La iglesia del Nuevo Testamento trasciende naciones y culturas.

17/11/2016

La Gran Comisión involucra hacer discípulos “a todas las naciones” (Mateo 28:19), ir “por todo el mundo” (Marcos 16:15). Esto significa necesariamente que los mensajeros del evangelio tienen que vencer barreras geográficas, nacionales, lingüísticas y culturales. Para los primeros discípulos, eso era bastante difícil de entender, porque todos ellos eran judíos, y desde su historia nacional estaban acostumbrados a que Dios actuaba solamente con el pueblo judío.
Por eso, Felipe necesitaba una instrucción especial de un ángel para ir al encuentro del oficial etíope (Hechos 8:26-40). Igualmente Pedro necesitaba un encuentro especial con Dios hasta que él fue dispuesto a llevar el evangelio a la casa de una familia no judía (Hechos 10). Pero poco a poco los discípulos comenzaron a aceptar el hecho de que el evangelio era para todas las naciones. En Antioquía surgió por primera vez una iglesia donde se reunían judíos y griegos juntos (Hechos 11:19-21). Es quizás por esa razón que en Antioquía los discípulos por primera vez fueron llamados “cristianos” (Hechos 11:26): Al tener comunión con discípulos de otras nacionalidades, se vieron obligados a dejar atrás sus particularidades nacionales, y a asumir conscientemente su nueva “nacionalidad” como ciudadanos del reino de Dios.

Entonces, en la iglesia del Nuevo Testamento no hay lugar para ninguna forma de racismo. “… donde no hay griego y judío, circuncisión y prepucio, bárbaro, escita, esclavo, libre; sino que todo y en todos es el Cristo.” (Colosenses 3:11)
A raíz de circunstancias históricas, durante muchos siglos el cristianismo estaba limitado casi únicamente al continente europeo (de donde a partir del siglo 17 algunos emigraron a América). Solamente durante los últimos 200 años, el evangelio bíblico volvió a extenderse con fuerza en otros continentes. Por necesidad histórica entonces fueron misioneros de descendencia europea, quienes por muchos años eran los maestros de las otras naciones en cuanto al cristianismo. Pero esta circunstancia histórica no establece ninguna superioridad de la raza blanca sobre las otras razas.

La historia de América Latina es particularmente difícil en este respecto, porque esta parte del mundo llegó a conocer el concepto de “cristianismo” primero bajo la forma como lo trajeron los conquistadores españoles. Según criterios bíblicos, los conquistadores no fueron cristianos en absoluto. Ellos abusaron del nombre de Cristo para traer el colonialismo, la explotación, y el catolicismo romano (que tiene poco en común con un cristianismo bíblico). Trágicamente, eso es lo quedó asociado en la mente de muchos latinoamericanos con el nombre de “cristianismo” hasta hoy: la dominación extranjera, el autoritarismo, el abuso, la explotación. Así, la supuesta “cristianización” por los españoles fue uno de los obstáculos más grandes contra la introducción de un cristianismo verdadero, bíblico.

Solamente después de la independencia fue posible para cristianos de corrientes más bíblicas, entrar en las anteriores colonias españolas. Como en otros continentes, también aquí se trataba mayormente de misioneros evangélicos europeos o norteamericanos. Aunque ellos profesaban someterse a la palabra de Dios como máxima autoridad, también ellos, consciente o inconscientemente, importaron junto con el evangelio muchos aspectos de su cultura que no son necesariamente cristianas, o que incluso contradicen el evangelio. – Ahora, la cultura europea efectivamente contiene muchos elementos cristianos porque fue moldeada por principios cristianos durante tantos siglos. Se formó allí una cultura de honestidad, de responsabilidad ante Dios y los hombres, de libertad religiosa y de la conciencia, todo lo cual es digno de aceptación; pero no porque fuera “europeo”, sino porque es conforme al evangelio.
Al mismo tiempo se importaron de la cultura europea también un estilo de vida materialista (que en las iglesias se manifiesta bajo la forma del “evangelio de la prosperidad”), y las filosofías del humanismo, de la ilustración, del racionalismo, del individualismo, del socialismo, y otras más, que son contrarias al evangelio. (No hay lugar aquí para analizar cada una de estas filosofías y demostrar por qué están contrarias al evangelio. Refiero al lector interesado a la serie de estudios sobre “Cosmovisión cristiana” en http://www.altisimo.net/maestros/cosmovision.) Así que junto con el evangelio, las iglesias adoptaron también muchas ideas que en última consecuencia llevan a la destrucción del evangelio, porque no sabían distinguir bien entre evangelio y cultura.

En América Latina en particular, las misiones evangélicas en sus inicios tenían lazos fuertes con el liberalismo político, el cual a su vez tenía lazos con la así llamada “teología liberal”. Eso fue porque el evangelicalismo y el liberalismo compartían una meta común: romper el predominio y la intolerancia del catolicismo romano. Pero la “teología liberal” (también conocida como “Alta Crítica”, “método histórico-crítico”, “teología moderna”, “teología científica”, “ciencias bíblicas”, y otros nombres más) es una teología influenciada por el racionalismo que estudia la Biblia “críticamente”, o sea, no la acepta como palabra de Dios inspirada. Así que en los mismos inicios de las iglesias evangélicas latinoamericanas ya se introdujo el veneno de una teología que pone en duda la verdad de la Biblia, busca “errores” y “contradicciones” en ella, y se jacta de ser “científica” al desechar grandes porciones de la Biblia como supuestamente “no auténticas” o “añadiduras posteriores”. Esta es una de las principales causas de la apostasía actual.

Durante las últimas décadas, muchas misiones e iglesias empezaron a darse cuenta de que algunas de sus costumbres no son cristianas, sino simplemente europeas; y que se levantan barreras innecesarias contra el evangelio cuando se obliga a gente de otras culturas a adoptar costumbres europeas. Con eso, en algunos círculos la “indigenización” de la iglesia se hizo de moda. Mientras esto trata de aspectos de la vida diaria como comida, vestimenta, vivienda, reglas de urbanidad y respeto mutuo, etc, es correcto que se respeten las costumbres indígenas de cada lugar. En este respecto dice Pablo: “Porque siendo libre de todo, me hice esclavo para todos, para ganar a la mayor parte; y me volví como judío para los judíos, para ganar a los judíos (…), para los que están sin ley como alguien sin ley (…), me volví como débil para los débiles, para ganar a los débiles; a todos me volví todo, para salvar a algunos de toda manera.” (1 Corintios 9:19-22).

Pero existe el peligro de que ahora el péndulo se mueva demasiado hacia el extremo opuesto, y que todo lo indígena se considere de por sí mismo superior a lo extranjero. Así, en algunos casos el indigenismo ha sido una puerta por la cual volvieron a entrar valores y prácticas paganas a la iglesia, bajo el pretexto de “adaptación cultural”. Tan pronto como una costumbre tiene implicaciones espirituales o morales, es necesario examinarla desde las Escrituras y aceptar solamente lo que es compatible con la voluntad de Dios.

Para encontrar la salida correcta, tenemos que entender que la decisión no es entre cultura europea o cultura indígena. La decisión es entre la cultura humana de cualquier lugar, o la cultura del reino de Dios. Toda cultura en esta tierra (con excepción de la judía) tiene raíces paganas. (y aun la judía fue posteriormente contaminada por influencias paganas.) Entonces toda persona que se convierte a Cristo, de cualquier trasfondo cultural que sea, tiene que distanciarse de su cultura heredada, tiene que examinar su cultura a la luz de la palabra de Dios, y desechar lo que no es conforme a Su voluntad. Toda persona necesita ser “rescatado de su comportamiento vano, el cual ustedes recibieron de vuestros padres” (1 Pedro 1:18).
El “viejo hombre” fue formado según el molde de la cultura que lo rodea. Si en esa cultura es normal emborracharse, el viejo hombre tendrá una tendencia hacia el alcoholismo. Si esa cultura es muy intelectualista y da un valor exagerado a la ciencia y a una formación universitaria, el viejo hombre tendrá una tendencia hacia el intelectualismo, el racionalismo, y la “sabiduría de este mundo”, despreciando la sabiduría de Dios. Si esa cultura es marcada por el catolicismo romano, el viejo hombre tendrá una tendencia hacia el sacerdotalismo, el autoritarismo, el tradicionalismo, y probablemente hacia la superstición.
Así que cada cristiano necesita pasar por un proceso de “renovación de su mente” (Romanos 12:1-2). Necesita detectar las influencias de su cultura heredada que son contrarias a la verdad de Dios, tiene que desechar estas influencias y tiene que empezar a pensar y actuar conforme a la voluntad de Dios. Las influencias que vienen de la propia cultura y familia son las más difíciles de detectar, porque son lo que uno considera “normal”. Por ejemplo, en la cultura peruana la corrupción se considera “normal”. Aun entre los cristianos peruanos, y aun condenando la corrupción con sus palabras, la mayoría sigue participando en ella, y solamente una muy pequeña minoría se resiste efectivamente contra ella. Eso es porque la mayoría no se ha distanciado de su cultura heredada; no dejaron atrás su “vana manera de vivir” que recibieron de sus padres (o de su entorno en general), y no asumieron una nueva cultura como ciudadanos del reino de Dios. Pero mientras eso no suceda, no podemos decir que el Perú haya realmente sido alcanzado por el evangelio.
El evangelio “para todas las naciones” no significa que todas las costumbres de las naciones (inclusive las paganas y las inmorales) tengan cabida en la iglesia. Significa que los discípulos de entre todas las naciones dejen atrás lo que es contrario al evangelio en la cultura de su nación, y que aprendan a vivir según una cultura nueva, la cultura del reino de Dios.

¿Te encuentras conscientemente en este proceso de transición desde tu cultura heredada hacia la cultura del reino de Dios? ¿Cuál tiene más influencia en tu congregación: las culturas humanas o la cultura del reino de Dios? ¿Es tu congregación siquiera consciente de que existe una cultura del reino de Dios?

En la iglesia del Nuevo Testamento, el pecado no puede permanecer escondido.

03/11/2016

Esta es una de las características más resaltantes de la primera iglesia, y una que las congregaciones actuales han perdido casi completamente.

Si limpiamos los vidrios de una ventana, y el día es nublado y oscuro, la ventana puede parecernos limpia. Pero tan pronto como cae la luz del sol sobre ella, veremos innumerables impurezas y manchas. Así es también la situación de la iglesia. Mientras una congregación vive espiritualmente en la sombra, y todos sus miembros se han adaptado a los caminos del mundo y se han acostumbrado a tolerar pequeños pecados y comportamientos inmorales, cada uno de ellos vive despreocupadamente en la ilusión de ser limpio. Pero si en el mismo lugar existiera una congregación que vive en santidad y en la luz del Espíritu Santo, y uno de los miembros de la primera congregación entrara allí, pronto sería “amonestado por todos, examinado por todos, y así lo escondido de su corazón saldrá a la luz …” (1 Corintios 14:24-25).

La iglesia original vivía en un tal ambiente de santidad y pureza, que el pecado no podía permanecer escondido. Cada impureza saltaba inmediatamente a la luz. La primera vez que sucedió un pecado dentro de la iglesia original en Jerusalén, los culpables murieron en el mismo instante en que su pecado fue descubierto (Hechos 5:1-11). Y ni siquiera era una pecado “grande” según los conceptos de la cristiandad actual. Era un pecado que muchos miembros de las congregaciones actuales cometen a diario: una mentira. Tenemos que suponer entonces que desde Pentecostés hasta ese momento, ¡ningún miembro de la primera iglesia había hablado alguna mentira!
(Algunos intérpretes dicen que el pecado de Ananías y Safira consistía en malversar dinero. Pero eso no es cierto. El dinero era propiedad de ellos, y Pedro aclara que aun después de vender su terreno, ellos tenían todo el derecho de hacer con el dinero lo que ellos deseaban (Hechos 5:4). Su pecado consistía en aparentar una generosidad que no tenían; y eso es lo que Pedro llama “mentir al Espíritu Santo” (v.3).)
Esta historia incomoda a muchos lectores modernos. “¿Cómo puede Dios castigar un pecado tan pequeño de una manera tan drástica?”, dicen. Pero la cosa es al revés. Un miembro de aquella primera iglesia, si pudiera ver las congregaciones actuales, diría: “¿Cómo puede Dios pasar por alto todos los pecados graves que ellos cometen?”. Y tendría más razón que el cristiano moderno.

– Cierto, hubo pocos casos donde Dios respondió al pecado en la iglesia de una manera tan llamativa como aquí. Pero eso no significa que el caso de Ananías y Safira hubiera sido excepcionalmente grave. Al contrario: La iglesia de aquel tiempo era todavía lo suficientemente sensible para entender el mensaje de Dios. “Y vino un gran temor sobre toda la asamblea y sobre todos los que escucharon esto. – Por medio de los comisionados (“apóstoles”) sucedieron muchos señales y milagros entre el pueblo. (…) Y Dios añadió a más [personas] que confiaron en el Señor, una multitud de varones y mujeres …” (Hechos 5:11-14). Este fue el resultado de la acción drástica de Dios: mucho fruto espiritual.
Pero la cristiandad actual que vive en oscuridad espiritual, ¿podría siquiera entender una tal señal de Dios? No, los cristianos modernos negarían tajantemente que esta muerte súbita tuviera algo que ver con el pecado de la persona; y después seguirían viviendo en pecado como antes. Entonces, ¿por qué debería Dios desperdiciar Sus señales llamativas para un pueblo que no quiere verlas? ¿Por qué debería alumbrar con Su luz a aquellos que prefieren vivir escondidos en las sombras de las apariencias? Cuando el pecado puede permanecer oculto en una congregación, eso es una señal de que la congregación entera se ha alejado mucho de la luz de Dios.

En las cartas apostólicas se confirma que efectivamente en las primeras iglesias se consideraba normal que los pecados ocultos salieran a la luz:

“Pero si todos profetizaran, y entrara algún incrédulo o sin entendimiento, todos lo amonestan, todos lo examinan, y así lo escondido de su corazón saldrá a la luz, y entonces caerá sobre su cara y adorará a Dios, declarando que realmente Dios está entre ustedes.” (1 Corintios 14:24-25)

Aquí escribe Pablo unos veinticinco años más tarde a la distante ciudad de Corinto, en Grecia. También allí, y en esos tiempos de la segunda generación, todavía se consideraba normal que Dios trae a la luz los pecados ocultos. Y no solamente por el don especial de un apóstol, sino a raíz de que “todos” profetizan. O sea, Dios puede usar a cualquier “miembro común” para descubrir pecados ocultos y para obrar la “convicción del pecado, de justicia y del juicio”. Si hoy en día lo hace con tan poca frecuencia, es solamente porque la oscuridad espiritual en las congregaciones actuales es tan grande.

Una palabra a los lectores católicos romanos

27/10/2016

(y a los evangélicos también.)

En realidad, este blog no se dirige a católicos romanos. Como dice el título, este blog propone una Reforma Bíblica. O sea, se dirige a lectores que tienen la disposición y la libertad de razonar desde la Biblia como palabra de Dios, y de cuestionar las doctrinas y prácticas de sus iglesias desde la Biblia como norma superior.
Un católico romano no tiene esta libertad, porque la doctrina de su iglesia se lo prohíbe. La iglesia católica romana declara que sus interpretaciones particulares de la Biblia, y todas sus declaraciones oficiales en cuanto a la fe y la moral, son infalibles. Entonces, ¿qué sentido tendría discutir con un representante de una institución que cree que nunca se puede equivocar? ¿y que por principio no se deja corregir por nadie excepto por sus propios superiores?

Sin embargo, tengo la impresión de que muchos católicos no entienden las implicaciones de esta doctrina de la infalibilidad de la iglesia. Por eso estoy escribiendo este artículo, porque se trata aquí de la doctrina fundamental que marca la diferencia entre “católico” y “evangélico”. (Por lo menos en teoría … la práctica actual de las iglesias evangélicas es otro tema.)

Tomaré como ejemplo un tema que los católicos preferirían dejar en la oscuridad del pasado: las persecuciones y matanzas contra los así llamados “herejes”, como por ejemplo:
– Las matanzas masivas de los albigenses (1208 a 1229), que cobraron incontables víctimas y devastaron el entero sur de Francia. Tan solamente en la masacre de Béziers (1209), la entera población de la ciudad (más de 15’000) fue asesinada.
– Las miles de víctimas de la inquisición, continuamente desde el siglo 13 hasta el siglo 18.
– La masacre del 23 de agosto de 1572 en Francia donde los católicos mataron a estimadamente 30’000 hugonotes.
– La colonización de las Américas por los españoles con sus matanzas de pueblos indígenas y trescientos años de explotación y esclavitud.
… Estas y diversas otras matanzas masivas fueron impulsadas por la doctrina católica romana.
“Pero eso es un tema del pasado”, me dirás, “la iglesia ha cambiado, hoy en día ya no actúa así.” – Sí, sería lo más preferible si pudiéramos decir: “En el pasado, la iglesia ha cometido muchas equivocaciones y pecados, pero se ha arrepentido de ello, ha cambiado, y ahora su posición es diferente.” De hecho, eso es lo que puede decir un reformado o evangélico cuando es confrontado con las persecuciones que desató Lutero contra los judíos y contra los (equivocadamente así llamados) “anabaptistas”, o con las persecuciones de la iglesia anglicana contra los puritanos y los cuáqueros. Como cristiano bíblico, no tengo ningún problema en decir: “Sí, Lutero se ha equivocado en estos puntos, e incluso ha pecado gravemente.” O sea, puedo evaluar las enseñanzas y los hechos de Lutero según la Biblia, puedo “retener lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21) y desechar lo malo. Una iglesia fundamentada sobre la palabra de Dios no tiene por qué seguir defendiendo los crímenes cometidos por sus líderes en el pasado. Puede desligarse de ellos; puede arrepentirse; puede corregir y revocar las decisiones equivocadas de sus líderes del pasado.

El problema del catolicismo romano es que no permite a sus fieles hacer lo mismo con las declaraciones pasadas de su propia iglesia. Y es aquí donde entra la doctrina de la infalibilidad de la iglesia. El Catecismo Básico la resume así: “Los cristianos recibimos de la Iglesia (…) el Magisterio seguro e infalible en las verdades de fe y moral.”
El II Concilio Vaticano formuló esta doctrina con las siguientes palabras:

“Los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como los testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, tienen obligación de aceptar y adherirse con religiosa sumisión del espíritu al parecer de su Obispo en materias de fe y de costumbres cuando las expone en nombre de Cristo. Esta religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento, de modo particular se debe al magisterio auténtico del Romano Pontífice, aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se adhiera al parecer expresado por él según la mente y voluntad que haya manifestado él mismo y que se descubre principalmente, ya sea por la índole del documento, ya sea por la insistencia con que repite una misma doctrina, ya sea también por las fórmulas empleadas.

Aunque cada uno de los prelados por sí no posea la prerrogativa de la infalibilidad, sin embargo, si todos ellos, aun estando dispersos por el mundo, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el Sucesor de Pedro, convienen en un mismo parecer como maestros auténticos que exponen como definitiva una doctrina en las cosas de fe y de costumbres, en ese caso enuncian infaliblemente la doctrina de Cristo[76]. Pero esto se ve todavía más claramente cuando reunidos en Concilio Ecuménico son los maestros y jueces de la fe y de la moral para la Iglesia universal, y sus definiciones de fe deben aceptarse con sumisión[77].

Esta infalibilidad que el Divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la doctrina de la fe y de la moral, se extiende a todo cuanto abarca el depósito de la divina Revelación que debe ser celosamente conservado y fielmente expuesto. Esta infalibilidad compete al Romano Pontífice, Cabeza del Colegio Episcopal, en razón de su oficio cuando proclama como definitiva la doctrina de la fe o de la moral[78] en su calidad de supremo pastor y maestro de todos los fieles a quienes confirma en la fe (cf. Lc., 22, 32). Por lo cual con razón se dice que sus definiciones por sí y no por el consentimiento de la Iglesia son irreformables, puesto que han sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo prometida a él en San Pedro, y así no necesitan de ninguna aprobación de otros ni admiten tampoco la apelación a ningún otro tribunal. Porque en esos casos el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica[79]. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo de los Obispos cuando ejerce el supremo magisterio juntamente con el sucesor de Pedro. A estas definiciones nunca puede faltar el asenso de la Iglesia por la acción del Espíritu Santo, en virtud de la cual la grey toda de Cristo se conserva y progresa en la unidad de la fe[80].”

(II Concilio Vaticano, Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, Art.25, “El oficio de enseñar de los obispos”.)

Estimado lector católico, en esta cita puedes verificar por ti mismo que tu iglesia prohíbe explícitamente toda corrección o Reforma de alguna declaración que algún papa o concilio hizo en el pasado. Todas estas decisiones son “infalibles”, “irreformables”, e “inapelables”.

Veamos ahora algunas de estas declaraciones “infalibles”, las cuales apoyan e impulsan las atrocidades que la iglesia católica romana cometió en el pasado:

“Excomulgamos y declaramos anatema toda herejía que se exalta contra la fe santa, ortodoxa y católica, condenando a todos los herejes, no importa bajo qué nombre sean conocidos (…) Los tales sean entregados a los poderes seculares, para que reciban el castigo debido. (…) Los poderes seculares de todo rango y grado sean advertidos, inducidos, y si es necesario forzados por la censura eclesiástica, a jurar que se ejercerán a lo máximo en la defensa de la fe, y que extirparán a todos los herejes denunciados por la Iglesia que se encuentren en sus territorios. Y cualquier persona cuando asuma un gobierno, sea espiritual o temporal, será obligada a seguir este decreto.
Si algún señor temporal (secular), después de haber sido requerido y advertido por la Iglesia, descuide el limpiar su territorio de la corrupción herética, el metropolitano y los obispos de la provincia se unirán para excomulgarlo. Si permanece obstinado por un año entero, el hecho se reportará al Pontífice Supremo, el cual declarará a todos sus súbditos liberados de su lealtad a partir de este momento, y asignará el territorio a católicos para que lo ocupen, bajo la condición de exterminar a los herejes y preservar dicho territorio en la fe.”
(IV Concilio de Letrán, 1215, Canon III)

Este decreto no ha sido revocado hasta hoy. Sigue en plena vigencia.

” (…) Por tanto, ambos están en el poder de la iglesia, la espada espiritual y la espada temporal; la última se usa a favor de la iglesia, la primera por medio de la iglesia; la primera por la mano del sacerdote, la última por la mano de príncipes y reyes, pero a la señal y tolerancia del sacerdote. Esta espada necesariamente tiene que ser sujeta a aquélla, y la autoridad temporal a la espiritual.
(…) Y si el poder terrenal se desvía del camino correcto, es juzgado por el poder espiritual; (…) pero si el poder supremo (el papado) se desvía, no puede ser juzgado por ningún hombre, sino solamente por Dios.
(…) Además, que toda criatura humana es sujeta al pontífice romano, – declaramos, decimos, definimos y pronunciamos que esto es enteramente necesario para la salvación.”
(Bula “Unam Sanctam”, papa Bonifacio VIII, 1302)

Aquí se expresa claramente que el papa pretende gobernar el mundo entero, no solamente sobre el ámbito religioso, sino también sobre el ámbito secular y sobre todos los gobiernos del mundo; no solamente con medios pacíficos, sino también con violencia y con armas de guerra.
Este decreto no ha sido revocado hasta hoy. Sigue en plena vigencia.

(A los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, respecto al continente americano recién descubierto):
“Entre otras obras agradables a la Majestad Divina, ésta seguramente ocupa el rango más alto, que (…) las naciones bárbaras sean subvertidas y traídas a la fe.
(…) Como conviene a reyes y príncipes católicos, (…) ustedes se propusieron (…) traer bajo vuestro dominio las mencionadas tierras e islas con sus residentes y habitantes, y traerlos a la fe católica. Por tanto (…) les imponemos estrictamente (…) que ustedes también se propongan como vuestro deber, guiar a los pueblos que viven en aquellas islas y países a recibir la religión cristiana.
(…) Nosotros, por la presente, (…) damos, concedemos, y asignamos a ustedes y a vuestros herederos y sucesores, reyes de Castilla y León, por siempre, juntos con todos sus dominios, ciudades, campos, lugares y pueblos, y todos los derechos, jurisdicciones y pertenencias, todas las islas y tierras encontradas y por encontrar (…) Y Nosotros les hacemos, nombramos y encargamos a ustedes y a vuestros herederos y sucesores, señores de ellas con pleno y libre poder, autoridad y jurisdicción de toda clase.
(…) Por tanto, que nadie infrinja o contravenga esta nuestra (…) donación, concesión, asignación, (…) mandato, prohibición y voluntad. Si alguien presumiera intentar eso, sepa que incurrirá en la ira del Dios Todopoderoso y de los benditos apóstoles Pedro y Pablo.”
(Bula “Inter Caetera”, papa Alejandro VI, 1493)

Se entiende por sí mismo que los Reyes Católicos y sus sucesores estaban y están obligados también por los decretos más arriba citados, a extirpar a los “herejes” en todas sus colonias. Todas las atrocidades que los conquistadores españoles cometieron en América, sucedieron con el pleno respaldo del Vaticano. Fue con esta bula papal en la mano, que ellos vinieron a matar y destruir naciones enteras.
También esta bula no ha sido revocada hasta hoy. Sigue en plena vigencia. O sea, la doctrina romana oficial niega hasta hoy la independencia al entero continente americano, bajo amenaza de la ira de Dios.

Estimado lector católico, quiero dejar muy claro lo que significa esto. Todos estos decretos citados son doctrina oficial y actual de tu iglesia, y tú como fiel católico romano eres obligado a “aceptarlos con sumisión”. Entonces no puedes decir que las matanzas de “herejes” y la colonización de América son “cosas del pasado”. Si la iglesia romana hoy en día ya no quema a “herejes” ni coloniza otros países, no es porque hubiera cambiado su doctrina al respecto. Se debe únicamente al hecho de que la iglesia romana ya no tiene el poder político para hacerlo. Pero su doctrina sigue siendo la misma como en la Edad Media, y por definición no se puede cambiar. Es doctrina “infalible”, “irreformable”, “inapelable”.

He aquí el gran dilema que se presenta a todo católico romano que desea seguir a Jesucristo, y a la vez desea seguir a su iglesia. Pienso que la mayoría de los católicos hoy en día estarían de acuerdo con que aquellas matanzas, y aquellos decretos para la extirpación de los herejes, eran contrarios al espíritu de Cristo. Entonces, ¿estarías de acuerdo con que aquellos decretos deberían revocarse? – Probablemente tu sentido común te dice que sí. Casi seguramente, lo que sabes del evangelio de Cristo te dice que sí. El reino de Cristo no es de este mundo, y por eso no se defiende ni se extiende con las armas de este mundo (Juan 18:36). Jesucristo envió a Sus seguidores “como ovejas en medio de lobos” (Mateo 10:16), no como lobos en medio de ovejas. – Es posible que hasta los representantes más altos de la jerarquía romana, y hasta el papa mismo, sepan muy dentro de sus corazones que aquellos decretos eran contrarios al espíritu de Cristo. Y sin embargo, no pueden revocarlos, porque la doctrina fundamental de su iglesia se lo prohíbe.

El II Concilio Vaticano emitió también unas declaraciones hermosas acerca de la “dignidad humana” y la “libertad religiosa”. En su declaración sobre la libertad religiosa “Dignitatis Humanae” dice, por ejemplo:
“Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural[2]. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil.”
Este decreto contradice directamente a los decretos más arriba citados acerca de la extirpación de los “herejes”. Si el concilio hubiera sido serio en su intención, entonces hubiera dicho: “El concilio reconoce que las declaraciones de papas y concilios anteriores acerca de la extirpación de la herejía son contrarios a la palabra revelada de Dios y a la libertad religiosa. Por tanto, revoca y deja sin efecto las siguientes declaraciones y doctrinas: …” – Pero el concilio no dijo eso. Emitió una declaración sobre libertad religiosa, pero al mismo tiempo dejó en pie las doctrinas antiguas que anulan la libertad religiosa, e incluso declaró que esas doctrinas eran “infalibles”.
Por eso, la jerarquía romana no hace nada para detener las persecuciones por parte de los católicos contra los evangélicos que siguen sucediendo aun hoy en día, por ejemplo en el estado mexicano de Chiapas.

Estimado lector católico, ¿qué haces con una institución que emite declaraciones contradictorias, pero todas igualmente “infalibles”, y te obliga a someterte a ambas? ¿Permites a la jerarquía de la iglesia torcer tu conciencia a tal punto que tengas que aceptar una declaración como “infalible”, y su contrario también?

Ni siquiera el papa tiene una salida de este dilema. En 1993, el Indigenous Law Institute (Instituto de Derecho Indígena) puso a prueba las declaraciones del concilio acerca de la dignidad humana y libertad religiosa. Dirigieron una carta abierta al papa, llamándole a revocar formalmente la bula “Inter Caetera” (la que impulsó la colonización de América por los reyes de España). El papa nunca les respondió. El papa actual es el tercer papa que fue llamado a ocuparse de este asunto, y hasta hoy tampoco respondió.

No sé si el papa personalmente reconoce los derechos de los pueblos indígenas, y el derecho a la libertad religiosa. Pero aun si los reconociera, no podría revocar ese decreto, porque la doctrina de la iglesia no se lo permite.

El proceso de excomulgación contra Lutero comenzó a raíz de que Lutero había dicho: “Aun los concilios pueden equivocarse.” O sea, Lutero cuestionó la infalibilidad de la iglesia. Éste fue el desacuerdo decisivo entre católicos y reformados. Según el principio reformado, cada cristiano puede (y debe) discrepar con sus líderes y llamarles la atención, si éstos enseñan o actúan en contradicción contra la palabra de Dios. Por eso, tampoco Lutero o Calvino eran “infalibles”. Yo discrepo con Lutero y con Calvino en diversos puntos de su enseñanza y de su práctica. Ningún reformado hoy en día está atado a los errores y pecados de ellos. La iglesia católica romana, en cambio, sigue atada y sujeta a todo lo que decretó oficialmente alguna vez en el pasado.
Por tanto, el papa sabe que si él revocase un solo decreto del pasado, estaría con eso reconociendo que los concilios sí pueden equivocarse, y entonces daría la razón a Lutero. Al papa, y a todo fiel católico romano, le quedan solamente estas dos alternativas:
– Defender los decretos contra los herejes como “infalibles”, y por tanto defender todas las atrocidades que se cometieron en consecuencia de esos decretos;
– o reconocer que esos decretos fueron equivocados, lo que significa dar la razón a Lutero y ponerse del lado de la Reforma.

Entonces, estimado lector católico: Si deseas seguir defendiendo la iglesia católica romana, explícame primero clara y sinceramente cuál de las dos posiciones asumes: ¿Se equivocaron los concilios y los papas al promulgar los decretos contra los herejes y para la colonización de América, o no se equivocaron? ¿Lutero estaba en lo correcto o no cuando dijo que los concilios se pueden equivocar?

No entraré en ninguna discusión acerca de la iglesia católica romana, excepto si mi interlocutor me responde primero a estas preguntas.

La iglesia del Nuevo Testamento es perseguida.

12/10/2016

En la reflexión anterior hemos visto que la gran persecución contra la primera iglesia en Jerusalén, al fin de cuentas contribuyó a la expansión de la iglesia (Hechos 8).
De hecho, la iglesia experimentó persecución desde sus inicios. Apenas había sucedido el primer milagro por medio de los apóstoles, fueron amenazados a ya no hablar en el nombre de Jesús (Hechos 4:17-21). Poco después fueron encarcelados y azotados (Hechos 5:17-18. 40). Algún tiempo después, Esteban fue apedreado (Hechos 7).

¿Cómo entonces dice que “tenían el favor de todo el pueblo” (Hechos 2:47), y que “el pueblo los engrandecía” (Hechos 5:13)? ¿Cómo concuerda esto con las persecuciones?
– En realidad, este “favor de todo el pueblo” fue exactamente una de las razones de la persecución. Los cristianos vivían vidas puras, honestas, agradables a Dios; y la gente común los reconocía por eso. Pero así se despertó la envidia de ciertos líderes que personalmente no vivían tales vidas agradables a Dios: “Pero el jefe sacerdote y todos los que estaban con él, o sea el partido de los saduceos, se llenaron de envidia.” (Hechos 5:17) – “… pero no eran capaces de oponerse a la sabiduría y al espíritu con que hablaba (Esteban). Entonces instigaron a unos varones a decir: ‘Le hemos escuchado hablar dichos difamadores contra Moisés y Dios.’ Y sublevaron al pueblo y a los ancianos y a los eruditos …” (Hechos 6:10-12). – También en los viajes misioneros de Pablo vemos que a menudo la envidia era el motivo de las persecuciones: “Y cuando los judíos vieron las multitudes, se llenaron de envidia y contradecían a lo que Pablo decía … y provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los echaron fuera de sus fronteras.” (Hechos 13:45.50) – “Pero los judíos desobedientes tuvieron envidia, acogieron de la calle a algunos varones malignos, y juntando una multitud excitaron la ciudad …” (Hechos 17:5)

Notamos con mucha frecuencia que las persecuciones fueron instigadas por los mismos líderes religiosos: los sacerdotes, los teólogos, los líderes de las sinagogas… o sea, exactamente aquellas personas que conocían bien la Biblia y tenían la reputación de ser muy religiosos. El ministerio de los apóstoles tuvo el mismo efecto como antes ya el ministerio de Jesús: Confrontó y expuso públicamente la hipocresía de los líderes religiosos que “dicen, pero no hacen” (Mateo 23:3). Esto ha sido siempre una característica de la verdadera iglesia del Nuevo Testamento: Provoca la ira de los líderes de la iglesia oficial. Así que, si una congregación está en paz con los líderes de las iglesias institucionalizadas, tiene que preguntarse si es realmente iglesia del Nuevo Testamento, o si se ha acomodado a los caminos del mundo como lo han hecho todas las iglesias “respetables”.

Si examinamos los viajes misioneros de Pablo, encontramos que en cada ciudad él se quedaba hasta que fue obligado a huir de persecuciones o de disturbios: En Antioquía de Pisidia (Hechos 13:44-50), en Iconio (Hechos 14:5-6), en Listra (Hechos 14:18-19), en Filipos (Hechos 16:20-22), en Tesalónica (Hechos 17:5), en Berea (Hechos 17:13), en Corinto (Hechos 18:12.17), en Éfeso (Hechos 19:29-34), en Jerusalén (Hechos 21:30-36). La única ciudad de donde Pablo pudo salir en paz fue Atenas; pero esa fue también la única ciudad donde no logró fundar ninguna iglesia.

La presencia o ausencia de persecuciones es tal vez no una señal infalible para distinguir la iglesia del Nuevo Testamento, porque es algo que depende también de factores externos. (Y hay también grupos que son perseguidos no porque fueran cristianos, sino porque tienen enseñanzas o prácticas aberrantes.) Pero de todos modos, si un grupo de cristianos puede existir y obrar por mucho tiempo sin provocar la ira y envidia de las iglesias establecidas, tendrá que examinarse si de verdad está caminando en el camino de la primera iglesia.

La primera iglesia se expande

01/10/2016

La iglesia en Jerusalén comenzó de golpe con los tres mil convertidos de Pentecostés. Pero después seguía expandiéndose continuamente. Desde el principio, “el Señor añadía cada día a la asamblea a los que fueron salvos” (Hechos 2:47). La curación de un cojo en la Puerta Hermosa dio a Pedro una nueva oportunidad de anunciar el evangelio a una gran multitud (Hechos 3), y en consecuencia “el número de los varones llegó a aproximadamente cinco mil” (Hechos 4:4). – Después continuaba el crecimiento “normal” donde el Señor “añadía cada día”.

Encontramos entonces dos métodos principales que Dios usó para la expansión de la iglesia:
– Los anuncios públicos de los apóstoles (donde a menudo los “señales y milagros” eran el medio que Dios usó para atraer una multitud).
– El testimonio de los “cristianos comunes” en su vida diaria, con su vida y sus palabras, que tocaba los corazones de las personas en su alrededor, de manera que “el Señor añadía cada día” a nuevos convertidos.

En vista de que algunas congregaciones modernas están obsesionadas con la idea del “crecimiento de la iglesia”, quizás sea necesario aclarar que este “crecimiento” no es ningún mandamiento directo del Señor. El encargo del Señor a Sus discípulos era “hacer discípulos … bautizándolos … enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado” (Mateo 28:19-20), y también “heraldear el evangelio” (Marcos 16:15) y “ser Sus testigos” (Hechos 1:8) – y también eso solamente “cuando haya venido el Santo Espíritu sobre ustedes”. Mientras los discípulos cumplían estos mandamientos (además de llevar una vida entregada al Señor), el crecimiento de la iglesia era una consecuencia natural. Por tanto, la primera iglesia no se preocupaba por “estrategias para el crecimiento de la iglesia”. Simplemente cumplían lo que el Señor les había dicho.

– En Hechos 8 encontramos un tercer “método de expansión”, uno que se menciona poco en las iglesias modernas: ¡la persecución! “Y en aquel día vino una gran persecución sobre la asamblea que estaba en Jerusalén, y todos fueron esparcidos por toda la región de Judea y Samaria, excepto los apóstoles. (…) Entonces los esparcidos pasaron por todas partes y evangelizaban la palabra.” (Hechos 8:1.4) Aquella persecución, lejos de extinguir a la iglesia, al contrario contribuyó a su expansión.

David y Goliat – Una perspectiva desde los tiempos del fin

19/09/2016

Por Hadyn Olsen, Nueva Zelanda

Hace poco, al leer acerca del encuentro histórico entre David y Goliat, me llamó la atención su mensaje acerca de los tiempos del fin en los que vivimos.

Esta historia es mucho más que un cuento para niños. Es una historia acerca de la confrontación entre dos reinos: el reino de Dios y el reino de satanás.

Existen varias ocasiones en las Escrituras donde presenciamos una tal confrontación dramática entre estos dos reinos. Recordemos los tiempos de Moisés y el éxodo de Egipto, las plagas y el cruce del Mar Rojo. Recordemos a Josué y Jericó. Recordemos a Elías en el monte Carmelo. Y por supuesto el Señor Jesucristo y las muchas ocasiones donde Él demostró el poder del reino de Dios.

En todos estos sucesos vemos algo de la naturaleza de estos dos reinos opuestos; y vemos que el reino de Dios es superior al reino de satanás. Podemos también aprender algo acerca de nuestras propias vidas, y acerca del conflicto que enfrentamos diariamente. Cada uno de estos sucesos históricos puede enseñarnos algo que Dios quiere que sepamos, y algo acerca de la victoria que Él quiere compartir con nosotros.

Nos estamos acercando a un tiempo donde veremos otra gran confrontación entre el reino de Dios y el reino de satanás. Sin duda, esta confrontación será tan grande o mayor que las otras que la precedieron. Y será un tiempo cuando Dios demostrará una vez más Su grandeza y Su domino sobre satanás.

Al leer la historia en 1 Samuel 17, vemos que hay tres personajes principales que representan tres diferentes clases de personas.

Primeramente, aquí está Goliat y los filisteos. Ellos representan el mundo; o más exactamente, la humanidad rebelde sin redimir. Ellos están influenciados por “el espíritu de este mundo”.

Aquí están parados, desafiantes y burlones. Lanzan acusaciones deliberadas y arrogantes contra Dios y Su pueblo. Ellos representan la humanidad inflada por su propio poder y su propia gloria.

Este es el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, en su plena madurez. Es la vanagloria de la vida que menosprecia a Dios desde su altivez. Es el hombre plenamente desarrollado que intenta ser “como Dios”. Incluso intenta destruir todo lo que es de Dios, para dominar sobre la tierra.

Notamos que la descripción de Goliat hace referencia al número seis; el número del hombre. Su altura era de seis codos. Su armadura tenía seis piezas. La punta de su lanza pesaba seiscientos siclos. – Podríamos decir que él representa todo lo que significa el “anticristo”. Hace burla de Dios y de todo lo que es de Él, y desafía al pueblo de Dios a luchar contra él.

Al mirar el mundo actual, podemos ver como Goliat se está alistando nuevamente para la batalla. Escuchamos las voces desafiantes por todas partes: “¿Dónde está vuestro Dios?” Escuchamos las acusaciones que menosprecian a la iglesia y la llaman a pelear. Eso fue siempre la esencia de ese espíritu anticristiano.

El segundo personaje en esta historia es el rey Saúl y su ejército. Este grupo representa al pueblo de Dios, pero ellos son el pueblo de Dios bajo el dominio de la carne.
Ellos son una compañía derrotada. Se enfrentan a Goliat con miedo, intimidados, y sin unción ni fuerza de parte de Dios.

¿Por qué es eso así? ¿Cómo pudo suceder eso? ¿Cómo puede el pueblo de Dios encontrarse en tal situación y condición? – La respuesta es, que aunque siendo el pueblo de Dios, ellos siguen bajo el control del espíritu de este mundo. Ellos se encuentran bajo el señorío del rey Saúl – la carne.

Mirémoslos de cerca.

Están armados con toda su armadura mundana. Están equipados con todo lo que el mundo considera de valor. Tienen sus caballos y carros y armas carnales – y por supuesto, tienen a su rey que es más alto que todos ellos. Se ven exactamente como todas las otras naciones, en todos los aspectos.

No puedo evitar preguntarme cuántas de nuestras denominaciones y organizaciones eclesiásticas son exactamente como los ejércitos de Saúl. Están llenas de los caminos del mundo. Su poder está en su dinero, en su organización, y en la fuerza de la carne. Vemos en ellos el mismo espíritu como en el mundo: Se promueven a sí mismos con ofertas, técnicas de venta, y toda clase de capacidades humanas.

Además, la iglesia de Saúl se caracteriza por desobedecer a la palabra de Dios. El rey Saúl dio más importancia a la apariencia exterior de éxito y de poder, que a la obediencia hacia la palabra de Dios. Él obedecía a Dios mientras le convenía y mientras sus propias ambiciones y deseos no estaban en peligro; pero más le importaba verse exitoso en los ojos del pueblo.

Lo mismo sucede actualmente en las denominaciones. Más que todo se preocupan por su éxito, su poder, y su apariencia exterior. A menudo comprometen la voluntad y el propósito de Dios, para lograr sus intereses humanos y para hacer prevalecer sus tradiciones humanas.

Por eso, ellos se quedarán solos en el día en que Goliat los confronte. Descubrirán que Goliat es mucho más fuerte que ellos según todos los criterios del mundo, y que no pueden enfrentarlo.

Ese día será espantoso para ellos … por más que hoy estén tan llenos de su propio poder, y fascinados con sus propias alabanzas y declaraciones positivas.

Gracias a Dios, hay un tercer grupo en esta historia. Es el grupo caracterizado por David.

Sí, David era uno del pueblo de Dios. Pero él no era parte del ejército de Saúl. De manera similar, hay actualmente un tercer grupo de personas. Están dispersados por todas partes. No tienen ninguna organización y ningún lugar que podrían llamar suyos. Pero están apartados de los demás, por dos características particulares: Ellos tienen un corazón según Dios, … y no son del rey Saúl.

Como David era pequeño, esta “compañía de David” es pequeña, insignificante, despreciable y sin importancia. Pero la mano de Dios está sobre ellos.

David estaba en el desierto pastando sus ovejas cuando recibió el llamado de ir al frente de la batalla. Él estaba haciendo lo que Dios había puesto en sus manos – aunque era algo insignificante y aparentemente sin importancia.

De la misma manera, hoy en día hay gente que pregunta: “¿Qué estás haciendo para Dios? ¿Qué fruto resultó de que saliste del sistema (de las iglesias)?” Ellos miden todo por la apariencia exterior y pasan sus vidas afanándose, organizando grandes cosas para Dios, pero al fin de cuentas lograrán poco.

David no sabía nada de los caminos de Saúl. Él no había estado en ninguna de las escuelas de entrenamiento de Saúl. Él ni siquiera sabía limpiar una armadura, ni mucho menos ponérsela. Todo lo que David sabía, lo había aprendido afuera en las circunstancias ordinarias de su vida diaria. Él había aprendido las cosas sencillas de la veracidad, el amor, y la fidelidad. Él había aprendido a caminar con Dios cada día.

Pero así es el camino de Dios. Él siempre toma las cosas bajas y humildes, las cosas necias, las cosas que no valen, para anular las cosas que valen. (1 Corintios 1:27-28)

De la misma manera, Dios está preparando a un pueblo en la actualidad. Ellos no valen nada ahora. Algunos de ellos han abandonado las denominaciones; otros se encuentran todavía en ellas, pero se preguntan por qué ya no se sienten parte de ellas. Ya no se entusiasman por el último seminario o por la última estrategia evangelística. Pero claman y gimen porque la presencia de Dios abandonó la iglesia, y se entristecen porque el poder humano intentó encubrir la falta.

Cuando David llegó al campo de batalla, ninguna organización le apoyó. No tenía credenciales ni recomendaciones. Solamente tenía la unción. Dios sabía dónde tenía que estar David. Dios guío los eventos como siempre lo hace … en Su tiempo.

David pudo mantenerse en pie ante Goliat porque Dios estaba con él. Nada más y nada menos. Su espíritu se levantó contra ese monstruo. David no tenía miedo. Él sabía que Uno mucho mayor estaba a su lado.

Cuando David habló a Goliat y lo desafió, no fue David hablando, fue Dios Mismo hablando.
Cuando David tomó la piedra y la puso en su honda, fue Dios quien escogió y preparó.
Cuando David lanzó la piedra hacia su destino, fue Dios quien la guió justo al lugar apropiado.

Así es todo ministerio verdadero. Es Dios quien hace la obra y produce el fruto.

Hay muchos hoy en día que intentan lograr grandes cosas para Dios. Ellos usan todos los recursos del mundo para intentar y hacerlo. Pero Dios no lo está haciendo. Ellos se imaginan que el esfuerzo humano es la clave para lograr fruto divino. Ellos se desviaron completamente del camino de Dios.

Dios desea tener un pueblo que está muerto a los caminos y métodos de los hombres, en lo que concierne el trabajo del reino. Él está preparando a un pueblo que espera en Él, y que se mueve como Él los mueve, y que trabajará de acuerdo a Su poder que obra en ellos.

Él puede demorar mucho en preparar a un hombre o una mujer hasta que esté listo para eso … pero Dios tiene tiempo.

El día del gran conflicto llegará. ¿A cuál compañía pertenecerás? ¿Será la de Goliat? ¿o la del rey Saúl? … ¿o la de David?

Puede ser difícil decirlo ahora; pero el día lo traerá a la luz. Esto es cierto … el día lo traerá a la luz. Es que entonces nos encontraremos en el lugar que nuestro corazón escogió.

Clamemos al Señor hoy, mientras todavía es hoy … pidámosle que cambie nuestros corazones y nos haga parte de la compañía de David. Que nuestro deseo sea aprender a caminar con Dios y ser fieles a todo lo que Él nos llame a hacer. Que aprendamos los caminos de la humildad, y que estemos satisfechos con simplemente vivir ante Él cada día. Y cuidémonos de los caminos del rey Saúl.

Alabado sea Dios por Su grandeza y gloria que sobrepasa todo.

 


N.d.tr: Pienso que la entera historia de David y Saúl es una gran ilustración con muchas aplicaciones a la relación entre el verdadero pueblo de Dios y el sistema eclesiástico de los cristianos “solamente de nombre”. (Vea también “David contra Saúl – ¿un ejemplo de sumisión bajo el líder?”)
Sin embargo, en un punto tengo una perspectiva distinta al artículo presente. No creo que los tiempos finales se caracterizarán por una confrontación entre “Goliat” y “Saúl”. Al contrario, creo que en la etapa final, “Saúl” y todo su ejército se habrán puesto del lado de “Goliat” para combatir juntos a “David”. Los comienzos de eso ya están visibles; las iglesias institucionales ya están muy infiltradas por ideas y agentes del anticristo. “Anticristo” significa “en lugar de Cristo”. El anticristo mayormente no intenta combatir el cristianismo frontalmente; intenta sustituirlo por su propia falsificación. La religión del anticristo se llamará “cristianismo”.

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 7)

10/09/2016

En los últimos ocho artículos hemos analizado algunas características de la primera iglesia, como se describen en Hechos 2:36-47. Resumimos:

  • La iglesia del Nuevo Testamento consiste en personas nacidas de nuevo por el Espíritu Santo. Nacer de nuevo no es simplemente “decir una oración de entrega”. Nacer de nuevo implica haber experimentado un profundo y “chocante” encuentro con Dios, que convence del pecado. Implica un cambio radical de la manera de pensar y actuar (lo que la Biblia llama “arrepentimiento”). Implica haber recibido el Espíritu Santo, quien hace posible que el creyente efectivamente vence el pecado y vive constantemente bajo el señorío de Jesucristo. – Una “iglesia” que se contenta con menos que eso, desde el principio no puede ser iglesia según el Nuevo Testamento.
  • La iglesia del Nuevo Testamento se fundamenta sobre “la enseñanza de los apóstoles“, tal como la tenemos en el Nuevo Testamento. No se fundamenta sobre “la tradición de la iglesia”, ni sobre “nuestra declaración de fe”, ni sobre “la sumisión bajo el pastor”, ni sobre “como lo hemos hecho siempre”. – Una iglesia que no se deja corregir desde el Nuevo Testamento, no es iglesia del Nuevo Testamento.
  • La iglesia del Nuevo Testamento vive en koinonía, o sea una profunda comunión personal, sincera y transparente, en el amor del Señor, que implica compartir la vida diaria, dones espirituales, y bienes materiales. Esta comunión sucede al nivel personal y familiar, no tiene necesidad de reuniones organizadas. – Si la calidad de esta comunión en una congregación es deficiente o ausente, eso señala que dicha congregación, de alguna manera, se ha alejado de los patrones del Nuevo Testamento.
  • La iglesia del Nuevo Testamento comparte el pan en las casas, “con sencillez del corazón”, como forma de konionía material, y a la vez conmemorando la muerte y resurrección del Señor. Esos eran comidas normales, de varias familias juntas, y no requerían la presencia de ningún apóstol o “ministro”. – Una congregación que enseña que la celebración de la cena del Señor dependa de alguna forma de ministerio sacerdotal, se ha apartado del modelo del Nuevo Testamento.
  • La iglesia del Nuevo Testamento no hacía esfuerzos especiales para “crecer” o para atraer a nuevos miembros. Simplemente vivían su vida diaria en obediencia al Señor; y en consecuencia de esta obediencia, “Dios añadía a los que fueron salvos”. (Los apóstoles anunciaban también el mensaje del Señor en las calles y plazas, al aire libre. Pero esas no eran “reuniones de la iglesia”; eso fue la actividad especial de los apóstoles por encargo del Señor.) No llamaban a la gente a “entregarse ahora al Señor”; pero esperaban a que la convicción del pecado se manifestase en ellos, y entonces les ofrecían el arrepentimiento y la salvación en Jesús. – Una “iglesia” que ofrece salvación sin convicción del pecado y sin arrepentimiento radical, o que manipula a la gente para que se hagan miembros, no es iglesia del Nuevo Testamento.

Cada versículo en Hechos 2:36-47 resalta una verdad incómoda: Lo que los evangélicos (y católicos) hoy en día llaman “iglesia”, no tiene ninguna similitud con lo que el Nuevo Testamento llama así. La mayoría de las iglesias actuales reciben como miembros a personas que nunca dejaron atrás su pecado, y se excusan diciendo: “No hay iglesia perfecta.” – Declaran quizás en la teoría que se fundamentan sobre la palabra de Dios, pero en la práctica prevalece la palabra del pastor y la tradición denominacional (igual como en la iglesia católica). – Han remplazado la koinonía en las casas por eventos organizados y reuniones de escuchar prédicas en edificios institucionales; y para completar la confusión, suelen aun llamar “iglesias” o “templos” a esos edificios. – Han sacado la cena del Señor de su ambiente original de la cena familiar compartida, y la convirtieron en un solemne ritual institucional, administrado por un “sacerdote” o “ministro”. – Han abandonado la obediencia al Señor en la vida diaria, de manera que sus prójimos ya no pueden ver la vida del Señor en ellos; pero en cambio intentan atraer a nuevos miembros mediante grandes “shows” y eventos publicitarios.

Todo eso continúa porque la mayoría de los cristianos leen el libro de Hechos (si siquiera lo leen) como si fuera un cuento de hadas de un pasado remoto, como si no tuviera nada que ver con nosotros hoy. Pero este libro fue escrito para hacernos saber cómo fue la iglesia cristiana en sus inicios, según el diseño original de Dios; y para que nos evaluemos a nosotros hoy según esta descripción.

Y así llego a mi último punto acerca de Hechos 2:

La iglesia del Nuevo Testamento es una obra sobrenatural de Dios.

Al leer todas estas características de la iglesia original en los artículos anteriores, el uno u otro lector podría pensar que estoy exagerando: “Eres demasiado radical.” – “Tienes una imagen demasiado idealista.” – “No hay iglesia perfecta.” – “Es imposible que una iglesia cumpla con todos estos puntos.” – “No se puede tomar el libro de Hechos literalmente para nuestros tiempos.”

¿Y por qué no? El hecho es, que la primera iglesia en Jerusalén existió de verdad con todas estas características que hemos descrito. Y en mi Biblia no hay ningún versículo que diga que desde entonces Dios hubiera alterado Su estándar.

En realidad, todos esos comentarios críticos reflejan incredulidad: “¿Realmente habrá dicho Dios …?” – Sí, Dios ha dicho todo lo que citamos de Su palabra hasta ahora, y todavía citaremos más. ¿Cuál es nuestro criterio de la verdad: lo que Dios ha dicho, o lo que pensamos que es humanamente posible? De hecho, la iglesia del Nuevo Testamento nunca es humanamente posible. Estoy consciente de que es humanamente imposible construir una comunidad que corresponda a los criterios bíblicos de lo que es iglesia. Completamente imposible. No se puede edificar una iglesia según el Nuevo Testamento, usando métodos humanos. Donde “sucede iglesia”, siempre se trata de una obra sobrenatural de Dios.

Entonces, en vez de señalar las imposibilidades, una reacción más apropiada consistiría en preguntarnos: ¿Por qué hemos perdido esa obra sobrenatural de Dios? ¿Y cómo volveremos allá? – Y entonces habrá que volvernos a Dios, humillarnos ante Él y buscarle seriamente.
“Si se humillare mi pueblo, sobre los cuales ni nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.” (2 Crónicas 7:14)
Esta promesa es válida también para el pueblo de Dios del Nuevo Testamento.

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 6)

30/08/2016

El Señor añadía nuevos creyentes.

“Y el Señor añadía cada día a la asamblea a los que fueron salvos.” (Hechos 2:47) – Esto contrasta fuertemente con la manera como crecen la mayoría de las congregaciones actuales. En nuestros días, si una congregación crece, casi siempre es porque ellos invitan a “gente nueva” a sus reuniones, porque ellos evangelizan, porque ellos usan alguna “estrategia de crecimiento de la iglesia”. Pero de la primera iglesia dice que “el Señor añadía …”. ¿Vemos el crecimiento de la iglesia como una obra humana, o como una obra divina?

La primera iglesia no realizaba esfuerzos evangelísticos dirigidos específicamente hacia un crecimiento de la iglesia. – Que no me malentiendan en este punto. No estoy diciendo que la primera iglesia no evangelizaba. Claro que lo hicieron. Los apóstoles se dedicaban cada día a anunciar el evangelio públicamente. Y seguramente todo cristiano testificaba del Señor en su vida diaria, en sus encuentros cotidianos con vecinos, parientes, colegas de trabajo, clientes … Pero lo que digo es, que los primeros cristianos no hacían eso con la finalidad específica de “hacer crecer la iglesia”. Mas bien lo hacían por simple obediencia al mandato del Señor de “anunciar el evangelio” y “hacer discípulos”. Tenemos que hacer entonces una pregunta más: ¿Vemos el crecimiento de la iglesia como un fin en sí mismo, o lo vemos como una “añadidura” que llega cuando perseguimos un fin superior: obedecer al Señor y engrandecer Su gloria?

Un detalle particular podemos descubrir en Hechos 5:13: “Y de los demás nadie se atrevía a adherirse a ellos, pero el pueblo los engrandecía.” – Entonces, en particular, no aparecía “gente nueva” donde los cristianos estaban juntos entre sí. En casi todas las congregaciones actuales que tienen metas de “crecimiento”, sus eventos más importantes son las reuniones semanales que llaman “culto” o “servicio”, y que son “semi-públicas”: Son reuniones “de la iglesia”, pero al mismo tiempo intentan atraer a personas que no pertenecen a la iglesia. Así no se puede vivir una genuina koinonía de la iglesia, pero tampoco se puede lograr un gran efecto público. – La primera iglesia no conocía tales reuniones “semi-públicas”. Sus reuniones o eran completamente públicas (la enseñanza de los apóstoles en la plaza), o eran verdaderamente “iglesia” (la comunión de los cristianos entre sí, en las casas). Y en estas últimas, las “reuniones” propias de la iglesia, no se atrevía a entrar nadie que no era cristiano.
¿Por qué no? – La razón debe haber sido la misma por la cual “el pueblo los engrandecía”: Entre los primeros cristianos reinaba un tal ambiente de pureza y santidad, que cualquier persona de afuera debía haberse sentido muy incómodo allí. Alguien que no había nacido de nuevo, debía haberse sentido allí como Pedro se sintió ante el Señor en ocasión de la pesca milagrosa: ” ‘Aléjate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador.’ Porque estaba lleno de espanto …” (Lucas 5:8-9).

Y enseguida dice nuevamente: “Y Dios añadió a más [personas] que confiaron en el Señor, una multitud de varones y mujeres…” (Hechos 5:14) ¿Cómo entonces “se añadían” nuevas personas, si ningún inconverso entraba a las reuniones de los cristianos?
La respuesta más obvia es la que el texto mismo nos da: Dios los traía. Es Dios mismo por medio de Su Espíritu Santo quien obra “convicción de pecado, de justicia y del juicio” (Juan 16:8). Es Dios mismo quien “revela a su Hijo” en quienes Él decide salvar (Gálatas 1:15-16). Es Dios mismo quien hace que una persona nazca de nuevo. Reconozcamos primero y ante todo que la primera iglesia no era una empresa humana; era Dios quien obraba soberanamente en medio de ella.
Eso puede cambiar nuestra perspectiva entera de la iglesia. Si reconocemos a Dios como el autor y dueño de la salvación, le reconoceremos también como Señor y dueño de los “miembros de la iglesia”. No son “nuestros miembros”, no son los miembros de una congregación específica; son propiedad de Dios. Si una congregación habla de “crecimiento de la iglesia” y con eso quiere decir “el engrandecimiento de nuestra propia congregación”, entonces no anda en los caminos del Nuevo Testamento.
Pero por supuesto, Dios usa a instrumentos terrenales, humanos. Como ya mencionamos, los apóstoles anunciaban el evangelio públicamente, y cada cristiano testificaba del Señor en su vida diaria. Entonces, las personas “de afuera” tenían suficientes oportunidades para escuchar el evangelio, sin entrar a una reunión de cristianos.

Otra diferencia notable con los tiempos actuales es que en todo el libro de Hechos no encontramos ningún “llamado evangelístico” al estilo de: “Ven adelante, repite esta oración conmigo, hazte miembro de una iglesia …” (etc.) – Ya hemos visto que las palabras de Pedro en Hechos 2:38, “Arrepiéntanse y háganse bautizar…”, se dirigían solamente a aquellas personas que ya habían sido “atravesados en sus corazones”, y que por sí mismos ya habían preguntado: “¿Qué debemos hacer?” – Sí, los anunciadores del evangelio dijeron a sus oyentes que ellos estaban lejos de Dios y necesitaban volver a Él. Pero si con eso alguien fue tocado por Dios y convencido de su pecado, se esperaba que esa persona viniera por sí misma a buscar a un cristiano, para testificar de su arrepentimiento y para pedir el bautismo. Y así sucedió.
De hecho, así era la práctica de los evangelistas y de los predicadores de avivamiento durante toda la historia de la iglesia, por lo menos hasta la primera mitad del siglo 19. Los “llamados evangelísticos” de la forma como se practican en la mayoría de las iglesias evangélicas hoy en día, son un invento muy reciente. Por eso, las “campañas evangelísticas” actuales producen mayormente conversiones superficiales y falsas, mientras en la primera iglesia prácticamente todas las conversiones eran genuinas.

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 5)

10/08/2016

Perseveraban en partir el pan y comer juntos.

El “partir el pan” era un aspecto tan importante de la comunión que se menciona dos veces en este párrafo corto (Hechos 2:42 y 46). El texto no lo dice explícitamente aquí, pero desde el contexto del entero Nuevo Testamento podemos concluir con bastante seguridad que este “partir el pan” se hacía, como el Señor les había instruido, “en memoria de Él” (Lucas 22:19, 1 Corintios 11:24-25). O sea, lo que Pablo llama también “la cena del Señor” (1 Corintios 11:20). Sin embargo, notamos que en el ambiente de la primera iglesia eso se hacía de una manera bastante diferente de lo que sucede en la mayoría de las congregaciones actuales.

Primeramente, no se trataba de un “ritual” ni de una reunión formal. El “partir el pan” era sinónimo de “comer juntos”. Los cristianos estaban juntos para compartir su comida, y en el marco de esta comida recordaban también la muerte y la resurrección del Señor como Él les había mandado. O sea, la “cena del Señor” era una cena verdadera; no un ritual con una pequeña galletita simbólica.

Notamos también que el “partir el pan” sucedía en la privacidad de las casas; no en reuniones grandes ni formales. Era una parte normal de la koinonía y de la comunión familiar en casas, como lo describimos en los artículos anteriores.

Jesús instituyó la cena del Señor en el contexto de la Pascua judía (Lucas 22:7-20 y paralelas). O sea, la cena del Señor es la continuación natural de la Pascua. Ahora, la Pascua es también una celebración muy familiar. Se reúnen una, dos o quizás tres familias, tantas personas como pueden comer juntos un cordero (Éxodo 12:3-4); y se reúnen en la casa de una de las familias. Cuando llegan a la parte de conmemorar la salida de Egipto, es el padre de la familia quien dirige la celebración, en conversación con sus hijos (Éxodo 12:25-27). Ningún sacerdote, rabino, u otra “persona especial” está presente.

En consecuencia, también la primera iglesia celebraba la cena del Señor en las casas, en familia, y sin que estuviera presente algún “ministro”, “pastor” o “sacerdote”. De hecho, tales cargos no existían en la primera iglesia. La iglesia de Jerusalén fue dirigida primeramente por los apóstoles, y más tarde leemos también de ancianos (Hechos 11:30, 15:2). Pero por el gran número de discípulos era imposible que cada vez estuviera un apóstol presente. Ya que los primeros cristianos eran todos judíos, la conclusión más natural es que también entre ellos eran los padres de las familias quienes asumían la responsabilidad cuando era necesario.

Pasajes como 1 Corintios 11:17-22 y Judas 12 dejan entrever que según la idea original, estas comidas compartidas debían servir también para apoyar a los necesitados: El que tenía mucho, traía mucha comida y compartía con los que tenían poco o nada. Judas llama a estas comidas “ágapes” (la palabra griega para “amor”).
Pero estos mismos pasajes demuestran también que ya en aquellos tiempos, cuando los apóstoles todavía estaban con vida, la mentalidad carnal y egoísta de algunos participantes causaba problemas, por lo menos en algunas congregaciones. Por eso, Pablo recomienda a los corintios en el caso de que estos problemas persistiesen, sería preferible que cada uno coma en su propia casa – o por lo menos aquellos que tenían la costumbre egoísta de comer en la reunión sin compartir con los necesitados.
Parece que esta costumbre de los “ágapes” es como una flor muy delicada que puede florecer solamente en condiciones perfectamente adecuadas para su crecimiento. En la primera iglesia se cumplieron estas condiciones de pureza, santidad y amor fraternal; pero en las décadas siguientes ya comenzaron a deteriorar. Entonces no sorprende mucho que hacia el fin del primer siglo, la gran mayoría de las iglesias ya habían abandonado los “ágapes” por completo. Pero eso era una gran pérdida, porque entonces la cena del Señor comenzó a convertirse en el ritual estéril que sigue siendo hasta hoy en casi todas las iglesias.

En resumen: La iglesia del Nuevo Testamento comía juntos en las casas todos los días, y en ocasión de esta misma comida conmemoraban también la muerte y resurrección del Señor. Éstas eran reuniones familiares; no existían “ministros”, “sacerdotes” o “pastores”. Si surgía una necesidad de que alguien se responsabilice por la buena marcha de una reunión, esta responsabilidad recaía sobre los ancianos o padres de familia, según el precedente judío. Una congregación que enseña que la celebración de la cena del Señor dependa de alguna forma de ministerio sacerdotal, se ha apartado del modelo del Nuevo Testamento.
La comida compartida (ágape) no es un mandamiento explícito, pero está implícito en la forma como Jesús mismo instituyó la cena del Señor. Si una congregación lo encuentra difícil o imposible reunirse para “ágapes”, debe urgentemente examinar su vida espiritual ante Dios.

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 4)

30/07/2016

Estaban juntos diariamente en las casas.

“Y cada día, persistiendo unánimes en la plaza sagrada, y partiendo pan casa por casa, participaban del alimento con regocijo y sencillez de corazón …” (Hechos 2:46)

“En la plaza sagrada” se juntaban ellos para participar de la enseñanza de los apóstoles, como ya explicamos en un artículo anterior. Pero también se juntaban “casa por casa”. Este era el lugar para practicar la koinonía y la edificación espiritual mutua. La comunión en casa fue la forma que persistió cuando ya no era posible enseñar públicamente en la plaza sagrada; y fue la única forma de comunión regular fuera de Jerusalén. (De hecho, a partir del capítulo 7 de Hechos, cuando se levantó una persecución contra la iglesia en Jerusalén, ya no se menciona nada de enseñanzas en la plaza sagrada.) Recordemos una vez más que los cristianos del Nuevo Testamento nunca organizaron estructuras comparables al sistema de las sinagogas. Tampoco construyeron locales de reunión.

El libro de Hechos menciona en diversos pasajes la “casa” como el lugar donde se juntaban las iglesias: 2:2, 5:42, 8:3, 11:11-15, 12:12, 16:31-34, 16:40. En las cartas de los apóstoles leemos, entre otras, de “la iglesia en la casa de Priscila y Aquila” (1 Corintios 16:19), “la iglesia en la casa de Ninfas” (Colosenses 4:15), “la iglesia en la casa de Filemón” (Filemón 2). Gayo es llamado “hospedador mío y de toda la iglesia” (Rom.16:23). Juan dice que a un falso maestro no hay que recibir “en casa” (2 Juan 10). – No existe ningún pasaje donde esta comunión en casas se llamaría simples “células” dependientes de una “iglesia” más grande; siempre se llama “iglesia”. La comunión en casa era la forma normal de “vivir iglesia” en el Nuevo Testamento.

Ahora, este no es simplemente un asunto de “dónde reunirse”. En los idiomas bíblicos, “casa” es equivalente a “familia”. La comunión de la primera iglesia sucedía en el marco de las relaciones en familia. No eran eventos formales de una “institución”.
Podemos incluso suponer que la mayoría de las iglesias en aquel tiempo se originaron con una familia entera que se había convertido al Señor. Conversiones de familias enteras se relatan en Hechos 10:24-48, Hechos 16:31-34, 1 Corintios 16:15.
En consecuencia, en la primera iglesia estaban las familias enteras juntas. No juntaban a los niños aparte o a los jóvenes aparte; tampoco separaban a las mujeres de los varones; tampoco excluían a los esclavos. Podemos concluir esto de las cartas de los apóstoles que fueron escritas para ser leídas a todos los que estaban juntos en las casas. Estas cartas tienen pasajes que se dirigen tanto a padres y madres, esposos y esposas, siervos y amos, como también a jóvenes y niños. (Por ejemplo Efesios 5:21-6:9, Colosenses 3:18-4:1, 1 Juan 2:12-14.)

En la cultura judía de entonces, todo eso era lo más normal del mundo; porque la entera estructura de la sociedad judía se basaba en las familias. El entero pueblo de Israel se originó en la familia de Jacob. Los líderes del pueblo (los ancianos) eran los padres más sabios de las familias, linajes y tribus.
Cuando una congregación pierde esta estructura familiar y se “institucionaliza”, está perdiendo un elemento esencial del cristianismo del Nuevo Testamento. Es trágico que muchas congregaciones actuales ni siquiera saben que esta estructura familiar existía en la primera iglesia; y así tampoco están conscientes de lo que han perdido a lo largo de su historia.

Otro aspecto de la comunión en casa era que allí no podían juntarse demasiadas personas a la vez. Eso es importante para poder practicar la koinonía. Cuando el número de los presentes sobrepasa los veinte a veinticinco personas, se vuelve difícil establecer una relación personal con cada uno; y ya no puede haber oportunidad para que cada uno contribuya a la edificación mutua. Pero para que funcione la koinonía, no puede haber “miembros pasivos”. Como dice Pablo: “Cuando se reúnen, cada uno de ustedes tiene una canción, tiene una enseñanza, tiene algo que Dios le descubrió, tiene un [mensaje en un] lenguaje, tiene una interpretación …” (1 Corintios 14:26) Esta comunión no era como las reuniones de muchas congregaciones actuales donde una sola persona “dirige” o enseña, y los demás escuchan pasivamente. En la iglesia del Nuevo Testamento, todos los miembros contribuían activamente con los dones que Dios les había dado. Obviamente, esto no se puede practicar en una reunión de varios cientos de personas.

Esta koinonía en familia y entre varias familias, es esencial para el crecimiento espiritual. En particular, es importante que cada miembro aprenda a contribuir activamente a la edificación espiritual de los demás. Una congregación que convierte a sus miembros en oyentes pasivos de enseñanzas teológicas, impide su maduración en la fe. La iglesia del Nuevo Testamento anima y desafía a cada miembro a poner en práctica su fe.
También, la iglesia del Nuevo Testamento respeta y defiende la estructura de la familia. No separa a sus miembros por edades ni según otros criterios. En cambio, fortalece la unidad de los miembros de la familia entre sí: la unión matrimonial; las relaciones entre padres e hijos; la responsabilidad de los padres de educar ellos mismos a sus hijos (en vez de delegar esta tarea a agentes externos como escuelas e iglesias).

– Podemos preguntarnos por qué los primeros cristianos estaban juntos diariamente. En los capítulos posteriores de Hechos y en las cartas de los apóstoles ya no encontramos ningún testimonio acerca de la frecuencia de estar juntos, ni mucho menos una “ley” de reunirse diariamente. Pero los primeros cristianos amaban tanto al Señor, y se amaban entre ellos, que deseaban estar juntos todos los días. Cuando disminuye esta unión íntima con el Señor, también disminuye el deseo de juntarse con otros hermanos.
Entonces, una congregación no puede mejorar su vida espiritual con simplemente incrementar el número de sus reuniones. Al contrario, es una señal de pobreza espiritual cuando un líder piensa que tiene que amonestar a sus hermanos: “¡Tienen que asistir a todas las reuniones de la iglesia!” Cuando el deseo de estar juntos no fluye naturalmente desde los corazones de los hermanos, eso señala que varias cosas no están bien en su vida espiritual, o en la manera como funciona la congregación. Sería mejor entonces que cada uno (¡y más que todo los líderes!) busque al Señor y se examine a sí mismo: ¿Qué me falta para ser una “persona del Nuevo Testamento”? ¿Y qué le falta a nuestra congregación para que vuelva a ser una iglesia del Nuevo Testamento?

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 3)

23/07/2016

Persistían en la comunión unos con otros.

La palabra griega para “comunión” es “koinonía”, y es una palabra realmente “grande”. Entre otros, incluye los siguientes aspectos:

Una relación personal de profunda comprensión e identificación. – Entre dos cristianos verdaderos hay una profunda comprensión espiritual, porque es el mismo Espíritu Santo que vive en ambos. Pueden animarse mutuamente en su vida espiritual, y ayudarse mutuamente a comprender mejor los asuntos de Dios. Esta edificación mutua no está limitada a “reuniones religiosas”; puede suceder espontáneamente cada vez que se encuentran dos cristianos verdaderos, aunque sea en la calle, en su lugar de trabajo, o en otro lugar.
El Espíritu Santo obra también la capacidad de identificarse con las alegrías, los problemas y los sufrimientos de otros cristianos: “Y cuando un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y cuando un miembro recibe gloria, todos los miembros se alegran con él.” (1 Corintios 12:26) “Alégrense con los que se alegran, y lloren con los que lloran.” (Romanos 12:15) – Esta clase de comunión requiere transparencia y sinceridad: “Pero si andamos en la luz, como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros …” (1 Juan 1:7) Así dice también de los primeros cristianos que su comunión era en “sencillez del corazón” (Hechos 2:46). O sea, ellos se relacionaban los unos con los otros sin fingir. No pensaban una cosa y decían otra. No aparentaban ser algo que no eran.
¿Conoces las alegrías, las aspiraciones, los anhelos profundos, las dificultades personales, de los cristianos con quienes te juntas? ¿Y conocen ellos estas cosas de ti? ¿Te involucras en las vidas personales de tus hermanos cristianos para animar, edificar, orar por ellos, ayudar, aconsejar? ¿Tus hermanos cristianos se involucran de la misma manera en tu vida?
Si queremos medir la vida espiritual de una congregación, una de las pruebas más reveladoras es evaluar la calidad de las relaciones personales entre los miembros. ¿Existe esta comunión transparente y sincera, esta identificación genuina con la vida del hermano, esta edificación espiritual mutua? ¿O predominan las relaciones “institucionales”, las que existen solamente para colaborar juntos para los fines de la institución religiosa, sin que exista un amor genuino entre los “hermanos”? – En muchas congregaciones actuales, los miembros se llaman “hermanos” los unos a los otros, pero en realidad nunca tienen la misma confianza con estos “hermanos” que con sus hermanos según la carne. Son miembros de la misma institución religiosa, pero no pueden comunicarse con transparencia porque no son hermanos en el Espíritu. En este caso, el nombre de “hermano” se usa sólo por hipocresía, pero no expresa ninguna realidad; y la mayoría de los miembros de tales congregaciones muy probablemente nunca nacieron de nuevo.

Tiene su origen en una relación de la misma calidad con el Señor Jesús mismo. – Toda koinonía espiritual entre cristianos fluye de la relación personal que cada uno de ellos tiene con el Señor Jesús. Un cristiano puede amar a su hermano porque el Señor le ama a él (1 Juan 4:10-11), y porque ama al Señor que vive en el hermano. Puede consolar a su hermano porque el Señor le consoló a él (2 Corintios 1:3-6). Puede edificar a su hermano con los dones que el Señor le dio a él (1 Pedro 4:10-11).
La relación que el Señor desea tener con nosotros es tan profunda que Pablo puede escribir: “…(deseo) conocerle, y el poder de su resurrección, y la koinonía de sus sufrimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos.” (Filipenses 3:10-11). Pablo está hablando aquí no solamente de “saber” acerca de los sufrimientos de Cristo, o de “imaginarse” Sus sufrimientos. ¡Está hablando de sus propios sufrimientos por Cristo! No olvidemos que Pablo escribió esta carta desde la cárcel donde estaba preso por haber anunciado el evangelio. Así escribe también a los filipenses: “Porque a ustedes les fue dado por gracia a causa del Cristo, no solamente creer en él, sino también sufrir por él, teniendo la misma lucha como la han visto en mí …” (Filipenses 1:29-30). La identificación con Cristo puede incluir nuestro propio sufrimiento por Él. Y esta fue la identificación que existía también entre los primeros cristianos. Aquí otro ejemplo: “Saluden a Priscila y a Aquila, … que expusieron su vida por mí …” (Romanos 16:3-4).
¿Cuál es la medida de tu koinonía con Cristo y con tus hermanos cristianos?

Es compartir los dones espirituales que cada uno recibió del Señor. – Ya mencionamos que la edificación espiritual mutua es una parte importante de la koinonía. Así leemos por ejemplo en 1 Corintios 14:26, Efesios 5:18-19, Colosenses 3:16, 1 Pedro 4:10-11. Sus reuniones no consistían en escuchar pasivamente una “prédica”. Al contrario, sus reuniones se basaban en las contribuciones espirituales de todos los presentes.

Incluye también compartir la vida diaria y bienes materiales. – Volviendo a Hechos 2, leemos en el verso 46 que los primeros cristianos estaban juntos diariamente en las casas alrededor de una comida común. O sea, no tenían reuniones especiales en un lugar dedicado exclusivamente para este propósito. Estaban juntos en medio de su vida cotidiana, y compartían esta vida cotidiana los unos con los otros. Esto es también una expresión de las relaciones transparentes que los primeros cristianos tenían entre ellos. Si tengo una relación de confianza con mi hermano, no hay necesidad de esconder ante él cómo llevo mi vida diaria en mi propia casa.
En una iglesia institucionalizada que se reúne un un lugar “especial” en tiempos especiales, es demasiado fácil aparentar una espiritualidad que en realidad no existe. Los miembros nunca llegan a conocer la vida de sus hermanos tal como es en verdad. Los líderes en particular pueden esconderse detrás de una “apariencia de púlpito”. Así es demasiado fácil que un impostor, un mentiroso, un fornicario, un ladrón, un estafador, un incrédulo llegue a ocupar un puesto de liderazgo – y eso es lo que efectivamente sucede en muchas congregaciones. Una congregación que no conoce la koinonía en la vida cotidiana en las casas y familias de sus miembros (y líderes), se encontrará muy pronto muy lejos del Nuevo Testamento.

Notemos que hay una diferencia entre “tener reuniones” y “estar juntos”. De hecho, la palabra “reunión” ¡no aparece ni una sola vez en Hechos 2! Cuando hablamos de “reuniones”, ponemos el énfasis en el “evento”, o sea, algo abstracto. Pero cuando hablamos de “estar juntos”, ponemos el énfasis en las personas: “¡Quiero ir a casa de fulano para tener comunión con él!” Si queremos volver a la iglesia del Nuevo Testamento, tendremos que tener que cambiar toda esta mentalidad institucionalizada de “tener reuniones”. En su lugar, tendremos que empezar a pensar en términos de “estar juntos”.

Leemos además que “tenían en común todas las cosas, y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno.” (Hechos 2:44-45)
En las cartas de los apóstoles ya no se menciona el “tener en común todas las cosas”; eso parece haber sido una característica especial de la primera iglesia en Jerusalén. Pero en todas las iglesias se enfatizaba la ayuda mutua, la generosidad, la hospitalidad, y la ayuda a los pobres entre ellos:

“En las necesidades de los santos participen (tengan koinonía), persigan la hospitalidad.” (Romanos 12:13)
“Solamente que nos acordemos de los pobres; lo que también hice diligentemente.” (Gálatas 2:10)
“Según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.” (Gálatas 6:10)
“El que robaba, no robe más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que sufre necesidad.” (Efesios 4:28)
“Alójense los unos a los otros sin murmuraciones.” (1 Pedro 4:9)
“Pero el que tiene los bienes del mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra su corazón ante él, ¿cómo permanece el amor de Dios en él?” (1 Juan 3:17)

Esos no eran “programas de ayuda social” institucionalizados. Los primeros cristianos no eran motivados por alguna obligación humanitaria, ni por la necesidad de “desarrollo comunitario”. Su motivación era la conciencia de que todos ellos formaban una gran familia extendida. Por eso, Gálatas 6:10 habla de la “familia de la fe”. En una familia es natural que sus miembros se ayudan unos a otros en sus necesidades. Y en los tiempos antiguos, cuando las familias estaban todavía más sanas que hoy en día, esta ayuda mutua incluía a los miembros de la familia extendida (abuelos, tíos, primos, etc.). Como ya mencionamos, si los primeros cristianos se llamaban “hermanos”, eso no era solamente un “título” o una fórmula de cortesía; era una realidad. Esta realidad se expresaba también en la ayuda material para los necesitados entre ellos.
Cuando la ayuda mutua se convierte en “ayuda social” institucionalizada, se pierde este elemento relacional y familiar que era el punto fuerte de la primera iglesia. No es lo mismo si doy apoyo a mi hermano fulano que conozco personalmente, o si doy una “ofrenda” a una institución impersonal que la usa para (quizás) beneficiar a extraños que no conozco.

La calidad de la “koinonía” sincera y transparente es un indicador de cuánto o cuán poco tiene una congregación en común con la iglesia del Nuevo Testamento.

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 2)

10/07/2016

Unas notas acerca del “templo”:

Varias veces en el Nuevo Testamento dice que Jesús o los apóstoles “enseñaban en el templo”. ¡Eso no tiene nada que ver con lo que las congregaciones actuales llaman sus “templos”! En el transcurso de la historia de la iglesia, esta palabra ha llegado a significar algo muy diferente de lo que significaba en los tiempos bíblicos. Tenemos que estudiar el significado bíblico de “templo” para entender correctamente estos pasajes.
El libro de Deuteronomio contiene muchas leyes acerca de lo que los israelitas debían hacer, una vez que habían entrado a la tierra prometida. Una de esas leyes dice que Dios iba a escoger un único lugar donde debían ofrecer sus sacrificios. (Deut.12:4-7.11-14) Este lugar iba a ser el templo en Jerusalén. (Vea 1 Reyes, capítulo 8.) Este es entonces el único lugar en toda la tierra que puede legítimamente llamarse “templo de Dios”; porque Dios mismo dijo que no podía haber otro.
El templo consistía en un edificio central relativamente pequeño, y una plaza espaciosa alrededor (el “atrio”). (Para ser más exacto, el templo tal como existía en los tiempos de Jesús tenía varios atrios.) En el Nuevo Testamento, en el original griego, hay dos palabras distintas que la mayoría de las traducciones bíblicas traducen indistintamente como “templo”; pero en realidad tienen significados ligeramente distintos:

“Naós” significa la “casa” misma del templo, el edificio central. Esta casa contenía el “lugar santo” y el “lugar santísimo”, donde se encontraban diversos objetos simbólicos como el candelero de oro, los panes expuestos, el altar de incienso, y (en el lugar santísimo) el arca del pacto. (Vea Éxodo 40 acerca del tabernáculo en el desierto; el mismo diseño se repitió posteriormente en el templo.)
El “naós” no era entonces ningún lugar de reunión. Su único propósito era que allí los sacerdotes sirvieran a Dios, manteniendo los panes espuestos y las luces del candelero de oro que se encontraban allí (Lev.24:1-9), y ofreciendo sacrificios de incienso (Éxodo 40:26-27). En consecuencia, ninguna persona común podía entrar al “naós”, solamente los sacerdotes de turno.

“Hierón” se deriva de “hierós” (sagrado), entonces significa literalmente “santuario” o “lugar sagrado”. En el Nuevo Testamento, esta palabra describe el área entera del templo, y particularmente los atrios. Entonces se causan malentendidos si traducimos “hierón” con “templo”. Recibimos una impresión más correcta si traducimos “hierón” con “plaza sagrada”.
Tres veces al año, todo el pueblo de Israel tenía que viajar a Jerusalén para las grandes fiestas de Dios (Levítico cap.23). En esos días, la plaza sagrada se llenaba de gente y de animales para los sacrificios, que llegaban de todas las partes del país. – Durante todo el año, la plaza sagrada servía también como lugar de oración; y además como plaza de mercado.

Durante muchos siglos de su historia, el pueblo de Israel no conocía reuniones locales de enseñanza o de lectura bíblica como lo tienen la mayoría de las congregaciones cristianas actuales. Sus actividades religiosas (oración, lectura bíblica, sacrificios, etc.) se concentraban en dos lugares: En el ambiente privado de su propia familia y hogar, y en la plaza sagrada de Jerusalén al aire libre.
Solamente después de que regresaron de la cautividad babilónica, comenzaron a surgir las sinagogas como locales de reunión, y los rabinos que enseñaban allí. Esta es la institución que más se asemeja a las congregaciones cristianas de la actualidad con sus “pastores”. Pero tenemos que notar que las sinagogas y los rabinos no fueron instituidos por Dios, y no se mencionan en ninguna parte del Antiguo Testamento. Son un invento humano que no estaba provisto por la palabra de Dios.

Cuando la Biblia dice que Jesús o los apóstoles “enseñaban en el templo”, siempre usa la palabra “hierón” (plaza sagrada o “atrio”). Ellos nunca entraron al “naós”, puesto que no eran sacerdotes levíticos.
Esto sucedía solamente en Jerusalén, porque como ya mencionamos, no podía existir un “templo de Dios” en ningún otro lugar. Este templo no era ningún edificio cristiano. Era un edificio judío, y los primeros cristianos se reunían y enseñaban allí porque todos ellos eran judíos. Pero la mayoría de los judíos no seguían a Jesús. Entonces, la mayoría de las personas que se encontraban allí en la plaza sagrada, no eran cristianos. Lo que los apóstoles hacían allí, no se puede comparar con los “cultos” o “servicios” de las congregaciones actuales. Era más comparable con lo que hoy llamaríamos “evangelización al aire libre”.

Además tenemos que entender que el templo pertenecía al orden del Antiguo Testamento. En el año 70, unos cuarenta años después de la muerte y resurrección de Jesús, los romanos destruyeron el templo completamente. Eso fue una señal clara de Dios, de que el tiempo del Antiguo Testamento había pasado. El templo no volvió a edificarse hasta hoy.
Los primeros cristianos tampoco construyeron “templos” ni “sinagogas”. Afuera de Jerusalén, ellos se reunían siempre en sus propias casas, o (mientras no estaban perseguidos) en lugares públicos. Todavía al inicio del siglo 3, un apologista cristiano escribe: “No tenemos templos ni altares.” (Minucio Félix, “Octavio”, capítulo 32)

En resumen: La “enseñanza de los apóstoles” sucedía públicamente, al aire libre, accesible para todos; y no en reuniones formales. – Además existían las reuniones en casa, de las que hablaremos en otra oportunidad.

Características de la primera iglesia en Hechos 2 (Parte 1)

29/06/2016

Hemos visto qué clase de personas integraban la primera iglesia: Personas nacidas de nuevo por el Espíritu Santo, que habían experimentado una profunda convicción de su pecado, se habían arrepentido y convertido a Jesucristo, habían enterrado a su “hombre viejo” en el bautismo y habían recibido por fe al Espíritu Santo, y así se habían convertido en “hombres nuevos”.

Ahora veamos qué clase de vida y comunión cristiana produjo la asamblea de tales personas.

“Y persistían en la enseñanza de los apóstoles y en la comunión y en el partir del pan y en las oraciones. Y vino temor sobre toda alma, y muchos milagros y señales sucedían por los apóstoles. Y todos los que confiaban estaban juntos y tenían todo en común, y vendían sus posesiones y pertenencias y las repartían a todos según alguien tenía necesidad. Y cada día persistían unánimes en la plaza sagrada y partían pan casa por casa, y participaban del alimento con regocijo y sencillez de corazón; alababan a Dios y tenían el favor de todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la asamblea a los que fueron salvos.” (Hechos 2:42-47)

Tengamos presente que todo esto fluía de manera natural desde la nueva vida en Cristo que los miembros de la primera iglesia habían recibido. Entonces, si deseamos “volver a lo que era en el principio”, no ayudaría mucho si intentáramos hacer todo igual como lo hacían los primeros cristianos. Ellos no seguían un recetario con instrucciones de cómo vivir la comunión cristiana. Ellos vivían según lo que el Espíritu Santo hacía crecer en ellos. Que sea entonces nuestra meta, alcanzar personalmente la misma vida espiritual como ellos. Eso producirá por sí mismo una comunión cristiana similar a aquella de los primeros cristianos.

Por el otro lado, sí podemos usar la descripción en Hechos 2 como una medida de evaluación: ¿Cuán cerca, o cuán lejos, estamos de la vida de los primeros cristianos? – Ese o aquel grupo que se llama “iglesia cristiana”, ¿cuánto (o cuán poco) tiene en común con el primer modelo de la iglesia en el Nuevo Testamento? “Por sus frutos los conoceréis.”

Persistían en la enseñanza de los apóstoles.

Esto significa primeramente, que recibían enseñanza de los apóstoles con mucha frecuencia. (Según el verso 46, puede haber sido diariamente.) Seguramente los nuevos cristianos anhelaban enterarse de todo lo que Jesús había dicho y hecho. Pero todavía no existía ningún libro escrito acerca de eso. Por eso era muy importante escucharlo de la boca de los apóstoles y otros discípulos que habían estado con Jesús.
– Se sobreentiende que los apóstoles no inventaron sus propias enseñanzas. Jesús los había comisionado personalmente y les había encargado: “… enséñenles a guardar todas las cosas que yo les he mandado…” (Mateo 28:20) – También el Espíritu Santo les iba a enseñar conforme a lo que Jesús les había hablado: “Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él les enseñará todas las cosas, y les recordará todo lo que les he dicho.” (Juan 14:26) – “… él dará testimonio de mí.” (Juan 15:26) – Entonces, los apóstoles dieron testimonio de lo que Jesús les había enseñado, y de lo que el Espíritu Santo seguía enseñándoles. No inventaron “prédicas” según sus propios antojos.

Pero cuando dice que los primeros cristianos “persistían en la enseñanza”, eso significa también: Ellos la ponían en práctica; y no se apartaron de ella ni la alteraron.

Posteriormente, los apóstoles (o sus ayudantes) escribieron sus enseñanzas, guiados por el Espíritu Santo. Estos son los libros que tenemos en nuestro Nuevo Testamento. Es por medio del Nuevo Testamento que la iglesia de todos los tiempos puede acceder a la enseñanza de los apóstoles aun hoy en día, muchos siglos después.

Aquí tenemos un criterio importante para distinguir la iglesia del Nuevo Testamento: La iglesia del Nuevo Testamento se fundamenta sobre la enseñanza de los apóstoles, tal como la encontramos en los escritos del Nuevo Testamento. Esta enseñanza tiene mayor importancia y autoridad que las palabras o enseñanzas de cualquier cristiano o líder contemporáneo. Donde se imponen las enseñanzas y prácticas de una tradición eclesiástica particular, o las enseñanzas y prácticas de algún líder, por encima de las enseñanzas originales de los apóstoles, allí no está la iglesia del Nuevo Testamento. Una congregación que con sus palabras o sus hechos invalida lo que enseña el Nuevo Testamento, no es iglesia del Nuevo Testamento.

Señales del nuevo nacimiento

16/06/2016

Hemos visto que la primera iglesia consistía en personas que habían cambiado sus vidas de manera radical, que nacieron de nuevo por el Espíritu Santo, y pusieron sus vidas bajo la autoridad de Jesucristo como Señor y Rey. Veremos algunas señales que caracterizan a las personas nacidas de nuevo:

El testimonio interno del Espíritu Santo, de ser hijo de Dios. – “Porque todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. Porque ustedes no recibieron un espíritu de esclavitud para tener miedo otra vez, sino que recibieron un espíritu de adopción, por el cual llamamos: “¡Abba, oh Padre!” El Espíritu mismo testifica junto con nuestro espíritu que somos niños/hijos de Dios.” (Romanos 8:14-17)
“Porque ustedes todos son hijos de Dios por medio de la fe en el Cristo Jesús. Porque todos los que fueron bautizados en el Cristo, fueron vestidos del Cristo. (…) Y porque son hijos, Dios comisionó y envió al Espíritu de su Hijo en sus corazones, el que grita: ‘¡Abba, oh Padre!’ ” (Gálatas 3:26-27, 4:6)

El que ha nacido de nuevo, tiene dentro de sí esta confianza como de un niño: “Dios es mi Padre. El me ha adoptado y recibido como Su hijo.”
No es fácil describir en qué exactamente consiste este “testimonio del Espíritu Santo”. No es (normalmente) una experiencia extraordinaria como una visión o una voz del cielo. (Tales experiencias aun pueden ser falsificaciones desde el mundo espiritual maligno, para dar una falsa seguridad a alguien que no ha nacido de nuevo.) Pero tampoco es un producto de la mente propia o de la imaginación propia. No es como en algunos lugares dicen a los nuevos convertidos: “Ahora simplemente tienes que creer que eres un hijo de Dios.” – No, el testimonio del Espíritu Santo es una seguridad interior que Dios mismo coloca dentro de Sus hijos. El que tiene este testimonio dentro de sí, sabe que esto viene de Dios, no de su propia mente. El que lo ha experimentado, sabe de qué estoy hablando.

“Hambre y sed” de las cosas de Dios. – Pedro escribe: “… Como bebés recién nacidos, anhelen la leche lógica (o: de la palabra), no adulterada, para que por medio de ella crezcan hacia la salvación, si es que saborearon que el Señor es bondadoso.” (1 Pedro 2:2-3)
Para un bebé nacido de nuevo, es lo más natural clamar por leche. A un bebé no hay que persuadirlo ni obligarlo a tomar leche; lo hace por sí mismo. Excepto si tiene una enfermedad grave. De la misma manera, para un cristiano nacido de nuevo es lo más natural, clamar por Dios. El contexto de la cita arriba habla principalmente acerca de la palabra de Dios (vea 1:23-25). El que ha nacido de nuevo, tiene un deseo natural de escuchar y leer lo que Dios le dice.
Podemos entender con “leche” también algunas otras cosas: la comunión con Dios en la oración; la comunión con otros cristianos; y todo lo que podemos hacer para servir a Dios. Un cristiano nacido de nuevo tendrá un deseo natural por estas cosas.
En muchas congregaciones que se llaman “cristianas”, observé que sus miembros no tenían muy  poco deseo de leer la Biblia por sí mismos. En algunas congregaciones, a sus líderes les pareció necesario controlar la asistencia de los miembros a las reuniones; y les imponían el “deber” de asistir a todas las reuniones. Estas son señales de que los miembros en su mayoría no han nacido de nuevo (y probablemente los líderes tampoco). Son como bebés que no tienen ningún deseo de tomar leche.
A ninguna madre se le ocurriría en este caso, obligar a su bebé con amenazas o con golpes a que tome leche. En cambio, lo examinará o lo llevará al médico, para descubrir cuál es la causa de su falta de apetito, y para curar su enfermedad. De la misma manera, si un supuesto cristiano no tiene hambre y sed espiritual, hay que examinar en qué estado se encuentra su relación con Dios. Probablemente se descubrirá que nunca ha nacido de nuevo, y por tanto no es ningún cristiano en el sentido del Nuevo Testamento. O quizás nació de nuevo, pero sufre de alguna enfermedad espiritual grave – por ejemplo que no quiere obedecer a Dios en algún asunto importante, y por tanto no tiene ninguna relación de confianza con Él.

Amor a los hermanos cristianos. – En la primera carta de Pedro leemos en el mismo contexto, unos cuantos versículos antes: “Ya que ustedes han purificado sus almas por la obediencia de la verdad, por el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, de corazones limpios ámense unos a otros intensamente, ya que nacieron de nuevo …” (1 Pedro 1:22-23)
Notemos el orden de las cosas: Pedro no dice: “Para ser purificados (resp. para nacer de nuevo), tienen que amarse unos a otros.” – Mas bien dice: “Puesto que ustedes ya son purificados y nacieron de nuevo, ámense ahora unos a otros con el amor fraternal no fingido que Dios ya les ha dado.” El amor fraternal y el corazón puro no son cosas que un cristiano tuviera que buscar con muchos esfuerzos pesados. Son cosas que Dios ya puso dentro de él con el nuevo nacimiento. Entonces, si uno encuentra estas cosas dentro de sí, puede concluir con bastante seguridad que ha nacido de nuevo – y si no, tiene que suponer que no ha nacido de nuevo.

Dos puntos me parecen importantes aquí:

– El amor fraternal es sin fingir. Entonces no se refiere a las sonrisas y los abrazos después de una reunión. El amor no fingido actúa para el bien de su hermano, sin intenciones ocultas y sin preocuparse por lo que los demás pueden ver o pensar. Un corazón puro no aparenta algo que no es; es abierto y transparente. Esto se expresa no siempre en “amabilidad”. El amor no fingido puede también de vez en cuando decir: “Mi hermano, ¡estás muy mal en esto!” – si es para su bien decirlo.

– El amor fraternal cristiano no es lo mismo como el amor al prójimo en general. El amor fraternal cristiano se basa en un “parentesco espiritual”: el Espíritu Santo que vive en mí, corresponde al Espíritu Santo que vive en mi hermano.
Charles Finney ha descrito muy bien esta distinción en sus “Exposiciones sobre avivamiento”:

“Dios ama a todos los hombres con amor benevolente, pero El no siente un amor agradable hacia aquellos que no están viviendo vidas santas. Los cristianos de la misma manera no podemos mostrar un amor agradable unos a otros si no en proporción a nuestra santidad. Si el amor cristiano es el amor por la imagen de Cristo en su gente, entonces nunca puede estar activo excepto donde esa imagen exista. Una persona debe reflejar la imagen de Cristo y mostrar el Espíritu de Cristo, antes que otros cristianos podamos amarlo con un amor deleitoso.
Es en vano pedir a los cristianos que nos gocemos el uno en el otro cuando no somos espirituales. No encontramos nada en el otro que produzca este amor. ¿Cómo podríamos (en este estado) sentir algo diferente hacia el otro de lo que sentimos por los pecadores? Por saber que ellos pertenecen a la iglesia (…) no se producirá amor cristiano – a menos que veamos en ellos la imagen de Cristo.”

En algunas congregaciones se reprocha a los cristianos su “falta de amor” cuando desaprueban los pecados de los otros miembros (o de los líderes). Pero esta situación podría, al contrario, ser una indicación de que los otros miembros no nacieron de nuevo. Un cristiano no puede sentir amor fraternal por alguien que vive en pecado y no se arrepiente.

El que ha nacido de nuevo, no vive en pecado.

“Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la semilla de Dios permanece en El; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.” (1 Juan 3:6-9)

Algunos de los que se llaman cristianos, no quieren creer que esto está escrito en la Biblia. Se han acostumbrado a decir: “Todos somos pecadores.” ¡En realidad no existe ningún pasaje del Nuevo Testamento donde los cristianos son llamados “pecadores”! Los cristianos verdaderos son “creyentes”, “justos”, “santos”.

Quizás sea necesario aclarar un posible malentendido acerca de 1 Juan 3:9. Si Juan dice “…no puede pecar”, él no quiere decir que un cristiano no podría nunca más cometer un pecado. El sabía bien que aun los cristianos cometen de vez en cuando un pecado. Por eso escribe un poco antes: “Y si alguien hubiera pecado, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesús el Cristo, el justo” (1 Juan 2:1). Pero para que a nadie se le ocurra pensar que esto es lo normal, él escribe en el mismo versículo: “Hijitos míos, estas cosas les escribo para que no pequen.
O sea, el caso normal es que el cristiano no peca. En el verso 9, en el original griego, el verbo está en la forma del presente continuo, que se traduciría más literalmente: “…no puede pecar continuamente”, o: “…no puede vivir en pecado”. De vez en cuando sucede que un cristiano comete un pecado. Pero entonces su conciencia reacciona, y el cristiano se arrepiente de su pecado, lo confiesa y lo arregla ante Dios y ante los hombres afectados. Si alguien puede pecar y no le importa mucho; o si alguien no está dispuesto a renunciar a algún pecado en particular; o si alguien peca aun estando consciente de que es pecado – éste no es cristiano, según las palabras del apóstol Juan.

Pablo escribe algo parecido:

“¿O no saben ustedes que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se engañen: Ni fornicarios, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni los que se acuestan con hombres, ni ladrones, ni codiciosos, ni borrachos, ni groseros, ni asaltantes heredarán el reino de Dios. Y algunos eran tales. Pero fueron lavados, fueron santificados, fueron justificados en el nombre del Señor Jesús y en el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Corintios 6:9-11)

En la vida de un cristiano hay claramente un “antes” y un “después”. Algunos de los corintios eran “antes” pecadores obvios de una de las categorías mencionadas. Pero el verbo está en el tiempo pasado (“eran”). Esto significa que ahora ya no lo son. Fueron liberados del pecado. Si alguien no experimentó este “antes” y “después” en su vida, no es un cristiano según las palabras del apóstol Pablo.

Para un cristiano verdadero, este mensaje no es “perfeccionismo” ni una “carga pesada”. Al contrario, es un mensaje de liberación: En Cristo, ¡es posible ser libre del pecado! ¡Cristo es “poderoso para guardarles sin caída” (Judas 24)!

La iglesia del Nuevo Testamento consiste en personas nacidas de nuevo por el Espíritu Santo, que muestran las señales arriba mencionadas:
– Tienen dentro de sí el testimonio del Espíritu Santo, de que son hijos de Dios.
– Tienen hambre y sed de las cosas de Dios.
– Tienen amor fraternal por sus hermanos que nacieron de nuevo igual que ellos.
– No viven en pecado.
En cada congregación que se ha apartado de los patrones del Nuevo Testamento, éste es el primer punto que debe arreglarse: Sus miembros (y líderes) necesitan nacer de nuevo. Mientras no suceda esto, no tiene sentido hablar de actividades, o de estructuras de liderazgo, o de la forma de reunirse, etc. Para ser iglesia del Nuevo Testamento, ¡primero tenemos que ser “personas del Nuevo Testamento”!

El gran comienzo de la iglesia (Hechos 2)

07/06/2016

(Pedro dijo): ‘… Entonces sepa todo el pueblo de Israel con seguridad que Dios lo hizo Señor y Ungido, a este Jesús al que ustedes crucificaron.’
Al escucharlo, sus corazones fueron traspasados con dolor, y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ‘¿Qué haremos, varones hermanos?’
Y Pedro les dijo: ‘Cambien vuestra mente radicalmente, y cada uno de ustedes se haga bautizar en el nombre de Jesús el Cristo para el perdón de los pecados, y recibirán el regalo del Santo Espíritu. Porque para ustedes es la promesa y para vuestros hijos/niños y para todos los que están lejos, a cuantos el Señor nuestro Dios hará venir a él.’ Y con otras muchas palabras adicionales testificaba solemnemente y los animaba: ‘Déjense salvar de esta generación torcida.’ Entonces ellos aceptaron con gusto su palabra y se hicieron bautizar; y en aquel día Dios añadió alrededor de tres mil almas.”
(Hechos 2:36-41)

Veremos algunas características de la primera iglesia, como aparecen en este pasaje.

La iglesia del Nuevo Testamento consiste en cristianos nacidos de nuevo.

Esta es la característica que distingue a la iglesia del Nuevo Testamento de todas las organizaciones, instituciones y agrupaciones de este mundo. Observemos bien cómo obró Dios para juntar a la primera iglesia:

Primero, envió al Espíritu Santo sobre los ciento veinte discípulos reunidos. (Hechos 2:1-6.) Esto sucedió con señales visibles y audibles, de manera que la gente de Jerusalén fue obligada a reconocer que se trataba de una obra de Dios.

Después, a raíz de las explicaciones y anuncios de Pedro, muchas personas presentes fueron convencidos de su pecado y de su necesidad de salvación: “Al escucharlo, sus corazones fueron traspasados con dolor, y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué haremos, varones hermanos?” (Hechos 2:37) – En este momento, el Espíritu Santo estaba haciendo Su obra en los oyentes, como prometió Jesús en Juan 16:8: “Y cuando él (el Espíritu Santo) venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio …”
¿En qué exactamente consiste la convicción del pecado? – Jesús sigue diciendo: “De pecado, porque no creen en mí.” (Juan 16:9) – “Creer en Jesús” es mucho más que solamente creer que Él alguna vez vivió y murió por nosotros. Es mucho más que solamente estar intelectualmente de acuerdo con que Jesús es el Hijo de Dios. En el día de Pentecostés, Pedro (dirigido por el Espíritu Santo) confrontó a sus oyentes con dos puntos específicos:

1. “A éste (Jesús) tomaron ustedes por mano de los que viven sin ley, y lo eliminaron clavándolo en la cruz.” (Hechos 2:23)

2. “Entonces sepa todo el pueblo de Israel con seguridad que Dios lo hizo Señor y Cristo, a este Jesús al que ustedes crucificaron.” (Hechos 2:36)

Entonces, primero, el Espíritu Santo responsabilizó a los presentes de la muerte de Jesús. Eso era una acusación bastante escandalosa, porque éstas no eran las mismas personas como las que habían gritado con los sacerdotes: “¡Crucifícale, crucifícale!”. Al contrario, tenemos que suponer que entre los tres mil de Pentecostés había muchos que antes ya habían seguido a Jesús y habían escuchado sus palabras. (Nos recordamos que en una oportunidad Jesús alimentó a cinco mil personas, que todas habían venido para escucharle.) Éstos no eran los seguidores de los escribas y sacerdotes. Entonces, pensando de manera humana, muchos de ellos hubieran tenido razón de protestar: “¡Pero yo no estuve de acuerdo con que le crucifiquen!”
Sin embargo, la palabra “traspasó sus corazones”. Dios les mostró que en cierto sentido, todos ellos sí eran culpables de la muerte de Jesús. Jesús había muerto por los pecados de todo el mundo, los tuyos y los míos. Entonces, si tú y yo no hubiéramos pecado, Jesús no hubiera tenido que morir.
La convicción del pecado que obra el Espíritu Santo, cala mucho más hondo que una ocasional “mala conciencia” por haber dicho una mentira, o por haber tratado mal a alguien. El Espíritu Santo te hace ver que cada uno de estos “pecados pequeños” te hace culpable de la muerte de Jesús.

¿Hubo un momento en que esta convicción terrible llegó a tu vida? ¿El Señor ya te abrió los ojos para que veas la conexión entre tu pecado y la muerte de Jesús?

El punto 2 está relacionado con la resurrección de Jesús. (Vea los versos anteriores, Hechos 2:30-35). Pero no lo hace a manera de un consuelo superficial: “Gracias a Dios, ahora todo está bien otra vez.” Al contrario, la resurrección de Jesús revela otra verdad tremenda y espantosa para los oyentes: Ahora está demostrado que Jesús es efectivamente el Señor, el Mesías prometido, el Rey del universo. No fue un inocente cualquiera que estaba colgado en la cruz; fue el Rey y Señor al que todos debemos lealtad y obediencia. No solamente hemos hecho caso omiso a Su gobierno; ¡le hemos traicionado y matado!

No extraña entonces que los oyentes de Pedro estaban atormentados hasta lo más profundo de sus corazones. Eso no era asunto de una “pequeña decisión” de unirse a un grupo religioso, o de “decir una oración de entrega”. Estas tres mil personas se vieron en ese momento ante el trono de la suprema Majestad, acusados de alta traición. Quizás no se nota al leer el texto superficialmente, pero su pregunta “¿Qué haremos?” fue una expresión de extrema desesperación: Estamos perdidos eternamente. ¿Existe todavía alguna posibilidad de escapar de esta situación, de encontrar gracia ante Dios?

¿Alguna vez recibiste una impresión de este poder y majestad del Señor? ¿Estás realmente consciente de lo que significa que Él es EL SEÑOR?

Vemos entonces que la práctica y experiencia de muchas iglesias actuales está muy lejos del Nuevo Testamento. Se incentiva a pecadores a que “repitan una oración de entrega”, cuando todavía no han experimentado ninguna convicción por el Espíritu Santo, ni están realmente arrepentidos de sus pecados. En su afán por ganar más miembros, los predicadores no tienen la paciencia de dejar que el Espíritu Santo haga Su obra en una persona (lo que puede durar días, semanas, o incluso meses). Así se llenan las congregaciones de falsos hermanos que se llaman “cristianos”, pero nunca nacieron de nuevo.
Si una persona fue realmente convencida de su pecado por el Espíritu Santo, nadie tiene que decirle “Ven adelante” o “Repite esta oración conmigo”. Por la obra del Espíritu Santo, esta persona ya se ve expuesta ante el trono de Dios. Esta persona exclamará por sí misma: “¿Qué tengo que hacer para ser salvo?”

Ahora podemos entender mejor el gran peso de la siguiente palabra de Pedro: “¡Arrepiéntanse!” (Hechos 2:38) O, con el significado más literal de la palabra: “¡Cambien vuestra mente de manera radical!” El arrepentimiento bíblico es un cambio completo de la manera de vivir, actuar y pensar. El “hombre natural” que no ha llegado al arrepentimiento, es un ciudadano de este mundo. Sirve a este mundo, a sí mismo, y al diablo. “Arrepentirse” significa cambiar de ciudadanía, no solo de manera simbólica, sino de una manera muy real. Significa hacerse ciudadano del reino de Dios y convertirse en siervo del Rey, estando completamente bajo Sus órdenes. Como dijo Jesús: “Si alguno quiere venir detrás de mí, renuncie a sí mismo, tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la encontrará.” (Mateo 16:24-25) – O como lo expresó Pablo: “Por él (Jesús) el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.” (Gálatas 6:14) – A menor precio no se consigue la entrada al reino de Dios.

Para hacerlo aun más claro: El arrepentimiento bíblico no tiene que ver con ritos religiosos, ni con servicios de adoración, ni con la membresía en una institución que se hace llamar “iglesia”. Arrepentimiento bíblico significa colocar mi vida entera bajo el señorío de Cristo. Renuncio a mi manera de vivir, y comienzo a vivir como Cristo me manda. Renuncio a mi manera de llevar adelante mi hogar, y lo hago como Cristo me manda. Renuncio a mi manera de educar a mis hijos, y los educo como Cristo me manda. Renuncio a mi manera de trabajar y de hacer negocios, y lo hago como Cristo me manda. Renuncio a mis amigos y mi manera de tratarlos, y dejo que el Señor decida con quiénes juntarme y cómo tratarlos. Renuncio a mi manera de pasar el tiempo libre, y lo hago como Cristo me manda. Renuncio a mi confianza en los medios de este mundo para sustentar mi vida, y pongo mi confianza enteramente en Dios como mi Proveedor. Renuncio también a mis ideas de lo que es “iglesia”, y me someto a las órdenes del Señor en cuanto a la comunión entre Sus seguidores.

Todo esto y mucho más está incluido en la simple palabra: “¡Arrepiéntanse!”

La primera iglesia consistía en personas que habían cambiado sus vidas de esta manera radical.