Los evangélicos y la delincuencia (2)

08/07/2014

En un primer artículo he analizado el papel de las iglesias cristianas en la sociedad. He mencionado algunas conclusiones que deben sacarse cuando el surgimiento del mayor número de evangélicos en toda la historia nacional coincide con un aumento de la delincuencia y violencia en la sociedad.

Tengo que mencionar ahora unos aspectos de la dinámica grupal interna de las iglesias evangélicas que contribuyen a que efectivamente diversas de estas iglesias se han convertido en “cuevas de ladrones” (Jeremías 7:8-11). Desgraciadamente existen delincuentes que se aprovechan de estas dinámicas para conseguir impunidad:

1. Una falsa enseñanza y práctica acerca de la gracia y el perdón.
(Vea por ejemplo “Buenos días, pecadores indignos”; “Arrepentimiento – ¿falso o verdadero?”)

Ya unos siglos atrás, las iglesias de la Reforma llevaron a un extremo la enseñanza de Lutero acerca de la salvación por gracia. Estas iglesias prometen ahora la salvación sin arrepentimiento y sin conversión; y si alguien dice que la conversión cristiana debería manifestarse en una vida cambiada, lo condenan diciendo que “está enseñando la salvación por obras”. Las iglesias evangélicas y pentecostales tienen su origen en unos avivamientos que condenaron esta enseñanza de la “gracia barata” y volvieron a enfatizar la importancia de una vida santificada como evidencia del Nuevo Nacimiento. Pero hoy en día, la mayoría de las iglesias evangélicas han vuelto a enseñar la “gracia barata”, e incluso añadieron una perversión adicional:

Muchas iglesias evangélicas efectivamente presionan a las víctimas de abusos y delitos a que “perdonen” a los culpables, aun si éstos ni siquiera se arrepienten de lo que hicieron. Con “perdón” entienden que las víctimas no deben denunciar a los agresores; y aun más: que ni siquiera deben confrontarlos, y que tampoco deben hablar con otras personas acerca de lo que sufrieron. Y esto particularmente cuando el agresor pertenece al liderazgo de la iglesia. Ahora, un delincuente que pertenece a una iglesia evangélica, buscará preferiblemente a otros miembros evangélicos para victimizarlos, porque sabe que éstos se encuentran bajo una enorme presión psicológica para “perdonar, callar y olvidar” lo sucedido.

2. Criterios distorsionados acerca del derecho y la justicia.

La mayoría de las iglesias y misiones evangélicas que conocí, ejercen la “disciplina eclesiástica” de una manera completamente distorsionada y partidista, según el siguiente principio: El que se conforma con los líderes, recibe la razón; y el que contradice a los líderes, será condenado. Por tanto, un delincuente en una iglesia evangélica sabe que solamente tiene que apoyar siempre la opinión de los líderes y seguirles la corriente, y entonces puede hacer lo que quiere y queda impune. Y por supuesto, los mismos líderes cuentan con la misma impunidad. Por eso, muchos líderes evangélicos pueden cometer delitos sin tener que sufrir ninguna consecuencia dentro de su iglesia o denominación. Incluso hubo casos donde los colaboradores eclesiásticos de un líder ayudaron a encubrir los asuntos ante las investigaciones por parte de las autoridades seculares.

Por el otro lado conozco a un buen número de colaboradores de iglesias evangélicas que fueron reprendidos, calumniados, excluidos de la congregación, prohibidos de tener contacto con miembros de la congregación, y puestos bajo maldiciones, sin que hubieran cometido algún delito o pecado en el sentido bíblico. Solamente porque contradijeron alguna decisión de sus líderes, o incluso porque habían descubierto y confrontado ciertos delitos cometidos por sus líderes.
Los “miembros comunes” que están alejados de los líderes principales, a menudo ni siquiera saben que existen estas estructuras de poder. Pero los que suben los escalones y llegan al entorno más cercano de los líderes, pronto tendrán que enfrentarse con los actos inmorales que se cometen allí. Para un miembro de una iglesia evangélica que tiene un pleito con algún líder, no habrá ningún proceso justo ante las instancias internas de la iglesia.

Este sistema de (in-)justicia partidista y liderazgo arbitrario es una de las razones principales por la corrupción reinante en tantas iglesias.

3. Intromisiones inapropiadas en la vida privada de los miembros.

Muchas organizaciones evangélicas someten a sus miembros y/o colaboradores a unas reglas estrictas acerca de detalles que afectan las decisiones privadas de cada persona: su vida familiar, la elección de sus amigos, lo que hacen en su tiempo libre, donde deben vivir y trabajar, e incluso acerca de su manera de vestir. Así son sometidos bajo un pesado yugo de mandamientos de hombres, como en los tiempos de los fariseos (Mateo 15:7-9; 23:4).

Esto tiene sus efectos más graves en cuanto a la vida sentimental y la sexualidad. En el ámbito evangélico es posible que un adúltero o un pederasta no tenga que sufrir ninguna consecuencia de parte de la iglesia, si es que se mantiene fiel al “partido” de los líderes. Pero una pareja joven que intenta comenzar una relación sentimental en toda pureza, con la intención de casarse más adelante de manera honrada, puede que sea puesta bajo la “disciplina” más severa, solamente porque algunos líderes consideran su unión como “no apropiada” por alguna razón arbitraria. Les pueden prohibir todo contacto, los pueden destituir de sus responsabilidades en la iglesia, incluso pueden tomar medidas para separarlos físicamente, mandando a uno de ellos a un lugar lejano. Y en algunas iglesias, aun aquellas relaciones que salen “aprobadas” por los líderes, son puestas bajo una vigilancia tan estricta que su relación no puede desarrollarse de manera sana.
En 1 Timoteo 4:1-3 está escrito lo que debemos pensar de un líder que “prohíbe casarse”.

Algunos institutos bíblicos e instituciones similares prohíben a sus estudiantes en su reglamento desde el principio toda relación de pareja durante la duración de su formación. Esto es un poco más sincero porque la prohibición se anuncia abiertamente (en vez de existir escondidamente como una “ley secreta”, como en el caso de muchas iglesias). Pero aun así no es mucho mejor. Según observé, el efecto principal es que los estudiantes solteros piensan la mayor parte del tiempo en las limitaciones que les impone esta prohibición, y en cómo podrían obviarla.

Tristemente se ha observado en muchos grupos sectarios, que prohíben o imposibilitan a sus miembros (resp. colaboradores) casarse y gozar de su sexualidad en el matrimonio según la voluntad de Dios. (No por último tenemos que mencionar aquí la lamentable situación de los sacerdotes católicos.) A menudo esto hace que estas personas se sienten involuntariamente empujadas hacia acciones sexuales perversas. Tuve que observar esta triste realidad en las vidas de varios estudiantes de un instituto bíblico evangélico. Las circunstancias descritas pueden explicar el alto índice de inmoralidad sexual en estos entornos.

Comentarios finales

No quiero dar la impresión de que las perversiones descritas sean una consecuencia necesaria de una fe evangélica (o sea, basada en la Biblia). Al contrario, estas prácticas no tienen ningún fundamento bíblico. Por tanto, son un síntoma de cuán alejadas son las iglesias actuales de la verdadera fe bíblica.

Desgraciadamente, estas iglesias son todavía consideradas las representantes de un cristianismo bíblico. Por tanto, su corrupción da al mundo una ocasión de difamar el cristianismo en sí. “El nombre de Dios es blasfemado entre los pueblos por causa de vosotros.” (Romanos 2:24). Si los evangélicos tienen mala prensa, no siempre es por la maldad de los periodistas. Tal vez tengamos que buscar la razón en la vida poco cristiana de muchos evangélicos.

Y no me diga que estoy “generalizando demasiado”. Si es que existe una minoría íntegra y honrada de líderes evangélicos, ¿dónde están? ¿Qué hacen para detener las acciones inmorales de sus colegas? ¿Dónde puedo oir su voz de protesta contra la corrupción? ¿Por qué siguen colaborando en sus concilios ecuménicos de iglesias, en sus fraternidades de pastores igualmente ecuménicos, y en sus propias iglesias corrompidas? ¿Por qué no usan su influencia para defender a las víctimas de delitos, y a los miembros injustamente puestos en “disciplina” por sus líderes? ¿Por qué no actúan para que los verdaderos delincuentes sean destituidos de su liderazgo y expulsados de las congregaciones? Mientras no veo nada de eso, no podré creer que una tal minoría íntegra y honrada exista dentro de las iglesias.

Los evangélicos y la delincuencia (1)

23/06/2014

El Perú está sufriendo de una ola de delincuencia y violencia como no se ha visto desde los tiempos oscuros cuando “Sendero Luminoso” aterrorizaba el país. A diferencia de entonces, los motivos no son políticos ni ideológicos; ahora es por simple avaricia y envidia. Tan solamente para apropiarse de manera ilícita de lo que tienen los demás, se montan redes sofisticadas de corrupción, espionaje, y extorsión bajo amenaza de muerte. En algunos lugares, estas redes ya están tan entrelazadas con altos mandos de la policía y de distintos niveles de gobierno, que se vuelve difícil distinguir entre mafia y estado. El tema de la (in-)seguridad ciudadana se ha convertido en uno de los más candentes en los titulares de los periódicos y en los sondeos acerca de la aprobación popular del gobierno actual.

Ahora, ¿cuál es el papel de los evangélicos, de los que se llaman cristianos, en una situación como esta?

En su sermón del monte, el Señor Jesús dijo lo siguiente acerca del papel de los cristianos en el mundo:

“Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada? Ya no sirve para nada, sino para ser echada fuera y ser pisoteada por los hombres.
Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no puede quedar escondida. (…) Así alumbre vuestra luz ante los hombres, de manera que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre en los cielos.”
(Mateo 5:13.14.16)

La sal sirve como saborizante y conservante. Una pequeña cantidad de sal es suficiente para conservar y para dar sabor a una gran cantidad de alimento. De manera similar, una luz pequeña hace una diferencia enorme en un cuarto oscuro. Así también un pequeño número de cristianos verdaderos hacen una diferencia esencial en la sociedad.

En los tiempos cuando “Sendero Luminoso” era fuerte, los evangélicos eran una pequeña minoría, y en muchos lugares fueron perseguidos. Pero intercedieron constantemente por el país; y cuando finalmente cesó el terror, muchos dijeron que no fue por causa del gobierno, fue porque “Dios contestó nuestras oraciones”. En aquel tiempo las iglesias eran todavía más sanas espiritualmente, y por tanto pienso que de hecho Dios tenía todavía más razón para contestar las oraciones de los evangélicos. Escuché decir que en aquellos tiempos, “ser evangélico” era sinónimo de “ser una persona muy honesta”.

Así ha sucedido varias veces en la historia del mundo, que una sociedad se transformó por causa de un número relativamente pequeño de cristianos. El ejemplo más resaltante son los países reformados de Europa: En los siglos siguientes a la Reforma, aquellos países establecieron la libertad religiosa y de la conciencia, crearon el moderno estado de derecho constitucional, y se convirtieron en la vanguardia mundial de la ciencia y tecnología – todo eso bajo la influencia cristiana. Aunque los verdaderos cristianos nacidos de nuevo siempre deben haber sido una minoría, su “luz” alumbraba y cambiaba la sociedad entera.

En otras ocasiones, la sociedad rechazaba la luz del Evangelio y se volvía violentamente en contra de los cristianos; pero aun así los cristianos aumentaron en número y en influencia, y la sociedad comenzó a “cristianizarse” incluso en contra de la voluntad de sus gobernantes. Esto es lo que sucedió en el antiguo Imperio Romano; y actualmente está sucediendo lo mismo en China.

Pero en el Perú actual ya no se puede observar ni lo uno ni lo otro. Los evangélicos ya no son perseguidos; son ahora ciudadanos respetables, gozan de “igualdad religiosa” (lo que sea que signifique eso), y se mueven aun en los estratos más altos de la política nacional. Pero tampoco ejercen una influencia transformadora en la sociedad. Un evangélico, propietario de una pequeña empresa, me dijo una vez que ya no quería contratar a evangélicos como obreros, porque ellos eran los menos responsables en su trabajo. El aumento de la delincuencia y de la corrupción coincide exactamente con este tiempo actual donde existe el mayor número de evangélicos en toda la historia. Y exactamente en este tiempo vemos también el aumento de otros fenómenos sociales alarmantes, tales como un aumento de la violencia, del alcoholismo y de la promiscuidad sexual en los colegios; y una desintegración de las familias que deja a muchos niños destituidos de todo afecto paternal.

Los evangélicos están ahora completamente integrados en esta sociedad corrompida y prácticamente ya no se distinguen de ella. (Con excepción de ciertas costumbres religiosas y privadas.) Es más: ellos participan de la misma corrupción. Por ejemplo, según mi experiencia de muchos años en el mundo evangélico, tengo que asumir que más de la mitad de los pastores y líderes evangélicos se han hecho culpables de la apropiación ilícita de fondos o de bienes inmuebles, o por lo menos del intento de hacerlo. Tuve que observar en muchos de ellos la misma clase de avaricia y envidia que motiva a los criminales más viles – solamente que los líderes evangélicos conocen maneras más refinadas de dar salida a estos impulsos.

El Nuevo Testamento menciona varias veces que el Evangelio verdadero transforma radicalmente al que le sigue. (Vea por ejemplo Lucas 19:8-10, Hechos 2:42-47, 1.Cor.6:9-11, Tito 2:11-12, 1 Juan 3:3-9, y otros.) Entonces, si muchos de los que se llaman “evangélicos” no han sido transformados, sino que siguen viviendo su antigua vida de falsedad e inmoralidad, ¿qué tenemos que concluir acerca de su “evangelio”?

En conclusión: El estado actual de la sociedad refleja como en un espejo amplificador el estado actual de las iglesias cristianas. En este espejo puedo ver que la sal ha perdido su sabor, ha sido echada fuera y se ha mezclado con el polvo de este mundo. La avaricia, la envidia y la falsedad de este mundo son un reflejo de la avaricia, de la envidia y de la falsedad de los líderes (supuestamente) cristianos. Las iglesias han perdido la autoridad de interceder por la sociedad actual, porque se han hecho parte y cómplices de esta misma sociedad.

Para terminar con una nota más positiva: No es que los cristianos estuviéramos forzados a seguir la corriente de la sociedad. La palabra de la sal y de la luz indica lo contrario: Los verdaderos cristianos somos quienes marcamos el paso de la sociedad. Entonces, si los cristianos vuelven a sus orígenes, se arrepienten genuinamente de sus pecados, y vuelven a vivir una vida agradable a Dios – un tal avivamiento tendría el potencial de cambiar el rumbo de la sociedad entera. – Pero no crean que las iglesias evangélicas serán las fuentes de un tal avivamiento. Ellas han tenido su oportunidad; la han desperdiciado y se han corrompido. Más probable es entonces que los pioneros de un tal avivamiento de integridad se verán obligados a abandonar las iglesias evangélicas. Hay que “echar el vino nuevo en odres nuevos” (Mateo 9:17).


PS: ¿Por qué no he escrito nada acerca de la iglesia católica? – Por una simple razón que ya expliqué anteriormente en este blog, pero vuelvo a repetirla: Es que la iglesia católica romana ha declarado doctrinalmente que su autoridad como iglesia es superior a la autoridad de la palabra de Dios escrita en la Biblia. Por tanto, si la iglesia católica comete actos contrarios a la palabra de Dios, eso es completamente “natural” según su propia doctrina, y no tiene sentido llamarle la atención sobre la base de la Biblia.
El caso de las iglesias evangélicas es diferente porque ellas, en su teoría, declaran que la autoridad suprema sobre su doctrina y práctica reside en las Sagradas Escrituras. O sea, los evangélicos, según su propia teoría, son obligados a someterse bajo la palabra de Dios escrita. Entonces, si ellos no lo hacen, tengo todo derecho de llamarles la atención.

Estudie la Biblia por sí mismo

13/04/2014

Es una capacidad importante de un discípulo del Señor Jesucristo, estudiar la Biblia por sí mismo. Pero es a la vez una capacidad muy descuidada en las iglesias actuales. Parece que los miembros de las iglesias, en su mayoría, prefieren escuchar las opiniones de un hombre (predicador, pastor, teólogo…), en vez de estudiar la Biblia por sí mismos. Pero solamente alimentándonos directamente de la Palabra de Dios, podemos cultivar una relación personal con el Señor, sin hacernos dependientes de hombres.

En este artículo nuevo encontrará unas pautas de cómo estudiar la Biblia por sí mismo:
http://www.altisimo.net/remanente/estudioBiblico.htm

Iglesias y escuelas: Los problemas creados al remplazar la familia por instituciones (Parte 3)

24/08/2013

Esta es la continuación de un artículo que describe las paralelas entre iglesias institucionales y escuelas, y los problemas que resultan en estas instituciones.

Procedimientos prescritos desplazan el cumplimiento de la tarea verdadera.

Varias veces me llamó la atención el hecho de que los profesores profesionales raras veces están interesados en saber cómo aprenden los niños en realidad. Claro que hay excepciones. Pero por lo general, encontré que son exactamente los profesores quienes tienen mayores dificultades en aceptar y asimilar datos acerca de los procesos de aprendizaje en los niños, y acerca de los ambientes más propicios al aprendizaje. Ellos están tan llenos de procedimientos, currículos y métodos prescritos por el estado, que ya no preguntan si estos procedimientos y métodos sirven efectivamente para su supuesto propósito, de que los niños aprendan algo. – En cambio, encontré que exactamente aquellas personas que demostraban tener un talento natural para la enseñanza, eran los menos interesados en estudiar la carrera de “educación”.
Los directores de escuelas, funcionarios escolares del estado, etc, se encuentran aun más alejados de la realidad pedagógica. Muchos de ellos se limitan a seguir ciegamente las órdenes del estado, sin preguntar si algo de esto es realmente bueno para los niños.

Mis propios hijos han adquirido la mayor parte de sus conocimientos en las actividades menos “escolares”: Descubriendo juntos cómo se puede programar un juego de computadora. Buscando imágenes y descripciones de animales y plantas en la internet. Viajando a otra región del país. Leyendo espontáneamente un libro que les interesaba, sin tener que dar un examen sobre ello.

Algo muy parecido observo en las iglesias institucionales. Las iglesias y los pastores se interesen raras veces en saber cómo crece un cristiano en su fe, cómo obra Dios en una conversión verdadera, o si los miembros de sus iglesias realmente nacieron de nuevo. En cambio, están llenos de estrategias evangelísticas y tradiciones eclesiásticas que copiaron de otras personas. Estas estrategias y tradiciones producen miembros adaptados y conformistas; pero ¿producen también verdaderos creyentes en Jesucristo? Los pastores raras veces se hacen esta pregunta. Mayormente se contentan con que alguien haya sido “alcanzado” por la estrategia de moda (evangelización masiva, prédica al aire libre, célula, evangelización personal, o lo que sea), y que haya pasado por los pasos prescritos (“oración de entrega”, bautismo, curso bíblico, etc.). Se da más importancia a la ejecución correcta de los procedimientos y rituales, que a la pregunta si existe todavía alguna realidad espiritual detrás de estos rituales.

Los tiempos de oración más intensa, y el interés más vivo en cuestiones de la fe, los encontré normalmente en ambientes muy alejados de las “iglesias”: en reuniones y viajes misioneros juveniles “inoficiales” que no estaban bajo la “cobertura” de ninguna iglesia institucional.

Este principio se aplica tanto a la escuela como a la iglesia: Cuanto más institucionalizada es, menos cumple su tarea verdadera.

Toda institución tiende a producir una cantidad excesiva de reglamentos, formularios, organigramas, etc. Pero todo eso sirve solamente para la apariencia exterior, para satisfacer el deseo de los líderes y burócratas de sentirse importantes, y para impresionar a los miembros y observadores. El exceso de reglamentos no contribuye en nada para alcanzar los objetivos que oficialmente se declaran. Solamente sirve para establecer procedimientos protocolarios que nadie puede cumplir al pie de la letra. Por tanto, hay una manera fácil de acusar y eliminar a cualquier miembro cuya presencia incomoda a los líderes: Puesto que nadie puede evitar romper alguna vez uno de los infinitos reglamentos y procedimientos, se rebuscan sus fallas formales que cometió, y éstas sirven como una razón cómoda para expulsarlo y para encubrir los verdaderos motivos de su expulsión. Los gobiernos políticos demuestran diariamente cómo se hace eso. Pero las escuelas y las iglesias no son mejores.

Se institucionalizan las relaciones personales.

Tanto las escuelas como las iglesias institucionales nos engañan en cuanto a la calidad de las relaciones personales. La escuela dice ser necesaria para la “socialización” de la próxima generación. En discusiones acerca de la educación en casa se pregunta a menudo: “¿Cómo aprenderán los niños a integrarse en un grupo, si no van a la escuela?” – “¿Cómo aprenderán a tratar bien a los que tienen opiniones distintas?” – etc. – Y de manera muy parecida dicen los representantes de las iglesias institucionales que un cristiano necesita estas instituciones para aprender y practicar la comunión cristiana.

Pero su práctica es muy distinta. En la realidad, ambas instituciones priorizan sus metas institucionales. Las relaciones personales tienen que servir estas metas, y así se distorsionan. En vez de juntar a las personas, las instituciones los enajenan unos de los otros. Conozco solamente dos lugares en el mundo donde las personas están durante horas sentados juntos en la misma banca sin tener la oportunidad de intercambiar una sola palabra: en la escuela y en la iglesia. (Bien, existe un tercer lugar con la misma característica: un concierto clásico. Pero nadie pretende que la asistencia a conciertos clásicos sea necesaria para tener comunión unos con otros.)

¿Qué clase de relaciones personales existen entre los alumnos de una escuela? No llegan a conocerse entre sí como humanos, solamente como competidores. Establecen un “orden de picoteo” donde decide la ley del más fuerte. No se practican virtudes como la ayuda mutua, la sinceridad o la compasión. Como dijo John Taylor Gatto después de treinta años de experiencia como profesor:

“Los niños que yo enseño, son crueles entre ellos. No tienen compasión con el desafortunado, se ríen de la debilidad, y desprecian a sus prójimos necesitados de ayuda. – Los niños que yo enseño, se sienten incómodos frente a la intimidad personal y la honestidad. Ellos se parecen a muchos niños adoptados que conocí: no pueden manejar la intimidad personal, porque se han acostumbrado a mantener su verdadero yo en secreto, escondido detrás de una personalidad exterior artificial…”
(John Taylor Gatto en “Por qué las escuelas no educan”.)

¿Y qué del buen trato con los que tienen opiniones distintas? El alumno que no piensa igual como el profesor, no tiene oportunidad de pronunciarse. Y donde el profesor no tiene ninguna opinión, la clase establece prontamente su “opinión oficial”, basada en el “orden de picoteo”. El que no apoya la opinión oficial, será marginado – aun si se trata de asuntos tan triviales como la opinión acerca de la mejor telenovela, el mejor deportista o el mejor grupo musical.

Y en cuanto a las relaciones entre profesor y alumnos: éstas no pueden ser honestas y verdaderamente humanas, mientras el profesor con su poder sobre las notas mantiene un control absoluto sobre la posición social y el futuro profesional de sus alumnos. Aun si el profesor realmente valora a sus alumnos y se esfuerza por comprenderlos – el sistema lo obliga a descalificar a aquellos que “rinden” menos.

¡Cuán diferente era esto en los tiempos cuando la enseñanza y el aprendizaje eran todavía libres! Un futuro artesano o estudiante universitario podía personalmente escoger a su maestro. Averiguaba acerca de la personalidad y las cualidades del maestro, y decidía estudiar con uno que le convencía. Ninguna institución le obligaba a estudiar con un determinado maestro, o según un método determinado. Tampoco hubo calificaciones mediante notas.
Un antiguo filósofo griego con sus alumnos, un profeta o rabino israelí con sus discípulos, un maestro medieval con sus aprendices – seguramente se relacionaban con más confianza y sinceridad que un profesor actual con sus alumnos, o un pastor actual con los miembros de su iglesia. Es que antiguamente, las relaciones entre maestro y discípulo se basaban en una elección voluntaria. Pero a medida que la institucionalización avanzó, las relaciones personales se deterioraron.

Miremos lo que sucede en las iglesias institucionalizadas. En sus reuniones sucede muy poca “comunión”. No es comunión, estar sentados en la misma banca, cantar las mismas canciones y escuchar la misma prédica. – Muchas iglesias hoy en día tienen “células”. Esto es un paso en la dirección correcta. Pero demasiado a menudo, estas células son programadas y controladas de manera centralizada. Entonces tienen que cumplir con un programa prescrito, el cual impide una comunión realmente transparente. O se encuentran bajo una presión de ganar a nuevos miembros, y entonces hacen esfuerzos enérgicos para parecer “atractivas” – lo que normalmente tiene el efecto contrario. – Iglesias en casa, independientes, tienen más libertad en este respecto. Pero ¿realmente harán uso de esta libertad?

En el libro “¿Asi que ya no quieres ir a la iglesia?”, un visitante de una iglesia en casa desafía a los participantes con los siguientes comentarios y preguntas:

“En vez de intentar levantar una iglesia en casa, aprendan a amarse unos a otros, y a compartir el viaje unos de los otros. ¿A quién quiere Jesús que acompañes ahora mismo, y cómo puedes animar a esa persona? Entonces, sí, experimenten con la comunión juntos. Aprenderán mucho. Solo eviten el deseo de hacerlo artificial, exclusivo o permanente. Las relaciones no funcionan de esta manera.
La iglesia es el pueblo de Dios que aprende a compartir su vida juntos. Es Marvin allá y Diana aquí. Cuando pregunté a Ben acerca de vuestra vida juntos, me contó mucho acerca de vuestras reuniones, pero nada acerca de vuestras relaciones. Esto me indicó algo. ¿Conoces siquiera la esperanza más grande de Roary, o la lucha actual de Jacob? Estas cosas raras veces salen a la luz en reuniones. Salen en relaciones naturales que suceden durante la semana.”

En las relaciones entre pastores y miembros de iglesias observamos los mismos problemas como en las relaciones entre profesores y alumnos. Aunque un pastor no tiene poder sobre el futuro profesional de los miembros (con excepción de los colaboradores de la iglesia a tiempo completo); pero tiene – supuestamente – poder sobre el futuro eterno. Esto coloca una presión insoportable sobre los miembros, especialmente sobre los más entregados y sensibles. Y demasiados pastores se aprovechan de ello sin vergüenza, para manipular a los miembros a su antojo.

En general: Cuanto más institucionalización, menos comunión auténtica. En un tal ambiente institucionalizado mueren las amistades sinceras. En cambio, la gente establece supuestas “amistades”, solamente para alcanzar determinadas metas. Las personas no se valoran entre ellos como personas en sí; se valoran solamente a medida que contribuyen a las metas institucionales. Superficialmente muestran comprensión, ayuda mutua y amor al prójmo – pero solamente mientras el prójimo se deja institucionalizar también. Tan pronto como ya no tienen metas institucionales comunes, revienta la burbuja de la supuesta “amistad”.

Esta institucionalización de las relaciones personales tiene consecuencias fatales en el caso de conflictos: Estos se inflan para convertirlos en “casos disciplinarios institucionales”. En casos extremos, un tal conflicto institucional puede arruinar todo el futuro profesional y personal de los afectados. En cambio, en un entorno no-institucionalizado, los conflictos personales se pueden tratar en el nivel personal, y así son mucho más fáciles de solucionar. Lo ilustraremos con un ejemplo del Nuevo Testamento:

Pablo y Bernabé eran colaboradores y amigos en su primer viaje misionero. Uno de sus acompañantes era Juan Marcos; pero él los dejó en medio camino por razones desconocidas. Al alistarse para el segundo viaje misionero, Bernabé quiso llevar otra vez a Juan Marcos; pero Pablo no estaba de acuerdo. El desacuerdo entre ellos era tan fuerte que se separaron. Entonces Bernabé emprendió su propio viaje con Juan Marcos a Chipre, mientras Pablo buscó a otro acompañante y se fue a Asia. (Vea Hechos 15:36-40).

Según el relato bíblico, se trataba de un asunto personal entre ellos, y no hubo mayores consecuencias. Su desacuerdo no era acerca de cuestiones esenciales de la fe, y por tanto no había razón para ocuparse más del asunto. Supongo que la relación entre Bernabé y Pablo quedó afectada por un buen tiempo. Pero ninguno de ellos fue dañado en cuanto a su ministerio espiritual. Muchos años más tarde leemos que aun Pablo reconoció otra vez la utilidad de Juan Marcos (2 Timoteo 4:11). No fue para poco: se trata del autor del Evangelio según Marcos.

¿Cómo hubiera terminado esta historia en una iglesia o sociedad misionera actual? – Puesto que tengo mis experiencias al respecto, me lo puedo imaginar vivamente. El conflicto personal se hubiera llevado al nivel institucional: Puesto que Pablo era el líder de la “empresa misionera”, él hubiera emitido una declaración oficial de que Juan Marcos era incapaz para el trabajo misionero. Esta decisión se hubiera comunicado inmediatamente a los líderes más importantes. Bernabé, aunque originalmente fue el líder principal de la misión, hubiera perdido su “cobertura espiritual” al separarse de Pablo. Posiblemente lo hubieran acusado de “rebeldía” y de “dividir la iglesia”. Tanto Bernabé como Juan Marcos se hubieran visto impedidos de seguir colaborando con las iglesias fundadas por Pablo. Hubieran dejado el ministerio, o hubieran fundado una nueva denominación. – ¡Qué bueno que Pablo no actuó como un líder institucional!

Podríamos fácilmente encontrar ejemplos parecidos del entorno escolar.

Los conflictos personales deben solucionarse al nivel personal. Pero un entorno institucionalizado no permite eso. Los implicados no pueden simplemente enfrentarse como personas humanas. Su comunicación está constantemente afectada por sus rangos respectivos en la jerarquía institucional. Un solo líder, o un pequeño grupo de líderes, institucionaliza su opinión personal y la promulga como verdad absoluta. El conflicto personal se convierte en una demostración de poder de parte del líder. O se provoca una lucha por el poder entre los líderes.

Conclusión

Tanto las iglesias como las escuelas se han institucionalizado de maneras similares. Esto causa problemas muy similares en ambas instituciones.

En consecuencia, durante las últimas décadas se han formado movimientos contrarios en ambos ámbitos: El movimiento de la educación en casa como alternativa a la escolarización; y el movimiento de las iglesias en casa, “iglesias sencillas”, etc, como alternativa a las iglesias institucionalizadas. (Aunque algunos grupos de iglesias en casa son igual de institucionalizados como las iglesias tradicionales; éstas no serían una alternativa verdadera.)

En esta serie de artículos intenté mostrar las paralelas entre iglesia y escuela. Quise demostrar que los dos “movimientos no-institucionalizados” – en cuanto agrupan a cristianos – tienen la misma esencia y pueden aprender el uno del otro. “Iglesia en casa” y “educación en casa” tienen mucho en común. Ambos – si se entienden de la manera correcta – colocan la familia nuevamente en el centro de la vida diaria. Ambos trabajan por una restauración de las relaciones interpersonales que fueron distorsionadas por la institucionalización. Y yo creo que ambos están más cerca del cristianismo original que cualquier otro movimiento del presente.

Iglesias y escuelas: Los problemas creados al remplazar la familia por instituciones (Parte 1)

04/08/2013

Observo en mi entorno que a la palabra “institucionalizar” se le atribuye generalmente un significado positivo. En el pensamiento popular, “institucionalización” se asocia con “orden”, “legalidad” y “calidad”. Poco se considera la otra cara de la moneda: “Institucionalizar” significa destruir un orden natural, para establecer un orden artificial. Y el orden artificial trae consigo la burocratización de la vida, la corrupción, y la destrucción de los lazos humanos y afectivos.

El teólogo y primer ministro holandés Abraham Kuyper entendió bien esta distinción entre el orden natural y el orden artificial. El fue un líder político profundamente comprometido con el orden constitucional de su país. Sin embargo dijo:

“… Es sumamente importante tener en mente la diferencia entre la vida orgánica (natural) de la sociedad y el carácter mecánico del gobierno. Cualquier cosa entre los hombres que se origina directamente de la Creación, contiene todos los datos para su desarrollo en la naturaleza humana como tal. Uds. pueden ver esto en la familia y en la conexión de los lazos sanguíneos. De la dualidad de hombre y mujer surge el matrimonio. De la existencia original de un solo hombre y una sola mujer, surge la monogamia. Los niños existen a causa del poder innato de reproducción. Naturalmente, los niños están conectados entre ellos como hermanos y hermanas. Y cuando estos hijos, con el tiempo, se casan también, todas estas conexiones surgen de la relación de sangre y otros lazos que dominan la entera vida familiar. En todo esto no hay nada mecánico. El desarrollo es espontáneo, como el del tronco y las ramas de una planta.

De hecho, sin el pecado no hubiera habido ni un gobierno ni un orden de estado; sino la vida política entera se hubiera evolucionada de forma patriarcal, desde la vida de la familia. Ni jueces ni policía, ni ejército ni marina, son concebibles en un mundo sin pecado; y por tanto toda regla y ordenanza y ley desaparecería, así como todo control y poder del magistrado, si la vida se desarrollara de manera normal y sin obstáculo desde su impulso orgánico. ¿Quién venda, donde nada es fracturado? ¿Quién usa muletas, cuando sus miembros están sanos?

Por tanto, toda formación de Estado, todo poder del gobierno, todo medio mecánico de forzar un orden y de garantizar un rumbo sano de la vida es siempre algo poco natural, algo contra lo cual las aspiraciones más profundas de nuestra naturaleza se rebelan; y que en este mismo momento podría convertirse en la fuente de un terrible abuso de poder por parte de aquellos que lo ejercen, y de una revolución continua de parte de las multitudes.

(…) Aunque podemos admitir que aun sin el pecado, hubiera sido necesario combinar las muchas familias en una unidad superior, esta unidad hubiera sido internamente envuelta en el Reino de Dios, quien hubiera gobernado directa y armoniosamente en los corazones de todos los hombres. Entonces no hubieran existido estados, sino un solo imperio mundial orgánico, con Dios como su Rey; exactamente lo que es profetizado para el futuro que nos espera, cuando todo pecado haya desaparecido.

Pero es exactamente esto lo que el pecado ahora ha eliminado de la vida humana. Esta unidad ya no existe. Este gobierno de Dios ya no prevalece. Un imperio mundial no puede ni debe establecerse. Este mismo deseo contumaz llevó a la construcción de la torre de Babel. Así surgieron pueblos y naciones. Estos pueblos formaron estados. Y sobre estos estados, Dios puso gobiernos. Y así, si me permiten la expresión, no es una cabeza natural que haya crecido orgánicamente desde el cuerpo de los pueblos, sino una cabeza mecánica, que desde afuera fue puesta sobre el tronco de la nación. Solo un remedio para una condición equivocada. Un palo puesto al lado de la planta para mantenerla parada, porque sin este palo caería al suelo por su debilidad.”

(Abraham Kuyper, “El calvinismo y la política”)

Ahora, existen dos órdenes de la sociedad que hasta hoy debían desarrollarse de forma natural, según la voluntad de Dios: la familia y la comunidad de los cristianos. (De hecho, la estructura de la comunidad cristiana debería ser la misma como la estructura de la familia, como describí en “La iglesia cristiana se centra en las familias”.) Dios nunca quiso que las familias o las comunidades cristianas sean “institucionalizadas” de la misma manera como los gobiernos estatales. Las familias y la comunidad de los cristianos son estructuras basadas en la relación con Dios, el amor, la ayuda mutua, la comprensión humana, y todo lo que da valor a las relaciones interpersonales. En estos ambientes no debería haber lugar para reglamentos y trámites burocráticos, ni para el trato frío que caracteriza las relaciones de funcionarios gubernamentales con sus súbditos.

Sin embargo, la sociedad actual ha institucionalizado y despersonalizado aun estos ámbitos sagrados. La familia – y especialmente su propósito central, la educación de los niños – ha sido remplazada por la escuela. Y la comunidad de los cristianos ha sido remplazada por la iglesia institucional. No nos extraña, entonces, que ambas instituciones – las escuelas y las iglesias institucionales – estén causando la misma clase de problemas en las vidas de quienes las integran. Efectivamente hay un gran paralelismo entre las formas como ambas instituciones destruyen las relaciones interpersonales, y el orden divino acerca de la convivencia humana. En consecuencia, ambas instituciones atentan aun contra sus propios propósitos declarados. Demostraré algunas de estas paralelas.

Ambas instituciones atentan contra la familia.

Como padres deseamos brindar a nuestros hijos una vida familiar sana. Esto implica en primer lugar pasar mucho tiempo juntos con ellos. Hemos experimentado que tanto la escuela como la iglesia institucional impiden alcanzar esta meta.

La mayoría de las iglesias cristianas, en la mayoría de sus eventos y reuniones, separan a los niños de sus padres. Conocí a muchas iglesias donde las reuniones de los niños se llevan a cabo no solamente en ambientes distintos, sino también en horarios distintos de las reuniones de adultos. De esta manera, las familias ni siquiera pueden “ir a la iglesia” juntas. Una familia que es miembro de una tal iglesia, ya no puede pasar tiempo juntos en los días de reunión.

Investigaciones en los Estados Unidos descubrieron que la tasa de divorcios entre cristianos evangélicos es la misma, o aun más alta, que en el resto de la población. Obviamente, las iglesias no contribuyen en nada a fortalecer las familias.

En la mayoría de las iglesias, sus reuniones de niños se llaman “Escuela dominical”. Con esto expresan claramente que fueron inspiradas por el sistema escolar secular, y no por algún orden de Dios.

De hecho, esta administración de los miembros de iglesias por edades contradice la palabra de Dios. En la iglesia original, la familia era el centro de la comunidad cristiana, y todo lo demás giraba alrededor de la familia. Pero las iglesias institucionales actuales separaron su “vida eclesiástica” de la vida familiar, y trasladaron sus reuniones a un edificio impersonal dedicado a eventos al estilo de una escuela.

En los últimos años se fundaron “iglesias en casa” en distintos lugares, con la meta de acercarse más al modelo original del Nuevo Testamento. Tales “iglesias en casa” tienen la gran oportunidad de redescubrir la familia como núcleo de la comunidad cristiana, y de deshacerse de las formas institucionales y “escolares”. La gran pregunta es, si de verdad harán uso de esta oportunidad. (Puesto que todavía no pude conocer a ninguna iglesia en casa en mi país, no conozco la respuesta a esta pregunta.)

Ahora, si hablamos de la escuela, allí la separación y destrucción de las familias es aun más obvia. Los niños son separados de sus padres por cada vez más horas al día, y a una edad cada vez más temprana. Hace cien años, los niños entraron a la escuela alrededor de los ocho años de edad, y asistieron solamente por unas pocas horas al día. Pero hoy en día, en muchos países se obliga a los pequeños de tres años a que vayan a la escuela, y en la primaria las clases ya pueden durar hasta siete horas al día. Y aun cuando están en casa, no están realmente libres. Tienen que hacer tareas, en algunos casos hasta las altas horas de la noche, y a menudo en grupos, de manera que aun este tiempo no lo puede pasar con sus familias. ¿Qué tiempo queda todavía para cultivar una vida familiar?

Pero según la voluntad de ciertos políticos, la vida familiar debería desaparecer por completo. Así se pronunció por ejemplo el Consejo Educativo de Alemania, ya hace treinta años:

“El Consejo Educativo Alemán recomienda como objetivo del quehacer pedagógico en la educación elemental, ‘minimizar la dependencia de los niños de sus personas de referencia’ – ¡esto se refiere en primer lugar a los padres! (Según estos políticos), los niños pertenecen a la sociedad, la cual generosamente reparte ciertas tareas educativas entre padres e instituciones estatales.”
(Eberhard Muhlan, “Kinder in der Zerreissprobe”, 1985)

Desde entonces, este objetivo se ha cumplido. Hoy en día es casi imposible encontrar a alguna familia funcional. Esta es la consecuencia de la extrema escolarización e institucionalización de nuestra sociedad. Y esto a su vez tiene como consecuencia, que aumentan constantemente los problemas de la juventud: desorientación, delincuencia, alcoholismo y drogadicción, relaciones sexuales prematuras y perversiones sexuales, suicidios.

(Continuará)

La autoridad en la familia extendida de Dios

26/11/2012

Las iglesias evangélicas, en su gran mayoría, han creado el oficio de un “pastor” que gobierna sobre la congregación. Este modelo no es bíblico. La palabra “pastor”, como ministerio espiritual, aparece en el Nuevo Testamento una sola vez, y en conjunto con cuatro otros ministerios: “Y él mismo dio a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y maestros” – Efesios 4:11. (La versión Reina-Valera tiene además equivocadamente la palabra “pastores” en Hebreos 13:7.17.24, pero allí el original dice “hegoúmenoi”, lo cual es una palabra general para “líderes”.)

El “pastorado” evangélico se originó en el sacerdocio católico-romano. Fue la idea del romanismo, colocar a un solo hombre en la punta de la iglesia y considerarlo como un mediador entre Dios y los hombres. Esta es una doble rebelión contra los principios de la palabra de Dios:

1. Porque hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo (1 Tim.2:5). Ningún hombre puede pretender ser “la voz de Dios” para sus hermanos, ni tiene derecho de hacer que otras personas dependan de él en cuanto a sus vidas espirituales. Por medio de Jesucristo, cada cristiano tiene acceso directo e inmediato al trono de Dios (Hebreos 4:14-16, 10:19-22). Cualquier líder que dice: “Si quieren ser seguidores de Jesús, obedézcanme a mí”, está usurpando el lugar que corresponde solamente al Señor mismo.

2. Porque el liderazgo de la iglesia del Nuevo Testamento es plural. En todas las iglesias mencionadas en el Nuevo Testamento, donde sabemos detalles acerca de su liderazgo, vemos que fueron dirigidas por un equipo de varios hermanos:
– Jerusalén: los once apóstoles (constantemente mencionados en los primeros capítulos de Hechos).
– Antioquía: cinco “profetas y maestros” (Hechos 13:1)
– Las primeras iglesias fundadas por Pablo: ancianos (Hechos 14:23)
– Efeso: ancianos (Hechos 20:17) – los mismos también son llamados “obispos” en v.28
– Las iglesias en general: “apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros” (Efesios 4:11)
– Filipos: “obispos y diáconos” (Filipenses 1:1)
– Las iglesias en general: “líderes” o “guías” (Hebreos 13:7.17.24 – la versión Reina-Valera traduce equivocadamente “pastores”)
– Las iglesias en general: “ancianos” (Tito 1:5, Santiago 5:14, 1 Pedro 5:1)
(Alguien me ha señalado que en 1 Timoteo 3:2 dice “el obispo” – singular. Pero aquí se trata obviamente de una expresión genérica, así como cuando digo: “El estudiante debe leer sus libros” – esto no se puede entender como si existiera un solo estudiante en la clase; tampoco se puede interpretar que haya un solo obispo en una iglesia, cuando Pablo dice “Es necesario que el obispo sea irreprensible…” etc. – Además hemos visto arriba en Hechos 20 que “obispo” es sinónimo de “anciano”.)
- Para un análisis más detallado de los términos que el Nuevo Testamento usa para describir “líderes” o “ministerios”, vea “El Nuevo Testamento, Versión ministerial”.

Ahora, el término más frecuentemente usado en esta lista es “anciano”. Por tanto tenemos que investigar: ¿Qué es exactamente un anciano?

La iglesia primitiva surgió del pueblo judío; todos los apóstoles fueron judíos y se expresaron en términos judíos. Tenemos que entender entonces, desde el trasfondo del Antiguo Testamento: ¿qué era un anciano en Israel?

Encontraremos que la posición de un “anciano” es estrechamente relacionada con la organización del pueblo según tribus, linajes y familias, como vimos en el artículo anterior. Entonces no debe sorprendernos que también la autoridad de un anciano genuino procede del entorno de su familia.

Mike Dowgiewicz escribe:

“Los ancianos siempre fueron los líderes autorizados del pueblo de Dios, tanto en la antigua Israel como en la iglesia temprana. Ser un anciano, un zakén (la palabra hebrea), fue la cúspide de la vida de un hombre sabio. Vamos a detallar como alguien llegó a ser un anciano:
Hombres israelitas que demostraron una sabiduría excepcional al ejercer autoridad, fueron promovidos a posiciones de mayor liderazgo. Aquellos padres de familia que tenían sabiduría excepcional, se volvieron ancianos de su familia extendida (linaje, estirpe). Los ancianos excepcionalmente sabios de una familia extendida se volvieron ancianos de su tribu. Algunos de éstos prosiguieron a ser asesores del rey, para el bien de la nación entera. La sabiduría fue un elemento clave en su progreso.
El liderazgo a cada nivel era personal. En cada nivel, las personas estaban en contacto cercano con los hombres que tenían autoridad. Cada anciano estaba consciente de que él estaba levantando a sus propios sucesores. (En el sistema nicolaita actual, una comisión encarga a un clérigo de afuera, ¡aunque nadie en la congregación tenía anteriormente alguna relación personal con él!)”

Así surgió la autoridad de manera natural desde las familias, y de allí a las familias extendidas, y así sucesivamente hasta el nivel nacional. Cada anciano estaba rodeado por una “red de seguridad” de personas cercanas a él, que lo conocían personalmente desde hace muchos años. Por esta cercanía personal, ellos podían avalar y fortalecer la autoridad del anciano; pero podían también corregirle cuando el anciano estaba en error.
En el concepto bíblico de autoridad no existe ninguna “inmunidad”: Un líder tiene que recibir corrección de los demás, igual como cualquier “miembro común”. La base para toda corrección es la palabra de Dios; y cada miembro del pueblo de Dios puede aplicar la palabra de Dios para evaluar y corregir a cualquier otro miembro, aun a un líder. Para ilustrar este principio, Dios escogió a menudo como profetas a hombres que no tenían ningún “liderazgo”, y los envió para corregir y amonestar a los reyes.

El núcleo de esta autoridad bíblica es la paternidad. Es que la paternidad es un reflejo de Dios en esta tierra: Dios es el Padre por excelencia. Varios pasajes bíblicos relacionan la autoridad de Dios, y la provisión de Dios por Su pueblo, con lo que un padre en la tierra es para su familia:

Mat.7:9-11: “¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?”
Ef.3:14-15: “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia (literalmente: paternidad) en los cielos y en la tierra”
Hebr.12:7-9: “Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos (los padres terrenales), ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste (Dios) para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad.”

(Vea también “Conocer a Dios como Padre”.)

Dios quiere que las familias en esta tierra estén gobernadas por un padre. Así puede cada persona desde niño entender lo que es un padre, y entonces podrá también entender como es Dios. (Esto es, si el padre ejerce su paternidad de acuerdo con la voluntad de Dios.) En el pueblo de Israel vemos como Dios desea que esta estructura familiar sea ampliada para el entero pueblo de Dios. Y lo mismo vale para el pueblo de Dios del Nuevo Testamento, la comunidad de los (verdaderos) cristianos.

Un “anciano”, por tanto, no es un “cargo” u “oficio” que se podría ocupar según un reglamento institucional. Ni mucho menos podrían ancianos ser instituidos y destituidos por turnos o según el antojo de un “pastor” o de una congregación – como una familia tampoco puede cambiar de padre cada año.
Un anciano bíblico no es “elegido” ni “nombrado”; un anciano bíblico es reconocido. La misma palabra “anciano” nos dice que la madurez (espiritual) es lo esencial para un anciano. En la Biblia, la edad avanzada normalmente es sinónimo de sabiduría y amplia experiencia. Y esta sabiduría y madurez viene en primer lugar de muchos años de ejercer la paternidad en su propia familia. Un anciano es esencialmente un padre experimentado, de tal manera que ahora puede ser un “padre para otros padres”.

Irónicamente, la iglesia católica romana ha preservado el recuerdo de esta verdad mejor que otras iglesias, puesto que llama a sus sacerdotes “padres”. Parece que al inicio todavía estaban conscientes de que “autoridad espiritual” es igual a “paternidad según la voluntad de Dios”. Solamente que confieren este título a las personas menos aptos para ello, puesto que un sacerdote católico no cumple, ni puede cumplir, con el requisito más básico del ancianato bíblico, el cual es haber dado un buen ejemplo como padre de familia.

Efectivamente, en Israel y en la iglesia primitiva, la primera prioridad para cada padre era su propia familia. Bíblicamente, ser un buen esposo y padre, es mucho más importante que ser un buen trabajador, jefe, miembro de iglesia o anciano. Para un padre temeroso de Dios, el mundo afuera de la familia (lo que incluye las responsabilidades en la iglesia) nunca puede llegar a ser más importante que la misma familia. Según los principios bíblicos de autoridad, alguien que no era un buen esposo y padre, nunca iba a ser reconocido como autoridad en alguna otra área de la vida (sea en el trabajo, en la política, o en la iglesia). Y aun cuando alguien llegaba a una posición importante en alguna de estas áreas, no iba por eso descuidar su propia familia. Si lo hacía, perdía su autoridad, o podía incluso caer bajo el juicio de Dios como el sacerdote Elí (1 Samuel 2:12-36, 4:11-18).

Por tanto, es un requisito importante para alguien que desea tener autoridad en la comunidad cristiana, “que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?)” (1 Tim.3:4-5).

Espero que entendamos ahora mejor la envergadura de este pasaje. Efectivamente, según el patrón bíblico, la comunidad cristiana es una familia de familias, y la autoridad espiritual dentro de esta comunidad surge de la paternidad.

La iglesia cristiana se centra en las familias

19/11/2012

Con “iglesia cristiana” me refiero aquí a la iglesia tal como está descrita en el Nuevo Testamento – porque eso fue bastante diferente de lo que hoy pasa bajo el nombre de “iglesia”. La iglesia del Nuevo Testamento tenía su centro terrenal en las familias.

Por supuesto que el centro aun más importante de la iglesia es el celestial, el cual es la persona del Señor Jesucristo mismo. Pero en este artículo deseo hablar acerca de la organización terrenal de la iglesia. Y en esta tierra, la imagen y el reflejo más adecuado de Dios, de la Trinidad, es la familia. (Vea acerca de este aspecto en “Una visión bíblica acerca de la familia”.) Una verdadera reforma bíblica tendría que rescatar nuevamente los hogares como el centro terrenal de la iglesia, y tendría que reestructurarse alrededor de los hogares y fortalecerlos, en vez de destruirlos como lo hace actualmente. (Vea también: “¿Quién salvará … LA FAMILIA?”)

El precursor de la iglesia cristiana era el pueblo escogido de Dios del Antiguo Testamento, el pueblo de Israel. Este pueblo, a través de toda su historia, estaba siempre organizado según tribus, linajes y familias.
La nación de Israel tiene su origen en tres generaciones de familias: la familia de Abraham, de Isaac y de Jacob. De cada hijo de Jacob surgió una de las doce tribus de Israel. Leamos acerca de la organización de este pueblo a través del Antiguo Testamento:

“Los hijos de Israel acamparon cada uno junto a su bandera, bajo las enseñas de las casas de sus padres…” (Números 2:2) La continuación del capítulo detalla para cada tribu el lugar donde tenía que acampar durante el viaje por el desierto. (En los idiomas originales de la Biblia, la palabra “casa” significa también “familia”.)

“Y heredaréis la tierra por sorteo por vuestras familias; (…) por las tribus de vuestros padres heredaréis.” (Números 33:54) – A cada tribu le fue asignado un territorio específico en la tierra prometida. (Vea también Josué cap.14-19.)

“Os acercaréis, pues, mañana por vuestras tribus; y la tribu que el Señor tomare (al echar la suerte), se acercará por sus familias; y la familia que el Señor tomare, se acercará por sus casas; y la casa que el Señor tomare, se acercará por los varones…” (Josué 7:14) – Este fue el procedimiento para descubrir quien del pueblo había pecado. Se nota claramente la organización del pueblo por parentesco. El mismo procedimiento se aplicó para confirmar la elección de Saúl como rey (1 Samuel 10:20-21).

Todavía muchos siglos después, Nehemías organizó el pueblo según familias para defender el muro de la ciudad:
“Entonces por las partes bajas del lugar, detrás del muro, y en los sitios abiertos, puse al pueblo por familias, con sus espadas, con sus lanzas y con sus arcos. Después miré, y me levanté y dije a los nobles y a los oficiales, y al resto del pueblo: No temáis delante de ellos; acordaos del Señor, grande y temible, y pelead por vuestros hermanos, por vuestros hijos y por vuestras hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas.” (Nehemías 3:13-14)

La fiesta judía más importante, la Pascua, se celebra en familia:
“En el diez de este mes tómese cada uno un cordero según las familias de los padres, un cordero por familia.” (Exodo 12:3)
“…Guardaréis esto por estatuto para vosotros y para vuestros hijos para siempre. … Y cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué es este rito vuestro?, vosotros responderéis: Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto …” (Exodo 12:21-27)
En la celebración de la pascua, un hijo (normalmente el menor) tiene que iniciar la conversación con esta pregunta. En respuesta, el padre enseña a su familia la historia de la pascua y dirige la celebración.

Esta conciencia de ser una familia extendida, está todavía presente en la Israel actual:

“Durante mi estadía en Israel entendí que la cultura judía es esencialmente una cultura de la familia. En su centro está la mesa familiar donde se come juntos y se llevan discusiones profundas acerca de las Sagradas Escrituras. (…) Nosotros somos muy influenciados por el espíritu griego: Diseñamos teorías bonitas, y asistimos a reuniones donde casi nadie participa activamente. (…) En el judaísmo, en cambio, se trata de “ver como se hace” una cosa. Uno se reúne alrededor de la mesa familiar. Allí se conversa acerca de los asuntos de la vida diaria y de asuntos espirituales. Todo sucede en el diálogo mutuo. Durante mis seis años en Israel, Dios me quitó el filtro que yo tenía ante mis ojos al leer la Biblia.
(…) La familia es al mismo tiempo una parte de un contexto más amplio, la familia extendida o estirpe. De esta manera, los judíos sobrevivieron como una minoría en medio de un entorno hostil. Los judíos mantenían esta conciencia: ‘Nosotros los judíos, el pueblo escogido de Dios, tenemos que estar juntos.’ Sin embargo, el individuo no es absorbido por el colectivo. Se incentivan las habilidades y talentos individuales de cada uno.
Si alguien llega a sobresalir por su riqueza, poder e influencia, entonces tiene una responsabilidad hacia el pueblo judío. Esto se nota hasta hoy en Israel, donde judíos ricos del mundo entero envían ofrendas para los pobres, los débiles y los discapacitados. Además, todos saben que pertenecen a una familia grande, a un clan donde todos se apoyan mutuamente. En una tal familia extendida hay siempre un plato de sobra, una cama libre, o alguna otra ayuda material, espiritual o práctica. Si los miembros viven cerca, la familia extendida se reúne regularmente – no solamente para ocasiones especiales -, comen juntos y comparten sus experiencias.”
(Markus Jerominski, en “Padres y madres que influencian el mundo”.)

Estos mismos principios continuaron en la primera comunidad cristiana. La iglesia temprana era también una familia extendida, al igual que el pueblo de Israel. Toda la vida de la comunidad cristiana estaba completamente centrada en las familias.

El lugar de reunión de los primeros cristianos era la casa. (Ya hemos visto arriba, que en los idiomas originales de la Biblia, “casa” equivale a “familia”.) El Nuevo Testamento menciona, entre otras: “la iglesia en la casa de Priscila y Aquila” (1 Cor.16:19), “la iglesia en la casa de Ninfas” (Col.4:15), “la iglesia en la casa de Filemón” (Filemón 2). Gayo es llamado “hospedador mío y de toda la iglesia” (Rom.16:23). Hechos 2:46 dice que los primeros cristianos “partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón.” (Nos recordamos como en la cultura judía, todo revuelve alrededor de la mesa familiar.) También en Hechos 5:42: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y anunciar a Jesucristo.” (Vea además Hechos 2:2, 8:3, 11:11-15, 12:12, 16:31-34, 16:40.)

Estas “iglesias en casas” (probablemente una unión de varias familias que vivían cerca los unos de los otros) formaban entonces algo como “clanes” o “linajes” espirituales, y juntos con los otros “clanes” de la ciudad, formaban la familia espiritual extendida de su ciudad (“la iglesia en Efeso”, “la iglesia en Corinto”, etc.). Así dice Efesios 2:19 que los cristianos son “miembros de la familia de Dios”.

En particular, la “cena del Señor” es la continuación de la Pascua judía (Mateo 26:17-29). Como la Pascua se celebraba en las familias, así también la cena del Señor. (“partían el pan en las casas“, Hechos 2:46). Como el padre de la familia judía se encarga de la celebración de la Pascua, así se encargaba el padre de la familia cristiana de la celebración de la cena del Señor. No se necesitaba a ningún “sacerdote”, “pastor” o “ministro” para eso.

Es importante entender que estas iglesias en casas no eran simplemente “células” sujetas a una organización grande y centralizada, como lo tienen muchas iglesias grandes hoy en día. No, la iglesia en casa era una iglesia completa, y en gran medida independiente. Pablo en sus cartas se refiere a ellas siempre como “iglesias”, no solamente “grupos” o “células”.

Obviamente estaban las familias unidas en estas reuniones. Algunos pasajes en las cartas de los apóstoles a las iglesias, se dirigen directamente a los niños (Ef.6:1-3, Col.3:20, 1 Juan 2:12-13). Entonces los niños estaban presentes cuando estas cartas fueron leídas. La primera iglesia no separaba a las familias en reuniones de hombres aparte, mujeres aparte, jóvenes aparte y niños aparte, como lo hace la mayoría de las iglesias contemporáneas. Al contrario, ellos se reunían como una “familia de familias”.

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento vemos con frecuencia que familias enteras se deciden seguir al Señor. Así dice Dios en su llamado a Abraham: “…y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.” (Génesis 12:3).
Josué se comprometió a servir al Señor con su familia entera: “…pero yo y mi casa serviremos al Señor.” (Josué 24:15)
En el libro de Hechos leemos que se entregaron al Señor, Cornelio con “sus parientes y amigos más íntimos” (Hechos 10:24.44), Lidia “y su familia” (Hechos 16:15), y el carcelero con “todos los que estaban en su casa” (Hechos 16:31-34).
Estas casas (familias) se convirtieron en los núcleos de las iglesias nacientes. Así dijo una vez un misionero bastante sabio: “No voy a organizar una iglesia en ningún lugar mientras no haya una familia completa convertida allí.”

Veremos en la continuación que también el liderazgo de la iglesia del Nuevo Testamento surge de las familias, no de una organización clerical ni de “institutos bíblicos”.

¿Fidelidad a la apostasía? – o: Negando la legitimidad de la Reforma

13/10/2012

En muchos círculos evangélicos se ha establecido un concepto de “fidelidad a la denominación”. Fui confrontado con esta idea bastante temprano en mi carrera evangélica. Después de concluir una formación misionera con una sociedad misionera interdenominacional, pedí a los líderes de la iglesia donde me congregaba en aquel entonces, que me permitieran trabajar con esta sociedad. Su respuesta fue: “Podemos enviarte como misionero, pero no con esta sociedad, porque nuestra denominación ya tiene su propia sociedad misionera.” – O sea: “Si quieres servir al Señor, tienes que quedarte dentro de nuestro cajón.”

La misma dificultad enfrentan cristianos que son miembros de alguna iglesia evangélica, y desean irse a una iglesia de otra denominación. Las razones por irse pueden ser perfectamente razonables, tales como: la otra iglesia queda mucho más cerca de donde viven; o están por casarse con alguien de la otra iglesia; o tienen amistades mucho más significativas en la otra iglesia que en su iglesia actual. Pero aun así, a menudo sus líderes les dicen: “Pero tú has sido bautizado aquí, tienes que ser fiel al lugar donde naciste espiritualmente.” (Como si en lo natural también fuera prohibido salir de la ciudad donde una nació…) – “Pero la otra denominación tiene puntos de vista doctrinales diferentes de nosotros, te van a confundir.” (Lo mismo podría decir la otra denominación de “nosotros”…) – O incluso: “¡Eres un ingrato! Tantos años te hemos cuidado, te hemos alimentado espiritualmente, y ahora que por fin podrías devolvernos algo de lo que hemos invertido en tí, colaborando en nuestra iglesia, ¡ahora te vas a otra iglesia!” (El egoísmo de los líderes se revela claramente en esta argumentación… ¿Acaso la iglesia es un negocio donde los líderes “invierten” en “sus” miembros para obtener una ganancia?)

En la teoría, quizás muchos de estos líderes reconocerán que no existen denominaciones en la iglesia del Nuevo Testamento, y que la otra iglesia es igualmente cristiana como la de ellos; quizás dirán que “todas las denominaciones son expresiones de la única iglesia cristiana”. Pero entre teoría y práctica hay un gran abismo. En la práctica se creen dueños de los miembros, y recurren a ideas sentimentales, nada bíblicas, de que “este es tu hogar espiritual, acá perteneces, no puedes irte así no más…” – Ellos olvidan que un cristiano es propiedad de Jesucristo, no de una iglesia o denominación. (Vea también: “¿Quién está hablando de robar ovejas?”)

Aun más grave se vuelve la situación cuando una iglesia o denominación empieza a apostatar de la Palabra de Dios (lo que es demasiado común hoy en día). En este caso, la “fidelidad a la denominación” obliga a los miembros a seguir en esta apostasía, y a recibir enseñanzas y órdenes de líderes que ni creen ni obedecen a lo que dice la Palabra de Dios. Si alguien señala los errores, le pueden decir: “Pero esta es la iglesia del Señor Jesucristo, y el Señor ama a su iglesia a pesar de sus errores, entonces tú tienes que amarla también. Por fin, no vas a encontrar en ningún lugar una iglesia perfecta.” – Esto suena muy espiritual, pero no lo es. El apóstol Pablo no llama “pastores” a los líderes que desobedecen al Señor Jesús o que tratan a los miembros como su propiedad; los llama “lobos” y “hombres que hablan cosas perversas” (Hechos 20:29-30). Y el Señor no llama “iglesia” a los que le sirven de apariencia solamente; los llama “cizaña” y “sinagoga de satanás” (Mateo 13:24-43, Apoc.2:9, 3:9). “Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas” (Apoc.18:4).

Ahora, este argumento de “amar a la iglesia a pesar de sus errores”, suena casi igual a lo que una vez me escribió un apologista católico romano. (Lo cito de la memoria porque ya no tengo la carta original.) El me escribió más o menos así: “La iglesia (católica) es la iglesia del Señor y es santa; entonces tenemos que creer que ella es santa y sin mancha, aun si vemos en ella muchos errores y muchos pecados cometidos por sus líderes, pero aun así la iglesia es santa porque el Señor lo dijo así.” (Podría también haber añadido que según la doctrina católica romana, la iglesia en su conjunto es infalible.) – Da mucho que pensar, que los líderes evangélicos usan los mismos argumentos como los defensores del catolicismo.

Ahora, aquí entramos en un asunto que forma la esencia misma de la Reforma: ¿Tuvieron los reformadores el derecho de llamar “apóstata” a su propia iglesia? ¿No debían ellos también haber permanecido fieles a su “iglesia madre”?

Las iglesias evangélicas se consideran herederos de la Reforma. No se cansan de afirmar que “nosotros no somos idólatras como los católicos”. Un evangélico que diría que la Reforma fue un error o que fue una rebelión ilegítima, estaría negando su propia identidad como evangélico. Y sin embargo, ¡esto es lo que los evangélicos están haciendo con su concepto de “fidelidad a la denominación”!

Veamos. Si fuera pecado para un evangélico actual, salirse de su denominación o fundar una nueva denominación con miembros de su congregación actual, entonces también hubiera sido pecado para Martín Lutero, oponerse a su iglesia (la católica romana) y permitir que se establezca una nueva iglesia (la reformada) con miembros que anteriormente eran católicos. Si un evangélico debe “sumisión” a su pastor, aunque el pastor esté equivocado, entonces Martín Lutero hubiera debido la misma sumisión al papa. Cualquier evangélico que defiende estas ideas de “fidelidad a la denominación” y de “sumisión bajo el pastor”, está negando la legitimidad de la Reforma. En consecuencia, está cortando el árbol sobre el cual él mismo está sentado.

El principio clave de la Reforma es que la Palabra de Dios es la máxima autoridad sobre la iglesia, por encima de todo liderazgo humano y de toda tradición eclesiástica. Fue sobre esta base que Lutero se opuso a su propia iglesia. Y es sobre esta misma base que también hoy tenemos que oponernos a los líderes que ponen sus propias prácticas, tradiciones y teologías – o aun su propia autoridad como líder – por encima de la Palabra de Dios.

- “Pero esto no es lo mismo”, protestarán algunos. “La iglesia católica se ha apartado de la verdad de Dios, pero nuestra iglesia evangélica está fundamentada sobre la Palabra de Dios.” – ¿Realmente? ¿Por qué entonces no permiten que un miembro común, basado en la Palabra de Dios, reprenda a un pastor que está equivocado? ¿Por qué entonces llaman “rebelde” y “divisivo” a un hermano que se atreve a obedecer a Dios antes que a los hombres? ¿Y por qué pactan con el movimiento ecuménico y con Roma? (Vea “Pacto entre la Alianza Evangélica, el ecumenismo y el Vaticano”.)

- “Pero nuestra declaración de fe es bíblica”, podrán decir. ¿Y qué? He visto a más de un líder evangélico traicionar su propia declaración de fe, con sus palabras y con sus hechos. La declaración de fe de la iglesia católica romana (el Credo Apostólico) también es bíblica; no contiene nada a lo que un evangélico podría objetar desde la Biblia. Esto no impidió que esta iglesia introdujera a lo largo del tiempo las prácticas más antibíblicas, extraviadas y abominables. Lo mismo en las iglesias evangélicas con sus declaraciones de fe bíblicas. Estos pedazos de papel no pueden impedir que las iglesias se alejen cada vez más de las palabras de su Señor. (Vea “95 tesis sobre el estado de las iglesias evangélicas” para una comparación entre el Nuevo Testamento y la situación general de las iglesias evangélicas actuales.)

Efectivamente, las iglesias que surgieron de la Reforma, están hoy ellas mismas en la necesidad desesperada de una nueva Reforma. Al negar esta necesidad, están al mismo tiempo negando la Reforma de la cual ellas mismas surgieron. Con lo que dan una muestra más, de que están efectivamente en la misma situación como la iglesia católica antes de la Reforma. Esta situación irónica se ha repetido varias veces en la historia de la iglesia: Cuanto más necesidad tiene una iglesia de ser reformada, más se esfuerza por demostrar lo contrario: que “somos la iglesia verdadera”, que “tenemos la doctrina sana”, que “los que se oponen a nuestro liderazgo son rebeldes”. Cuando observamos esto en una iglesia, sabemos que esta iglesia ya están más allá del punto donde podría todavía ser reformada. Una tal iglesia tiene que ser desechada, y el verdadero pueblo de Dios tiene que volver a encontrarse y reunirse de una forma más bíblica. Ya es tiempo que el remanente del pueblo de Dios escuche nuevamente el llamado: “Salid de ella, pueblo mío…”

David contra Saúl: ¿Un ejemplo de la “sumisión bajo el líder”?

06/07/2012

La historia bíblica de Saúl y David es usada a menudo por los líderes religiosos institucionales, para enseñar que un cristiano tiene que someterse a su líder, aun cuando el líder está equivocado. Los pasajes más citados en este contexto son las dos oportunidades donde David tenía la posibilidad de matar a Saúl, pero decidió perdonarle la vida (1 Samuel capítulos 24 y 26). David dijo: “El Señor me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido del Señor, que yo extienda mi mano contra él; porque es el ungido del Señor.” (1 Sam.24:6). Y: “¿Quién extenderá su mano contra el ungido del Señor, y será inocente?” (1 Sam.26:9).

De allí dicen estos líderes que “David se sometió a Saúl, aunque Saúl estaba actuando mal; así también los cristianos tienen que someterse a sus líderes, aun en el caso de que los líderes estén equivocados.” Y también: “Nunca hay que criticar a un líder, porque eso sería extender la mano contra el ungido del Señor.”

¿Corresponde esta interpretación con el contenido y la enseñanza de las historias bíblicas mencionadas?

Recordemos que David era un siervo de Saúl. Pero cuando entendió que Saúl le quería matar, huyó donde Samuel. (1 Sam.19:11-19) Estando al servicio de Saúl, ¡David no tenía el derecho de escaparse! – Después de esto, David faltó deliberadamente tres veces en el banquete donde era invitado por el rey. (1 Sam.20:5-7, 24-30) Esto calificaría como una actitud muy “rebelde” en los ojos de muchos “pastores” contemporáneos, quienes ni siquiera toleran que sus siervos (colaboradores) falten una sola vez al culto.

Recordemos también que David era claramente un rebelde en los ojos de Saúl. De otro modo, no lo hubiera perseguido. (Otras personas lo vieron de la misma manera. Nabal por ejemplo lo llamó “un siervo que huyó de su señor”, 1 Sam.25:10.) Aun después de la primera vez que David perdonó la vida de Saúl, Saúl no tomó esto como una señal de sumisión, porque volvio a perseguir a David. La segunda vez, Saúl dijo a David que vuelva con él, y le prometió no hacerle ningún mal (1 Sam.26:21); pero David no volvió con Saúl. También en esta oportunidad entonces, David no hizo caso a Saúl.
Sin embargo, toda la historia deja claro que Dios estaba del lado del rebelde David, y en contra de “su ungido” Saúl.

Veamos también qué significan las palabras “extender su mano contra el ungido del Señor”. Se trata de que los hombres de David le aconsejaron matar a Saúl. Pero algunos “pastores” hoy en día no soportan ni siquiera que uno los critique con palabras: inmediatamente se quejan de que uno esté “extendiendo su mano contra el ungido del Señor”. ¡Hay una diferencia abismal entre criticar y matar!
David sí criticaba a Saúl muy abiertamente y en público: “¿Por qué oyes las palabras de los que dicen: Mira que David procura tu mal? … ¿Tras quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¿A un perro muerto? ¿A una pulga? El Señor, pues, será juez, y él juzgará entre tú y yo. El vea y sustente mi causa, y me defienda de tu mano.” (1 Sam.24:9.14-15).
Entonces, tomando el ejemplo de David, tenemos todo derecho de criticar a un líder que actúa mal. Y tenemos también el derecho de desobedecer a un tal líder, si obedecerle significaría cometer un pecado o sufrir un daño nosotros mismos.

Un último aspecto: Un líder que usa la “sumisión” de David como ejemplo para sus seguidores, ¿con quién se compara él mismo? Obviamente con Saúl, el perseguidor, el rey que estaba él mismo en desobediencia contra Dios. Este mismo Saúl calumnió a David y torció los hechos, diciendo a sus siervos: “… para que todos vosotros hayan conspirado contra mí, y no haya quien me descubra al oído cómo mi hijo ha hecho alianza con el hijo de Isaí, ni alguno de vosotros que se duela de mí y me descubra cómo mi hijo ha levantado a mi siervo contra mí para que me aceche, tal como lo hace hoy?” (1 Sam.22:8)
Así Saúl se presentó a sí mismo como víctima y a David como el agresor, mientras en realidad la cosa era al revés. Así lo hacen también muchos de estos malos líderes: Si alguien se queja por ser maltratado por ellos, o los reprende por un pecado que cometieron, entonces dicen que son víctimas de una “conspiración” y de “murmuraciones”, y exigen la censura del “rebelde”, o invocan el castigo de Dios sobre él y lo expulsan.

Así que, lejos de presentarnos un ejemplo de sumisión ciega, esta historia nos enseña mucho acerca del comportamiento de un líder abusivo, y acerca del sufrimiento de las víctimas de tales líderes. El ejemplo de David nos muestra qué hacer frente a un tal líder:
– Alejarse de él.
– Reprender sus malas acciones cuando es necesario, pero desde una distancia segura.
– Encomendar la situación a Dios y confiar que El juzgará de manera justa.
– No planear venganza contra el líder ni intentar hacerle daño; pero tampoco someterse a él.
– No darle confianza, ni siquiera cuando promete cambiar y ofrece una “reconciliación”. Un “Saúl” es capaz de fingir arrepentimiento, solamente para continuar después en sus caminos antiguos. (Vea también 1 Sam.15:17-35.)

Las víctimas de líderes “tipo Saúl” tienen que sufrir mucho. Pero pueden saber que Dios está de su lado y los restaurará si siguen confiando en El.

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- Lea también:
“Iglesias disfuncionales”
Hebreos 13:17: ¿Someteos a vuestros pastores?

¿Traer a incrédulos a los servicios (cultos) de la iglesia? (Parte 2)

26/04/2012

Esta es la continuación de una explicación más detallada acerca de mi Tesis No.15, de las “95 tesis sobre el estado de las iglesias evangélicas”. En la primera parte he explicado algunas diferencias fundamentales entre las iglesias actuales (su mayoría) y la iglesia del Nuevo Testamento. Estas diferencias explican por qué las iglesias actuales ven la necesidad de traer a inconversos a sus “servicios”, mientras la iglesia del Nuevo Testamento no tenía tal práctica ni necesidad.

Queda todavía la pregunta: ¿Qué puede o debe hacer entonces una persona que busca a Dios? ¿Cómo puede encontrar a Dios sin participar de una reunión de la iglesia?

Primeramente, hay muchas formas de buscar a Dios que no requieren ir a ningún lugar en particular: Leer la Biblia, orar, obedecer en la vida diaria a lo que El nos manda… todo esto se puede hacer en cualquier lugar y aun a solas. (Por supuesto, me refiero aquí a personas que realmente buscan a Dios mismo, no a los que buscan simplemente “un lugar donde congregarse” sin importarles mucho su relación personal con Dios.)
Además, una persona que vivía en el tiempo del Nuevo Testamento, tenía las siguientes posibilidades:

- Podía escuchar la enseñanza de los apóstoles. Como menciono en la tesis No.15, los apóstoles (y también algunos evangelistas y maestros) solían enseñar en lugares públicos, por ejemplo en las plazas de las ciudades, a veces también en lugares donde los rabinos o los filósofos discutían. Entonces, cada persona podía escuchar el evangelio, aun sin unirse a la iglesia.
(Cuando dice que los apóstoles enseñaban en el “templo” en Jerusalén, en realidad se refiere al atrio del templo, una plaza muy amplia que servía como plaza pública de la ciudad, y aun como mercado. Al “templo” propiamente dicho entraban solamente los sacerdotes; era un lugar para ofrecer sacrificios, no un “lugar de reunión”. Las iglesias actuales están muy equivocadas al llamar “templo” sus lugares de reunión.)

- Podía preguntar a un cristiano personalmente. Muchas personas escuchaban el evangelio por medio del testimonio personal de un cristiano que conocían, por ejemplo un familiar o un compañero de trabajo. Cada cristiano estaba siempre “preparado para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). No necesitaba llamar a un “pastor” para eso; cada uno sabía hablar por sí mismo de lo que Cristo había hecho por él. (Además, no existían “pastores” en el sentido como las iglesias actuales lo entienden.) Y no necesitaban organizar ningún “evento” para hacer esto; este testimonio sucedía en medio de la vida diaria.
De hecho, cuando los apóstoles ya no estaban, en los siglos II y III, esta fue la forma principal como el evangelio se extendía: por el testimonio sencillo de los cristianos, con su vida y con sus palabras, ante sus conocidos. (Y además por el testimonio público de los mártires que fueron ejecutados por su fe – a menudo también cristianos “comunes”, pero preparados para “presentar defensa”.)
Por supuesto, nada impediría a algunos cristianos a hacer una “reunión” con varios incrédulos – si éstos tienen el deseo – para explicarles el evangelio juntos. Eso fue lo que sucedió por ejemplo en Hechos 10. (Pero eso no fue una “reunión de la iglesia”, fue una “visita evangelística”.)

Entonces, si de esta forma alguien fue convencido de su pecado y de su necesidad de salvación, y se decidió seguir a Cristo, entonces podía acercarse a un cristiano y pedir el bautismo. Y a partir de este momento era parte de la familia y ya no tenía por qué sentir temor o vergüenza al reunirse con sus hermanos en Cristo.

(En los siglos II y III, parece que la iglesia ya estaba perdiendo su santidad inicial, entonces ya no podían confiar en cualquiera que pedía el bautismo. Por tanto, introdujeron las clases para “catecúmenos”, o sea, aspirantes al bautismo, para enseñarles primero durante un tiempo (y conocerlos mejor y ponerlos a prueba), antes de admitirlos al bautismo. Entonces, en ese tiempo existían efectivamente las reuniones separadas, unas exclusivamente para los cristianos, y otras para los catecúmenos y otros interesados. Pero esto ya fue después de la conclusión del Nuevo Testamento.)

Otro malentendido frecuente hoy en día es la idea de que “hay que venir a la iglesia para conocer al Señor”. Esta idea tiene sus raíces en la iglesia católica romana, la cual enseña que “no hay salvación fuera de la iglesia”. Pero en el Nuevo Testamento fue diferente: La gente venía primero a Jesucristo, tuvieron un encuentro con El (convicción del pecado, arrepentimiento y fe, experiencia de Su gracia y el nuevo nacimiento), y entonces formaron parte de la iglesia. Esto es consistente con las palabras de Jesús:
“Yo soy la puerta de las ovejas (…) Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.” (Juan 10:7-9)
JESÚS es la puerta, hay que entrar por EL primero. El no dijo: “Las ovejas (la iglesia) son la puerta …” Al contrario, Jesús es la puerta, y una vez que alguien ha entrado por El, forma también parte de la iglesia (o sea, se convierte en una de Sus ovejas). Pero para alguien que no es “oveja”, no tiene sentido juntarse con un rebaño de ovejas. Jesús viene primero, y la iglesia depende de él. Es un error intentar hacer a Jesús dependiente de la iglesia.

También, el Señor nunca dijo que “hiciéramos venir” a la gente adonde nosotros nos reunimos. El dijo “Id y anunciad…”, o sea, que tenemos que ir adonde está la gente y hablarles allí, no jalarlos adonde estamos nosotros.

Note también que es DIOS, no nosotros, quien “añade” personas a la iglesia (Hechos 2:47, 13:48). En aquellos tiempos no existía este afán de “aumentar la asistencia a la iglesia”; esta no es ninguna meta bíblica. El enfoque bíblico está en llevar una vida “en Cristo”, tanto personalmente como en comunión con otros cristianos, para que el Señor sea glorificado, y que por medio de nuestro testimonio Dios pueda obrar para llevar a las personas a la salvación.

¿Traer a incrédulos a los servicios (cultos) de la iglesia?

18/04/2012

Mi tesis No.15, de las “95 tesis sobre el estado de las iglesias evangélicas”, dice:

“En el Nuevo Testamento, los cristianos nunca trajeron a inconversos a las reuniones de la iglesia.
Al contrario, los inconversos tenían miedo de juntarse con la iglesia (Hechos 5:13). Solo después de convertirse, se juntaban con la iglesia. (Esto no es de confundir con las reuniones en lugares públicos, donde todos tenían la oportunidad de escuchar la enseñanza de los apóstoles, aun sin unirse a la iglesia.)”

Parece que para algunos lectores fue difícil comprender esta explicación corta. Especialmente para aquellos que vienen desde el trasfondo de una iglesia institucional (que son todavía la mayoría). Parece que su único medio de evangelización son sus “servicios” o “cultos”. He observado que muchos evangélicos ya no saben dar testimonio del Señor, ni saben explicar a un incrédulo como ser salvo. (Posiblemente porque muchos de ellos mismos no son salvos.) Su único testimonio consiste en una invitación al “culto”: “Ven a nuestra iglesia, allí conocerás al Señor.”

Así recibí por ejemplo una consulta de alguien que estaba preocupado de que las reuniones de su iglesia se quedarían pequeñas si ya no invitaran a incrédulos. Además tuvo la impresión (equivocada) de que yo iba a rechazar a un incrédulo que “viene a la iglesia” porque está buscando a Dios.
(Desafortunadamente, el remitente no me dio permiso para publicar su consulta, por lo cual no la puedo citar en sus palabras originales.)

El tema me parece importante, y consultas como esta son muy típicas de la clase de malentendidos que pueden surgir, cuando uno empieza a buscar un camino de renovación bíblica, pero todavía no puede desprenderse de los moldes institucionalistas de las iglesias tradicionales. Muchos de estos malentendidos surgen del fenómeno que describí en la tesis No.2:

Las iglesias evangélicas hoy, en general, interpretan la Biblia a través del filtro de su propia tradición y costumbre eclesiástica. Esta tradición les impide ver lo que la Biblia realmente dice. – Al leer “iglesia”, se imaginan una iglesia evangélica de hoy, y no se dan cuenta de que la iglesia del Nuevo Testamento fue muy diferente. (etc.)”

En la mayoría de las iglesias actuales, su “evangelización” se fundamenta en la idea de traer a incrédulos a sus reuniones, para “convertirlos en miembros de la iglesia”. Entonces es obvio que tendrán problemas con Hechos 5:13 y pasajes parecidos. Sus reuniones son la única forma que conocen, de anunciar el evangelio a los incrédulos. Si ya no hicieran esto, ya no sabrían como evangelizar.
El principio bíblico es que “iglesia” significa la reunión de los cristianos nacidos de nuevo. Pero si las iglesias actuales aplicaran este principio, efectivamente sus reuniones quedarían muy pequeñas; y podrían surgir otros problemas más (como el que los incrédulos se podrían sentir “excluídos”.) Pero estos problemas surgirán, no porque el principio estuviera equivocado, sino porque una iglesia de este tipo, en su integridad, está tan lejos del Nuevo Testamento que no puede practicar principios como este.

Es que su idea de “evangelización” ya está fundamentalmente errada. En el Nuevo Testamento, evangelizar significa ganar discípulos de Cristo, no ganar miembros de iglesia (ni mucho menos ganar miembros para “mi” iglesia). Una vez que alguien se convierte en discípulo, es Cristo mismo quien lo incorpora en la iglesia. (Vea 1 Corintios 12:13, Efesios 2:12-16.)

Entonces no se trata de implantar este principio (u otros parecidos) en las iglesias actuales. Eso sería solamente un cambio cosmético, y no cambiaría los asuntos de fondo. La iglesia tendría que cambiar de manera fundamental, para volver al Nuevo Testamento.

Hay dos cosas que los evangélicos promedios no comprenden en toda su envergadura: Cuan radicalmente diferente es un cristiano verdadero, respecto a este mundo; y cuan radicalmente diferente fue la iglesia del Nuevo Testamento, respecto a lo que hoy en día se llama “iglesia”.

Intentaré describir algunos de estos asuntos que explican por qué este principio funcionó en la iglesia del Nuevo Testamento, mientras no funcionaría en la mayoría de las iglesias actuales:

1) En Hechos 5:13 dice: “De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos; mas el pueblo los alababa grandemente.” O sea, había allí un temor santo, un temor a Dios, como ya no existe en la mayoría de las iglesias actuales. Este temor santo hizo que los incrédulos no se atrevieran a juntarse con los cristianos, porque inmediatamente iban a sentir la carga de su conciencia, y que no iban a mantenerse en pie ante la santidad de Dios. El verso citado sigue inmediatamente a la historia de Ananías y Safira. Ellos fueron juzgados por Dios, por una simple mentira. “Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas.” (Hechos 5:11)
– Ahora, ¿será posible que en aquel momento algún otro mentiroso formaba parte de la iglesia? Yo no lo creo, porque entonces Dios hubiera tenido que juzgar a ese otro mentiroso de la misma manera como a Ananías y a Safira. ¿Podemos imaginarnos la pureza de esa iglesia? ¡No había ningún mentiroso en ella! Por eso Dios pudo manifestarse de esta manera. Y por eso los incrédulos tenían razón de sentir temor. Si se hubieran juntado con los cristianos, sin haber nacido de nuevo, su destino podría haber sido el mismo como el de Ananías y Safira.
Pero notamos que este temor santo tuvo a la vez un segundo efecto: “…mas el pueblo los alababa grandemente.” O sea, al mismo tiempo el pueblo se daba cuenta de que los cristianos llevaban una vida santa. Si los incrédulos se mantenían a una distancia, no era porque hubieran despreciado a los cristianos o porque veían faltas en ellos. Al contrario, ellos vieron y reconocieron su santidad.
Las iglesias actuales ya no tienen esta santidad, y por eso los incrédulos ya no tienen miedo de juntarse a ellas.

2) “Iglesia” en el Nuevo Testamento no es ningún “lugar”, no es ningún “evento”, no es ninguna “organización” o “institución”. “Iglesia” en el Nuevo Testamento es “gente”. Los primeros cristianos no “iban a la iglesia”, ellos eran la iglesia. La primera iglesia no se entendía como una “institución”, se entendía más como una familia extendida. (“La familia de Dios”, Ef.2:19). Entonces, cuando se reunían entre ellos, no lo hacían como un “evento de una organización”. Lo hacían más como una reunión familiar. Si yo organizo un evento “semi-público” de una organización (como lo hacen las iglesias institucionales), es claro que se vería como “elitista” si yo rehusaría la entrada a ciertas personas. Pero si mis familiares están reunidos en mi casa, raras veces vendría alguien que no es pariente o amigo cercano de la familia, para reunirse con nosotros. Así también en las reuniones de los primeros cristianos, era raro que alguien iba a entrar que no era parte de ellos. Para el caso excepcional que sucediera, Pablo dice lo que sería de esperar: “Pero si todos profetizan, y entra algún incrédulo o indocto, por todos es convencido, por todos es juzgado; lo oculto de su corazón se hace manifiesto; y así, postrándose sobre el rostro, adorará a Dios, declarando que verdaderamente Dios está entre vosotros.” (1 Cor.14:24-25) – Esto es, por supuesto, si un incrédulo entraría por su propia cuenta, no jalado por un cristiano (porque obviamente los cristianos no hacían eso). Este incrédulo quedaría convencido de su pecado y reconocería por sí mismo que la presencia de Dios está allí. (Aunque no dice explícitamente que se convertiría; eso dependería todavía de su reacción frente a esta convicción del pecado.)
El hecho de que esto ya no pasa en las iglesias actuales, o solo en oportunidades muy excepcionales, es otro síntoma de que las iglesias actuales ya no son como la primera iglesia.

- De paso sea dicho, en ningún lugar he hablado de “rechazar” a un incrédulo que entra en una reunión. Solamente estoy diciendo que eso normalmente no ocurría, y que los cristianos nunca traían activamente a incrédulos a las reuniones de la iglesia (las que no deben confundirse con las ocasiones de anunciar el evangelio en público).

3) Las reuniones de la iglesia del Nuevo Testamento no tenían la forma de los “servicios” de las iglesias actuales: Se reunían en sus casas, no en un edificio semi-público con letrero y publicidad. Se reunían para comer y compartir juntos (Hechos 2:46) – incluyendo lo que hoy en día se llama la “cena del Señor”, aunque las iglesias actuales ya no lo tienen como una comida verdadera -, y para edificarse mutuamente cada uno con los dones que Dios le había dado (1 Cor.14:26). O sea, no había “liturgia”, no había “prédica”, no había un programa preestablecido y “dirigido”. En cambio, había comunión mutua, y cada uno participaba activamente. ¿Qué podría contribuir un incrédulo a una reunión así? ¿O cómo se sentiría, si todos hablan de las cosas grandes de Dios, y él no tiene de qué hablar? ¿O cómo podría para él la comida compartida tener el significado de hacer memoria de la muerte y resurrección del Señor?
Obviamente, una iglesia actual donde un “pastor” predica y todos los demás escuchan pasivamente, es algo muy diferente. Sentarse y escuchar una prédica, eso lo puede hacer cualquiera, para eso no es necesario ser cristiano. No veo ningún problema con que incrédulos asistan a tales reuniones de escuchar prédicas. Solamente que eso no es la iglesia del Nuevo Testamento.

Ahora, yo no pienso que sería sensato intentar introducir estas formas en una iglesia actual. En la primera iglesia, estas formas fluían naturalmente del corazón de las personas completamente entregados a su Señor. Así por ejemplo estaban juntos todos los días (Hechos 2:44-47). No porque alguien los hubiera obligado a ello – ellos querían estar juntos, porque amaban al Señor y se amaban unos a otros. No podríamos obligar a una iglesia actual a hacer lo mismo, porque no habría el mismo amor y la misma entrega entre ellos.
Pero yo creo que si hoy en día tuviéramos nuevamente un grupo de “personas del Nuevo Testamento”, personas que amen de corazón al Señor y estén completamente entregados a El, entonces veríamos también nuevamente las cosas que sucedían en la iglesia del Nuevo Testamento. Pero puesto que hoy en día tenemos mayormente a “cristianos institucionales”, cristianos de nombre no más, y muy pocas personas del Nuevo Testamento, por eso tampoco tenemos iglesias del Nuevo Testamento.

(Continuará…)

Buenos días, pecadores indignos (Parte 2)

23/12/2011

Un poco de historia

Toda esta confusión tiene un trasfondo histórico. Martín Lutero puso mucho énfasis en la doctrina de la salvación por la fe, no por obras; y en que ningún hombre – tampoco el cristiano – puede ser bueno por sí mismo; pero que Dios le perdona por gracia. Y él llevó esta enseñanza a tal extremo que dijo que el cristiano es “simul iustus et peccator”, simultáneamente justo y pecador. En otra oportunidad dijo: “Ya pensé haber ahogado al viejo Adán, pero el bribón sabe nadar.”

Lutero fue sin duda un reformador muy grande e importante. Pero el mismo Lutero estableció también el principio de “sola scriptura”, o sea, que en la iglesia no existe ninguna autoridad doctrinal aparte de las Sagradas Escrituras. Ni la “tradición de la iglesia”, ni el papa, ni un pastor o teólogo, por más famoso que sea, puede ser la última autoridad en asuntos de doctrina. Entonces tenemos que aplicar este principio también a las enseñanzas del mismo Lutero, y tenemos que decir: “Aquí usted se ha equivocado, doctor Martín: las Escrituras no apoyan el ‘simul’, y tampoco dicen que el viejo hombre sepa nadar.” (Ya hemos examinado más arriba la cuestión del ‘simul’.)

Ahora, desde el trasfondo histórico podemos comprender bien que Lutero se haya excedido en este punto. Es que en aquel tiempo, la gente miraba la vida con sentimientos muy diferentes del hombre moderno y pos-moderno. La conciencia del pecado permeaba todo. En cada momento, uno sentía sobre sus hombros el peso agobiante de sus pecados – un peso que podía ser aliviado solamente por medio de buenas obras a favor de una iglesia todopoderosa. Algunos llegaron al extremo de gastar todas sus posesiones para salvar (según su creencia) su alma, o el alma de algún familiar, del purgatorio donde tenían que sufrir por sus pecados. Los esfuerzos por liberarse del pecado ocupaban una gran parte de la vida. Esta pobre gente ya estaba arrepentida, ya estaba en búsqueda de la salvación. Pero era muy necesario decirles que sus propios esfuerzos no eran necesarios ni útiles para eso, que la gracia de Cristo era todo. Y una vez convertidos, era necesario decirles que su conversión y salvación no era su propio mérito; que no eran ellos mismos quienes eran “tan buenos” como para merecer la salvación. Y así podemos entender que Lutero se excedió en enfatizar esta verdad. Sucede a veces, cuando la iglesia se ha desviado mucho hacia un lado, que a una persona fuerte le parece necesario jalarla con tanta fuerza hacia el otro lado, que al final de cuentas llega a desviarse hacia el otro extremo.

Esto es lo que sucedió con la enseñanza de Lutero. Esta enseñanza era muy necesaria para un pueblo que hacía esfuerzos sobrehumanos para liberarse ellos mismos del peso del pecado sobre sus hombros, y después se sentía orgulloso de estos esfuerzos. Pero esta no es la situación actual. El hombre moderno, y el cristiano moderno, tiene muy poca verdadera convicción de su pecado; y hace aun menos esfuerzos para liberarse de él. La gracia preciosa que había anunciado Lutero, se ha convertido en una gracia barata bajo la prédica de la iglesia moderna. Ahora se anuncia gracia para todos, aun para aquellos que no quieren arrepentirse. Frente a esta iglesia moderna es necesario decir a voz alta: “No es posible que usted sea cristiano y pecador a la vez. ‘Cristiano’ y ‘pecador’ son tan opuestos como fuego y agua.”

Se levanta entonces la pregunta: Aquellos que se llaman “cristianos” y “pecadores” a la vez, ¿cuál de los dos son? ¿Son santos que todavía no han entendido que son santos? ¿o son pecadores que erróneamente creen ser cristianos? – Su actitud, hasta donde los he conocido hasta ahora, me hace pensar que la mayoría entra en el segundo caso. Tienen toda la razón cuando se llaman a sí mismos “pecadores”; pero están muy equivocados cuando creen que así pueden ser cristianos. Efectivamente, la mayoría de ellos todavía no ha llegado a Romanos 3:24: no han llegado a un arrepentimiento verdadero, ni a la verdadera fe en Cristo que salva. Evidencia de ello es: que siguen viviendo en pecado; y que niegan la eficacia del sacrificio de Cristo para liberar del pecado.

¿Sabe nadar el viejo Adán?

Según parece, Lutero se sintió desanimado al ver que aun después de su conversión, él pecaba de vez en cuando. (Aquí vemos otra vez la gran diferencia entre aquel tiempo y la iglesia actual: Los “cristianos” actuales también pecan, pero ya no les preocupa.) De allí sacó la conclusión (errónea) de que “el viejo Adán sabe nadar”. Pero el pasaje correspondiente es muy claro:

“…nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. (…) Porque en cuanto murió (Cristo), al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros…” (Romanos 6:6,10-11)

En un cristiano verdadero, el hombre viejo está claramente muerto, y nada indica que pueda resucitar.
¿Por qué entonces pecan aun los cristianos verdaderos de vez en cuando? – La respuesta encontramos en Romanos 8:

“Porque el pensar de la carne es muerte; pero el pensar del Espíritu es vida y paz; porque el pensar de la carne es enemistad contra Dios, porque no se somete a la ley de Dios, porque ni puede. (…) Por tanto entonces, hermanos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, porque si ustedes viven según la carne, van a morir. Pero si por el Espíritu matan las prácticas del cuerpo, vivirán.” (Romanos 8:6-7,12-13)

Aquí, Pablo no habla del “viejo hombre”, pero de la “carne”. ¡Esto no es lo mismo! El “viejo hombre” es la naturaleza del hombre no regenerado, que lo empuja inevitablemente hacia el pecado. Este es el “pecador” por naturaleza. La “carne”, en cambio, es simplemente débil. Con “carne” resume Pablo todos los esfuerzos, inclinaciones y posibilidades que tiene el hombre por sí mismo, sin la ayuda de Dios. Esta “carne” hasta puede ser buena y religiosa (vea Fil.3:4-7). Pero no puede verdaderamente cumplir la voluntad de Dios, como acabamos de leer.

Entonces, el cristiano peca de vez en cuando, no porque fuese todavía pecador, pero porque es simplemente humano y por tanto débil. Y Romanos 8 nos enseña una salida de esta debilidad: pensando y viviendo “según el Espíritu”, en vez de pensar y vivir “en la carne”. O sea, apoyándonos en el poder y las posibilidades de Dios y de Su Espíritu, en vez de nuestros propios esfuerzos humanos.

Podemos ilustrar la diferencia de la siguiente manera: Imaginémonos que vemos una cebra tallada de madera, con rayas blancas y negras. ¿Es una cebra de madera blanca, con rayas negras pintadas encima, o está hecha de madera negra, con rayas blancas pintadas? A primera vista quizás no lo podemos distinguir. Pero si tomamos un poco de lija y comenzamos a lijar, pronto saldrá la pintura y se notará el verdadero color de la madera. Así es la diferencia entre el pecador y el cristiano. La verdadera naturaleza del pecador es el pecado, por más que se esfuerce para hacer obras buenas e incluso para colaborar en la iglesia y darse una apariencia cristiana. Estos esfuerzos son como las rayas blancas pintadas. Cuando Dios empieza a “lijar” y probar esta vida, con el tiempo aparecerá su verdadera naturaleza. – Lo mismo con el cristiano. Su verdadera naturaleza es la santidad, por más que caiga de vez en cuando en pecado. Estos pecados son como las rayas negras pintadas. Cuando Dios prueba la vida del cristiano, poco a poco será liberado de estas rayas negras, y su verdadera naturaleza aparecerá con más claridad.

Esta es la gran verdad de Apocalipsis 22:11-12:

“El que es injusto, sea (más) injusto todavía; y el que es inmundo, sea (más) inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia (más) todavía; y el que es santo, santifíquese (más) todavía. He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.”

Algunos, queriendo ser muy “reformados”, enseñan que la salvación no es nada más que un “cambio de etiquetas”. O mejor dicho, un engaño de etiquetas. Como si Dios dijera: “El pecador fulano desea ser exonerado del castigo por el pecado y ha invocado mi nombre; por tanto le pongo ahora la etiqueta de ‘justo’ y ‘santo’, por más que su vida siga tan injusta y pecaminosa como antes.” Una tal enseñanza hace de Dios un mentiroso. La justificación no sería justificación si el “justificado” siguiera siendo injusto. Uno no puede ser “justo en la teoría, pero injusto en la práctica”. Dios expone esta actitud con palabras fuertes:

“Hurtando, matando, adulterando, jurando en falso, e incensando a Baal, y andando tras dioses extraños que no conocisteis, ¿vendréis y os pondréis delante de mí en esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, y diréis: Librados somos; para seguir haciendo todas estas abominaciones? ¿Es cueva de ladrones delante de vuestros ojos esta casa sobre la cual es invocado mi nombre? He aquí que también yo lo veo, dice el Señor.” (Jeremías 7:9-11)

¿Qué dijo Jesús a la mujer adúltera después de perdonarle? – “Ni yo te condeno: vete, y no peques más.” (Juan 8:11) 
¿Y qué dijo Jesús al paralítico al que había sanado? – “He aquí, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor.” (Juan 5:14)

El “No peques más” es inseparable de la obra de restauración que Jesucristo hace en los hombres. ¿Significa esto que Jesús les impone una carga insoportable? – De ninguna manera. El mandamiento “No peques más” está en la misma categoría como el mandamiento anterior, dicho al paralítico:“Levántate, toma tu lecho, y anda.” (Juan 5:8) ¡Una carga insoportable, por cierto! ¡Este hombre no podía andar! Pero el paralítico no lo vio de esta manera. Al contrario, para él fue un mensaje de liberación sobrenatural: Si Jesús me lo dice, ¡yo puedo! Y se levantó y caminó.
– Lo mismo se aplica al mandamiento “No peques más”. Para los que desprecian el don sobrenatural de Jesús, este mandamiento es una carga insoportable, un “legalismo”, un “requisito anticuado”. Pero para aquellos que han conocido al Señor de verdad y confían en él, es un mensaje de liberación sobrenatural: Yo por mí mismo no puedo. Pero si el Señor Jesús me lo dice, ¡entonces sí puedo!

Los frutos podridos de los “pecadores indignos”

Si se tratara solamente de una disputa por palabras, yo no me tomaría la molestia de escribir este artículo. Pero esta enseñanza de los “pecadores indignos” ha corrompido a enteras denominaciones evangélicas. Con esta enseñanza, toda la ética cristiana se ha volteado de cabeza. Los fariseos de los tiempos de Jesús despreciaban a los adúlteros, a las prostitutas, a los ladrones, a los traidores de la patria. ¡Pero los fariseos de hoy desprecian a aquellos cristianos dedicados, que sinceramente desean agradar al Señor Jesús!
Ahora se considera “bueno” y “misericordioso” dejar que los pecadores no arrepentidos sigan en su vida de pecado, aun dentro de la iglesia. ¡Como si esto fuese misericordia, permitir que los cristianos sigan siendo robados, engañados, abusados y maltratados por sus “hermanos”, e incluso por sus pastores! – Y se considera “malo” confrontar el pecado y llamar a los pecadores al arrepentimiento. O sea, ahora es “malo” anunciar el mismo mensaje que Jesús y sus apóstoles predicaban durante toda su vida. (Vea Mateo 4:17, 9:13, Lucas 24:47, Hechos 2:38, 3:19, 14:15, y muchos otros.)

La “disciplina eclesiástica” se ha pervertido de tal manera que ya no se aplica para corregir a los pecadores no arrepentidos. Al contrario, la “disciplina eclesiástica” se utiliza ahora para silenciar y expulsar a aquellos que exponen el pecado. A estos se los llama ahora “faltos de amor”, “sin misericordia”, “rebeldes” y “divisivos”. (Especialmente si exponen el pecado de un líder.) Ya no puedo contar las veces en que supuestos hermanos evangélicos me reprocharon mi “falta de amor”, porque en un caso concreto manifesté que el abuso sexual de menores es un pecado que amerita disciplina eclesiástica. Entonces, ¿sería más “amoroso” callarse, para que más niños se vuelvan víctimas?

Con esta falsa enseñanza, algunas iglesias de verdad se han convertido en cuevas de ladrones. Se volvieron lugares de refugio para cada clase de delincuentes, quienes pueden abrigarse allí debajo de una mal entendida “gracia cristiana”. Como ilustra el siguiente ejemplo:

“Charles Colson relató la historia de Mickey Cohen, el director de la mafia de Los Angeles hace unos treinta años. Mickey Cohen fue a una cruzada de Billy Graham y dijo una oración para aceptar a Cristo como su Salvador. No obstante continuó dirigiendo la mafia en todas sus actividades ilegales e inmorales. Entonces un cristiano valiente quien también había estado involucrado en la mafia, fue a Mickey y le explicó que ya no podía vivir como había vivido en el pasado. Mickey se opuso, diciendo que en la cruzada nadie le había dicho que tenía que
dejar de dirigir la mafia. El otro le mostró de la Escritura que tenía que dejar de practicar tales cosas. Al oír esto Mickey dijo, ‘Pues si alguien me hubiera explicado todo esto desde el principio, yo no hubiera aceptado a Cristo.’ Siguió dirigiendo la mafia hasta que murió de cancer.”
(Fuente: Revista “PlaticAMOS” de diciembre de 2001, en http://www.amos524.org)

Esta situación ha manchado el testimonio de Jesucristo en todas las partes donde existen tales iglesias de “pecadores indignos”. Lo puedo observar en mi propio entorno personal: La mayor parte de la gente ha hecho malas experiencias con evangélicos, y por tanto no tienen interés en el evangelio. De verdad, las palabras del apóstol Pablo se dirigen a las iglesias actuales:

“Tú que te jactas de la ley (Biblia), ¿con infracción de la ley (Biblia) deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre las naciones por causa de ustedes.” (Romanos 2:23-24)

Es la honra de Dios, la reputación de Dios, que está en juego.

Conclusiones

Si usted es un “pecador indigno”, ¡arrepiéntase! No le servirá simplemente cambiar de palabras y llamarse “santo” desde ahora. Esto no cambiará la naturaleza de usted. ¡Arrepiéntase de corazón y con hechos ante el Señor Jesucristo! Después confíe en El para su nuevo nacimiento y la restauración de su vida.

Si usted es un cristiano que verdaderamente ama y busca al Señor, entonces ¡no se junte con una iglesia de “pecadores indignos”! Allí los mismos líderes menosprecian, reprenden y desaniman a cada uno que busca la santidad. Le llamarán “legalista”, “perfeccionista”, “falto de amor”, y cosas peores. Harán todo lo que pueden para rebajarle a usted al mismo miserable nivel de vida hipócrita en el cual se encuentran ellos mismos. Busque una comunión de cristianos que aman al Señor de verdad.

No quiero ser malentendido. También en este asunto es posible desviarse al otro extremo. Así sucedió en algunos sectores de la iglesia del segundo y tercer siglo, donde se enseñaba que no hay perdón de pecados que se cometen después del bautismo. Así sucedió también en algunos sectores del metodismo temprano y del movimiento de santidad en el siglo XIX, donde se predicaba una perfección completa de tal manera que el cristiano ya no podría ser vencido por ninguna tentación. Una tal enseñanza puede llevar a la desesperación para aquellos que buscan esta perfección y no la pueden encontrar. También puede llevar a una disciplina eclesiástica demasiado rígida, que niega el arrepentimiento y la restauración aun a aquellos que son realmente arrepentidos. – Pero en la actualidad no veo que exista el peligro de que esta corriente vuelva. Ciertamente no, mientras uno puede caer bajo disciplina en una iglesia evangélica, tan solo por llamar pecado al pecado.

Por lo demás, quiero dejar claro que la justificación y la santificación es siempre un regalo de Dios. No es un mérito del hombre. Pero quiero dejar igualmente claro que Dios desea dar este regalo a cada uno que le busca. El peor pecado de los “pecadores indignos” es este: Ellos desprecian y pisotean este regalo, o niegan que exista; y a los que lo buscan, les impiden recibirlo. Puesto que ellos mismos no conocen la dicha de una vida siguiendo a Jesús, quieren negarla a todos los demás también. Son como aquellos fariseos de los que dijo Jesús: “Cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando.” (Mateo 23:13) Esperemos y oremos que el Señor mismo les arranque las llaves del reino a estos usurpadores, y las devuelva a quienes legítimamente pertenecen: a los que realmente desean entrar.

Buenos días, pecadores indignos

16/12/2011

En algunos círculos evangélicos existe la costumbre de decir: “Soy un pecador indigno.” “Somos todos pecadores indignos.” Muchos repiten estas palabras sin pensar, simplemente porque los demás también lo dicen. Pero Dios no quiere que seamos loros, repitiendo palabras sin pensar en su significado. Dios quiere que examinemos todo lo que escuchamos (1 Tes.5:21). Vamos a examinar entonces esta costumbre, y vamos a ver que dice la Biblia.

¿Por qué dicen “Soy un pecador indigno”?

He preguntado a varios evangélicos por qué usan estas palabras. Como ya dije, muchos no sabían responder porque las repetían sin pensar. Algunos dijeron: “¿No nos ha enseñado el Señor Jesús a orar así?” – Con esto se refieren a la parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18:9-14), donde Jesús dijo:

“Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.” (Lucas 18:13-14)

¿Por qué actuó así el publicano? Obviamente, porque estaba consciente de su pecado, y expresó arrepentimiento ante Dios. El sabía muy bien que con la vida que él llevaba, no era justo ante Dios, y buscaba ser justificado.. Jesús dijo esta parábola para enseñar “a unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros” (verso 9). Estos, los fariseos, también necesitaban arrepentimiento, pero no estaban conscientes de ello.

Ahora, si mi amigo miembro de iglesia usa las mismas palabras como el publicano en su oración en la iglesia, ¿recibirá la misma recompensa? – ¡No necesariamente! El arrepentimiento es un asunto del corazón y de los hechos. No es asunto de las palabras que usamos. Y de aquellos que pregunté, ninguno dijo que usaba estas palabras porque estaba arrepentido de sus pecados. Mas bien dijeron que oraban así porque “así dijo el Señor que hay que orar”. Vamos a ver cual es la actitud que se revela aquí.

Los fariseos habían aprendido que para ser justos, tenían que demostrar que cumplían la ley de Dios en cada detalle. O mas bien, el “demostrarlo” ante la gente era todavía más importante que el cumplir. Por eso, el fariseo en la parábola pensaba ser justificado al jactarse de su obediencia. Su actitud era una de aparentar ante la gente algo que no era realidad en su corazón.

¿Y qué aprenden hoy los miembros de iglesia que repiten las palabras del publicano? Se les dijo que para ser justificados, tienen que ser “humildes” y llamarse “pecadores” a sí mismos. Entonces lo hacen, porque quieren que los otros miembros de la iglesia vean que están usando las palabras correctas. O sea, ¡ellos también están solo aparentando! Están usando unas palabras que en su contexto original expresaron arrepentimiento; pero no hay ningún arrepentimiento en sus corazones y en sus vidas. La mayoría de los que dicen “soy pecador indigno”, en realidad ni siquiera creen que son pecadores.

Haga la prueba. Llame usted “pecador indigno” a alguno de los que habitualmente usan esta palabra, y verá la reacción. Una vez lo hice en una iglesia de esas, donde me habían invitado. Después del tiempo de oración saludé a la congregación: “Buenos días, pecadores indignos.” Vi algunas caras muy, pero muy molestas. ¡Allí se acabó la humildad! – Les dije: “¿Por qué se molestan? Solamente estoy diciendo lo que ustedes mismos dijeron hace pocos minutos en vuestras oraciones.” – Pero allí estaba el problema. Ellos habían orado así, no porque hubieran sido convencidos de su pecado. Habían orado así solamente para demostrar que sabían las “palabras correctas”.

En realidad, esta forma de aparentar es todavía peor que la de los fariseos. Los fariseos eran orgullosos, sí; pero por lo menos eran abiertamente orgullosos. En cambio, los que dicen “soy pecador indigno” sin creerlo realmente, esconden su orgullo detrás de una falsa humildad.

- Ahora, yo sé que existe también la corriente opuesta, la de la “confesión positiva”. Allí se enseña a la gente a “confesar” que son sanos mientras se encuentran todavía postrados en cama; a “confesar” que son victoriosos cuando en realidad todo les sale mal; y a “confesar” que son santos cuando todavía están cautivos en una multitud de pecados. En ninguna parte de la Biblia se nos anima a hacer algo parecido. El cristiano verdadero puede llamarse “santo” porque esta es la realidad de su vida; pero Dios no dice al seudo-cristiano que se llame “santo” cuando no hay santidad en su vida. Pero este es otro problema que merecería otro artículo aparte.

Un cristiano es un santo

¿Existe una base bíblica para llamar “pecador” a un cristiano? El Nuevo Testamento es consecuente en esto: los cristianos se llaman “santos”, y los no cristianos se llaman “pecadores”. Pablo escribió sus cartas a los “santos” en Corinto, en Efeso, en Filipos, etc. No a los “pecadores en Corinto”. – A los romanos escribe claramente que un cristiano ha muerto al pecado:

“¿Qué diremos entonces? ¿Permanezcamos en el pecado, para que la gracia aumente? ¡No sea! Los que morimos para el pecado, ¿cómo viviremos todavía en él? (…) Así también ustedes: considérense a sí mismos muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.” (Romanos 6:1-2, 11)

En cuanto a los pecadores o “injustos”, la Escritura deja claro que estos no pueden ser verdaderos cristianos:

“¿O no saben que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se engañen: Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que cometen actos homosexuales, ni los ladrones, ni los codiciosos, ni los borrachos, ni los groseros, ni los asaltantes heredarán el reino de Dios. Y algunos [de ustedes] eran tales. Pero fueron lavados, fueron santificados, fueron justificados en el nombre del Señor Jesús y en el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Corintios 6:9-10)

Más claramente no se puede expresar la diferencia abismal entre un “pecador” y un “justo” o “santo”. – De manera parecida leemos en Apocalipsis:

“El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.” (Apocalipsis 21:7-8)

¿Cómo entonces entendemos la parábola del fariseo y del publicano? – Ciertamente, Jesús no condena allí la búsqueda de la santidad. Al contrario, el publicano buscaba exactamente esto: perdón de sus pecados y restauración de su vida. Por eso, Jesús lo llama “justificado”. ¡No por ser pecador, pero por su arrepentimiento! Este mismo arrepentimiento hizo que el publicano dejase de ser un pecador y se convirtiese en un justo.
Lo que Jesús condena, es la justicia propia, o sea, el “confiar en sí mismo como justo”. E irónicamente, esto es exactamente lo que hacen los que se llaman “pecadores indignos”: Creen ser justificados por su propia demostración de (falsa) humildad, en vez de buscar la justicia que viene de Jesucristo.

Algunas preguntas y objeciones comunes

Los “pecadores indignos” suelen responder a la exposición de estas verdades con 1 Juan 1:8:

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.”

¿Significa esto que el cristiano debe llamarse “pecador”? – De ninguna manera, y hay tres razones para negarlo:

1. El verso inmediatamente anterior afirma que “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.” (1 Juan 1:7) ¿Cómo seguirá siendo pecador alguien que acaba de ser limpiado de todo pecado? Más probable es que el verso 8 se refiere a los pecados cometidos antes de convertirse a Cristo. Es claro que cada cristiano tiene tales pecados en su vida, porque nadie nace cristiano.

2. Aun suponiendo que el verso se refiere a pecados actuales de un cristiano, ¿esto hace del cristiano un pecador? – No, porque enseguida se aplica el verso 9:

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”

Entonces, aun si un cristiano comete un pecado, inmediatamente se va a arrepentir, va a confesarlo ante el Señor, y entonces el Señor lo limpia, y el cristiano queda nuevamente limpio del pecado. – Notemos que el Señor limpia no solamente “del castigo por la maldad”; ¡El limpia de la misma maldad!

3. Si seguimos leyendo unos versículos más, la intención del pasaje entero se hace clara. Desafortunadamente, en algún momento de la historia, algún escriba decidió insertar una separación de capítulos después de 1 Juan 1:10. Pero la separación en capítulos no es inspirada por Dios, y en este caso particular es muy desafortunada, porque rompe el contexto. Es que 1 Juan 2:1-6 explica el propósito de los versos anteriores:

“Hijitos míos, estas cosas les escribo para que no pequéis. Y si alguno hubiere pecado (o sea, si a pesar de todo un cristiano peca, aunque esto no es lo normal), abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. (…) Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él.” (1 Juan 2:1,3-4)

Es obvio entonces que Juan no escribió 1 Juan 1:8 como una excusa para que los cristianos sigan viviendo en pecado sin arrepentirse. Al contrario, lo escribió como parte de un consejo de cómo ser libres del pecado. Si alguien todavía duda de ello, que lea también 1 Juan 3:6-8:

“Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe: el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.”

- Otra objeción que escuché, viene desde Romanos 3:9-10:

“…pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno …”

“Ya ves”, dicen los “pecadores indignos”, “que no hay ningún justo en el mundo y que todos somos pecadores.”

Esta es una interpretación realmente horrorosa de este pasaje; una interpretación que desconoce completamente el contexto de Romanos, y que además niega la salvación efectuada por Jesucristo. Hay que leer los primeros tres capítulos de Romanos juntos y completos, y fácilmente uno entenderá el flujo del pensamiento: Pablo demuestra en estos capítulos a los no cristianos que son pecadores y que por tanto necesitan ser salvos. Aplicado a los no cristianos, sin duda es verdad que “todos son pecadores”. Pero Pablo no sigue diciendo: “… entonces todos permaneceremos pecadores indignos por el resto de nuestra vida.” Al contrario, él dice (parafraseado): “Por eso, porque eres pecador, ¡por eso necesitas a Jesucristo!” Y va explicando que por medio de la salvación en Jesucristo, el pecador puede dejar de ser pecador:

“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús…” (Rom.3:21-24)

Entonces, si alguien se incluye entre los “pecadores” e “injustos” de Romanos 3:9-10, está diciendo que todavía no ha llegado a Romanos 3:24. O sea, que todavía no ha llegado a la fe en Jesucristo.

(Continuará)

Esas neuronas mal conectadas

09/11/2011

NOTA: Este artículo fue movido al nuevo blog “Educación Cristiana Alternativa”.

Vea:

http://educacioncristianaalternativa.wordpress.com/2011/11/30/esas-neuronas-mal-conectadas/


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