La iglesia del Nuevo Testamento en Juan 10 (4)

07/02/2016

El Buen Pastor y los malos pastores en el Antiguo Testamento

Jesús habló a judíos que conocían bien el Antiguo Testamento. Cuando Él comenzó a hablarles acerca del “buen pastor”, ellos deben haber recordado inmediatamente las promesas del Antiguo Testamento acerca de un “buen pastor”, y particularmente el capítulo 34 del libro de Ezequiel. Este capítulo comienza reprendiendo a los malos pastores de Israel:

“Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No apacientan los pastores los rebaños? Coméis la leche, y os vestís de la lana: la gruesa degolláis, no apacentáis las ovejas. No corroborasteis las flacas, ni curasteis la enferma; no ligasteis la perniquebrada, ni tornasteis la amontada, ni buscasteis la perdida; sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia …” (Ezequiel 34:2-4)

Después, el profeta tiene que anunciar el juicio de Dios contra los malos pastores:

“Así ha dicho el Señor Jehová: He aquí, yo estoy contra los pastores; y requeriré mis ovejas de su mano, y les haré dejar de apacentar las ovejas: ni los pastores se apacentarán más a sí mismos; pues yo libraré mis ovejas de sus bocas, y no les serán más por comida. Porque así ha dicho el Señor Jehová: He aquí, yo, yo requeriré mis ovejas, y las reconoceré.” (Ezequiel 34:10-11)

Después dice Dios que Él mismo asumirá la responsabilidad de un buen pastor:

“En buenos pastos las apacentaré, y en los altos montes de Israel será su majada: allí dormirán en buena majada, y en pastos gruesos serán apacentadas sobre los montes de Israel. Yo apacentaré mis ovejas, y yo les haré tener majada, dice el Señor Jehová. Yo buscaré la perdida, y tornaré la amontada, y ligaré la perniquebrada, y corroboraré la enferma: mas a la gruesa y a la fuerte destruiré. Yo las apacentaré en justicia.” (Ezequiel 34:14-16)

Finalmente, Dios promete que Él pondrá a un Buen Pastor sobre Israel:

“Y despertaré sobre ellas un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David: él las apacentará, y él les será por pastor. Yo Jehová les seré por Dios, y mi siervo David príncipe en medio de ellos. Yo Jehová he hablado.” (Ezequiel 34:23-24)

Esta es claramente una profecía acerca de Jesús, el “Hijo de David”. Cuando Jesús se describió a sí mismo como el “Buen Pastor”, Él daba a entender que Él había venido para cumplir esta profecía de Ezequiel. Había terminado el tiempo en que los líderes religiosos gobernaban a su antojo y se enseñoreaban del pueblo. Jesús iba a liberar Sus ovejas del señorío de estos líderes, y Él mismo iba a pastorearlas.

Ante este trasfondo entendemos que según la voluntad del Buen Pastor, la iglesia cristiana no debía nunca más volver bajo el señorío de otros “pastores” o sacerdotes. Si lo hizo, lo hizo en contra de la voluntad del Señor. Todos los abusos que los cristianos tuvieron que sufrir a lo largo de los siglos y siguen sufriendo bajo “pastores”, sacerdotes, y el papado, son consecuencia de esta desobediencia: Las ovejas del Señor dejaron de reconocer al Señor Jesús como su único Buen Pastor, y se entregaron nuevamente bajo el señorío de otras ovejas (o incluso de lobos disfrazados de ovejas). Pero la palabra de Dios sigue vigente: “¡Yo libraré mis ovejas de sus bocas!”

La iglesia del Nuevo Testamento en Juan 10 (3)

31/01/2016

El Buen Pastor pone Su vida por las ovejas.

A veces pasamos muy rápidamente por encima de los elementos fundamentales de la fe cristiana, porque creemos que ya los conocemos: “Claro, yo sé que Jesús ha dado Su vida por mí.” Pero veamos cuáles son las implicaciones aquí.

Al dar Su vida, Jesús pagó el precio para adquirir las ovejas como propiedad Suya. “Él se dio a sí mismo por nosotros, para rescatarnos de todo rechazo a la ley [de Dios], y para limpiar un pueblo que sea propiedad especial para él mismo, un pueblo ambicioso por buenas obras.” (Tito 2:14) Un verdadero cristiano que fue rescatado por el Señor Jesús, sabe que debe toda su vida a Él. Entonces no tendrá otras metas en su vida que agradar al Señor. No tendrá una vida dividida entre un “ámbito religioso” donde vive para el Señor, y un “ámbito secular” donde vive según las costumbres de este mundo. No, un cristiano verdadero sabe que también su vida familiar, su trabajo, su dinero, su tiempo libre, sus amistades … – todo es propiedad del Señor, porque Él lo compró con Su propia sangre. Entonces, el cristiano busca siempre la voluntad del Buen Pastor en todas las áreas de su vida.

Jesús hace una comparación con el “empleado” (o “asalariado” en traducciones más antiguas):
“Pero el empleado, que no es el pastor, y a quien las ovejas no pertenecen, mira como viene el lobo y abandona las ovejas y escapa; y el lobo arrebata las ovejas y las esparce. El empleado entonces escapa porque es empleado, y no le importan las ovejas.” (Juan 10:12-13)

¿Cuál es la diferencia entre el Buen Pastor y el asalariado? – Por un lado, el asalariado hace su trabajo para recibir sueldo, no por amor a las ovejas. Esto es efectivamente un problema en algunas congregaciones: son dirigidas por personas “con la mente corrompida y que no tienen la verdad, que piensan que el temor a Dios es un medio para ganar dinero.” (1 Timoteo 6:5) – Pero aun si ésta no es su motivación, y aun si el “empleado” no recibiera ninguna ganancia, todavía permanece la diferencia fundamental: Las ovejas no son suyas. Ningún líder de iglesia, ningún “pastor”, “obispo”, “apóstol”, o cualquiera que sea su posición o título, ninguno de ellos ha dado su vida para redimir a las ovejas. Por eso, ninguno de ellos puede reclamar un derecho de propiedad sobre las ovejas del Señor. Entonces tampoco pueden reclamar un derecho de ordenar a las ovejas lo que deben hacer, más allá de lo que el Señor mismo ordenó.

Pero si el lobo arrebata a las ovejas, no toda la culpa es del asalariado. También es culpa de las ovejas porque se apoyaron en la persona equivocada. El Señor dijo estas palabras en primer lugar como advertencia a las ovejas: No pongan su confianza en un asalariado. No crean que él les va a proteger contra el lobo. Mientras todo está tranquilo, el asalariado puede darse la apariencia del Buen Pastor, puede llevarles al pasto y de regreso; pero cuando las cosas se ponen peligrosas, el asalariado les va a fallar. Pongan su confianza en el Buen Pastor quien les compró al precio de Su propia vida.

Aun así, el Señor espera que un cristiano sea capaz de dar su vida por otro cristiano: “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.” (1 Juan 3:16) Esto puede ser necesario en situaciones extremas de emergencia o persecución. En situaciones menos extremas, aun puede ser necesario que un cristiano dé su dinero, su tiempo, sus fuerzas, para ayudar a otros. Y los “líderes” son los que son llamados aun más a servir y a seguir el ejemplo del Señor.
Pero estos actos de dar su vida (o una pequeña parte de su vida) por los hermanos, nunca pueden compararse con lo que Jesús hizo por nosotros. Nadie de nosotros podría, aun dando su propia vida, redimir a alguien para la eternidad. Si un cristiano, en una situación excepcional, es capaz de dar su vida por otro, es solamente porque Jesús ya lo hizo primero. En tales actos de abnegación extrema se manifiesta aun más que un cristiano es propiedad del Señor con todo lo que es y tiene, y que “separados de Él no podemos hacer nada” (vea Juan 15:5).

La iglesia del Nuevo Testamento en Juan 10 (2)

24/01/2016

Las ovejas siguen al Buen Pastor.

La parábola en Juan 10 enfatiza la relación cercana de confianza entre las ovejas y el Buen Pastor:
“Las ovejas escuchan su voz, y él llama a sus propias ovejas nombre por nombre, y las guía afuera. Cuando haya sacado fuera sus propias ovejas, camina delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.” (Juan 10:3-4)
“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y me siguen …” (Juan 10:27)

En la cultura peruana (y posiblemente también en otras regiones que antiguamente eran colonias españolas) es muy difícil entender estas palabras. Es que los pastores peruanos no caminan delante de sus ovejas; caminan detrás de ellas y las arrean, como se haría con vacas u otros animales. Esta pequeña diferencia cultural es un gran obstáculo para el entendimiento del evangelio. Es que la relación entre pastor y ovejas es muy distinta si el pastor camina delante de ellas, o si camina detrás.

Donde el pastor camina detrás de las ovejas, su relación mutua se caracteriza por la desconfianza y el control. Las ovejas no tienen a quien seguir; tienen que encontrar el camino a solas. Además, se sienten constantemente amenazadas desde atrás. En vez de confiar en su pastor, le tienen miedo. El pastor tampoco confía en sus ovejas: tiene que empujarlas para que caminen, y tiene que vigilarlas siempre para que no se desvíen.
En la cultura peruana desde la conquista española, esta es la clase de relación que existe entre líderes y seguidores en la sociedad, en la política, en el mundo del trabajo, y aun en las iglesias: Arrear y dejarse empujar; manipular, aprovecharse y dejarse abusar. Pero donde existe esta clase de relaciones, allí no está la iglesia del Nuevo Testamento. Estas relaciones tienen que ser transformadas por el evangelio.

Donde el pastor camina por delante, las cosas son muy diferentes. Allí hay una relación de confianza mutua. Las ovejas confían que el pastor las llevará a un buen lugar donde hay comida, y por eso le siguen con confianza. Pero también el pastor confía en sus ovejas: confía en que ellas le seguirán por su propia voluntad, y no necesita constantemente controlarlas desde atrás. – Además, el pastor es el que va a reconocer el camino primero. Si hubiera en medio un abismo peligroso, un puente caído, un tramo pantanoso u otro obstáculo, el pastor sería el primero en notarlo y enfrentarse con el peligro. En todo, el pastor da el ejemplo con su propia vida.
Esta es la clase de relación que podemos tener con el Señor Jesús; y esta es la clase de relación que existe también entre “líderes” y otros cristianos en la verdadera iglesia del Señor.

Notamos además que las ovejas siguen siempre al Buen Pastor, ¡no a alguna otra oveja! En esta parábola, todo anciano, “pastor” o “líder” debe identificarse a sí mismo como oveja, no como “pastor”. Cierto, algunas ovejas conocen el camino mejor que otras; pero eso no justifica erigirse por encima del rebaño y pretender asumir el papel del Buen Pastor. Aun aquellas ovejas que cumplen una función de “liderazgo”, no se convierten por eso en algo más que ovejas. Una congregación deja de ser iglesia del Nuevo Testamento cuando sus líderes pretenden controlar y dirigir las vidas de sus miembros de una manera que corresponde únicamente al Buen Pastor.

La iglesia del Nuevo Testamento en Juan 10

14/01/2016

Después de examinar unas palabras del Señor en Mateo 18 y en Mateo 23, pasamos ahora a Juan 10. Aunque en este pasaje no aparece la palabra “iglesia”; pero Jesús habla simbólicamente del “redil de ovejas” y del “pastor”. Obviamente es una parábola acerca de la iglesia cristiana. Examinaremos algunos aspectos de esta parábola.

La puerta de las ovejas

Hay una puerta al redil, por donde entran y salen las ovejas. Jesús dice: “YO soy la puerta de las ovejas”. (Juan 10:7) Esto es muy importante para entender la iglesia del Nuevo Testamento. Hay una sola manera como uno puede hacerse parte de la iglesia y entrar en contacto con ella: Hay que entrar por Jesús.
El Señor sigue diciendo: “Cuando alguien entra por mí, será salvo; y entrará y saldrá y encontrará pastos.” (v.9) Nos recordamos de una canción de David, que él compuso probablemente mientras estaba pastoreando ovejas: “El Señor es mi pastor, nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar. Junto a aguas tranquilas me pastoreará. Confortará mi alma.” (Salmo 23:1-3) Si alguien entra por la puerta que es Jesús, el Señor lo guiará a los buenos pastos. Y allí se encontrará también con las otras ovejas. Entrando por Jesús, encontraremos la comunión con Sus otras ovejas.

Es tan importante entender esto porque la iglesia católica romana ha volteado este orden de cabeza, y las iglesias evangélicas le han seguido en el mismo error. El catolicismo romano enseña que la salvación viene por medio de la iglesia: “Fuera de la iglesia no hay salvación”. Y de manera similar dicen las iglesias evangélicas: “Ven a la iglesia, y entonces encontrarás al Señor.” En esta óptica, la iglesia es una institución que administra salvación, una institución que lleva una vida propia, separada de los cristianos individuales. Esta institución se interpone entre el Señor y los cristianos individuales. De allí surge el sacerdotalismo, que hace que los cristianos dependan de una institución, o de los líderes de esta institución, en vez de depender del Señor mismo.

La parábola del Buen Pastor nos presenta una perspectiva diferente de la iglesia: La iglesia es el “rebaño de ovejas”, la comunión de todos los cristianos. La iglesia no es un edificio ni una institución; la iglesia es un conjunto de personas. La iglesia consiste en aquellas personas que “entraron por Jesús”; o sea, que tuvieron un encuentro personal con Jesús, y a raíz de este encuentro fueron salvos. Ellos, por definición, “son iglesia”, independientemente de la forma exterior que tenga la comunión entre ellos. Están en comunión los unos con los otros porque pertenecen a Jesús; no por su pertenencia a una institución determinada. – Por el otro lado, ninguna institución puede legítimamente llamarse “iglesia” si sus miembros han entrado por algún otro proceso que no sea un encuentro personal con Jesús. En lugar del lema católico romano, tendríamos que decir más correctamente: “Fuera de la salvación no hay iglesia.”

No estamos con eso desestimando el rol que corresponde a los cristianos en guiar a otras personas hacia el Señor. Solamente que tenemos que distinguir entre dos aspectos de la vida cristiana:

Por un lado, la obra de los cristianos individuales en su testimonio del Señor y el anuncio del evangelio, lo que puede suceder tanto en privado como el público;
y por el otro lado, la iglesia propiamente dicho como reunión de los cristianos.

El testimonio de los cristianos tiene como finalidad que otras personas puedan conocer al Señor personalmente. Eso no sucede como un “rito” o “acto institucional”; eso puede suceder solamente si el Señor mismo viene al encuentro de estas personas y se revela a ellos. La “puerta de entrada” siempre es Jesús mismo; no se puede remplazar por un predicador o por una institución.
También, una reunión evangelística no constituye iglesia. La iglesia es la comunión de los que son salvos; la evangelización se dirige a los que todavía no son salvos. Los primeros cristianos tenían bien clara esta diferencia: Testificaban en público y en privado dondequiera que se presentaba la oportunidad; pero a eso no lo llamaban “iglesia”. En cambio, cuando se reunían entre ellos como iglesia, no invitaban a nadie que no fuera cristiano. Dice incluso que “de los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos”. (Hechos 5:13)

La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 23 (3)

04/01/2016

En la iglesia del Nuevo Testamento, el “liderazgo” es remplazado por servicio.

Esto lo vemos en el verso 12 de nuestro capítulo Mateo 23:

“Pero el mayor de ustedes sea vuestro siervo. Y cualquiera que se eleva a sí mismo será humillado, y cualquiera que se humilla a sí mismo será elevado.”

Podemos citar varias paralelas:

“Ustedes saben que los gobernantes de las naciones los dominan, y los grandes abusan de su poder sobre ellas. No sea así entre ustedes; sino que el que quiere ser grande entre ustedes, sea vuestro siervo, y el que quiere ser más importante entre ustedes, sea vuestro esclavo; como también el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su alma como rescate en lugar de muchos.” (Mateo 20:25-28)

“Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que las dominan, se hacen llamar bienhechores. Pero ustedes no sean así; sino que el mayor entre ustedes se vuelva como el más joven, y el que guía como el que sirve. Porque ¿quién es más importante, el que está sentado a la mesa o el que sirve? ¿No el que está sentado a la mesa? Pero yo estoy en medio de ustedes como el que sirve.” (Lucas 22:25-27)

“Ustedes me llaman ‘Maestro’ y ‘Señor’, y dicen bien; porque lo soy. Si entonces yo, el Señor y el Maestro, lavé vuestros pies, ustedes también se deben lavar los pies unos a otros; porque les di un ejemplo para que conforme a lo que yo les hice, también ustedes hagan.” (Juan 13:13-15)

En la iglesia del Nuevo Testamento, un “líder” no tiene privilegios. Jesús no reclamaba ningún privilegio frente a Sus discípulos, ni los trató de manera autoritaria. Ellos le reconocían como su Maestro porque veían en Él una sabiduría, espiritualidad y autoridad genuina, que se manifestaban en Sus palabras y en Su ejemplo. Por tanto, Él era digno de ser seguido. Y por eso, Él podía servir a Sus discípulos sin perder algo de Su autoridad.
Este es el ejemplo que Jesús dio para todos los líderes en Su iglesia después de Él. Un líder cristiano genuino no busca un “oficio” o una “posición superior”, no busca privilegios, no se enseñorea de sus hermanos. Al contrario, ejerce sus responsabilidades para el mayor beneficio de sus hermanos. Un líder cristiano siempre dará el ejemplo de esta actitud que estaba también en el Señor: “Debemos (…) no agradar a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade al otro, haciendo lo bueno y edificándole. Porque también el Cristo no se agradó a sí mismo, …” (Romanos 15:1-3)

Desde el mundo no cristiano estamos acostumbrados a que “liderazgo” es idéntico a “gobernar” o “enseñorearse”. Por eso, Jesús tuvo que decir muy claramente que en Su reino las cosas no son así. Cierto, en la iglesia hay una diversidad de dones y funciones (Romanos 12:4-5, 1 Corintios 12:4-6); y algunas de estas funciones implican lo que llamaríamos “liderazgo”. Pero en la iglesia cristiana, esta diversidad de funciones no establece ninguna estructura jerárquica, ni establece una distinción entre “clérigos” y “laicos”. (Vea la reflexión anterior.) Si uno tiene una función de “líder”, no está por eso “por encima” de sus hermanos.

Es interesante observar con cuánta exactitud se expresan los escritores del Nuevo Testamento en este respecto: En un contexto secular, no tienen ningún problema de decir que un líder está “sobre” otros. Pero no usan esta palabra “sobre” cuando se refieren a un líder entre los cristianos. Miremos otra vez de cerca Mateo 20:25-27: “…los grandes abusan de su poder sobre ellas. No sea así entre ustedes; sino que el que quiere ser grande entre ustedes, (…) y el que quiere ser más importante entre ustedes …”

En muchas congregaciones contemporáneas, el liderazgo se ha convertido en una posición de poder, influencia, y bastante ganancia financiera. En consecuencia, el liderazgo atrae a personas que buscan exactamente eso: poder, influencia, y dinero. O sea, el liderazgo empieza a ser ocupado por los menos espirituales; por aquellos que son descritos en pasajes bíblicos como los siguientes:
“… hombres con la mente corrompida y que no tienen la verdad, que piensan equivocadamente que el temor a Dios es un medio para ganar dinero …” (1 Timoteo 6:5)
“… enemigos de la cruz de Cristo, cuyo destino es destrucción, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es en su vergüenza; quienes piensan en lo terrenal.” (Filipenses 3:18-19)
(Acerca de los falsos apóstoles): “… si alguien les esclaviza, si alguien les devora, si alguien les quita lo vuestro, si alguien se levanta a sí mismo, si alguien les golpea en la cara.” (2 Corintios 11:20)
“…el que ama ser el primero de ellos, Diótrefes, no nos recibe. (…) y no contento con esto, él tampoco recibe a los hermanos, y a los que quieren se lo impide, y los echa fuera de la asamblea.” (3 Juan 9-10)

Así surgen congregaciones que prosperan según la apariencia, pero que viven en una miseria espiritual; que están llenas de codicia, intrigas, mentiras, engaños, y aspiraciones mundanas. Donde se observan estas cosas y la iglesia no toma medidas para corregir a estos malos líderes y remplazarlos por personas más espirituales, allí podemos saber que ésta no es la iglesia del Nuevo Testamento.

La situación es muy diferente en lugares como China donde la iglesia verdadera está continuamente amenazada. En China, un líder de la iglesia tiene que enfrentar la pobreza y corre un mayor riesgo de persecución y muerte. Algunos de los líderes más importantes en China ni siquiera pueden estar al frente de una congregación porque tienen que mantenerse escondidos; entonces dedican todo su tiempo al ayuno y la oración, y asesoran a los otros líderes que anuncian el evangelio.
La misma situación – o aun peor – existe en muchos países islámicos.
En tales circunstancias es mucho más probable que sean realmente los cristianos más espirituales quienes aspiran al liderazgo. No recibirán ninguna recompensa en esta tierra; por eso su recompensa de parte del Señor será tanto mayor.

Sería triste si la iglesia pudiera florecer espiritualmente sólo en tiempos de persecución. Pero en tiempos de libertad, por lo menos podríamos evaluar a los líderes según este criterio: ¿Esta persona sería líder también en las circunstancias de la iglesia china? ¿Está en el liderazgo por un deseo de servir, o por un deseo de gobernar?

La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 23 (Parte 2)

30/12/2015

La iglesia del Nuevo Testamento no distingue entre “clérigos” y “laicos”.

En el orden del Antiguo Testamento, el sacerdocio era importante. Un sacerdote es un mediador entre Dios y los hombres: Se presenta ante Dios para ofrecer los sacrificios del pueblo, y para interceder por el pueblo. Y se presenta ante el pueblo para hablarles las palabras de Dios. Pero es interesante notar que aun en el Antiguo Testamento, esa no era la intención original de Dios: “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. …” (Exodo 19:5-6) O sea, según la intención original de Dios, todos los israelitas iban a ser sacerdotes. Todos ellos iban a tener acceso directo a Dios. Pero resultó que ellos no soportaron que Dios les hablase directamente: “Todo el pueblo observaba el estruendo y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos. Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos.” (Exodo 20:18-19) Así se introdujo la figura del mediador entre Dios y los hombres, a pedido del pueblo. Y en consecuencia, en el capítulo 28 de Éxodo, Dios instituye el sacerdocio israelita.

Pero en el Nuevo Testamento, Dios volvió a Su intención original. La carta a los Hebreos deja bien claro que el sacerdocio del Antiguo Testamento queda abolido desde el sacrificio perfecto de Jesucristo:

“Entonces, si hubiera habido perfección por el sacerdocio levítico (…), ¿qué necesidad hubiera todavía que se diga que se levante un sacerdote diferente según el orden de Melquisédec, y no según el orden de Aarón? Porque si cambia el sacerdocio, necesariamente cambia también la ley. Porque de quien se dice esto, era de una tribu diferente, de la cual nadie se ha dedicado al altar. (…) Porque el mandamiento anterior fue invalidado por su debilidad e inutilidad – porque la ley no perfeccionó nada -, y se introdujo una esperanza mejor por la cual nos acercamos a Dios. (…) Jesús fue hecho garante de un pacto mejor. Y aquellos sacerdotes son hechos muchos, porque la muerte les impidió quedarse; pero éste queda eternamente, por lo cual tiene un sacerdocio incambiable. Por tanto puede también salvar completamente a los que se acercan por medio de él a Dios, porque vive siempre para suplicar por ellos. Porque un tal sumo sacerdote nos convenía: santo, sin maldad, sin contaminación, apartado de los pecadores, y hecho más alto que los cielos, que no tiene necesidad cada día, como los sumos sacerdotes, de sacrificar antes sacrificios por sus propios pecados y después por los del pueblo; porque él hizo esto de una vez por todas, sacrificándose a sí mismo.” (Hebreos 7:11-13.18-19.22-27)

Un tema recurrente en la carta a los Hebreos es el acceso directo a Dios.

(Teniendo a Jesús como sumo sacerdote,) “Acerquémonos entonces con franqueza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y encontremos gracia para socorro oportuno.” (Hebreos 4:16)

“Ya que tenemos, hermanos, franqueza para la entrada al lugar santo por la sangre de Jesús, que él consagró como un camino novedoso y viviente a través de la cortina, eso es, su carne; y [tenemos] un gran sacerdote sobre el hogar de Dios, acerquémonos con un corazón verdadero en plenitud de fe, con el corazón rociado [para purificación] de una conciencia maligna, y el cuerpo lavado con agua limpia.” (Hebreos 10:19-22)

Los “hebreos”, que se habían criado todavía bajo el orden del Antiguo Pacto, deben haber estado bien conscientes del gran privilegio que recibieron cuando Jesús ofreció el sacrificio perfecto que puso fin a toda necesidad de otros sacrificios. ¡Ya no iban a depender de ningún sacerdote terrenal para poder acercarse a Dios! ¡El sacrificio de Jesús, y el sacerdocio de Jesús, eran suficientes de una vez por todas!

Por tanto dice también Pablo en 1 Timoteo 2:5:

“Porque Dios es uno solo, y uno solo es mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús …”

En la iglesia del Nuevo Testamento ya no existe ningún sacerdocio especial. Un cristiano no necesita la mediación de ningún otro cristiano para acercarse a Dios. ¡El único sacerdocio de Jesucristo es suficiente!

Existen unos cuantos pasajes del Nuevo Testamento que llaman “sacerdotes” a los cristianos. Pero estos pasajes usan la palabra “sacerdote” en el sentido de la intención original de Dios: Todos los cristianos son “sacerdotes” en el sentido de que tienen acceso directo a Dios. En el orden del Nuevo Testamento no existen cristianos que fueran “más sacerdotes” que otros. O sea, no existen “clérigos” o “ministros” que formarían una clase de cristianos “especiales”, apartados de los “laicos”.

Lo que sí existe son las diferentes funciones de los cristianos. Pero como esta diversidad de funciones no fundamenta ninguna estructura jerárquica, tampoco fundamenta una distinción entre “clérigos” y “laicos”. Cada miembro del “cuerpo de Cristo” tiene una función; y en los pasajes correspondientes no encontramos ninguna distinción entre “funciones clericales” y “funciones laicas”.

La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 23

17/12/2015

En una serie de reflexiones anteriores hemos examinado las palabras del Señor en Mateo 18 acerca de la iglesia. Deseo ahora pasar a otro pasaje bíblico:

“Pero ustedes no se hagan llamar ‘Rabí’; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo; y todos ustedes son hermanos. Y no llamen vuestro padre a nadie sobre la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Tampoco se hagan llamar maestros, porque uno es vuestro maestro, el Cristo. Pero el mayor de ustedes sea vuestro siervo. Y cualquiera que se eleva a sí mismo será humillado, y cualquiera que se humilla a sí mismo será elevado.” (Mateo 23:8-12)

¡Vale la pena leer el capítulo entero, porque es uno de los que casi nunca se predican en las iglesias actuales!

Aunque en este pasaje no aparece la palabra “iglesia”, nos dice unas cosas esenciales acerca de las relaciones entre sus miembros.

La iglesia del Nuevo Testamento no es una jerarquía.

“Todos ustedes son hermanos.” Con estas palabras (y considerando el contexto), Jesús puso a todos Sus seguidores al mismo nivel. No debía haber entre ellos “maestros” por encima de “alumnos”, ni “padres” por encima de “hijos”. Hay uno solo que “gobierna” en la iglesia: Jesucristo mismo.

No podemos interpretar este pasaje de una manera tan estrecha, como si Jesús prohibiera solamente el uso de los tres títulos “Rabí”, “padre” y “maestro”. ¿Acaso hacemos mejor si remplazamos estas palabras por “reverendo”, “pastor”, o quizás “profesor” o “doctor”? Leamos el contexto. Jesús se opone aquí a todo trato especial que se da a alguna persona por ocupar un “rango superior”. Como ejemplo menciona a los escribas (teólogos, rabinos) de su tiempo: “…y aman los asientos de honor en las cenas y en las sinagogas, y los saludos en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí.” (v.6-7) Las paralelas Marcos 12:38 y Lucas 20:46 mencionan además que “les gusta andar en trajes buenos”. Todo eso son los atributos típicos de una persona que ocupa cierta posición dentro de un orden jerárquico, y que podemos observar de la misma manera en los líderes de muchas congregaciones contemporáneas:

  • Usan una manera particular de vestirse.
  • Son saludados con respeto excepcional.
  • Se hacen llamar con un título especial.
  • Ocupan lugares y asientos especiales en ciertos eventos.

Según las palabras de Jesús, ¡nada de eso tiene lugar en la iglesia del Nuevo Testamento!

Siempre es bueno verificar en un pasaje bíblico, a quién se dirige. Mateo 23:1: “Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos (los futuros apóstoles), diciendo: …” O sea, Jesús se dirigió tanto a Sus apóstoles como a la “gente común”. Con eso queda bien claro que según la intención de Jesús, tampoco debía existir alguna distinción jerárquica entre los apóstoles y los “cristianos comunes”.

¡Y ellos cumplieron con eso! Si leemos el libro de Hechos y las cartas apostólicas, nunca encontramos que alguien haya usado la palabra “apóstol” como un título especial al dirigirse a un apóstol. Nunca leemos que los apóstoles se hayan distinguido por una vestimenta especial o por ocupar asientos especiales, ni que hayan reclamado o recibido algún otro privilegio especial por parte de los otros cristianos.

Es cierto que los apóstoles cumplieron con una función especial en la iglesia. Tenemos que entender que cada cristiano tiene su “función” particular dentro del “cuerpo de Cristo”. (Vea Romanos 12:3-8, 1 Corintios 12:4-31.) Pero esta diversidad de funciones no establece ningún orden jerárquico. (La distinción entre “función” y “posición jerárquica” es difícil de entender en nuestros tiempos donde estamos acostumbrados a que toda institución funcione de manera jerárquica. Volveremos a este punto en futuras reflexiones, Dios mediante.) Y ellos gozaban del respeto particular de toda la congregación – pero no por ocupar una “posición jerárquica”, sino por su madurez espiritual, su cercanía a Jesús, y su calidad particular de testigos de la resurrección.

Las tendencias hacia una organización jerárquica de las iglesias comenzaron poco a poco en el segundo siglo, después de la muerte de los apóstoles, y en cumplimiento de la advertencia de Pablo en Hechos 20:29-32. Pero estas tendencias no podían imponerse con fuerza mientras la iglesia era una minoría sin poder en el mundo. El gran cambio llegó recién trescientos años depués de los inicios de la iglesia, en los tiempos de los emperadores Constantino y Teodosio. Constantino dio el primer paso con reconocer oficialmente el cristianismo como una “religión lícita” en el Imperio Romano. Con eso terminaron las persecuciones, y Constantino se ganó la simpatía de muchos cristianos. Entonces él se atrevió a interferir en las decisiones internas de la iglesia: Fue Constantino quien convocó el famoso concilio de Nicea en 325, y fue él quien presionó a los presentes a firmar el Credo de Nicea.

Hoy en día, muchos historiadores celebran este concilio como una victoria de la doctrina bíblica sobre la falsa enseñanza del arrianismo. Pero esta cuestión doctrinal le importaba muy poco a Constantino. Su interés estaba en mantener la unidad del reino, y para este fin tuvo que lograr que uno de los partidos en la controversia dominase completamente sobre el otro. Así usurpó una función eclesiástica que no le correspondía. (Y de hecho, el Credo de Nicea fue una “victoria” pasajera. Poco después, el arrianismo ganó más fuerza que nunca antes.)
Pero Constantino no es el único a culpar en este asunto. Podemos preguntarnos por qué los líderes de la iglesia no se pusieron a resolver la disputa ellos mismos; por qué permitieron a Constantino juzgar sobre asuntos internos de la iglesia. ¿Será que la iglesia de ese tiempo ya había perdido su discernimiento espiritual? ¿y que también allí ya no se encontraba “ningún sabio que pueda juzgar entre sus hermanos”?

Sea como sea, fue allí donde comenzó la estatización de la iglesia. Teodosio completó este proceso con declarar el cristianismo la religión estatal y obligatoria de Imperio Romano. Podemos imaginarnos fácilmente las consecuencias de esta ley. ¡Las iglesias se llenaron de falsos cristianos!
En aquella misma época, la iglesia fue reorganizada según el modelo de la administración del gobierno secular. O sea, la iglesia asumió la misma estructura jerárquica y las mismas divisiones territoriales que los emperadores romanos usaban para administrar el imperio. Este cambio ya no preocupaba a muchos, puesto que la iglesia ya se había acostumbrado a mezclarse con el estado secular; y de todos modos los verdaderos cristianos eran para ese entonces una pequeña minoría dentro de la iglesia. Fue así como, históricamente, la iglesia cristiana se convirtió en la iglesia romana.

Entonces, esta estructura jerárquica que vemos en la iglesia católica romana, y que la mayoría de las iglesias evangélicas han adoptado con pocas modificaciones, no se basa en el Nuevo Testamento. Es una herencia del gobierno secular del Imperio Romano.

La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 18 (Parte 3)

30/11/2015

La asamblea cristiana es el lugar donde se confronta y se corrige el pecado, y se hace justicia.

En la reflexión anterior hablamos acerca del consenso que se puede lograr cuando todos buscan sinceramente la dirección del Espíritu Santo. Con eso no quiero dar la impresión de que en la iglesia del Nuevo Testamento nunca sucedan pecados o conflictos. Pero la iglesia del Nuevo Testamento maneja estos pecados y conflictos de una manera bíblica. Exactamente de esto trata la primera parte de nuestro pasaje Mateo 18:15-20.

“Si tu hermano peca contra ti, anda, amonéstale entre tú y él solo. Si te escucha, ganaste a tu hermano” (v.15)

El primer paso consiste en que un pecado privado debe reprenderse en privado. Todavía no debe llevarse ante otras personas. Pero el Señor tampoco dice: “Perdónalo y olvídalo”, como se enseña falsamente en muchas congregaciones. No, el pecado necesariamente tiene que ser confrontado. La iglesia del Nuevo Testamento da los pasos apropiados para mantenerse pura del pecado. Así también dice en Efesios 5:11: “Y no participen con las obras infructuosas de la oscuridad, mas bien repréndanlas.”

Notemos que aquí en Mateo 18:15, el Señor se refiere a pecados privados. Un pecado público, desde el inicio debe reprenderse públicamente y ante testigos, como demuestra Pedro en Hechos 5:3-4 y 8:20-23, y Pablo en Gálatas 2:11-14.

Si el hermano ofensor no se arrepiente con la confrontación privada, hay que confrontarlo con uno o dos testigos más (Mateo 18:16). Y “si no los quiere escuchar, dilo a la iglesia (asamblea) …” (v.17)

Aquí tenemos que notar que “iglesia” significa “asamblea”. No significa “solamente los líderes”. Tenemos que enfatizar este punto porque algunas congregaciones afirman poner en práctica Mateo 18:15-17, pero lo que hacen en realidad es llevar a los ofensores (verdaderos y supuestos) ante los líderes de la congregación, quienes pasan una “sentencia” según su propio parecer. Este no es el significado de las palabras del Señor. Cuando un asunto se lleva a la “asamblea”, significa que con eso se hace público. Todo el pueblo de Dios tiene que saberlo; y si se lleva a cabo una especie de “juicio”, todo el pueblo de Dios tiene el derecho de presenciarlo, y de participar si fuera necesario. Con eso se evita que unos pocos líderes se erijan como jueces particulares, que a menudo son juez y parte a la vez, y pasan sentencia en privado sin que nadie les pueda pedir cuentas. Tales decisiones arbitrarias suceden con demasiada frecuencia en las congregaciones actuales. Justo para evitar eso, el Señor establece aquí un principio que se aplica incluso en la justicia secular (¡y cuánto más debería aplicarse en el pueblo de Dios!): que los procesos judiciales sean públicos. Aun más: la palabra “ekklesia” (iglesia/asamblea) significa originalmente “la asamblea de los ciudadanos con derecho a voz y voto”. Todo ciudadano del reino de Dios tiene voz y voto cuando se trata de confrontar y restaurar a un conciudadano que ha cometido pecado.

Lo mismo encontramos en Gálatas 6:1: “Hermanos, si alguien es sorprendido por alguna transgresión, ustedes los espirituales restáurenlo en un espíritu de mansedumbre; y fíjate en ti mismo, para que no también tú seas tentado.” Aquí también, el llamado a restaurar al hermano ofensor se dirige no solamente a unos cuantos líderes, sino a todos los que son espirituales.

Notemos que la finalidad de este proceso es restaurar al ofensor. No es para humillarlo, no es para desecharlo y condenarlo. Pero notemos también que la restauración puede suceder solamente si el ofensor se arrepiente. En Lucas 17:3 (paralela a Mateo 18:15) dice: “Cuando tu hermano peque contra ti, repréndelo; y cuando se arrepienta, perdónale.” Si un pecador no se arrepiente, ni siquiera después de haber sido expuesto y confrontado ante la asamblea, entonces el agraviado no tiene por qué perdonarle. “Y si tampoco quiere escuchar a la asamblea, te sea como un no judío y un cobrador de tributos.” (Mateo 18:17) A diferencia de lo que se enseña en muchas congregaciones actuales, el arrepentimiento es necesario para que pueda haber perdón, restauración y reconciliación.

Eso no debe parecernos cosa extraña, ya que lo mismo aplica a la relación con el Señor mismo. Solamente quienes se arrepienten de sus pecados, pueden entrar en una relación personal con el Señor y ser salvos. Éste fue el primer y el último mensaje que Jesucristo anunció durante Su ministerio en la tierra (Mateo 4:17, Lucas 24:47); y éste fue también el mensaje que anunciaron Sus apóstoles (Hechos 2:38, 3:26, 14:15, 26:18, etc.). Aunque el Señor dio Su vida por todas las personas, Su perdón alcanza solamente a aquel que se arrepiente.

Volviendo al tema de la “asamblea”: Desafortunadamente, éste es un punto casi imposible de realizar hoy en día, porque vivimos actualmente en una situación muy irregular en términos bíblicos: En la gran mayoría de los lugares, los cristianos se encuentran esparcidos entre varias denominaciones, y la mayoría de los miembros de esas denominaciones ni siquiera son cristianos según las normas bíblicas. Por eso, una asamblea de los miembros de una denominación no es de ninguna manera una asamblea del pueblo de Dios. Para tener nuevamente una “asamblea” en el sentido del Nuevo Testamento, todos los verdaderos cristianos tendrían que abandonar sus respectivas denominaciones, y tendrían que reunirse juntos con los verdaderos cristianos de las otras denominaciones.

Esta no es una idea tan descabellada o revolucionaria como podría parecer. De hecho, es lo que sucedió varias veces en la historia de la iglesia cuando hubo avivamiento. Si actualmente parece imposible, es porque estamos muy lejos de una situación de avivamiento, y las congregaciones actuales están muy lejos de ser “iglesias” en el sentido del Nuevo Testamento. Cuando hay avivamiento, el mismo Espíritu de Dios traza claramente las verdaderas líneas divisorias: No entre las distintas denominaciones; pero entre los cristianos verdaderos y los falsos en cada denominación. “Entonces volveréis a distinguir la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve.” (Malaquías 3:18)

Pero aun en la presente situación irregular, opino que lo mínimo que podemos pedir es esto: Que los pecados y conflictos que no lleguen a arreglarse en una congregación o denominación, no se consideren “asuntos internos” de la denominación respectiva. Que estos casos – especialmente si involucran a líderes – se traten en “asamblea” ante hermanos que no pertenecen a la misma denominación, y que sepan discernir los asuntos de manera imparcial. Si una denominación no está dispuesta a que sus problemas se traten de esta manera, entonces podemos estar seguros de que allí no encontraremos la iglesia del Nuevo Testamento, sino un espíritu sectario.

La palabra “asamblea” sugiere también que allí no existen diferencias de rango o jerarquía. En nuestro pasaje en Mateo 18, en ninguna parte habla el Señor de alguna diferencia entre “líderes” y “seguidores”, o entre “clérigos” y “laicos”. En este tema de confrontar el pecado, no se hace acepción de personas. Para decirlo más claramente: Aun los hermanos más humildes pueden (¡y deben!) confrontar el pecado del “líder” más eminente, y aun llevarlo ante la “asamblea” si no se arrepiente. El pasaje Mateo 23:8-12 nos confirma que esto es efectivamente lo que el Señor quiere decir.

Lo que sí se distingue en la asamblea del pueblo de Dios, es la madurez espiritual o sabiduría de cada miembro. En 1 Corintios 6:5, Pablo llama la atención a la iglesia en Corinto porque “no hay ningún sabio entre ustedes que podría juzgar entre sus hermanos”. Cuando había pleitos, la iglesia en Corinto no era capaz de restablecer la justicia.

Tristemente, lo mismo tendríamos que decir de la mayoría de las congregaciones actuales. No se administra justicia; o si se hace, se hace de manera parcial, arbitraria, y pasando por alto incluso los principios fundamentales de la justicia secular: Se favorece a los “líderes” en contra de los “miembros comunes”; se pone como jueces a líderes que están involucrados en el pleito ellos mismos; se niega a los “procesados” el derecho a un debido proceso; no se toman en cuenta los testimonios a favor de ambos lados; no se investiga debidamente; se pasan sentencias arbitrarias y prejuiciadas; etc. Y en muchos lugares, eso se considera normal. Pero según la palabra de Dios, esta situación está lejos de lo normal. Una iglesia que no restablece la justicia, está cayendo ella misma bajo el juicio de Dios.

La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 18 (Parte 2)

21/11/2015

La asamblea cristiana actúa en consenso.

El Señor promete que los “dos o tres” reunidos en Su nombre, si “armonicen” para pedir cualquier cosa, lo recibirán de Su Padre. A primera vista, esto parece contradecir la experiencia: Muchas peticiones que se hacen en reuniones de oración “en mutuo acuerdo”, no se cumplen. Pero sabemos que el Señor no miente, y que El cumple todas Sus promesas. Entonces, algo debe estar mal con nuestra experiencia; o con nuestra forma de interpretar las palabras del Señor.

¿De verdad habrá querido decir el Señor que dos o tres cristianos podrían ponerse de acuerdo para pedir del Padre cualquier cosa – riquezas, fama, quizás hasta la muerte de sus enemigos -, y el Padre les daría todo eso? – No creo que eso sea consistente con el carácter del Señor. El no hizo promesas para alentar deseos egoístas en Sus discípulos. Y como ya mencioné, sabemos que en la experiencia real la promesa no se cumple de esta manera. Mas bien pienso que debemos entender las palabras “ponerse de acuerdo” o “armonizar” de otra manera.

La palabra griega original es “symfonéo”, “sonar juntos”. De allí se deriva nuestra palabra “sinfonía”. ¿Qué o quién hace que los instrumentos “suenen juntos”, armonicen, en una sinfonía? No es el instrumento que por sí solo tocaría o decidiría qué tocar. Tampoco es el músico individual quien decide. Ni siquiera se trata de un “acuerdo” entre algunos músicos individuales. Cada músico tiene delante de sí escrita la parte de la partitura que le corresponde tocar. Y la orquesta tiene un conductor quien señala a cada uno cuándo y cómo debe tocar. Entonces no se trata de que se junten unos músicos y decidan entre sí qué quieren tocar. Se trata de que toquen según la misma partitura, y según las señales del conductor.

Aplicando esta imagen a la iglesia: La partitura es la revelación escrita de Dios, y el conductor es el Señor mismo. Solamente si cada “músico” (cristiano) adhiere a la palabra escrita de Dios, y obedece las señales del Señor, resulta una “sinfonía”. Si cada uno sigue sus propios deseos, no hay sinfonía. Pero si alguno de los músicos quiere asumir el rol del conductor, ordenando a los demás cuándo y cómo deben tocar, tampoco hay sinfonía. El problema en muchas congregaciones y denominaciones contemporáneas es que sus líderes quieren conducir la orquesta, y se enseñorean de los demás. Así no se llega a la clase de “acuerdo” que el Señor describe aquí. El Señor habla en nuestro pasaje de un consenso espiritual que surge cuando cada miembro está en contacto con Dios, hace Su voluntad y sigue Su dirección. Donde esto se cumple, hay unanimidad, porque todos reconocerán juntos la voluntad de Dios.

Así, la iglesia del Nuevo Testamento es capaz de hacer decisiones por consenso espiritual. Este consenso no surge del dictado de un líder, ni de una votación por mayoría, ni de un “compromiso diplomático” entre distintas opiniones. Surge de la obediencia de cada miembro hacia la dirección de Dios. Cuando se llega a este consenso espiritual, todos los presentes reciben una gran certeza de que están en la voluntad de Dios. Por tanto, pueden también pedir al Padre con la certeza de que El responderá, porque saben que la petición es de acuerdo a Su voluntad. (Vea 1 Juan 5:14-15.) El capítulo Hechos 15 relata como la primera iglesia pudo resolver una disputa en armonía, porque todos se sometieron a la dirección del Espíritu Santo.

Muchas congregaciones contemporáneas ni siquiera se pueden imaginar lo que es este consenso, porque nunca lo experimentaron. Están acostumbradas a que todas las decisiones se hagan por medios humanos: Decisiones unilaterales de parte del liderazgo que se imponen bajo presión; o votaciones por mayoría; o interminables discusiones para “convencer” a los que se oponen y manipularlos para que al fin se pueda dar una ilusión de unanimidad. O incluso la manipulación mediante informaciones falsas, amenazas, promesas de ventajas financieras o puestos de honor, etc. Donde observamos estas cosas, podemos saber que ésta no es la iglesia del Nuevo Testamento.

La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 18

17/11/2015

Con este artículo estoy comenzando una serie de reflexiones acerca de la iglesia del Nuevo Testamento. Deseo señalar lo que dice la palabra de Dios, y algunas consecuencias y aplicaciones que resultan de ello para la situación actual. Existen muchas congregaciones que llevan el nombre de “iglesia”, pero pocas que verdaderamente dan prioridad a lo que dice la palabra de Dios. En una iglesia del Nuevo Testamento, la palabra del Señor vale más que las tradiciones de una denominación o de sus líderes.

Comenzaré con Mateo 18:15-20; uno de los muy pocos pasajes, donde el Señor Jesús mismo habla de la “iglesia”:

“Si tu hermano peca contra ti, anda, amonéstale entre tú y él solo. Si te escucha, ganaste a tu hermano. Y si no escucha, lleva contigo a uno o dos otros, para que ‘por la boca de dos o tres testigos sea confirmado todo asunto.’ Y si no los quiere escuchar, dilo a la asamblea (iglesia); y si tampoco quiere escuchar a la asamblea (iglesia), te sea como un no judío y un cobrador de tributos.
Ciertamente, les digo: Lo que ustedes atan sobre la tierra será atado en el cielo, y lo que ustedes sueltan sobre la tierra será soltado en el cielo. Otra vez les digo, ciertamente: Si dos de ustedes armonizan sobre la tierra acerca de todo asunto que pidan, les sucederá de parte de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos hacia mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”

En este pasaje encontramos unos criterios acerca de la iglesia del Nuevo Testamento. Los podemos ver en una luz más clara cuando enumeramos los dichos esenciales del Señor en este pasaje, y los comparamos con lo que el Señor no dijo.

“Dos o tres” son suficientes para constituir “iglesia”.

O sea, para ser iglesia no es necesario constituirse como una institución, ni tener un liderazgo formal, ni tener un número mínimo de miembros. El Señor no menciona nada de esto; eso no tiene que ver si queremos distinguir si un grupo determinado de personas es una iglesia en el sentido del Nuevo Testamento. “Dos o tres reunidos” son suficientes.
Sin embargo, si en una ciudad hay otros cristianos verdaderos aparte de estos “dos o tres”, entonces tenemos que preguntar acerca de su relación con ellos. De esta pregunta nos ocuparemos en otra oportunidad, Dios mediante.

Con tal que sea en el nombre del Señor.

Este punto, por el otro lado, sí es esencial. Para que un grupo o una reunión sea “iglesia” en el sentido del Nuevo Testamento, su reunión tiene que ser en el nombre del Señor Jesucristo. Esto significa, en particular, que un grupo que se reúne en su propio nombre, no es iglesia del Nuevo Testamento. Existe un sinnúmero de grupos, instituciones y congregaciones que declaran ser “iglesia”, pero se reúnen en el nombre de su propia organización. Quizás declaran en sus reuniones que la reunión es “en el nombre de Jesucristo”; pero en su práctica demuestran que dan mayor importancia a su propia organización: Trabajan, enseñan y evangelizan para ganar a más miembros para su propia organización. Cuando uno los pregunta: “¿A qué iglesia perteneces?”, se identifican con el nombre de su propia organización. Y por lo general no admiten corrección de parte de un cristiano que no lleva el nombre de su misma organización. Esto puede suceder desde las instituciones más poderosas (como p.ej. la iglesia católica romana), hasta los grupitos independientes más pequeños. Donde se observan estos indicios, no se cumple un criterio importante de la iglesia del Nuevo Testamento.

Este no es asunto de un “rótulo exterior”. Existen grupos que se llaman “Iglesia de Jesucristo”, pero al conocerlos de cerca, uno se da cuenta de que con este nombre se refieren exclusivamente a su propia organización. Es la actitud que decide si un grupo se reúne en el nombre de Cristo, no el rótulo exterior.

Es significativo que prácticamente todos los verdaderos avivamientos espirituales en la historia de la iglesia comenzaron sin nombre propio y sin pretensiones denominacionales. Fue solamente su entorno – y mayormente sus enemigos – quienes les pusieron sobrenombres como “anabaptistas”, “cuáqueros”, “metodistas”, “pentecostales”, etc. En algún momento posterior, estos grupos de cristianos avivados comenzaron a aceptar estos sobrenombres como suyos, y a identificarse con estos nombres. Y normalmente esto señalaba el fin del avivamiento y el comienzo de la apostasía, al querer ser “como todas las otras naciones (denominaciones)”.

Una dificultad que tenemos para entender esto aquí en América Latina, es que muy pocas de las denominaciones existentes aquí han surgido de un avivamiento espiritual genuino. Casi todas las denominaciones aquí tienen sus raíces en congregaciones fundadas por misioneros extranjeros, enviados por congregaciones que a su vez ya se encontraban en la etapa del denominacionalismo, donde ya estaban brotando las semillas de la corrupción y de la apostasía. Así, los misioneros metodistas fundaron congregaciones metodistas, los misioneros bautistas fundaron congregaciones bautistas, los misioneros pentecostales fundaron congregaciones pentecostales, etc. – todas según el modelo de congregaciones en su país de origen que ya habían perdido su fuego de avivamiento inicial, y estaban comenzando a estancarse en sus propias tradiciones denominacionales. Importaron sus divisiones denominacionales, y sus formalismos eclesiásticos.

Esta espiritualidad importada y ya medio estancada, no tuvo el poder de cambiar la mentalidad esencialmente católica-romana de sus convertidos: una mentalidad sacerdotalista que busca acercarse a Dios mediante un “hombre especial” (el sacerdote o pastor) y mediante ritos exteriores colectivos y formalistas, pero que no busca relacionarse personalmente con Dios, ni examina su propia vida a la luz de Su palabra, ni asume responsabilidad espiritual por su propia familia y hogar. Por tanto, las iglesias evangélicas latinoamericanas siguen teniendo en el fondo una mentalidad católica. Esto significa que grandes partes de América Latina nunca en su historia vieron una manifestación real de la iglesia del Nuevo Testamento – a diferencia de regiones de avivamientos presentes o pasados como Corea, China, Norteamérica, grandes partes de Europa, y otras.

Esto presenta una dificultad mayor para entender los relatos bíblicos correspondientes. Sin embargo, “viviente y eficaz es la palabra de Dios, y más cortante que toda espada de dos filos, y penetra hasta partir alma y espíritu, articulaciones y tuétanos; y es capaz de juzgar reflexiones y pensamientos del corazón.” (Hebreos 4:12) Esta palabra “viviente y eficaz” (inclusive sus descripciones de la iglesia cristiana) puede ser experimentada por cada uno que esté dispuesto a dejar de un lado sus tradiciones denominacionales cuando lee la Biblia, y que busque a Dios sinceramente para ser enseñado por Su Espíritu Santo.

¿A quién llamaban “Reverendo” en los tiempos del Nuevo Testamento?

02/11/2015

Hice este pequeño descubrimiento al estudiar el libro de Hechos en griego. Qué piensa usted, ¿a quién llamaba la gente “Reverendo” en aquellos tiempos? ¿Quizás a Pedro, o a Pablo? – Muy lejos de la verdad.

Uno de los títulos del emperador romano era “Augusto”. Los escritores griegos de aquel tiempo rinden este título con la palabra “Sebastós”. (Así en Hechos 25:21 y 25:25.) Ahora, la traducción literal de “Sebastós” es “Reverendo”, “digno de reverencia”.
Este título expresa el hecho de que los emperadores romanos se consideraban dioses a sí mismos, o por lo menos semidioses. Durante mucho tiempo era un deber cívico obligatorio en el imperio romano, ofrecer incienso en señal de adoración al emperador. Hubo tiempos cuando los cristianos fueron perseguidos hasta la muerte porque se negaron a rendir culto al emperador, el “Reverendo”.
Se entiende por sí mismo que ningún apóstol o discípulo del Señor hubiera aceptado este título pagano y blasfemo para sí mismo. Hace pensar…

¿Por qué los líderes evangélicos están tan fácilmente dispuestos a volver a Roma?

22/05/2015

En los artículos anteriores he documentado como las iglesias evangélicas al nivel mundial están deseando y planeando su regreso a Roma. Pero ¿cómo es posible que se diera ahora un giro de tal envergadura? Deseo analizar en este artículo algunas de las razones de fondo.

Primeramente tenemos que entender que las iglesias evangélicas nunca completaron la Reforma que Lutero comenzó. Un lema de los primeros reformados era: “Ecclesia semper reformandum” – “La iglesia debe siempre seguir reformándose”. A la luz del principio reformado “sola Scriptura”, eso significaría que la iglesia debería constantemente examinar sus enseñanzas y prácticas a la luz de las Sagradas Escrituras, y cambiar todo lo que no es conforme a las Escrituras. Pero no lo hicieron.

El mismo Lutero hizo matar a miles de (falsamente así llamados) “anabaptistas“, solamente porque ellos aplicaron las Escrituras a dos puntos donde Lutero se negó a aplicarlas: en que el bautismo es solamente para convertidos; y que la iglesia no debía mezclarse con el estado. Con estas persecuciones, Lutero demostró que a él le importaba más la conveniencia política que su propio principio de “Sola Scriptura”.

Y así las iglesias evangélicas siguen arrastrando muchos residuos del catolicismo hasta hoy. Son como gallinas que siguen llevando pegados por todo su cuerpo los cascarones del huevo del que salieron una vez. En vez de desprenderse de estos vestigios, crearon sus propias tradiciones eclesiásticas en contra de las Escrituras. Al no ser consecuentes con los principios de la Reforma, las iglesias reformadas sembraron la semilla de su propia anulación.

Vamos a mencionar algunos de estos residuos del catolicismo.

El bautismo de infantes

Es cierto que hoy en día, muchas denominaciones evangélicas dan en este punto la razón a los “anabaptistas”, y practican el bautismo de los convertidos. Pero si analizamos de dónde viene el movimiento ecuménico, vemos que se originó en aquellas iglesias que siguen bautizando a los infantes (y que son la iglesia estatal en muchos países reformados, así que aquí tenemos también la mezcla de iglesia con estado): Luteranos, calvinistas (presbiterianos y congregacionalistas), zuinglianos, y anglicanos. Pronto se unieron a ellos también las iglesias ortodoxas y los metodistas, dos otras denominaciones que practican el bautismo de infantes. No me extraña que el ecumenismo comenzara exactamente allí: Estas son las iglesias que conservaron todavía la mayor proporción de mentalidad católica.

Pero los otros evangélicos no se salvan. Los siguientes puntos observé en casi todas las denominaciones evangélicas.

Sacerdotalismo o pastorismo

Un sacerdote es un mediador entre el pueblo y Dios: Ofrece a Dios los sacrificios del pueblo; intercede ante Dios por el pueblo; y enseña al pueblo la voluntad de Dios. La religión católica se basa fuertemente en el sacerdocio: Un creyente católico no puede acercarse a Dios, no puede ser salvo, ni puede entender la Biblia, sin la mediación de un sacerdote.

En el cristianismo del Nuevo Testamento no existe esta forma de sacerdocio. Un cristiano no necesita a ningún mediador, excepto a Cristo mismo:

“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre…” (1 Timoteo 2:5)

Cada cristiano verdadero tiene acceso directo a Dios, mediante Jesucristo. (Vea Romanos 8:14-16, Gálatas 4:6-7, Hebreos 4:14-16, 10:19-22.)

En consecuencia, Lutero abolió el sacerdocio católico y proclamó el “sacerdocio general de todos los creyentes” (vea 1 Pedro 2:5.9). Pero al mismo tiempo – y contrario a los propios principios reformados – introdujo el “pastorado” como un ministerio de enseñanza. Así, el luteranismo siguió manteniendo la idea de que “los laicos no pueden entender la Biblia por sí mismos”. La idea fundamental del catolicismo siguió intacta: que exista una distinción entre “clérigos” y “laicos”, y que los “laicos” dependan de los “clérigos” para poder relacionarse con Dios.

Hasta hoy, solo muy pocas iglesias evangélicas volvieron a los principios bíblicos de la iglesia como “familia de Dios” (Efesios 2:19, Mateo 23:8), del ancianato bíblico y del liderazgo en equipo. (Vea en “El concepto bíblico de la familia”.) La mayoría sigue manteniendo un concepto jerárquico donde un solo “pastor” manda sobre los otros ancianos y “pastores”; y donde un “obispo” (o alguna otra forma de liderazgo regional) manda sobre los “pastores” de una región. Este es un concepto heredado del catolicismo romano y no tiene nada en común con lo que el Nuevo Testamento llama “pastorear”. Y este liderazgo jerárquico ha producido su propia “tradición eclesiástica” que tiene más peso que la misma Biblia; quizás no en teoría, pero ciertamente en la práctica. Así han anulado el “Sola Scriptura” y el sacerdocio de todos los creyentes.

Recibí una ilustración reveladora de este tradicionalismo, justo mientras estuve preparando este artículo. Un lector del blog comentó acerca de un artículo donde expuse unos principios bíblicos acerca del liderazgo de la iglesia: “todo pastor sujeto a la voluntad de Dios es una autoridad, busca desde el antiguo testamento la definición de pastor, y compárala con las expresiones de Jesús a cerca del pastor.” (Con lo que quiso expresar su desacuerdo con algunas cosas que yo había escrito.) – Ya que el autor de este comentario no dio ninguna referencia bíblica, en mi respuesta le pedí que respondiese a tres preguntas:
“1. ¿Cuál(es) pasaje(s) del Antiguo Testamento consideras “la definición de pastor”?
2. ¿Por qué crees que un “pastor” en el Antiguo Testamento es lo mismo como un “pastor” en el Nuevo Testamento?
3. ¿En qué pasaje(s) del Nuevo Testamento habla Jesús acerca de un “pastor”, aparte de los pasajes que se refieren a Él mismo?”

No volvió a escribir. (Ya puedo adelantar que la pregunta 3 no tiene respuesta. Podemos rebuscar todos los cuatro Evangelios, y no encontraremos ningún pasaje donde Jesús hubiera usado la palabra “pastor” para alguna otra persona aparte de Él mismo.) El comentario citado es un ejemplo típico de cómo un miembro de iglesia repite ciegamente lo que le enseñaron en la tradición de su iglesia, incluso creyendo de buena fe que se trata de enseñanza bíblica; pero cuando se le reta a identificar las bases bíblicas de esta tradición, resulta que no las hay.

Nota aparte: Por principio es correcto que un líder en la iglesia es una autoridad (definiendo “autoridad” en el sentido bíblico), si ejerce su autoridad por encargo de Dios y sujeto a la voluntad de Dios. No estoy disputando eso. (Solamente que no tiene por qué llamarse “pastor”; en el Nuevo Testamento se llaman “ancianos”.) – El problema está (como expliqué en aquel artículo) en que muchos “pastores” ocupan una posición que Dios nunca diseñó para Su iglesia, y que como tal no tiene fundamento bíblico. Por tanto, su liderazgo es desde un inicio no “sujeto a la voluntad de Dios”, por más que (algunos de ellos) en lo demás se esfuercen personalmente por ser íntegros y cumplir la voluntad de Dios.

Muchos evangélicos han vuelto incluso a atribuir calidades “sacerdotales” a sus pastores: Por ejemplo, creen que la intercesión o “bendición” del “pastor” tiene más poder que la oración de un “laico”, por el solo hecho de que es “pastor”. Creen que las órdenes del “pastor” son “la voz de Dios” para los creyentes comunes, incluso cuando se refieren a sus decisiones personales de su vida privada. Enseñan que solamente un “pastor ordenado” (concepto que no existe en el Nuevo Testamento) pueda administrar bautismos o la cena del Señor. Entonces no extraña que ahora empiecen a desear también la última consecuencia: volver a someterse bajo el sacerdocio católico.

La iglesia como medio de la salvación

Otra doctrina del catolicismo es: “Fuera de la iglesia no hay salvación.” – Los reformados y evangélicos son un poco más tolerantes, pero en el fondo mantuvieron la idea católica. Ellos dicen: “Hay muchas iglesias posibles, pero a una de ellas tienes que ir para ser salvo.”

Lo que no entienden, es que esta misma idea de “ir a la iglesia” es errada y no se encuentra en el Nuevo Testamento. Esta idea católica presupone que “la iglesia” es una institución separada, impersonal, que tiene una existencia independiente del creyente individual, y que tiene incluso un derecho de propiedad sobre el creyente. Según este concepto, esa institución sin cara que se llama “iglesia” es encargada de administrar la salvación, y por tanto es necesario “ir a la iglesia” para conocer al Señor y para ser salvo.

El Nuevo Testamento tiene un concepto muy distinto: La iglesia no es una institución “aparte”. La iglesia es la asamblea de todos los que nacieron de nuevo. Entonces, si Ud. ha nacido de nuevo, Ud. es parte de la iglesia, dondequiera que se encuentre. Y si Ud. no ha nacido de nuevo, entonces no hay ningún lugar en la tierra adonde Ud. podría ir para convertirse en un miembro de la iglesia. Tiene que nacer de nuevo.

Por eso, los anunciadores del Evangelio en el Nuevo Testamento no invitaron a nadie a “venir a la iglesia”. Ellos iban adonde estaban los perdidos, y allí les anunciaron el Evangelio, y allí se convirtieron y nacieron de nuevo “los que estaban ordenados para la vida eterna” (Hechos 13:48). Esto sucedía en las calles y plazas públicas, o en las propias casas de los que se convirtieron. A partir de ese momento, ellos también “eran iglesia”. Y en cualquier lugar donde se reunían “dos o tres” de ellos (Mateo 18:20), allí era “iglesia”.

Y ¿quién añadía nuevos miembros a la iglesia? ¿El sacerdote, el “pastor”? – De ninguna manera. “Y el Señor añadía cada día a la iglesia a los que fueron salvos.” (Hechos 2:47). En aquellos tiempos no hubiera tenido sentido invitar a un incrédulo a “venir a la iglesia”: “De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos.” (Hechos 5:13)

Jesús dice en Juan 10:7-11:

“Yo soy la puerta de las ovejas. … El que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos. … Yo soy el buen pastor.”

¿Qué tiene que hacer alguien para ser salvo? – No “ir a la iglesia”, sino “entrar por la puerta que es Jesús”. El que entra por esta puerta, llega a ser iglesia. Será salvo, encontrará pasto, y encontrará también a las otras ovejas, o sea, a la iglesia. Entonces, el lema católico está de cabeza. Más correcto sería: “Fuera de la salvación no hay iglesia.”

Si creemos que la iglesia es una “institución para la administración de la salvación”, entonces ya estamos en el camino a Roma. Es el Señor y nadie más quien “administra la salvación”.

Denominacionalismo

Este punto está muy relacionado con los anteriores. Cuando se cree que la iglesia es el medio de la salvación, entonces la iglesia se coloca a sí misma en el lugar de Dios. O sea, la iglesia se convierte en un ídolo.

En la iglesia romana, eso es muy obvio. Si un cristiano abandona la iglesia romana, se le considera apóstata, por más que su salida fue por motivos cristianos y bíblicos. – Pero muchas iglesias evangélicas tratan de la misma manera a un miembro que quiere ir a otra denominación: “Pero tú has nacido aquí espiritualmente, tú perteneces a nosotros, tienes que ser fiel a tu denominación, no puedes traicionarnos…” Incluso conocí el caso de alguien que fue reprochado duramente y tratado como enemigo por los líderes de su iglesia, ¡porque planeaba cambiar su membresía a otra congregación local de la misma denominación!

O sea, los líderes evangélicos, los que se creen herederos de la Reforma, los que se salieron de la iglesia romana, dicen ahora a sus miembros que nunca, nunca Dios les permitiría hacer lo que hicieron los primeros reformados: oponerse a la denominación en la cual se criaron, o salirse de ella. Enseñan como doctrina la “fidelidad a la denominación”. Este es exactamente el pensamiento que nos lleva en línea directa a anular la Reforma. Lo predije hace varios años en este artículo, y ahora efectivamente está sucediendo.

Sacramentos y rituales

Los sacramentos son otro pilar del catolicismo. De los siete sacramentos de la iglesia romana, Lutero reconoció solamente el bautismo, la cena del Señor y la confesión; y más tarde dudó también de la confesión. Muchas iglesias evangélicas rechazan también el nombre de “sacramentos” y los llaman “ordenanzas”, o algún otro término.

Pero la clave no está en si tenemos siete sacramentos o dos o ninguno; o con qué nombre los llamamos. Mucho más importante es el concepto que tenemos de ellos.

Según el concepto católico, los sacramentos obran “por sí mismos”: El bautismo hace que alguien nazca de nuevo; la confirmación hace que sea lleno del Espíritu Santo; la absolución hace que el pecado confesado sea perdonado; etc. O sea, en el concepto católico, un sacramento es una acción externa que produce una realidad espiritual.

Para refutar esta idea, sería suficiente señalar el gran número de personas bautizadas que diariamente demuestran con sus vidas que no han nacido de nuevo. Sin embargo, muchos evangélicos tienen la misma idea sacramentalista como los católicos. Aunque quizás no tengan “sacramentos”; pero aplican la misma idea a sus propios rituales.

Por ejemplo, tienen la “oración de entrega a Jesús”. Cuando pido a un evangélico que me cuente cómo nació de nuevo, casi todos refieren al momento cuando “hicieron la oración”. O sea, se refieren a un ritual externo y creen que este ritual hizo que ellos nacieran de nuevo. Pero el nuevo nacimiento es un suceso interno, espiritual. ¿Estaba presente esta realidad espiritual en la oración de entrega, o no?
– En algunos casos, la “oración de entrega” puede haber expresado una genuina realidad espiritual: que la persona experimentó una verdadera convicción del pecado, que entendió su necesidad de ser salvo, que comenzó a confiar en Jesucristo y a vivir por Él y para Él. Pero en muchos otros casos, esta oración puede haber sido un ritual igual de vacío como tantos bautismos católicos.

Lo que tenemos que entender es esto: La realidad espiritual es lo primero. Un ritual externo no tiene validez espiritual, excepto cuando expresa una realidad espiritual que ya existe. Cuando en realidad alguien nace de nuevo por el Espíritu Santo, entonces es legítimo y necesario expresar esta realidad espiritual mediante el bautismo. Pero donde esta realidad no existe, aun todas las aguas del mundo no tienen el poder de hacer que alguien nazca de nuevo.

Algo similar tenemos que decir acerca del ritual de “alabanza y adoración”. Muchos creen que el Señor se alegra más, y que su presencia se sentirá más, cuánto más cantan y hacen música y le halagan con sus palabras. Eso puede ser cierto cuando la alabanza es una expresión genuina de un corazón verdaderamente agradecido, y de una vida que agrada al Señor. Pero en una congregación donde eso no es el caso, el Señor les dice:
“Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas. … Quita de mí la multitud de tus canciones, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos. Pero corra el juicio como agua, y la justicia como impetuoso arroyo.” (Amós 5:21-24)

Podríamos seguir hablando de los rituales de “ofrenda” (que no tiene nada que ver con la generosidad que demostraron los primeros cristianos), de “reconciliación” (que a menudo es un “show” por afuera, pero no de corazón), de “oración” (donde muchos enfatizan más la postura exterior y el uso de ciertas palabras, en vez de buscar al Señor y de tener la actitud correspondiente del corazón), y otros más. Por cierto, existe un sacramentalismo evangélico que los predispone a volver a buscar, con el tiempo, también los sacramentos católicos.

Constantinismo

Con el emperador romano Constantino comenzó la mezcla entre iglesia y estado, que caracteriza toda la historia de la iglesia romana hasta hoy. Constantino se mostró como un gran protector y benefactor de la iglesia, y la iglesia lo aceptó gustosamente sin ejercer su discernimiento. A cambio, Constantino se arrogó el derecho de interferir en asuntos de la iglesia. Por ejemplo, él convocó y presidió el Concilio de Nicea (325), aunque no tenía ninguna posición de liderazgo en la iglesia; ni siquiera era bautizado. Cincuenta años más tarde, el emperador Teodosio decretó que el cristianismo (romano) iba a ser la única religión estatal. Y ya comenzaron las primeras persecuciones contra los que no aceptaron las doctrinas de Roma. ¡Tan pronto había cambiado la iglesia de perseguidos a perseguidores!

Esta actitud constantinista prevaleció durante toda la historia, hasta hoy:

– Por parte de los gobernantes del estado, una actitud de intervenir en los asuntos de la iglesia, haciéndole favores, asumiendo decisiones, y aun pronunciando condenaciones.
– Por parte de los líderes de la iglesia, la actitud de buscar tales favores e intervenciones del gobierno; de usar al gobierno como instrumento de poder para hacer valer decisiones eclesiásticas a la fuerza (por ejemplo la ejecución de los “herejes”); y de aspirar ellos mismos al poder político.

Los reformadores seguían en la misma actitud. Por eso hasta hoy, en los países reformados, la iglesia reformada es la iglesia estatal, de la misma manera como la iglesia romana lo es en los países católicos. En los tiempos de la Reforma, la única excepción eran los “anabaptistas“. Ellos renunciaron a toda protección estatal, para mantener su independencia y pureza espiritual. Por eso fueron perseguidos tanto por los católicos como por los reformados.

Los evangélicos actuales también están muy afanados por ser “reconocidos” por el estado, y por recibir subsidios estatales para sus construcciones y sus obras sociales, y que el estado les conceda “igualdad religiosa”. A cambio aceptan que el estado condicione su fe. Por ejemplo en el Perú, una iglesia evangélica tiene que ser afiliada al ecuménico CONEP para que pueda disfrutar de la “igualdad religiosa”.

También hay muchos líderes evangélicos ansiosos por ganar poder político. Con resultados desastrosos para el evangelio, porque muchos de los gobernantes evangélicos resultaron ser igual de corruptos como los demás.

Son pocos los evangélicos que aprendieron a distinguir entre “lo que es de César” y “lo que es de Dios”. La mayoría tiene también en este aspecto una mentalidad muy católica.

Conclusión

Los líderes evangélicos están propensos a volver al catolicismo porque nunca lo abandonaron completamente. En vez de proseguir con la Reforma según principios bíblicos, se quedaron donde se detuvo Lutero, y en algunos puntos aun retrocedieron. Por eso aun hoy, la mayoría de los evangélicos tienen una mentalidad más cercana al catolicismo que al cristianismo bíblico. Esta es la razón más profunda por qué ahora se dejan llevar tan fácilmente de regreso a Roma.

En los tiempos pasados por lo menos existía más temor a Dios, y un mayor apego a la Biblia. Por eso, en el pasado Dios pudo usar como instrumentos de avivamiento aun a personas muy inmersas en este sistema “evangelicatólico”, como por ejemplo a Jonatán Edwards (pastor calvinista), o a Juan Wesley (pastor anglicano). Pero hoy en día, las iglesias evangélicas son espiritualmente débiles, moralmente corrompidas, y más afanadas por la apariencia externa que por el estado de sus corazones. Por eso es natural que ahora estén siendo vencidas, poco a poco, por los vestigios del romanismo que quedaron en ellas. Si aspiran ahora a una “unión completa y visible” con la iglesia romana, es solamente la última consecuencia de que nunca se colocaron decididamente sobre el fundamento de las Escrituras.

“…por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos; por eso Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia.” (2 Tesalonicenses 2:10-12)

Espero que por lo menos unos cuantos entiendan las señales de los tiempos, reciban el amor de la verdad, y se pongan del lado de Dios.

2017: El fin de la Reforma luterana (Parte 2)

11/04/2015

En el artículo anterior compartí unas noticias acerca de los esfuerzos de las iglesias luteranas, de volver a unirse con la iglesia católica romana. Pero no piense que eso concierne solamente a los luteranos. Todos los evangélicos están en la mirada. Ya existen antecedentes de acuerdos entre la Alianza Evangélica Mundial, el ecuménico Consejo Mundial de Iglesias, y el Vaticano. Acuerdos que a primera vista parecen inofensivos, pero que a largo plazo podrían someter a todas las iglesias evangélicas bajo la censura del movimiento ecuménico y del Vaticano.

En los últimos años, un personaje clave en estos acercamientos parece haber sido el difunto sacerdote anglicano Tony Palmer. El pertenecía a una rama de la iglesia anglicana que volvió a adoptar la liturgia católica romana y se ve a sí misma como “un precursor hacia la unidad plena entre las iglesias protestantes y católicas”. Palmer trabajó tanto para el ministerio de Kenneth Copeland (pentecostal), como también para la Renovación Carismática en la iglesia católica. En 2006 comenzó a establecer una amistad profunda con el cardenal Bergoglio en Buenos Aires. Incluso expresó su deseo de convertirse al catolicismo, pero Bergoglio le aconsejó no hacerlo: “Necesitamos constructores de puentes.” O sea, Palmer podía servirle más con sus buenas relaciones que tenía con los evangélicos, que convirtiéndose abiertamente al catolicismo. Tenemos que considerar entonces a Palmer como una especie de “agente encubierto” del Vaticano en las filas evangélicas.
(Los datos acerca de Palmer son tomados en su mayor parte de un reportaje títulado “Pope’s Protestant friend dies, but push for unity lives”, que apareció el 7 de agosto de 2014 en el diario “Boston Globe“.)

El 14 de enero de 2014, Palmer pasó la mañana con el papa en el Vaticano. La semana siguiente habló a 3000 líderes evangélicos en una conferencia de Kenneth Copeland en Fort Worth, Texas. Allí les entregó un saludo del papa (grabado en video) y dijo: “Ya no protestamos contra la doctrina de salvación de la iglesia católica. Predicamos ahora el mismo evangelio. La protesta de Lutero terminó.” Después de eso – como dice el reportaje -, Palmer “fue inundado por pedidos de líderes evangélicos que quisieron ser parte de lo que estaba sucediendo”. Entonces, el 24 de junio del mismo año, Palmer llevó a un grupo de líderes evangélicos de alcance mundial, que juntos representan a más de 700 millones de evangélicos, a almorzar juntos con el papa. (Si usted pertenece a alguna de las denominaciones evangélicas “respetables”, usted está incluído en estos 700 millones.) Estos líderes evangélicos dijeron al papa que “aceptaban su invitación a buscar la unidad visible con el obispo de Roma”.

¿Quiénes estuvieron presentes allí?

  • Geoff Tunnicliffe, el presidente de la Alianza Evangélica Mundial (AEM). Esta es la organización que agrupa a todas las iglesias evangélicas a nivel mundial – excepto aquellas muy pocas iglesias independientes que explícitamente renunciaron a todo lazo con alguna “alianza” con otras iglesias. Toda iglesia que pertenece a una denominación organizada a nivel nacional o internacional, y que mantiene contactos con algún “consejo de iglesias” o alguna “alianza evangélica” regional o nacional, está comprometida con la AEM mediante estas estructuras. Este asunto concierne a prácticamente todas las denominaciones evangélicas.
    Aunque la AEM en el pasado mantuvo una línea teológica distinta del ecuménico Consejo Mundial de Iglesias (CMI), en los últimos diez a veinte años cambió su rumbo, y hoy en día forma prácticamente también una parte integral del movimiento ecuménico.
  • Thomas Schirrmacher, docente de ética, misionología y religiones mundiales en diversos seminarios teológicos, y presidente de la Comisión Teológica de la AEM. En el pasado, Schirrmacher se posicionó como un teólogo muy conservador (lo que normalmente significa el rechazo del ecumenismo), publicando artículos en organizaciones y sitios web de la corriente calvinista-reconstruccionista-dominionista, tales como “Calcedonia” y “Contra Mundum”. Pero al mismo tiempo, fue uno de los iniciadores y autores principales del primer pacto entre la AEM, el movimiento ecuménico y el Vaticano, el cual se celebró mediante la firma conjunta de un documento titulado “Testimonio cristiano en un mundo de pluralismo religioso”. En consecuencia, últimamente Schirrmacher escribe también para “Dialogue”, la revista oficial del ecuménico CMI.
  • Brian Stiller, anterior presidente de la Evangelical Fellowship (Alianza Evangélica) de Canadá y del ministerio “Juventud para Cristo”, y presidente de la universidad y seminario Tyndale (el seminario más grande de Canadá). Desde 2011 viaja por el mundo como “embajador global” de la AEM.
  • James y Betty Robison. James Robison es un conocio televangelista que alcanza a millones de personas con sus programas, y fue en ocasiones comparado con Billy Graham.
  • El ya mencionado Kenneth Copeland lidera el ministerio internacional “Palabra de fe” que enfatiza el “evangelio de la prosperidad”.
  • John y Carol Arnott, los pastores fundadores de la “Iglesia del Aeropuerto” en Toronto, que fue el origen de las controvertidas “manifestaciones de Toronto” en la década de los 90.

Parece entonces que todas las corrientes existentes en el mundo evangélico están ansiosas por volver a Roma – desde los calvinistas tradicionales, pasando por los evangélicos y pentecostales moderados, hasta los carismáticos extremos.

En la mencionada reunión, Palmer entregó al papa una propuesta para una “Declaración de Fe en unidad para las misiones”. El plan es que esta declaración sea firmada conjuntamente por el papa y por los líderes de las iglesias protestantes más importantes, en Roma en el año 2017, en el aniversario de la Reforma.
El contenido exacto de esta declaración todavía no fue publicado, pero se dio a conocer que contendrá el Credo Niceno (el cual declara explícitamente la fe en “la única iglesia católica”), la “Declaración Conjunta sobre la doctrina de la justificación” de 1999 (vea el artículo anterior), y un artículo que declara que los católicos y los evangélicas sean ahora “unidos en la misión porque declaramos el mismo evangelio”.

Cabe mencionar que el 6 de noviembre de 2014, Tunnicliffe y otros líderes de la AEM tuvieron nuevamente una audiencia con el papa. Se anunció una “colaboración más estrecha” entre la iglesia católica romana y la AEM. Según la nota de prensa, Tunnicliffe dijo que los cristianos (o sea, católicos y evangélicos juntos) debían cooperar más para tener una mayor influencia en la sociedad. El papa por su lado dijo que “el testimonio cristiano sería más eficaz si los cristianos pudieran vencer sus divisiones y celebrar juntos los sacramentos, anunciar la palabra de Dios y testificar el amor al prójimo.”

Otra vez, hay que entender las palabras del papa en el contexto de la doctrina romana. “Vencer sus divisiones y celebrar juntos los sacramentos”, en la perspectiva de la iglesia romana, no es posible excepto si las otras iglesias también se someten bajo la autoridad del papa. Al aceptar estas palabras, el máximo líder evangélico se ha puesto silenciosamente de acuerdo con que todos los evangélicos deben someterse al papa. Otra vez pregunto a los lectores evangélicos: ¿Está Ud. seguro de que eso es lo que Ud. quiere?

No se deje engañar. Puede que el pastor de su iglesia evangélica local todavía reconozca la autoridad de las Sagradas Escrituras; puede que incluso intente advertir la congregación acerca del ecumenismo. Pero en los niveles superiores, los liderazgos nacionales de prácticamente todas las denominaciones evangélicas ya son fuertemente infiltrados por ecumenistas y por teólogos que no creen en la verdad de la palabra de Dios. Lo mismo ha sucedido en prácticamente todos los seminarios teológicos e institutos “bíblicos”. Desde allí, esta corriente alcanzará inevitablemente a todas las congregaciones locales.

En el año 2000, un amigo me avisó que había leído un libro de un autor católico, el cual predijo que dentro de pocos años, las iglesias evangélicas serían vencidas a causa de su propia tibieza espiritual. En ese entonces no le creí; pero hoy tengo que verlo con mis propios ojos.

Los capitanes del barco evangélico han decidido definitivamente dirigir su rumbo hacia Roma. Si es allí donde usted quiere llegar, bien, mantenga su asiento y su membresía. Si no, le quedan todavía dos años para abandonar este barco y pedir al Señor que le muestre otro.

2017: El fin de la Reforma luterana

01/04/2015

El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero publicó sus “95 tesis” en Wittenberg, Alemania. Este suceso es generalmente considerado el comienzo de la Reforma luterana. En 2017 se celebrarán entonces los 500 años desde la Reforma.

Pero ¿qué se proponen las iglesias luteranas de Alemania para esta fecha? – Nada menos que anular la Reforma, si podemos creer los reportes y notas de prensa que se dieron a conocer hasta ahora.

En preparación de este evento, la Federación Luterana Mundial (FLM) y el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos prepararon juntos un “documento de diálogo”, el cual fue ampliamente publicado por internet. La iglesia luterana de Alemania reportó:

Luteranos y católicos “juntos en el camino”
(…) El encargado de asuntos católicos de la Iglesia Evangélica Luterana Unida de Alemania, obispo Dr.Karl-Hinrich Manzke, y el presidente de la comisión para ecumenismo de la Conferencia Episcopal Alemana (católica), obispo Dr.Gerhard Feige, presentaron los resultado del proyecto ecuménico por internet, “Juntos en el camino 2017”.
(…) Este proyecto había surgido del pedido de la FLM y del Pontificio Consejo, de recepcionar en unidad ecuménica el documento publicado en conjunto en 2013, “Del conflicto a la comunión. Conmemoración luterana-católica conjunta de la Reforma en el año 2017″. (…) En el transcurso del evento, Manzke y Feige subrayaron que se debía llegar de manera ecuménica al aniversario de la Reforma en 2017. (…)
(Fuente: Sitio web oficial de la iglesia luterana en Alemania, ekd.de, 18 de diciembre de 2014)

Incluso invitaron al papa a “conmemorar” la Reforma junto con ellos:

“Nikolaus Schneider, el presidente del consejo de la Iglesia Evangélica en Alemania (la iglesia luterana estatal), invitó al papa Francisco a participar en el aniversario de la Reforma en 2017. (…) El presidente del consejo y Francisco rezaron juntos un Padre Nuestro y se trataron de “hermanos”. (…) Fue la primera audiencia de un alemán con el nuevo papa. Sin embargo, todavía no se sabe la respuesta del papa a la invitación al aniversario de la Reforma.”
(Fuente: Boletín de noticias en la página web oficial del aniversario de la Reforma, luther2017.de.)

Esta propuesta no viene así no más de la nada. El movimiento ecuménico, y el luteranismo en particular, están preparando este acercamiento desde hace muchos años. Ya en 1999, las iglesias luteranas a nivel mundial firmaron una “Declaración conjunta” con la iglesia católica romana, acerca de la justificación. Este fue uno de los puntos claves de la Reforma. Lutero mantuvo que el hombre puede ser salvo y es justificado por la fe en Jesucristo, y que no puede ni debe contribuir nada en absoluto para su propia justificación y salvación. El papa contradijo esta enseñanza, y posteriormente fue condenada definitivamente en el Concilio de Trento. La iglesia católica mantiene que el hombre es justificado por la fe y por sus obras (con lo que entiende mayormente obras a favor de la misma iglesia).
Sin embargo, la “Declaración conjunta” declara que “a partir de este diálogo, las iglesias luterana y católica romana se encuentran en posición de articular una interpretación común de nuestra justificación por la gracia de Dios mediante la fe en Cristo.” (Art.5). El documento de diálogo para 2017 recoge esta declaración y dice que existe un “consenso” entre católicos y luteranos:

La Declaración Conjunta sobre la doctrina de la justificación, firmada en 1999 por representantes de la Federación Luterana Mundial y de la Iglesia Católica Romana, (…) confirma que entre luteranos y católicos existe un consenso en las verdades fundamentales de la doctrina de la justificación.”
(Documento de diálogo “Del conflicto a la comunión”, Art.25)

Nota al margen: Es cierto que la postura de Lutero no fue muy equilibrada. En consecuencia, muchos reformados y evangélicos hasta hoy tienen una teología de “gracia barata” y creen que tienen una licencia para vivir como se les da la gana, sin tomar en cuenta la palabra de Dios, porque “Jesús me perdona todo”. Eso no fue la intención de Lutero; pero pienso que no se pudo evitar después de su fuerte polémica contra las “buenas obras”.
Sin embargo, la postura romana acarrea problemas aun más graves. Las obras del hombre natural nunca son lo suficientemente “justos” ante Dios para poder justificarle. Por tanto, el creyente católico (si toma en serio su fe) nunca tiene certeza acerca de su salvación y justificación. Esta falta de certeza la puede aliviar (pero no superar por completo) solamente en los sacramentos de la iglesia, particularmente en la confesión y penitencia, donde tiene que someter su propia conciencia y su juicio propio bajo las órdenes de los sacerdotes. Esto significa que el creyente católico queda de por vida atado con su conciencia a sus superiores en la jerarquía eclesiástica, y nunca alcanza el acceso directo y personal a Dios que Jesucristo abrió para todo el que cree en Él (Hebreos 4:14-16, 10:17-22).
Opino que la solución del dilema se encuentra en un entendimiento correcto de la palabra “justificación”, como lo enseñaron movimientos de avivamiento como los menonitas, los metodistas, o los pentecostales, en sus primeros inicios: “Justificación” en el sentido bíblico no es simplemente un cambio de rótulo, como si Dios pusiera a todo pecador el rótulo de “Justo”. Justificación es liberación en el poder de Jesucristo, no solamente del castigo por el pecado, sino también del
poder del pecado. O sea, es ser liberado para vivir efectivamente una vida justa ante Dios. Bajo esta perspectiva, las buenas obras no quedan anuladas; pero en vez de ver en ellas un medio para la salvación, se convierten en una consecuencia natural de ella. (Para más detalles, vea
“Los anabaptistas”, “La vida de Juan Wesley”, y “El avivamiento de la Calle Azusa”.)

Viendo la historia de la condena tajante contra Lutero, parece muy extraño que ahora líderes católicos y luteranos digan que exista un “consenso” en cuanto a la enseñanza de la justificación. Muchos evangélicos (y sobre todo los luteranos) están engañados y piensan: “Ahora la iglesia romana se está abriendo para la Reforma.” Escuchan las palabras amistosas del papa y leen declaraciones como la mencionada, y piensan que “la iglesia católica está cambiando”.
Esto revela que muchos evangélicos (y católicos por igual) no entienden lo que es la esencia del catolicismo. La iglesia romana puede quizás cambiar algunas de sus formas exteriores, puede quizás cambiar un poco su trato con las otras iglesias, puede también adquirir nuevas doctrinas; pero nunca puede revocar alguna de sus doctrinas pronunciadas por un papa o un concilio. Esto se debe a la doctrina romana de la infalibilidad de la iglesia. Según esta doctrina, la iglesia romana (representada por el papa y los concilios) no se puede equivocar en sus declaraciones doctrinales.

(En consecuencia, el Art.1 de la “Declaración Conjunta” mantiene también que las condenaciones del Concilio de Trento “siguen vigentes”. ¿A los luteranos se les habrá pasado por alto este detalle? – Solamente que el Art.13 lo relativiza diciendo: “A la luz de dicho consenso, las respectivas condenas doctrinales del siglo XVI ya no se aplican a los interlocutores de nuestros días.”)

– En consecuencia de la doctrina de la infalibilidad, la enseñanza romana no está edificada sobre las Sagradas Escrituras, está edificada sobre sí misma. Aun si los líderes de la iglesia católica se dieran cuenta de que algunas de sus doctrinas pasadas estaban erradas y contradicen la Biblia (como por ejemplo sus decretos de que se debe matar a los herejes), no pueden revocar esos decretos, porque su propia doctrina fundamental se lo prohíbe. Este asunto es tan esencial que allí radicó la disputa entre Lutero y el papa. La controversia comenzó a escalar cuando Lutero dijo: “Aun los concilios pueden equivocarse.”
Si algún día la iglesia romana reconociera que una de sus doctrinas promulgadas por un papa o un concilio fue errada, y revocara dicha doctrina, en aquel día la iglesia romana se anularía a sí misma y se hubiera vuelto reformada; porque habría dado la razón a lo que dijo Lutero.

Por eso, la iglesia romana y sus líderes no pueden cambiar ninguna de sus doctrinas fundamentales – aun si estuvieran plenamente conscientes de la falsedad de una de estas doctrinas. Mientras quieren seguir siendo católicos romanos, tendrán que cargar hasta el fin de sus días con la culpa de la sangre derramada de millones de valdenses, reformados, “anabaptistas”, aztecas, incas, … a quienes mandaron matar como “herejes” o “paganos”. Esas crueldades no eran “desviaciones” o “debilidad humana” o algo así, como algunos apologistas católicos quieren hacernos creer. Al contrario, todo eso sucedió en consecuencia y en obediencia directa a los decretos papales acerca de la extirpación de los herejes; decretos que nunca fueron revocados hasta hoy.

A raíz de los recientes acercamientos entre luteranos y católicos, también unos católicos han expresado preocupaciones de que el papa podría tener demasiada apertura para enseñanzas reformadas. Pero puedo tranquilizarles; el papa ha dicho claramente lo que piensa acerca de la Reforma:

“La reciente reedición de una conferencia perteneciente a la historia de los jesuitas, que el Arzobispo Bergoglio dio en Argentina en 1985, indica la clase de severa evaluación que dio de la Reforma Protestante en general y de Juan Calvino en particular. Esta conferencia se publicó de nuevo en España en 2013 y después se tradujo al italiano en forma de libro (Chi sono i gesuiti [Quienes son los jesuitas], Bologna: EMI, 2014). Puesto que no hay ninguna indicación de que haya cambiado su mentalidad, tenemos que considerar el contenido del libro una exacta reflexión de lo que Francisco todavía piensa de la Reforma Protestante.
(Nota: Esta obra no es de confundir con una biografía del papa actual que fue publicada en Argentina bajo el título “El jesuita”.)

El protestantismo es la raíz de todos los males

(…) Según él, las consecuencias inevitables de la Reforma son la aniquilación del hombre en su ansiedad (dando como resultado el ateismo existencial) y un salto en la oscuridad por una especie de superman (conforme a lo previsto por Nietzsche). Ambos resultados conducen a “la muerte de Dios” y a una clase de “paganismo” que se manifiesta como el nazismo y el marxismo. ¡Todo esto surge a partir de la “posición de Lutero”! Bergoglio argumenta que la Reforma es la raíz de todas las tragedias del Occidente moderno, desde la secularización a la muerte de Dios, desde los regímenes totalitarios a los suicidios ideológicos.

Nada hay nuevo bajo el sol. Este punto de vista despectivo y atroz de la Reforma ha sido la lectura común de la historia moderna europea debido a las puntuaciones dadas por los polemistas católicos de la Contrarreforma hasta décadas recientes. Bergoglio no lo ha inventado. Más bien lo reafirma como si una más exhaustiva investigación histórica y análisis culturales y teológicos no hubieran nunca tenido lugar después del Concilio de Trento. ¿Qué podemos hacer con sus tonos amistosos hacia los protestantes si él realmente cree que tiene que culparse a la “posición Luterana” por todos los males de la civilización occidental?”
(Fuente: “Lo que Francisco piensa realmente de la Reforma”)

Entendiendo esto, podemos ver que también la “Declaración conjunta” no significa que la iglesia católica haya cambiado su doctrina acerca de la justificación, ni que haya revocado sus condenas contra la Reforma. Mas bien significa que los líderes luteranos actuales están tan ansiosos por estar en “paz” con Roma, que están haciendo concesiones aun a las enseñanzas más fundamentales de la Biblia, redescubiertas por la Reforma.

Si Ud. es católico romano, podrá alegrarse. Pronto tendrá a la iglesia luterana a sus pies, con lo que la Reforma quedará anulada.

Si Ud. se identifica como evangélico, piénselo tres veces si eso es realmente lo que Ud. desea, y si los líderes evangélicos actuales son la clase de líderes a los que Ud. desea seguir. – En una próxima parte veremos que estos asuntos conciernen no solamente a los luteranos, sino a todos los evangélicos.

Se da viña en arrendamiento

27/09/2014

“Cuando venga, pues, el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores? – Le dijeron: A los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores, que le paguen el fruto a su tiempo. (…) Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él.”

Esta es la conclusión de una parábola que el Señor Jesús contó acerca de los labradores malvados en la viña del Señor. (Vea Mateo 21:33-46.) En aquel tiempo, los labradores malvados eran los líderes del pueblo judío. Ellos, en vez de entregar al Señor el “fruto” de Su viña, se apoderaron de ella. Y al fin, cuando el Señor envió a Su propio Hijo para pedirles cuenta, lo agarraron, lo maltrataron, lo mataron, y lo echaron fuera de la viña. Por tanto, el Señor tuvo que encomendar Su viña “a otros labradores”.

Efectivamente podemos ver en los primeros siglos de la historia de la iglesia una transición gradual desde el pueblo judío hacia los pueblos “gentiles” (no judíos). Los apóstoles del Señor eran todavía todos judíos; pero con los viajes de Pablo, ya vemos que el Evangelio encontró mucho más resonancia entre los “gentiles” que entre los judíos. Y en el siglo II, los judíos ya eran una pequeña minoría en la iglesia y en su liderazgo. – Paralelamente a eso, Dios permitió que en el año 70 Jerusalén fuera destruído; y en el segundo siglo, los romanos expulsaron a los judíos definitivamente de su tierra. Con eso, el “traspaso” de la viña del Señor era prácticamente completo.

Pero esta historia se ha repetido varias veces a lo largo de los siglos. Durante mil años aproximadamente, las dos ramas principales del catolicismo estuvieron firmemente a cargo de la “viña” (o sea, el catolicismo romano en el occidente y la iglesia “ortodoxa” en el oriente). Pero ellos hicieron lo mismo como los sacerdotes y fariseos en el tiempo de Jesús: Los líderes se apoderaron de la “viña”; o sea, se enseñorearon de los miembros de sus iglesias, en vez de permitir que cada uno siga personalmente al Señor. También empezaron a maltratar al Señor, al negar más y más de Sus mandamientos, remplazándolos por mandamientos eclesiásticos hechos por hombres. Finalmente lo echaron de la viña, al declarar que la autoridad de los líderes de la iglesia está por encima de la palabra escrita del Señor.

Entonces vino la Reforma. Dios envió nuevamente a unos siervos Suyos para pedir el fruto de la viña que le correspondía. Y nuevamente, Sus siervos fueron golpeados y matados. Pero entonces Dios empezó a traspasar Su viña a un pueblo nuevo. La iglesia católica comenzó a perder su influencia política y doctrinal, y las iglesias de la Reforma se convirtieron en los representantes principales de la fe bíblica. Podemos ver la conclusión de este proceso en la Revolución Francesa a fines del siglo XVIII y en la independencia de las colonias españolas a inicios del siglo XIX, donde se acabaron los poderes seculares de la iglesia católica.

Pero menos conocido es el hecho de que al mismo tiempo ya se había iniciado la apostasía de las iglesias de la Reforma. Durante la primera mitad del siglo XIX, unos teólogos luteranos en Alemania asentaron las bases para una “teología” sumamente destructiva, una teología que niega la inspiración divina de la Biblia y busca en ella errores y contradicciones, para así “demostrar” que la Biblia no es confiable. Esta teología – conocida bajo los nombres de “teología modernista”, “teología liberal”, “teología científica”, “Alta Crítica”, “Ciencias Bíblicas”, y varios otros nombres – empezó poco a poco a infiltrar las iglesias del mundo entero, comenzando con las iglesias de la Reforma. (Pero también la iglesia católica usa ahora esta teología crítica.) En consecuencia, estas iglesias empezaron a morir espiritualmente. Sus miembros, aunque se llaman “cristianos”, no creen en casi ninguna de las enseñanzas de la Biblia, y tampoco llevan vidas cristianas. Al negar que la Biblia es la palabra de Dios inspirada, habían echado nuevamente al Señor de Su viña.

En consecuencia, estas iglesias (luteranas y afines) empezaron a perder miembros, y su contribución a la evangelización del mundo empezó a disminuir hasta desaparecer casi por completo. Desde la segunda mitad del siglo XX, la extensión del Evangelio bíblico en el mundo es asumida casi únicamente por las iglesias evangélicas y pentecostales – las cuales también se identifican como herederos de la Reforma, pero tienen su origen en avivamientos posteriores. Se distinguen de las iglesias reformadas por el hecho de que en aquellos avivamientos, se enfatizó la importancia del nuevo nacimiento y de una vida santificada como evidencia de la conversión.

Podemos decir entonces que entre 1850 y 1950 aproximadamente sucedió un nuevo “traspaso” de la viña del Señor, aunque de una manera más silenciosa, desde las iglesias reformadas de la “primera generación” (luteranas, calvinistas, anglicanas, etc.) hacia las iglesias de “segunda generación” (evangélicos, bautistas, pentecostales, etc.). Pero parece que a medida que se acerca el fin, la historia se acelera. Ahora las mismas iglesias evangélicas se han a su vez encaminado hacia la apostasía. Ya están tan infectadas por la teología modernista como lo eran las iglesias luteranas hace pocas décadas; y ya están también abiertamente y a nivel mundial colaborando con el movimiento ecuménico. (Vea “Pacto entre la Alianza Evangélico, el ecumenismo y el vaticano“.) Además, es difícil hoy en día encontrar a un solo líder evangélico importante que vive todavía según los estándares bíblicos de integridad, honestidad y pureza. Abunda ahora la deshonestidad financiera, la inmoralidad sexual, el abuso del poder, y la manipulación para encubrir todo eso. Al mismo tiempo, esos líderes se adueñan de la viña del Señor, tratando a los miembros de sus congregaciones como si fueran su propiedad personal.

Con esto coincide el trato que las iglesias evangélicas dan a los siervos que el Señor envía para pedirles el fruto de la viña. Aunque todavía no hay muchos casos de violencia física – eso es solamente porque vivimos en tiempos diferentes; las iglesias católicas y reformadas también han dejado de perseguir con violencia a los que consideran “herejes”. Pero los siervos del Señor que se atreven a amonestar a los líderes evangélicos desde la Biblia, son expulsados de sus congregaciones, son difamados desde los púlpitos, sus escritos son declarados literatura prohibida, y a menudo los líderes hacen todos los esfuerzos posibles para separar a estos siervos de sus amistades cristianas.

Por tanto presenciamos actualmente el comienzo de la muerte espiritual de las iglesias evangélicas. Entre sus miembros quedan todavía algunos que tuvieron una experiencia personal con el Señor, nacieron de nuevo y viven una vida agradable a Dios; pero son una pequeña minoría. Las iglesias recién fundadas todavía crecen numéricamente; pero en las que tienen mayor tiempo, ya está disminuyendo la membresía. En mi entorno encuentro por cada miembro activo de una iglesia evangélica a tres ex-miembros desilusionados; y muchos de ellos abandonaron no solamente su congregación, sino también la fe cristiana en general. Esta observación personal coincide con estadísticas recientes a mayor escala.

Por eso, el Señor ha colgado nuevamente sobre Su viña el letrero: “Se da en arrendamiento”. Ya se avecina un nuevo traspaso. Una posibilidad de como esto podría suceder, nos muestra la historia de China. En la “revolución cultural” bajo Mao, todos los misioneros extranjeros fueron expulsados, y muchos líderes cristianos chinos fueron encarcelados. La iglesia china pasó por un tiempo de sufrimientos indescriptibles. Sin embargo, muchos hombres de Dios en China hoy en día dan gracias a Dios por aquellos tiempos. Dicen que gracias a Mao, los cristianos chinos en su aislamiento no fueron contagiados por la decadencia moral y espiritual de las iglesias occidentales. En cambio, recibieron una oportunidad para comenzar de nuevo, basándose únicamente en la palabra de Dios, sin la influencia de enseñanzas denominacionales desde afuera. Así surgió un nuevo tipo de iglesias, desconocido en el mundo libre, pero probablemente más cercano a la iglesia del Nuevo Testamento que cualquier otro tipo de iglesias existentes hoy: las iglesias caseras clandestinas. Y ellas son las que hoy en día llevan adelante el trabajo en la viña del Señor.

Personalmente espero que aquí en el occidente podamos experimentar un “traspaso” más pacífico; pero en vista del estado desolado de las iglesias actuales no sé si eso será posible. El gran problema es que aquí todavía no existe ningún movimiento cristiano nuevo que podría fungir como sucesor de las fallidas iglesias evangélicas. Es cierto que hay unos predicadores de arrepentimiento que llaman a un regreso al cristianismo del Nuevo Testamento; pero son pocos quienes los escuchan. También existen ahora movimientos de “iglesias en casa” en varios países, y algunos de ellos incluso se inspiran en las iglesias chinas. Algunos de estos movimientos parecen bastante espirituales; pero otros parecen simplemente acogerse a la idea “novedosa” de reunirse en casas en vez de templos, mientras les faltan unos puntos esenciales, tales como un concepto bíblico del Nuevo Nacimiento, estructuras familiares en vez de institucionales, o la integridad en el liderazgo. Tengo la impresión de que estos movimientos todavía tendrán que madurar bastante hasta que el Señor les pueda encomendar Su viña. Por mientras, el Señor sigue buscando labradores para Su viña. ¿Quién asumirá la responsabilidad?


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