La iglesia como “familia de Dios” – Parte 5

08/03/2017

La sumisión en el Nuevo Testamento

Examinaremos ahora el concepto más “jerárquico” que existe en el Nuevo Testamento: la “sumisión” o “sujeción”. El verbo griego correspondiente, “hypotássomai”, está relacionado con una palabra que significa “orden”. Su significado literal es entonces “colocarse en el orden correcto debajo de alguien”.

Al examinar los pasajes del Nuevo Testamento donde aparece esta palabra, notamos primeramente que Dios es el único que activamente “somete” o “sujeta” a alguien o algo. Nunca dice que algún hombre debe someter a otro o exigir sumisión de otro. Este es un principio importante: La sumisión en el sentido del Nuevo Testamento es algo que uno hace por sí mismo. No es algo que uno podría exigir de los demás. – En otras palabras: Hay varios pasajes del Nuevo Testamento que dicen a ciertas personas que deben someterse a otras personas. Pero nunca dice a estas otras personas que deben exigir sumisión de las primeras.
Así notamos también que los apóstoles dicen en varias oportunidades a los miembros de la familia de Dios que se sometan a ciertas personas; pero ningún apóstol o líder en el Nuevo Testamento dijo alguna vez: “Sométanse a mí”.

Ahora, entre todos los pasajes que hablan de “sumisión” entre personas humanas, encontramos uno solo que se refiere al ámbito de la iglesia propiamente dicho: “Ustedes conocen el hogar de Estefanás, que son el primer fruto de Acaia, y se colocaron a sí mismos al servicio para los santos; que también ustedes se sometan a los tales, y a todo aquel que colabora y trabaja duro.” (1 Corintios 16:15-16)
Llama la atención que este pasaje no habla de ninguna posición de liderazgo específico (como si dijera “Sométanse a los ancianos”, o “Sométanse a los apóstoles”). En cambio, habla de una manera muy general de “todo aquel que (voluntariamente) colabora y trabaja duro”. O sea, no existe ningún círculo fijo de personas en la iglesia que de por sí mismos tuvieran derecho a que los demás se sujeten a ellos. Pablo recomienda con nombre a Estefanás, pero lo deja al criterio de los miembros de la iglesia, determinar quiénes son los otros que “colaboran y trabajan duro”. Obviamente, este dicho está en línea con lo que dijo Jesús, de que “el mayor de ustedes sea su siervo” (Mateo 23:12). También está en línea con lo que dijimos en las reflexiones anteriores, que el ancianato no se define por elección “democrática” ni por nombramiento “desde arriba”, sino por medio del reconocimiento de parte de la congregación.

Este hecho es aun más llamativo cuando consideramos que existen otros ámbitos donde el Nuevo Testamento sí establece unas estructuras claras de “sumisión”: en cuanto al gobierno del estado, y aun más notablemente en cuanto a la familia. A todos les dice que se sujeten al gobierno (Romanos 13:1.5, Tito 3:1, 1 Pedro 2:13). (Aunque esta sujeción tiene sus límites cuando se trata de los mandamientos de Dios; pero no hay lugar aquí para entrar en este tema.) – Aun más claras y detalladas son las palabras que establecen una “estructura de sumisión” en el hogar:

– Las esposas deben someterse a sus esposos. (Efesios 5:22, Colosenses 3:18, Tito 2:5 (las ancianas), 1 Pedro 3:1.5). – Hay además dos pasajes donde dice que las mujeres deben estar en sumisión, sin especificar a quién (1 Corintios 14:34, 1 Timoteo 2:11). Pero ante el trasfondo tan claro de la estructura del matrimonio, podemos con bastante seguridad asumir que también estos pasajes se refieren a la sumisión hacia sus propios esposos (y no hacia cualquiera).

– Los hijos deben someterse a sus padres. Esto está implícito en Lucas 2:51 y 1 Timoteo 3:4.

– Los siervos deben someterse a sus amos. (Tito 2:9, 1 Pedro 2:18) Esta es también una relación familiar, ya que los siervos y esclavos se consideraban parte del hogar del amo.

– Los (más) jóvenes deben someterse a los (más) ancianos. (1 Pedro 5:5). Algunos piensan que aquí se trata de una relación “eclesiástica”, ya que los versículos anteriores hablan de los ancianos de la iglesia. Pero al usar la palabra “los (más) jóvenes”, Pedro aclara que la verdadera razón por someterse no es la “posición de liderazgo” de los ancianos, sino la diferencia en edad (y por tanto en experiencia y sabiduría). Aun donde se trata de los ancianos de la iglesia, el trasfondo de este principio es el uso común en la familia extendida. Por tanto, este versículo pertenece a la categoria de las relaciones familiares (que se prolongan en la iglesia), y no de las relaciones “institucionales”.

Lo mismo observamos cuando examinamos el uso de la palabra griega “hypakoúo” (obedecer). La gran mayoría de estos pasajes hablan de la obediencia hacia Dios y Su palabra. Los demás se refieren todos a las relaciones dentro del hogar:

– Sara obedecía a su esposo Abraham (1 Pedro 3:6).

– Los niños deben obedecer a sus padres (Efesios 6:1, Colosenses 3:20).

– Los siervos deben obedecer a sus amos (Efesios 6:5, Colosenses 3:22).

No existe ningún pasaje del Nuevo Testamento donde la palabra “hypakoúo” se usaría para describir la obediencia hacia líderes de la iglesia.

Algunos citan Hebreos 13:17 para decir que allí se exige obediencia hacia los “pastores”. Desafortunadamente, varias versiones de la Biblia (entre ellas la Reina-Valera) apoyan esta idea porque traducen este versículo de manera inexacta e incorrecta. En el original griego, este versículo no contiene la palabra “hypotássomai” ni la palabra “hypakoúo”. En su lugar tiene dos otras palabras con un significado mucho menos fuerte: “peíthomai”, que significa “dejarse convencer” (voluntariamente), y “hypeíko”, que significa “ceder”. – En el original, Hebreos 13:17 tampoco contiene la palabra “poimén” (pastor). En su lugar dice “haegoúmenoi”, lo que significa “líderes” o “guías” en un sentido muy amplio (y en el plural), sin especificar ninguna posición o “cargo” en particular. Una traducción más exacta sería: “Déjense convencer por vuestros guías y cedan, porque ellos velan en beneficio de las almas de ustedes …”

El Nuevo Testamento usa entonces bastante espacio para detallar el “orden correcto” dentro del cual cada uno debe colocarse, en lo que se refiere a las relaciones en el hogar; pero no dice casi nada acerca de una similar “estructura de sumisión” en la iglesia. Es realmente sorprendente que en las muchas congregaciones que enfatizan la “sumisión hacia los líderes”, ¡nadie se haya percatado de eso!

Encontramos además, en el mismo contexto de los pasajes citados, dos versículos que dicen “Sométanse unos a otros” (Efesios 5:21, 1 Pedro 5:5). Entonces, las “estructuras de sumisión” que hemos visto ahora no son absolutas; estas estructuras deben estar integradas en un ambiente de respeto y sumisión mutua.

Sacamos entonces las siguientes conclusiones:

La sumisión en la iglesia del Señor no debe entenderse como expresión de una estructura jerárquica y artificial, como en las instituciones del estado. En la iglesia, en cambio, la sumisión es una consecuencia natural de las relaciones familiares que existen en los hogares y en las familias extendidas. Bíblicamente, la familia y el hogar tienen una “estructura de sumisión” mucho más fuerte y más importante que la iglesia. Es desde estas estructuras familiares que surge de manera natural el ancianato de la iglesia, y el respeto y la sumisión que se brinda voluntariamente a los ancianos como a padres sabios y maduros en el Señor. Las personas que son dignas de recibir esta sumisión, se distinguen no por un “cargo” o una “posición” definida, sino por haberse colocado voluntariamente “al servicio de los santos” (1 Corintios 16:15-16), y por haber recibido como tales el reconocimiento de la congregación. Todo esto está envuelto en la sumisión mutua, que se aplica a todos los miembros de la familia de Dios sin importar su función en la iglesia.

A la luz de la enseñanza del Nuevo Testamento, se debe desconfiar de cada líder eclesiástico que exige sumisión hacia él mismo; sobre todo cuando esta sumisión interfiere con la sumisión en las relaciones familiares ordenadas por Dios entre esposo y esposa, o entre padres e hijos.

La iglesia como “familia de Dios” – Parte 4

24/02/2017

La pluralidad del ancianato

El ancianato de la iglesia del Nuevo Testamento es plural. Ninguna iglesia del Nuevo Testamento, hasta donde tenemos información acerca de su estructura, fue dirigida por un solo anciano, “líder”, “sacerdote” o “pastor”. En todas encontramos un equipo de varias personas que asumían juntos la responsabilidad por la iglesia:
– Jerusalén: los once apóstoles.
– Antioquía: cinco “profetas y maestros” (Hechos 13:1)
– Las primeras iglesias fundadas por Pablo: ancianos (Hechos 14:23)
– Efeso: ancianos (Hechos 20:17)
– Las iglesias en general: “Apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros” (Efesios 4:11)
– Filipos: “Cuidadores/supervisores y siervos” (Filipenses 1:1)
– Las iglesias en general: “Guías” o “líderes” (Hebreos 13:7.17.24)
– Las iglesias en general: Ancianos (Tito 1:5, Santiago 5:14, 1 Pedro 5:1)

Un “pastor” evangélico una vez contestó que en 1 Timoteo 3:2 aparece “el obispo” en singular: “Conviene, pues, que el obispo sea irreprensible, marido de una mujer, solícito, …” (según la versión Reina-Valera 1909). Sí, pero esta es una expresión genérica que no implica que haya un único obispo en la iglesia local. Es igual como cuando se dice: “El estudiante debe estar atento en la clase”; eso no implica que haya un único estudiante en la clase.

Compartir la responsabilidad entre varios ancianos tiene diversas ventajas:

  • El equipo de ancianos tiene un mayor incentivo para buscar seriamente a Dios en cuanto a sus decisiones, para poder decidir en consenso según la voluntad de Dios. “En la multitud de consejeros hay seguridad” (Proverbios 11:14).
  • El peligro es menor que uno de los ancianos comience a abusar de su poder de manera autoritaria.
  • En un equipo de varios ancianos hay una mayor diversidad de dones espirituales, lo cual es necesario para la edificación sana de la iglesia.

Comparando entre sí los pasajes Hechos 20:17.28, 1 Pedro 5:1-3, Tito 1:5-7, descubrimos que los “cuidadores” o “supervisores” (algunas versiones traducen “obispos”) son idénticos con los ancianos, y que también el “pastorear” es una función de los ancianos. O sea, en la iglesia del Nuevo Testamento no existían “pastores sobre ancianos”, ni “obispos sobre pastores”, ni “obispos sobre ancianos”. Los responsables de la iglesia local eran los ancianos (en plural), y punto.

La iglesia como “familia de Dios” – Parte 3

13/02/2017

Designación de ancianos en la iglesia del Nuevo Testamento

En Hechos 14:23, el proceso de designar los primeros ancianos en iglesias recién fundadas se describe con la palabra griega jeirotonéo. Esta palabra significa literalmente “confirmar levantando las manos”. (La versión Reina-Valera traduce con “constituir”, lo cual no es completamente correcto.) La idea es que Pablo sugirió a ciertos hombres como ancianos, pero la iglesia entera tenía que confirmar su designación. Este procedimiento fue entonces algo como una forma intermedia entre una decisión por un liderazgo superior (el apóstol), y una elección democrática.
Pero si nos detenemos solamente en estos detalles de la forma exterior del proceso, nos perdemos lo más importante: La descripción de este proceso fue escrita ante el “telón de fondo” de las estructuras familiares en la sociedad judía. Lo esencial es que los apóstoles y las iglesias practicaron un procedimiento apto para llevarlos a un consenso espiritual. Anteriormente a esta etapa final ya había sucedido el proceso de conocerse en familia, de conocer la sabiduría y el “estilo de paternidad” de cada uno de los prospectivos ancianos, y todo lo demás que era necesario para llegar a una conclusión agradable a Dios.

Tenemos que entender entonces que un anciano en la Biblia es algo muy diferente de un “miembro de la junta directiva” en una asociación o congregación religiosa moderna. En las congregaciones actuales, el entero proceso de constituir un liderazgo se ha despersonalizado y se ha desacoplado del ambiente familiar. Los líderes se eligen según un procedimiento mecánico prescrito por estatutos y reglamentos. Estos procedimientos pueden ser más democráticos (elecciones en asamblea) o más dictatoriales (los líderes superiores deciden); pero en ambos casos no se eligen los más sabios ni los más maduros espiritualmente. Mucho más peso tienen las capacidades humanas, tales como la facilidad de hablar, la capacidad de imponer sus decisiones sobre otros y de manipularlos, la capacidad de presentar una buena apariencia hacia afuera; y en algunas congregaciones también los diplomas teológicos. Pero nada de esto garantiza la espiritualidad o la integridad personal de las personas que salen elegidas.
En consecuencia, estos liderazgos funcionan más como los gobiernos seculares o como la gerencia de una empresa grande, que como una familia. Existe hipocresía, burocracia, corrupción, codicia, intrigas, luchas por el poder, inmoralidad (con las maniobras consiguientes para encubrirla), y todo lo feo que se ve en el mundo no cristiano. Los líderes pueden esconder su verdadera personalidad detrás de una “apariencia de púlpito”, porque nadie está lo suficientemente cercano a ellos para poder conocerlos tales como son. Por eso, nadie tampoco puede advertirlos o corregirlos cuando están en peligro de extraviarse o de caer en pecado. La pérdida de las estructuras familiares ha desfigurado el liderazgo en las congregaciones de tal manera que hoy en día es difícil siquiera imaginarse lo que es un verdadero liderazgo espiritual.

En la iglesia del Nuevo Testamento, el ancianato surge de manera natural desde la familia, desde la paternidad, y desde las reuniones en los hogares. El criterio más importante para la aptitud de alguien para el ancianato es, si es un buen esposo para su esposa y un buen padre para sus hijos. En el ambiente familiar de la iglesia del Nuevo Testamento, con sus reuniones en los hogares y su compartir de la vida diaria, los miembros de la iglesia podían observar fácilmente la vida familiar de los otros miembros, y así conocer su carácter verdadero. Así funcionaba el reconocimiento de los padres más sabios y espirituales como ancianos, y la corrección mutua cuando uno de ellos estaba en peligro de apartarse de los caminos del Señor.

La iglesia como “familia de Dios” – Parte 2

04/02/2017

El ancianato como liderazgo familiar

En el Antiguo Testamento, la sociedad judía en todos sus niveles fue dirigida por los “ancianos”. Había ancianos de las familias extendidas, de los linajes o estirpes, y de las tribus.

El ancianato en el Antiguo Testamento

El término de “anciano” es en primer lugar un término de la vida familiar. El gobierno de los ancianos era una paternidad extendida. Los ancianos fueron reconocidos como tales porque ellos eran los padres más sabios en sus propias familias. La autoridad surgía de manera natural desde las familias, y de allí a las familias extendidas, y así sucesivamente hasta el nivel nacional. Las personas más indicadas para testificar de la calidad de un anciano son los miembros de su propia familia. Así, cada anciano estaba rodeado por una “red de seguridad” de personas cercanas a él, que lo conocían personalmente desde hace muchos años. Por esta cercanía personal, ellos podían avalar y fortalecer la autoridad del anciano; pero podían también corregirle cuando el anciano estaba en error.

Los ancianos entonces no fueron elegidos democráticamente; pero tampoco fueron “constituidos” por un liderazgo superior. Ellos fueron reconocidos por su familia extendida o estirpe, por las personas que le conocían personalmente, y a base de sus cualidades personales y su madurez espiritual que estas personas cercanas podían ver. El entero proceso de designar ancianos fue un proceso relacional (basado en las relaciones personales entre las personas involucradas), no un proceso institucional.

En el ambiente bíblico, aun cuando alguien llegaba a un nivel muy alto del ancianato, la familia seguía siendo su prioridad más importante. Si descuidaba esta prioridad, podía perder su autoridad, y hasta caer bajo el juicio de Dios. Así sucedió con el sacerdote Elí, quien ocupaba una posición muy importante, pero descuidó corregir a sus hijos (1 Samuel 2:12-36, 4:11-18).

El ancianato en el Nuevo Testamento

Este mismo concepto de “anciano” se aplica también en la iglesia del Nuevo Testamento. Por eso es uno de los requisitos más importantes para un líder en la iglesia del Nuevo Testamento, que sea “un buen líder de su propio hogar, que tenga a sus niños en sumisión, con toda honradez – porque si alguien no sabe liderar su propio hogar, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?” (1 Timoteo 3:4-5) – Educar a los propios hijos es una preparación indispensable para ser anciano. En la iglesia del Nuevo Testamento era imposible que alguien llegase a ser reconocido como anciano, si no había dado primero el ejemplo de ser un buen esposo y padre durante muchos años.
Esta fundamentación del ancianato en la familia es una de las seguridades más fuertes contra la intromisión de falsos hermanos o personas no esprituales en el liderazgo. El propio hogar es el lugar donde uno tiene las menores posibilidades de aparentar algo que uno no es. Si alguien es un mentiroso, un hipócrita, un codicioso, un manipulador … sus familiares se darán cuenta de ello. Y si la iglesia entera está basada en las familias y se reúne en los hogares, entonces los otros miembros de la iglesia también podrán darse cuenta. Si la vida familiar es el criterio más importante para reconocer a un líder sabio, íntegro y maduro, entonces hay más probabilidad de que sean realmente las personas espirituales, íntegros y transparentes, quienes serán reconocidos como ancianos.

Por supuesto que un padre cristiano sigue administrando bien su hogar, también después de asumir una responsabilidad como anciano. La responsabilidad por la iglesia no debe causar que el padre se ausente de su hogar más de lo debido; porque si hiciera eso, perdería el fundamento y la legitimación de su responsabilidad en la iglesia. La responsabilidad fuera del hogar no debe ser un sustituto de la paternidad, sino una extensión de ella.

La iglesia como “familia de Dios” – Parte 1

26/01/2017

En las reflexiones anteriores hemos examinado la descripción de la iglesia del Nuevo Testamento como “cuerpo de Cristo”, y hemos analizado el funcionamiento interno de este cuerpo. Ahora pasaremos a otra descripción igualmente importante: la iglesia es la familia de Dios.

La estructura de la iglesia del Nuevo Testamento se basa en las familias.

La iglesia se llama “la familia de Dios” (Efesios 2:19) o “familia de la fe” (Gálatas 6:10). Un poco más adelante en la misma carta, Pablo explica la razón de ser de la familia: “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesús el Cristo, según quien es nombrada toda familia (lit. paternidad) en los cielos y en la tierra.” (Efesios 3:14-15) La familia – o más exactamente la paternidad – terrenal es entonces una imagen y un reflejo de la paternidad que ejerce Dios Padre. La familia no es simplemente una forma de convivencia de la sociedad humana. Es una institución divina con el propósito explícito de reflejar la paternidad de Dios en la tierra.
Y eso mismo es también uno de los propósitos más importantes de la iglesia. Avanzando un poco más en la carta a los efesios, vemos que Pablo habla también de la iglesia en términos de la familia y del matrimonio: “…porque el esposo es cabeza de la esposa, como también el Cristo es cabeza de la asamblea, y él es Salvador del cuerpo. … Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y será adherido a su esposa, y los dos se volverán una sola carne. Este secreto es grande, pero yo digo [que se refiere] a Cristo y a la iglesia.” (Efesios 5:23.31-32)

Por eso, la estructura de la iglesia del Nuevo Testamento es básicamente la estructura de una familia; no de una organización o institución. En su núcleo está la familia natural, la cual refleja la paternidad de Dios. Y si las relaciones interpersonales en la iglesia funcionan como relaciones familiares, la iglesia entera refleja la paternidad de Dios. La paternidad de Dios es perfecta, justa, fiel, amorosa, compasiva, comprensiva, sincera, transparente, y siempre para el bien de los hijos.

Ya la antigua Israel, el pueblo de Dios del Antiguo Pacto, fue estructurado y organizado enteramente por familias, linajes y tribus. En el Nuevo Testamento hay pocos pasajes que hablan explícitamente de una estructura familiar. Por eso es fácil pasar por alto este hecho. Pero la primera iglesia estaba todavía completamente inmersa en la cultura judía. Por eso, la estructura familiar es como un telón de fondo que está presente en todos los relatos acerca de la iglesia, aún donde no se la menciona explícitamente.

Esto comienza con la metáfora que el Señor Jesús utiliza para describir el comienzo de una vida cristiana: “… les dio autoridad de volverse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; quienes son engendrados no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:12-13) – “El que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” (Juan 3:3). Una verdadera vida cristiana comienza con un nuevo nacimiento. La persona que nace de nuevo, se convierte en un “hijo de Dios”. Así como un bebé nace en una familia (no en una fábrica, ni en una escuela), así también un nuevo cristiano nace en una familia espiritual, no en una “institución”.
Pablo no usa la expresión de “nacer de nuevo”, pero en su lugar usa la expresión de la “adopción” como hijos de Dios (Romanos 8:14-16, Gálatas 4:3-7).

Después encontramos los indicios de esta estructura familiar en todos los pasajes que testifican que la primera iglesia se reunía en las casas. En los idiomas bíblicos, el hebreo y el griego, la palabra “casa” es equivalente a “familia”.
Con esto coincide que en varias oportunidades leemos de familias enteras que entregaron sus vidas al Señor:
Cornelio con “sus parientes y amigos más cercanos” (Hechos 10:24.44),
Lidia “y su familia” (Hechos 16:15),
el carcelero de Filipos “con todos los suyos” (Hechos 16:33),
“la casa de Aristóbulo” y “los de la casa de Narciso” (Romanos 16:10-11),
“la familia de Estéfanas” (1 Corintios 16:15).

Encontramos también pasajes en las cartas de los apóstoles que se dirigen a esposos y esposas, padres e hijos, amos y esclavos. (Efesios 5:21-6:9, Colosenses 3:18-4:1, 1 Juan 2:12-14.) De allí podemos concluir que las familias estaban unidas en las reuniones; no se formaban grupos de jóvenes o niños aparte, ni de varones o mujeres aparte. La primera iglesia era realmente una “familia de familias”. No era un grupo de personas individuales sacadas de sus familias al azar y juntadas para formar una “institución”. La iglesia del Nuevo Testamento mantiene y fortalece la unidad de la familia. No separa a los miembros de la familia los unos de los otros en sus reuniones y eventos. No hace exigencias que requieren que los padres o madres dejen solos a sus esposos(as) o hijos; no educa a los niños en instituciones aparte y separados de sus padres; no interfiere en los asuntos internos de las familias sin que se haya pedido su ayuda. La entera estructura de la iglesia del Nuevo Testamento es familiar, no institucional.

La iglesia como “cuerpo de Cristo” – Parte 5

11/01/2017

Dones espirituales

Los dones del Espíritu Santo son capacidades o habilidades especiales que el Espíritu Santo da a los miembros del cuerpo de Cristo para ejercer su función particular en el cuerpo. Por tanto, los dones espirituales definen en gran medida la función particular de cada cristiano. “Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, … teniendo dones diferentes según la gracia que nos fue dada …” (Romanos 12:4.6)

El apóstol Pablo habla de los dones espirituales en tres pasajes: Romanos 12:4-8, 1 Corintios 12 (el capítulo entero), y Efesios 4:7-16. Los tres pasajes están en el contexto de la enseñanza acerca del “cuerpo de Cristo”. No podremos entender correctamente los dones espirituales mientras no entendemos el funcionamiento del cuerpo de Cristo, como lo hemos descrito en los capítulos anteriores. Los dones del Espíritu Santo son dados para la edificación mutua del cuerpo de Cristo. O sea, los dones espirituales se ejercen en relaciones de “unos a otros”.
En particular:
– No son dados para la edificación de uno mismo.
– No son dados para llamar la atención a la persona que tiene un don, ni para dar a esa persona una posición especial en la iglesia.

Los dones espirituales no son un fin en sí mismos. Deben servir para un propósito superior: edificar el cuerpo de Cristo en amor. Los tres pasajes en las cartas de Pablo acerca del cuerpo de Cristo y los dones espirituales terminan con el recuerdo de que lo más importante es el amor (Romanos 12:9, 1 Corintios 12:31-13:13, Efesios 4:16).

Tomando en cuenta además que el Espíritu Santo siempre glorifica a Cristo (Juan 16:14), también Sus dones tienen el propósito de exaltar y glorificar a Él, y no deben ser abusados para otros propósitos. (Vea también 1 Corintios 12:3.)

Otro principio importante encontramos en 1 Corintios 12:4.7.11: “Los dones son repartidos de maneras variadas, pero vienen del mismo Espíritu … Y Dios dio a cada uno la evidencia del Espíritu para beneficio. … Pero todo efectúa uno y el mismo Espíritu. El reparte a cada uno aparte como quiere.”
De aquí podemos concluir:
– Existe una gran variación de dones espirituales. No todos los miembros del cuerpo de Cristo tienen los mismos dones. Unos recibieron una clase de dones, otros recibieron otros.
– Cada verdadero miembro del cuerpo de Cristo recibió por lo menos un don del Espíritu Santo. (“El reparte a cada uno…”)
– Ningún miembro tiene todos los dones. Es por eso que necesitamos complementarnos mutuamente. (1 Corintios 12:21-25.)
– El Espíritu Santo es soberano en la repartición de los dones. Aunque podemos pedir o “ser ambiciosos por” ciertos dones específicos (1 Corintios 14:1), no tenemos una promesa o un derecho de recibir tal como pedimos. El Espíritu Santo reparte “como quiere”.

En consecuencia, la iglesia del Nuevo Testamento respeta la diversidad de los dones en sus miembros; da a cada uno la oportunidad de ejercer sus dones específicos; y cada miembro reconoce su necesidad de ser complementado por los otros miembros.
Esto es opuesto al sistema del “pastorado” de muchas congregaciones actuales: ellos esperan que el “pastor” ejerza todos los dones. Así ponen sobre los hombros del “pastor” una carga que nadie puede llevar. (Y si alguien pretende ser capaz de llevar esta carga, es una persona prepotente.) Por el otro lado, los “miembros comunes” en un tal sistema tienen poca oportunidad de ejercer sus dones espirituales, ni son animados a hacerlo. – La diversidad de los dones es una de las razones por qué todas las iglesias del Nuevo Testamento fueron dirigidas por una pluralidad de líderes: ellos necesitaban complementarse mutuamente con los dones que cada uno de ellos tenía.
Ahora uno podría caer también en el otro extremo y exigir por ejemplo que “todos los miembros profeticen”, o que “todos sanen enfermos”. Eso es igual de equivocado. Dios ha dado “a uno, hacer milagros” (pero no a todos); “a otro, profecía” (pero no a todos), etc. (1 Corintios 12:8-10). No todos los miembros son ojos; no todos los miembros son pies. El cuerpo de Cristo puede funcionar solamente cuando cada miembro está en la libertad de ejercer su propia función particular.

Los dones son “espirituales”, o sea, son sobrenaturales. No son capacidades naturales del hombre. Eso es muy obvio en el caso de dones “llamativos” como el profetizar o el hacer milagros. Existen otros dones espirituales que se asemejan a capacidades naturales; por ejemplo el enseñar, el administrar, o la misericordia. Pero también en estos casos, si es un don espiritual genuino, tiene un componente sobrenatural que hace relucir el carácter de Dios cuando se ejerce. Por ejemplo, alguien que tiene el don espiritual de enseñar, no es simplemente un buen maestro que sabe explicar bien. Adicionalmente, enseña de tal manera que sus oyentes se ven confrontados con la verdad de Dios y se ven obligados a dar una respuesta ante Dios, sea recibiendo o sea rechazando la verdad que Él les hizo ver. Igualmente, alguien con el don espiritual de la misericordia no es simplemente alguien que ayuda a los pobres. Cuando esta persona hace una obra de misericordia, lo hace de tal manera que los beneficiados se ven confrontados con la misericordia de Dios y se ven desafiados a responder a Su misericordia.

La iglesia del Nuevo Testamento incentiva a cada miembro a ejercer los dones que Dios le dio, para la edificación mutua del cuerpo de Cristo en amor, y complementándose mutuamente. No se centra en el ministerio de unos pocos “líderes” u “hombres de Dios”, sino que provee lugar para la “actividad de cada uno de sus miembros” (Efesios 4:16). No considera los dones “llamativos” como más importantes que los otros, pero tampoco desalienta su uso.
Por el otro lado, la iglesia del Nuevo Testamento está consciente de que el diablo intenta imitar todo lo bueno que Dios da. Por eso, los miembros de la iglesia ejercen su discernimiento, “retienen lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21) y rechazan las falsificaciones.

La iglesia como “cuerpo de Cristo” – Parte 4

03/01/2017

“Unos a otros” (Continúa)

En la reflexión anterior hemos visto cuán importantes son las relaciones de “unos a otros” en la iglesia del Nuevo Testamento – mucho más importantes que las relaciones de “líder-seguidor”. Hemos estudiado algunas instrucciones de las cartas apostólicas que hablan de estas relaciones de “unos a otros”; pero todavía hay más:

“Y no participen con las obras infructuosas de la oscuridad, mas bien repréndanlas.” (Efesios 5:11)
“… enséñense y amonéstense unos a otros en toda sabiduría…” (Colosenses 3:16)
“Persigan la paz con todos y la santificación … cuidando/supervisando que no alguien quede detrás de la gracia de Dios …” (Hebreos 12:15)
(Vea también Romanos 15:14, 1 Tesalonicenses 5:14)
Dios ha dado a cada miembro del cuerpo de Cristo la capacidad – dentro del alcance de la sabiduría de cada uno – para amonestar a otros y para reprender la maldad. Los miembros del cuerpo de Cristo se deben “cuidar” o “supervisar” mutuamente. La palabra griega usada en Hebreos 12:15 es “episkopeo”, relacionada con “epískopos” (cuidador, supervisor; a veces traducido como “obispo”). Para que funcione el cuerpo de Cristo, entonces, esta función de “supervisar” no debe ser el privilegio de unos pocos líderes; debe ser compartida por todos los miembros. Solamente que los ancianos ejercerán esta función con mayor intensidad y responsabilidad.
Pero con esta función de “amonestar” y “reprender” es de suma importancia que sea hecho por amor. Cuando hay necesidad de “amonestar” o “reprender” a un hermano en la fe, siempre es con la finalidad de que su relación con el Señor sea restaurada; no es para criticarlo o desanimarlo. Vemos que en 1 Tesalonicenses 5:14 la instrucción de “amonestar” es equilibrada con “alentar”, “sostener”, y “ser pacientes”.

En Colosenses 3:16 vemos que la enseñanza es otra función que cada miembro puede ejercer. Eso lo vemos también en 1 Corintios 14:26 donde la “enseñanza” se menciona entre las cosas que “cada uno tiene”. En la iglesia del Nuevo Testamento, enseñar no es un privilegio de unos pocos “líderes” o “teólogos”. El Nuevo Pacto consiste en que Dios pone Su ley en la mente y en los corazones de los que nacen de nuevo, de manera que “no tienen necesidad de que alguien les enseñe”, porque “todos serán enseñados por Dios”. (Jeremías 31:33-34, Isaías 54:13, Juan 6:45, 1 Juan 2:27.) Por tanto, cada uno que ha nacido de nuevo, puede también enseñar a su hermano con algo que Dios le ha hecho entender – nuevamente, dentro de la “medida” que Dios le ha dado.

“Anímense unos a otros, y edifíquense unos a otros” (1 Tesalonicenses 5:11)
“sino que anímense unos a otros día por día, mientras que se llama “Hoy”, para que no se endurezca alguien entre ustedes por el engaño del pecado.” (Hebreos 3:13)
“… para estimularnos unos a otros al amor y a buenas obras …” (Hebreos 10:24)
El lado positivo del “amonestar” es el “animar” o “estimular”. Animarse y edificarse mutuamente es una de las funciones más importantes en el cuerpo de Cristo.
El verso Hebreos 10:24 tiene su particular importancia porque continúa: “… no abandonando la reunión de nosotros mismos, según una costumbre de algunos …” (v.25). Este verso ha sido abusado por muchos “pastores” para obligar a los hermanos a asistir a sus reuniones de predicación. Pero si leemos este verso en el contexto del verso 24, vemos que este pasaje no habla de reuniones de predicación. El verso 24 nos dice cuál debe ser el propósito de las reuniones de los cristianos: “estimularnos unos a otros al amor y a buenas obras”. Pero cuando una sola persona “predica” y todos los demás escuchan, no se cumple este propósito del “unos a otros”. Por tanto, una reunión de predicación no califica como “reunión” en el sentido de Hebreos 10:25. Para poder aplicar este versículo, ¡se debería hacer en estas reuniones lo que dice el verso 24! O sea, deben ser reuniones donde cada uno anima y estimula a su prójimo “al amor y a buenas obras”.

“…hablando entre ustedes con salmos, con himnos y canciones espirituales…” (Efesios 5:19)
“Cuando se reúnen, cada uno de ustedes tiene una canción, tiene una enseñanza, tiene algo que Dios le descubrió, tiene un [mensaje en un] lenguaje, tiene una interpretación; todo suceda para edificación.” (1 Corintios 14:26)
Estos versos detallan unas formas específicas de cómo puede suceder la “edificación mutua” en las reuniones de los cristianos. Seguramente la lista no es exhaustiva. “Cada uno tiene” algo que Dios le ha dado para edificar a los demás. En las reuniones de la iglesia del Nuevo Testamento, todos sus miembros se edificaban unos a otros con los dones que el Espíritu Santo les había dado.

“Profetas hablen dos o tres, y los demás distingan.” (1 Corintios 14:29)
“No menosprecien las profecías. Examínenlo todo, retengan lo bueno.” (1 Tesalonicenses 5:20-21)
Con tanta libertad para compartir palabras, enseñanzas, profecías, etc. en las reuniones, podía surgir el peligro de falsas enseñanzas y falsas profecías – sea por ignorancia, o efectivamente con el propósito de apartar a los creyentes de su camino, por parte de falsos hermanos. Por tanto, las enseñanzas y profecías no debían recibirse sin cuestionar. Cada miembro era responsable de ejercer su discernimiento y “examinar” lo que se decía. Los ancianos sin duda ejercían una mayor parte de esta responsabilidad; pero los versos arriba citados se dirigen a la iglesia entera.
Por tanto, una congregación que exige que la palabra de un “pastor”, maestro, profeta o predicador se reciba sin cuestionar, no es iglesia del Nuevo Testamento, porque niega a los miembros esta responsabilidad de distinguir. Las falsas enseñanzas generalmente no se originan con un “miembro común”, sino con personas reconocidas como líderes, predicadores o teólogos. Por eso, son exactamente las enseñanzas de los líderes que deben ser examinadas a la luz de las Escrituras.

“Sean benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros…” (Efesios 4:32)
“Sopórtense [siempre] unos a otros y perdónense unos a otros si alguien tiene una queja contra alguien.” (Colosenses 3:13)
Estos pasajes se refieren al manejo de conflictos entre miembros del cuerpo de Cristo. Aquí vemos nuevamente que en la iglesia del Nuevo Testamento, los miembros compartían también grandes partes de su vida diaria; porque es allí donde normalmente surgen los conflictos, y es allí donde también deben arreglarse. Entonces, el “perdonarse unos a otros” no es un “ritual” que se hace en una reunión especial de la iglesia (como es costumbre de algunas congregaciones). Es algo que se hace en la vida diaria, y es allí, en la convivencia diaria, donde debe demostrarse que el arrepentimiento y el perdón fueron genuinos.

“Sométanse unos a otros en el temor de Dios.” (Efesios 5:21)
“… y todos, sumisos unos a otros, vístanse de humildad…” (1 Pedro 5:5)
Casi todos los pasajes del Nuevo Testamento que hablan de sumisión, enfatizan en el mismo contexto que la sumisión es recíproca: No solamente que la esposa se someta al esposo o los jóvenes a los ancianos, sino todos “unos a otros”. Esto concuerda lo que dijo el Señor Jesús, que en Su reino el liderazgo es esencialmente servicio. Así que aun el concepto más “jerárquico” del Nuevo Testamento, la sumisión, lo debemos ver en el contexto del “unos a otros”.

Para que el cuerpo de Cristo funcione tal como fue diseñado, todos estos aspectos diversos de las relaciones “unos con otros” deben funcionar. Donde el “unos a otros” no funciona, donde todo se centra en unas pocas personas, allí no está la iglesia del Nuevo Testamento.
¿Los miembros de tu congregación practican constantemente estos diversos aspectos del “unos a otros”? ¿Los líderes los animan a hacerlo? ¿Puedes nombrar a por lo menos tres o cuatro personas, aparte de tu propia familia, con quienes estás en una relación cercana de “unos a otros” en tu vida diaria?

La iglesia como “cuerpo de Cristo” – Parte 3

19/12/2016

“Unos a otros”

En la mayoría de los pasajes del Nuevo Testamento que describen las relaciones de los miembros del cuerpo de Cristo entre sí, aparecen las palabras “unos a otros”, “mutuamente”, o una expresión similar. Los miembros se relacionan entre sí de manera recíproca: todos dan y reciben a la vez. Solo en muy pocos pasajes (que examinaremos en un capítulo posterior) aparecen relaciones que son de alguna manera asimétricas o “jerárquicas”.

Muchas congregaciones actuales, en cambio, se centran en una sola “persona especial” (o en unas pocas “personas especiales”). Allí predominan las relaciones de “uno a muchos” y “muchos a uno”: Uno predica a muchos, y los muchos escuchan al uno. Uno aconseja a muchos, y los muchos siguen los consejos de uno. Dan la mayor importancia a aquella clase de relaciones que en el Nuevo Testamento tienen la menor importancia. Así no puede funcionar el cuerpo de Cristo, porque la mayor parte de sus miembros son pasivos, no ejercen su función, y la mayoría de ellos ni siquiera saben cuál es su función en el cuerpo.
Incluso existen congregaciones donde los líderes desaniman o aun prohíben practicar el “unos a otros”: No quieren que los miembros se visiten unos a otros, ni que oren juntos sin la presencia de un “pastor”, ni que se brindan ayuda práctica o financiera los unos a los otros. Así impiden que la congregación funcione como el cuerpo de Cristo.

En las reuniones de los primeros cristianos, todos los miembros participaban en la edificación mutua. “Cada uno tiene …” algo que compartir con los demás (1 Corintios 14:26). En el cuerpo de Cristo no hay miembros pasivos. Las reuniones en las casas eran el lugar donde cada uno practicaba su función especial en el cuerpo. Eso fue a la vez su entrenamiento para el ministerio de cada uno en el mundo, al testificar a sus vecinos, familiares, compañeros de trabajo, etc, con sus palabras y con su vida.

Veremos también que algunas de las instrucciones de “unos a otros” ni siquiera se pueden cumplir en el marco de una reunión en un lugar especial, una o dos veces a la semana. Algunas de estas instrucciones fueron obviamente escritas para personas que comparten su vida diaria.

“Somos … miembros los unos de los otros.” (Romanos 12:5, Efesios 4:25)
No solamente somos miembros de Cristo; yo también soy miembro de mi hermano y mi hermano es miembro mío. – Por el otro lado, es interesante ver que en el Nuevo Testamento nunca aparece la expresión “miembro de una iglesia” o “miembro de una congregación”. Un cristiano del Nuevo Testamento no tiene ninguna relación de “membresía” con una institución que se llamaría “iglesia”; pero tiene una relación personal con Cristo, y tiene relaciones personales con los otros miembros del cuerpo de Cristo.

“Ámense unos a otros.” (Juan 13:34-35, Levítico 19:18, Romanos12:10, 13:8-10, 1 Pedro 1:22, 1 Juan 3:11.23, 2 Juan 5, y otros.)
Esto es el fundamento para todas las otras acciones que podemos hacer “unos a otros”. Si el motivo no es el amor, entonces estaríamos solamente cumpliendo un protocolo rutinario.
Amar implica conocer personalmente. Es difícil o hasta imposible amar a alguien con quien nos encontramos solamente en una reunión formal una o dos veces a la semana. Por eso, Jesús llamó a Sus discípulos a compartir toda su vida con Él y unos con otros. Solamente así pudieron conocerse de verdad y amarse de verdad – y también darse cuenta de cuánto les faltaba todavía en su amor.

“Y cuando un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y cuando un miembro recibe gloria, todos los miembros se alegran con él.” (1 Corintios 12:26)
“Alégrense con los que se alegran, y lloren con los que lloran.” (Romanos 12:15)
Amar a mi hermano implica sentir con él. El verdadero amor se expresa al compartir alegrías y tristezas juntos. Vemos otra vez que esto es casi imposible de hacer en el marco de una reunión formal. El apóstol está hablando a personas que están acostumbradas a compartir la vida diaria en sus casas, en la comunidad, y posiblemente aun en sus lugares de trabajo.

“Y no olviden el hacer bien y la comunión (koinonía) …” (Hebreos 13:16)
“Lo que a ustedes sobra sea para suplir la falta de ellos, para que también lo que a ellos les sobra sea para suplir lo que a ustedes les falta, para que haya equidad …” (2 Corintios 8:14)
“Alójense los unos a los otros sin murmuraciones.” (1 Pedro 4:9)
(Vea también Gálatas 6:2, 1 Corintios 12:25)
En todos estos pasajes vemos que el amor fraternal se expresa en acciones prácticas de ayuda y apoyo. Cada miembro del cuerpo de Cristo ayudaba a sus hermanos en la fe, de la misma manera como lo haría con sus propios hermanos “según la carne”.

“… quitándose la mentira, hablen verdad cada uno con su cercano …” (Efesios 4:25)
Para que funcione la comunión en el cuerpo de Cristo, es esencial que sus miembros sean veraces y transparentes unos con otros. Hemos visto en Hechos 5 como Dios mismo juzgó de manera muy severa el pecado de la mentira en la primera iglesia.

“Confiesen vuestras ofensas unos a otros, y oren unos por otros, para que sean sanados.” (Santiago 5:16)
“…si alguien es sorprendido por alguna transgresión, ustedes los espirituales arreglen al tal en espíritu de mansedumbre…” (Gálatas 6:1)
En la tradición de la iglesia, la instrucción en Santiago 5:16 se transformó en el sacramento de la confesión. Por eso, algunas congregaciones siguen teniendo la idea de que los pecados deben confesarse a una persona especial, a un “sacerdote” o “pastor”. Por el otro lado, otras congregaciones evangélicas han abolido la confesión por completo. Ambos lados olvidaron que en el Nuevo Testamento, la confesión de los pecados es una de las cosas que los miembros hacen “unos a otros”. O sea, si mi conciencia está cargada con un pecado y no encuentro la paz con Dios, puedo buscar a cualquier hermano en quien tengo confianza, y confesarle mi pecado. Entonces el hermano puede orar por mí, y seré sanado – sanado de la enfermedad de mi conciencia, pero puede ser también de una enfermedad física, como sugiere el contexto (v.14-15).
Algo muy similar sucede en Gálatas 6:1; solamente que aquí la iniciativa no procede desde el que cometió el pecado, sino desde otros hermanos “espirituales” que observaron su pecado y se acercan a él para ayudarle a arreglar su relación con el Señor.

Estas son algunas de las instrucciones apostólicas acerca de las relaciones de “unos a otros”. Pero todavía hay más…

La iglesia como “cuerpo de Cristo” – Parte 2

12/12/2016

Todos unidos con la Cabeza

El punto que sigue parece difícil de entender para aquellos que están acostumbrados a una forma de “iglesia” institucionalizada. Allí obra, por un lado, el enorme peso de la tradición católica romana (que continúa en las iglesias evangélicas), la cual dice que una “iglesia” debe ser dirigida por un “sacerdote” o “pastor”; entonces creen que dicho “sacerdote” o “pastor” se encuentra en una posición de “cabeza” sobre la congregación que preside. Y por el otro lado, algunos “pastores” tienen un interés en que esta tradición continúe, porque les asegura una posición de influencia y poder.

En realidad, ese fue uno de los grandes puntos de contienda en la Reforma del siglo 16. Los reformadores enfatizaron que cada cristiano tiene acceso directo a Dios. No hay necesidad de que un “sacerdote” se interponga entre un discípulo de Cristo y su Señor. Este es un principio bíblico, que es expresado por ejemplo en los siguientes pasajes:

“Entonces, ya que tenemos un gran jefe sacerdote que ha pasado por los cielos, Jesús el Hijo de Dios, agarrémonos de la confesión. (…) Acerquémonos entonces con franqueza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y encontremos favor de Dios para socorro oportuno.” (Hebreos 4:14-16)

“Entonces, hermanos, puesto que tenemos franqueza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, lo cual es un camino novedoso y viviente que él nos consagró a través de la cortina, esto es, su carne, y un gran sacerdote sobre el hogar de Dios, acerquémonos con corazón verdadero en plenitud de fe/confianza, con los corazones rociados [para purificación] de conciencia maligna, y con el cuerpo lavado con agua limpia.” (Hebreos 10:19-22)

“Porque Dios es uno solo, y uno solo es mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. …” (1 Tim.2:5)

Desafortunadamente, las iglesias de la Reforma no sacaron las consecuencias de este principio. Aunque ya no llamaron “sacerdotes” a los líderes de sus iglesias, pero seguían manteniendo una distinción entre “clérigos” y “laicos”. Por eso, aun muchos líderes evangélicos cuestionan el derecho de un cristiano de acercarse directamente a Dios, sin la mediación de un “pastor”. Así por ejemplo me escribió un “pastor” evangélico: “Algunos dicen. -Ah, yo estoy sujeto directamente a Cristo. Pero la iglesia es un cuerpo cuya Cabeza es el Señor. ¿Se imaginan un cuerpo en donde las manos y los pies se sujetan directamente a la cabeza? ¡Un monstruo!”

Estas mismas palabras podrían haber salido de la boca de un apologista católico. Las iglesias jerárquicas (sean católicas o evangélicas) siempre quieren limitar el acceso directo de sus miembros a Cristo, la Cabeza; y quieren interponer a “sacerdotes”, “pastores”, “coberturas”, etc. Pero la Biblia afirma directamente lo que ese “pastor” niega:

“Nadie les niegue el premio arbitrariamente, por humildad y culto de los ángeles, acercándose [para investigar] lo que no ha visto, sin razón inflado por la mente de su carne, y no agarrándose de la Cabeza, desde la cual todo el cuerpo, apoyándose y uniéndose por las articulaciones y ligamentos, crece en el crecimiento [dado] de Dios.” (Colosenses 2:18-19)

O sea, a cada miembro del cuerpo de Cristo le corresponde “agarrarse de la Cabeza”, que es Cristo. Así es también un hecho de la anatomía humana que por ejemplo los dedos no reciben sus órdenes de la mano, ni del antebrazo, sino directamente de la cabeza (o más exactamente, del sistema nervioso central). Mediante el sistema nervioso, efectivamente cada miembro del cuerpo se encuentra en comunicación directa con la cabeza; y los miembros no se dan órdenes unos a otros.

La unidad y el orden en el cuerpo de Cristo se fundamentan exactamente en este hecho: en que cada miembro está sujeto directamente a la Cabeza. Solamente Jesús, el Señor, es capaz de colocar a cada miembro a su lugar apropiado y de encomendarle las funciones y tareas apropiadas. Cuando algún “miembro superior” intenta encargarse de la organización del cuerpo, solamente causa desorden. La función de los “miembros superiores” (si deseamos usar este término) consiste en ayudar a los miembros asociados a ellos para que puedan cumplir mejor las tareas que el Señor les encargó.

Ahora tenemos que entender que el Señor no actúa de la misma manera como un jefe humano que coloca a sus obreros donde quiere y les da sus “deberes”. Primeramente, el Señor es no solamente “jefe”, Él es también el Creador. Él es quien creó de antemano a cada miembro para su función específica, con sus capacidades naturales y dones espirituales necesarios. Entonces, si un miembro del cuerpo de Cristo conoce estas capacidades que Dios le ha dado, ya sabe una gran parte de la voluntad de Dios para su vida: ejercer estas capacidades para la gloria del Señor y para la edificación de Su cuerpo. – Esta es otra razón por qué un líder humano no puede “organizar” a los otros miembros como Dios quiere: Solamente Dios, como Creador, puede decirnos la función específica para la cual nos creó.
En segundo lugar, a diferencia de los miembros de un cuerpo humano, cada miembro del cuerpo de Cristo es dotado de sabiduría, de la capacidad de razonar y decidir. Por eso, el cuerpo de Cristo no funciona como una máquina o como un ejército donde sus partes no hacen otra cosa que pasivamente ejecutar las órdenes que reciben. Cada miembro tiene un amplio margen de decisión en cuanto al ejercicio de sus funciones. Por eso dice en Efesios 4:16: “… de quien todo el cuerpo … según la medida de actividad de cada uno de sus miembros, produce el crecimiento del cuerpo para su propia edificación en amor.”

La iglesia como “cuerpo de Cristo” – Parte 1

03/12/2016

En las reflexiones anteriores de esta serie hemos examinado la iglesia del Nuevo Testamento en las palabras del Señor Jesús, y en el libro de los Hechos de los apóstoles. El libro de Hechos nos hizo ver cómo fue la manifestación original del nuevo pueblo de Dios, según el diseño perfecto del Señor.
Ahora pasaremos a las cartas de los apóstoles. Muchas de estas cartas se dirigen al pueblo de Dios en general. Aquí encontramos entonces, no manifestaciones históricas concretas, pero instrucciones y principios generales. Intentaremos descubrir el diseño fundamental descrito en estas cartas – pero sin perder de la vista lo que ya encontramos en las palabras de Jesús y en la historia de la primera iglesia descrita en Hechos.

Los apóstoles usaron diversas comparaciones y parábolas para describir la iglesia, el pueblo de Dios. La comparación que encontramos con mayor frecuencia en las cartas apostólicas, es la que compara la iglesia con un “cuerpo”. Examinaremos algunos de estos pasajes para ver cómo funciona este “cuerpo”.

Unidad en la diversidad

Los pasajes más extensos acerca de este tema son Romanos 12:3-10, y el capítulo 12 de 1 Corintios. Pablo enfatiza la diversidad de dones y funciones de los diferentes miembros dentro de un mismo cuerpo:

“Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así los muchos somos un solo cuerpo en el Cristo, pero individualmente miembros unos de los otros, que tienen dones diferentes según el favor de Dios que nos fue dado … “ (Romanos 12:4-6)

No es entonces ninguna meta bíblica que todos los miembros sean formados según el mismo molde. Al contrario, con su diversidad se complementan unos a otros:

“Porque el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si dijera el pie: “Porque no soy mano, no pertenezco al cuerpo”, ¿acaso por eso no pertenece al cuerpo? Y si dijera el oído: “Porque no soy ojo, no pertenezco al cuerpo”, ¿acaso por eso no pertenece al cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Si el entero fuera oído, ¿dónde estaría el olfato? Pero ahora Dios puso [para él] los miembros, cada uno de ellos en el cuerpo como quiso. Si todo fuera un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Pero ahora son muchos miembros, pero un solo cuerpo. Y el ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; ni la cabeza a los pies: “No les necesito”.” (1 Corintios 12:14-21)

En el contexto de este pasaje es obvio que ningún miembro del “cuerpo de Cristo” vale más que algún otro miembro. Los miembros tienen funciones distintas; pero todos son necesarios para el funcionamiento del cuerpo, y se necesitan unos a otros.

La relación entre Pablo y Apolos nos da un buen ejemplo de cómo los miembros del cuerpo se complementan mutuamente. Ambos trabajaban en la iglesia de Corinto – pero en tiempos distintos -, cada uno con sus dones particulares. Ellos no necesitaban hacer ningún acuerdo formal entre sí, porque Dios mismo coordinó esta forma de colaboración. Sus funciones eran complementarias. – Parece que algunos de los corintios no entendieron eso, y algunos comenzaron a identificarse como “seguidores de Pablo” y otros como “seguidores de Apolos”. Por eso Pablo tuvo que aclararles que entre él y Apolos no existía ninguna rivalidad, al contrario, la contribución de ambos era necesaria:
“¿Quién es Pablo? ¿y quién es Apolos? – Siervos por quienes ustedes llegaron a creer; y cada uno sirve como le dio el Señor. Yo planté, Apolos regó, pero Dios hacía crecer. De manera que no importa el que planta, ni el que riega, sino el que hace crecer, Dios. Y el que planta y el que riega son uno, pero cada uno recibirá su propio sueldo según su propio trabajo duro.” (1 Corintios 3:5-8)

Llama también la atención que la iglesia del Nuevo Testamento se compara con un organismo vivo, no con una máquina, tampoco con una asociación o institución. No encontramos organigramas ni estatutos o reglamentos. Es importante enfatizar eso en nuestros tiempos donde casi todas las congregaciones de la cristiandad se han dado una forma institucional, reglamentada, y (en mayor o menor grado) jerárquica. Como hemos visto en una reflexión anterior, esa forma de organizarse se inspiró en la dictadura militar del Imperio Romano, no en el Nuevo Testamento.

Sin embargo, esa estructura de “organismo vivo” no implica que la iglesia fuera “desordenada”. El cuerpo de Cristo crece “siendo ensamblado y unido por toda articulación de apoyo según la medida de actividad de cada uno de los miembros …” (Efesios 4:16). Solamente que este orden vivo y natural es de una clase distinta del orden institucional y artificial que caracteriza a tantas congregaciones contemporáneas. Una institución mantiene su orden interno mediante organigramas y reglamentos que definen quién tiene qué competencias, y quién manda sobre quién. En un organismo vivo, en cambio, los miembros no se dan órdenes los unos a los otros. El organismo se mantiene en su orden cuando cada miembro cumple su función natural para la cual fue creado, y cuando cada miembro se mantiene en comunicación con la cabeza.

La iglesia del Nuevo Testamento trasciende naciones y culturas.

17/11/2016

La Gran Comisión involucra hacer discípulos “a todas las naciones” (Mateo 28:19), ir “por todo el mundo” (Marcos 16:15). Esto significa necesariamente que los mensajeros del evangelio tienen que vencer barreras geográficas, nacionales, lingüísticas y culturales. Para los primeros discípulos, eso era bastante difícil de entender, porque todos ellos eran judíos, y desde su historia nacional estaban acostumbrados a que Dios actuaba solamente con el pueblo judío.
Por eso, Felipe necesitaba una instrucción especial de un ángel para ir al encuentro del oficial etíope (Hechos 8:26-40). Igualmente Pedro necesitaba un encuentro especial con Dios hasta que él fue dispuesto a llevar el evangelio a la casa de una familia no judía (Hechos 10). Pero poco a poco los discípulos comenzaron a aceptar el hecho de que el evangelio era para todas las naciones. En Antioquía surgió por primera vez una iglesia donde se reunían judíos y griegos juntos (Hechos 11:19-21). Es quizás por esa razón que en Antioquía los discípulos por primera vez fueron llamados “cristianos” (Hechos 11:26): Al tener comunión con discípulos de otras nacionalidades, se vieron obligados a dejar atrás sus particularidades nacionales, y a asumir conscientemente su nueva “nacionalidad” como ciudadanos del reino de Dios.

Entonces, en la iglesia del Nuevo Testamento no hay lugar para ninguna forma de racismo. “… donde no hay griego y judío, circuncisión y prepucio, bárbaro, escita, esclavo, libre; sino que todo y en todos es el Cristo.” (Colosenses 3:11)
A raíz de circunstancias históricas, durante muchos siglos el cristianismo estaba limitado casi únicamente al continente europeo (de donde a partir del siglo 17 algunos emigraron a América). Solamente durante los últimos 200 años, el evangelio bíblico volvió a extenderse con fuerza en otros continentes. Por necesidad histórica entonces fueron misioneros de descendencia europea, quienes por muchos años eran los maestros de las otras naciones en cuanto al cristianismo. Pero esta circunstancia histórica no establece ninguna superioridad de la raza blanca sobre las otras razas.

La historia de América Latina es particularmente difícil en este respecto, porque esta parte del mundo llegó a conocer el concepto de “cristianismo” primero bajo la forma como lo trajeron los conquistadores españoles. Según criterios bíblicos, los conquistadores no fueron cristianos en absoluto. Ellos abusaron del nombre de Cristo para traer el colonialismo, la explotación, y el catolicismo romano (que tiene poco en común con un cristianismo bíblico). Trágicamente, eso es lo quedó asociado en la mente de muchos latinoamericanos con el nombre de “cristianismo” hasta hoy: la dominación extranjera, el autoritarismo, el abuso, la explotación. Así, la supuesta “cristianización” por los españoles fue uno de los obstáculos más grandes contra la introducción de un cristianismo verdadero, bíblico.

Solamente después de la independencia fue posible para cristianos de corrientes más bíblicas, entrar en las anteriores colonias españolas. Como en otros continentes, también aquí se trataba mayormente de misioneros evangélicos europeos o norteamericanos. Aunque ellos profesaban someterse a la palabra de Dios como máxima autoridad, también ellos, consciente o inconscientemente, importaron junto con el evangelio muchos aspectos de su cultura que no son necesariamente cristianas, o que incluso contradicen el evangelio. – Ahora, la cultura europea efectivamente contiene muchos elementos cristianos porque fue moldeada por principios cristianos durante tantos siglos. Se formó allí una cultura de honestidad, de responsabilidad ante Dios y los hombres, de libertad religiosa y de la conciencia, todo lo cual es digno de aceptación; pero no porque fuera “europeo”, sino porque es conforme al evangelio.
Al mismo tiempo se importaron de la cultura europea también un estilo de vida materialista (que en las iglesias se manifiesta bajo la forma del “evangelio de la prosperidad”), y las filosofías del humanismo, de la ilustración, del racionalismo, del individualismo, del socialismo, y otras más, que son contrarias al evangelio. (No hay lugar aquí para analizar cada una de estas filosofías y demostrar por qué están contrarias al evangelio. Refiero al lector interesado a la serie de estudios sobre “Cosmovisión cristiana” en http://www.altisimo.net/maestros/cosmovision.) Así que junto con el evangelio, las iglesias adoptaron también muchas ideas que en última consecuencia llevan a la destrucción del evangelio, porque no sabían distinguir bien entre evangelio y cultura.

En América Latina en particular, las misiones evangélicas en sus inicios tenían lazos fuertes con el liberalismo político, el cual a su vez tenía lazos con la así llamada “teología liberal”. Eso fue porque el evangelicalismo y el liberalismo compartían una meta común: romper el predominio y la intolerancia del catolicismo romano. Pero la “teología liberal” (también conocida como “Alta Crítica”, “método histórico-crítico”, “teología moderna”, “teología científica”, “ciencias bíblicas”, y otros nombres más) es una teología influenciada por el racionalismo que estudia la Biblia “críticamente”, o sea, no la acepta como palabra de Dios inspirada. Así que en los mismos inicios de las iglesias evangélicas latinoamericanas ya se introdujo el veneno de una teología que pone en duda la verdad de la Biblia, busca “errores” y “contradicciones” en ella, y se jacta de ser “científica” al desechar grandes porciones de la Biblia como supuestamente “no auténticas” o “añadiduras posteriores”. Esta es una de las principales causas de la apostasía actual.

Durante las últimas décadas, muchas misiones e iglesias empezaron a darse cuenta de que algunas de sus costumbres no son cristianas, sino simplemente europeas; y que se levantan barreras innecesarias contra el evangelio cuando se obliga a gente de otras culturas a adoptar costumbres europeas. Con eso, en algunos círculos la “indigenización” de la iglesia se hizo de moda. Mientras esto trata de aspectos de la vida diaria como comida, vestimenta, vivienda, reglas de urbanidad y respeto mutuo, etc, es correcto que se respeten las costumbres indígenas de cada lugar. En este respecto dice Pablo: “Porque siendo libre de todo, me hice esclavo para todos, para ganar a la mayor parte; y me volví como judío para los judíos, para ganar a los judíos (…), para los que están sin ley como alguien sin ley (…), me volví como débil para los débiles, para ganar a los débiles; a todos me volví todo, para salvar a algunos de toda manera.” (1 Corintios 9:19-22).

Pero existe el peligro de que ahora el péndulo se mueva demasiado hacia el extremo opuesto, y que todo lo indígena se considere de por sí mismo superior a lo extranjero. Así, en algunos casos el indigenismo ha sido una puerta por la cual volvieron a entrar valores y prácticas paganas a la iglesia, bajo el pretexto de “adaptación cultural”. Tan pronto como una costumbre tiene implicaciones espirituales o morales, es necesario examinarla desde las Escrituras y aceptar solamente lo que es compatible con la voluntad de Dios.

Para encontrar la salida correcta, tenemos que entender que la decisión no es entre cultura europea o cultura indígena. La decisión es entre la cultura humana de cualquier lugar, o la cultura del reino de Dios. Toda cultura en esta tierra (con excepción de la judía) tiene raíces paganas. (y aun la judía fue posteriormente contaminada por influencias paganas.) Entonces toda persona que se convierte a Cristo, de cualquier trasfondo cultural que sea, tiene que distanciarse de su cultura heredada, tiene que examinar su cultura a la luz de la palabra de Dios, y desechar lo que no es conforme a Su voluntad. Toda persona necesita ser “rescatado de su comportamiento vano, el cual ustedes recibieron de vuestros padres” (1 Pedro 1:18).
El “viejo hombre” fue formado según el molde de la cultura que lo rodea. Si en esa cultura es normal emborracharse, el viejo hombre tendrá una tendencia hacia el alcoholismo. Si esa cultura es muy intelectualista y da un valor exagerado a la ciencia y a una formación universitaria, el viejo hombre tendrá una tendencia hacia el intelectualismo, el racionalismo, y la “sabiduría de este mundo”, despreciando la sabiduría de Dios. Si esa cultura es marcada por el catolicismo romano, el viejo hombre tendrá una tendencia hacia el sacerdotalismo, el autoritarismo, el tradicionalismo, y probablemente hacia la superstición.
Así que cada cristiano necesita pasar por un proceso de “renovación de su mente” (Romanos 12:1-2). Necesita detectar las influencias de su cultura heredada que son contrarias a la verdad de Dios, tiene que desechar estas influencias y tiene que empezar a pensar y actuar conforme a la voluntad de Dios. Las influencias que vienen de la propia cultura y familia son las más difíciles de detectar, porque son lo que uno considera “normal”. Por ejemplo, en la cultura peruana la corrupción se considera “normal”. Aun entre los cristianos peruanos, y aun condenando la corrupción con sus palabras, la mayoría sigue participando en ella, y solamente una muy pequeña minoría se resiste efectivamente contra ella. Eso es porque la mayoría no se ha distanciado de su cultura heredada; no dejaron atrás su “vana manera de vivir” que recibieron de sus padres (o de su entorno en general), y no asumieron una nueva cultura como ciudadanos del reino de Dios. Pero mientras eso no suceda, no podemos decir que el Perú haya realmente sido alcanzado por el evangelio.
El evangelio “para todas las naciones” no significa que todas las costumbres de las naciones (inclusive las paganas y las inmorales) tengan cabida en la iglesia. Significa que los discípulos de entre todas las naciones dejen atrás lo que es contrario al evangelio en la cultura de su nación, y que aprendan a vivir según una cultura nueva, la cultura del reino de Dios.

¿Te encuentras conscientemente en este proceso de transición desde tu cultura heredada hacia la cultura del reino de Dios? ¿Cuál tiene más influencia en tu congregación: las culturas humanas o la cultura del reino de Dios? ¿Es tu congregación siquiera consciente de que existe una cultura del reino de Dios?

En la iglesia del Nuevo Testamento, el pecado no puede permanecer escondido.

03/11/2016

Esta es una de las características más resaltantes de la primera iglesia, y una que las congregaciones actuales han perdido casi completamente.

Si limpiamos los vidrios de una ventana, y el día es nublado y oscuro, la ventana puede parecernos limpia. Pero tan pronto como cae la luz del sol sobre ella, veremos innumerables impurezas y manchas. Así es también la situación de la iglesia. Mientras una congregación vive espiritualmente en la sombra, y todos sus miembros se han adaptado a los caminos del mundo y se han acostumbrado a tolerar pequeños pecados y comportamientos inmorales, cada uno de ellos vive despreocupadamente en la ilusión de ser limpio. Pero si en el mismo lugar existiera una congregación que vive en santidad y en la luz del Espíritu Santo, y uno de los miembros de la primera congregación entrara allí, pronto sería “amonestado por todos, examinado por todos, y así lo escondido de su corazón saldrá a la luz …” (1 Corintios 14:24-25).

La iglesia original vivía en un tal ambiente de santidad y pureza, que el pecado no podía permanecer escondido. Cada impureza saltaba inmediatamente a la luz. La primera vez que sucedió un pecado dentro de la iglesia original en Jerusalén, los culpables murieron en el mismo instante en que su pecado fue descubierto (Hechos 5:1-11). Y ni siquiera era una pecado “grande” según los conceptos de la cristiandad actual. Era un pecado que muchos miembros de las congregaciones actuales cometen a diario: una mentira. Tenemos que suponer entonces que desde Pentecostés hasta ese momento, ¡ningún miembro de la primera iglesia había hablado alguna mentira!
(Algunos intérpretes dicen que el pecado de Ananías y Safira consistía en malversar dinero. Pero eso no es cierto. El dinero era propiedad de ellos, y Pedro aclara que aun después de vender su terreno, ellos tenían todo el derecho de hacer con el dinero lo que ellos deseaban (Hechos 5:4). Su pecado consistía en aparentar una generosidad que no tenían; y eso es lo que Pedro llama “mentir al Espíritu Santo” (v.3).)
Esta historia incomoda a muchos lectores modernos. “¿Cómo puede Dios castigar un pecado tan pequeño de una manera tan drástica?”, dicen. Pero la cosa es al revés. Un miembro de aquella primera iglesia, si pudiera ver las congregaciones actuales, diría: “¿Cómo puede Dios pasar por alto todos los pecados graves que ellos cometen?”. Y tendría más razón que el cristiano moderno.

– Cierto, hubo pocos casos donde Dios respondió al pecado en la iglesia de una manera tan llamativa como aquí. Pero eso no significa que el caso de Ananías y Safira hubiera sido excepcionalmente grave. Al contrario: La iglesia de aquel tiempo era todavía lo suficientemente sensible para entender el mensaje de Dios. “Y vino un gran temor sobre toda la asamblea y sobre todos los que escucharon esto. – Por medio de los comisionados (“apóstoles”) sucedieron muchos señales y milagros entre el pueblo. (…) Y Dios añadió a más [personas] que confiaron en el Señor, una multitud de varones y mujeres …” (Hechos 5:11-14). Este fue el resultado de la acción drástica de Dios: mucho fruto espiritual.
Pero la cristiandad actual que vive en oscuridad espiritual, ¿podría siquiera entender una tal señal de Dios? No, los cristianos modernos negarían tajantemente que esta muerte súbita tuviera algo que ver con el pecado de la persona; y después seguirían viviendo en pecado como antes. Entonces, ¿por qué debería Dios desperdiciar Sus señales llamativas para un pueblo que no quiere verlas? ¿Por qué debería alumbrar con Su luz a aquellos que prefieren vivir escondidos en las sombras de las apariencias? Cuando el pecado puede permanecer oculto en una congregación, eso es una señal de que la congregación entera se ha alejado mucho de la luz de Dios.

En las cartas apostólicas se confirma que efectivamente en las primeras iglesias se consideraba normal que los pecados ocultos salieran a la luz:

“Pero si todos profetizaran, y entrara algún incrédulo o sin entendimiento, todos lo amonestan, todos lo examinan, y así lo escondido de su corazón saldrá a la luz, y entonces caerá sobre su cara y adorará a Dios, declarando que realmente Dios está entre ustedes.” (1 Corintios 14:24-25)

Aquí escribe Pablo unos veinticinco años más tarde a la distante ciudad de Corinto, en Grecia. También allí, y en esos tiempos de la segunda generación, todavía se consideraba normal que Dios trae a la luz los pecados ocultos. Y no solamente por el don especial de un apóstol, sino a raíz de que “todos” profetizan. O sea, Dios puede usar a cualquier “miembro común” para descubrir pecados ocultos y para obrar la “convicción del pecado, de justicia y del juicio”. Si hoy en día lo hace con tan poca frecuencia, es solamente porque la oscuridad espiritual en las congregaciones actuales es tan grande.

Una palabra a los lectores católicos romanos

27/10/2016

(y a los evangélicos también.)

En realidad, este blog no se dirige a católicos romanos. Como dice el título, este blog propone una Reforma Bíblica. O sea, se dirige a lectores que tienen la disposición y la libertad de razonar desde la Biblia como palabra de Dios, y de cuestionar las doctrinas y prácticas de sus iglesias desde la Biblia como norma superior.
Un católico romano no tiene esta libertad, porque la doctrina de su iglesia se lo prohíbe. La iglesia católica romana declara que sus interpretaciones particulares de la Biblia, y todas sus declaraciones oficiales en cuanto a la fe y la moral, son infalibles. Entonces, ¿qué sentido tendría discutir con un representante de una institución que cree que nunca se puede equivocar? ¿y que por principio no se deja corregir por nadie excepto por sus propios superiores?

Sin embargo, tengo la impresión de que muchos católicos no entienden las implicaciones de esta doctrina de la infalibilidad de la iglesia. Por eso estoy escribiendo este artículo, porque se trata aquí de la doctrina fundamental que marca la diferencia entre “católico” y “evangélico”. (Por lo menos en teoría … la práctica actual de las iglesias evangélicas es otro tema.)

Tomaré como ejemplo un tema que los católicos preferirían dejar en la oscuridad del pasado: las persecuciones y matanzas contra los así llamados “herejes”, como por ejemplo:
– Las matanzas masivas de los albigenses (1208 a 1229), que cobraron incontables víctimas y devastaron el entero sur de Francia. Tan solamente en la masacre de Béziers (1209), la entera población de la ciudad (más de 15’000) fue asesinada.
– Las miles de víctimas de la inquisición, continuamente desde el siglo 13 hasta el siglo 18.
– La masacre del 23 de agosto de 1572 en Francia donde los católicos mataron a estimadamente 30’000 hugonotes.
– La colonización de las Américas por los españoles con sus matanzas de pueblos indígenas y trescientos años de explotación y esclavitud.
… Estas y diversas otras matanzas masivas fueron impulsadas por la doctrina católica romana.
“Pero eso es un tema del pasado”, me dirás, “la iglesia ha cambiado, hoy en día ya no actúa así.” – Sí, sería lo más preferible si pudiéramos decir: “En el pasado, la iglesia ha cometido muchas equivocaciones y pecados, pero se ha arrepentido de ello, ha cambiado, y ahora su posición es diferente.” De hecho, eso es lo que puede decir un reformado o evangélico cuando es confrontado con las persecuciones que desató Lutero contra los judíos y contra los (equivocadamente así llamados) “anabaptistas”, o con las persecuciones de la iglesia anglicana contra los puritanos y los cuáqueros. Como cristiano bíblico, no tengo ningún problema en decir: “Sí, Lutero se ha equivocado en estos puntos, e incluso ha pecado gravemente.” O sea, puedo evaluar las enseñanzas y los hechos de Lutero según la Biblia, puedo “retener lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21) y desechar lo malo. Una iglesia fundamentada sobre la palabra de Dios no tiene por qué seguir defendiendo los crímenes cometidos por sus líderes en el pasado. Puede desligarse de ellos; puede arrepentirse; puede corregir y revocar las decisiones equivocadas de sus líderes del pasado.

El problema del catolicismo romano es que no permite a sus fieles hacer lo mismo con las declaraciones pasadas de su propia iglesia. Y es aquí donde entra la doctrina de la infalibilidad de la iglesia. El Catecismo Básico la resume así: “Los cristianos recibimos de la Iglesia (…) el Magisterio seguro e infalible en las verdades de fe y moral.”
El II Concilio Vaticano formuló esta doctrina con las siguientes palabras:

“Los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como los testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, tienen obligación de aceptar y adherirse con religiosa sumisión del espíritu al parecer de su Obispo en materias de fe y de costumbres cuando las expone en nombre de Cristo. Esta religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento, de modo particular se debe al magisterio auténtico del Romano Pontífice, aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se adhiera al parecer expresado por él según la mente y voluntad que haya manifestado él mismo y que se descubre principalmente, ya sea por la índole del documento, ya sea por la insistencia con que repite una misma doctrina, ya sea también por las fórmulas empleadas.

Aunque cada uno de los prelados por sí no posea la prerrogativa de la infalibilidad, sin embargo, si todos ellos, aun estando dispersos por el mundo, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el Sucesor de Pedro, convienen en un mismo parecer como maestros auténticos que exponen como definitiva una doctrina en las cosas de fe y de costumbres, en ese caso enuncian infaliblemente la doctrina de Cristo[76]. Pero esto se ve todavía más claramente cuando reunidos en Concilio Ecuménico son los maestros y jueces de la fe y de la moral para la Iglesia universal, y sus definiciones de fe deben aceptarse con sumisión[77].

Esta infalibilidad que el Divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la doctrina de la fe y de la moral, se extiende a todo cuanto abarca el depósito de la divina Revelación que debe ser celosamente conservado y fielmente expuesto. Esta infalibilidad compete al Romano Pontífice, Cabeza del Colegio Episcopal, en razón de su oficio cuando proclama como definitiva la doctrina de la fe o de la moral[78] en su calidad de supremo pastor y maestro de todos los fieles a quienes confirma en la fe (cf. Lc., 22, 32). Por lo cual con razón se dice que sus definiciones por sí y no por el consentimiento de la Iglesia son irreformables, puesto que han sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo prometida a él en San Pedro, y así no necesitan de ninguna aprobación de otros ni admiten tampoco la apelación a ningún otro tribunal. Porque en esos casos el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica[79]. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo de los Obispos cuando ejerce el supremo magisterio juntamente con el sucesor de Pedro. A estas definiciones nunca puede faltar el asenso de la Iglesia por la acción del Espíritu Santo, en virtud de la cual la grey toda de Cristo se conserva y progresa en la unidad de la fe[80].”

(II Concilio Vaticano, Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, Art.25, “El oficio de enseñar de los obispos”.)

Estimado lector católico, en esta cita puedes verificar por ti mismo que tu iglesia prohíbe explícitamente toda corrección o Reforma de alguna declaración que algún papa o concilio hizo en el pasado. Todas estas decisiones son “infalibles”, “irreformables”, e “inapelables”.

Veamos ahora algunas de estas declaraciones “infalibles”, las cuales apoyan e impulsan las atrocidades que la iglesia católica romana cometió en el pasado:

“Excomulgamos y declaramos anatema toda herejía que se exalta contra la fe santa, ortodoxa y católica, condenando a todos los herejes, no importa bajo qué nombre sean conocidos (…) Los tales sean entregados a los poderes seculares, para que reciban el castigo debido. (…) Los poderes seculares de todo rango y grado sean advertidos, inducidos, y si es necesario forzados por la censura eclesiástica, a jurar que se ejercerán a lo máximo en la defensa de la fe, y que extirparán a todos los herejes denunciados por la Iglesia que se encuentren en sus territorios. Y cualquier persona cuando asuma un gobierno, sea espiritual o temporal, será obligada a seguir este decreto.
Si algún señor temporal (secular), después de haber sido requerido y advertido por la Iglesia, descuide el limpiar su territorio de la corrupción herética, el metropolitano y los obispos de la provincia se unirán para excomulgarlo. Si permanece obstinado por un año entero, el hecho se reportará al Pontífice Supremo, el cual declarará a todos sus súbditos liberados de su lealtad a partir de este momento, y asignará el territorio a católicos para que lo ocupen, bajo la condición de exterminar a los herejes y preservar dicho territorio en la fe.”
(IV Concilio de Letrán, 1215, Canon III)

Este decreto no ha sido revocado hasta hoy. Sigue en plena vigencia.

” (…) Por tanto, ambos están en el poder de la iglesia, la espada espiritual y la espada temporal; la última se usa a favor de la iglesia, la primera por medio de la iglesia; la primera por la mano del sacerdote, la última por la mano de príncipes y reyes, pero a la señal y tolerancia del sacerdote. Esta espada necesariamente tiene que ser sujeta a aquélla, y la autoridad temporal a la espiritual.
(…) Y si el poder terrenal se desvía del camino correcto, es juzgado por el poder espiritual; (…) pero si el poder supremo (el papado) se desvía, no puede ser juzgado por ningún hombre, sino solamente por Dios.
(…) Además, que toda criatura humana es sujeta al pontífice romano, – declaramos, decimos, definimos y pronunciamos que esto es enteramente necesario para la salvación.”
(Bula “Unam Sanctam”, papa Bonifacio VIII, 1302)

Aquí se expresa claramente que el papa pretende gobernar el mundo entero, no solamente sobre el ámbito religioso, sino también sobre el ámbito secular y sobre todos los gobiernos del mundo; no solamente con medios pacíficos, sino también con violencia y con armas de guerra.
Este decreto no ha sido revocado hasta hoy. Sigue en plena vigencia.

(A los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, respecto al continente americano recién descubierto):
“Entre otras obras agradables a la Majestad Divina, ésta seguramente ocupa el rango más alto, que (…) las naciones bárbaras sean subvertidas y traídas a la fe.
(…) Como conviene a reyes y príncipes católicos, (…) ustedes se propusieron (…) traer bajo vuestro dominio las mencionadas tierras e islas con sus residentes y habitantes, y traerlos a la fe católica. Por tanto (…) les imponemos estrictamente (…) que ustedes también se propongan como vuestro deber, guiar a los pueblos que viven en aquellas islas y países a recibir la religión cristiana.
(…) Nosotros, por la presente, (…) damos, concedemos, y asignamos a ustedes y a vuestros herederos y sucesores, reyes de Castilla y León, por siempre, juntos con todos sus dominios, ciudades, campos, lugares y pueblos, y todos los derechos, jurisdicciones y pertenencias, todas las islas y tierras encontradas y por encontrar (…) Y Nosotros les hacemos, nombramos y encargamos a ustedes y a vuestros herederos y sucesores, señores de ellas con pleno y libre poder, autoridad y jurisdicción de toda clase.
(…) Por tanto, que nadie infrinja o contravenga esta nuestra (…) donación, concesión, asignación, (…) mandato, prohibición y voluntad. Si alguien presumiera intentar eso, sepa que incurrirá en la ira del Dios Todopoderoso y de los benditos apóstoles Pedro y Pablo.”
(Bula “Inter Caetera”, papa Alejandro VI, 1493)

Se entiende por sí mismo que los Reyes Católicos y sus sucesores estaban y están obligados también por los decretos más arriba citados, a extirpar a los “herejes” en todas sus colonias. Todas las atrocidades que los conquistadores españoles cometieron en América, sucedieron con el pleno respaldo del Vaticano. Fue con esta bula papal en la mano, que ellos vinieron a matar y destruir naciones enteras.
También esta bula no ha sido revocada hasta hoy. Sigue en plena vigencia. O sea, la doctrina romana oficial niega hasta hoy la independencia al entero continente americano, bajo amenaza de la ira de Dios.

Estimado lector católico, quiero dejar muy claro lo que significa esto. Todos estos decretos citados son doctrina oficial y actual de tu iglesia, y tú como fiel católico romano eres obligado a “aceptarlos con sumisión”. Entonces no puedes decir que las matanzas de “herejes” y la colonización de América son “cosas del pasado”. Si la iglesia romana hoy en día ya no quema a “herejes” ni coloniza otros países, no es porque hubiera cambiado su doctrina al respecto. Se debe únicamente al hecho de que la iglesia romana ya no tiene el poder político para hacerlo. Pero su doctrina sigue siendo la misma como en la Edad Media, y por definición no se puede cambiar. Es doctrina “infalible”, “irreformable”, “inapelable”.

He aquí el gran dilema que se presenta a todo católico romano que desea seguir a Jesucristo, y a la vez desea seguir a su iglesia. Pienso que la mayoría de los católicos hoy en día estarían de acuerdo con que aquellas matanzas, y aquellos decretos para la extirpación de los herejes, eran contrarios al espíritu de Cristo. Entonces, ¿estarías de acuerdo con que aquellos decretos deberían revocarse? – Probablemente tu sentido común te dice que sí. Casi seguramente, lo que sabes del evangelio de Cristo te dice que sí. El reino de Cristo no es de este mundo, y por eso no se defiende ni se extiende con las armas de este mundo (Juan 18:36). Jesucristo envió a Sus seguidores “como ovejas en medio de lobos” (Mateo 10:16), no como lobos en medio de ovejas. – Es posible que hasta los representantes más altos de la jerarquía romana, y hasta el papa mismo, sepan muy dentro de sus corazones que aquellos decretos eran contrarios al espíritu de Cristo. Y sin embargo, no pueden revocarlos, porque la doctrina fundamental de su iglesia se lo prohíbe.

El II Concilio Vaticano emitió también unas declaraciones hermosas acerca de la “dignidad humana” y la “libertad religiosa”. En su declaración sobre la libertad religiosa “Dignitatis Humanae” dice, por ejemplo:
“Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural[2]. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil.”
Este decreto contradice directamente a los decretos más arriba citados acerca de la extirpación de los “herejes”. Si el concilio hubiera sido serio en su intención, entonces hubiera dicho: “El concilio reconoce que las declaraciones de papas y concilios anteriores acerca de la extirpación de la herejía son contrarios a la palabra revelada de Dios y a la libertad religiosa. Por tanto, revoca y deja sin efecto las siguientes declaraciones y doctrinas: …” – Pero el concilio no dijo eso. Emitió una declaración sobre libertad religiosa, pero al mismo tiempo dejó en pie las doctrinas antiguas que anulan la libertad religiosa, e incluso declaró que esas doctrinas eran “infalibles”.
Por eso, la jerarquía romana no hace nada para detener las persecuciones por parte de los católicos contra los evangélicos que siguen sucediendo aun hoy en día, por ejemplo en el estado mexicano de Chiapas.

Estimado lector católico, ¿qué haces con una institución que emite declaraciones contradictorias, pero todas igualmente “infalibles”, y te obliga a someterte a ambas? ¿Permites a la jerarquía de la iglesia torcer tu conciencia a tal punto que tengas que aceptar una declaración como “infalible”, y su contrario también?

Ni siquiera el papa tiene una salida de este dilema. En 1993, el Indigenous Law Institute (Instituto de Derecho Indígena) puso a prueba las declaraciones del concilio acerca de la dignidad humana y libertad religiosa. Dirigieron una carta abierta al papa, llamándole a revocar formalmente la bula “Inter Caetera” (la que impulsó la colonización de América por los reyes de España). El papa nunca les respondió. El papa actual es el tercer papa que fue llamado a ocuparse de este asunto, y hasta hoy tampoco respondió.

No sé si el papa personalmente reconoce los derechos de los pueblos indígenas, y el derecho a la libertad religiosa. Pero aun si los reconociera, no podría revocar ese decreto, porque la doctrina de la iglesia no se lo permite.

El proceso de excomulgación contra Lutero comenzó a raíz de que Lutero había dicho: “Aun los concilios pueden equivocarse.” O sea, Lutero cuestionó la infalibilidad de la iglesia. Éste fue el desacuerdo decisivo entre católicos y reformados. Según el principio reformado, cada cristiano puede (y debe) discrepar con sus líderes y llamarles la atención, si éstos enseñan o actúan en contradicción contra la palabra de Dios. Por eso, tampoco Lutero o Calvino eran “infalibles”. Yo discrepo con Lutero y con Calvino en diversos puntos de su enseñanza y de su práctica. Ningún reformado hoy en día está atado a los errores y pecados de ellos. La iglesia católica romana, en cambio, sigue atada y sujeta a todo lo que decretó oficialmente alguna vez en el pasado.
Por tanto, el papa sabe que si él revocase un solo decreto del pasado, estaría con eso reconociendo que los concilios sí pueden equivocarse, y entonces daría la razón a Lutero. Al papa, y a todo fiel católico romano, le quedan solamente estas dos alternativas:
– Defender los decretos contra los herejes como “infalibles”, y por tanto defender todas las atrocidades que se cometieron en consecuencia de esos decretos;
– o reconocer que esos decretos fueron equivocados, lo que significa dar la razón a Lutero y ponerse del lado de la Reforma.

Entonces, estimado lector católico: Si deseas seguir defendiendo la iglesia católica romana, explícame primero clara y sinceramente cuál de las dos posiciones asumes: ¿Se equivocaron los concilios y los papas al promulgar los decretos contra los herejes y para la colonización de América, o no se equivocaron? ¿Lutero estaba en lo correcto o no cuando dijo que los concilios se pueden equivocar?

No entraré en ninguna discusión acerca de la iglesia católica romana, excepto si mi interlocutor me responde primero a estas preguntas.

La iglesia del Nuevo Testamento es perseguida.

12/10/2016

En la reflexión anterior hemos visto que la gran persecución contra la primera iglesia en Jerusalén, al fin de cuentas contribuyó a la expansión de la iglesia (Hechos 8).
De hecho, la iglesia experimentó persecución desde sus inicios. Apenas había sucedido el primer milagro por medio de los apóstoles, fueron amenazados a ya no hablar en el nombre de Jesús (Hechos 4:17-21). Poco después fueron encarcelados y azotados (Hechos 5:17-18. 40). Algún tiempo después, Esteban fue apedreado (Hechos 7).

¿Cómo entonces dice que “tenían el favor de todo el pueblo” (Hechos 2:47), y que “el pueblo los engrandecía” (Hechos 5:13)? ¿Cómo concuerda esto con las persecuciones?
– En realidad, este “favor de todo el pueblo” fue exactamente una de las razones de la persecución. Los cristianos vivían vidas puras, honestas, agradables a Dios; y la gente común los reconocía por eso. Pero así se despertó la envidia de ciertos líderes que personalmente no vivían tales vidas agradables a Dios: “Pero el jefe sacerdote y todos los que estaban con él, o sea el partido de los saduceos, se llenaron de envidia.” (Hechos 5:17) – “… pero no eran capaces de oponerse a la sabiduría y al espíritu con que hablaba (Esteban). Entonces instigaron a unos varones a decir: ‘Le hemos escuchado hablar dichos difamadores contra Moisés y Dios.’ Y sublevaron al pueblo y a los ancianos y a los eruditos …” (Hechos 6:10-12). – También en los viajes misioneros de Pablo vemos que a menudo la envidia era el motivo de las persecuciones: “Y cuando los judíos vieron las multitudes, se llenaron de envidia y contradecían a lo que Pablo decía … y provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los echaron fuera de sus fronteras.” (Hechos 13:45.50) – “Pero los judíos desobedientes tuvieron envidia, acogieron de la calle a algunos varones malignos, y juntando una multitud excitaron la ciudad …” (Hechos 17:5)

Notamos con mucha frecuencia que las persecuciones fueron instigadas por los mismos líderes religiosos: los sacerdotes, los teólogos, los líderes de las sinagogas… o sea, exactamente aquellas personas que conocían bien la Biblia y tenían la reputación de ser muy religiosos. El ministerio de los apóstoles tuvo el mismo efecto como antes ya el ministerio de Jesús: Confrontó y expuso públicamente la hipocresía de los líderes religiosos que “dicen, pero no hacen” (Mateo 23:3). Esto ha sido siempre una característica de la verdadera iglesia del Nuevo Testamento: Provoca la ira de los líderes de la iglesia oficial. Así que, si una congregación está en paz con los líderes de las iglesias institucionalizadas, tiene que preguntarse si es realmente iglesia del Nuevo Testamento, o si se ha acomodado a los caminos del mundo como lo han hecho todas las iglesias “respetables”.

Si examinamos los viajes misioneros de Pablo, encontramos que en cada ciudad él se quedaba hasta que fue obligado a huir de persecuciones o de disturbios: En Antioquía de Pisidia (Hechos 13:44-50), en Iconio (Hechos 14:5-6), en Listra (Hechos 14:18-19), en Filipos (Hechos 16:20-22), en Tesalónica (Hechos 17:5), en Berea (Hechos 17:13), en Corinto (Hechos 18:12.17), en Éfeso (Hechos 19:29-34), en Jerusalén (Hechos 21:30-36). La única ciudad de donde Pablo pudo salir en paz fue Atenas; pero esa fue también la única ciudad donde no logró fundar ninguna iglesia.

La presencia o ausencia de persecuciones es tal vez no una señal infalible para distinguir la iglesia del Nuevo Testamento, porque es algo que depende también de factores externos. (Y hay también grupos que son perseguidos no porque fueran cristianos, sino porque tienen enseñanzas o prácticas aberrantes.) Pero de todos modos, si un grupo de cristianos puede existir y obrar por mucho tiempo sin provocar la ira y envidia de las iglesias establecidas, tendrá que examinarse si de verdad está caminando en el camino de la primera iglesia.

La primera iglesia se expande

01/10/2016

La iglesia en Jerusalén comenzó de golpe con los tres mil convertidos de Pentecostés. Pero después seguía expandiéndose continuamente. Desde el principio, “el Señor añadía cada día a la asamblea a los que fueron salvos” (Hechos 2:47). La curación de un cojo en la Puerta Hermosa dio a Pedro una nueva oportunidad de anunciar el evangelio a una gran multitud (Hechos 3), y en consecuencia “el número de los varones llegó a aproximadamente cinco mil” (Hechos 4:4). – Después continuaba el crecimiento “normal” donde el Señor “añadía cada día”.

Encontramos entonces dos métodos principales que Dios usó para la expansión de la iglesia:
– Los anuncios públicos de los apóstoles (donde a menudo los “señales y milagros” eran el medio que Dios usó para atraer una multitud).
– El testimonio de los “cristianos comunes” en su vida diaria, con su vida y sus palabras, que tocaba los corazones de las personas en su alrededor, de manera que “el Señor añadía cada día” a nuevos convertidos.

En vista de que algunas congregaciones modernas están obsesionadas con la idea del “crecimiento de la iglesia”, quizás sea necesario aclarar que este “crecimiento” no es ningún mandamiento directo del Señor. El encargo del Señor a Sus discípulos era “hacer discípulos … bautizándolos … enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado” (Mateo 28:19-20), y también “heraldear el evangelio” (Marcos 16:15) y “ser Sus testigos” (Hechos 1:8) – y también eso solamente “cuando haya venido el Santo Espíritu sobre ustedes”. Mientras los discípulos cumplían estos mandamientos (además de llevar una vida entregada al Señor), el crecimiento de la iglesia era una consecuencia natural. Por tanto, la primera iglesia no se preocupaba por “estrategias para el crecimiento de la iglesia”. Simplemente cumplían lo que el Señor les había dicho.

– En Hechos 8 encontramos un tercer “método de expansión”, uno que se menciona poco en las iglesias modernas: ¡la persecución! “Y en aquel día vino una gran persecución sobre la asamblea que estaba en Jerusalén, y todos fueron esparcidos por toda la región de Judea y Samaria, excepto los apóstoles. (…) Entonces los esparcidos pasaron por todas partes y evangelizaban la palabra.” (Hechos 8:1.4) Aquella persecución, lejos de extinguir a la iglesia, al contrario contribuyó a su expansión.