La primera iglesia, el modelo para todos los tiempos

23/04/2016

El concepto más claro de la iglesia según el Nuevo Testamento lo encontramos al estudiar los rasgos de la iglesia primitiva en Jerusalén. Cuando Dios crea algo nuevo, El lo presenta siempre al inicio en su forma más pura y clara; después lo encomienda a las manos de los hombres, y después de algún tiempo permite que poco a poco sea alterado y corrompido, aunque sigue advirtiendo que “vuelvan a lo que era en el principio”. Pero si el pueblo sigue en su camino equivocado, al fin Dios permite que procedan a la apostasía completa y sufran las consecuencias de ello. Este es un patrón que podemos observar a través de la entera historia bíblica:

La creación original fue perfecta, y los primeros hombres eran perfectos. Es en el inicio donde Dios declara y demuestra Sus propósitos con la creación entera. “En el inicio … todo era muy bueno.” Después, con la caída del hombre, la creación comenzó a corromperse.

Cuando Dios comenzó a establecer a Israel como una nación independiente, El tomó especial cuidado para purificarlos durante su camino por el desierto. Durante aquel tiempo, todo pecado y toda desobediencia trajo inmediatamente un juicio serio de Dios, como notamos a cada paso en los libros de Éxodo y Números. Fue en aquel tiempo que Israel recibió la Ley de Dios, la expresión más perfecta de Su voluntad para ellos. La presencia de Dios estaba con ellos de manera visible y causó en ellos una profunda reverencia y temor. – En los tiempos posteriores, el pueblo se alejó y se corrompió más y más; y paralelamente disminuyó la fuerza de su testimonio ante las naciones.

Entonces no debe sorprendernos que también en la fundación de la iglesia cristiana, Dios procedió de la misma manera. En su inicio, en la iglesia primitiva de Jerusalén, Dios estableció el ejemplo más claro y puro de lo que es “iglesia” según Su voluntad. En aquella época también, no se podía esconder ningún pecado. La presencia de Dios estaba allí y creó un ambiente de pureza y temor santo.

Añadimos a esto que en las cartas del Apocalipsis, unos sesenta a setenta años más tarde, el Señor exhorta a las iglesias alejadas de Él, que vuelvan a sus inicios: “Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras …” (Apoc.2:5) “Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete.” (Apoc. 3:3) Él no les dice: “Desarróllense más, crezcan más, maduren más”, nada parecido a eso.

Viendo este patrón tan claro, no puedo estar de acuerdo con aquellos que describen la iglesia primitiva como “la infancia inmadura de la iglesia” y creen que con los desarrollos posteriores, la iglesia haya “madurado” y “mejorado”. No existe sustento bíblico para esta idea. (Es cierto que en el Nuevo Testamento se supone que el creyente individual madure y “crezca en la gracia” y aumente en sabiduría y discernimiento. Pero eso no tiene nada que ver con una supuesta “maduración” de la iglesia como cuerpo entero.) Al contrario, los desarrollos posteriores son un alejamiento del patrón original. Es como cuando uno saca una fotocopia de un cuadro hermoso, y después una copia de esta copia, y después una copia de la nueva copia, y así sucesivamente. Cada nueva copia será inferior a las anteriores; su calidad se deteriora continuamente y nunca aumenta. Así es también el desarrollo de la iglesia: mientras cada generación copia lo que hizo la generación anterior, y añade sus propias ideas, la corrupción aumenta. Solamente cuando la iglesia regresa al patrón original de la iglesia primitiva, puede mejorar su calidad espiritual.

Por tanto, no puedo aceptar como modelo de la iglesia a las grandes iglesias católicas o evangélicas que adquirieron mucho poder, consolidaron estructuras institucionales impresionantes, pero andan por sus propios caminos y dejan atrás los caminos del Señor. Tampoco la iglesia de los siglos II ó III es el modelo; y ni siquiera la iglesia de Corinto que conocemos desde las cartas de Pablo. (Algunos están usando mal el ejemplo de esa iglesia, para decir: “Ves, la iglesia primitiva también estaba llena de problemas y pecados, ellos no eran mejores que nosotros.” Y de ello quieren concluir que entonces ellos también pueden continuar despreocupadamente en sus pecados. Pero esa es una conclusión muy equivocada.) No, si buscamos algún modelo histórico que represente correctamente la iglesia del Nuevo Testamento, tenemos que volver a la iglesia de Jerusalén en sus inicios.

Una vez conversé con un grupo de estudiantes de teología que estaban estudiando un curso sobre el libro de los Hechos de los apóstoles. Les pregunté si en este curso estaban haciendo comparaciones entre las iglesias como el libro de Hechos las describe, y sus propias iglesias actuales. “No”, respondieron. Les pregunté si ellos personalmente alguna vez habían hecho esta comparación. “No, nunca”, fue la respuesta. Esta parece ser la triste actitud de un gran número de iglesias y de sus líderes en la actualidad. Estudian el libro de Hechos solamente como una historia del pasado, como si no tuviera nada que ver con ellos mismos y con las congregaciones que dirigen. No se dan cuenta de que en el ejemplo de la primera iglesia está la medicina contra las enfermedades espirituales que ellos mismos sufren. Esta es una forma de incredulidad: No creen que Dios es el mismo hoy como en aquel tiempo; y no creen que Su palabra tiene la misma validez hoy como entonces.

Ahora, para no llevar este principio a un extremo, deseo equilibrarlo con un segundo principio: No todo lo que históricamente sucedió en la iglesia primitiva, es un modelo que se debe generalizar para la iglesia de todos los tiempos. Dios actúa a veces de manera excepcional, y existen situaciones históricamente únicas. No debemos pensar que estas ocasiones excepcionales deban repetirse constantemente a través de la historia. Por tanto, deseo matizar el principio enunciado de la siguiente manera: La iglesia primitiva es el modelo para la iglesia de todos los tiempos, en aquellos aspectos que son confirmados por las enseñanzas de las cartas apostólicas. En estas cartas tenemos la genuina “enseñanza de los apóstoles” (Hechos 2:42). Estas cartas sí expresan principios válidos para la iglesia en general. Entonces opino que encontramos un fundamento seguro si combinamos el modelo de la iglesia primitiva con la enseñanza de los apóstoles, de la manera que acabo de formular.

Dios mediante, con estos principios en mente, procederemos en las siguientes reflexiones a analizar algunos pasajes pertinentes en el libro de Hechos, comparando también las cartas apostólicas donde fuera necesario. El pasaje clave para entender la primera iglesia es sin duda Hechos 2:36-47, donde se describen las características de la iglesia “recién nacida”. Pondremos el mayor énfasis en este pasaje.

Pedro como columna de la iglesia (2)

24/03/2016

En la reflexión anterior acerca de Mateo 16:16-19 hemos visto algunos puntos en la vida de Pedro que lo calificaron para ser más adelante una de las “columnas de la iglesia” (Gálatas 2:9): Una profunda convicción de su propia pecaminosidad, y en consecuencia una conversión a Cristo, y una renuncia radical a todo lo que estaba asociado con su vida antigua.

La convicción del pecado debe llevar al arrepentimiento, la conversión, y la fe que salva. Todo esto son aspectos de lo que el Nuevo Testamento llama “nacer de nuevo”. Cuando una persona nace de nuevo, Jesús vive en esta persona por Su Espíritu Santo. (Vea Gálatas 2:20, Efesios 3:16-17) Este nuevo nacimiento y esta salvación es posible gracias a que Jesús derramó Su sangre para redimirnos.
Con esto ya debería ser claro que no era posible “nacer de nuevo” en el sentido del Nuevo Testamento, antes que Jesús hubiera muerto y resucitado. Así también Pedro se había dado cuenta de que era un pecador; pero todavía no había experimentado esta transformación radical que es el nuevo nacimiento. Mientras él caminaba con Jesús en la tierra, él actuaba todavía en sus fuerzas humanas que no pueden cumplir la justicia de Dios. (Vea Romanos 8:3-8.) Por eso pudo en un momento ser sensible a la revelación de Dios, pero en el siguiente momento seguir los razonamientos de satanás. (Mateo 16:16-23). Por eso pudo en un momento juntar toda su fe y valentía para caminar sobre el agua, pero en el siguiente momento dudar y hundirse. (Mateo 14:28-31). Por eso pudo en un momento prometer a Jesús que iba a ir hasta la muerte con él, pero en el siguiente momento negarle tres veces.
Es muy significativo lo que Jesús le dijo cuando anunció de antemano la negación de Pedro: “…y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.” (Lucas 22:32) – La palabra que la versión Reina-Valera traduce como “vuelto”, es la misma que significa “convertirse”. Una mejor traducción sería: “…y tú, una vez convertido, afirma a tus hermanos.”
Antes de poder convertirse de verdad, Pedro tuvo que experimentar que él en su debilidad pudo incluso negar a su Señor. Toda su confianza en su propia “fe” tuvo que venirse abajo. Su verdadera conversión comenzó cuando Jesús, resucitado, le dio una nueva oportunidad de decir “Te amo”. (Juan 21:15-19) Y su nuevo nacimiento se completó recién en el día de Pentecostés cuando vino el Espíritu Santo.

Antes de Pentecostés, los apóstoles (inclusive Pedro) estaban temerosos y tímidos. Se reunían tras puertas cerradas por miedo a los enemigos de Jesús (Juan 20:19). Pero cuando vino el Espíritu Santo sobre ellos, hablaron en público con toda valentía. Y este fue el efecto del discurso de Pedro:
“Al escucharlo, sus corazones fueron traspasados [con dolor], y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ‘¿Qué haremos, varones hermanos?’ ” (Hechos 2:37)

En este momento se cumplieron las palabras del Señor: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (Mateo 16:19 – note que poco después, Jesús dio esta misma promesa a todos Sus discípulos, Mateo 18:18.) – Pedro usó las “llaves” que el Señor le había dado, para abrir el reino de los cielos ante sus oyentes; y tres mil de ellos, respondiendo con arrepentimiento y fe, entraron. (Hechos 2:38-41). Y este fue el comienzo de la primera iglesia.

Aquí se repite en sus oyentes la misma experiencia que Pedro había hecho antes: La convicción del pecado, el quebrantamiento ante Dios, la conciencia de que no hay manera de salvarse por medios humanos. Y después del arrepentimiento, la experiencia de la gracia maravillosa del Señor, y el nuevo nacimiento por el Espíritu Santo. Es por eso que Pedro está entre las “columnas” de la iglesia. Él personifica de manera ejemplar el camino que Dios sigue con cada persona que Él elige, llama y salva. Él pudo guiar a los nuevos discípulos por este camino, porque él mismo lo había recorrido antes. Pedro no representa una institución, ni una posición jerárquica. Pedro testifica del Salvador y del camino de la salvación. Cada uno de nosotros necesita “morir con Cristo” y “resucitar con Cristo” (Romanos 6:4-8, vea también 1 Pedro 1:3. 23). Allí es donde tenemos que buscar el fundamento de la iglesia.

Con esto ya hemos llegado al umbral de la historia de la iglesia primitiva, que examinaremos en unas reflexiones posteriores. Solamente deseo añadir un comentario adicional a Mateo 16:

Con toda esta preocupación por Pedro podríamos olvidar fácilmente que él no es el personaje principal de este pasaje. La conversación comenzó con la pregunta de Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que SOY YO?” (v.15) – La intención de Jesús no era hablar de quién era Pedro, sino de QUIÉN ERA ÉL MISMO. Y así no debemos pasar por alto que también en el versículo 18, Jesús dice: “(YO) edificaré MI iglesia”. La iglesia no es de Pedro; la iglesia es de Jesucristo y de nadie más. Así también dice Pablo acerca de la edificación de la iglesia: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.” (1 Cor.3:11) Y el mismo Pedro, en sus cartas, no pretende ser dueño ni fundamento de la iglesia. Al contrario, él aclara que Jesús es la “piedra principal” de la iglesia: “Acercándoos a él (se refiere a “el Señor” en el verso anterior), piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.” (1 Pedro 2:4-5)
– Entonces ningún hombre puede atribuirse algún derecho de propiedad sobre la iglesia, ni siquiera sobre el más humilde de sus miembros. Todo en la iglesia debe señalar hacia Cristo, no hacia algún hombre. Una iglesia que tiene por “cabeza” a alguien más que Jesucristo, o que enseña a sus miembros a rendir cuentas a algún líder antes que a Cristo, no es la iglesia del Nuevo Testamento.

Pedro como columna de la iglesia (Mateo 16)

16/03/2016

“Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.”
(Mateo 16:16-19)

Este es otro de los muy pocos pasajes del Nuevo Testamento donde la palabra “iglesia” aparece en las propias palabras de Jesús. En las reflexiones anteriores hemos visto que el Señor Jesús describe la iglesia como la reunión de hermanos en consenso, sin distinciones jerárquicas ni clericalismo. Ante este concepto de la iglesia como una hermandad sencilla, resulta bastante obvio que este pasaje favorito de los apologistas romanistas, Mateo 16:18-19, no puede ser interpretado a favor de un papado. Una tal interpretación estaría contraria a todas las demás palabras del Señor. Estaría también contraria a las palabras del mismo Pedro, quien escribió que la “piedra fundamental” de la iglesia es el Señor mismo (1 Pedro 2:4-8), y quien se identificó a sí mismo como un simple “anciano con los otros ancianos” (1 Pedro 5:1).
Entonces, en Mateo 16:18-19 se trata mas bien de una promesa del Señor a Pedro personalmente, y se refiere a la “edificación” inicial de la iglesia en el tiempo apostólico.

Este fue también el consenso de la iglesia antigua durante los primeros cuatro siglos. Los “padres de la iglesia”, sobre cuyos escritos se fundamenta supuestamente la “tradición” católica romana, diferían entre sí en su interpretación de Mateo 16:18-19; pero en un punto estaban unánimes: Este pasaje no tiene nada que ver con algún supuesto “sucesor” de Pedro. Citaré a un autor que investigó más sobre este tema:

“En los primeros dos siglos, este pasaje (Mat.16:18-19) fue citado muy pocas veces. (…) Solamente a inicios del tercer siglo, un obispo no identificado – posiblemente Calisto de Roma – se apoyó sobre este pasaje. (…) Tertuliano reprendió la presunción del obispo: (…) ‘¿Cómo te atreves a negar y torcer la intención obvia del Señor? – quien encargó esto solamente a Pedro personalmente. ‘Sobre ti’, dice, ‘edificaré mi iglesia’, y ‘a ti te daré las llaves’, no a la iglesia; y ‘lo que tú atares y desatares’, no lo que ellos ataren y desataren.’ (…) Agustín dejó que sus lectores decidan por sí mismos si la ‘roca’ se refiere a Pedro o a Jesús mismo. Jerónimo opina que la roca se refiere a Cristo, puesto que ‘Pedro’ significa ‘piedra’: ‘Verdaderamente fundamentada sobre la roca firme, que es Cristo.’ *
En resumen, de los 77 padres de la iglesia que escribieron acerca de este pasaje, 17 piensan que la roca significa Pedro; 44 piensan que se refiere a la fe de Pedro; y 16 piensan que Jesús se refirió a sí mismo. Pero ninguno de ellos aplicó este pasaje a los obispos de Roma como supuestos sucesores de Pedro. (…) León I (440-461) fue el primer obispo romano que defendió consecuentemente la idea del papado, y fundamentó el primado romano con Mateo 16:18. (…)”
(P.H.Uhlmann, “Las doctrinas de Roma a la luz de la Biblia”.)

* (En el griego original, el nombre “Pedro” es “Petros”; pero la palabra para “roca” es “petra”. Por tanto no existe ninguna identidad, solamente una similitud, entre “Pedro” y “roca”.)

O sea, la idea favorita de los defensores del papado no se le ocurrió a ninguno de los escritores de la iglesia temprana, y por tanto no es ni siquiera parte de la tradición eclesiástica de los primeros cuatro siglos.

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Dejemos entonces estos inventos posteriores y veamos lo que podemos concluir de nuestro pasaje acerca de la iglesia del Nuevo Testamento.

Como ya hemos visto, la palabra “Pedro” no es igual, solamente similar a la palabra para “roca”. ¿En qué respecto pudo Pedro ser similar a una roca para la iglesia?

Jesús dijo estas palabras después de que Pedro le había dicho: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (v.16) – Jesús le responde: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” (v.17)
Lo que dice Jesús aquí, es que para Pedro era humanamente imposible reconocer a Jesús en su forma terrenal como el Mesías y el Hijo de Dios. Solamente con una revelación sobrenatural de parte de Dios era posible que Pedro hiciera esta declaración. Y solamente sobre la base de esta revelación sobrenatural pudo Pedro tener suficiente firmeza “como de una roca” para soportar la carga de una responsabilidad importante en la iglesia.

Esto se hace claro especialmente cuando lo comparamos con lo que sucedió inmediatamente después. Jesús anuncia a Sus discípulos que va a sufrir y morir (v.21). Entonces Pedro le reprocha y dice: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.” (v.22) – Jesus le reprende: “¡Quítate de delante de mí, satanás! Me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.” (v.23)
En este instante, Pedro ya no hablaba por revelación divina; hablaba desde su propio corazón humano, queriendo impedir el sacrificio redentor de Cristo. Y con eso ya no era “piedra”, sino que era ¡”satanás”! – Su aptitud para “cargar” autoridad en la iglesia dependía completamente de su permanencia en la revelación de Dios. No era Pedro como persona quien podía ser comparado con una “roca” para la iglesia; tampoco era Pedro en virtud de algún encargo o posición especial; nada de eso. Era Pedro en su capacidad de recibir, entender y obedecer la revelación sobrenatural de Dios.

Esta opinión es apoyada por el otro pasaje donde Jesús usa la comparación con una roca, Mateo 7:24-27. “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.” – Aquí, la roca firme es el escuchar y hacer las palabras del Señor. Pedro estaba “edificado sobre la roca” mientras escuchaba la revelación de Dios y actuaba según ella.

Aquí creo que sí podemos generalizar un poco. La iglesia del Nuevo Testamento tiene como “piedras” o “columnas” (Gálatas 2:9) a personas que han conocido y reconocido por revelación sobrenatural a Jesús como Mesías, el Hijo de Dios. No a personas que le conocen solamente por haber estudiado acerca de Él, o por haber seguido los ritos y los pasos de formación que exige alguna institución eclesiástica. Había en ese tiempo muchas personas que conocían a Jesús “según la carne”, que vieron Sus milagros y escucharon Sus palabras; pero pocos le conocieron de la manera como Pedro le conoció. Tengamos cuidado; no nos sometamos ligeramente a personas que fueron “investidos de un cargo”, sin haber conocido a Jesús personalmente por revelación de Dios.

El verdadero conocimiento de Jesús comienza primero y sobre todo con la convicción del propio pecado. Así le sucedió a Pedro en uno de sus primeros encuentros con Jesús: “Y al verlo, Simón Pedro cayó a las rodillas de Jesús y dijo: Aléjate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador. Porque estaba lleno de espanto, él y todos los que estaban con él …” (Lucas 5:8-9) – Esta fue la primera revelación sobrenatural que Pedro recibió, y que inició su conocimiento de Jesús: “Soy un hombre pecador.”
Este no es un caso aislado; es un principio general. Así dice Jesús en Juan 16:8: “Y cuando él (el Espíritu Santo) venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio …” – La primera obra del Espíritu Santo en una persona es convencerla de su pecado. Nadie puede decir que “conoce a Jesús” si no ha hecho esta experiencia de una profunda convicción de su propio pecado.
Esta convicción no es un asentimiento intelectual a que “todos somos pecadores”. Al contrario, las personas que dicen esto, a menudo son los que toman su pecado demasiado a la ligera. Con demasiada frecuencia toman este dicho por una excusa para seguir conviviendo despreocupadamente con el pecado.
La verdadera convicción del pecado es acompañada de un intenso temor a Dios, y de la conciencia profunda de que uno está perdido y merece ser condenado por Dios. Como también exclamó Isaías: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos.” (Isaías 6:5) Alguien que nunca pasó por una angustia similar, debido a su propia perdición, no ha conocido a Dios.

No menos significativo es el último versículo en la historia de la pesca milagrosa: “Y cuando habían llevado los barcos a tierra, abandonaron todo y le siguieron.” (Lucas 5:11) No es posible seguir a Jesús sin cortar definitivamente los lazos con la vida antigua. Pedro y sus compañeros dejaron atrás su trabajo, sus padres, sus amigos, aun el lugar donde habían crecido y vivido, para seguir a Jesús. En eso también, Pedro es un ejemplo para todos los creyentes después de él.
He conocido a varias personas que estaban interesadas en convertirse a Jesús; algunos incluso se habían hecho miembro de alguna iglesia. Pero a medida que su interés en los asuntos del Señor se hacía más serio, el Señor comenzó a poner su dedo en alguna cosa en su vida que debían abandonar. No era que algún predicador o alguna otra persona les hubiera señalado esa cosa; ellos mismos comenzaron a considerarlo porque el Señor comenzó a obrar convicción del pecado en ellos. Lo triste era que la mayoría de estas personas no estaban dispuestas a dejar atrás esa cosa que el Señor les mostraba; y así nunca llegaron a una conversión verdadera. Es probable que ésta sea la situación de la mayoría de los miembros de las iglesias actuales. Están interesados en las cosas del Señor, se identifican como “cristianos” y participan en las actividades de su congregación; pero nunca nacieron de nuevo porque nunca dejaron atrás su vida antigua.
Algunos hacen unos negocios deshonestos que les proveen buenos ingresos, y no están dispuestos a abandonar esta práctica. Otros tienen un romance con una persona que no ama al Señor, o alguna otra relación ilícita, que aman más que al Señor. Algunos no están dispuestos a dejar de participar en los ritos paganos que son costumbre de su familia. En otros casos es el colegio mundano adonde mandan a sus hijos, por el supuesto “prestigio” del colegio, sin considerar que este colegio convierte a sus hijos en ateos. En otros casos pueden ser cosas que ni siquiera son malas en sí mismos, como ciertos pasatiempos que ocupan mucho tiempo; ciertas amistades; o un trabajo; que el Señor muestra a una persona que debe abandonarlos para poder cumplir el llamado de Dios. El caso puede ser diferente en cada persona. Pero cada uno está apegado a ciertas cosas en su vida que sabe que debe dejar atrás cuando el Señor lo llama.
En Mateo 16, Jesús sigue diciendo: “Si alguien quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiere salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la encontrará.” (Mateo 16:24-25). La iglesia del Nuevo Testamento consiste en personas que renunciaron a vivir sus propias vidas.

La iglesia del Nuevo Testamento en Juan 17 (3)

04/03/2016

Unidad en santidad

La siguiente petición de Jesús es por la santificación de Sus discípulos. “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. … Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.” (Juan 17:17.19) “Santo” significa “apartado para Dios”, y por tanto también “libre del pecado”. Es la voluntad del Señor que los miembros de Su iglesia sean santos, no solamente en teoría, sino de hecho y de verdad. Sin la santidad, nadie verá al Señor (Hebreos 12:14).

Es muy importante entender esto, porque en muchas congregaciones se ha difundido una falsa enseñanza que dice que la salvación consiste únicamente en el perdón de los pecados, y que es imposible ser libre del pecado. Pero sabemos que el Padre escucha siempre las oraciones de Su Hijo (Juan 11:42), y que Sus mandamientos no son imposibles de cumplir (1 Juan 5:3). Entonces, ¿acaso será imposible para Dios santificar a Sus discípulos? ¿o será imposible para un verdadero discípulo, cumplir el mandamiento de Dios de ser santo? Quien dice eso, hace a Dios mentiroso.

Podemos corroborarlo fácilmente con otros pasajes de las cartas apostólicas:
“¿Qué diremos entonces? ¿Permanezcamos en el pecado, para que tengamos más favor de Dios? ¡No sea! Quienes murimos respecto al pecado, ¿cómo viviremos todavía en él?” (Romanos 6:1-2) – Un cristiano verdadero está “muerto para el pecado, pero vivo para Dios” (Romanos 6:11). De ninguna manera “sigue pecando inevitablemente”.
“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder … para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo …” (2 Pedro 1:3-4) – O sea, un cristiano verdadero ha recibido de Dios todo lo que es necesario para llevar una vida santa, participando de la “naturaleza divina” y apartado de “la corrupción que hay en el mundo”.
“… aquel que es poderoso para guardarles sin caída, y presentarles sin mancha delante de su gloria con gran alegría…” (Judas 24) – O sea, Dios es perfectamente capaz de guardar a los verdaderos cristianos en santidad.

El verso Juan 17:17 nos enseña además que la palabra de Dios es un medio importante que Dios usa para mantenernos en santidad.

Antes de llegar a la siguiente petición, Jesús aclara que Él está orando por la iglesia de todos los tiempos: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (verso 20). Esta oración de Jesús es también para nosotros hoy, para todos los que de verdad le siguen.

¿Crees tú en el cumplimiento de esta oración para ti? ¿Lo cree la congregación a la que perteneces?

La santidad de los discípulos es el prerrequisito para la siguiente petición de Jesús: la petición por unidad. “… para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.” (Juan 17:21)

Este versículo es uno de los más hermosos del Nuevo Testamento; pero a la vez uno de los más abusados. El Consejo Mundial de Iglesias, o sea la máxima entidad promotora del movimiento ecuménico, escogió este versículo como su lema. Pero la unidad que busca el ecumenismo, es algo muy diferente de la unidad por la que Jesús oró:
– Jesús oró por una unidad en santidad. Pero el ecumenismo promueve una unidad en tolerancia: Los líderes ecuménicos no permiten que alguien use la palabra de Dios para confrontar el pecado de alguien, o para señalar enseñanzas y prácticas falsas en alguna iglesia. Por eso, las iglesias ecumenistas se están llenando de falsos maestros y de prácticas paganas, supersticiosas y pecaminosas.
– Jesús oró por “los que creen en mí”. Pero el movimiento ecuménico no distingue entre cristianos verdaderos y cristianos solo de nombre. Según la definición ecuménica, son cristianos “los que fueron bautizados en el nombre del Dios Trino” – inclusive aquellos católicos romanos y reformados que fueron bautizados cuando eran bebés, pero nunca siguieron al Señor personalmente.
– Jesús oró que Sus discípulos sean uno como personas, a un nivel personal. Pero los esfuerzos ecuménicos suceden al nivel de instituciones y organizaciones; que haya un “reconocimiento mutuo” entre las diferentes instituciones religiosas, y que los cristianos se dejen dirigir por los líderes de las respectivas organizaciones.
– Jesús oró por una unidad “en nosotros”, o sea en el Padre y en el Hijo. Para que haya una unidad entre los discípulos, es necesario primero que cada discípulo esté “en Jesús”; que se identifique con Jesús y viva en una relación arreglada con Él. Pero el movimiento ecuménico da muy poca importancia a la relación personal con el Señor; o la entiende solamente en un sentido sacramental (por ser bautizado).

El Nuevo Testamento habla no solamente de la unidad; habla también de la necesidad de separarse:
“… que no se mezclen con alguien que se hace llamar hermano, pero es un fornicario o codicioso o servidor de ídolos o grosero o borracho o ladrón; con un tal tampoco coman juntos.” (1 Corintios 5:11)
“No se vuelvan compañeros de yugo con incrédulos. Porque ¿cómo pueden los justos participar en el rechazo a la ley? ¿o cómo puede la luz tener comunión con la oscuridad? y ¿cómo puede haber un acuerdo entre el Ungido y Beliar? ¿o cómo puede el creyente tener parte con el incrédulo? y ¿cómo puede conocordar el templo de Dios con los ídolos? (…) Por eso, ‘Salgan de en medio de ellos, y sepárense, dice el Señor’, y ‘no cojan lo impuro; y yo les recibiré’.” (2 Corintios 6:14-17)

No nos engañemos. En la situación actual, muchos miembros y líderes de iglesias (probablemente la mayoría) son “fornicarios” o “codiciosos” o “incrédulos” o “ladrones” o mentirosos … o de alguna otra manera demuestran con su vida y con sus convicciones que no son seguidores verdaderos del Señor Jesús. Ellos no están incluídos en la oración del Señor por unidad. Al contrario, la palabra de Dios dice que un verdadero cristiano debe apartarse de los tales, que se llaman “hermanos” o son miembros de una iglesia, pero demuestran con su vida o con sus enseñanzas que no pertenecen al Señor.

Aun muchas iglesias evangélicas que no se identifican como ecuménicas, sin embargo han adoptado muchos aspectos del concepto ecuménico acerca de la “unidad”: Ven y buscan la “unidad” al nivel institucional, por medio de la conformidad a la propia denominación, y mediante acuerdos y “programas en conjunto” con otras denominaciones. Muchos viven en la ilusión de que todos los miembros de su propia organización sean cristianos verdaderos. Algunos creen además que todos los miembros de otras denominaciones están equivocados. Todo eso los lleva a hacerse “compañeros de yugo” con incrédulos, y al mismo tiempo a rechazar la comunión con verdaderos cristianos en otras denominaciones. Se están olvidando del centro de la unidad cristiana, que es Jesús mismo.

Los criterios de unidad según el Nuevo Testamento son claros: Un verdadero seguidor de Jesús está en unidad con todos los otros verdaderos seguidores de Jesús, sin importar a cuál organización religiosa pertenezcan o no pertenezcan. Y se separa de los que no siguen a Jesús de verdad, por más que sean miembros de la misma congregación.
La unidad cristiana no es una membresía común en una institución. No es el acuerdo común con una declaración de fe. No es la adherencia a un reglamento o acuerdo entre distintas instituciones. La unidad cristiana se expresa mejor en lo que el Nuevo Testamento llama “koinonía” (de eso hablaremos cuando lleguemos al libro de Hechos), o “el cuerpo de Cristo” (la expresión que usa Pablo).

Jesús dijo que el resultado de la verdadera unidad cristiana será: “para que el mundo crea que tú me enviaste.” La unidad del tipo ecuménico, institucional o denominacional no produce este resultado. Solamente hace que el mundo percibe a los cristianos como una asociación mundana o una entidad política; pero no puede ver al Señor en ellos. En cambio donde hay una verdadera unidad basada en el Señor mismo y en la santidad, aunque fuera una única familia que vive esta unidad, allí el mundo percibe la luz del evangelio. Allí es donde el mundo nota que hay algo diferente, algo sobrenatural, algo que el mundo no conoce. Ese “algo” es la presencia del Señor.

¿Qué concepto de unidad tienes tú? ¿Qué concepto tiene la congregación a la que perteneces? ¿El concepto ecuménico, institucional, denominacional; o el concepto de Jesús?

(Vea también: “Acerca de la unidad cristiana”.)

La iglesia del Nuevo Testamento en Juan 17 (2)

29/02/2016

En el mundo, pero no del mundo

A continuación, Jesús ora por la relación de Sus seguidores con el mundo. Comienza diciendo: “El mundo los aborreció” (v.14). No es ninguna meta de la iglesia del Nuevo Testamento, ser aceptada por el mundo. Si una congregación es famosa y aplaudida en el mundo, no es ninguna señal de que Dios esté obrando allí. Al contrario, Jesús dijo: “Muy felices son ustedes cuando los hombres les odian y cuando los separan y ultrajan y desechan vuestro nombre como algo malo por causa del Hijo del hombre. Alégrense en aquel día y brinquen, porque miren, tendrán un gran sueldo en el cielo. Porque así hacían los antepasados de ellos a los profetas. (…) ¡Ay, cuando todos los hombres les dicen bien!; porque así mismo hacían los antepasados de ellos a los falsos profetas.” (Lucas 6:22-23.26)
No solo esto. Jesús dijo que aun las congregaciones religiosas odiarán a los verdaderos cristianos: “Les echarán fuera de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que les mate, pensará que rinde servicio a Dios. Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí.” (Juan 16:2) – No pensemos que esto se refiere solamente a las sinagogas judías. Hoy en día, las iglesias cristianas tradicionales ocupan el lugar de las sinagogas, y sus pastores ocupan el lugar de los sacerdotes, escribas y fariseos de entonces. Efectivamente, a lo largo de la historia, las iglesias oficiales persiguieron y mataron a muchos cristianos verdaderos. La iglesia romana persiguió violentamente durante muchos siglos a los valdenses, a los reformados, y a los evangélicos. Las iglesias reformadas a su vez persiguieron a los anabaptistas, a los cuáqueros, a los puritanos, y a los metodistas. Muchos de los perseguidores creían que perseguir y matar a estos “herejes” era un servicio a Dios. No nos extrañemos si en el futuro también las iglesias evangélicas comenzarán a perseguir a los verdaderos cristianos. El ecuménico Consejo Mundial de Iglesias y sus simpatizantes ya lo han hecho.

De hecho, los cristianos verdaderos “no son del mundo” (versos14 y 16), como Jesús tampoco era del mundo. Y esto incluye al mundo religioso, a las congregaciones de gente que lleva el nombre de “cristianos” sin haber nacido de nuevo.

Cada vez que un grupo de cristianos empezaba a ganar cierta influencia y prestigio, surgía la tentación de adaptarse al mundo. Comenzaban a actuar de manera similar al mundo para no ser despreciados. Sus líderes comenzaban a tolerar el pecado para complacer a los miembros ricos y a los gobernantes del mundo. Así, en un proceso lento, la congregación se convertía en una parte del mundo; y el Señor tenía que llamar a nuevos seguidores que no eran “del mundo”.

Como reacción a esta situación, algunos podrían caer en la tentación opuesta, la de retirarse completamente del mundo. De allí surgió la idea de los monasterios, internados cristianos, y otras formas de comunidades cerradas e intentos de crear una especie de “Nueva Jerusalén” en esta tierra. Pero Jesús pide al Padre que esto no suceda con Sus verdaderos seguidores: “No ruego que los quites del mundo” (verso 15). Eso no sería bueno para el mundo, porque el mundo necesita la presencia de los cristianos. Tampoco sería bueno para los cristianos; porque un discípulo del Señor necesita el desafío del mundo que lo rodea, para mantenerse espiritualmente despierto. Por eso, el Señor ha permitido muchas veces que tales comunidades cerradas se convirtieran en verdaderos criaderos de pecado, peleas internas y escándalos, para demostrar a sus miembros que éste no es el camino.

En cambio, Jesús ora: “sino que los guardes del mal.” (verso 15) Los discípulos de Jesús deben vivir “en el mundo, pero no del mundo”; exteriormente presentes en el mundo, pero interiormente apartados de él. Por eso tienen necesidad de ser guardados del mal que está en el mundo, y eso de dos maneras: Necesitan ser guardados contra la maldad del mundo que ataca, persigue y maltrata a los verdaderos cristianos, para que aun en todas las adversidades mantengan la fe y sigan fieles al Señor. Pero necesitan también ser guardados contra la maldad que quiere infiltrarse dentro de ellos mismos, y que los tienta a hacerse iguales al mundo. En estos dos aspectos, la verdadera iglesia del Señor siempre necesita Su protección. Qué bueno es saber que Jesús ya oró por ello. La verdadera iglesia no necesita recurrir a artificios humanos, a mandamientos de hombres, a una “cobertura” por parte de un “liderazgo”, o al alejarse físicamente del mundo. No son esas cosas que protegen a la iglesia; es el Señor mismo.

Por fin, Jesús aclara cuál es la relación de Su iglesia con el mundo: “Como tú me comisionaste al mundo, así yo los he comisionado al mundo.” (v.18) Los discípulos de Jesús tienen una misión que cumplir en este mundo. No sólo que vivan en este mundo sin ser afectados por la maldad del mundo; también que sean una “luz” para que el mundo pueda conocer al Señor por medio de la vida y la palabra de ellos. (Vea Mateo 5:13-16). A cada discípulo de Jesús se aplica la misma palabra que Dios habló a Jeremías: “¡Conviértanse ellos a tí, pero tú no te conviertas a ellos!” (Jeremías 15:9).

La iglesia del Nuevo Testamento en Juan 17 (1)

14/02/2016

Jesús ora por Su iglesia

Este capítulo, Juan 17, es otro de los pasajes que nos ayuda a formarnos una idea más correcta acerca de la iglesia del Nuevo Testamento, aunque la palabra “iglesia” no aparece aquí. Pero Jesús ora por Sus discípulos, y “por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (v.20). Y hemos visto anteriormente que esto es precisamente lo que es la iglesia: la comunidad de los que creen en Jesús.

Aunque si miramos bien, notamos que en los primeros cinco versículos, Jesús ora por sí mismo: “Glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti…” (v.1) ¿No sería ésta una oración egoísta? – Lo sería, si procediera de la boca de un hombre común. Pero no lo es cuando la pronuncia el Hijo de Dios, porque a Él le corresponde tener el primer lugar. Si Dios no fuera glorificado (por medio de Su Hijo), entonces Él dejaría de ser Dios; y con eso se destruiría el fundamento entero de la iglesia. Por eso, debería ser el primer interés de la iglesia que Dios sea glorificado.
Esta es otra de aquellas verdades fundamentales que muchos cristianos saben “demasiado bien”, y por eso piensan que no necesitan reflexionar más en ello. Pero te invito a que te detengas unos momentos para pensar: ¿Tu congregación glorifica a Dios? ¿Es la práctica de esa congregación tal que pone a Dios en el primer lugar?
Algunas congregaciones ponen en primer lugar la salvación personal de sus miembros – o incluso cosas terrenales como su bienestar personal, su salud física, su prosperidad financiera, su “superación”, su felicidad emocional. O sea, cosas que “buscan las naciones (que no conocen a Dios)”, mientras Dios promete dar estas cosas a los suyos como añadidura, si es que buscamos primero Su reino y Su justicia (Mateo 6:32-33). La iglesia no es una institución para la salvación personal o para el bienestar personal. Es una institución para glorificar a Dios, y para representar en el mundo Su reino, o sea Su señorío y Su voluntad.
Otras congregaciones ponen en primer lugar a la iglesia misma. Hablan del Señor, sí, pero su primera meta es que su propia congregación aumente. Hablan de “servir al Señor”, pero en realidad quieren decir con eso: “servir a nuestra propia congregación”. Hablan de “llevar a las personas a Cristo”, pero en realidad se refieren a “traer a las personas a nuestras reuniones.” Incluso hablan de “ofrendar al Señor”, cuando en realidad quieren decir “ofrendar para los líderes de nuestra congregación”. Aun la iglesia misma puede convertirse en un ídolo, si no estamos muy cuidadosos de que el Señor tenga realmente el primer lugar.

Personas “dadas” por Dios

Jesús identifica a Sus discípulos como “los hombres que del mundo me diste … y han guardado tu palabra” (v.6). Poco antes les dijo: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” (Juan 15:16). La iglesia del Nuevo Testamento no consiste en personas que en algún momento tuvieron la idea de “formar una iglesia”. Consiste en personas elegidos y llamados por Dios, y que respondieron a este llamado. Dios los “dio” a Su Hijo Jesús para que sean Su propiedad. La iglesia no pertenece a sí misma; y los miembros no pertenecen a los líderes de las congregaciones. La iglesia verdadera, y todos sus miembros, pertenecen a Jesús.
Es bueno saber que Dios se encarga de guardar y cuidar a los suyos. “Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre …” (v.12) “Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre …” (v.11). Él hace esto mucho mejor de lo que cualquier líder humano podría hacerlo. Jesús mismo está interesado en guardar bien Su propiedad, y que los Suyos estén siempre con Él: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo…” (v.24).

La iglesia del Nuevo Testamento en Juan 10 (4)

07/02/2016

El Buen Pastor y los malos pastores en el Antiguo Testamento

Jesús habló a judíos que conocían bien el Antiguo Testamento. Cuando Él comenzó a hablarles acerca del “buen pastor”, ellos deben haber recordado inmediatamente las promesas del Antiguo Testamento acerca de un “buen pastor”, y particularmente el capítulo 34 del libro de Ezequiel. Este capítulo comienza reprendiendo a los malos pastores de Israel:

“Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No apacientan los pastores los rebaños? Coméis la leche, y os vestís de la lana: la gruesa degolláis, no apacentáis las ovejas. No corroborasteis las flacas, ni curasteis la enferma; no ligasteis la perniquebrada, ni tornasteis la amontada, ni buscasteis la perdida; sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia …” (Ezequiel 34:2-4)

Después, el profeta tiene que anunciar el juicio de Dios contra los malos pastores:

“Así ha dicho el Señor Jehová: He aquí, yo estoy contra los pastores; y requeriré mis ovejas de su mano, y les haré dejar de apacentar las ovejas: ni los pastores se apacentarán más a sí mismos; pues yo libraré mis ovejas de sus bocas, y no les serán más por comida. Porque así ha dicho el Señor Jehová: He aquí, yo, yo requeriré mis ovejas, y las reconoceré.” (Ezequiel 34:10-11)

Después dice Dios que Él mismo asumirá la responsabilidad de un buen pastor:

“En buenos pastos las apacentaré, y en los altos montes de Israel será su majada: allí dormirán en buena majada, y en pastos gruesos serán apacentadas sobre los montes de Israel. Yo apacentaré mis ovejas, y yo les haré tener majada, dice el Señor Jehová. Yo buscaré la perdida, y tornaré la amontada, y ligaré la perniquebrada, y corroboraré la enferma: mas a la gruesa y a la fuerte destruiré. Yo las apacentaré en justicia.” (Ezequiel 34:14-16)

Finalmente, Dios promete que Él pondrá a un Buen Pastor sobre Israel:

“Y despertaré sobre ellas un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David: él las apacentará, y él les será por pastor. Yo Jehová les seré por Dios, y mi siervo David príncipe en medio de ellos. Yo Jehová he hablado.” (Ezequiel 34:23-24)

Esta es claramente una profecía acerca de Jesús, el “Hijo de David”. Cuando Jesús se describió a sí mismo como el “Buen Pastor”, Él daba a entender que Él había venido para cumplir esta profecía de Ezequiel. Había terminado el tiempo en que los líderes religiosos gobernaban a su antojo y se enseñoreaban del pueblo. Jesús iba a liberar Sus ovejas del señorío de estos líderes, y Él mismo iba a pastorearlas.

Ante este trasfondo entendemos que según la voluntad del Buen Pastor, la iglesia cristiana no debía nunca más volver bajo el señorío de otros “pastores” o sacerdotes. Si lo hizo, lo hizo en contra de la voluntad del Señor. Todos los abusos que los cristianos tuvieron que sufrir a lo largo de los siglos y siguen sufriendo bajo “pastores”, sacerdotes, y el papado, son consecuencia de esta desobediencia: Las ovejas del Señor dejaron de reconocer al Señor Jesús como su único Buen Pastor, y se entregaron nuevamente bajo el señorío de otras ovejas (o incluso de lobos disfrazados de ovejas). Pero la palabra de Dios sigue vigente: “¡Yo libraré mis ovejas de sus bocas!”

La iglesia del Nuevo Testamento en Juan 10 (3)

31/01/2016

El Buen Pastor pone Su vida por las ovejas.

A veces pasamos muy rápidamente por encima de los elementos fundamentales de la fe cristiana, porque creemos que ya los conocemos: “Claro, yo sé que Jesús ha dado Su vida por mí.” Pero veamos cuáles son las implicaciones aquí.

Al dar Su vida, Jesús pagó el precio para adquirir las ovejas como propiedad Suya. “Él se dio a sí mismo por nosotros, para rescatarnos de todo rechazo a la ley [de Dios], y para limpiar un pueblo que sea propiedad especial para él mismo, un pueblo ambicioso por buenas obras.” (Tito 2:14) Un verdadero cristiano que fue rescatado por el Señor Jesús, sabe que debe toda su vida a Él. Entonces no tendrá otras metas en su vida que agradar al Señor. No tendrá una vida dividida entre un “ámbito religioso” donde vive para el Señor, y un “ámbito secular” donde vive según las costumbres de este mundo. No, un cristiano verdadero sabe que también su vida familiar, su trabajo, su dinero, su tiempo libre, sus amistades … – todo es propiedad del Señor, porque Él lo compró con Su propia sangre. Entonces, el cristiano busca siempre la voluntad del Buen Pastor en todas las áreas de su vida.

Jesús hace una comparación con el “empleado” (o “asalariado” en traducciones más antiguas):
“Pero el empleado, que no es el pastor, y a quien las ovejas no pertenecen, mira como viene el lobo y abandona las ovejas y escapa; y el lobo arrebata las ovejas y las esparce. El empleado entonces escapa porque es empleado, y no le importan las ovejas.” (Juan 10:12-13)

¿Cuál es la diferencia entre el Buen Pastor y el asalariado? – Por un lado, el asalariado hace su trabajo para recibir sueldo, no por amor a las ovejas. Esto es efectivamente un problema en algunas congregaciones: son dirigidas por personas “con la mente corrompida y que no tienen la verdad, que piensan que el temor a Dios es un medio para ganar dinero.” (1 Timoteo 6:5) – Pero aun si ésta no es su motivación, y aun si el “empleado” no recibiera ninguna ganancia, todavía permanece la diferencia fundamental: Las ovejas no son suyas. Ningún líder de iglesia, ningún “pastor”, “obispo”, “apóstol”, o cualquiera que sea su posición o título, ninguno de ellos ha dado su vida para redimir a las ovejas. Por eso, ninguno de ellos puede reclamar un derecho de propiedad sobre las ovejas del Señor. Entonces tampoco pueden reclamar un derecho de ordenar a las ovejas lo que deben hacer, más allá de lo que el Señor mismo ordenó.

Pero si el lobo arrebata a las ovejas, no toda la culpa es del asalariado. También es culpa de las ovejas porque se apoyaron en la persona equivocada. El Señor dijo estas palabras en primer lugar como advertencia a las ovejas: No pongan su confianza en un asalariado. No crean que él les va a proteger contra el lobo. Mientras todo está tranquilo, el asalariado puede darse la apariencia del Buen Pastor, puede llevarles al pasto y de regreso; pero cuando las cosas se ponen peligrosas, el asalariado les va a fallar. Pongan su confianza en el Buen Pastor quien les compró al precio de Su propia vida.

Aun así, el Señor espera que un cristiano sea capaz de dar su vida por otro cristiano: “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.” (1 Juan 3:16) Esto puede ser necesario en situaciones extremas de emergencia o persecución. En situaciones menos extremas, aun puede ser necesario que un cristiano dé su dinero, su tiempo, sus fuerzas, para ayudar a otros. Y los “líderes” son los que son llamados aun más a servir y a seguir el ejemplo del Señor.
Pero estos actos de dar su vida (o una pequeña parte de su vida) por los hermanos, nunca pueden compararse con lo que Jesús hizo por nosotros. Nadie de nosotros podría, aun dando su propia vida, redimir a alguien para la eternidad. Si un cristiano, en una situación excepcional, es capaz de dar su vida por otro, es solamente porque Jesús ya lo hizo primero. En tales actos de abnegación extrema se manifiesta aun más que un cristiano es propiedad del Señor con todo lo que es y tiene, y que “separados de Él no podemos hacer nada” (vea Juan 15:5).

La iglesia del Nuevo Testamento en Juan 10 (2)

24/01/2016

Las ovejas siguen al Buen Pastor.

La parábola en Juan 10 enfatiza la relación cercana de confianza entre las ovejas y el Buen Pastor:
“Las ovejas escuchan su voz, y él llama a sus propias ovejas nombre por nombre, y las guía afuera. Cuando haya sacado fuera sus propias ovejas, camina delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.” (Juan 10:3-4)
“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y me siguen …” (Juan 10:27)

En la cultura peruana (y posiblemente también en otras regiones que antiguamente eran colonias españolas) es muy difícil entender estas palabras. Es que los pastores peruanos no caminan delante de sus ovejas; caminan detrás de ellas y las arrean, como se haría con vacas u otros animales. Esta pequeña diferencia cultural es un gran obstáculo para el entendimiento del evangelio. Es que la relación entre pastor y ovejas es muy distinta si el pastor camina delante de ellas, o si camina detrás.

Donde el pastor camina detrás de las ovejas, su relación mutua se caracteriza por la desconfianza y el control. Las ovejas no tienen a quien seguir; tienen que encontrar el camino a solas. Además, se sienten constantemente amenazadas desde atrás. En vez de confiar en su pastor, le tienen miedo. El pastor tampoco confía en sus ovejas: tiene que empujarlas para que caminen, y tiene que vigilarlas siempre para que no se desvíen.
En la cultura peruana desde la conquista española, esta es la clase de relación que existe entre líderes y seguidores en la sociedad, en la política, en el mundo del trabajo, y aun en las iglesias: Arrear y dejarse empujar; manipular, aprovecharse y dejarse abusar. Pero donde existe esta clase de relaciones, allí no está la iglesia del Nuevo Testamento. Estas relaciones tienen que ser transformadas por el evangelio.

Donde el pastor camina por delante, las cosas son muy diferentes. Allí hay una relación de confianza mutua. Las ovejas confían que el pastor las llevará a un buen lugar donde hay comida, y por eso le siguen con confianza. Pero también el pastor confía en sus ovejas: confía en que ellas le seguirán por su propia voluntad, y no necesita constantemente controlarlas desde atrás. – Además, el pastor es el que va a reconocer el camino primero. Si hubiera en medio un abismo peligroso, un puente caído, un tramo pantanoso u otro obstáculo, el pastor sería el primero en notarlo y enfrentarse con el peligro. En todo, el pastor da el ejemplo con su propia vida.
Esta es la clase de relación que podemos tener con el Señor Jesús; y esta es la clase de relación que existe también entre “líderes” y otros cristianos en la verdadera iglesia del Señor.

Notamos además que las ovejas siguen siempre al Buen Pastor, ¡no a alguna otra oveja! En esta parábola, todo anciano, “pastor” o “líder” debe identificarse a sí mismo como oveja, no como “pastor”. Cierto, algunas ovejas conocen el camino mejor que otras; pero eso no justifica erigirse por encima del rebaño y pretender asumir el papel del Buen Pastor. Aun aquellas ovejas que cumplen una función de “liderazgo”, no se convierten por eso en algo más que ovejas. Una congregación deja de ser iglesia del Nuevo Testamento cuando sus líderes pretenden controlar y dirigir las vidas de sus miembros de una manera que corresponde únicamente al Buen Pastor.

La iglesia del Nuevo Testamento en Juan 10

14/01/2016

Después de examinar unas palabras del Señor en Mateo 18 y en Mateo 23, pasamos ahora a Juan 10. Aunque en este pasaje no aparece la palabra “iglesia”; pero Jesús habla simbólicamente del “redil de ovejas” y del “pastor”. Obviamente es una parábola acerca de la iglesia cristiana. Examinaremos algunos aspectos de esta parábola.

La puerta de las ovejas

Hay una puerta al redil, por donde entran y salen las ovejas. Jesús dice: “YO soy la puerta de las ovejas”. (Juan 10:7) Esto es muy importante para entender la iglesia del Nuevo Testamento. Hay una sola manera como uno puede hacerse parte de la iglesia y entrar en contacto con ella: Hay que entrar por Jesús.
El Señor sigue diciendo: “Cuando alguien entra por mí, será salvo; y entrará y saldrá y encontrará pastos.” (v.9) Nos recordamos de una canción de David, que él compuso probablemente mientras estaba pastoreando ovejas: “El Señor es mi pastor, nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar. Junto a aguas tranquilas me pastoreará. Confortará mi alma.” (Salmo 23:1-3) Si alguien entra por la puerta que es Jesús, el Señor lo guiará a los buenos pastos. Y allí se encontrará también con las otras ovejas. Entrando por Jesús, encontraremos la comunión con Sus otras ovejas.

Es tan importante entender esto porque la iglesia católica romana ha volteado este orden de cabeza, y las iglesias evangélicas le han seguido en el mismo error. El catolicismo romano enseña que la salvación viene por medio de la iglesia: “Fuera de la iglesia no hay salvación”. Y de manera similar dicen las iglesias evangélicas: “Ven a la iglesia, y entonces encontrarás al Señor.” En esta óptica, la iglesia es una institución que administra salvación, una institución que lleva una vida propia, separada de los cristianos individuales. Esta institución se interpone entre el Señor y los cristianos individuales. De allí surge el sacerdotalismo, que hace que los cristianos dependan de una institución, o de los líderes de esta institución, en vez de depender del Señor mismo.

La parábola del Buen Pastor nos presenta una perspectiva diferente de la iglesia: La iglesia es el “rebaño de ovejas”, la comunión de todos los cristianos. La iglesia no es un edificio ni una institución; la iglesia es un conjunto de personas. La iglesia consiste en aquellas personas que “entraron por Jesús”; o sea, que tuvieron un encuentro personal con Jesús, y a raíz de este encuentro fueron salvos. Ellos, por definición, “son iglesia”, independientemente de la forma exterior que tenga la comunión entre ellos. Están en comunión los unos con los otros porque pertenecen a Jesús; no por su pertenencia a una institución determinada. – Por el otro lado, ninguna institución puede legítimamente llamarse “iglesia” si sus miembros han entrado por algún otro proceso que no sea un encuentro personal con Jesús. En lugar del lema católico romano, tendríamos que decir más correctamente: “Fuera de la salvación no hay iglesia.”

No estamos con eso desestimando el rol que corresponde a los cristianos en guiar a otras personas hacia el Señor. Solamente que tenemos que distinguir entre dos aspectos de la vida cristiana:

Por un lado, la obra de los cristianos individuales en su testimonio del Señor y el anuncio del evangelio, lo que puede suceder tanto en privado como el público;
y por el otro lado, la iglesia propiamente dicho como reunión de los cristianos.

El testimonio de los cristianos tiene como finalidad que otras personas puedan conocer al Señor personalmente. Eso no sucede como un “rito” o “acto institucional”; eso puede suceder solamente si el Señor mismo viene al encuentro de estas personas y se revela a ellos. La “puerta de entrada” siempre es Jesús mismo; no se puede remplazar por un predicador o por una institución.
También, una reunión evangelística no constituye iglesia. La iglesia es la comunión de los que son salvos; la evangelización se dirige a los que todavía no son salvos. Los primeros cristianos tenían bien clara esta diferencia: Testificaban en público y en privado dondequiera que se presentaba la oportunidad; pero a eso no lo llamaban “iglesia”. En cambio, cuando se reunían entre ellos como iglesia, no invitaban a nadie que no fuera cristiano. Dice incluso que “de los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos”. (Hechos 5:13)

La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 23 (3)

04/01/2016

En la iglesia del Nuevo Testamento, el “liderazgo” es remplazado por servicio.

Esto lo vemos en el verso 12 de nuestro capítulo Mateo 23:

“Pero el mayor de ustedes sea vuestro siervo. Y cualquiera que se eleva a sí mismo será humillado, y cualquiera que se humilla a sí mismo será elevado.”

Podemos citar varias paralelas:

“Ustedes saben que los gobernantes de las naciones los dominan, y los grandes abusan de su poder sobre ellas. No sea así entre ustedes; sino que el que quiere ser grande entre ustedes, sea vuestro siervo, y el que quiere ser más importante entre ustedes, sea vuestro esclavo; como también el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su alma como rescate en lugar de muchos.” (Mateo 20:25-28)

“Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que las dominan, se hacen llamar bienhechores. Pero ustedes no sean así; sino que el mayor entre ustedes se vuelva como el más joven, y el que guía como el que sirve. Porque ¿quién es más importante, el que está sentado a la mesa o el que sirve? ¿No el que está sentado a la mesa? Pero yo estoy en medio de ustedes como el que sirve.” (Lucas 22:25-27)

“Ustedes me llaman ‘Maestro’ y ‘Señor’, y dicen bien; porque lo soy. Si entonces yo, el Señor y el Maestro, lavé vuestros pies, ustedes también se deben lavar los pies unos a otros; porque les di un ejemplo para que conforme a lo que yo les hice, también ustedes hagan.” (Juan 13:13-15)

En la iglesia del Nuevo Testamento, un “líder” no tiene privilegios. Jesús no reclamaba ningún privilegio frente a Sus discípulos, ni los trató de manera autoritaria. Ellos le reconocían como su Maestro porque veían en Él una sabiduría, espiritualidad y autoridad genuina, que se manifestaban en Sus palabras y en Su ejemplo. Por tanto, Él era digno de ser seguido. Y por eso, Él podía servir a Sus discípulos sin perder algo de Su autoridad.
Este es el ejemplo que Jesús dio para todos los líderes en Su iglesia después de Él. Un líder cristiano genuino no busca un “oficio” o una “posición superior”, no busca privilegios, no se enseñorea de sus hermanos. Al contrario, ejerce sus responsabilidades para el mayor beneficio de sus hermanos. Un líder cristiano siempre dará el ejemplo de esta actitud que estaba también en el Señor: “Debemos (…) no agradar a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade al otro, haciendo lo bueno y edificándole. Porque también el Cristo no se agradó a sí mismo, …” (Romanos 15:1-3)

Desde el mundo no cristiano estamos acostumbrados a que “liderazgo” es idéntico a “gobernar” o “enseñorearse”. Por eso, Jesús tuvo que decir muy claramente que en Su reino las cosas no son así. Cierto, en la iglesia hay una diversidad de dones y funciones (Romanos 12:4-5, 1 Corintios 12:4-6); y algunas de estas funciones implican lo que llamaríamos “liderazgo”. Pero en la iglesia cristiana, esta diversidad de funciones no establece ninguna estructura jerárquica, ni establece una distinción entre “clérigos” y “laicos”. (Vea la reflexión anterior.) Si uno tiene una función de “líder”, no está por eso “por encima” de sus hermanos.

Es interesante observar con cuánta exactitud se expresan los escritores del Nuevo Testamento en este respecto: En un contexto secular, no tienen ningún problema de decir que un líder está “sobre” otros. Pero no usan esta palabra “sobre” cuando se refieren a un líder entre los cristianos. Miremos otra vez de cerca Mateo 20:25-27: “…los grandes abusan de su poder sobre ellas. No sea así entre ustedes; sino que el que quiere ser grande entre ustedes, (…) y el que quiere ser más importante entre ustedes …”

En muchas congregaciones contemporáneas, el liderazgo se ha convertido en una posición de poder, influencia, y bastante ganancia financiera. En consecuencia, el liderazgo atrae a personas que buscan exactamente eso: poder, influencia, y dinero. O sea, el liderazgo empieza a ser ocupado por los menos espirituales; por aquellos que son descritos en pasajes bíblicos como los siguientes:
“… hombres con la mente corrompida y que no tienen la verdad, que piensan equivocadamente que el temor a Dios es un medio para ganar dinero …” (1 Timoteo 6:5)
“… enemigos de la cruz de Cristo, cuyo destino es destrucción, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es en su vergüenza; quienes piensan en lo terrenal.” (Filipenses 3:18-19)
(Acerca de los falsos apóstoles): “… si alguien les esclaviza, si alguien les devora, si alguien les quita lo vuestro, si alguien se levanta a sí mismo, si alguien les golpea en la cara.” (2 Corintios 11:20)
“…el que ama ser el primero de ellos, Diótrefes, no nos recibe. (…) y no contento con esto, él tampoco recibe a los hermanos, y a los que quieren se lo impide, y los echa fuera de la asamblea.” (3 Juan 9-10)

Así surgen congregaciones que prosperan según la apariencia, pero que viven en una miseria espiritual; que están llenas de codicia, intrigas, mentiras, engaños, y aspiraciones mundanas. Donde se observan estas cosas y la iglesia no toma medidas para corregir a estos malos líderes y remplazarlos por personas más espirituales, allí podemos saber que ésta no es la iglesia del Nuevo Testamento.

La situación es muy diferente en lugares como China donde la iglesia verdadera está continuamente amenazada. En China, un líder de la iglesia tiene que enfrentar la pobreza y corre un mayor riesgo de persecución y muerte. Algunos de los líderes más importantes en China ni siquiera pueden estar al frente de una congregación porque tienen que mantenerse escondidos; entonces dedican todo su tiempo al ayuno y la oración, y asesoran a los otros líderes que anuncian el evangelio.
La misma situación – o aun peor – existe en muchos países islámicos.
En tales circunstancias es mucho más probable que sean realmente los cristianos más espirituales quienes aspiran al liderazgo. No recibirán ninguna recompensa en esta tierra; por eso su recompensa de parte del Señor será tanto mayor.

Sería triste si la iglesia pudiera florecer espiritualmente sólo en tiempos de persecución. Pero en tiempos de libertad, por lo menos podríamos evaluar a los líderes según este criterio: ¿Esta persona sería líder también en las circunstancias de la iglesia china? ¿Está en el liderazgo por un deseo de servir, o por un deseo de gobernar?

La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 23 (Parte 2)

30/12/2015

La iglesia del Nuevo Testamento no distingue entre “clérigos” y “laicos”.

En el orden del Antiguo Testamento, el sacerdocio era importante. Un sacerdote es un mediador entre Dios y los hombres: Se presenta ante Dios para ofrecer los sacrificios del pueblo, y para interceder por el pueblo. Y se presenta ante el pueblo para hablarles las palabras de Dios. Pero es interesante notar que aun en el Antiguo Testamento, esa no era la intención original de Dios: “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. …” (Exodo 19:5-6) O sea, según la intención original de Dios, todos los israelitas iban a ser sacerdotes. Todos ellos iban a tener acceso directo a Dios. Pero resultó que ellos no soportaron que Dios les hablase directamente: “Todo el pueblo observaba el estruendo y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos. Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos.” (Exodo 20:18-19) Así se introdujo la figura del mediador entre Dios y los hombres, a pedido del pueblo. Y en consecuencia, en el capítulo 28 de Éxodo, Dios instituye el sacerdocio israelita.

Pero en el Nuevo Testamento, Dios volvió a Su intención original. La carta a los Hebreos deja bien claro que el sacerdocio del Antiguo Testamento queda abolido desde el sacrificio perfecto de Jesucristo:

“Entonces, si hubiera habido perfección por el sacerdocio levítico (…), ¿qué necesidad hubiera todavía que se diga que se levante un sacerdote diferente según el orden de Melquisédec, y no según el orden de Aarón? Porque si cambia el sacerdocio, necesariamente cambia también la ley. Porque de quien se dice esto, era de una tribu diferente, de la cual nadie se ha dedicado al altar. (…) Porque el mandamiento anterior fue invalidado por su debilidad e inutilidad – porque la ley no perfeccionó nada -, y se introdujo una esperanza mejor por la cual nos acercamos a Dios. (…) Jesús fue hecho garante de un pacto mejor. Y aquellos sacerdotes son hechos muchos, porque la muerte les impidió quedarse; pero éste queda eternamente, por lo cual tiene un sacerdocio incambiable. Por tanto puede también salvar completamente a los que se acercan por medio de él a Dios, porque vive siempre para suplicar por ellos. Porque un tal sumo sacerdote nos convenía: santo, sin maldad, sin contaminación, apartado de los pecadores, y hecho más alto que los cielos, que no tiene necesidad cada día, como los sumos sacerdotes, de sacrificar antes sacrificios por sus propios pecados y después por los del pueblo; porque él hizo esto de una vez por todas, sacrificándose a sí mismo.” (Hebreos 7:11-13.18-19.22-27)

Un tema recurrente en la carta a los Hebreos es el acceso directo a Dios.

(Teniendo a Jesús como sumo sacerdote,) “Acerquémonos entonces con franqueza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y encontremos gracia para socorro oportuno.” (Hebreos 4:16)

“Ya que tenemos, hermanos, franqueza para la entrada al lugar santo por la sangre de Jesús, que él consagró como un camino novedoso y viviente a través de la cortina, eso es, su carne; y [tenemos] un gran sacerdote sobre el hogar de Dios, acerquémonos con un corazón verdadero en plenitud de fe, con el corazón rociado [para purificación] de una conciencia maligna, y el cuerpo lavado con agua limpia.” (Hebreos 10:19-22)

Los “hebreos”, que se habían criado todavía bajo el orden del Antiguo Pacto, deben haber estado bien conscientes del gran privilegio que recibieron cuando Jesús ofreció el sacrificio perfecto que puso fin a toda necesidad de otros sacrificios. ¡Ya no iban a depender de ningún sacerdote terrenal para poder acercarse a Dios! ¡El sacrificio de Jesús, y el sacerdocio de Jesús, eran suficientes de una vez por todas!

Por tanto dice también Pablo en 1 Timoteo 2:5:

“Porque Dios es uno solo, y uno solo es mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús …”

En la iglesia del Nuevo Testamento ya no existe ningún sacerdocio especial. Un cristiano no necesita la mediación de ningún otro cristiano para acercarse a Dios. ¡El único sacerdocio de Jesucristo es suficiente!

Existen unos cuantos pasajes del Nuevo Testamento que llaman “sacerdotes” a los cristianos. Pero estos pasajes usan la palabra “sacerdote” en el sentido de la intención original de Dios: Todos los cristianos son “sacerdotes” en el sentido de que tienen acceso directo a Dios. En el orden del Nuevo Testamento no existen cristianos que fueran “más sacerdotes” que otros. O sea, no existen “clérigos” o “ministros” que formarían una clase de cristianos “especiales”, apartados de los “laicos”.

Lo que sí existe son las diferentes funciones de los cristianos. Pero como esta diversidad de funciones no fundamenta ninguna estructura jerárquica, tampoco fundamenta una distinción entre “clérigos” y “laicos”. Cada miembro del “cuerpo de Cristo” tiene una función; y en los pasajes correspondientes no encontramos ninguna distinción entre “funciones clericales” y “funciones laicas”.

La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 23

17/12/2015

En una serie de reflexiones anteriores hemos examinado las palabras del Señor en Mateo 18 acerca de la iglesia. Deseo ahora pasar a otro pasaje bíblico:

“Pero ustedes no se hagan llamar ‘Rabí’; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo; y todos ustedes son hermanos. Y no llamen vuestro padre a nadie sobre la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Tampoco se hagan llamar maestros, porque uno es vuestro maestro, el Cristo. Pero el mayor de ustedes sea vuestro siervo. Y cualquiera que se eleva a sí mismo será humillado, y cualquiera que se humilla a sí mismo será elevado.” (Mateo 23:8-12)

¡Vale la pena leer el capítulo entero, porque es uno de los que casi nunca se predican en las iglesias actuales!

Aunque en este pasaje no aparece la palabra “iglesia”, nos dice unas cosas esenciales acerca de las relaciones entre sus miembros.

La iglesia del Nuevo Testamento no es una jerarquía.

“Todos ustedes son hermanos.” Con estas palabras (y considerando el contexto), Jesús puso a todos Sus seguidores al mismo nivel. No debía haber entre ellos “maestros” por encima de “alumnos”, ni “padres” por encima de “hijos”. Hay uno solo que “gobierna” en la iglesia: Jesucristo mismo.

No podemos interpretar este pasaje de una manera tan estrecha, como si Jesús prohibiera solamente el uso de los tres títulos “Rabí”, “padre” y “maestro”. ¿Acaso hacemos mejor si remplazamos estas palabras por “reverendo”, “pastor”, o quizás “profesor” o “doctor”? Leamos el contexto. Jesús se opone aquí a todo trato especial que se da a alguna persona por ocupar un “rango superior”. Como ejemplo menciona a los escribas (teólogos, rabinos) de su tiempo: “…y aman los asientos de honor en las cenas y en las sinagogas, y los saludos en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí.” (v.6-7) Las paralelas Marcos 12:38 y Lucas 20:46 mencionan además que “les gusta andar en trajes buenos”. Todo eso son los atributos típicos de una persona que ocupa cierta posición dentro de un orden jerárquico, y que podemos observar de la misma manera en los líderes de muchas congregaciones contemporáneas:

  • Usan una manera particular de vestirse.
  • Son saludados con respeto excepcional.
  • Se hacen llamar con un título especial.
  • Ocupan lugares y asientos especiales en ciertos eventos.

Según las palabras de Jesús, ¡nada de eso tiene lugar en la iglesia del Nuevo Testamento!

Siempre es bueno verificar en un pasaje bíblico, a quién se dirige. Mateo 23:1: “Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos (los futuros apóstoles), diciendo: …” O sea, Jesús se dirigió tanto a Sus apóstoles como a la “gente común”. Con eso queda bien claro que según la intención de Jesús, tampoco debía existir alguna distinción jerárquica entre los apóstoles y los “cristianos comunes”.

¡Y ellos cumplieron con eso! Si leemos el libro de Hechos y las cartas apostólicas, nunca encontramos que alguien haya usado la palabra “apóstol” como un título especial al dirigirse a un apóstol. Nunca leemos que los apóstoles se hayan distinguido por una vestimenta especial o por ocupar asientos especiales, ni que hayan reclamado o recibido algún otro privilegio especial por parte de los otros cristianos.

Es cierto que los apóstoles cumplieron con una función especial en la iglesia. Tenemos que entender que cada cristiano tiene su “función” particular dentro del “cuerpo de Cristo”. (Vea Romanos 12:3-8, 1 Corintios 12:4-31.) Pero esta diversidad de funciones no establece ningún orden jerárquico. (La distinción entre “función” y “posición jerárquica” es difícil de entender en nuestros tiempos donde estamos acostumbrados a que toda institución funcione de manera jerárquica. Volveremos a este punto en futuras reflexiones, Dios mediante.) Y ellos gozaban del respeto particular de toda la congregación – pero no por ocupar una “posición jerárquica”, sino por su madurez espiritual, su cercanía a Jesús, y su calidad particular de testigos de la resurrección.

Las tendencias hacia una organización jerárquica de las iglesias comenzaron poco a poco en el segundo siglo, después de la muerte de los apóstoles, y en cumplimiento de la advertencia de Pablo en Hechos 20:29-32. Pero estas tendencias no podían imponerse con fuerza mientras la iglesia era una minoría sin poder en el mundo. El gran cambio llegó recién trescientos años depués de los inicios de la iglesia, en los tiempos de los emperadores Constantino y Teodosio. Constantino dio el primer paso con reconocer oficialmente el cristianismo como una “religión lícita” en el Imperio Romano. Con eso terminaron las persecuciones, y Constantino se ganó la simpatía de muchos cristianos. Entonces él se atrevió a interferir en las decisiones internas de la iglesia: Fue Constantino quien convocó el famoso concilio de Nicea en 325, y fue él quien presionó a los presentes a firmar el Credo de Nicea.

Hoy en día, muchos historiadores celebran este concilio como una victoria de la doctrina bíblica sobre la falsa enseñanza del arrianismo. Pero esta cuestión doctrinal le importaba muy poco a Constantino. Su interés estaba en mantener la unidad del reino, y para este fin tuvo que lograr que uno de los partidos en la controversia dominase completamente sobre el otro. Así usurpó una función eclesiástica que no le correspondía. (Y de hecho, el Credo de Nicea fue una “victoria” pasajera. Poco después, el arrianismo ganó más fuerza que nunca antes.)
Pero Constantino no es el único a culpar en este asunto. Podemos preguntarnos por qué los líderes de la iglesia no se pusieron a resolver la disputa ellos mismos; por qué permitieron a Constantino juzgar sobre asuntos internos de la iglesia. ¿Será que la iglesia de ese tiempo ya había perdido su discernimiento espiritual? ¿y que también allí ya no se encontraba “ningún sabio que pueda juzgar entre sus hermanos”?

Sea como sea, fue allí donde comenzó la estatización de la iglesia. Teodosio completó este proceso con declarar el cristianismo la religión estatal y obligatoria de Imperio Romano. Podemos imaginarnos fácilmente las consecuencias de esta ley. ¡Las iglesias se llenaron de falsos cristianos!
En aquella misma época, la iglesia fue reorganizada según el modelo de la administración del gobierno secular. O sea, la iglesia asumió la misma estructura jerárquica y las mismas divisiones territoriales que los emperadores romanos usaban para administrar el imperio. Este cambio ya no preocupaba a muchos, puesto que la iglesia ya se había acostumbrado a mezclarse con el estado secular; y de todos modos los verdaderos cristianos eran para ese entonces una pequeña minoría dentro de la iglesia. Fue así como, históricamente, la iglesia cristiana se convirtió en la iglesia romana.

Entonces, esta estructura jerárquica que vemos en la iglesia católica romana, y que la mayoría de las iglesias evangélicas han adoptado con pocas modificaciones, no se basa en el Nuevo Testamento. Es una herencia del gobierno secular del Imperio Romano.

La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 18 (Parte 3)

30/11/2015

La asamblea cristiana es el lugar donde se confronta y se corrige el pecado, y se hace justicia.

En la reflexión anterior hablamos acerca del consenso que se puede lograr cuando todos buscan sinceramente la dirección del Espíritu Santo. Con eso no quiero dar la impresión de que en la iglesia del Nuevo Testamento nunca sucedan pecados o conflictos. Pero la iglesia del Nuevo Testamento maneja estos pecados y conflictos de una manera bíblica. Exactamente de esto trata la primera parte de nuestro pasaje Mateo 18:15-20.

“Si tu hermano peca contra ti, anda, amonéstale entre tú y él solo. Si te escucha, ganaste a tu hermano” (v.15)

El primer paso consiste en que un pecado privado debe reprenderse en privado. Todavía no debe llevarse ante otras personas. Pero el Señor tampoco dice: “Perdónalo y olvídalo”, como se enseña falsamente en muchas congregaciones. No, el pecado necesariamente tiene que ser confrontado. La iglesia del Nuevo Testamento da los pasos apropiados para mantenerse pura del pecado. Así también dice en Efesios 5:11: “Y no participen con las obras infructuosas de la oscuridad, mas bien repréndanlas.”

Notemos que aquí en Mateo 18:15, el Señor se refiere a pecados privados. Un pecado público, desde el inicio debe reprenderse públicamente y ante testigos, como demuestra Pedro en Hechos 5:3-4 y 8:20-23, y Pablo en Gálatas 2:11-14.

Si el hermano ofensor no se arrepiente con la confrontación privada, hay que confrontarlo con uno o dos testigos más (Mateo 18:16). Y “si no los quiere escuchar, dilo a la iglesia (asamblea) …” (v.17)

Aquí tenemos que notar que “iglesia” significa “asamblea”. No significa “solamente los líderes”. Tenemos que enfatizar este punto porque algunas congregaciones afirman poner en práctica Mateo 18:15-17, pero lo que hacen en realidad es llevar a los ofensores (verdaderos y supuestos) ante los líderes de la congregación, quienes pasan una “sentencia” según su propio parecer. Este no es el significado de las palabras del Señor. Cuando un asunto se lleva a la “asamblea”, significa que con eso se hace público. Todo el pueblo de Dios tiene que saberlo; y si se lleva a cabo una especie de “juicio”, todo el pueblo de Dios tiene el derecho de presenciarlo, y de participar si fuera necesario. Con eso se evita que unos pocos líderes se erijan como jueces particulares, que a menudo son juez y parte a la vez, y pasan sentencia en privado sin que nadie les pueda pedir cuentas. Tales decisiones arbitrarias suceden con demasiada frecuencia en las congregaciones actuales. Justo para evitar eso, el Señor establece aquí un principio que se aplica incluso en la justicia secular (¡y cuánto más debería aplicarse en el pueblo de Dios!): que los procesos judiciales sean públicos. Aun más: la palabra “ekklesia” (iglesia/asamblea) significa originalmente “la asamblea de los ciudadanos con derecho a voz y voto”. Todo ciudadano del reino de Dios tiene voz y voto cuando se trata de confrontar y restaurar a un conciudadano que ha cometido pecado.

Lo mismo encontramos en Gálatas 6:1: “Hermanos, si alguien es sorprendido por alguna transgresión, ustedes los espirituales restáurenlo en un espíritu de mansedumbre; y fíjate en ti mismo, para que no también tú seas tentado.” Aquí también, el llamado a restaurar al hermano ofensor se dirige no solamente a unos cuantos líderes, sino a todos los que son espirituales.

Notemos que la finalidad de este proceso es restaurar al ofensor. No es para humillarlo, no es para desecharlo y condenarlo. Pero notemos también que la restauración puede suceder solamente si el ofensor se arrepiente. En Lucas 17:3 (paralela a Mateo 18:15) dice: “Cuando tu hermano peque contra ti, repréndelo; y cuando se arrepienta, perdónale.” Si un pecador no se arrepiente, ni siquiera después de haber sido expuesto y confrontado ante la asamblea, entonces el agraviado no tiene por qué perdonarle. “Y si tampoco quiere escuchar a la asamblea, te sea como un no judío y un cobrador de tributos.” (Mateo 18:17) A diferencia de lo que se enseña en muchas congregaciones actuales, el arrepentimiento es necesario para que pueda haber perdón, restauración y reconciliación.

Eso no debe parecernos cosa extraña, ya que lo mismo aplica a la relación con el Señor mismo. Solamente quienes se arrepienten de sus pecados, pueden entrar en una relación personal con el Señor y ser salvos. Éste fue el primer y el último mensaje que Jesucristo anunció durante Su ministerio en la tierra (Mateo 4:17, Lucas 24:47); y éste fue también el mensaje que anunciaron Sus apóstoles (Hechos 2:38, 3:26, 14:15, 26:18, etc.). Aunque el Señor dio Su vida por todas las personas, Su perdón alcanza solamente a aquel que se arrepiente.

Volviendo al tema de la “asamblea”: Desafortunadamente, éste es un punto casi imposible de realizar hoy en día, porque vivimos actualmente en una situación muy irregular en términos bíblicos: En la gran mayoría de los lugares, los cristianos se encuentran esparcidos entre varias denominaciones, y la mayoría de los miembros de esas denominaciones ni siquiera son cristianos según las normas bíblicas. Por eso, una asamblea de los miembros de una denominación no es de ninguna manera una asamblea del pueblo de Dios. Para tener nuevamente una “asamblea” en el sentido del Nuevo Testamento, todos los verdaderos cristianos tendrían que abandonar sus respectivas denominaciones, y tendrían que reunirse juntos con los verdaderos cristianos de las otras denominaciones.

Esta no es una idea tan descabellada o revolucionaria como podría parecer. De hecho, es lo que sucedió varias veces en la historia de la iglesia cuando hubo avivamiento. Si actualmente parece imposible, es porque estamos muy lejos de una situación de avivamiento, y las congregaciones actuales están muy lejos de ser “iglesias” en el sentido del Nuevo Testamento. Cuando hay avivamiento, el mismo Espíritu de Dios traza claramente las verdaderas líneas divisorias: No entre las distintas denominaciones; pero entre los cristianos verdaderos y los falsos en cada denominación. “Entonces volveréis a distinguir la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve.” (Malaquías 3:18)

Pero aun en la presente situación irregular, opino que lo mínimo que podemos pedir es esto: Que los pecados y conflictos que no lleguen a arreglarse en una congregación o denominación, no se consideren “asuntos internos” de la denominación respectiva. Que estos casos – especialmente si involucran a líderes – se traten en “asamblea” ante hermanos que no pertenecen a la misma denominación, y que sepan discernir los asuntos de manera imparcial. Si una denominación no está dispuesta a que sus problemas se traten de esta manera, entonces podemos estar seguros de que allí no encontraremos la iglesia del Nuevo Testamento, sino un espíritu sectario.

La palabra “asamblea” sugiere también que allí no existen diferencias de rango o jerarquía. En nuestro pasaje en Mateo 18, en ninguna parte habla el Señor de alguna diferencia entre “líderes” y “seguidores”, o entre “clérigos” y “laicos”. En este tema de confrontar el pecado, no se hace acepción de personas. Para decirlo más claramente: Aun los hermanos más humildes pueden (¡y deben!) confrontar el pecado del “líder” más eminente, y aun llevarlo ante la “asamblea” si no se arrepiente. El pasaje Mateo 23:8-12 nos confirma que esto es efectivamente lo que el Señor quiere decir.

Lo que sí se distingue en la asamblea del pueblo de Dios, es la madurez espiritual o sabiduría de cada miembro. En 1 Corintios 6:5, Pablo llama la atención a la iglesia en Corinto porque “no hay ningún sabio entre ustedes que podría juzgar entre sus hermanos”. Cuando había pleitos, la iglesia en Corinto no era capaz de restablecer la justicia.

Tristemente, lo mismo tendríamos que decir de la mayoría de las congregaciones actuales. No se administra justicia; o si se hace, se hace de manera parcial, arbitraria, y pasando por alto incluso los principios fundamentales de la justicia secular: Se favorece a los “líderes” en contra de los “miembros comunes”; se pone como jueces a líderes que están involucrados en el pleito ellos mismos; se niega a los “procesados” el derecho a un debido proceso; no se toman en cuenta los testimonios a favor de ambos lados; no se investiga debidamente; se pasan sentencias arbitrarias y prejuiciadas; etc. Y en muchos lugares, eso se considera normal. Pero según la palabra de Dios, esta situación está lejos de lo normal. Una iglesia que no restablece la justicia, está cayendo ella misma bajo el juicio de Dios.

La iglesia del Nuevo Testamento en Mateo 18 (Parte 2)

21/11/2015

La asamblea cristiana actúa en consenso.

El Señor promete que los “dos o tres” reunidos en Su nombre, si “armonicen” para pedir cualquier cosa, lo recibirán de Su Padre. A primera vista, esto parece contradecir la experiencia: Muchas peticiones que se hacen en reuniones de oración “en mutuo acuerdo”, no se cumplen. Pero sabemos que el Señor no miente, y que El cumple todas Sus promesas. Entonces, algo debe estar mal con nuestra experiencia; o con nuestra forma de interpretar las palabras del Señor.

¿De verdad habrá querido decir el Señor que dos o tres cristianos podrían ponerse de acuerdo para pedir del Padre cualquier cosa – riquezas, fama, quizás hasta la muerte de sus enemigos -, y el Padre les daría todo eso? – No creo que eso sea consistente con el carácter del Señor. El no hizo promesas para alentar deseos egoístas en Sus discípulos. Y como ya mencioné, sabemos que en la experiencia real la promesa no se cumple de esta manera. Mas bien pienso que debemos entender las palabras “ponerse de acuerdo” o “armonizar” de otra manera.

La palabra griega original es “symfonéo”, “sonar juntos”. De allí se deriva nuestra palabra “sinfonía”. ¿Qué o quién hace que los instrumentos “suenen juntos”, armonicen, en una sinfonía? No es el instrumento que por sí solo tocaría o decidiría qué tocar. Tampoco es el músico individual quien decide. Ni siquiera se trata de un “acuerdo” entre algunos músicos individuales. Cada músico tiene delante de sí escrita la parte de la partitura que le corresponde tocar. Y la orquesta tiene un conductor quien señala a cada uno cuándo y cómo debe tocar. Entonces no se trata de que se junten unos músicos y decidan entre sí qué quieren tocar. Se trata de que toquen según la misma partitura, y según las señales del conductor.

Aplicando esta imagen a la iglesia: La partitura es la revelación escrita de Dios, y el conductor es el Señor mismo. Solamente si cada “músico” (cristiano) adhiere a la palabra escrita de Dios, y obedece las señales del Señor, resulta una “sinfonía”. Si cada uno sigue sus propios deseos, no hay sinfonía. Pero si alguno de los músicos quiere asumir el rol del conductor, ordenando a los demás cuándo y cómo deben tocar, tampoco hay sinfonía. El problema en muchas congregaciones y denominaciones contemporáneas es que sus líderes quieren conducir la orquesta, y se enseñorean de los demás. Así no se llega a la clase de “acuerdo” que el Señor describe aquí. El Señor habla en nuestro pasaje de un consenso espiritual que surge cuando cada miembro está en contacto con Dios, hace Su voluntad y sigue Su dirección. Donde esto se cumple, hay unanimidad, porque todos reconocerán juntos la voluntad de Dios.

Así, la iglesia del Nuevo Testamento es capaz de hacer decisiones por consenso espiritual. Este consenso no surge del dictado de un líder, ni de una votación por mayoría, ni de un “compromiso diplomático” entre distintas opiniones. Surge de la obediencia de cada miembro hacia la dirección de Dios. Cuando se llega a este consenso espiritual, todos los presentes reciben una gran certeza de que están en la voluntad de Dios. Por tanto, pueden también pedir al Padre con la certeza de que El responderá, porque saben que la petición es de acuerdo a Su voluntad. (Vea 1 Juan 5:14-15.) El capítulo Hechos 15 relata como la primera iglesia pudo resolver una disputa en armonía, porque todos se sometieron a la dirección del Espíritu Santo.

Muchas congregaciones contemporáneas ni siquiera se pueden imaginar lo que es este consenso, porque nunca lo experimentaron. Están acostumbradas a que todas las decisiones se hagan por medios humanos: Decisiones unilaterales de parte del liderazgo que se imponen bajo presión; o votaciones por mayoría; o interminables discusiones para “convencer” a los que se oponen y manipularlos para que al fin se pueda dar una ilusión de unanimidad. O incluso la manipulación mediante informaciones falsas, amenazas, promesas de ventajas financieras o puestos de honor, etc. Donde observamos estas cosas, podemos saber que ésta no es la iglesia del Nuevo Testamento.


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