo de Cristo” – Parte 4

03/01/2017

“Unos a otros” (Continúa)

En la reflexión anterior hemos visto cuán importantes son las relaciones de “unos a otros” en la iglesia del Nuevo Testamento – mucho más importantes que las relaciones de “líder-seguidor”. Hemos estudiado algunas instrucciones de las cartas apostólicas que hablan de estas relaciones de “unos a otros”; pero todavía hay más:

“Y no participen con las obras infructuosas de la oscuridad, mas bien repréndanlas.” (Efesios 5:11)
“… enséñense y amonéstense unos a otros en toda sabiduría…” (Colosenses 3:16)
“Persigan la paz con todos y la santificación … cuidando/supervisando que no alguien quede detrás de la gracia de Dios …” (Hebreos 12:15)
(Vea también Romanos 15:14, 1 Tesalonicenses 5:14)
Dios ha dado a cada miembro del cuerpo de Cristo la capacidad – dentro del alcance de la sabiduría de cada uno – para amonestar a otros y para reprender la maldad. Los miembros del cuerpo de Cristo se deben “cuidar” o “supervisar” mutuamente. La palabra griega usada en Hebreos 12:15 es “episkopeo”, relacionada con “epískopos” (cuidador, supervisor; a veces traducido como “obispo”). Para que funcione el cuerpo de Cristo, entonces, esta función de “supervisar” no debe ser el privilegio de unos pocos líderes; debe ser compartida por todos los miembros. Solamente que los ancianos ejercerán esta función con mayor intensidad y responsabilidad.
Pero con esta función de “amonestar” y “reprender” es de suma importancia que sea hecho por amor. Cuando hay necesidad de “amonestar” o “reprender” a un hermano en la fe, siempre es con la finalidad de que su relación con el Señor sea restaurada; no es para criticarlo o desanimarlo. Vemos que en 1 Tesalonicenses 5:14 la instrucción de “amonestar” es equilibrada con “alentar”, “sostener”, y “ser pacientes”.

En Colosenses 3:16 vemos que la enseñanza es otra función que cada miembro puede ejercer. Eso lo vemos también en 1 Corintios 14:26 donde la “enseñanza” se menciona entre las cosas que “cada uno tiene”. En la iglesia del Nuevo Testamento, enseñar no es un privilegio de unos pocos “líderes” o “teólogos”. El Nuevo Pacto consiste en que Dios pone Su ley en la mente y en los corazones de los que nacen de nuevo, de manera que “no tienen necesidad de que alguien les enseñe”, porque “todos serán enseñados por Dios”. (Jeremías 31:33-34, Isaías 54:13, Juan 6:45, 1 Juan 2:27.) Por tanto, cada uno que ha nacido de nuevo, puede también enseñar a su hermano con algo que Dios le ha hecho entender – nuevamente, dentro de la “medida” que Dios le ha dado.

“Anímense unos a otros, y edifíquense unos a otros” (1 Tesalonicenses 5:11)
“sino que anímense unos a otros día por día, mientras que se llama “Hoy”, para que no se endurezca alguien entre ustedes por el engaño del pecado.” (Hebreos 3:13)
“… para estimularnos unos a otros al amor y a buenas obras …” (Hebreos 10:24)
El lado positivo del “amonestar” es el “animar” o “estimular”. Animarse y edificarse mutuamente es una de las funciones más importantes en el cuerpo de Cristo.
El verso Hebreos 10:24 tiene su particular importancia porque continúa: “… no abandonando la reunión de nosotros mismos, según una costumbre de algunos …” (v.25). Este verso ha sido abusado por muchos “pastores” para obligar a los hermanos a asistir a sus reuniones de predicación. Pero si leemos este verso en el contexto del verso 24, vemos que este pasaje no habla de reuniones de predicación. El verso 24 nos dice cuál debe ser el propósito de las reuniones de los cristianos: “estimularnos unos a otros al amor y a buenas obras”. Pero cuando una sola persona “predica” y todos los demás escuchan, no se cumple este propósito del “unos a otros”. Por tanto, una reunión de predicación no califica como “reunión” en el sentido de Hebreos 10:25. Para poder aplicar este versículo, ¡se debería hacer en estas reuniones lo que dice el verso 24! O sea, deben ser reuniones donde cada uno anima y estimula a su prójimo “al amor y a buenas obras”.

“…hablando entre ustedes con salmos, con himnos y canciones espirituales…” (Efesios 5:19)
“Cuando se reúnen, cada uno de ustedes tiene una canción, tiene una enseñanza, tiene algo que Dios le descubrió, tiene un [mensaje en un] lenguaje, tiene una interpretación; todo suceda para edificación.” (1 Corintios 14:26)
Estos versos detallan unas formas específicas de cómo puede suceder la “edificación mutua” en las reuniones de los cristianos. Seguramente la lista no es exhaustiva. “Cada uno tiene” algo que Dios le ha dado para edificar a los demás. En las reuniones de la iglesia del Nuevo Testamento, todos sus miembros se edificaban unos a otros con los dones que el Espíritu Santo les había dado.

“Profetas hablen dos o tres, y los demás distingan.” (1 Corintios 14:29)
“No menosprecien las profecías. Examínenlo todo, retengan lo bueno.” (1 Tesalonicenses 5:20-21)
Con tanta libertad para compartir palabras, enseñanzas, profecías, etc. en las reuniones, podía surgir el peligro de falsas enseñanzas y falsas profecías – sea por ignorancia, o efectivamente con el propósito de apartar a los creyentes de su camino, por parte de falsos hermanos. Por tanto, las enseñanzas y profecías no debían recibirse sin cuestionar. Cada miembro era responsable de ejercer su discernimiento y “examinar” lo que se decía. Los ancianos sin duda ejercían una mayor parte de esta responsabilidad; pero los versos arriba citados se dirigen a la iglesia entera.
Por tanto, una congregación que exige que la palabra de un “pastor”, maestro, profeta o predicador se reciba sin cuestionar, no es iglesia del Nuevo Testamento, porque niega a los miembros esta responsabilidad de distinguir. Las falsas enseñanzas generalmente no se originan con un “miembro común”, sino con personas reconocidas como líderes, predicadores o teólogos. Por eso, son exactamente las enseñanzas de los líderes que deben ser examinadas a la luz de las Escrituras.

“Sean benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros…” (Efesios 4:32)
“Sopórtense [siempre] unos a otros y perdónense unos a otros si alguien tiene una queja contra alguien.” (Colosenses 3:13)
Estos pasajes se refieren al manejo de conflictos entre miembros del cuerpo de Cristo. Aquí vemos nuevamente que en la iglesia del Nuevo Testamento, los miembros compartían también grandes partes de su vida diaria; porque es allí donde normalmente surgen los conflictos, y es allí donde también deben arreglarse. Entonces, el “perdonarse unos a otros” no es un “ritual” que se hace en una reunión especial de la iglesia (como es costumbre de algunas congregaciones). Es algo que se hace en la vida diaria, y es allí, en la convivencia diaria, donde debe demostrarse que el arrepentimiento y el perdón fueron genuinos.

“Sométanse unos a otros en el temor de Dios.” (Efesios 5:21)
“… y todos, sumisos unos a otros, vístanse de humildad…” (1 Pedro 5:5)
Casi todos los pasajes del Nuevo Testamento que hablan de sumisión, enfatizan en el mismo contexto que la sumisión es recíproca: No solamente que la esposa se someta al esposo o los jóvenes a los ancianos, sino todos “unos a otros”. Esto concuerda lo que dijo el Señor Jesús, que en Su reino el liderazgo es esencialmente servicio. Así que aun el concepto más “jerárquico” del Nuevo Testamento, la sumisión, lo debemos ver en el contexto del “unos a otros”.

Para que el cuerpo de Cristo funcione tal como fue diseñado, todos estos aspectos diversos de las relaciones “unos con otros” deben funcionar. Donde el “unos a otros” no funciona, donde todo se centra en unas pocas personas, allí no está la iglesia del Nuevo Testamento.
¿Los miembros de tu congregación practican constantemente estos diversos aspectos del “unos a otros”? ¿Los líderes los animan a hacerlo? ¿Puedes nombrar a por lo menos tres o cuatro personas, aparte de tu propia familia, con quienes estás en una relación cercana de “unos a otros” en tu vida diaria?

La iglesia como “cuerpo de Cristo” – Parte 3

19/12/2016

“Unos a otros”

En la mayoría de los pasajes del Nuevo Testamento que describen las relaciones de los miembros del cuerpo de Cristo entre sí, aparecen las palabras “unos a otros”, “mutuamente”, o una expresión similar. Los miembros se relacionan entre sí de manera recíproca: todos dan y reciben a la vez. Solo en muy pocos pasajes (que examinaremos en un capítulo posterior) aparecen relaciones que son de alguna manera asimétricas o “jerárquicas”.

Muchas congregaciones actuales, en cambio, se centran en una sola “persona especial” (o en unas pocas “personas especiales”). Allí predominan las relaciones de “uno a muchos” y “muchos a uno”: Uno predica a muchos, y los muchos escuchan al uno. Uno aconseja a muchos, y los muchos siguen los consejos de uno. Dan la mayor importancia a aquella clase de relaciones que en el Nuevo Testamento tienen la menor importancia. Así no puede funcionar el cuerpo de Cristo, porque la mayor parte de sus miembros son pasivos, no ejercen su función, y la mayoría de ellos ni siquiera saben cuál es su función en el cuerpo.
Incluso existen congregaciones donde los líderes desaniman o aun prohíben practicar el “unos a otros”: No quieren que los miembros se visiten unos a otros, ni que oren juntos sin la presencia de un “pastor”, ni que se brindan ayuda práctica o financiera los unos a los otros. Así impiden que la congregación funcione como el cuerpo de Cristo.

En las reuniones de los primeros cristianos, todos los miembros participaban en la edificación mutua. “Cada uno tiene …” algo que compartir con los demás (1 Corintios 14:26). En el cuerpo de Cristo no hay miembros pasivos. Las reuniones en las casas eran el lugar donde cada uno practicaba su función especial en el cuerpo. Eso fue a la vez su entrenamiento para el ministerio de cada uno en el mundo, al testificar a sus vecinos, familiares, compañeros de trabajo, etc, con sus palabras y con su vida.

Veremos también que algunas de las instrucciones de “unos a otros” ni siquiera se pueden cumplir en el marco de una reunión en un lugar especial, una o dos veces a la semana. Algunas de estas instrucciones fueron obviamente escritas para personas que comparten su vida diaria.

“Somos … miembros los unos de los otros.” (Romanos 12:5, Efesios 4:25)
No solamente somos miembros de Cristo; yo también soy miembro de mi hermano y mi hermano es miembro mío. – Por el otro lado, es interesante ver que en el Nuevo Testamento nunca aparece la expresión “miembro de una iglesia” o “miembro de una congregación”. Un cristiano del Nuevo Testamento no tiene ninguna relación de “membresía” con una institución que se llamaría “iglesia”; pero tiene una relación personal con Cristo, y tiene relaciones personales con los otros miembros del cuerpo de Cristo.

“Ámense unos a otros.” (Juan 13:34-35, Levítico 19:18, Romanos12:10, 13:8-10, 1 Pedro 1:22, 1 Juan 3:11.23, 2 Juan 5, y otros.)
Esto es el fundamento para todas las otras acciones que podemos hacer “unos a otros”. Si el motivo no es el amor, entonces estaríamos solamente cumpliendo un protocolo rutinario.
Amar implica conocer personalmente. Es difícil o hasta imposible amar a alguien con quien nos encontramos solamente en una reunión formal una o dos veces a la semana. Por eso, Jesús llamó a Sus discípulos a compartir toda su vida con Él y unos con otros. Solamente así pudieron conocerse de verdad y amarse de verdad – y también darse cuenta de cuánto les faltaba todavía en su amor.

“Y cuando un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y cuando un miembro recibe gloria, todos los miembros se alegran con él.” (1 Corintios 12:26)
“Alégrense con los que se alegran, y lloren con los que lloran.” (Romanos 12:15)
Amar a mi hermano implica sentir con él. El verdadero amor se expresa al compartir alegrías y tristezas juntos. Vemos otra vez que esto es casi imposible de hacer en el marco de una reunión formal. El apóstol está hablando a personas que están acostumbradas a compartir la vida diaria en sus casas, en la comunidad, y posiblemente aun en sus lugares de trabajo.

“Y no olviden el hacer bien y la comunión (koinonía) …” (Hebreos 13:16)
“Lo que a ustedes sobra sea para suplir la falta de ellos, para que también lo que a ellos les sobra sea para suplir lo que a ustedes les falta, para que haya equidad …” (2 Corintios 8:14)
“Alójense los unos a los otros sin murmuraciones.” (1 Pedro 4:9)
(Vea también Gálatas 6:2, 1 Corintios 12:25)
En todos estos pasajes vemos que el amor fraternal se expresa en acciones prácticas de ayuda y apoyo. Cada miembro del cuerpo de Cristo ayudaba a sus hermanos en la fe, de la misma manera como lo haría con sus propios hermanos “según la carne”.

“… quitándose la mentira, hablen verdad cada uno con su cercano …” (Efesios 4:25)
Para que funcione la comunión en el cuerpo de Cristo, es esencial que sus miembros sean veraces y transparentes unos con otros. Hemos visto en Hechos 5 como Dios mismo juzgó de manera muy severa el pecado de la mentira en la primera iglesia.

“Confiesen vuestras ofensas unos a otros, y oren unos por otros, para que sean sanados.” (Santiago 5:16)
“…si alguien es sorprendido por alguna transgresión, ustedes los espirituales arreglen al tal en espíritu de mansedumbre…” (Gálatas 6:1)
En la tradición de la iglesia, la instrucción en Santiago 5:16 se transformó en el sacramento de la confesión. Por eso, algunas congregaciones siguen teniendo la idea de que los pecados deben confesarse a una persona especial, a un “sacerdote” o “pastor”. Por el otro lado, otras congregaciones evangélicas han abolido la confesión por completo. Ambos lados olvidaron que en el Nuevo Testamento, la confesión de los pecados es una de las cosas que los miembros hacen “unos a otros”. O sea, si mi conciencia está cargada con un pecado y no encuentro la paz con Dios, puedo buscar a cualquier hermano en quien tengo confianza, y confesarle mi pecado. Entonces el hermano puede orar por mí, y seré sanado – sanado de la enfermedad de mi conciencia, pero puede ser también de una enfermedad física, como sugiere el contexto (v.14-15).
Algo muy similar sucede en Gálatas 6:1; solamente que aquí la iniciativa no procede desde el que cometió el pecado, sino desde otros hermanos “espirituales” que observaron su pecado y se acercan a él para ayudarle a arreglar su relación con el Señor.

Estas son algunas de las instrucciones apostólicas acerca de las relaciones de “unos a otros”. Pero todavía hay más…

La iglesia como “cuerpo de Cristo” – Parte 2

12/12/2016

Todos unidos con la Cabeza

El punto que sigue parece difícil de entender para aquellos que están acostumbrados a una forma de “iglesia” institucionalizada. Allí obra, por un lado, el enorme peso de la tradición católica romana (que continúa en las iglesias evangélicas), la cual dice que una “iglesia” debe ser dirigida por un “sacerdote” o “pastor”; entonces creen que dicho “sacerdote” o “pastor” se encuentra en una posición de “cabeza” sobre la congregación que preside. Y por el otro lado, algunos “pastores” tienen un interés en que esta tradición continúe, porque les asegura una posición de influencia y poder.

En realidad, ese fue uno de los grandes puntos de contienda en la Reforma del siglo 16. Los reformadores enfatizaron que cada cristiano tiene acceso directo a Dios. No hay necesidad de que un “sacerdote” se interponga entre un discípulo de Cristo y su Señor. Este es un principio bíblico, que es expresado por ejemplo en los siguientes pasajes:

“Entonces, ya que tenemos un gran jefe sacerdote que ha pasado por los cielos, Jesús el Hijo de Dios, agarrémonos de la confesión. (…) Acerquémonos entonces con franqueza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y encontremos favor de Dios para socorro oportuno.” (Hebreos 4:14-16)

“Entonces, hermanos, puesto que tenemos franqueza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, lo cual es un camino novedoso y viviente que él nos consagró a través de la cortina, esto es, su carne, y un gran sacerdote sobre el hogar de Dios, acerquémonos con corazón verdadero en plenitud de fe/confianza, con los corazones rociados [para purificación] de conciencia maligna, y con el cuerpo lavado con agua limpia.” (Hebreos 10:19-22)

“Porque Dios es uno solo, y uno solo es mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. …” (1 Tim.2:5)

Desafortunadamente, las iglesias de la Reforma no sacaron las consecuencias de este principio. Aunque ya no llamaron “sacerdotes” a los líderes de sus iglesias, pero seguían manteniendo una distinción entre “clérigos” y “laicos”. Por eso, aun muchos líderes evangélicos cuestionan el derecho de un cristiano de acercarse directamente a Dios, sin la mediación de un “pastor”. Así por ejemplo me escribió un “pastor” evangélico: “Algunos dicen. -Ah, yo estoy sujeto directamente a Cristo. Pero la iglesia es un cuerpo cuya Cabeza es el Señor. ¿Se imaginan un cuerpo en donde las manos y los pies se sujetan directamente a la cabeza? ¡Un monstruo!”

Estas mismas palabras podrían haber salido de la boca de un apologista católico. Las iglesias jerárquicas (sean católicas o evangélicas) siempre quieren limitar el acceso directo de sus miembros a Cristo, la Cabeza; y quieren interponer a “sacerdotes”, “pastores”, “coberturas”, etc. Pero la Biblia afirma directamente lo que ese “pastor” niega:

“Nadie les niegue el premio arbitrariamente, por humildad y culto de los ángeles, acercándose [para investigar] lo que no ha visto, sin razón inflado por la mente de su carne, y no agarrándose de la Cabeza, desde la cual todo el cuerpo, apoyándose y uniéndose por las articulaciones y ligamentos, crece en el crecimiento [dado] de Dios.” (Colosenses 2:18-19)

O sea, a cada miembro del cuerpo de Cristo le corresponde “agarrarse de la Cabeza”, que es Cristo. Así es también un hecho de la anatomía humana que por ejemplo los dedos no reciben sus órdenes de la mano, ni del antebrazo, sino directamente de la cabeza (o más exactamente, del sistema nervioso central). Mediante el sistema nervioso, efectivamente cada miembro del cuerpo se encuentra en comunicación directa con la cabeza; y los miembros no se dan órdenes unos a otros.

La unidad y el orden en el cuerpo de Cristo se fundamentan exactamente en este hecho: en que cada miembro está sujeto directamente a la Cabeza. Solamente Jesús, el Señor, es capaz de colocar a cada miembro a su lugar apropiado y de encomendarle las funciones y tareas apropiadas. Cuando algún “miembro superior” intenta encargarse de la organización del cuerpo, solamente causa desorden. La función de los “miembros superiores” (si deseamos usar este término) consiste en ayudar a los miembros asociados a ellos para que puedan cumplir mejor las tareas que el Señor les encargó.

Ahora tenemos que entender que el Señor no actúa de la misma manera como un jefe humano que coloca a sus obreros donde quiere y les da sus “deberes”. Primeramente, el Señor es no solamente “jefe”, Él es también el Creador. Él es quien creó de antemano a cada miembro para su función específica, con sus capacidades naturales y dones espirituales necesarios. Entonces, si un miembro del cuerpo de Cristo conoce estas capacidades que Dios le ha dado, ya sabe una gran parte de la voluntad de Dios para su vida: ejercer estas capacidades para la gloria del Señor y para la edificación de Su cuerpo. – Esta es otra razón por qué un líder humano no puede “organizar” a los otros miembros como Dios quiere: Solamente Dios, como Creador, puede decirnos la función específica para la cual nos creó.
En segundo lugar, a diferencia de los miembros de un cuerpo humano, cada miembro del cuerpo de Cristo es dotado de sabiduría, de la capacidad de razonar y decidir. Por eso, el cuerpo de Cristo no funciona como una máquina o como un ejército donde sus partes no hacen otra cosa que pasivamente ejecutar las órdenes que reciben. Cada miembro tiene un amplio margen de decisión en cuanto al ejercicio de sus funciones. Por eso dice en Efesios 4:16: “… de quien todo el cuerpo … según la medida de actividad de cada uno de sus miembros, produce el crecimiento del cuerpo para su propia edificación en amor.”